31 de octubre 3.º siglo

San Quintín de Roma

MÁRTIR EN VERMANDOIS

Apóstol de Amiens, Mártir en Vermandois

Fiesta
31 de octubre
Fallecimiento
31 octobre 303 (martyre)
Categorías
mártir , apóstol , misionero
Época
3.º siglo

Hijo de un senador romano, Quintín evangelizó la región de Amiens en el siglo III. Arrestado por el prefecto Rictiovare, sufrió crueles suplicios antes de ser decapitado en el año 303 en Augusta Verumanduorum. Su cuerpo, arrojado al río Somme, fue encontrado milagrosamente por santa Eusebia y luego honrado por san Eloy.

Lectura guiada

9 seccións de lectura

SAN QUINTÍN DE ROMA, APÓSTOL DE AMIENS,

MÁRTIR EN VERMANDOIS

Misión 01 / 09

Orígenes y misión en la Galia

Quentin, hijo de un senador romano, parte a evangelizar las Galias con san Luciano, llegando a Amiens bajo el reinado de Diocleciano.

La esperanza de ser coronados suaviza los sufrimientos de aquellos que combaten en la tierra. *San Lorenzo Justiniano.*

San Quintín nació en Roma de un padre idólatra que estaba investido de la dignidad senatorial y cuyo nom bre, Zénon Senador romano y padre de san Quintín. Zenón, parecería indicar un origen helénico. Algunos hagiógrafos suponen, pero sin pruebas, que Quintín, tras su conversión, habría sido bautizado por el papa Marcelino y enviado por él a las Galias. Los Actas más antiguos de san Quintín solo le atribuyen un compañero, Luciano, o más bien L Lucien Compañero de misión de san Quintín. ucio, quien, al llegar a Amiens, continuó su camino hacia Beauvais donde debía convertir a un gran número de almas y recibir la corona del martirio. Aquellos que, como nosotros, sitúan en el siglo IV el episcopado de san Luciano de Beauvais, están obligados por ello mismo a reconocer en él a un personaje distinto. Algunas leyendas incluyen a san Quintín y a san Luciano entre los misioneros que el papa san Clemente envió a las Galias. En lo que respecta al Santo de Vermandois, es un craso error, puesto que sus Actas sitúan su martirio bajo el reinado de Diocleciano y Maximiano.

Según diversos documentos antiguos, tales como las Actas de san Fusciano, el Auténtico de San Quintín y el Sermón sobre la tumulación de san Quintín, que no es nada fácil hacer concordar entre sí, san Quintín habría tenido como compañeros a los santos Luciano, Crispín, Crispiniano, Rufino, Valerio, Marcelo, Eugenio, Victoria, Fusciano, Régulo y Piat. Se cuenta que los doce misioneros se habrían repartido, por sorteo, los países que debían evangelizar.

Vida 02 / 09

El apostolado y los milagros en Amiens

Convertido en el apóstol de Amiens, Quintín multiplica las curaciones milagrosas y las predicaciones antes de ser notado por las autoridades romanas.

San Quintín fue el a póstol de Amien apôtre d'Amiens Jefe de la misión apostólica en la Galia, mártir en Saint-Quentin. s, y no del Verm andois, pr Vermandois Provincia ilustrada por el martirio del santo. ovincia que solo ilustró con su martirio. Preludió la gloria de su martirio con el triunfo de su palabra y de sus milagros. Por todas partes publicaba el nombre de Jesucristo y los prodigios de su poder. Para dar autoridad a su enseñanza, devolvía la vista a los ciegos, el vigor a los paralíticos, el habla a los mudos, la agilidad a los enfermos. A estas curaciones milagrosas, realizadas con un simple signo de la cruz, añadía el ejemplo del ayuno y de la oración, y dirigía al Señor, a todas las horas del día, sus fervientes súplicas.

Martirio 03 / 09

Arresto y confrontación con Rictiovaro

El prefecto Rictiovaro ordena el arresto de Quintín en Amiens; el santo afirma su fe y su ciudadanía romana durante un tenso interrogatorio.

El rumor de tantos éxitos evangélicos llegó pronto a oídos de Rictiovaro, rep resentante Rictiovare Prefecto romano perseguidor de los cristianos en la Galia. en las Galias de Maximiano Hércules, a quien Diocleciano había asociado al imperio en el año 286. Digno satélite de su amo, había inmolado a tantos cristianos en Tréveris, su residencia habitual, que las aguas del Mosela se habían teñido con la sangre de sus víctimas. Rictiovaro ejercía sus furores en Basilea cuando tuvo noticia de los triunfos apostólicos de Quintín. Acudió de inmediato a Samarob riva, ciuda Samarobriva Sede episcopal de Godofredo. d fortificada que más tarde tomaría el nombre de Amiens, hizo arrestar al valeroso apóstol y lo envió encadenado a una de las casas de la ciudad, cuya ubicación señala la tradición aún hoy. El Bienaventurado, mientras era conducido bajo la guardia de los soldados, cantaba salmos y exclamaba: «Oh Dios mío, no me abandones, sino arráncame de las manos del hombre pecador y del impío que desprecia tu ley. Pues es por ti que sufro, Señor, y es en ti en quien, desde mi juventud, he puesto toda mi esperanza».

Al día siguiente, Rictiovaro, sentado en su tribunal en la sala del Consejo o Consistorio, hizo traer al bienaventurado Quintín. Cuando este estuvo en su presencia, le dijo: «¿Cuál es tu nombre?». San Quintín respondió: «Llevo el nombre de cristiano, porque, en efecto, lo soy, creyendo de corazón en Jesucristo y confesándolo con mi boca. Sin embargo, mi nombre propio es Quintín». —«¿Y cuál es tu familia, tu condición?», añadió Rictiovaro. —«Soy ciudadano romano», respondió el bienaventurado Quintín, «e hijo del senador Zenón». —«¿Cómo es posible entonces», replicó Rictiovaro, «que, siendo de tan alta nobleza e hijo de un padre tan distinguido, te hayas entregado a una religión tan supersticiosa y que adores a un desgraciado a quien los hombres crucificaron?». —El bienaventurado Quintín respondió: «Es que la soberana nobleza consiste en adorar al Creador del cielo y de la tierra, y en obedecer de todo corazón sus divinos mandamientos». —«Oh Quintín», exclamó Rictiovaro, «deja esa locura que te ciega y ven a sacrificar a los dioses». —«No, jamás», replicó Quintín, «no sacrificaré a vuestros dioses, que en verdad no son más que demonios. Esa locura de la que dices que estoy ciego no es una locura, sino, al contrario, y no temo proclamarlo en voz alta, es una soberana sabiduría. Pues, ¿qué hay más sabio que reconocer al Dios único y solo verdadero, y rechazar con desdén simulacros mudos, falsos y mentirosos? Sí, y ciertamente son insensatos aquellos que les sacrifican para obedeceros». —Entonces Rictiovaro dijo: «Si no te acercas al instante y sacrificas a nuestros dioses, lo juro por esos mismos dioses y por las diosas, te haré torturar de todas las maneras hasta que mueras». —Y el intrépido soldado de Jesucristo, Quintín, respondió: «No, no, señor presidente, sépalo bien, lo que me ordena no lo haré jamás, y sus amenazas no las temo en absoluto. Haga lo antes posible lo que le plazca. Todo lo que Dios le permita infligirme, estoy dispuesto a sufrirlo. Sí, por el permiso de mi Dios, puede someter este cuerpo a diversas torturas y a la muerte misma, pero mi alma permanece bajo el poder de Dios solo, de quien la recibí».

