San Antonio Abad
Primer Padre de los solitarios de Egipto
Primer Padre de los solitarios de Egipto
Nacido en Egipto en el siglo III, Antonio se retira al desierto tras haber distribuido sus bienes a los pobres. Padre del monacato cristiano, sufre célebres tentaciones demoníacas antes de fundar comunidades de solitarios. Muere centenario en el monte Colzim, dejando un legado espiritual inmenso transmitido por san Atanasio.
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SAN ANTONIO ABAD,
PRIMER PADRE DE LOS SOLITARIOS DE EGIPTO
Juventud y conversión radical
Nacido en 251 en Egipto, Antonio lleva una juventud piadosa antes de distribuir todos sus bienes a los pobres tras la lectura del Evangelio.
San Antonio n Saint Antoine Patrón de los ermitaños, primer dedicatario de la capilla. ació, en el año de Nuestro Señor 251, en un pequeño pueblo llamado Coma o Coman, cerca de la ciudad de Heraclea, en el Alto Egipto, bajo el imperio de Decio. Sus padres, que eran nobles, ricos y católicos, cuidaron mucho de su educación. No le permitieron conocer otra casa que la suya, ni otras personas que ellos en el mundo. No le hicieron estudiar las bellas letras en las escuelas, para que no tuviera ninguna comunicación con otros niños que hubieran podido pervertirlo; de modo que pasó su juventud en una gran inocencia: sobrio, religioso, obediente y amante, como Jacob, de permanecer en la casa de su padre.
A la edad de dieciocho o veinte años, se vio dueño de sus bienes por el fallecimiento de su padre y de su madre. Solo le quedaba una hermana más joven que él, de cuya educación se ocupó durante seis meses. Pero como ya había concebido en su espíritu el deseo de una vida más perfecta, tal como la llevaban los cristianos del tiempo de los Apóstoles, entró, con este pensamiento, en una iglesia donde escuchó leer estas palabras que Nuestro Señor dijo a un joven rico: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, sígueme y tendrás un tesoro en el cielo»; las tomó como si hubieran sido pronunciadas solo para él, y regresando a su casa, se deshizo enteramente de todas sus rentas; repartió entre sus vecinos trescientas medidas de tierra que le pertenecían; en cuanto a sus muebles, los vendió y distribuyó el precio entre los pobres, a reserva de algo que retuvo para asistir a su hermana. Habiendo entrado otra vez en la iglesia, y prestando atención a estas otras palabras del Evangelio: «No os preocupéis por el mañana», dio todo el resto de sus bienes a los pobres, y dejó su propia casa y a su misma hermana, a quien encomendó a algunas jóvenes virtuosas de su conocimiento, entre las cuales ella vivió en gran santidad, siguiendo el ejemplo de su hermano.
Primeros combates y tentaciones
Antonio se inicia en la ascesis junto a ermitaños y sufre violentos ataques demoníacos, tanto psicológicos como físicos, de los cuales triunfa por la fe.
No existían entonces verdaderos monasterios, y los desiertos no estaban poblados de siervos de Dios como se ha visto desde entonces, siguiendo el ejemplo de este gran patriarca; solo se veían en los campos algunos ermitaños que vivían apartados y que, por este motivo, eran llamados monjes, es decir, solitarios. Entre ellos se encontraba un santo anciano a quien nuestro Antonio se propuso imitar. Como una abeja industriosa, visitaba a los otros ermitaños vecinos para recoger de ellos, como de diversas flores, la miel de la devoción para llenar su corazón: aprendía de uno la humildad, de otro la paciencia, de aquel la compunción y de este la castidad. Trabajaba con sus manos para evitar la ociosidad y todo lo que podía ganar estaba destinado a los pobres, excepto lo que era absolutamente necesario para su subsistencia. Rezaba a menudo y se mostraba tan atento a la lectura de los santos libros que se elevó en poco tiempo a una eminente perfección: los otros monjes solo hablaban de la devoción y los fervores de Antonio. Unos, por honor, lo llamaban su padre; otros, por ternura, lo nombraban su hijo y su hermano; y todos, por respeto, le daban el título de Deícola, es decir, aquel que ama y honra a Dios.
Sin embargo, el demonio, enemigo de los hombres, previendo el gran número de aquellos que se convertirían por el ejemplo de Antonio, resolvió atacarlo por toda clase de medios y artificios. Comenzando por la astucia del zorro para continuar luego con la fuerza del león, le sugirió primero pensamientos de arrepentimiento por haber dejado el mundo, ya sea porque perdía con ello su propia satisfacción, o porque abandonaba a su hermana. Luego excitó en su espíritu extremas inquietudes y en su cuerpo movimientos de impureza que no podían ser extinguidos sino por el rocío celestial de la gracia; y aunque se veía asaltado al mismo tiempo por dentro y por fuera, el demonio lo atormentaba por la noche con gritos confusos de voces espantosas. No obstante, el soldado de Jesucristo, armado con su gracia, permanecía invencible y firme como una roca entre todos estos asaltos; y cuanto más se esforzaba el enemigo por abatirlo, más se elevaba él hacia Aquel de quien esperaba todo su socorro. De modo que el enemigo, vencido por ese lado, se le ocurrió una nueva astucia: fue proponerle las voluptuosidades de la vida y las dulzuras engañosas de la sensualidad, con todos los atractivos capaces de atraer nuestros sentidos, pero la fe viva hacía triunfar a Antonio de todos estos ataques mediante los remedios propios para domar los apetitos desordenados: quiero decir los ayunos, las vigilias y las otras industrias de la mortificación y de la penitencia.
Eso no fue todo; pues el demonio, tomando la figura de una mujer descarada, solicitaba abiertamente a este santo ermitaño a acciones criminales; pero el recuerdo de esas llamas devoradoras que nunca terminarán en los infiernos extinguía, por un ardor divino, las llamas de la concupiscencia en su cuerpo y en su alma. Finalmente, el demonio, desesperando de vencer jamás por todas sus astucias a un hombre tan bien aguerrido en esta clase de milicia, resolvió confesarle su debilidad; para hacerlo, tomó la forma de un pequeño negro o moro extremadamente feo y horrible de ver, y arrojándose a los pies del siervo de Dios, le dijo: «He engañado a muchos y he derribado a varios grandes personajes; pero confieso que tú me has vencido». San Antonio le preguntó quién era: «Soy», respondió, «el espíritu de incontinencia, que ha perdido a tantas personas». El Santo, lejos de enorgullecerse, agradeció a la soberana bondad que lo asistía con tan sensibles favores; luego, redoblando su coraje contra el enemigo, le reprochó su debilidad y le dijo que era con razón que tomaba la figura de un enano, puesto que con todas sus fuerzas no podía vencer a un pobre hombre; y cantando finalmente este versículo del Salmista: «El Señor es mi ayuda, y me burlaré de mis enemigos», hizo desaparecer a ese monstruo.
