Conmemoración de todos los fieles difuntos
VULGARMENTE LA FIESTA DE LAS ALMAS
Fiesta de las Almas
Instituida por san Odilón de Cluny y extendida a la Iglesia universal, esta jornada está dedicada al socorro de las almas del Purgatorio. Por las oraciones, las limosnas y el sacrificio de la misa, los fieles vivos ayudan a la Iglesia purgante a alcanzar la visión beatífica. El texto subraya la realidad de las penas purificadoras y la importancia de la caridad fraterna hacia los difuntos.
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LA CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS,
VULGARMENTE LA FIESTA DE LAS ALMAS
La Iglesia militante, triunfante y sufriente
El texto establece el contraste litúrgico entre la fiesta de Todos los Santos (Iglesia triunfante) y la conmemoración de los fieles difuntos (Iglesia sufriente), subrayando el deber de compasión hacia las almas del purgatorio.
Ayer, la Iglesia militante rendía sus honores y respetos a la Iglesia triunfante; hoy, trabaja en el socorro y la liberación de la Iglesia sufriente. Ayer, imploraba para sí misma las oraciones y los sufragios de la primera; hoy, ofrece sus votos y súplicas por la segunda. Ayer, se regocijaba de la gloria y la felicidad de una; hoy, se aflige por las penas y los dolores de la otra. Ayer, vestía hábitos blancos para testimoniar su alegría; hoy, toma sus hábitos de luto para testimoniar su compasión. ¿Y no era justo que, después de haber reconocido y meditado las delicias inefables de las que gozan los Santos en el cielo, hiciera todos sus esfuerzos para aumentar su número, procurando a las almas de los fieles, que aún satisfacen la justicia de Dios en el purgatorio, el fin de sus tormentos y la feliz asociación a la compañía de esos espíritus bienaventurados?
Orígenes e institución de la fiesta
El autor traza la práctica de la oración por los difuntos desde el Antiguo Testamento hasta la institución formal de la fiesta por san Odilón de Cluny, extendida posteriormente a la Iglesia universal por los papas.
No ha habido tiempo en la Iglesia en el que no se haya practicado la oración y ofrecido sacrificios por los muertos. Vemos incluso en el libro II de los Macabeos que esto se hacía en la ley antigua: Judas Macabeo, después de una sangrienta batalla, envió doce mil dracmas de plata a Jerusalén para que se ofrecieran sacrificios por el alivio de aquellos que habían muerto en el combate; el autor de este libro, que vivió unos doscientos años antes de Nuestro Señor, hace esta reflexión: *Sancta ergo et salubris est cogitatio pro defunctis exorare, ut a peccatis solvantur*; «Es, pues, un pensamiento santo y saludable orar por los difuntos, para que sean absueltos de sus pecados». Todas las liturgias de los Apóstoles, que no se puede negar que son muy antiguas, incluso en las adiciones que se les han hecho, prescriben este oficio de piedad. San Clemente, Papa, en el libro VIII de las Constituciones apostólicas; san Dionisio el Areopagita, en el último capítulo de la Jerarquía eclesiástica; san Ireneo, en el libro I Contra las herejías; Tertuliano, en el libro de la corona del soldado; san Cipriano, epístola IX, y casi todos los demás Padres que les siguieron hablan de ello muy claramente; el gran san Agustín, en mil lugares de sus escritos, trata muy expresamente de la oración por los muertos. Sin embargo, pasaron varios siglos en la Iglesia sin que hubiera un día destinado al socorro general de estas almas sufrientes. Se oraba bien por ellas en común en cada misa, a fin de socorrer a aquellas por las que no se ofrecían oraciones y obligaciones particulares, como el mismo san Agustín nos enseña en su libro *De Cura pro mortuis*; pero no se hacía en un día más que en otro. Tenemos en Amalario Fortunato, que escribió tan excelentemente sobre los oficios en tiempos de Luis el Piadoso, un oficio entero de difuntos, de donde algunos han inferido que su memoria anual estaba establecida desde aquel tiempo. Sin embargo, esta prueba es muy débil, y hay más apariencia de que este oficio solo se decía entonces por cada particular que dejaba esta vida. Es al gran san Odilón, abad de Cluny, a quien la Iglesia es deudora de esta institució n. Es verdad que él no la h saint Odilon, abbé de Cluny Abad de Cluny en el siglo X, institutor de la conmemoración de los fieles difuntos en su orden. izo y no pudo hacerla más que para los monasterios de su Orden, sobre los cuales solo se extendía su jurisdicción; pero los soberanos Pontífices aprobaron de tal manera una devoción tan justa, que juzgaron oportuno extenderla a toda la Iglesia, y de ahí ha venido la solemnidad lúgubre de este día.
