Tras la Anunciación, la Virgen María se dirige con prontitud a casa de su prima Isabel en Judea. A su saludo, Juan Bautista salta de alegría en el seno de su madre y es santificado. María pronuncia entonces el Magníficat, celebrando las maravillas de Dios y su humildad.
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LA FIESTA DE LA VISITACIÓN
DE LA SANTÍSIMA VIRGEN A SANTA ISABEL
Contexto e inspiración divina
Bajo el reinado de Augusto, tras la Anunciación, María es inspirada por Dios para visitar a su prima Isabel con el fin de santificar al futuro Juan el Bautista.
El año 1 antes de Jesucristo. — Emperador romano: Augusto.
Si Mariam diligitis, si contenditis ei placere, aemulamini modestiam ejus. Nec in sola tamen Maria tacituritate commendatur humilitas, sed evidentius resonat in sermone ad angelum et ad Elisabeth.
Si amáis a María, si buscáis agradarle, imitad su modestia. No es solo en sus silencios donde resplandece su humildad; sus palabras al arcángel Gabriel y a su prima santa Isabel la prueban de una manera aún más sorprendente.
S. Bern., *Hum. de Prærogat. B. M. V.*
Este es el segundo misterio de la economía de nuestra salvación, y el primero después del de la Encarnación de Jesucristo en el seno de la Santísima Virgen. La gracia de Cab Sainte Vierge Sujeto principal, madre de Jesucristo. eza y Salvador que estaba en él no pudo permanecer mucho tiempo encerrada: fue necesario darle aire y ponerla en ejercicio, a fin de que imitara de alguna manera, en sus emanaciones sobrenaturales, la fecundidad de su Padre eterno, que nunca ha dejado de producir y de comunicarse. El primer sujeto que eligió para ejercer su oficio fue san Juan Bautista, hijo de san Zacarías y de santa Isabel, y designado su precur sor. Así, tras l sainte Elisabeth Madre de Juan el Bautista, mencionada en el contexto bíblico. a partida del ángel Gabriel, que había anunciado a la gloriosa Virgen las maravillas que debían cumplirse en ella, y le había revelado también que santa Isabel, su prima, estaba embarazada de seis meses, Nuestro Señor inspiró a su madre a ir a hacer su visita a esta querida prima, a fin de trabajar sin demora en la obra de la santificación de su hijo. María recibió esta inspiración con un profundo respeto, y se sometió a ella sin demora. «Se levantó», dice el evangelista san Lucas, quien tuvo la misión de enseñar este secreto a la Iglesia cristiana, «se fue con prontitud a la montaña, a una ciudad de Judá, y, entrando en casa de Zacarías, saludó a Isabel».
Las virtudes del viaje hacia Judá
María emprende un viaje penoso desde Nazaret hacia las montañas de Judá, manifestando su obediencia, su caridad y una humildad profunda a pesar de su dignidad de Madre de Dios.
Vemos en esta acción su obediencia, su caridad y su gratitud. Su obediencia, puesto que, sin razonar sobre la longitud y la dificultad del camino, ni sobre la incomodidad de la estación, que era el final del invierno, ejecutó sin ningún retraso lo que el Espíritu de su Hijo le inspiraba. Su caridad, puesto que emprendió este viaje con el designio de asistir a su prima en las necesidades de su embarazo, y de prestarle todos los servicios que las mujeres acostumbran prestarse en tales ocasiones. Su gratitud, puesto que lo hizo sin duda en parte para reconocer las asistencias que ella misma había recibido, en su infancia, de esta santa mujer, la cual, teniendo autoridad en los aposentos del templo, como esposa de uno de los principales pontífices, había tenido un cuidado particular, según varios doctores, de que nada le faltara en el tiempo en que estuvo retirada allí.
Pero la virtud que resplandece más en esta resolución, y que san Ambrosio pondera también más particularmente, es la humildad. María acaba de ser elevada por encima de todas las criaturas del cielo y de la tierra por la gracia incomparable de la maternidad divina; acaba de ser establecida como Reina de los ángeles y de los hombres, y Soberana de todo el universo; sin embargo, no tiene dificultad en ir a visitar a esta santa mujer que estaba infinitamente por debajo de ella, y emprende un largo y penoso viaje para convertirse, por así decirlo, en su sierva por el resto de su embarazo. ¡Qué prodigio de abajamiento! No hay que asombrarse, sin embargo: la humildad no podía estar separada de la maternidad divina, y era conveniente que fuera tan profunda en María como sublime era su dignidad de Madre de Dios, a fin de que no se pareciera menos a su Hijo en el exceso de su abajamiento de lo que se acercaba a él por la grandeza de su elevación. Así, podemos decir que el desprecio de sí misma, que hizo aparecer en esta conducta, es una de las gracias más señaladas que ha recibido de la liberalidad divina, y la disposición por la cual fue más agradable a Dios y le ganó el corazón con más fuerza y poder.