He aquí cuál fue la primera victoria de Antonio contra el demonio; o mejor dicho, para usar los términos de san Atanasio, la victoria del Salvador en Antonio. Pero sabiendo que no hay victoria perfecta ni reposo asegurado en este mundo, se mantuvo más que nunca en guardia. Por eso, redoblando el fervor, se aplicó de nuevo a las santas prácticas de la mortificación, por temor a que el espíritu, abatido por la pesadez del cuerpo, perdiera algo de sus fuerzas. No comía más que un poco de pan sazonado con sal y no bebía más que agua pura, una vez al día solamente, después de la puesta del sol; y aun así pasaba a veces dos o tres días sin tomar nada. Su lecho era la tierra desnuda o, a lo sumo, cubierta con un poco de junco y un cilicio. Jamás recordaba en su espíritu lo que había hecho, sino lo que le quedaba por hacer, y de esa manera, se mantenía siempre listo para el combate y tal como quería aparecer en la presencia de Dios, con un corazón puro y preparado para obedecer sus mandamientos.
Los primeros combates de san Antonio contra el demonio no habían ocurrido más que en el espíritu y en la imaginación o, a lo sumo, en los sentidos exteriores; pero cuando Dios, para probar su paciencia, lo hubo abandonado como a otro Job al poder del enemigo, este hizo bien patente en la persona del soldado de Jesucristo la rabia que tiene contra los hombres. Pues viendo que, para desafiarlo, al parecer, al combate, se había retirado a un sepulcro donde uno solo de sus amigos, que conocía este lugar, le llevaba cada día de qué vivir, lo atacó a fuerza abierta y lo atormentó con tanta crueldad y por penas tan sensibles, que lo dejó desmayado y sin ninguna apariencia de vida. Esto, sin embargo, no fue capaz de abatir el coraje de este hombre invencible; pues habiendo vuelto en sí y viéndose en el pueblo cercano donde su amigo lo había transportado para que trataran sus heridas, le suplicó que lo llevara de nuevo a la caverna donde lo había encontrado; y allí, aunque estaba tan herido que no se podía mover, desafiaba sin cesar a su enemigo con estas palabras: «Aquí estoy, soy Antonio; no huyo, no me escondo, te desafío y tu violencia jamás me separará de Jesucristo». Luego cantaba este versículo de David: «¡Cuando esté rodeado por los escuadrones de mis enemigos, mi corazón no temerá!». El demonio, asustado y confuso, llamó a sus compañeros en su socorro. Hicieron un ruido tan grande que se habría dicho que todo el edificio iba a caer, y en ese mismo momento Antonio vio aparecer figuras horribles de leones, toros, lobos, áspides, serpientes, escorpiones, osos, tigres y otras bestias salvajes, las cuales, cada una por su cuenta, se esforzaban por espantarlo y dañarlo; efectivamente, recibió varias heridas en su cuerpo. Pero el soldado de Jesucristo, levantando los ojos y el corazón hacia Dios, se mantenía siempre firme, hasta el punto de burlarse de la debilidad de estos espíritus revestidos de cuerpos fantásticos, que venían varios juntos para atacar a un solo hombre al que el menor de su banda era capaz de exterminar, si Dios se lo hubiera permitido. Luego, mirando al cielo, vio descender una claridad que, disipando la oscuridad de su gruta, hizo desvanecer a todos estos monstruos más espantosos que las tinieblas. El siervo de Dios, reconociendo por esta luz la presencia de su Señor, le dijo desde lo profundo de su corazón estas palabras amorosas: «¿Dónde estabas, buen Jesús, dónde estabas? ¿Por qué no has venido desde el principio para curarme de mis heridas?». A lo cual una voz le respondió: «Antonio, yo estaba aquí y esperaba el fin de tu combate; pero, viendo ahora que has combatido valientemente y que no has cedido, te ayudaré siempre y haré volar tu reputación por todo el mundo». Entonces san Antonio sintió sus fuerzas renovadas, su coraje aumentado y su resolución más firme que nunca para amar a su Dios.
Retiro y fundación del desierto
Tras veinte años de reclusión total, Antonio atrae a numerosos discípulos, transformando el desierto en una ciudad de monjes y sentando las bases de la vida monástica.
Tenía entonces treinta y cinco años y, siguiendo la inspiración divina que le llamaba a una vida más perfecta, se despidió del buen religioso que le traía su pan de cada día y se retiró a lo alto de una montaña, más allá del Nilo, en un viejo castillo habitado solo por reptiles. Estos reptiles cedieron su lugar al hombre de Dios; pero los demonios le persiguieron y le hostigaron constantemente. En el camino, le hicieron aparecer una vasija de plata, como si alguien la hubiera dejado caer por accidente. Pero el Santo, dándose cuenta de la astucia del enemigo, hizo la señal de la cruz y, con el corazón lleno de fe, le dijo estas palabras: «Que tu dinero, desgraciado, perezca contigo; no impedirás por ello mi viaje». Más adelante, encontró una gran cantidad de oro verdadero, pues aseguraba después, al contárselo a sus discípulos, que no era un oro fantástico; pero lejos de detenerse a contemplarlo, apresuró aún más su marcha hacia el lugar que hemos dicho, y bloqueando la entrada con piedras, se encerró allí como en un templo que consagró con una oración continua, sin tener más provisión que pan y un poco de agua para seis meses; uno de sus amigos se los traía dos veces al año y se los bajaba por el techo, sin hablarle ni verle.
Pasó así veinte años en combates continuos contra los espíritus de las tinieblas, que no le dieron reposo ni de día ni de noche; los peregrinos que acudían a aquel lugar para visitar al santo hombre y recibir alguna instrucción de su boca o bien obtener la curación de sus enfermedades y el remedio a sus males, son testigos irreprochables, porque oían desde fuera los insultos y reproches que aquellos espíritus del infierno hacían al siervo de Dios porque venía a expulsarlos de sus antiguos refugios para alojar allí a nuevos huéspedes. Finalmente, san Antonio, presionado por la multitud de personas que acudían a él, ya fuera para imitarle en la práctica de las virtudes, o para ser aliviadas en sus enfermedades y liberadas de los espíritus inmundos, salió como por fuerza de aquel santo lugar que para él era un paraíso. Todos quedaron maravillados al verle con un rostro tan alegre y una tez tan sonrosada como si, durante los veinte años de una soledad tan espantosa y oscura, hubiera vivido siempre en la abundancia y disfrutado de todos los placeres de la vida. Pues esta es una operación singular de Dios, que alimenta a sus siervos solo con su palabra y que, por la unción de su espíritu celestial, hace que la sustancia del hombre no solo no disminuya, sino que se vuelva más fuerte y vigorosa.