Pruebas escriturarias y conciliares
La existencia del purgatorio está justificada por los concilios de Letrán, Florencia y Trento, así como por pasajes de la Sagrada Escritura y los escritos de los Padres de la Iglesia.
Para hacer penetrar mejor el tema, es necesario explicar en este discurso tres puntos importantes de la Iglesia: el primero, que hay un purgatorio en la otra vida, donde las almas que aún no han satisfecho enteramente en la tierra a la justicia de Dios por las ofensas que han cometido, son severamente castigadas y enteramente purificadas antes de entrar en el reino de los cielos; el segundo, que las penas de este lugar del purgatorio son extremadamente severas y mucho más rudas y terribles que todas las que se pueden soportar en este mundo; el tercero, que la Iglesia militante puede aliviar y liberar a estas almas, no por vía de absolución, que requiere autoridad y subordinación, sino por vía de sufragio y de transporte de las satisfacciones sobreabundantes de su cabeza y de sus miembros.
En cuanto a la existencia del purgatorio, es un artículo de fe definido en tres concilios generales, a saber: en el de Letrán, bajo Inocencio III; e l de Florenc Innocent III Papa que envió a Pedro de Castelnau contra los albigenses. ia, bajo Eugenio IV, y el d e Trento, Eugène IV Papa que envió a Nicolás Albergati al concilio de Basilea. en la sesión XXV, y en varios concilios particulares de Italia, Francia, África, España y Alemania, reportados por el cardenal Belarmino en el docto tratado que hizo sobre este tema. Tenemos grandes indicios de ello en la Sagrada Escritura, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Es con la vista puesta en el purgatorio que los habitantes de Jabés de Galaad ayunaron siete días por Saúl y por Jonatán después de su muerte; que el santo hombre Tobías recomienda a su hijo poner su pan y su vino sobre la sepultura del justo, es decir, hacer limosna a los pobres para su alivio y liberación; que Judas Macabeo hizo ofrecer sacrificios por aquellos que habían muerto en un combate; y el profeta Isaías dice que Dios limpiará las manchas de Sion: *In spiritu combustionis*; «en un espíritu de combustión». Es con la misma perspectiva que en el Nuevo Testamento Nuestro Señor dice que hay pecados que no serán perdonados ni en el siglo presente ni en el venidero, suponiendo por ello que otros pecados pueden ser perdonados en el siglo venidero, es decir, en el purgatorio; que san Pablo, hablando de aquel que ha edificado sobre el fundamento, es decir, sobre la fe en Jesucristo, madera, heno y paja, que son los pecados veniales de malicia, de ignorancia y de sorpresa, dice que no se salvará sino por el fuego; que el mismo Apóstol aprueba la práctica de aquellos que se purificaban y hacían actos de mortificación y de penitencia por los muertos, lo que él llama *bautizarse*; y que finalmente san Pedro, en sus Hechos, capítulo II, nos asegura que Nuestro Señor, cuando descendió a los infiernos antes de su resurrección, extinguió sus dolores. Pues no extinguió los de los condenados, ya que nunca hubo gracia ni remisión para ellos. Tampoco extinguió los de los justos del limbo, ya que, aunque estaban privados de la bienaventuranza, no estaban sin embargo en un estado de sufrimiento: era necesario, pues, que hubiera algunas almas entre unos y otros que estuvieran verdaderamente en los dolores y que pudieran ser liberadas de ellos: eran las almas del purgatorio.