Es, pues, en esta disposición que partió de Nazaret y que avanzó hacia la ciudad donde vivían Zacarías e Isabel. Algunos Nazareth Lugar de origen de la Santa Casa en Galilea. autores han creído que José acompañó a su Esposa en el camino, y que, habiéndola conducido a casa de Zacarías, volvió sobre sus pasos para continuar su trabajo habitual, sin haber sabido nada de lo que había pasado entre ella e Isabel en el momento de su saludo mutuo. No hay mucha apariencia, dicen, de que una joven de catorce años, tal como era la Virgen, hubiera querido ir sola por el campo a un lugar tan alejado, y que distaba de Nazaret veintiocho o treinta leguas. Pero este viaje de José es incierto; la Escritura y la tradición no hablan de ello; por otra parte, la Virgen pudo haberse hecho acompañar en su viaje por alguna de sus parientes o de sus vecinas.
El encuentro y la santificación del Precursor
En Hebrón, el saludo de María provoca el salto de alegría de Juan el Bautista en el seno de Isabel, purificándolo del pecado original por la presencia de Cristo.
El Evangelio no nombra la ciudad donde moraba el santo pontífice Zacarías; pero se sostiene comúnmente que era Hebrón, porque entre las ciudades sacerdotales no había otra que estuviera en las montañas de Judá. Esta ciudad era muy antigua y de las más considerables de Palestina: pues había sido antaño la ciudad capital de los Gigantes, tan célebre en la Escritura bajo el nombre de Enakim, y, desde entonces, se había vuelto muy ilustre por el sepulcro de Abraham, de Isaac y de Jacob, por el traslado de los huesos de José y por la primera sede del reino de David. Había, cerca de sus puertas, un terebinto que se decía ser tan antiguo como el mundo, y que perduraba aún en tiempos de Hegesipo y de san Jerónimo, es decir, después de más de cuatro mil cuatrocientos años. La Virgen, habiendo entrado allí acompañada invisiblemente por un gran número de ángeles que no admiraban menos su humildad y su valor de lo que adoraban su maternidad divina, saludó a su prima Isabel. San Lucas no refiere lo que ella le dijo, ni qué saludo le dio. Hay gran apariencia de que el Espíritu Santo, que condujo la pluma de este Evangelista y le inspiró lo que debía escribir, lo dispuso así para favorecer la humildad de la Virgen, cuya inclinación era hablar muy poco de sí misma, y dejar hablar muy poco de ella. Se podría incluso pensar que, como fue ella quien enseñó a san Lucas toda la secuencia de esta historia santa, ella le ocultó expresamente esta circunstancia, diciéndole solo lo que era absolutamente necesario descubrir a los fieles para su edificación, a fin de confundir la vanidad y la presunción de los hijos de Adán, que no pueden evitar hablar de sus propias acciones, aunque estén llenas de defectos e imperfecciones, y que llevan, desde el principio hasta el fin, las marcas evidentes de su depravación y de su debilidad. No busquemos, pues, curiosamente con qué palabras esta admirable Virgen abordó a su prima; y que nos baste admirar sus efectos, que son del todo sorprendentes y muestran claramente que la Sabiduría eterna que residía en su seno, habló también por su boca, y daba fuerza y bendición a todo lo que decía.
Ella pronunció dos o tres palabras, como se acostumbra al saludar a un amigo, y de inmediato el Niño que Isabel llevaba en su seno saltó de alegría, y esta santa mujer fue llena ella misma del Espíritu Santo, y exclamó con voz fuerte: «Bendita tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme? Porque he aquí que apenas llegó la voz de tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mi seno. Bienaventurada tú que has creído; porque lo que se te ha dicho de parte del Señor se cumplirá infaliblemente». En ese momento, el pequeño san Juan Bautista recibió la gracia y la razón, y su espíritu fue elevado al conocimiento y a la adoración del Señor todopoderoso que estaba ante él. Y fue por la abundancia de esta gracia y por la fuerza de esta luz que tuvo un movim iento extraordinari saint Jean-Baptiste Figura bíblica citada en comparación por su santificación temprana. o en el seno de su madre, ya sea que se volviera como para saludar a Jesucristo y a la Virgen, según esta bella frase de san Agustín: *De utero in uterum salutabat*; «de un seno lo saludaba en otro seno»; o que solo diera un salto milagroso, a fin de testimoniar la grandeza de su alegría por su amable presencia. No solo fue lleno de gracia y de luz, sino que llenó también a su madre, siguiendo esta otra palabra de san Ambrosio: *Spiritu Sancto repletus, replevit et matrem*; «Habiendo recibido la plenitud del Espíritu Santo, la comunicó a aquella que lo llevaba en sus entrañas»; de modo que Isabel, por una iluminación toda divina que le fue dada en consideración a su hijo, conoció en ese instante las dos obras más grandes que jamás hayan salido de la mano de Dios: queremos decir la encarnación del Verbo divino en el seno de una Virgen, y la elevación de una Virgen a la augusta calidad de Madre de Dios; y ella fue también la primera que rindió un homenaje exterior y público a estos dos misterios, diciendo: «Bendita tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre». Como observa san Ambrosio, Isabel oyó primero la palabra de María, pero Juan sintió primero la gracia maravillosa que fluía de ella; la que fue dada a Isabel fue un rebosamiento de aquella de la que Juan había sido lleno; María fue el órgano de una y de otra, y Jesús hablando por su boca, fue el primer principio, o más bien María llevando a Jesús, y Jesús llevado y aplicado por María fueron como un solo principio, porque María tenía entonces ese honor incomparable de ser como una misma sustancia con Jesús.