Milagro 04 / 09

Suplicios y liberación milagrosa

Tras haber sufrido el potro, Quintín es liberado de la prisión por un ángel y convierte a seiscientas personas, incluidos sus propios guardias.

Entonces Rictiovaro, fuera de sí por la furia, ordena a cuatro soldados que extiendan a san Quintín sobre el potro y lo desgarran a latigazos. Durante todo este suplicio, que fue largo y cruel, san Quintín, con los ojos elevados al cielo, no cesaba de orar, diciendo: «Señor, Dios mío, os doy gracias porque se me ha concedido sufrir por el santo nombre de vuestro Hijo, Jesucristo, mi Salvador. En este momento, pues, oh Dios mío, dadme la fuerza y el coraje que necesito. Extended hacia mí una mano socorredora, para que pueda permanecer superior a todos los dardos de mis enemigos y triunfar sobre su cruel prefecto Rictiovaro; y esto para el honor y la gloria de vuestro nombre, el cual es por siempre bendito en los siglos de los siglos».

Apenas había terminado esta oración, todavía bajo los golpes de la flagelación, cuando desde el cielo se dejó oír una voz que decía: «¡Coraje y constancia, Quintín! Yo mismo estoy contigo». Ante esta voz milagrosa, los verdugos que lo golpeaban caen derribados por tierra sin poder levantarse; al mismo tiempo, sintiéndose a su vez cruelmente atormentados, conjuran a grandes gritos a Rictiovaro para que quiera socorrerlos: «Señor Rictiovaro», dicen, «tened piedad de nosotros. Estamos presa de crueles sufrimientos; fuegos secretos nos devoran; es imposible mantenernos en pie; apenas podemos hablar».

Mientras la justicia divina les arrancaba estas confesiones, estos gemidos, estos gritos, nuestro santo atleta Quintín ni siquiera sentía los apremios del potro ni los desgarros de los látigos, sostenido como estaba interiormente por la gracia del Espíritu Santo. Testigo de esta doble maravilla, el cruel Rictiovaro no se volvió más que más furioso y encarnizado; y en presencia de quienes lo rodeaban: «Lo juro», dijo, «por los dioses y por las diosas; puesto que este Quintín es un mago y sus maleficios tienen aquí la ventaja, que se le arroje al instante lejos de mi presencia, y que se le encierre en el calabozo más oscuro, donde no pueda absolutamente ni ver la luz ni recibir la visita de ningún cristiano». Y mientras lo arrastraban hacia los rincones más oscuros de la prisión, Quintín cantaba con una dulce melodía esta palabra del Salmista: *Eripe me, Domine, a homine malo; a vivo iniquo eripe me*; «Arráncame, Señor, del poder del malvado; líbrame del hombre injusto».

Condenado a esta oscuridad de la prisión y privado de todo consuelo por parte de los cristianos, Quintín no mereció más que en mayor medida la mirada y los consuelos de Dios. En efecto, la noche siguiente, mientras se entregaba al sueño, un ángel del Señor se le apareció en una visión y le dijo: «Quintín, siervo de Dios, levántate y ve sin miedo al centro de la ciudad; consuela y fortalece a sus habitantes en la fe en Nuestro Señor Jesucristo, para que crean en él y se purifiquen por el santo bautismo: pues he aquí que pronto llega para ellos el día de la liberación; los enemigos del nombre cristiano serán próximamente confundidos, así como su prefecto, el impío Rictiovaro». Ante estas palabras del ángel, el bienaventurado Quintín se despierta y se levanta; luego, bajo su guía, atravesando todos los cuerpos de guardia de su prisión, va directo al lugar que el ángel del Señor le había designado. Por todas partes el pueblo acude y lo rodea. Entonces, elevando la voz: «Hermanos míos», les dice, «escuchadme. Haced penitencia. Salid de los malos caminos en los que estáis, y recibid el bautismo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, en quien se encuentra la ablución y la remisión de los pecados. Creed en el Padre no engendrado, y en su Hijo único, y en el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, y por quien nuestras almas reciben la vida y la santificación. Ahora bien, deseo que sepáis que Dios Padre, en el tiempo fijado por él de antemano, envió a su Hijo para redimirnos de la esclavitud y recibirnos en el número de sus hijos adoptivos. Concebido del Espíritu Santo, nacido de la virgen María, y bautizado por san Juan en el Jordán, devolvió la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la salud a los enfermos y la vida misma a los muertos. Con su sola palabra, curó a gran número de leprosos, así como a una mujer afligida por un flujo de sangre. A su voz, los cojos corrían, los paralíticos caminaban, y el agua se cambiaba en vino. Después de haber obrado todas estas maravillas, y muchas otras que el lenguaje del hombre no bastaría para contar, al final, quiso por nuestro bien ser clavado en el patíbulo infame de la cruz, ser puesto en un sepulcro y resucitar al tercer día. Luego, después de haberse manifestado a sus discípulos durante cuarenta días, subió al cielo, prometiendo estar siempre con aquellos que esperaran en él. Por eso nunca abandona a quienes han puesto en él su esperanza; por su omnipotencia, los libera, cuando le place, de todas sus tribulaciones. Y si permite por algún tiempo que sean probados por las adversidades del siglo presente, no es para perderlos, sino para purificarlos más como el oro por el fuego». Como resultado de estas exhortaciones que pudo prolongar bastante tiempo, se convirtieron unas seiscientas personas a la fe en Nuestro Señor Jesucristo.

Sin embargo, los guardias de la prisión, habiéndose despertado y no viendo ya al bienaventurado Quintín, aunque las puertas estaban todas cerradas, corrieron inmediatamente en su busca. Lo encontraron en medio de la multitud del pueblo, de pie y predicando. Ante este espectáculo, vivamente conmovidos de miedo y admiración al mismo tiempo, ellos mismos se convirtieron a la fe de Jesucristo, de tal manera que no temieron proclamar públicamente la grandeza del Dios de los cristianos, y venir a anunciar al prefecto mismo lo que acababa de suceder respecto al bienaventurado Quintín. Luego, burlándose tanto de sus dioses como de sus adoradores: «Sí, en verdad», decían, «es grande el Dios de los cristianos. Es en él en quien hay que creer. Vuestros dioses no son más que mentiras y vanos simulacros; no pueden ni sentir, ni ver, ni oír. No, no son más que debilidad e impotencia, así como aquellos que, para complaceros, consienten en adorarlos. Para nosotros, ahora, nos basta con poseer al único Dios verdadero, creador del cielo y de la tierra, que su siervo Quintín nos ha dado a conocer». Ante estas palabras, el prefecto Rictiovaro, transportado de cólera: «¿Así pues», exclama, «como veo, os habéis convertido vosotros mismos en magos?». Ellos le respondieron con una santa firmeza: «No, no somos en absoluto magos, sino adoradores del único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contiene». — «Es una locura», replicó Rictiovaro, «es una credulidad sin razón, y lo que afirmáis no es nada. ¡Idos! ¡Idos! Retiraos cuanto antes de mi presencia». Y acto seguido se retiraron.