Todos los Padres de la Iglesia nos han transmitido también de mano en mano esta doctrina, como una verdad cristiana que se debe tener por indudable; pues, primeramente, es cierto que todos enseñan que hay que rezar por los fieles que mueren en la comunión de la Iglesia, tal como ya hemos observado. Ahora bien, hay una unión inseparable entre esta oración y la verdad del purgatorio, puesto que no se puede rezar en absoluto, ni por los Santos que han llegado al término de la felicidad eterna, según esta palabra de san Agustín: *Injuriam facit martyri qui orat pro martyre*; «es hacer afrenta a un mártir rezar por él»; ni por los impíos que están condenados a las llamas del infierno, para quienes ya no hay gracia; es necesario necesariamente que hayan reconocido la verdad del purgatorio. Por otra parte, muchos de estos santos doctores hablan de ello muy expresamente y en términos formales, como san Gregorio de Nisa, en una oración *pro mortuis*, donde dice que los fieles que no han satisfecho por sus ofensas, mediante las oraciones y las buenas obras, serán purificados y hechos capaces de la bienaventuranza, *per expurgantis ignis fornacem*; «por un horno de fuego destinado a purificarlos». San Gregorio Nacianceno, en un discurso, *In sancta lumina*, declara que aquellos que tienen restos de pecados que lavar serán bautizados con un bautismo mucho más rudo y más largo que cualquier otro bautismo, el cual consume el óxido de su vicio, del mismo modo que nuestro fuego consume el óxido del hierro. San Agustín, sobre el salmo XXXVII y en la XVI homilía de los Cincuenta, hablando de los adultos que mueren con pecados leves, asegura que pasarán por el fuego del purgatorio y que no serán entregados a las llamas eternas. Y san Gregorio Magno, sobre el salmo III de la penitencia, dice: *Scio futurum esse, ut, post vitae exitum, alii flam mis expurgentur purgato saint Grégoire le Grand Papa y doctor de la Iglesia, citado por sus escritos sobre las penas purificadoras y las apariciones. rii, alii sententiam æternæ subeant damnationis*; «sé que después de esta vida unos serán purificados por las llamas del purgatorio y otros serán condenados a las penas perpetuas del infierno».
La teología nos proporciona aún poderosas razones para confirmar esta verdad; pues, primeramente, es evidente que muchos mueren sin ningún pecado mortal, pero con pecados veniales de los cuales no han hecho penitencia. Ahora bien, estas almas no van al infierno, puesto que están en estado de gracia; tampoco entran inmediatamente en el reino de los cielos, puesto que nada manchado puede entrar en él. Es necesario, pues, que haya un lugar entre estos dos, donde sean purgadas de estos pecados y donde satisfagan por ellos a la justicia de Dios. Además, es cierto que, cuando la culpa del pecado mortal es perdonada, aún quedan penas temporales que pagar a esta rigurosa justicia. Así, María, hermana de Moisés, fue castigada durante ocho días por la murmuración que había hecho contra su hermano, aunque había obtenido el perdón; y David, después de que Natán le hubo asegurado que su adulterio y su homicidio le habían sido perdonados, no dejó de ser castigado por ello con la muerte de su hijo y con muchos otros azotes. Ahora bien, la mayoría de los fieles mueren sin haber satisfecho estas penas, ya sea por su negligencia o su debilidad, ya sea porque el número y la enormidad de sus crímenes requieren unas muy largas y muy grandes, ya sea porque se convierten muy tarde y no tienen luego tiempo de hacer penitencia. Es necesario, pues, que haya un lugar en la otra vida donde, según el justo juicio de Dios, cumplan estas penas, para estar en estado de reinar con él. Vemos que entre los que mueren hay muchos que son enteramente buenos y puros de corazón; otros que son enteramente malos; otros que verdaderamente tienen bondad, pero que también tienen muchos defectos. El cielo es para los primeros, el infierno es para los segundos. Es necesario, pues, un lugar para los terceros, donde, siendo expiadas sus manchas, se vuelvan dignos de la feliz sociedad de los primeros. Finalmente, una infinidad de apariciones, de las cuales san Gregorio Magno, san Gregorio de Tours, el venerable Beda, san Bernardo y muchos otros autores eclesiásticos dan fe, y donde las almas han venido a implorar el socorro de los vivos, son pruebas del purgatorio. Que si los herejes se burlan de ello, muestran en esto su obstinación y su malicia, puesto que prefieren combatir sin razón hechos reportados por autores tan dignos de crédito que abandonar su error y entrar en un sentimiento que ellos mismos confiesan haber sido seguido desde hace más de catorce y quince cientos años por los Padres de la Iglesia.