Es, pues, este un misterio de manifestación y de santificación, pero de una manifestación y de una santificación tan extraordinarias, que nunca han tenido ni tendrán su semejante. Niños, que aún no han nacido, iluminan a sus madres y se hablan entre sí a través de sus madres. Jesús, aún residiendo en las entrañas de María, se hace sentir a Juan, encerrado también en el seno de Isabel; lo purifica del pecado original, le confiere la gracia, lo justifica y lo santifica, lo llena del Espíritu Santo, lo eleva a una alta contemplación de la divinidad y del ministerio de nuestra redención, le hace conocer la eminencia del estado al que lo llama, y derrama en su alma las disposiciones necesarias para cumplir todos sus deberes; finalmente, siendo él mismo un niño, hace de este niño un profeta, un apóstol, un gran predicador y un prodigio de sabiduría y de santidad. ¿Y cómo opera estas maravillas? Las opera por una palabra que pone en la boca de María: palabra tan poderosa y tan eficaz que, pasando por los oídos de Isabel, entra hasta el espíritu y el corazón de su fruto, y de un vaso de ira, hace un vaso de gracia y de toda clase de bendiciones. Por otra parte, san Juan responde a Jesús y a María: les habla con sus saltos, dice san Juan Crisóstomo: *Saltans nascitur, et saltibus loquitur*. Les testimonia su alegría y su reconocimiento, les expresa el deseo que tiene de salir de su prisión para comenzar su oficio de predicador, de profeta y de precursor. *Quid hic sedeo vinctus?* le hace decir esa boca de oro: *exibo, præcurram et prædicabo omnibus: ecce Agnus Dei*: «¿Por qué permaneceré aquí atado? Saldré, iré al encuentro de mi Señor, y predicaré a todo el mundo que el Cordero de Dios ha venido».
Pero como aún era mudo, se sirve de su madre para declarar sus sentimientos. Derrama en el espíritu de su madre una luz profética, que le hace conocer las grandes maravillas que estaban ante sus ojos: *Spiritus sui et gratiæ superabundantiam in eam refundit*, dice el abad Guerrier. Hace nacer en su corazón, con una alegría inestimable, una singular reverencia por la Virgen que llevaba en su seno a su soberano Señor. Finalmente, le pone en la boca las palabras más atentas y amables que esta Virgen pudo esperar de su piedad. Palabras de una profunda humildad: «¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor se digne visitarme?». Palabras de alabanza y de bendición: «Bendita tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre». Palabras de agradecimiento y de congratulación: «Apenas tu voz llegó a mis oídos, el niño que llevo saltó de alegría en mi seno». Palabras de aplauso y de admiración: «Bienaventurada tú que has creído». Finalmente, palabras de fe y de profecía: «Las cosas que se te han anunciado de parte del Señor se cumplirán infaliblemente en el curso de todos los siglos».
El Magníficat: Cántico de alabanza
María responde a las alabanzas de Isabel con el Magníficat, un canto de humildad total donde atribuye toda gloria a Dios por sus maravillas.
Hay, en todas estas cosas, motivos para admirar y para imitar. Debemos admirar las maravillas que hace el Todopoderoso para manifestar a su Hijo y para elevar la bajeza de su estado de niño; pero debemos imitar las virtudes que resplandecen en estos dos niños y estas dos madres, que son, en pocas palabras, la humildad, la caridad, el reconocimiento, la devoción, el fervor y muchas otras que las almas santas podrán notar allí mediante una piadosa meditación. Es hora de escuchar a la Virgen y ver lo que respondió a las alabanzas que Isabel le dirigía.