Martirio 05 / 09

El martirio en Augusta Vermanduorum

Trasladado a Saint-Quentin, el santo sufrió atroces tormentos, incluyendo pinchos de hierro, antes de ser decapitado en el año 303.

Apenas habían salido, cuando Rictiovaro, enfurecido en exceso y en una especie de ansiedad furiosa, comenzó a buscar por todas partes nuevas torturas contra el bienaventurado mártir. «Pues», decía, «este Quintín, este mago, este hechicero, si no le doy muerte, y si no borro hasta su mismo nombre, es un hombre capaz de seducir a todo este pueblo y de aniquilar por completo el culto de nuestros dioses». Sin embargo, por temor a que se atribuyera su muerte más a un sentimiento de crueldad que de justicia, ordena que le traigan al bienaventurado Quintín, y entonces, adoptando un lenguaje dulce y halagador: «Noble y generoso Quintín», le dice, «lo confieso, no puedo evitar sonrojarme de vergüenza y sentir una extrema confusión al verte, desde la cumbre de la opulencia y el colmo de las riquezas, de las que eres tan digno por otra parte por la nobleza de tu origen y de tu condición, descender tan bajo y reducirte a una tan extraña pobreza, hasta tomar todos los aspectos del último de los necesitados y de los mendigos, y esto por apego a una secta de las más despreciables. Escucha pues mis saludables consejos, y ríndete, te lo ruego, a mis apremiantes exhortaciones. Solo te pido una cosa: sacrifica a nuestros dioses, y de inmediato enviaré con toda prisa una diputación a nuestros augustísimos emperadores, a fin de que te hagan restituir todos los bienes que habías abdicado, y que, además, se dignen conferirte las dignidades más eminentes. Así, serás revestido de púrpura y de lino fino: y llevarás el collar de oro, con el cinturón de oro». Con estas palabras tan halagadoras y muchas otras semejantes, Rictiovaro esperaba quebrantar su resolución de combatir hasta la muerte. Pero el santo y bienaventurado mártir Quintín, armado de una invencible constancia y de la gracia divina, permanecía inquebrantable en su resolución, y, no escuchando entonces más que la energía de su celo, respondió: «Oh, usted que no es más que un lobo devorador y semejante a un perro lleno de rabia, ¡oh!, qué mal comprende los sentimientos de mi corazón, si cree poder triunfar sobre ellos a fuerza de regalos y promesas, o por la perspectiva de un miserable montón de oro y plata. Porque sus riquezas con usted mismo irán un día a la perdición. No, por mi parte, no puedo cambiar mi fe; apoyada en Jesucristo Nuestro Señor, es para siempre inquebrantable. Y aprenda, oh infortunado, que no es pobre aquel a quien Jesucristo mismo enriquece: pues sus riquezas son eternas; y aquel que haya merecido su posesión, jamás carecerá de nada, y jamás tampoco se verá despojado de ellas. Esas son las riquezas que ambiciono; esos son los tesoros que quiero adquirir, y por los cuales estoy dispuesto no solo a soportar los más crueles suplicios, sino la muerte misma, si usted lo ordena. Porque la gloria y el poder, y todas sus riquezas no son más que pasajeras y fugitivas; se desvanecen como el humo; jamás han conocido una duración permanente; mientras que los bienes que Jesús reserva a sus amigos, esos bienes son eternos, y tales, que jamás el ojo del hombre ha visto, ni su oído escuchado, ni su corazón comprendido o imaginado nada que les sea comparable».

Entonces, Rictiovaro, no pudiendo ya dudar de que el santo mártir de Dios fuera inquebrantable en su constancia, le dijo: «Entonces, Quintín, ese es el partido que has elegido; prefieres morir antes que vivir». — «Sí», respondió el bienaventurado Quintín, «prefiero morir por Jesucristo que vivir, ¡ay!, para este triste mundo. Porque esta muerte y estas torturas que me haces sufrir me preparan para la gloria, pero no me quitan la vida. Y lo que debo pagar a Dios tarde o temprano como una deuda, deseo pagárselo por adelantado como una ofrenda voluntaria; pues si, perseverando en mi fe, soy puesto a muerte por ti, no cesaré de vivir en Jesucristo; lo espero con confianza». Entonces Rictiovaro, furioso, fuera de sí mismo, y tomando por testigo a los dioses y a las diosas: «Quintín», gritaba, «de nuevo te lo juro; no, no tendré piedad de ti; y sin más tardar, voy a ordenar tu castigo». El bienaventurado Quintín no le respondió más que con estas palabras del santo rey David: «El Señor es mi defensa. Pero ustedes, no son más que hombres, y cualquier cosa que puedan hacerme, no temeré». Rictiovaro entonces, cuya furia no hacía más que inflamarse cada vez más, ordenó que san Quintín fuera extendido violentamente en el potro mediante poleas, hasta que todos sus miembros estuvieran dislocados y fuera de sus coyunturas; que, además, fuera golpeado con cadenillas de hierro, y que le vertieran sobre la espalda aceite hirviendo, con pez y grasa fundida, y al más alto grado de ebullición.

Pero estos crueles suplicios no siendo aún suficientes para saciar la rabia feroz y la sed insaciable de Rictiovaro, ordena que se apliquen a Quintín antorchas ardientes, a fin de que, devorado por las llamas, consintiera en confesarse vencido. Pero el santo mártir, que no había cedido ni a las caricias ni a las amenazas, permaneció invencible en medio de todas las angustias de ese fuego material; el fuego del Espíritu divino que lo quemaba por dentro le hacía despreciar todos los sufrimientos exteriores del cuerpo, y se atrevió a decir a Rictiovaro: «Oh, usted, digno usted mismo del patíbulo, hijo de Satanás y de su astucia infernal, juez sin corazón y sin humanidad, sepa pues que todos estos tormentos que me hace soportar, en lugar de punzantes dolores, no me traen más que un agradable y saludable refresco, como ese dulce rocío que, cayendo del cielo, viene con sus beneficiosas gotitas a reanimar el verdor de nuestras praderas».

Entonces Rictiovaro, en el colmo de la furia, y de nuevo superando sus primeras crueldades: «Esto no es aún suficiente», dijo; «traigan cal, vinagre y mostaza, y que se lo viertan todo en la boca, a fin de que, reducido así a callar, no pueda seguir abusando de este pueblo con la seducción de sus palabras». Y el bienaventurado Quintín, en presencia de este nuevo suplicio, se contentó con decir con el Rey Profeta: «¡Qué dulces son tus palabras a mi paladar, Señor; sí, y más agradables que la miel más exquisita!». A estas palabras, el prefecto Rictiovaro, añadiendo el juramento a la amenaza: «Lo juro por los dioses poderosísimos», dijo, «Júpiter y Mercurio, el Sol, la Luna y Esculapio. Te haré conducir a Roma, cargado de cadenas, para ser presentado allí a los emperadores. Allí, bajo sus ojos, sometido a las más crueles torturas, recibirás el digno castigo que mereces por haber desertado de Roma y haber venido a esconderte en estas tierras». — «No temo ir a Roma», respondió san Quintín; «no dudo que allí, como aquí, encontraré a mi Dios, el cual sabrá bien triunfar sobre todas las maquinaciones insensatas que ustedes y sus emperadores ponen en obra contra los cristianos. En cuanto a mí, sin embargo, tengo la confianza y la certeza de que es aquí, en esta provincia, donde terminaré mi laboriosa carrera».