La santidad de vida del bienaventurado Antonio causó tanta admiración que, desde el lugar donde estaba, su reputación se extendió por toda la tierra, atravesando África, Italia, España y Francia, hasta las provincias más lejanas; de modo que un gran número de personas, tocadas por el espíritu de Dios, acudieron al desierto para seguir sus pasos y vivir bajo su guía. Por ello se fundaron varios monasterios, y los desiertos se llenaron de tal manera que parecían ciudades pobladas de habitantes celestiales.
Sabiduría y enseñanzas
El santo enseña a sus monjes la discreción, la humildad y la vigilancia constante contra las astucias de Satanás, privilegiando la caridad sobre los milagros.
Cuando Antonio instruía a sus discípulos, les decía «que una de las cosas más importantes para la vida espiritual era creer que uno comenzaba todos los días; que el paraíso se puede encontrar en cualquier lugar, cuando el corazón está unido a Dios; que los espíritus de las tinieblas temen las oraciones, las vigilias y las penitencias de los siervos de Dios, sobre todo la pobreza voluntaria, la humildad, el desprecio del mundo, la caridad y la mortificación de las pasiones; que estas son las virtudes que aplastan y rompen la cabeza de la serpiente». Les enseñaba «que las verdaderas armas para combatirlo eran una fe viva, acompañada de una gran pureza de vida; que aquí abajo, el que compra paga el precio justo de la mercancía al vendedor, pero que el reino de los cielos es barato, y se da por mucho menos de lo que vale; pues todos los trabajos y todos los dolores de esta vida (aunque durara ochenta o cien años) no son más que por un tiempo, y la felicidad que es su recompensa no tiene fin. Cada uno, aunque haya dejado todo para servir a Dios, debe pensar que eso no es nada, aunque fueran todos los reinos de la tierra; porque toda la tierra no es más que un punto, y que, tarde o temprano, el hombre se verá obligado a dejar lo que abandona. Como el que sirve al rey no se niega a hacer lo que se le ordena, bajo el pretexto de que ha servido mucho; de la misma manera, el verdadero siervo de Dios no debe mirar lo que ha hecho, sino lo que le queda por hacer para su Señor. El que ha terminado bien se lleva la corona, no el que ha comenzado. Para desterrar la pereza, lo mejor es tener siempre ante los ojos la incertidumbre de esta vida presente, y, por la noche, no contar con el día, ni durante el día, con la noche. La virtud no es tan difícil como parece. Los príncipes de las tinieblas están animados por un odio mortal contra todos los cristianos, y principalmente contra los religiosos y las vírgenes; usan de muchas astucias, pero todos sus artificios se deshacen por la desconfianza que el buen religioso tiene de sí mismo, y por la confianza que tiene en Jesucristo, quien desarmó a estos espíritus rebeldes en la cruz, y les quitó las fuerzas y los medios para dañarnos, si nosotros mismos no nos exponemos, por nuestra propia culpa, a su crueldad».
Les decía a este respecto: «Una vez oí llamar a la puerta de mi celda; habiendo salido para saber quién era, vi a un hombre de una estatura tan prodigiosa que su cabeza tocaba el cielo; le pregunté quién era; este espectro me respondió que era Satanás. "Vengo", añadió, "a saber de ti por qué, no solo los religiosos, sino también todos los cristianos, me maldicen; pues, cualquier desgracia que les ocurra, me cargan de maldiciones". Le respondí que lo hacían con razón, porque eran tentados y solicitados al pecado por sus artificios; a lo cual el espíritu replicó "que él no tenía parte en los crímenes de los hombres; que ellos solos se hacían la guerra y se causaban su desgracia, buscando las ocasiones de hacer el mal; porque, desde que Dios se hizo hombre, él había perdido su imperio sobre las provincias, sobre las ciudades y sobre los pueblos, y que los desiertos y las vastas soledades, que solo le habían quedado, comenzaban a ser poblados de casas religiosas y llenos de santos personajes que los expulsaban de allí por la fuerza de la cruz. Me sentí arrebatado al ver que el padre de la mentira estaba forzado a decir estas verdades, tan para su confusión. Pero apenas hube pronunciado el nombre de Jesús, para bendecir a Dios por ello, el fantasma desapareció».
Advertía además a sus religiosos «que no se dejaran tocar por el vano deseo de conocer las cosas futuras, porque muchos habían sido seducidos por ello; que dieran más valor a vivir bien que a hacer milagros; y, si los hacían, que no se glorificaran ni se estimaran más, y que no despreciaran a los que no los hacían, porque el milagro es un don de Dios, que viene de su pura misericordia y no de nuestra miseria, y que aquel por quien Dios lo hace no tiene asegurado serle agradable». Añadía «que las mejores armas, para vencer al enemigo, eran la alegría y el gozo espiritual del alma, que tiene siempre la presencia de Dios en el pensamiento, porque esta luz disipa las tinieblas, y hace que las tentaciones de Satanás se desvanezcan como el humo; que debemos tener siempre presentes los ejemplos de los Santos, para excitarnos a la virtud; que, para guardarse de caer, sirve mucho descubrir sus faltas a los hermanos, y prevenir una segunda caída mediante una vergüenza y una confusión manifiestas». Como se encontraba a menudo en conferencia con sus religiosos, les daba diversas lecciones para la práctica de las virtudes. Una vez, entre otras, quiso tener su opinión sobre las virtudes, y les preguntó cuál de todas les parecía la más necesaria para la vida religiosa; unos daban el primer rango a la penitencia por la cual los apetitos sensuales son mortificados; otros, al silencio y a la soledad que cortan las ocasiones de pecado; otros a la misericordia a la cual Nuestro Señor promete la recompensa eterna en el día del juicio; y otros, a otras virtudes. Pero Antonio, como el más experimentado en esta santa práctica, dio el primer rango a la discreción, como guía y maestra de todas las demás, sin la cual la vida espiritual es ciega, confusa y está en desorden. Es así como, mediante estos consejos y otros semejantes, Antonio formaba a sus religiosos en la perfección de la vida monástica, y que, por el fervor de sus palabras, los llevaba al desprecio de todas las cosas visibles y al amor de Dios; por eso decía de sí mismo que ya no temía a Dios, sino que lo amaba, porque el amor perfecto expulsa el temor.
Compromiso contra la herejía arriana
Antonio abandona su soledad para apoyar a los católicos de Alejandría frente a las persecuciones y la herejía de Arrio, junto a san Atanasio.