«Mi alma», dice ella, «glorifica al Señor». Isabel alaba a María; pero María se eleva por encima de estas alabanzas y se aplica únicamente a bendecir a Jesucristo, a quien llevaba en su seno. No se parece a los hijos de Adán, a quienes no se puede alabar por sus acciones y por los dones mismos que han recibido de Dios sin que se preocupen vergonzosamente de lo que se les dice, y sin que sientan placer por un amor criminal e insoportable a su propia excelencia. Como ella está toda recogida en Dios, y toda llena de la consideración, o, mejor dicho, del sentimiento y del gusto de su grandeza, de su poder y de su bondad, ante los cuales toda criatura no es nada, no puede recibir alabanza sino para él, le devuelve todo tipo de honor; y su alma, que es verdaderamente suya, porque no se deja arrebatar por las cosas caducas y perecederas, no tiene otra acción que la de bendecirlo y exaltarlo. Ella lo glorifica con sus palabras y con los profundos aniquilamientos de su corazón, lo glorifica reconociendo ante el cielo y la tierra que solo él merece las adoraciones de los ángeles y de los hombres. «Ella lo glorifica», dice san Agustín sobre el Magníficat, «con un respeto lleno de amor, de ternura y de afecto».
«Y mi espíritu», añade ella, «se ha regocijado en Dios, mi Salvador». El alma y el espíritu en el hombre forman una misma sustancia inmaterial: esta sustancia es el alma en tanto que anima; esta sustancia es el espíritu en tanto que realiza las operaciones intelectuales y se pone por ello en relación con el mundo inmaterial, y se eleva hacia Dios. En el estado de inocencia, el hombre se dirigía a Dios, no solo según la parte razonable e intelectual, sino también según la parte que llamamos animal: pues la gracia de ese estado floreciente, que se denomina justicia original, era tan dulce y tan poderosa, que mantenía la carne y todos los sentidos agradablemente sujetos al espíritu: lo que hacía que tendieran a Dios bajo su guía sin ninguna contradicción, y participaran incluso, de alguna manera, en la dignidad de la parte razonable. Pero esta feliz condición fue enteramente arruinada por el pecado del primer hombre; y, en lugar de que la carne fuera entonces un poco espiritual, el espíritu, desde esa caída, se ha vuelto carnal y grosero, no teniendo más que pensamientos y sentimientos que lo aplican a las cosas de la tierra. Y, aunque nuestra naturaleza haya sido reparada por la gracia del Mediador, esta perfecta obediencia de la carne al espíritu no ha sido, sin embargo, reparada, y los más justos tienen motivo para quejarse, con san Pablo, de que sienten en sus miembros una ley maldita y criminal que se opone a la ley de su razón. Pero no ocurre lo mismo con la Virgen sagrada: como ella no había tenido parte en el pecado de nuestro padre, y era incomparablemente más pura y más privilegiada, no solo que Adán inocente, sino también que los espíritus celestiales, su alma y su espíritu no estaban en absoluto opuestos entre sí; no tenían el uno y el otro más que un mismo objeto y un mismo fin; se dirigían el uno y el otro a Dios, y ella podía decir continuamente lo que el Rey Profeta dijo una vez: «Mi corazón y mi carne se han regocijado en el Dios vivo». Es lo que ella expresa admirablemente en las palabras de su cántico, cuando dice que «su alma glorifica al Señor, y que su espíritu se ha regocijado en Dios, su Salvador». Pues, con estas pocas palabras, hace ver que su alma tiene las mismas funciones que su espíritu, que son glorificar a Dios, y que su espíritu se extiende también a las funciones de su alma, que son regocijarse de tener un Hijo de un mérito tan grande y tan superior al mérito de todos los hombres. Ella glorifica pues a Dios y se regocija en él por su espíritu y por su alma, y su alegría es tanto mayor cuanto que los motivos que tiene para regocijarse, tanto según la naturaleza como según la gracia, son eminentes y superan todo lo que puede dar alegría a una criatura. Por lo demás, es con mucha justicia que llama a Dios su propio Salvador; pues no ha sido Salvador de los otros hombres sino con la salvación de liberación y de redención, mientras que ha sido el suyo con la salvación de una preservación perfecta, impidiéndole, por los méritos de su sangre, a la cual Dios tuvo consideración desde el principio del mundo, tener parte alguna en el pecado de Adán.