Rictiovaro no dejó de ordenar que se cargara de pesadas cadenas el cuello y todos los miembros del santo mártir, con orden expresa a los soldados que debían conducirlo de guardarlo con el mayor cuidado; que, por lo demás, se adelantaran, hasta que él mismo los alcanzara. Y habiéndose retirado todos, según la orden que habían recibido, san Quintín se puso a orar, diciendo: «Señor, hazme conocer tus caminos; enséñame tus senderos»; y además: «Condúceme, Señor, en tu camino, y caminaré en tu verdad. ¡Da alegría a mi corazón, oh Dios mío, a fin de que no tema más que a tu santo nombre, el cual es bendito por siempre en los siglos de los siglos!».

Llegados a una ciudad, con título de municipio, y conocida antiguamente bajo el nombre de Augusta Verumanduorum, hoy Saint-Quentin, los soldados que escoltaban al bienaventurado Quintín recibieron la orden de esperar allí al prefecto Rictiovaro; lo cual debe atribuirse, no a un pensamiento caprichoso del tirano, sino a la sabiduría p Augusta Verumanduorum Ciudad a la que fueron trasladadas las reliquias antes de ser destruidas en 1557. rovidencial de Jesucristo mismo, quien, después de tantos sufrimientos tan amargos, después de tantos trabajos y pruebas tan rudas, quería finalmente, en un último combate, dar a su valiente atleta la corona de la victoria, y consagrar este lugar mismo con la sangre y con el nombre del santo Mártir.

Rictiovaro llegó allí al día siguiente, y se hizo traer al bienaventurado Quintín. Cuando este estuvo en su presencia, se esforzó de nuevo por atraerlo con halagadoras promesas. «Quintín, hermano mío», le dijo, «porque veo en ti a un hombre de gran esperanza, quiero usar de paciencia contigo. Escúchame pues, te lo ruego; sacrifica a nuestros grandes dioses solamente, Júpiter y Apolo; y si no quieres volver a Roma, ¡pues bien!, en esta misma provincia, te enriqueceré con las más eminentes dignidades. Enviaré una diputación a nuestros augustos emperadores, persuadiéndoles de constituirte primer intendente, y juez supremo en esta ciudad». «Ya más de una vez», replicó san Quintín, «he respondido a semejantes promesas por tu parte; y mi respuesta hoy es todavía la misma. Jamás sacrificaré a tus dioses, que, evidentemente, no son más que vanos ídolos de bronce, de madera o de piedra. Como consecuencia de un cegamiento deplorable, los crees dioses; y sin embargo no son más que vanos simulacros, mudos e insensibles, privados de toda inteligencia, y sin poder ni defenderse a sí mismos, ni socorrer a nadie; y aquellos, dice el Profeta, no se parecen más que demasiado a ellos, quienes los fabrican, o quienes ponen en ellos su confianza».

Rictiovaro, viendo que el bienaventurado Quintín no hacía más que afirmarse cada vez más en su resolución, y ardiendo él mismo por someterlo a más atroces torturas, hace venir a un herrero o herrador, y le ordena fabricar dos largos pinchos de hierro, que se llaman en francés *taringes*; destinados a atravesar al bienaventurado Quintín desde el cuello hasta los muslos; y otros clavos más, que debían de la misma manera ser hundidos entre la carne y las uñas. El herrero ejecutó fielmente esta orden bárbara. A la vista del bienaventurado Quintín así atravesado por los pinchos, Rictiovaro no temió insultarlo y decir: «¡Pues bien! ahora, que los otros cristianos vengan a ver cómo he castigado a este; y que su suplicio les sirva de ejemplo». Finalmente, el cruel prefecto, habiendo tomado consejo de un tal Severo Honorato, ordenó que Quintín sufriera la pena capital. Conducido por los verdugos al lugar de su sacrificio, el bienaventurado mártir les pidió como una gracia poder orar primero unos instantes. Habiéndolo obtenido, se postró en oración, y dijo: «Oh Señor Jesús, Dios de Dios, luz de luz, que eres y que eras antes de la creación del mundo, tú a quien confieso de boca y en quien creo de todo corazón, tú a quien deseo tan ardientemente ver, tú por cuyo amor he entregado mi cuerpo a todos los suplicios, y a quien en este momento inmoló mi propia vida, ah, te lo suplico, en tu santa misericordia, recibe mi espíritu y mi alma, que te ofrezco con toda la ardor de mis deseos. No, no me abandones, oh Rey muy bondadoso, Rey muy clemente, que vives y reinas con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos». Terminada esta oración, presentó el cuello a los ejecutores, diciendo: «Haced ahora lo que se os ha ordenado». Los verdugos entonces desenvainan la espada y cortan la cabeza del santo mártir.

Mientras su cuerpo estaba empurpurado por los flujos de su propia sangre, su alma bienaventurada, liberada de las trabas de la carne, apareció de repente, semejante a una paloma, blanca como la nieve, escapando de su cuello, y, por un libre vuelo, elevarse hasta el cielo; y se escuchó una voz de lo alto, que decía: «Quintín, siervo mío, ven y recibe la corona que te he preparado. He aquí los coros de los Ángeles, que vienen a hacerte cortejo y a conducirte triunfante a la Jerusalén celestial». Es así como el bienaventurado Quintín hace su entrada en el cielo y que, por precio de los tormentos soportados aquí abajo con tanta paciencia, se ve coronado con una diadema inestimable, y colocado en un trono, al rango de los santos mártires.

El prefecto de las Galias, Rictiovaro, hizo guardar el cuerpo del mártir por sus satélites y esperó la noche para que se pudiera hacer desaparecer en secreto y sustraerlo a la veneración de los fieles. Ordenó entonces que lo arrojaran al Somme, atado a una masa de plomo, y que lo cubrieran de fango. Allí debía permanecer durante el espacio de cincuenta y cinco años. La pasión de san Quintín tuvo lugar el 31 de octubre del año 303, en el emplazamiento actual de la antigua colegiata de Saint-Quentin.

Posteridad 06 / 09

Representaciones artísticas e iconografía

El santo es tradicionalmente representado con los instrumentos de su suplicio: clavos en los hombros, brocas y silla de tortura.