El rigor de los tormentos del purgatorio
Descripción detallada de los sufrimientos, incluyendo el fuego purificador y la pena de la condenación (privación temporal de la visión de Dios), presentados como superiores a los dolores terrenales.
Es necesario hablar ahora de las penas que se soportan en este lugar de expiación y suplicio. Las dos principales, y aquellas que encierran a todas las demás, son la privación de Dios y el tormento del fuego. Sobre el tormento del fuego, es el sentir común de los santos Padres y doctores que es más ardiente y doloroso que todo lo que se puede soportar en la tierra, e incluso que todos los tormentos de los mártires. *Gravior est ille ignis*, dice san Agustín sobre el salmo XXXVII, *quam quidquid potest homo pati in hac vita*; «Este fuego es más horrible y causa más dolor que todo lo que el hombre puede sufrir en esta vida». Y san Gregorio, sobre el salmo III de la penitencia: *Illum transitorium ignem omni tribulatione præsenti existimo intolerabiliorem*; «Creo que este fuego pasajero es más intolerable que todas las adversidades y miserias de este mundo». Finalmente, el Doctor Angé lico no tiene dif Docteur angélique Santo citado como ejemplo de resistencia a la tentación. icultad en confesar que este tormento es incluso más violento que todos los tormentos sensibles y corporales que Nuestro Señor soportó en el curso de su pasión, aunque estos fueron tan grandes que habrían bastado para hacer morir a todos los hombres, si cada uno hubiera tenido su porción. Y la razón de este gran rigor es que el fuego del purgatorio no aflige a estas almas por su virtud natural, que por sí misma solo puede actuar sobre los cuerpos, sino por una virtud sobrenatural que le es comunicada como a un instrumento muy severo de la justicia de Dios. Ahora bien, no hay nada más terrible que esta virtud; pues, como dice el Apóstol, es cosa espantosa caer en manos del Dios vivo: su mano es infinitamente más pesada que las de todas las criaturas; como es grande en sus recompensas, es grande también en sus castigos; y, si da una gloria incomparable y eterna por un vaso de agua y por un acto de humillación, no hay que asombrarse si castiga con tanta severidad por una ofensa, aunque sea leve, cometida contra el respeto y la obediencia debida a su divina majestad. Por otra parte, hay tres cosas que concurren a la grandeza del dolor: la potencia, cuando es extremadamente viva y delicada; el objeto, cuando es muy acre y punzante, y la unión de uno y otro, cuando se acercan mucho y están unidos inmediatamente. Ahora bien, estas tres cosas se encuentran en la pena de las almas del purgatorio; pues, en primer lugar, sus potencias, que están desligadas de la materia y son totalmente espirituales, son mucho más vivas de lo que eran en la dependencia de los órganos corporales. Luego, el fuego, que es el objeto que las atormenta, siendo, según santo Tomás, de la misma naturaleza y sustancia que el que quema a los condenados, y habiendo sido encendido por la severidad de la justicia divina, es mucho más ardiente y capaz de afligirlas que todo lo que podemos concebir de penoso y aflictivo en la tierra. Finalmente, no hay distancia entre el objeto y la potencia, el verdugo y el paciente, el fuego y el alma que es atormentada por él. El fuego está en el alma, y el alma está en el fuego, y aunque el alma pudiera alejarse del lugar de su suplicio, el fuego la seguiría a todas partes y no cesaría de atormentarla. Hay que confesar, pues, que la pena de las almas del purgatorio está por encima de todas las que se pueden soportar en este mundo.