Dice luego: «Porque Dios ha mirado la humildad de su Sierva». Algunos autores traducen: «la bajeza de su Sierva», fundados en que la Virgen era demasiado humilde para atribuirse a sí misma la virtud de la humildad, y para decir que esta virtud la había hecho digna de ser Madre de Dios; pero no consideran que María hablaba como de sí misma y como órgano del Espíritu Santo, que le hacía decir verdades que ella no esperaba, y que su admirable modestia le ocultaba; hablando como de sí misma, no hablaba más que «de su bajeza y de su nada», y el sentido de sus palabras es que ella se regocija en Dios, su Salvador, porque él ha lanzado una mirada de favor y de misericordia sobre su indignidad, y que sin mérito alguno de su parte la ha elevado a una gloria inestimable; pero hablando como órgano del Espíritu Santo, habla de su humildad prodigiosa, porque el Espíritu Santo nos ha querido enseñar por su boca, sin que ella lo pretendiera, que es esta humildad la que la ha hecho agradable al Altísimo, la que ha atraído sobre ella las miradas de la santísima Trinidad, la que ha consumado las disposiciones que le eran necesarias para ser Madre de Dios, y la que la ha hecho digna de llevar en su seno a Aquel que es el más grande y al mismo tiempo el más humilde de todos los hijos de los hombres. Así, para llenar toda la significación de estas palabras: *Respexit humilitatem ancillae suae*, no hay que traducir: *la bajeza de su Sierva*; sino: *la humildad de su Sierva*: porque esta palabra de humildad significa una y otra, es decir, la bajeza y la virtud de la humildad. Se podrá decir que la palabra griega τεταπεινωσις, de la que se sirve el santo Evangelista, no significa más que *pequeñez* y *abyección*; pero eso no es verdadero, puesto que, según la observación de san Jerónimo en su *Carta a Algasia*, hay otros lugares en la Escritura, como en san Mateo, cap. II; en la Epístola de san Santiago, cap. III, y en la primera de san Pedro, cap. V, donde significa también *la virtud de la humildad*: porque en efecto la bajeza reconocida y sentida es una verdadera humildad. Se puede ver sobre esto al sabio Benzonius, en la explicación de este versículo.
«Todas las generaciones me llamarán bienaventurada». Es ahí la continuación del mismo versículo donde nuestra augusta Reina, encerrada en un rincón de Judea y en la pequeña casa de Zacarías, hace una predicción cuya verdad vemos todos los días. Ella dice que «porque Dios ha mirado la bajeza y la humildad de su Sierva, y la ha mirado con un ojo tan favorable, que la ha exaltado hasta la eminente dignidad de Madre de Dios, todas las naciones y todos los siglos la proclamarán bienaventurada». Es lo que se cumple en todos los lugares donde la Iglesia está extendida: es lo que se ha cumplido desde el nacimiento del Cristianismo, y se cumplirá hasta la consumación del mundo: pues, ¿en qué lugar no se canta con alegría: «Bienaventuradas las entrañas de la Virgen María que han llevado al Hijo del Padre eterno, y bienaventurados sus pechos que han amamantado a Jesucristo Nuestro Señor?» Pero aunque las palabras de Nuestra Señora no sean más que en tiempo futuro, creemos sin embargo que se pueden y se deben incluso extender a todos los tiempos. Pues, si la Iglesia cristiana y todos los fieles que ha habido en el Nuevo Testamento la han llamado *bienaventurada*: lo que se hará todavía hasta el día del juicio y en la eternidad; es constante que los Patriarcas y los Profetas del Antiguo Testamento, que la veían en espíritu, han aplaudido también a su felicidad. Es lo que le ha merecido la unión de la fecundidad con la virginidad: pues, si ella hubiera sido Virgen y no hubiera sido Madre, la sinagoga, que prefería las madres a las vírgenes y a las estériles, no la hubiera llamado singularmente *bienaventurada*. Si, al contrario, hubiera sido fecunda y Madre y no hubiera sido Virgen, la Iglesia, que estima mucho más la virginidad que la fecundidad, no hubiera preferido su felicidad a la de las vírgenes; pero uniendo en ella las cualidades de Madre y de Virgen, y uniéndolas tan estrechamente, que su virginidad honra su fecundidad, y que su fecundidad eleva infinitamente su virginidad, ella es el objeto de la veneración y de las bendiciones de todas las edades, y no hay ninguna que no la proclame bienaventurada y la más feliz de todas las vírgenes, de todas las madres y de todas las mujeres.