Pero este no es aún el punto más alto de la virtud de este gran hombre: aunque vivía en la tierra como un ángel del cielo, y era padre de tantos santos hijos, no creía, sin embargo, haber hecho nada si no moría por Jesucristo y si no derramaba su sangre por su servicio.
El emperador Maximino había reavivado el fuego de la persecución en el año 311. Muchos cristianos fueron capturados, atormentados y llevados a Alejandría para ser ejecutados; Antonio, ardiendo en deseos de martirio, fue allí para morir con ellos, si a Dios le placía concederle ese favor. Los acompañaba cuando los presentaban ante los tribunales de los jueces, los alentaba en los tormentos y los seguía hasta el lugar del suplicio. Perseveró tan constantemente en este piadoso oficio que el juez, aunque no se atrevió a hacerlo prisionero, ordenó que todos los religiosos salieran de la ciudad. La mayoría se escondió; él, por el contrario, habiéndose vestido al día siguiente con una hermosa túnica blanca y bien limpia para atraer más la atención, se puso en lo más alto de la plaza pública, muriendo de pesar en su alma por no poder morir una vez según el cuerpo por Jesucristo. Pero la Providencia divina, que quería servirse de él para convertir los desiertos en un paraíso, no permitió que se diera muerte a quien debía dar vida a tantos otros.
Tan pronto como pasó esta tormenta, Antonio regresó a su monasterio; y como si hubiera entrado recientemente al servicio de Dios, comenzó a ayunar, a orar y a velar más que nunca, esforzándose por ser toda su vida mártir en la soledad, ya que no había podido alcanzar esa gloria en la plaza pública de la ciudad de Alejandría. Se encerró en su celda, sin comunicarse con nadie más que por necesidad, y allí realizaba acciones milagrosas de virtud, sobre todo de humildad, la cual fundaba principalmente en el conocimiento de sí mismo; solo pensaba en rebajarse a medida que Dios lo hacía más glorioso, y siempre daba al cielo el honor de sus acciones, reservándose para sí solo el desprecio y la confusión. No es posible exponer aquí el número y la calidad de los milagros y las gracias conferidas a los fieles por intercesión de este santo personaje. Tenía una autoridad absoluta sobre toda clase de enfermedades, pero Dios le había dado particularmente un poder tan grande sobre los espíritus malignos que su solo nombre bastaba para atormentarlos y liberar a los poseídos. Por eso, desconfiando de sí mismo y temiendo que las maravillas que Dios obraba por su medio le granjearan demasiada reputación, resolvió alejarse de aquellos lugares donde era conocido; y, habiéndose provisto de pan, se fue a la alta Tebaida, donde solo había hombres salvajes, de quienes esperaba no ser conocido.
Como estaba a orillas del Nilo y esperaba algún barco en el que pudiera remontar el río hacia el sur, escuchó una voz que le dijo: «Antonio, ¿a dónde vas y qué haces?». Él respondió: «Me voy a la Tebaida porque el mundo perturba aquí mi reposo y pide cosas que están por encima de mis fuerzas». La misma voz le dijo que dejara ese camino y entrara unos tres días antes en el desierto. Caminó tres días y tres noches hacia el Oriente, hacia el mar Rojo, en lugar de descender hacia el sur, y llegó al lugar donde el cielo había fijado su morada para el resto de sus días. Era el monte Colzim, que desde entonces se ha llamado el monte San Antonio, a una jornada del mar Rojo. Al pie hay un arroyo bordeado de palmeras. Esta montaña era tan alta y escarpada que no se podía mirar sin temor. Se descubría desde el Nilo, aunque distaba de él doce leguas. San Antonio se estableció al pie de esta montaña, en una celda tan estrecha que no contenía en cuadrado más espacio del que un hombre puede ocupar al extenderse. Había otras dos celdas muy similares, talladas en la roca, en la cima de la montaña, a donde se subía con dificultad por un pequeño sendero en forma de caracol. El Santo se retiraba allí a menudo para esconderse de la multitud. Pues sus religiosos pronto lo habían descubierto y le enviaban víveres, aunque con muchas dificultades. El santo Padre, para liberar a sus hijos de esa molestia, les pidió que le trajeran una azada, un hacha y un poco de trigo, con el cual sembró un pequeño terreno; lo que le rindió lo suficiente para su sustento, teniendo una alegría extrema de no ser ya carga para nadie. Y porque muchas personas comenzaron a buscarlo en esa soledad, hizo un pequeño jardín en el que sembró hierbas para darles de comer. Se cuenta que, habiendo unas bestias devastado este jardín que el Santo había tenido tanto trabajo en cultivar, tomó una y le dijo: «¿Por qué me hacéis daño? Yo no os hago ninguno; idos de aquí y recordad que os prohíbo volver». Y obedecieron como si hubiera sido un mandamiento de Dios.
Además del cultivo de su jardín, hacía esteras. Un día que se afligía por no poder, a causa de este trabajo, estar siempre en contemplación, se le apareció un ángel. Este espíritu celestial se puso a hacer una estera con hojas de palma, y dejaba de vez en cuando su obra para conversar con Dios en la oración. Después de haber entremezclado así varias veces el trabajo y la oración, le dijo al Santo: «Haced lo mismo y seréis salvo». Desde entonces, Antonio nunca omitió esta práctica; le fue así fácil conservar su corazón unido a Dios mientras sus manos trabajaban.
En otra ocasión, el demonio, para espantarlo, reunió de noche tropas de bestias feroces, y cuando él estaba en oración, las colocó delante de él, como si quisieran devorarlo. Pero el Santo, que no ignoraba las astucias de su enemigo, les dijo: «Si Dios os ha dado algún poder sobre mí, aquí estoy, comedme; pero si habéis venido por el movimiento del demonio, salid de aquí, pues soy siervo de Jesucristo». A estas palabras, se desvanecieron sin que se las haya visto desde entonces. Otra vez, a la hora de Nona, antes de la comida, Antonio se puso en oración; siendo arrebatado en espíritu, le pareció que era llevado al cielo por los ángeles, y que los demonios se ponían delante para impedirle subir; los buenos ángeles preguntaron a los malos por qué se oponían a su exaltación, puesto que era inocente y no había cometido crimen alguno que lo hiciera indigno de esa felicidad. Ellos comenzaron a acusarlo de todo el mal que había hecho desde el día de su nacimiento; y como los ángeles replicaban que esos pecados habían sido borrados y perdonados por la penitencia, e invitaban a los demonios a alegar lo que tuvieran que decir contra él desde que se había hecho religioso y consagrado al servicio de Dios, por más mentiras que inventaran, no pudieron decir nada para impedirle el paso. Cuando el Santo volvió en sí, no comió, sino que pasó toda la noche deplorando la miseria y la negligencia de los hombres que, teniendo enemigos tan fuertes que combatir, viven sin cuidado, como si no tuvieran a nadie contra quien luchar.