Sabemos que algunos autores han creído que el fuego que las castiga no es más que un fuego metafórico, es decir, una causa espiritual, la cual, para afligirlas de una manera muy acre y mordaz, es llamada impropiamente *fuego*. Pero aun cuando así fuera, su pena no sería menos violenta, puesto que esta causa no las atormentaría con menos fuerza y rigor que el fuego. Por otra parte, aunque la Iglesia aún no ha determinado nada como artículo de fe sobre esta dificultad, debe tenerse por cierto que este fuego es un fuego real y verdadero. Pues, además de ser el sentir común de los teólogos, los santos Padres y la Escritura misma hablan demasiado claramente de fuego como para darles solo un sentido impropio y metafórico, tanto más cuanto que no hacen distinción entre el que atormenta ahora a las almas y el que quemará eternamente los cuerpos después de la resurrección general, el cual será sin duda un fuego corporal. Sin embargo, como todas las almas del purgatorio no son castigadas por igual y es muy probable que a medida que se satisface por ellas y se acerca el término de su liberación, sus penas disminuyan y se vuelvan más ligeras, no hay inconveniente en confesar que hay algunas cuya pena, llamada de sentido, no excede los mayores suplicios de esta vida cuando están cerca de ser liberadas; e incluso se sabe por algunas revelaciones que ha habido quienes no sufrían esta pena, sino que estaban solo privadas de la visión de Dios y retrasadas en la posesión de la bienaventuranza.
Se puede preguntar si los demonios sirven de ministros para atormentar y afligir a estas almas queridas del cielo. El Doctor Angélico sostiene que no, al no poder persuadirse de que estas ilustres victoriosas, que han combatido tan generosamente y derrotado a todo el infierno, estén aún expuestas a sus insultos. Otros sostienen lo contrario, y creen que Dios se sirve de estos instrumentos para humillar más a estas almas negligentes, que a menudo, durante su vida, prefirieron las sugerencias de Satanás a sus inspiraciones celestiales. La cosa es bastante incierta; y, como el soberano Juez, de quien depende, no nos ha revelado nada al respecto, tampoco se puede decir nada con seguridad.
Esta pena de sentido, causada por el fuego y por otros instrumentos que desconocemos y que están ocultos en los tesoros de las venganzas divinas, está acompañada de la pena de la condenación, que es el retraso de la visión de Dios. Santo Tomás, tratando de esta pena, dice que es más grande, más terrible y más intolerable que la primera; en efecto, como una sola hora de la visión de Dios debería ser comprada con millones de siglos de los suplicios más crueles, no hay que asombrarse si la desgracia de estar excluidas de ella varios días, meses o años, causa más pena a las almas del purgatorio que todos los tormentos que soportan por parte del fuego. Ellas saben cuán grande es el bien del que están privadas, tienen un deseo inmenso y como infinito de poseerlo, su amor las lleva hacia él con un ardor e impetuosidad que no tienen igual; juzgad por ello qué dolor sienten al verse rechazadas y al no poder llegar a él. Es un hambre sin límites que no encuentra con qué saciarse; es una sed sin medida que no tiene nada para refrescarse; es un torrente impetuoso que un dique detiene en medio de su curso, sin que pueda fluir hacia el campo y esparcir allí agradablemente sus aguas. Lo que aumenta aún más el dolor de nuestras pacientes es que ven claramente que ellas mismas son la causa de este retraso, y que lo han merecido por no haber querido privarse de un placer y una diversión de un momento, por haberse ahorrado algunas horas de mortificación y penitencia, o por haber descuidado ganar indulgencias.