Ella se explica luego más, y añade: «Porque el Todopoderoso ha hecho por mí grandes cosas». Expresión maravillosa, y donde la humildad de esta Reina de los ángeles resplandece aún admirablemente: pues ella no dice que el Todopoderoso ha hecho grandes cosas por ella, sino para ella: *Fecit mihi*. Sin embargo, es constante que es en ella y por ella que estas grandes cosas han sido hechas: pues es por ella que el Verbo eterno ha tomado una carne humana, que ha sido concebido, y que ha sido hecho el Cristo y el Salvador de los hombres. Así, María no puede abrir la boca sin que dé muestras de su modestia y de su humildad perfecta; no habla más que para alabar a Dios. Y aunque parece imposible que ella alabe a Dios sin mencionar las cosas que la hacen infinitamente recomendable, lo hace sin embargo de una manera tan industriosa, que devuelve toda la gloria a Dios, y que no se atribuye más que la felicidad de haber recibido los efectos de su liberalidad y de su misericordia. Por lo demás, los términos de los que se sirve: «El Todopoderoso ha hecho por mí grandes cosas», tienen una significación infinita, y nos muestran que lo que Dios ha hecho por María, en María y por María es tan grande, tan augusto y tan inefable, que no hay palabras que lo puedan representar. «Ha hecho por mí», dice ella, «grandes cosas. Me ha dado por hijo en el tiempo a aquel que es su Hijo en la eternidad; me ha hecho concebir en mis entrañas a Aquel que él concibe en el seno de su entendimiento divino; me ha hecho Virgen y Madre todo a la vez, y me ha hecho llevar esta Luz eterna sin ninguna brecha en mi pureza virginal». El Espíritu Santo, del cual ella es el órgano, le hace expresar aún con estas palabras lo que su humildad profunda le prohíbe relatarnos. Nos enseña que Dios ha reunido en ella todo lo que el cielo y la tierra, la gracia y la naturaleza, los ángeles y los hombres tienen de raro y de excelente; que le ha dado la fe de los Patriarcas, el celo de los Profetas y las virtudes de todos los justos que habrá en el Nuevo Testamento; que ella supera a los Tronos en belleza; a los Querubines en luz y a los Serafines en ardor; que su inocencia es perfecta, su fidelidad inviolable y su caridad consumada; que, como ella encierra al Santo de los santos en su casto seno, ella está también revestida de su vida, de su espíritu, de sus sentimientos y de sus inclinaciones; que ella participa eminentemente de su santidad divina y humana, y que ella es como otro él mismo; que no hay reserva para ella, y que todos los tesoros de la gracia y de la gloria le están abiertos. Nos descubre aún por estos términos que, como las madres tienen parte en todas las prerrogativas de sus hijos, María, encinta del Verbo encarnado, es elevada a tres sociedades con él: una sociedad de grandeza, que la debe hacer reconocer por la Reina de los cielos, la Dama y la Maestra de los ángeles y la Soberana del universo; una sociedad de oficio, que la hará llamar por los Padres y los Doctores, «la Reparadora del mundo, la Redentora del género humano y la Reconciliadora de los pecadores», en tanto que es ella quien ha proporcionado el cuerpo y la sangre por los cuales hemos sido redimidos; una sociedad de influencia, que la hará cooperar hasta el fin del mundo en todas las obras de gracia que Dios operará en la economía de la salvación. Ella no tenía cuidado de querernos relatar estas grandes cosas de sí misma; pero el Espíritu de Dios, entre cuyas manos está la lengua y la voz de los Profetas, las ha encerrado todas bajo las dos palabras que ella nos ha dicho; de modo que, por una conducta admirable de la divina Providencia, María, al querer alabar a Dios sin alabarse, nos ha dado ocasión de reconocer lo que hay de más grande y de más loable en ella.
Ella termina este versículo diciendo: «Y su nombre es santo». Habla del nombre de Dios como Dios, que no estaba permitido a nadie pronunciar, y del nombre de Dios hecho hombre, que el ángel Gabriel le había traído ya del cielo, y que era el nombre de Jesús; y llama a uno y a otro Santo, porque significan la fuente de toda santidad. Pero no habla de ellos más que como de un solo nombre, porque el de Dios está encerrado en el del Salvador y de Jesús, como hemos dicho en la fiesta de la Circuncisión. Por lo demás, no dudamos en absoluto que ella represente aquí la santidad de su Señor por un nuevo secreto de humildad, a fin de desviar los ojos de Isabel de sus perfecciones por la consideración de la santidad divina, ante la cual todas las perfecciones de las criaturas no son más que un débil resplandor que se eclipsa y desaparece enteramente. En el resto de su cántico, ella se extiende de una manera admirable y llena de religión y de reverencia sobre las perfecciones de Dios: principalmente sobre su justicia contra los ricos, los soberbios y los grandes del mundo que abusan de su poder, y sobre su misericordia hacia los pobres y los humildes que caminan en el temor de ofenderlo. Ella representa también que ya no hay lugar para quejarse de que las promesas de Dios no se cumplan, puesto que al fin esta Bondad soberana se ha acordado de su misericordia, y que ha mirado con un ojo favorable a Israel, su siervo, asociándolo a su divinidad, como lo había prometido a los santos Patriarcas, y sobre todo a Abraham, el jefe de la nación judaica.