San Quintín es representado, ya sea con hábito militar o con traje de diácono, con las clavículas atravesadas por dos grandes clavos, o bien, sentado en una silla de torturas, con los brazos y los pies en grilletes, atormentado por dos verdugos. — Antiguamente se veían, en el cierre del coro de la colegiata de San Quintín, quince bajorrelieves del siglo XIV que figuraban la historia del santo patrón y de sus reliquias. — Había en la capilla de San Quintín, en Amiens, además de pinturas murales que narraban su suplicio, dos estatuas del mismo santo; una de ellas estaba sentada en una especie de silla de martirio, acompañada de dos verdugos que le hacen sufrir rudos tormentos.

Nuestro santo figuraba en un cartucho de la parte de los cierres del coro de Nuestra Señora de Amiens, que fue destruida en 1761 para dar lugar a las rejas actuales. En esta misma catedral (capilla dedicada a san Quintín), se veía un bajorrelieve de madera que representaba el martirio del santo. Esta obra se encuentra hoy en la iglesia de Sailly-l'Eau-Reste. — Se ha encontrado recientemente en los cimientos de la antigua iglesia de Mergnies (Norte), un bajorrelieve del siglo XVI, que representa el martirio de san Quintín. Esta escultura está hoy empotrada en los muros del jardín presbiteral. El santo, vestido con un simple paño extendido sobre los muslos y las piernas, está sentado en una silla de suplicio. Dos verdugos están vestidos con trajes que indican el estilo flamenco del siglo XVI. Uno de ellos mantiene una broca de hierro hundida en el hombro del santo y levanta un mazo con el que va a golpearlo. — Se ven estatuas del santo en Saint-Maurice de Amiens, en Fay (Chaulnes), en Halloy-lès-Pernois (siglo XVI), en Salouel, en las bóvedas de las iglesias de Liercourt y de Poix, etc.

El Almanaque de Picardía de 1777 elogia un cuadro de Claude Hallé, en el Santo Sepulcro de Abbeville, que representa el martirio de san Quintín. Este apóstol figura con san Benito en un lienzo de Fr. Bianchi, llamado il Frari, conservado en el museo del Louvre. Mencionemos también un cuadro moderno de la iglesia de Saint-Quentin-en-Tourmont.

Vidrieras del ayuntamiento de San Quintín, de la catedral de Beauvais y de la iglesia del Mont-Saint-Quentin nos ofrecen la imagen del santo mártir. En Beauvais, lleva vestiduras de diácono: un alba adornada, un amito bordeado también por una banda de tela de oro, una túnica o dalmática con rayas transversales, alternativamente azules, rojas y blancas, hendida por los lados, guarnecida en los bordes por un fleco de oro cuyas extremidades descienden por debajo de la túnica; sostiene con la mano derecha un libro cerrado. — Una imagen popular del siglo pasado representa a san Quintín sentado entre dos verdugos que le hunden clavos en los hombros, mientras un ángel le trae la corona del triunfo. En otra estampa popular, de un estilo menos primitivo, el mártir sostiene un libro con una mano, una palma con la otra; dos grandes clavos están hundidos en sus hombros.

El sello del capítulo de San Quintín, en 1213, representa a san Quintín de pie, sosteniendo con una mano la palma del martirio y, con la otra, una iglesia. El de 1278 figura a san Quintín sentado entre dos verdugos que le tienden largos clavos; el de la abadía de Saint-Quentin-en-l'Isle, en 1427, mostraba al mártir sentado, sosteniendo una palma en la mano derecha y, con la otra, la espada, instrumento de su martirio. El contrasello de San Quintín, en el siglo XVI, representa el busto del patrón vestido de diácono, con clavos en los hombros.

El escudo de la ciudad de San Quintín lleva: de azur con un jefe de san Quintín de plata, acompañado de tres flores de lis de oro, dos en jefe, una en punta. — La imagen del santo patrón figura también en los escudos de armas de diversas antiguas corporaciones de esta ciudad, tales como la compañía de los Cañoneros, la comunidad de los Capellanes y la de los maestros Cirujanos. — Dos monedas, una del siglo XII, la otra del XV, figuradas en la Revue numismatique, t. II, pl. v, nos muestran al apóstol de la región de Amiens con los atributos de su martirio.

Culto 07 / 09

Expansión del culto y peregrinaciones

El culto se propaga desde el siglo VII, atrayendo a reyes como Carlomagno y desarrollando costumbres locales para los enfermos.

[ANEXO: CULTO Y RELIQUIAS. — MONUMENTOS.]

El culto a san Quintín se generaliza inmediatamente después de la elevación de su cu erpo por s saint Eloi Fundador del monasterio y consejero espiritual de santa Aura. an Eloy, en 641. La distribución que hizo entonces de varias reliquias impulsó a dedicar diversas iglesias al apóstol del Amiénois. Landon, arzobispo de Reims, fallecido en 649, erigió en su ciudad metropolitana una iglesia a san Quintín. En 662, san Troude, fundador de la abadía de ese nombre en la diócesis de Lieja, dedicó a san Quintín y a san Remigio el santuario que acababa de edificar. En el siglo IX, este culto había penetrado en Italia, puesto que vemos, en 859, un monasterio de ese nombre en Montferrat, ciudad de Lombardía.

Antes del siglo IX, se había introducido en Saint-Quentin la costumbre de comer carne el 31 de octubre, fiesta del patrón, aunque fuera la víspera de Todos los Santos, e incluso si ese día caía en viernes o sábado. Esta costumbre fue confirmada por la autoridad eclesiástica y no ha sido abolida desde entonces. Algunas parroquias dedicadas al mismo Santo también siguen el mismo ejemplo. El papa Clemente IV, en 1268, concedió la misma gracia a los habitantes del Périgord, con la condición, sin embargo, de que la fiesta de san Quintín no cayera en miércoles, viernes o sábado. Este antiguo privilegio ya no tiene aplicación desde que la ciudad de Saint-Quentin celebra su fiesta patronal el domingo siguiente al 31 de octubre.

Los obispos de Noyon, Beauvais, Soissons, Laon y Cambrai, así como los principales señores de Picardía, acudían a Saint-Quentin para asistir a la fiesta del patrón. Cuando un peregrino o un cruzado del Vermandois partía hacia Tierra Santa, tenía cuidado de examinar cuidadosamente su conciencia; si se reconocía poseedor de bienes ajenos, se apresuraba a restituirlos, y yendo luego a postrarse sobre la tumba de san Quintín, ofrecía, como don expiatorio, un cirio, un pan, una medida de vino y doce óbolos, en memoria de los doce Apóstoles que vinieron a evangelizar la Galia Bélgica. Carlomagno, Carlos el Calvo, Luis IX, Felipe el Hermoso y un gran número de altos personajes y obispos fueron a venerar las reliquias de san Quintín. Luis XIII acudió allí en 1635 y obtuvo un pequeño hueso de su cabeza. Esta peregrinación era muy frecuente en esa época. La gran novena que hacían los peregrinos consistía en asistir durante nueve días, con un cirio en la mano, a todos los oficios de la colegiata y ayunar durante ese tiempo. La pequeña novena se limitaba a ir a rezar ante la iglesia una vez al día, durante el mismo espacio de tiempo. Una costumbre singular, que ya no existe desde hace mucho tiempo, era la de los contrapesos, según la cual los peregrinos hinchados se hacían pesar cada día, durante su novena, para reconocer cuánto había disminuido su hinchazón; y a menudo, en acción de gracias por los beneficios que habían recibido por medio de este santo Mártir, ofrecían a su iglesia pesos de cera, trigo y otras cosas, iguales al peso de su cuerpo, lo que, por este motivo, se llamaba contrapeso, contra pandera. Otro uso, que desapareció igualmente en el siglo XII, era el de las lutiones, medidas de agua donde se sumergía una reliquia de san Quintín y que los enfermos utilizaban como bebida, o más ordinariamente como loción. Más tarde, se contentaron con hacer bendecir el agua que se sacaba del pozo de san Quintín. La costumbre era suspender miembros de cera para indicar las curaciones obtenidas por la intercesión del Santo. Era invocado más especialmente para la hidropesía, sin duda porque el cuerpo del Mártir permaneció cincuenta y cinco años bajo las aguas sin sufrir ninguna tumefacción.