Añadamos a estas penas un dolor intolerable por haber ofendido a Dios, que proviene de la grandeza del amor del que están penetradas. Leemos en la Historia eclesiástica que este dolor fue tan grande y vehemente en algunos penitentes, que los sofocó y les quitó la vida. En efecto, como el pecado es el mayor de todos los males, porque ataca a Dios, que es un ser de una bondad, excelencia y majestad infinitas, es también el motivo que debe darnos más amargura y dolor. Y si en esta vida, donde nuestros conocimientos son tan oscuros y nuestro amor es tan débil y lánguido, algunas almas han sido capaces de un dolor tan grande, ¿cuáles serán, os pregunto, los de estas almas desligadas de la materia, que ven claramente la enormidad del pecado y que están mucho más abrasadas por el fuego del amor divino que por las llamas vengadoras que las atormentan? Ciertamente, nos persuadimos de que su contrición, su amargura y su dolor son tan ardientes que cualquier otra pena que sientan no es casi nada en comparación con esta, y que se condenan voluntariamente a todos los tormentos que soportan para expiar los pecados de los que saben que se han hecho culpables. Los condenados se sumergen en las llamas por rabia y desesperación, o más bien por un odio inútil que tienen de sí mismos al verse criminales; pero estas almas destinadas a la gloria se sumergen en ellas por el exceso de su amor, que les da un pesar inconcebible por haber ofendido la bondad de su Señor, y un deseo sin medida de satisfacer a su justicia y aniquilar, si fuera posible, los pecados que han cometido contra él. La oposición que ven y sienten en sí mismas a la santidad infinita de Dios, cuya grandeza penetran, las llena de confusión y también de un horror que no puede comprenderse, y en comparación con el cual todas las penas interiores que se sienten en esta vida no deben pasar sino por sombras. Las personas espirituales que han recibido a veces estas impresiones humillantes y crucificantes pueden decir algo al respecto, y se sabe en efecto que varias grandes santas han hablado de ello como de un infierno. Pero lo que se puede sentir de ello en este mundo está infinitamente alejado de la pena con la que nuestras ilustres sufrientes son afligidas y atormentadas en el purgatorio.
Los cuatro modos de sufragio
La Iglesia propone cuatro medios para aliviar a los difuntos: el sacrificio de la misa, la aplicación de las buenas obras, la oración y las indulgencias.
Nos queda hablar del socorro que la Iglesia militante puede darles para disminuir y abreviar sus dolores. Se ha podido ver, por todo lo que hemos dicho hasta ahora, que los santos Padres, en todos los siglos, estuvieron persuadidos de que era necesario asistirlas y que recibían alivio por las oraciones de los fieles. Así, como su alejamiento de la superficie de la tierra no impide que compongan con nosotros un mismo cuerpo místico bajo un solo jefe inmortal que es Jesucristo, no hay que asombrarse de que tengamos juntos una comunidad de bienes y que ellas puedan participar de la virtud de nuestras satisfacciones y de nuestros sufragios, del mismo modo que nosotros podemos participar de la fuerza de sus oraciones. Ahora bien, hay cuatro maneras generales para socorrerlas: la primera es ofrecer por ellas el augusto sacrificio de la misa, del mismo modo que, en el Antiguo Testamento, se ofrecían en el templo sacrificios de animales por los difuntos. El cardenal Belarmino refiere para ello el testimonio de san Cipriano, de san Cirilo de Jerusalén, de san Juan Crisóstomo, de san Ambrosio, de san Agustín, de san Gregorio, pa pa, y de muchos otro saint Grégoire, pape Papa y doctor de la Iglesia, citado por sus escritos sobre las penas purificadoras y las apariciones. s Padres que dicen en términos expresos que las almas del purgatorio reciben grandes asistencias por esta oblación santa. El Concilio de Trento, después de san Crisóstomo, asegura que este deber de piedad fue enseñado por los Apóstoles, y el mismo Calvino no pudo negar que estuviera en vigor en la Iglesia desde hace más de mil trescientos años, de donde tuvo la imprudencia de decir que todos los Padres habían estado en error sobre esto. Lo cual muestra bastante que él mismo no estaba poseído más que por un espíritu de orgullo y de mentir a. Se sabe que sainte Monique Madre de san Agustín, citada por su petición de oraciones en el umbral de la muerte. santa Mónica, estando en el lecho de muerte, pidió a su hijo y a los otros sacerdotes que estaban con él que se acordaran de ella en el santo altar; que san Ambrosio, hablando del fallecimiento de su hermana, dijo que no se trataba de llorarla, sino de recomendarla a Dios mediante oblaciones, y que, de todas las antiguas liturgias, no hay una sola donde no haya un Memento por los muertos.
La segunda manera de socorrer a estas almas es cederles y aplicarles las satisfacciones de nuestras buenas obras; pues si, en la justicia humana, no se hace dificultad alguna en liberar a un prisionero por deudas cuando otro se presenta para pagarlas, ¿por qué no creeremos que Dios, cuyas misericordias son infinitas y que desea soberanamente que los hombres ejerzan la caridad los unos hacia los otros, quiera recibir las satisfacciones de las que nos despojaremos para el alivio de estas santas almas que ya no pueden satisfacer? Él acepta, pues, nuestras limosnas, nuestros ayunos, nuestras disciplinas y nuestras otras obras de piedad, y, sin que nosotros perdamos el mérito, que no podemos transportar a nadie, las acepta en pago, bueno, válido y suficiente para su socorro y para su liberación.
La tercera manera es la oración, queremos decir, orar instantemente por ellas e importunar de tal modo a la bondad divina en su favor, que se obtenga finalmente su gracia. San Efrén pidió para sí este socorro en su testamento, y san Agustín recomienda bien no omitirlo: Non sunt prætermittendæ supplicationes pro spiritibus mortuorum. Y es de esta manera que los ángeles y los bienaventurados contribuyen al alivio de estas almas; pues ellos no satisfacen ni ofrecen sacrificios por ellas, sino que se hacen sus intercesores y sus mediadores ante Dios y no cesan de presionar su misericordia para que las perdone, hasta que las hayan atraído por este medio a su bienaventurada sociedad. Sobre lo cual hay que notar que nuestras oraciones aprovechan a las almas del purgatorio, como impetratorias y como satisfactorias, pero que las de los bienaventurados no les aprovechan más que como impetratorias.
Finalmente, la cuarta manera de asistirlas es ganar para ellas las indulgencias que los Papas u otros Prelados han concedido en su favor; lo cual se hace aplicándoles, no nuestras propias satisfacciones, sino las de Jesucristo, de la santísima Virgen y de los otros Santos, que están encerradas en los preciosos tesoros de la Iglesia. Es sobre todo muy importante, para su alivio, pagar las deudas que dejaron al morir, satisfacer los daños que causaron durante su vida y ejecutar prontamente los legados piadosos marcados en sus contratos, sus testamentos y sus significaciones de última voluntad.
Deber de caridad y temor saludable
Llamado a la caridad hacia las almas abandonadas e invitación a la penitencia personal para evitar o abreviar el propio paso por el purgatorio.
Si estamos en condiciones de asistirlas, ¿no sería una extrema cobardía de nuestra parte no hacerlo? Ciertamente, cuanto más pobre y necesitada es una persona, más obligados estamos a abrir el corazón y las manos para socorrerla; ahora bien, ¿quién es más pobre y está más necesitado que estas almas? Deben mucho, no tienen nada, están en la imposibilidad de trabajar y ganar cosa alguna; tienen que habérselas con un acreedor severo y riguroso que protesta que no las soltará, donec reddant novissimum quadrantem; «hasta que no hayan pagado hasta el último cuadrante». Oímos todos los días sus quejas y sus oraciones por boca de los predicadores y de los libros santos que nos dicen de su parte y en su nombre: «Tened piedad de nosotros y miradnos con ojos de compasión y misericordia, vosotros que sois nuestros amigos, porque al fin la mano de Dios nos ha golpeado». Por otra parte, la asistencia que esperan de nosotros casi no nos costará nada, puesto que solo consiste en algunas misas, algunas oraciones y algunas limosnas, y sin embargo podemos esperar ser recompensados por ello al céntuplo, porque, además del mérito de esta acción de caridad, que nos hará verdaderos redentores, no menos que aquellos que trabajan en el rescate de los cautivos, no debemos dudar que, cuando estas almas estén en el cielo, reconocerán nuestra benevolencia y emplearán todo su crédito para procurarnos la salvación eterna. Nuestro Señor también, en recompensa por este oficio de piedad, nos prevendrá con sus gracias en esta vida, nos tendrá misericordia a la hora de la muerte, y, si alguna vez estamos en las llamas del purgatorio, solicitará a personas caritativas que nos asistan con sus sufragios, como nosotros habremos asistido a aquellas que estaban sobre el terrible yunque de su justicia. Es para obligarnos a este deber que la Iglesia hace hoy resonar todas sus campanas de manera lúgubre, que cubre de negro todos sus altares, que canta tantas misas y oficios por los difuntos y que abre la boca de sus predicadores para expresar la calidad, la duración y el rigor inconcebibles de sus penas; pero también tiene la intención de que, al considerar estas penas, entremos en un santo temor de caer en ellas, que velemos más sobre nosotros mismos, que tratemos de evitar no solo el pecado mortal, sino también los pecados veniales, y que no dejemos para la otra vida el satisfacer la justicia de Dios por nuestros crímenes. En efecto, qué locura diferir esta satisfacción para un tiempo en que será tan severa y tan terrible, pudiendo hacerla ahora mediante penitencias ligeras e incomparablemente más dulces y fáciles: «Guardaos bien, mis queridos hermanos», dice san Agustín, «de responder: ¿Qué me importa ir al purgatorio, con tal de que llegue a la vida eterna? No, no habléis de esa manera; porque ese fuego del p urgatorio será saint Augustin Citado por su definición de la caridad fraterna. más rudo que todo lo que se puede ver, sentir o pensar en la tierra, y, como está escrito sobre el tiempo del juicio, que un día es como mil años y mil años como un día, ¿quién sabe si no arderá en ese fuego días, meses o incluso años? ¿Puede ser que aquel que, ahora, no querría poner un momento la punta del dedo en el fuego, no tema ser sumergido en él durante un espacio de tiempo tan largo?». Si escuchamos esta instrucción, y queremos ponerla fielmente en práctica, podremos vivir con tanta inocencia y satisfacer tan plenamente las justas exigencias de la severidad de Dios, que no pasaremos por esas llamas o que no permaneceremos en ellas sino muy poco tiempo. Es en esto en lo que hay que trabajar en esta vida, a fin de que el momento de nuestra muerte no esté alejado de nuestra eternidad bienaventurada. Hemos conservado el discurso del P. Giry. — Cf. 1° Entre los santos Padres: San Agustín, De cura pro mortuis; san Gregorio, papa, in Psalm. Domine, ne in furore; san Bernardo, De quinque regionalibus; 2° entre los Ascéticos: Dionisio el Cartujano, De novissimis; Kopplevas, De subsidia animorum; Koprou, Réflexions chrétiennes; 3° entre los Teólogos: Collet, De Purgatorio; M. el abad Perrin, Traité dogmatique et moral sur le Purgatoire; M. el abad Simon, Le Culte des Morts; 4° entre los Predicadores: San Buenaventura, santo Tomás de Aquino, Alberto Magno, santo Tomás de Villanueva, Bourdaloue, el reverendo Padre Venture, el reverendo Padre Félix.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Práctica de la oración por los difuntos desde el Antiguo Testamento (Macabeos)
- Establecimiento de un oficio de difuntos bajo Luis el Piadoso (Amalario Fortunato)
- Institución de la conmemoración anual por san Odilón en Cluny
- Aprobación y extensión de la solemnidad a toda la Iglesia por los soberanos Pontífices
- Definición dogmática del Purgatorio en los concilios de Letrán, Florencia y Trento
Milagros
- Apariciones de almas que piden el socorro de los vivos, relatadas por san Gregorio y el Venerable Beda
Citas
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Sancta ergo et salubris est cogitatio pro defunctis exorare, ut a peccatis solvantur
II Macabeos -
Injuriam facit martyri qui orat pro martyre
San Agustín