He aquí una débil expresión de los grandes misterios encerrados en el cántico que María pronunció en presencia de santa Isabel, su prima. Digamos todavía en abreviado que su humildad se opone a las alabanzas que esta santa mujer le había dado con tanta justicia. Isabel la había glorificado, y su alma no glorifica más que al Señor. Isabel se había regocijado de su visita y de su saludo, y su espíritu no encuentra alegría más que en Dios su Salvador. Isabel la había felicitado por su nueva dignidad de Madre de Dios, y ella no toma otra cualidad que la de su muy humilde Sierva. Isabel había atribuido a su fe los milagros que se habían cumplido y que se debían todavía cumplir en ella, y ella se contenta con decir que «el Señor ha tenido a bien lanzar los ojos sobre su pequeñez, y que la ha tratado con mucha liberalidad». Finalmente, continuando todavía en el mismo estilo de su humildad, ella atribuye a su felicidad, y no a sus méritos, las grandes cosas que la potencia y la sabiduría de Dios habían operado en ella, y pasa prontamente a las alabanzas generales de este Señor, que es toda su alegría y todo el objeto de su amor. Es así como debemos desviar hábilmente las alabanzas que se nos dan, y en lugar de ocuparnos de ellas y de sentir placer, devolverlas prontamente a aquel a quien todo el honor es legítimamente debido.
Por lo demás, si es verdadero que las dos palabras que María profirió en el primer encuentro de su santa prima, fueron tan eficaces, que llevaron la santificación y la luz profética al alma de san Juan para de ahí rebotar sobre el espíritu y sobre el corazón de su madre, ¿qué pensaremos que fueron los efectos de este bello cántico, compuesto de diez versículos y pronunciado por esta santa Virgen en los ardores de un amor incomparable? Pues no hay que dudar que el Espíritu Santo, que era el primer autor y que lo ponía en la boca de nuestro cantor celestial, no lo hiciera también oír al santo Precursor y no le explicara el sentido y todos los misterios. ¡Oh! ¡Qué conocimiento no le dio sobre el gran sacramento de la Redención de los hombres! ¡Qué actos de fe, de adoración, de agradecimiento y de amor no le hizo hacer en la consideración de las bondades del Todopoderoso! ¡Qué ternura no le imprimió por esta augusta Madre que era el sujeto y el órgano de tantos milagros! Finalmente, ¡qué nuevos deseos no le inspiró de emplearse lo antes posible en publicar las grandezas de su Hijo, y en glorificarlo por todas partes, diciendo a los judíos que no era ni siquiera digno de desatar la correa de sus sandalias!
Estancia de tres meses y regreso
María permanece tres meses junto a Isabel, trayendo bendiciones espirituales a la casa de Zacarías antes de regresar a Nazaret antes del nacimiento de Juan.
El Evangelio no nos dice qué respondió Isabel a este cántico, ni cuál fue la conclusión de la conversación de estas ilustres madres. Se contenta con añadir que María permaneció cerca de tres meses en la casa de Zacarías, y que regresó después a Nazaret. Nos corresponde a nosotros pensar qué bendiciones atrajo una estancia tan larga sobre esta casa. Leemos en el segundo Libro de los Reyes que, habiendo sido colocada el Arca de la Alianza por David en la casa de Obed-edom, donde permaneció tres meses, toda clase de bendiciones cayeron sobre este buen personaje y sobre todos sus bienes: lo que hizo que David decidiera trasladarla a Jerusalén. Ahora bien, María era incomparablemente más que el Arca de la Alianza, y llevaba en su seno, no las tablas de la ley, ni la vara de Moisés, ni un poco del maná que había servido de alimento a los hijos de Israel en el desierto, como aquella Arca; sino que llevaba al Señor de todas las cosas, de quien aquellas tablas, aquella vara y aquel maná no eran más que figuras muy imperfectas. ¿Cuáles fueron, pues, las gracias espirituales y temporales que su estancia de tres meses procuró a toda la casa de Zacarías, y qué progresos no hicieron en ese tiempo, en la virtud y la santidad, las tres augustas personas que la componían, queremos decir Zacarías, Isabel y san Juan? Es lo que las almas piadosas pueden meditar, pero es lo que no podemos representar con nuestra pluma. Hay autores que creen que la Santísima Virgen asistió al parto de su prima, y que no regresó a su casa sino después del cumplimiento de las maravillas que ocurrieron en el nacimiento y la circuncisión del santo Precursor. Pero, como san Lucas relata su regreso antes de describir la historia de este nacimiento: «María», dice, «se quedó tres meses con Isabel, y se volvió a su casa; y a Isabel se le cumplió el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo», es mucho más probable que dejara a esta santa mujer antes de que los nueve meses de su embarazo hubieran terminado. Nicéforo Calixto dice que lo hizo porque era costumbre de las vírgenes retirarse en tal circunstancia. Simeón Metafraste, en su Sermón sobre san Juan, añade que fue para evitar la multitud que debía reunirse en el tiempo de la natividad de este niño. Y el abad Ruperto dice además que fue por miedo a que su embarazo apareciera ante los demás antes de aparecer ante san José. *Ne prius ab illis deprehenderetur in utero habens quam ab ipso beato Joseph*. El autor de las Homilías atribuidas a Eusebio de Emesa dice que Zacarías e Isabel derramaron muchas lágrimas, a su partida, al verse privados de una compañía tan santa y tan ventajosa, y que el mismo san Juan, a quien el Espíritu Santo se lo reveló en el seno de su madre, sintió mucho dolor: pero nunca ha habido alegría en este mundo que no haya sido precedida y seguida de alguna aflicción: y parece que esta pena les era necesaria para disponerlos a esa gran alegría, que les llegó poco después, cuando el divino Precursor apareció en el mundo.