La fiesta de la Invención, que realizó san Eloy, celebrada el 3 de enero, se llama vulgarmente la ollumerie, porque, durante los Maitines, se encendía a la entrada del coro un número considerable de cirios. Es para recordar el resplandor misterioso que llenó la iglesia e incluso toda la ciudad, en el momento en que san Eloy descubrió los restos del santo Mártir. Un busto de san Quintín, rodeado de cirios, se colocaba cerca del lugar donde había tenido lugar la Invención, y el clero iba allí a cantar un Te Deum de acción de gracias. Todavía hoy, la misma ceremonia se celebra cada año, aunque el altar de san Quintín haya desaparecido durante el vandalismo revolucionario.

En el breviario de la colegiata de Saint-Quentin, impreso en 1642, se encuentran las cinco fiestas siguientes: 3 de enero, Invención de san Quintín por san Eloy, en 641; 12 de enero, Traslación de san Quintín, de san Victricio, de san Casiano, en 902; 2 de mayo, Elevación de san Quintín, en 1228; 23 de junio, Invención de san Quintín por santa Eusebia, en 358; 25 de octubre, Traslación de san Quintín por el abad Regoberto, en 835; 31 de octubre, Pasión de san Quintín, en 503. Varias de estas fiestas ya habían desaparecido en esa época. Hacia mediados del siglo XVII, la fiesta de la elevación de san Quintín cobró un nuevo esplendor, gracias a la ingeniosa piedad de un canónigo de Saint-Quentin, Thomas Rosey. En 1845, Gregorio XVI concedió una indulgencia plenaria aplicable a los difuntos para el 31 de octubre, y el 2 de mayo a los fieles de la ciudad de Saint-Quentin.

En Amiens, el culto a san Quintín se ha desvanecido mucho desde la destrucción de la capilla que le estaba dedicada. Es más honrado en la parte de esa diócesis que linda con el Vermandois y que formaba parte antiguamente del obispado de Noyon. En Ham, hace cincuenta años, todos los niños pequeños aprendían a leer en la Vida de san Quintín. En muchos lugares, tanto en Francia como en Bélgica, san Quintín es honrado de una manera especial. Limitémonos a citar, en la diócesis de Soissons: Vermand, Marterille, Holnon, Brasles y Saint-Quentin-lès-Louvry, que son todavía hoy lugares de peregrinación. Había cofradías del santo Mártir en Saint-Quentin, en Mons, en Amiens, etc.

La fiesta de san Quintín, que figura en todos los breviarios de Amiens, había sido trasladada al 15 de noviembre por M. de la Motte; ha recuperado su verdadero lugar desde la introducción de la liturgia romana. Se celebra también en las diócesis de Arras, Bayeux, Beauvais, Cambrai, Châlons, Chartres, Tournai, Tours, etc. Su nombre está inscrito en el martirologio romano, en las Letanías de Soissons (siglo VIII), y en casi todos los martirologios, a partir del siglo VIII.

San Quintín es el patrón, no solo de la ciudad que lleva su nombre, sino también del Vermandois. Dejando de lado los prioratos y las capillas, para tener en cuenta solo las parroquias, vemos que había bajo su advocación veintiuna iglesias en la diócesis de Noyon; doce en la de Amiens; nueve en la de Laon; siete en la de Reims; tres en las de Cambrai, Ruán y Soissons, etc. Actualmente, encontramos veinticinco iglesias dedicadas a san Quintín en Bélgica, de las cuales siete en la diócesis de Tournai; treinta y cuatro en la diócesis de Soissons; cuatro en las diócesis de Beauvais y Troyes; veinticuatro en la de Amiens.

Entre los santuarios destruidos de la diócesis de Amiens, que se encontraban bajo la advocación de san Quintín, citaremos la abadía del Mont-Saint-Quentin, el hospital Saint-Quentin de Abbeville, las dos parroquias de Saint-Quentin-Capelle y de Saint-Quentin-en-Veu, en Péronne, una iglesia de Villers-Faucon, la iglesia destruida de Bascourt, la capilla del cementerio de Frecourt y las capellanías fundadas en Doullens, en Nesle y en la catedral de Amiens. Se cuentan en Francia unas cincuenta localidades con el nombre de Saint-Quentin, de las cuales tres en la diócesis de Amiens: Saint-Quentin-le-Motte o Croix-au-Bailly, Saint-Quentin-en-Tourmont y Mont-Saint-Quentin.

Fue hacia finales del siglo IX cuando la Augusta Vermanduorum, al levantar sus ruinas acumuladas por los normandos, dejó su antiguo nombre romano para tomar el de su patrón. Una moneda acuñada en Augusta en 523, bajo el reinado de Carlos el Calvo, lleva en el reverso la inscripción de SCI QUINTINI MO. Se ha dado el nombre de Saint-Quentin a un grupo de pequeñas islas de la Polinesia, descubierto en 1772 en el archipiélago de las islas Basses.

Un cierto número de pueblos que llevan el nombre de Saint-Quentin o cuya iglesia está dedicada a este Mártir, atribuyen esta denominación al paso de san Quintín por su territorio. Esta creencia se ha perpetuado en la aldea de Saint-Quentin, cerca de Soupé-sur-Braye (Loir-et-Cher). En Salouel, donde se encuentra una fuente de san Quintín, se muestra en el cementerio el lugar donde habría predicado el Mártir del Vermandois. El Santo, al ir de Amiens a Augusta, hizo una parada en Marteville y fue depositado en la prisión del castillo donde hizo brotar una fuente que unas obras hidráulicas han hecho desaparecer recientemente. Es en esta localidad donde fueron forjados los clavos y los pinchos que debían servir para el suplicio del Santo; y es una creencia del país que, desde aquel tiempo, ningún herrero puede establecerse allí sin ser inmediatamente alcanzado por una hidropesía mortal. Se ha erigido recientemente, entre Holnon y Morleville, una capilla que indica una estación del santo Mártir. En Vermand, una pequeña capilla, restaurada últimamente, marca el lugar donde el Santo se detuvo algunos instantes en la vía romana. La fuente de la prisión de Amiens era antiguamente objeto de un culto popular. Muchas otras fuentes, designadas bajo el nombre del santo Mártir, eran o son todavía hoy un punto de encuentro de peregrinación, sobre todo para los hidrópicos: en Geyrocourt (cantón de Roizol), en Salouel, en Quiquery, en Bessle (cantón de Château-Thierry), en Holnon, en Saint-Quentin, etc.