Tuvo otra visión, que tiene relación con esta. Escuchó, de noche, una voz que lo llamó y le dijo: «Antonio, levántate, sal fuera y verás». Salió y vio un fantasma, como un gigante terrible, que, tocando con la cabeza las nubes, extendía las manos para detener a personas que volaban al cielo; algunas eran rechazadas hacia la tierra y otras ganaban el cielo a pesar de él. Después de esto, escuchó una voz que le dijo: «Considera bien lo que ves»; y Dios, iluminando entonces su espíritu, le hizo conocer que los que volaban al cielo eran las almas de los hombres; que el demonio se esforzaba por impedirles el paso y que derribaba a tierra a las que se habían apegado al pecado, pero que no tenía fuerza alguna contra las almas santas e inocentes. Otra vez, vio toda la tierra cubierta de lazos y trampas que los demonios habían tendido; como se preguntaba a sí mismo quién podría evitarlos, escuchó una voz que decía: «¡Antonio, será solo la humildad!». Además, orando un día en su celda, oyó otra voz que le dijo: «Antonio, aún no has llegado a la medida de un curtidor de Alejandría». Estas palabras, habiéndolo asombrado, se levantó de madrugada y, tomando su bastón en la mano, fue a la ciudad a buscar a este personaje; aprendió de él que tenía cada día, al atardecer y al amanecer, este humilde pensamiento: Todos los habitantes de esta ciudad cumplen con su deber y ganan el paraíso, y yo solo, por mis pecados, no puedo esperar más que el infierno. Todas estas visiones, así como las tentaciones, servían de motivo a Antonio para avanzar más en el desprecio del mundo y en el amor de su Salvador clavado en la cruz.
Tenía el corazón tan tierno y tan lleno de compasión que defendía la causa de los pobres oprimidos que no podían obtener justicia, como si él mismo hubiera recibido la injuria que les habían hecho. En cuanto a la pureza, hubiera pasado por un ángel más que por un hombre.
Su carácter era pacífico, bondadoso y extremadamente dulce. Estaba tan arrebatado en la oración que pasaba noches enteras de rodillas velando, orando y meditando sobre la pasión y muerte del Salvador. Cuando el sol estaba en su ocaso, se ponía en oración; y a la mañana siguiente, cuando sus rayos le daban en los ojos, se quejaba de que le quitaba la dulzura y el reposo de su corazón, aunque hubiera pasado toda la noche de rodillas en oración: «¡Oh sol!», decía, «¿por qué me quitas, con tu luz, la claridad de la verdadera y eterna luz?». Casiano, que relata este rasgo, añade que, hablando de la oración, decía que la de un religioso no era perfecta cuando al orar se daba cuenta de que estaba orando: lo que hace ver cuán sublime era su oración. Era tan riguroso en sus penitencias que no parecía estar compuesto de carne y huesos, y tan invencible en los combates que era él quien infundía terror a los espíritus malignos, lejos de asustarse de sus fantasmas. Tenía siempre el rostro sereno, alegre y bien compuesto, sin abatirse en las adversidades ni dejarse llevar por una alegría excesiva en la prosperidad: lo que lo hacía conocer a primera vista entre los demás religiosos. Y aquellos mismos que nunca lo habían visto se dirigían primero a él; pues, por la candidez de su rostro que respiraba dulzura, juzgaban la integridad de su alma y de su conciencia. Tres monjes solían ir a verlo una vez al año; dos le proponían preguntas, pero el tercero nunca decía palabra. San Antonio le preguntó la razón, temiendo que fuera por miedo. Respondió: «Padre mío, me basta con verle». Respetaba a los eclesiásticos y se ponía de rodillas para recibir la bendición de los sacerdotes y obispos; huía de la conversación de todos aquellos que estaban separados de la Iglesia, y enseñaba que el verdadero católico debía tenerlos en horror y huir de ellos más que de las serpientes y las víboras.
Había un juez arriano, llamado Balac, que ejercía crueldades horribles contra los católicos, particularmente contra las vírgenes y los religiosos a quienes hacía despojar y azotar en las calles. Antonio le escribió para exhortarlo a cierta moderación, y lo amenazó con la ira de Dios si continuaba sus impiedades. Este apóstata solo se rió, y arrojando la carta al suelo, escupió sobre ella y la pisoteó; pero la justicia de Dios no tardó mucho en castigarlo. En efecto, cinco días después, montando a caballo con Néstor, gobernador de Egipto, el caballo de este último, aunque muy manso, se lanzó sobre Balac, lo derribó por tierra y lo mordió varias veces en el muslo. Hubo que llevarlo todo magullado y sangrante a la ciudad, donde murió al cabo de dos días.
En otra ocasión, estando san Antonio en su montaña, muy lejos de Egipto, vio en espíritu el estrago que los arrianos debían hacer en Alejandría; y postrándose en tierra, comenzó a llorar, a gemir y a orar a Nuestro Señor para que no permitiera que una calamidad tan grande ocurriera a su Iglesia. Había visto que bestias inmundas y mulas indomables derribarían los altares a patadas: eran los arrianos por quienes las iglesias debían ser profanadas y los santuarios demolidos. Dios moderó su aflicción, haciéndole ver que la Iglesia obtendría la victoria y que, después de haber triunfado sobre sus enemigos, se sostendría con más majestad que nunca. Es así como el santo personaje lo hizo saber a sus religiosos, quienes fueron consolados por el consuelo de su padre, como habían estado en extrema aflicción por sus lágrimas y su dolor.