Institución de la fiesta y de la Orden
La fiesta de la Visitación fue establecida por san Buenaventura y luego extendida a la Iglesia universal por Urbano VI; san Francisco de Sales fundó la Orden de la Visitación en su honor.
Por lo demás, este misterio de la Visitación de Nuestra Señora es tan elevado y está tan lleno de maravillas, que bien merecía ser honrado en la Iglesia con una fiesta particular. Quien pensó primero en establecerla fue san Buenaventura, general de la Orden de los Menores; hizo el decreto para toda esta Orden en su Capítulo general, celebrado en Pisa, en el año 1263. Des pués, el papa pape Urbain VI Papa que extendió la fiesta de la Visitación a toda la Iglesia en 1389. Urbano VI extendió esta fiesta a toda la Iglesia; su bula es del año 1389, pero no fue publicada hasta el año siguiente por Bonifacio IX, su sucesor. El concilio de Basilea también la ordenó (1441) y fijó su día el 2 de julio. Algunos autores han inferido que la santísima Virgen no partió de casa de Zacarías hasta el día siguiente de la circuncisión de san Juan, que fue el 1 de julio; pero este tipo de argumentos son inciertos, y hay que detenerse mucho menos en ellos que en lo que el sentido natural del texto sagrado parece exigir. Además de esta fiesta, que se celebra con solemnidad en la Iglesia, Dios quiso honrar aún más el misterio de la Visitación mediante una Orden sagrada de religio sas, que lleva su nombr saint François de Sales Modelo de dulzura con el que se compara al venerable. e. San Francisco de Sales es su institutor, junto con santa Jua sainte Jeanne-Françoise Fremiot Fundadora de la Visitación, cuyo corazón y objetos personales se conservan en Nevers. na Francisca Fremiot, anteriormente baronesa de Chantal, y luego primera religiosa y primera madre de esta ilustre Congregación. El gran número y el esplendor de las casas que la componen, y que han sido establecidas en tan poco tiempo, y sobre todo el buen olor de Jesucristo y la santidad que reinan en todas partes, hacen ver suficientemente que no es una obra de los hombres, sino de Dios, y que Él participa de las gracias de las cuales la Visitación de Nuestra Señora ha sido la fuente.
Herencia litúrgica y espiritual
El Magníficat, cantado diariamente en las Vísperas desde la antigüedad, es reconocido por su poder espiritual y sus efectos milagrosos contra las fuerzas del mal.
Sobre el cántico Magníficat cantique Magnificat Cántico de alabanza pronunciado por María durante la Visitación. , que llamamos el Cántico de la santísima Virgen, es bien sabido que se canta todos los días en Vísperas: lo cual es de altísima antigüedad, puesto que el venerable Beda, que vivió en el siglo VIII, hace mención de ello en una Homilía de las Cuatro Témporas de Adviento. El sabio Benzonius, que ha dado de él un rico comentario, cree que en su lengua original, que era el siríaco, estaba escrito en verso, como los cánticos de María, hermana de Moisés; de Jael, mujer de Héber; de Débora la profetisa; de Ana, madre de Samuel; de Judit y de Ester, a fin de que la Madre de Dios no cediera en nada ante estas ilustres mujeres del Antiguo Testamento. Añade que su sola pronunciación es extremadamente temible para el demonio, y que a menudo se ha visto a este en Loreto estremecerse de despecho ante estas palabras: «Ha mirado la humildad de su Sierva»; y ante estas otras: «Derribó a los poderosos de sus tronos, y exaltó a los humildes». Finalmente, relata varios milagros que han sido realizados por la fuerza invencible de las palabras que lo componen; se podrán ver en sus obras, libro I, cap. XXII.
Nos hemos servido, para tratar este tema, de lo que sobre él escribieron, después de los santos Padres, Cristóbal de Castro, en la Vida de la Virgen; Luis de Granada, en sus Meditaciones, y el P. Gibicof, del Oratorio, en su segunda parte de la Vida y Grandezas de Nuestra Señora, cap. II, III y IV, de los cuales hemos tomado algunos pensamientos.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.