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Descubrimiento y traslación de las reliquias

El cuerpo es hallado sucesivamente por santa Eusebia y luego por san Eligio, antes de sufrir numerosas traslaciones debido a las invasiones.

Hacia el año 358 tuvo lugar la invención milagrosa del cuerpo de san Quintín por santa Euse sainte Eusèbie Matrona romana que descubrió el cuerpo del santo en el Somme. bia, dama romana. A raíz de una visión en la que se le apareció un ángel del Señor, se dirigió a las Galias, a la ciudad llamada Augusta de Vermandois, situada a orillas del Somme, con el fin de buscar el cuerpo de san Quintín. Al llegar al lugar designado por el ángel, se puso en oración, y cuando hubo terminado, el lugar donde reposaba el santo cuerpo fue sacudido, la superficie de las aguas se agitó y se vio flotar en lugares diferentes el cuerpo y la cabeza del mártir, los cuales, acercándose pronto, fueron llevados a la orilla y recogidos respectivamente por el séquito de Eusebia. Por un favor celestial, el venerable cuerpo no estaba ni hinchado ni lívido: blanco como la nieve, exhalaba un perfume suave. La piadosa matrona, después de haber envuelto estos preciosos restos en lienzos finos, quiso ir a inhumarlos a cinco millas de allí, en el castillo de Vermand; pero, cuando llegaron a una colina vecina, cerca de la ciudad municipal de Augusta, el cuerpo se volvió tan pesado que fue imposible llevarlo más lejos. Comprendiendo entonces la voluntad del cielo, Eusebia hizo sepultar las reliquias en ese lugar y ordenó construir allí una celda que debían reemplazar sucesivamente los diversos monumentos que precedieron a la iglesia actual de Saint-Quentin. Eusebia regresó luego a Roma, llevando consigo los broches de hierro que había hecho retirar del cuerpo del Mártir.

San Eligio, casi inmediatamente después de su ordenación, deseando encontrar las reliquias de san Quintín, hizo realizar búsquedas en la colina donde Eusebia había inhumado su cuerpo. Tras muchos trabajos hasta entonces infructuosos, y un ayuno general de tres días, se terminó por descubrirlo: un suave olor escapó del ataúd roto, al mismo tiempo que una luz resplandeciente. San Eligio, después de haber presionado sobre sus labios estas reliquias tan deseadas, separó algunas para distribuirlas a diversas iglesias de su diócesis; recogió aparte los cabellos, los clavos del suplicio y los dientes, de los cuales uno dejó escapar de su raíz algunas gotas de sangre. Habiendo envuelto el resto del cuerpo en una preciosa tela de seda, lo depositó con piadoso respeto detrás del altar, esperando poder albergarlo en una urna revestida de oro, plata y piedras preciosas, que se proponía confeccionar él mismo. La afluencia de fieles que fueron a venerar estos santos despojos fue tan considerable que san Eligio hizo pronto agrandar este santuario, con los dineros que recogió de la generosidad de los fieles y de la liberalidad de Clodoveo II. Esta segunda invención tuvo lugar el 3 de enero de 641.

La iglesia, comenzada por Fulrado, fue consagrada el 25 de octubre de 835 por Deculón, obispo de Metz, quien trasladó el cuerpo del santo patrón a un sarcófago sostenido por pequeños pilares y construido en la nueva cripta. Se comenzó desde entonces a celebrar este recuerdo con la fiesta de la Traslación de san Quintín.

El justo terror que inspiraban las depredaciones de los normandos determinó a los canónigos a transportar a Laon los cuerpos de san Quintín y de san Casiano, que ya habían escondido en 859 y reemplazado en su cripta en 870. Esta nueva traslación tuvo lugar el 1 de enero de 881. Las reliquias fueron traídas de vuelta el 2 de febrero del año siguiente; pero, en 883, los normandos volvieron al Vermandois, y el cuerpo del Santo fue de nuevo transportado a Laon. El 4 de octubre de 1069, el obispo de Beauvais hizo la dedicación de una abadía que acababa de erigir bajo su advocación en su ciudad episcopal. En 1225, el santo cuerpo fue levantado de la cripta, que se llamaba vulgarmente capilla de bajo-tierra, y puesto en una urna magnífica, revestida de oro, plata y piedras preciosas, que permaneció expuesta a la veneración de los fieles en la antigua iglesia hasta el 2 de septiembre de 1257, época en la que tuvo lugar la consagración de la nueva iglesia. Se trasladó allí solemnemente la urna de san Quintín, con las de los santos Victorino y Casiano. En 1394, se pasearon por diversas provincias las reliquias de san Quintín para recoger las limosnas necesarias para la confección de una nueva urna. En 1559, el comandante español de la ciudad de Saint-Quentin hizo transportar la cabeza del santo patrón a la ciudadela de Cambrai. No fue hasta diez años más tarde que el capítulo pudo finalmente recuperar este precioso tesoro. Este recuerdo fue perpetuado por la fiesta de la Rendición de la cabeza de san Quintín, que se celebraba el 14 de septiembre.

Las otras reliquias del Mártir habían sido salvadas, durante el saqueo de la ciudad en 1557, por Michel Cenedon, quien las había transportado a su castillo de Buloyer, cerca de la abadía de Port-Royal, en el distrito actual de Rambouillet. Sus herederos devolvieron las reliquias en 1620 y obtuvieron guardar una parte de la mandíbula que, más tarde, fue dada a la abadía de Port-Royal. A petición del deán de Roye, el capítulo de Saint-Quentin dio a la iglesia

San Florent, el 7 de noviembre de 1657, un dedo del santo Mártir que se hizo engastar en un brazo de plata. En 1668, el alcalde de Saint-Quentin hizo donación de una urna de plata destinada a encerrar una de las manos de san Quintín.

En 1793, una parte de las reliquias conservadas en la colegiata fue quemada en plaza pública. Se pudo salvar una porción de la cabeza de san Quintín y un gran número de sus huesos, encerrándolos en la bóveda que servía de sepultura a los canónigos de Saint-Quentin. Estas reliquias fueron reconocidas el 10 de junio de 1807 por Monseñor de Beaulieu, obispo de Soissons. Antiguos inventarios y los historiadores locales mencionan la existencia de reliquias del Santo en Saint-Jacques de Amiens; en Santa Catalina, en Saint-Quentin y en los Cartujos de Abbeville; en el priorato de Donchery-en-Rethelois; en Santa Cruz de Arras; en la iglesia de Jouy-en-Artois; en Saint-Quentin de Besançon; en las abadías de Saint-Riquier, de Santa Austreberta de Montreuil, de Santa Benoîte de Origny; de Saint-Vaast de Arras, de Saint-Bertin, de Nuestra Señora de Soissons, de Longpont, de Ourscamp, etc. Hoy se conservan reliquias más o menos importantes de san Quintín en las Ursulinas de Amiens, en Fay (cantón de Chaulnes), en Saint-Martin de Laon, en Meilly, en Montreuil-sur-Mer, en el Mont-Saint-Quentin, en Saint-Pierre de Roye, en Sailly-l'Eau-Reste, en Saint-Quentin de Tournai, en Péruwelz (Hainaut), etc.