Es durante esta misma persecución de los arrianos que san Antonio fue llamado a Alejandría, por san Atanasio, para oponerse a la furia de estos herejes, y para fortalecer y alentar a los católicos que estaban afligidos. Su presencia en esta ciudad hizo un efecto maravilloso en el corazón de los pueblos. Estaban colmados de alegría al oírlo pronunciar anatema contra la herejía; todos se apresuraban a verlo. Los mismos sacerdotes de los paganos iban a la iglesia, pidiendo hablar con el hombre de Dios; pues así es como lo llamaban. Realizó allí varios prodigios; y san Atanasio confiesa que, durante el poco tiempo que permaneció allí, convirtió a más infieles a la fe de los que se habían convertido anteriormente en todo un año. Y ciertamente, aunque este sant o hombre no ha saint Athanase Padre de la Iglesia que citó a Leoncio entre las personalidades católicas. bía estudiado en los libros de los filósofos y de los sabios del mundo, sin embargo, había sido interiormente enseñado por el cielo e iluminado por la verdadera y celestial Sabiduría, a la cual la vana filosofía del mundo no puede resistir. Esto se vio en las disputas que tuvo contra grandes filósofos, que venían a él para burlarse de la simplicidad de sus palabras, porque no tenía la reputación de ser muy sabio; él les respondía tan pertinentemente que quedaban asombrados de la vivacidad de su espíritu y de la solidez de su juicio, y no podían resistir a la voz de Dios que hablaba por su boca. Algunos de estos filósofos le preguntaron un día a qué podía ocuparse en su desierto, puesto que estaba privado del placer de la lectura. «La naturaleza», les respondió, «es para mí un libro que me sirve de todos los demás». En la ciudad de Alejandría, Dídimo fue a saludarlo, como escribe san Jerónimo. Era un hombre muy sabio, tenido en aquel tiempo por un prodigio de sabiduría, porque, aunque ciego, se había hecho muy hábil en toda clase de ciencias, e incluso en aquellas que parecen no poder adquirirse más que por el uso de la vista. Mientras conversaban juntos sobre la palabra de Dios, san Antonio le preguntó familiarmente si no le pesaba ser ciego; este doctor, encontrándose embarazado, tenía dificultad en confesarlo; san Antonio lo presionó tanto que finalmente le confesó francamente que su ceguera le causaba pena. Entonces Antonio le respondió afectuosamente: «¿Podría usted lamentar la pérdida de una vista que le era común con las moscas, las hor migas Didyme Sabio ciego de Alejandría consolado por Antonio. y los animales más despreciables? Debe más bien alegrarse de poseer una luz que no se encuentra más que en los Apóstoles, los Santos y los Ángeles, luz por la cual vemos a Dios mismo y que nos da una ciencia toda celestial. La luz del espíritu es infinitamente preferible a la del cuerpo. No hace falta más que una mirada impúdica para que los ojos carnales nos precipiten en el infierno». Por ello, Dídimo recibió mucho consuelo en su enfermedad.
Cuando el Santo hubo pasado algunos días en Alejandría, no pensó más que en regresar a su celda. El gobernador de Egipto, presionándolo para que se quedara, le dijo: «Con un monje sucede como con un pez: uno muere si deja el agua, y el otro si deja la soledad». San Atanasio lo acompañó respetuosamente hasta las puertas de la ciudad, donde lo vio curar a una joven poseída por el demonio.
Relaciones con los poderosos
A pesar de su retiro del mundo, Antonio mantiene una correspondencia respetuosa con el emperador Constantino el Grande, exhortándolo a la justicia y a la clemencia.
¿Qué diré después de esto de los honores que le rendían los emperadores, los monarcas y los príncipes del siglo? Le escribían cartas llenas de respeto, imploraban el socorro de sus oraciones, e incluso le suplicaban que les respondiera y les diera algún consuelo a través de sus escritos; lo cual hicieron varias veces Constantino el Grande y sus hi Constantin le Grand Emperador romano cuya conversión puso fin a las persecuciones cristianas. jos. Él aprovechó una vez para instruir a sus religiosos y llevarlos a la veneración que debían rendir a la majestad del Dios vivo. «Los reyes del siglo nos han escrito», les dijo, «pero eso no es nada para un cristiano; pues si su dignidad está elevada por encima de la nuestra, sabemos que el nacimiento y la muerte nos hacen a todos iguales. Lo que más debemos estimar y admirar es que Dios haya escrito su ley en el corazón de los hombres y enriquecido a su Iglesia con sus divinas palabras. ¿De qué le sirven a un religioso las cartas de los reyes, puesto que no sabe responderles según el estilo?»
Él quería defenderse de responder a los príncipes; pero habiéndole representado los solitarios que los emperadores eran cristianos y que quizás se ofenderían por su silencio, les escribió que se alegraba de que adorasen a Jesucristo; los exhortó a no dejarse deslumbrar por su dignidad, hasta el punto de olvidar que eran hombres y debían rendir cuentas de su poder al Rey de reyes. Les recomendó usar de clemencia y humanidad; hacer justicia a todo el mundo; asistir a los pobres y recordar que Jesucristo es el único rey verdadero y eterno. El emperador Constantino recibió esta carta con extremo contento y la tuvo por más preciada que un tesoro.
Últimos días y muerte
Antonio muere a la edad de 105 años en 336, después de haber ordenado a sus discípulos ocultar su sepultura para evitar cualquier culto supersticioso a su cuerpo.
Hemos dicho que los discípulos de Antonio descubrieron su retiro. Muchos acudieron a él; pero nunca pudieron obtener el permiso para vivir en su montaña; él solo les concedió establecerse a doce leguas, en un monasterio (Pispir), donde, tras la muerte de nuestro santo patriarca, san Macario gobernó hasta cinc o mil monjes. saint Macaire Autor de la regla monástica adoptada por Juan. Antonio venía a menudo; es allí sobre todo donde recibía a los extranjeros de distinción, que no podían, con su séquito, llegar a lo alto de la montaña. Macario, encargado de recibirlos, había convenido con el santo abad anunciárselos bajo los nombres de egipcios o de jerosolimitanos, según se tratara de gente del mundo o de personas piadosas. Cuando Macario llamaba a Antonio para ver a los jerosolimitanos, este venía a sentarse con ellos y hablarles de las cosas de Dios; si eran egipcios, les hacía una exhortación breve y apropiada a sus necesidades, tras lo cual Macario los atendía y les preparaba lentejas. En cuanto a sus otros monasterios, Antonio los visitaba con menos frecuencia. Lo emprendió una última vez cuando supo por revelación que su muerte se acercaba. Se lo dijo a sus hermanos con mucha alegría y los exhortó a perseverar constantemente en la virtud. Una de las principales cosas que les recomendó fue poner su cuerpo en tierra en algún lugar desconocido, para evitar las ceremonias ordinarias de los egipcios, quienes embalsamaban los cuerpos de aquellos cuya vida habían tenido en veneración. Siempre había temido que se le aplicara este uso, que por otra parte había condenado varias veces como supersticioso. Por ello, recomendó expresamente a Macario y a Amatas, quienes permanecieron con él los últimos años de su vida para asistirlo en su vejez, que lo enterraran como lo habían sido los patriarcas y que guardaran el secreto sobre el lugar de su tumba. De regreso en su celda, tras la visita a sus monasterios, cayó enfermo poco tiempo después. Reiteró a sus dos discípulos las órdenes que les había dado sobre la sepultura de su cuerpo: «En el día de la resurrección», dijo, «lo recobraré incorruptible de la mano del Salvador». Luego añadió: «Repartid mis hábitos y dad al obispo Atanasio una de mis túnicas con el manto que me dio nuevo y que he usado (quería mostrar con ello que moría en la comunión de Atanasio); dad al obispo Serapión la otra túnica y guardad para vosotros mi cilicio. Adiós, hijos míos, Antonio se va y ya no está con vosotros».
Terminó su discurso con el beso de paz que les dio con una ternura paternal; y extendiendo suavemente los pies, contempló la muerte con alegría, testimoniando un gozo maravilloso como si hubiera visto a sus amigos venir a su encuentro: lo que hace presumir que los espíritus bienaventurados se le aparecieron en ese momento para conducirlo con ellos a la patria celestial. Así fue como entregó su espíritu a Dios el 17 de enero, día en el que los egipcios, los griegos y los latinos celebran su fiesta, el año de Jesucristo 336, y a la edad de ciento cinco años.
Era una cosa maravillosa que, con tantas largas y excesivas penitencias que este Santo había practicado, no hubiera perdido ni un solo diente, que su vista no hubiera disminuido y que tuviera aún las piernas firmes y el cuerpo robusto: lo cual era una gran prueba de su virtud y de lo que Dios obra milagrosamente en favor de sus siervos.
Iconografía y tradiciones populares
Descripción de los atributos tradicionales del santo (cerdo, campanilla, cruz en forma de T) y su origen vinculado a las prácticas hospitalarias medievales.
¿Quién no conoce las imágenes y estatuas de san Antonio, este santo popular entre todos? ¿Quién no lo ha visto cien veces representado en nuestras iglesias de las ciudades y en nuestras iglesias de los campos con la túnica leonada de lanas mezcladas, el mentón adornado con una barba venerable, con una muleta en la mano, sobre su vestimenta un trozo de horca o una T; una campanilla atada a su bastón, un cerdo a su lado, un fuego encendido a sus pies, y finalmente un libro abierto en el que reza? — Habiendo alcanzado san Antonio la edad de ciento cinco años, se comprende fácilmente verlo apoyado en un bastón: lo que se explica menos fácilmente es la presencia de una T sobre su vestimenta. Algunos han querido ver en ella la importación egipcia de la cruz ansada o crismón adoptado, como signo de unión religiosa, por los cristianos de Alejandría, cuando la destrucción del templo de Serapis reveló que la vida futura estaba expresada en la simbología de los faraones por un símbolo donde figuraba la cruz en forma de T. Otros piensan que esta T tiene un origen totalmente occidental y que este diminutivo de horca era el blasón de los hospitales en la Edad Media: esto es tanto más plausible cuanto que, como diremos más abajo, la institución más antigua de un cuerpo hospitalario se hizo en Francia bajo su patrocinio. — El cerdo y la campanilla se fundan en el mismo tipo de hechos: en la Edad Media, los animales de la raza porcina podían vagar por las calles de nuestras ciudades como por las de nuestros pueblos. Cuando la policía de las primeras prohibió estas carreras, los de los hospitales conservaron el derecho de seguir buscando su sustento como antes: solo que debían, para ser distinguidos por los habitantes, llevar una campanilla al cuello. Las llamas que, cerca de él, parecen salir de la tierra, recuerdan la enfermedad llamada fuego de San Antonio, que los religiosos antonianos hacían profesión de curar.
Se le ha pintado también atormentado por demonios y consolado por Jesucristo. Existen varias composiciones célebres bajo el nombre de Tentación de san Antonio; elevado al cielo por los ángeles; caminando sobre una serpiente.
El culto a san Antonio ha sido en todas partes muy célebre y es aún hoy en día muy popular. Sería, pues, difícil nombrar todos los países de los que es patrón, todas las iglesias de las que es titul Dauphiné Región francesa que recibió las reliquias del santo. ar. Ha sido honrado sobre todo en el Delfinado, que tuvo la dicha de recibir y guardar el depósito de sus reliquias; en Menorca, porque la isla fue recuperada de los musulmanes un 17 de enero, en Nápoles, en París, etc.
Se le invoca contra el contagio y las enfermedades de la piel, para los cerdos y otros animales domésticos. Conocemos más de un país donde el día de San Antonio, se llevan ante su capilla, para hacerlos bendecir, los diversos animales que pueblan los establos.
San Antonio es el patrón de los charcuteros, de los porqueros y de los cesteros.
La Orden de los Antonianos y las reliquias
Historia del traslado de las reliquias al Delfinado y de la creación de la orden hospitalaria de los Antonianos para curar el 'mal de los ardientes'.
## RELIQUIAS Y CULTO DE SAN ANTONIO.
Los fieles discípulos siguieron la voluntad de su maestro; guardaron el secreto sobre su tumba; el cuerpo de san Antonio permaneció oculto durante mucho tiempo, hasta que, por revelación divina, fue encontrado y trasladado de la Tebaida a Alejandría (561), y de allí a Constantinopla, hacia el año 635, cuando los sarracenos se apoderaron de Egipto; y finalmente, hacia el año 980, estas santas reliquias fueron concedidas por el emperador de Constantinopla a Jocelin, uno de los principales barones de la provincia del Delfinado. Una iglesia comenzada bajo su cuidado en la Motte-Saint-Didier, cerca de Vienne, terminada por los de Guigues Didier, su cuñado y heredero, recibió el precioso tesoro, y se llamó para guardarlo religiosamente a los benedictinos de la abadía de Montmajour, cerca de Arlés. En 1090, una enfermedad horrible, conocida bajo el nombre de fuego sagrado, asoló varias provincias de Francia. Como no se encontraba alivio más que en la protección de san Antonio, los pueblos acudían en masa para invocarlo en la iglesia donde reposaban sus reliquias. Un caballero llamado Gastón obtuvo así la curación de su hijo Girinde o Guérin; en reconocimiento, ambos se consagraron con otros caballeros al servicio de los pobres, los enfermos y los peregrinos, en un hospital que construyeron junto a la iglesia de San Antonio. Tal fue el orig en de la Orden de Ordre des Antonins Orden hospitalaria fundada en la Edad Media bajo el patrocinio del santo. los Antonianos. Urbano II aprobó, en el concilio de Clermont, esta santa sociedad de hermanos hospitalarios, de la cual Gastón fue el primer gran maestre. Pronto surgieron, y más tarde aún, grandes disputas entre los antonianos y los benedictinos que es inútil relatar aquí. El año 1298, el papa Bonifac Boniface VIII Papa que nombró a Luis para el obispado de Toulouse. io VIII, para terminar todos estos procesos, erigió el priorato de San Antonio en abadía, se lo quitó a la colonia benedictina, que fue enviada de vuelta a Montmajour; se lo dio a los antonianos, ordenando que vivieran bajo la regla de san Agustín, que se llamaran *canónigos regulares* de San Antonio y que su jefe tomara la calidad de abad; este fue el general de toda la Orden que tuvo un número bastante grande de casas, ya sea en Francia o en el extranjero; cada casa se llamaba *comandería*, y el jefe *comendador*. Esta orden, reformada en el siglo XVIII por su vigésimo tercer abad, Antoine Tolosain, fue suprimida e incorporada a la de Malta por bula del 17 de septiembre de 1776 y del 7 de mayo de 1777. Cuando estalló la revolución, existían todavía sesenta y seis antonianos, de los cuales solo tres prestaron juramento a la constitución civil del clero; los otros prefirieron las persecuciones, el exilio y la muerte. Hoy (1862), la abadía es una manufactura; la iglesia de San Antonio se ha convertido en iglesia parroquial, y allí se veneran todavía las reliquias de san Antonio, que no fueron llevadas por los benedictinos de Montmajour, como lo prueba muy bien el Sr. Dussy, oblato de María. Monseñor de Bruillard, obispo de Grenoble, hizo abrir en su presencia, el 9 de mayo de 1844, el relicario que encierra estos preciosos restos, y reconoció su autenticidad. Se ha formado alrededor de la abadía de San Antonio una parroquia de dos mil almas que lleva el mismo nombre, a quince kilómetros al N.-O. de Saint-Marcellin.
Los eruditos provenzales mantienen para Arlés la posesión de las verdaderas reliquias de san Antonio. La obra del Sr. Dassy fue objeto de una reclamación del arzobispo de Aix, cuyo testimonio el autor había invocado y refutado por varios contradictores.
El culto de san Antonio es muy antiguo en Marsella. Fue establecido allí en el siglo XIII por religiosos antonianos que tenían en esta ciudad una casa antes de 1180. La fiesta de san Antonio es actualmente celebrada de una manera particular en la iglesia parroquial de san Cannat.
El gabinete de medallas de Marsella posee una placa de cofradía religiosa de plomo, del siglo XVI, quizás única, que representa en el campo a san Antonio de pie, nimbado, sosteniendo con la mano derecha el TAU y un rosario, y con la izquierda un libro abierto; a su lado una iglesia. Alrededor se encuentra la siguiente inscripción en lengua provenzal: *San Antoni darle ieb!*.
Fuentes y posteridad literaria
Presentación de la Vida de Antonio por san Atanasio y de su influencia mayor en los Padres de la Iglesia como san Jerónimo y san Agustín.
La vida del gran san Antonio fue escrita primero en griego, po r san Atanasio saint Athanase Padre de la Iglesia que citó a Leoncio entre las personalidades católicas. , patriarca de Alejandría, a instancias de los discípulos del mismo santo abad, siguiendo las memorias que le enviaron los religiosos Amathas y Macario, quienes habían sido testigos de sus bellas acciones hasta su fallecimiento. Atanasio había visitado a menudo a san Antonio en el desierto. Desde entonces, esta vida fue llevada a Roma por Evagrio, quien la tradujo al latín, a petición de san Eusebio de Vercelli y del papa san Inocencio, a quien se la dedicó. Fue tan bien recibida por san Jerónimo, íntimo amigo de Evagrio, que la incluyó entre las otras vidas de los santos Padres del desierto: lo que ha hecho pensar a algunos que el mismo san Jerónimo era su primer traductor.
Toda la antigüedad ha dedicado elogios magníficos al relato de la vida de san Antonio.
Se sabe que san Atanasio, aunque muy ocupado en los asuntos más importantes de la Iglesia, creyó contribuir mucho a la gloria de Dios al emplear su pluma para escribir su Vida. La dirigió a los solitarios para que les sirviera de modelo, y confiesa que lo que dice de él es poco en comparación con lo que quedaba por decir.
San Jerónimo dice que Dios reveló su fallecimiento a san Hilarión; que el cielo no dio lluvia durante tres años en aquellas comarcas, lo que hacía decir a los habitantes que los elementos mismos lloraban su mu Saint Augustin Citado por su definición de la caridad fraterna. erte. San Agustín escribe en sus Confesiones que, dudando aún en convertirse, su amigo Potimiano vino a verlo y le contó que dos oficiales que estaban en Tréveris al servicio del emperador, habiendo leído en la celda de un solitario algunas páginas de la Vida de san Antonio, quedaron tan conmovidos que resolvieron de inmediato renunciar al mundo y abrazar la vida religiosa en aquel monasterio. Añade que este relato contribuyó no poco a hacerlo entrar en sí mismo y a conducirlo a una perfecta conversión. Pues, volviéndose hacia su amigo Alipio, exclamó: «¿Qué hacemos? ¿Qué piensas de lo que acabamos de oír? He aquí que los ignorantes arrebatan el cielo, y nosotros, con toda nuestra ciencia, somos tan estúpidos como para permanecer sepultados en la carne y la sangre. ¿Nos avergonzaríamos de seguirlos porque nos preceden en el camino de Dios, y no deberíamos más bien sonrojarnos de vergüenza por no seguirlos?»
San Gregorio Nacianceno no lo nombra de otra manera que como el divino Antonio. San Crisóstomo exhorta a sus oyentes a leer su Vida para aprender en ella la verdadera sabiduría. Dice que casi había igualado la gloria de los Apóstoles; que había mostrado con su ejemplo lo que Jesucristo ordenó con sus preceptos; y que él mismo era una prueba admirable de nuestra religión, no habiendo secta donde se pueda encontrar un hombre tan grande. Fue apodado san Antonio el Grande.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Nacimiento en 251 bajo el imperio de Decio
- Venta de sus bienes y entrada en la vida solitaria alrededor de los 20 años
- Retiro de veinte años en un viejo castillo más allá del Nilo
- Fundación de varios monasterios en el desierto
- Viaje a Alejandría en 311 para apoyar a los mártires
- Retiro final en el monte Colzim cerca del mar Rojo
- Disputa contra los filósofos y lucha contra el arrianismo en Alejandría
- Muerte a los 105 años
Milagros
- Victorias sobre las apariciones demoníacas (leones, serpientes, espectros)
- Curación de poseídos y enfermos por el solo hecho de pronunciar su nombre
- Visión del ascenso de las almas y de las trampas del demonio en la tierra
- Obediencia de las bestias salvajes que devastaban su jardín
- Aparición de un ángel que le enseña a trenzar esteras
Citas
-
Nadie podría vanagloriarse de entrar en el reino de los cielos sin haber pasado por la tentación.
Máxima de san Antonio -
El Señor es mi auxilio, y me burlaré de mis enemigos
Salmos (citado por Antonio) -
La naturaleza es para mí un libro que me sirve en lugar de todos los demás.
Respuesta a los filósofos