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Patrimonio sagrado y topografía

Descripción detallada de los restos óseos conservados y de los lugares históricos vinculados a la prisión y al sepulcro del mártir.

La iglesia de San Quintín es rica en reliquias, y creemos que no se leerá su detalle sin interés. Lo tomamos del acta que se redactó al salir de la Revolución.

La cabeza de san Quintín, no ent era, sino compuesta por Le chef de saint Quentin Reliquia principal del santo, compuesta por varios fragmentos óseos. los siguientes huesos, unidos por un casquete de seda en forma de cabeza completa:

El parietal derecho unido a la mitad del parietal izquierdo; la parte superior del temporal derecho; una parte muy mutilada del maxilar superior derecho; una parte izquierda de dicho maxilar y otra parcela del maxilar inferior con la última muela.

Cuatro fragmentos de los huesos de la pelvis, de los cuales el más grande pertenece al lado izquierdo y se encuentra muy mutilado, las otras tres porciones son muy pequeñas e igualmente mutiladas.

Dos vértebras enteras, fragmentos de vértebras y omóplatos, una parte de la rótula y del calcáneo, una gran parte del esternón.

Una costilla del lado izquierdo perfectamente entera y un fragmento bastante considerable de otra costilla del mismo lado y un fragmento igualmente considerable de una costilla del lado derecho, dos costillas falsas enteras, una del lado derecho y la otra del lado izquierdo.

Una porción considerable del fémur izquierdo privado de sus dos extremos.

La tibia izquierda igualmente privada de sus dos extremos.

La mano derecha entera y mutilada.

La iglesia de San Quintín posee además: una parte de la cabeza de san Bonifacio, apóstol de Alemania; — el maxilar inferior de san Prix; — una parte del cráneo de san Victriciano y una parte de sus huesos; — dos trozos del cráneo de san Casiano y casi todos los huesos de su cuerpo colocados en bellos relicarios sobre el altar de la santísima Virgen; — diversas pequeñas parcelas de los huesos de santa Cecilia, virgen y mártir; de san Bartolomé, apóstol; de san Andrés, apóstol; de san Santiago el Menor; de san Felipe, apóstol; de san Blas, obispo y mártir; de san Lorenzo, diácono y mártir; de san Francisco de Paula; de san Francisco de Asís.

La prisión de san Quintín, en Amiens, fue llamada durante mucho tiempo la Bóveda de San Quintín. Es una vasta cripta cuyos arcos ojivales son muy macizos y muy cercanos. Esta construcción del siglo XIV no ha dejado subsistir nada de la prisión galorromana; es sobre esta cripta donde se encontraba la fuente, tapada desde hace unos cuarenta años, donde los peregrinos venían a beber de la fuente que san Quintín, según la tradición, habría hecho brotar del suelo de su prisión. En 1309, el Cuerpo de Ciudad compró dos pequeñas casas construidas sobre esta bóveda. Siete años después, se erigió allí una capilla que se convirtió en la sede de la cofradía de San Quintín. Reconstruido en 1712, este oratorio fue destruido en la Revolución. Se pretende que es en un cruce situado frente a esta capilla donde nuestro santo Mártir fue atormentado por sus verdugos. Antes de la erección de este oratorio, y desde el siglo IX, había en este emplazamiento un pequeño hospital de San Quintín donde eran recibidos los peregrinos que venían a menudo de muy lejos a solicitar la intercesión del Santo. Se ven aún hoy, en el n.º 2 de la calle Saint-Martin, ojivas del siglo XIV, que demuestran que este hospital fue reconstruido o al menos restaurado en esa época, al mismo tiempo que la capilla.

El cuerpo de san Quintín habiendo sido encontrado por santa Eusebia en un pantano del pequeño brazo del Somme que atravesaba la vía romana que conducía de Laon a Reims, la piedad de los fieles erigió allí un pequeño oratorio, y se cavaron dos pozos en los lugares donde habían surgido del agua el cuerpo y la cabeza del santo Mártir. En el siglo VII, una abadía benedictina fue erigida en esta isla y, tras muchas vicisitudes, fue demolida durante la Revolución. Desde el comienzo del siglo XVII, no existía más que uno de los dos pozos de los que acabamos de hablar; en 1671, se encontraron ruinas al realizar trabajos de movimiento de tierras. Existía en este emplazamiento una capilla que llevaba el mismo nombre.

Hemos visto más arriba que, cuando Eusebia hubo sepultado el cuerpo de san Quintín en una colina vecina de Augusta, hizo erigir allí una capilla. Este oratorio fue reconstruido sobre un plano más vasto, primero hacia el año 497 y después hacia el año 814. Tal fue el origen de la iglesia colegiata donde el superior de los canónigos regulares llevaba el título de abad. Se reconstruyó el edificio en 1114; el coro no fue terminado hasta 1257, la nave en 1456, el portal en 1477. Es para los arqueólogos uno de los monumentos más curiosos de Francia, en el sentido de que ofrece a sus estudios un espécimen del estilo arquitectónico de casi todas las épocas. Se encuentra hoy, bajo el coro de la iglesia de San Quintín, una capilla subterránea en la que se ven tres nichos; el del medio encierra el sepulcro del Santo: fue hecho con una enorme columna estriada, de mármol blanco. Se cree con cierta verosimilitud que es aquel en el que santa Eusebia sepultó a san Quintín, a mediados del siglo XV.

En San Quintín, como en Amiens, había un hospital especial para los peregrinos hidrópicos que venían a invocar al santo Mártir. Este asilo, al que se designaba vulgarmente con el nombre de Hospital de los Hinchados, fue construido en 1161, cerca del palacio de los condes de Vermandois, y dejó de existir antes del siglo XV.

Nos hemos servido, para componer esta biografía, de la Hagiografía de la diócesis de Amiens por el abad Corblet, y de la Vida de san Quintín, por el abad Gobaille, cura arcipreste de San Quintín. — Véase, para algunas rectificaciones, el suplemento de este volumen.

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Nacimiento en Roma en una familia senatorial
  2. Misión de evangelización en la Galia (región de Amiens)
  3. Arresto en Samarobriva (Amiens) por Rictiovaro
  4. Liberación milagrosa de la prisión por un ángel
  5. Martirio en Augusta Verumanduorum por decapitación
  6. Hallazgo del cuerpo por santa Eusebia 55 años después de su muerte
  7. Elevación del cuerpo por san Eloy en 641

Milagros

  1. Curaciones de ciegos, paralíticos y mudos mediante la señal de la cruz
  2. Liberación milagrosa de prisión por un ángel
  3. Voz celestial que anima al santo durante la flagelación
  4. Alma escapando en forma de paloma blanca
  5. Cuerpo hallado intacto y fragante tras 55 años bajo el agua

Citas

  • Llevo el nombre de cristiano, porque, en efecto, lo soy, creyendo de corazón en Jesucristo y confesándolo con mi boca. Respuesta a Rictiovare

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto