20 de julio 16.º siglo

El Beato Gregorio López

Confesor

Fiesta
20 de julio
Fallecimiento
20 juillet 1596 (naturelle)
Categorías
confesor , ermitaño , solitario
Época
16.º siglo

Originario de Madrid, Gregorio López renunció a su nobleza para llevar una vida de ermitaño en Navarra y luego en Nueva España. Vivió treinta y tres años en una soledad radical, practicando una abstinencia extrema y una oración continua, especialmente entre los bárbaros chichimecas. Reconocido por su ciencia infusa de las Escrituras y su gran humildad, murió en Santa Fe en 1596.

Lectura guiada

8 seccións de lectura

EL BEATO GREGORIO LÓPEZ, CONFESOR

Vida 01 / 08

Orígenes y primera vocación

Nacido en Madrid en 1542, Gregorio López manifiesta pronto un desprecio por las riquezas y una inclinación por la vida solitaria, exiliándose seis años en Navarra junto a un ermitaño.

*Dichoso aquel que lleva desde su infancia el yugo del Señor.*

*Máxima del B. Gregorio López.*

Dios, ese caritativo médico de las almas, para curar a los hombres de la peligrosa pasión por el oro, eligió a un hombre santo y según su corazón, cuya vida pura y desprendida de todos los intereses de la tierra fuera para ellos un ejemplo vivo que les sirviera de antídoto contra el peligroso veneno de la avaricia. Pues le hizo abrazar la pobreza evangélica de una manera tan maravillosa que, pisoteando todo lo que hay de más precioso en las Indias, enseñó a los hombres a despreciar los bienes para abrazar la virtud. Bastaba considerar su santidad, su prudencia, la solidez de su juicio y su vida irreprochable para convencer de locura a aquellos que creen no haber venido al mundo más que para trabajar en enriquecerse.

Este hombre admirable elegido por Dios para un designio tan grande fue el bienaventur Grégoire Lopez Ermitaño y místico español del siglo XVI, figura de la pobreza evangélica en México. ado Gregorio López. Era o rigina Madrid Lugar de fundación de un monasterio y de fallecimiento del santo. rio de Madrid, capital de España. En cuanto a su nacimiento, parece que quiso, por humildad, ocultar la nobleza de su linaje, como otros santos han hecho conocer, por ese mismo movimiento de humildad, la bajeza de la suya para hacerse despreciables; pues, cuando se le hablaba de ello, respondía con un rostro lleno de gravedad: «El cielo es mi patria, y Dios es mi padre, tal como él mismo nos enseñó cuando dijo: No llaméis a nadie en la tierra padre. Porque no tenéis más padre y maestro que vuestro Padre que está en el cielo». Habiéndole preguntado el Padre Juan Ozorio, de la Orden de San Francisco, de qué país era, evitó hábilmente indicárselo, respondiéndole solamente: «Soy del mismo país que su reverencia». Pocos días antes de su muerte, como se le preguntaba el nombre de sus padres para enviarles una relación de su vida y de su muerte a fin de darles motivo de ser edificados y de regocijarse por las gracias que Dios le había hecho, respondió: «Desde que renuncié a todo para llevar una vida solitaria, he considerado a Dios solo como mi padre. Y en cuanto a mis hermanos, no dudo en absoluto que ahora estén muertos: pues yo era el más joven de todos».

He aquí de qué manera Gregorio López había olvidado las ventajas que podía retirar de su nacimiento. No consideraba sino como una bajeza la nobleza de su linaje, y no estimaba sino la gracia que Dios nos hace de poder convertirnos en sus hijos espirituales. Estaba tan desprendido de la carne y de la sangre que su mortificación llegaba hasta una especie de insensibilidad casi increíble.

Este gran siervo de Dios, que puede pasar por un milagro de la gracia, nació el cuarto día de julio del año 1542, bajo el pontificado de Paulo III y el reinado del emperador Carlos V el Grande, rey de España, el día Paul III Papa que aprobó la orden de los somascos en 1540. de la fiesta de san Gregorio Taumaturgo, de quien Charles-Quint le Grand Emperador involucrado en las guerras que condujeron a la destrucción del convento. recibió el nombre, y que ha sido desde entonces trasladada al 7 de noviembre. Fue bautizado en la parroquia de San Gil, donde existía un convento de religiosos descalzos de San Francisco. Lo llamaron Gregorio: en cuanto al apellido López, no creemos que sea el de su casa; sino que pensamos que lo tomó para ocultar su conocimiento.

Tenía dos hermanas y varios hermanos, y aunque fuera el último de todos, hay motivo para creer que tanto como ellos lo superaban en edad, tanto él los superaba en méritos y en esa verdadera nobleza que no se adquiere sino por la virtud.

Como sucede a menudo que Dios previene con grandes gracias a aquellos que quiere elevar a un alto grado de santidad, las derramó en el alma de su siervo López desde su más tierna juventud, pues tenía costumbre de decir lo que el Espíritu Santo dijo por Jeremías: «Dichoso es aquel que comienza desde su joven edad a llevar el yugo del Señor».

Aprendió con una maravillosa facilidad a leer y a escribir. Siendo aún muy joven, se fue, sin decir nada a sus padres, al reino de Navarra, donde vivió más de seis años con un buen ermitaño en una gran pobreza, una extrema humildad y una perfecta obediencia. Fue allí donde su alma, como una tierra fértil regada por la gracia de Dios, recibió las semillas de esta vida solitaria que produjo pronto excelentes frutos en gran abundancia.

Vida 02 / 08

De la corte de Valladolid a las Indias

Tras haber servido como paje en la corte de Carlos V, parte hacia la Nueva España en 1562 para realizar su deseo de soledad absoluta.

Su padre, después de haberlo buscado con gran esmero, terminó por encontrarlo. Lo llevó a Valladolid, donde se encontraba entonces la corte, y allí, mediante un cambio de lugar y de vida muy diferentes, lo puso de paje. Lo fue durante algún tiempo, habiendo querido Dios que entre aquellos que pasan algunos años en esta función, se encontrase uno que fuera santo.

El temor de Dios estaba tan arraigado en la mente y en el corazón del joven López, que la vida de la corte y sus diversas agitaciones no pudieron causar ninguna impresión en su alma. Dios lo asistía tan poderosamente que siempre estaba recogido en sí mismo. Cuando su señor lo enviaba a cumplir algún mensaje, se esforzaba por tener tal atención a Dios que ni las personas de la mayor calidad que encontraba en su camino, ni tantos otros motivos de distracción que se encuentran en las cortes de los príncipes, le impedían pensar en Dios: y conservaba por este medio la misma paz y la misma devoción que si hubiera estado aún en su desierto de Navarra.

Así, en los primeros ardores de la juventud y en las ocasiones tan peligrosas de la corte, pasó dos o tres años con un espíritu tan maduro y un juicio tan sólido como si hubiera tenido una edad muy avanzada.

Antes de ir a la Nueva España, visitó algunos lugares santos. Como un día estuviera en oración en la iglesia de Toledo, Dios le hizo el mayor favor que le había hecho hasta entonces al fortalecerlo en el propósito que tenía de ser todo suyo. Pasó algunos días en oración y en largas vigilias en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, a fin de obtener por su intercesión las luces que necesitaba para determinarse a lo que tenía que hacer.

Partió para la Nueva España en 1562. Tal resolución a tal edad, una manera de vida t nouvelle Espagne País donde tienen lugar las apariciones. an extraordinaria, una perseverancia tan constante, un crecimiento tan grande de nuevas gracias, y un socorro tan continuo y eficaz hacen ver suficientemente que Dios quiso hacerlo salir, como a otro Abraham, de su país y de sus parientes para probar su fe y su obediencia, y ponerlo en una santa soledad donde, encontrándose desligado de todas las cosas del mundo, pudo, hablando a su corazón, hacerle escuchar mejor su voz.

Habiendo llegado al puerto de San Juan de Ulúa, en la ciudad de Veracruz, distribuyó entre los pobres las telas que había traído consigo, mostrando así cuán poco estimaba las riquezas de este nuevo mundo, puesto que, en lugar de venir a buscarlas, daba con tanta alegría lo que había traído de España sin querer reservarse nada.

Misión 03 / 08

El establecimiento en el valle de Amajac

Se instala entre los chichimecas y construye su primera celda en Temaxèque con la ayuda del capitán Pedro Carrillo de Ávila.

De esta ciudad fue a México, donde permaneció algunos días, para ganar lo suficiente que le permitiera pasar a Zacatecas, donde esperaba estar más cómodamente para llevar la vida solitaria tras la cual suspiraba.

No fue el amor al oro lo que llevó a Gregorio López a salir de México para ir a esta ciudad, sino el deseo de adquirir ese oro tan puro de la caridad del que Jesucristo nos aconseja tratar de enriquecernos vendiendo todo lo que tenemos para comprar el campo donde este precioso tesoro está escondido, y llegar a ser así más ricos que si poseyéramos todo el oro y la plata del mundo.

Durante los pocos días que Gregorio López permaneció en Zacatecas, las cosas de las que fue testigo aumentaron aún más su deseo de alejarse de todo trato con los hombres. Como Dios ya le había inspirado a retirarse en la soledad, cambió de hábito para tomar uno que fuera conforme a su designio, y se fue a ocho leguas de allí, al valle de Amajac habitado por los chichimecas, a quienes su carácter feroz y cruel hacía entonces temibles para los españoles. Pero este siervo de Dios, no habiendo temido declarar la guerra a las potencias del infierno, esos enemigos invisibles, no temió tener enemigos visibles, y esperó con la asistencia de Dios vencer por su paciencia, por su dulzura y por su humanidad, esa fiereza e inhumanidad que los hacía temidos. El efecto respondió a su esperanza: pues después de haber pasado algunos días en este valle y conversado con estos bárbaros, ganó su afecto.

Cuando iba buscando un lugar apropiado para la ejecución de su designio, encontró a siete leguas de Zacatecas una hacienda llamada Temaxèque, perteneciente al capitán Pedro Carrillo de Ávila. Este capitán, viéndolo tan joven, tan bien parecido y de ta Pedro Carrillo d'Avila Capitán español que ayuda a Gregorio a establecerse en el valle de Amajac. n bella estatura, descalzo, sin sombrero y vestido solo con una túnica de sayal que le llegaba hasta los talones y estaba ceñida con una cuerda, le preguntó a dónde iba y quién lo traía a aquel país. Él le respondió que había venido de Castilla con la última flota y que buscaba una ermita para pasar allí su vida en el servicio de Dios. ¿Cómo, le dijo este capitán, se atreve usted, siendo aún tan joven, a emprender tal género de vida? López le dio razones de las que quedó satisfecho. Luego añadió que, habiendo remontado a lo largo del río, había encontrado allí un lugar apropiado para su designio. Carrillo lo aprobó y le ofreció incluso a su gente para construirle una ermita. Él le agradeció y le pidió solamente que le permitiera trabajar en ella y que le prestara para ello algunas herramientas. Lo cual le concedió de buena gana.

Después construyó con sus manos una pequeña celda. Los indios le ayudaron en ello, y fue la primera que se sepa haber sido hecha en la Nueva España. El tiempo ha podido destruir este débil edificio; pero no sabría oscurecer la gloria que este siervo de Dios ha merecido por haber comenzado en aquel lugar a hacer penitencia.

Teología 04 / 08

Austeridad y pruebas espirituales

Gregorio lleva una vida de extrema abstinencia, sufriendo ataques demoníacos y acusaciones de herejía por parte de los soldados españoles.

Tenía veintiún años cuando comenzó a practicar una vida tan solitaria, y viéndose comprometido en la carrera donde tenía que combatir contra enemigos tan poderosos como son los demonios, lo primero que hizo fue ponerse en manos de Dios e implorar su socorro con estas palabras: «Señor, me entrego aquí solo a vuestro servicio y me olvido de mí mismo. Si perezco, será a vos, y no a mí, a quien corresponda responder por ello». Pero este joven y generoso soldado de Jesucristo no entendía, al hablar así, que por parte de Dios su alma corriera riesgo de perderse si él hacía por su parte todo lo que debía y podía. Pues eso no podía pasar por la mente de un hombre que había recibido de Dios luces sobrenaturales. Esta manera de hablar solo testimoniaba el ardor de su amor por Dios.

Desde el momento en que Gregorio López se hubo abandonado así, mediante un acto de amor tan ardiente, a todo lo que a Dios le placiera ordenar de él, sintió efectos visibles de su asistencia y comenzó a caminar valientemente y a grandes pasos por el camino estrecho de la penitencia, sin volver nunca la cabeza atrás, sin detenerse jamás y sin perder de vista la luz por la cual le placía a Dios conducirlo. Mortificaba su cuerpo con rudísimas penitencias; dormía sobre la tierra o sobre una estera; no tenía para protegerse del frío más que una mala manta, y por cabecera una piedra. Tal era el mobiliario de su celda; y no estaba adornada más que con sentencias escritas de su mano que le exhortaban a llevar una vida perfecta. Su abstinencia no era solo muy grande, era continua. No comía más que una vez al día, en pequeña cantidad y cosas poco nutritivas, lo cual observó tan rigurosamente hasta la muerte que no se le pudo hacer desistir, por muy enfermo que estuviera. Nunca probó carne: y cuando le enviaban por limosna algunos trozos de buey, los recibía con acciones de gracias para ocultar su abstinencia, pero no los tocaba.

El capitán del que hemos hablado tenía dos hijos, uno llamado Sebastián y el otro Pedro. Este último afirmó bajo juramento que, estando la celda de este santo hombre cerca de la hacienda de su padre, él los enviaba hacia él para que aprendieran a leer y escribir, lo cual Gregorio hacía con gran caridad, y les daba instrucciones admirables para moverlos a amar y servir a Dios; y a menudo lo encontraba de rodillas en profunda oración, con los brazos extendidos en cruz y los ojos bajos. Estos dos hermanos, como recompensa por el cuidado que tenía de ellos, le llevaban tortas hechas de trigo sarraceno; y si sucedía que le llevaban al mismo tiempo dos o tres de estas tortas, eso le causaba pena: les decía que una sola bastaba para ocho días, y las comía todas duras y secas. Si su padre y su madre le enviaban alguna otra cosa, él se la devolvía. Estos dos hermanos encontraban a veces en su celda conejos muertos, codornices e higos, y el siervo de Dios, después de decirles que eran regalos de sus buenos amigos los chichimecas, se los daba para que los llevaran a su madre.

Cuando llegaba algún sacerdote a casa de este capitán, se daba aviso al siervo de Dios: él iba a oír misa con gran devoción y regresaba inmediatamente después a su celda sin hablar con nadie y sin que fuera posible retenerlo. Un día se vio a este santo hombre, mientras cavaba una zanja en su pequeño jardín, rodeado de ángeles: lo cual causaba tanta admiración que uno no podía cansarse de alabar a Dios por las gracias que hacía a su siervo.

Aunque la extrema austeridad de vida de Gregorio López y la falta de todas las cosas necesarias le hacían sufrir mucho, sus trabajos le parecían poco considerables en comparación con las penas interiores mediante las cuales le placía a Nuestro Señor probarlo.

Las tentaciones más comunes a los solitarios son el recuerdo del bien que se ha dejado, el alejamiento de los seres queridos, la necesidad que se tiene de ellos, la dulzura de la que se podría disfrutar en el mundo, la falta de las comodidades de la vida, el trabajo que se encuentra en el camino de la virtud, la dificultad de poder adquirirla, la debilidad del cuerpo y la longitud del tiempo que queda por pasar en un estado tan penoso como aquel en el que hay que combatir sin cesar contra los sentimientos de la naturaleza.

Gregorio López experimentó también lo que acabamos de decir, pues confesó un día a uno de sus amigos, con gran modestia, que había tenido que sostener un combate tal contra el demonio, que había llegado a luchar contra él con esfuerzos tan grandes que había perdido sangre por la nariz y por los oídos.

Todo el tiempo que López permaneció en la soledad, el demonio trató de causarle grandes temores para hacerle abandonar su empresa, ya sea con aullidos y gritos de fieras; ya sea por la crueldad con la que los indios chichimecas masacraban a los españoles muy cerca de él; ya sea por diversas tentaciones interiores; y ya sea por los artificios de los que se servía para engañarlo. Una oración continua era el remedio del que se servía en estos encuentros en los cuales, para no sucumbir, no había esfuerzo que no estuviera obligado a hacer.

Su aplicación a conformarse a la voluntad de Dios le daba nuevas fuerzas para continuar caminando en el camino del cielo, y para resistir las tentaciones del demonio que eran tan violentas y frecuentes que no podía recordarlas sin que se le erizaran los cabellos.

Si los combates que Gregorio López tuvo que sostener contra los demonios fueron muy rudos, los trabajos que sufrió por parte de los hombres no fueron menores. Como los soldados españoles pasaban cerca de su celda para ir a combatir a los chichimecas, unos lo llamaban hereje y luterano, porque no oía misa, sin considerar que estaba a siete leguas del pueblo más cercano donde se decía y que iba a oírla en Pascua; otros decían que estaba loco por haber elegido una morada tan espantosa y peligrosa que podía pasar por un hombre muerto. Pero el siervo de Jesucristo no tenía nada que temer allí. Pues Dios había impreso en el corazón de estos bárbaros tal afecto y tal respeto por él, que cuando masacraban con su crueldad acostumbrada a todos los demás españoles que podían capturar, lo saludaban con señas de cabeza y manos y le hacían regalos: y aquellos que tenían algún conocimiento de los cristianos le decían: *Deo gratias*, testimoniando así tanta buena voluntad hacia él como si hubiera sido de su nación y su hermano. En medio de tantos peligros a los que estos soldados y tal morada lo exponían, continuaba siempre conformándose a la voluntad del Señor.

Predicación 05 / 08

Peregrinaciones y estudio de las Escrituras

Rechaza ingresar en la Orden de Predicadores para preservar su soledad, aprende la Biblia de memoria y reside en Guasteca y luego en Atrisco.

El siervo de Dios, durante tres años, repetía sin cesar estas divinas palabras: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo», y se encontró tan fortalecido por ellas que ya no tuvo otra voluntad que la de Dios, de cualquier modo que a Él le placiera disponer de él; y Dios quiso entonces que se ejercitara de otra manera que ya no consistiera en palabras, sino en acciones: y este ejercicio era un ardiente amor a Dios y al prójimo. Lo practicó de una manera tan heroica y tan agradable a Nuestro Señor que siempre fue creciendo de virtud en virtud sin relajarse jamás en este ejercicio de perfecta caridad.

Gregorio López, habiendo tenido una entrevista con el Padre Domingo de Salazar, dominic o, este concibió tan Dominique de Salazar Religioso dominico que intenta atraer a Gregorio a su orden. ta estima y afecto por él que le instó mucho a ir al monasterio de Santo Domingo de México, donde le darían u na celda y alimento, diciendo que por monastère de Saint-Dominique de Mexico Orden religiosa con la que Gregorio interactúa en Ciudad de México. este medio podría pasar su vida con toda seguridad en el retiro, la oración y otros ejercicios de piedad a los que Dios le llamaba, sin estar privado de las ventajas que se reciben en una comunidad de buenos religiosos. López, conmovido por estas razones y por el consejo de un hombre tan sabio y un siervo de Dios tan grande, aceptó esta oferta, no viendo nada en ello que le impidiera entregarse enteramente a la oración y a la contemplación. Así, resolvió regresar a México.

Cuando llegó a esta ciudad, fue al convento de los dominicos a buscar al Padre Domingo de Salazar para rogarle que le hiciera dar una celda en esa santa casa, tal como se lo había prometido. Como estaba ausente, dijo a algunos de los Padres más venerables el motivo que le había llevado allí. Le respondieron que no podían darle una celda si no se hacía religioso, y le ofrecieron darle el hábito con gran alegría. Después de haber pasado algunos días en esa casa esperando al Padre de Salazar, en cuya asistencia ponía toda su confianza, estos buenos Padres le aseguraron que no volvería tan pronto, y que aun cuando regresara, no podía esperar obtener por su medio lo que deseaba. Este siervo de Dios, juzgando por ello que Dios no lo quería en una comunidad, sino en la soledad, se despidió de ellos. Ellos manifestaron mucho pesar, y él no tuvo menos al dejar una compañía tan santa; pero se creyó obligado a ello para seguir su vocación, continuando el camino en el que Dios le había puesto y del cual había sacado tantas ventajas para su alma. Habiéndole dicho estos buenos religiosos que la región de Guasteca era muy espaciosa y poco habitada, y que la tierra, siendo fértil en frutos silvestres, podría encontrar allí con qué alimentarse, se dirigió allí inmediatamente para vivir en la soledad.

Después de haber puesto toda su confianza en Dios, estableció allí su morada, resuelto a no salir de ella hasta haber recibido la orden del cielo. Su alimento consistía en frutos, hierbas y raíces silvestres.

Habiendo tenido desde su primera juventud un ardiente deseo de comprender la Sagrada Escritura, pidió entonces a Dios con mayor instancia que iluminara su espíritu y alimentara su alma con las importantes verdades que en ella están encerradas. Para disponerse a recibir un favor tan grande de Dios, resolvió aprender enteramente de memoria la Sagrada Escritura, lo cual es casi increíble, y tenía una memoria tan feliz que nunca olvidaba nada de lo que sabía. Durante cuatro años, consagró cuatro horas al día a un estudio tan santo. Dios le dio durante ese tiempo la inteligencia de la misma, así como la de la lengua latina, y fue mediante actos continuos de amor a Dios que obtuvo de su bondad comunicarse con él de tal manera.

Algún tiempo después dejó su soledad y se retiró a un pueblo de la Guasteca, donde fue acogido por un sacerdote llamado Juan de Mesa, quien le dio una habitación en la cual, fuera del tiempo que pasaba en la iglesia, permanecía en un continuo retiro. Se mantenía habitualmente de pie o apoyado contra la pared, mirando fijamente un crucifijo pintado en otra pared. Aquellos que lo observaban con atención en este estado no tenían dificultad en juzgar que empleaba todo ese tiempo en actos interiores: pero se juzgaba aún mejor por la santidad de su vida. Pasaba los días y las noches en este retiro, y no salía más que para ir a comer muy sobriamente con su caritativo anfitrión. Él le recompensaba abundantemente su hospitalidad con palabras tan llenas de edificación y tan útiles para el alimento de su alma, que le daba más de lo que recibía; y este buen sacerdote estaba encantado de ver en él tanta virtud y santidad. No estando enriquecida esta habitación más que con la pobreza, no tenía por todo mueble más que una biblia, un globo terráqueo y un compás. Continuó en esta tranquila estancia viviendo en la misma soledad, el mismo retiro que antes. Nunca dijo a nadie quién era, ni cómo Dios le había llamado a su servicio, ni su manera de orar. El reglamento admirable de su vida y todo lo que aparecía de él al exterior era solo lo que le hacía admirar y amar a quienes lo veían.

El deseo que tenía Gregorio López de no ser conocido, y el cuidado que ponía en ocultar sus virtudes y la conducción de Dios sobre él, le hacía cambiar a menudo de lugar, a imitación de los antiguos solitarios, quienes, por el temor de ser conocidos y estimados por los hombres, cambiaban a menudo de morada. Así, después de cuatro años de estancia en Guasteca, viendo que era conocido y estimado por los españoles y los indios, partió para ir a Atrisco. Al acercarse a la ciudad, se encontró con un cristiano llamado Juan Pérez Romero, quien le ofreció una habitación en su casa y todo lo que necesitara. Gregorio López aceptó la oferta que se le hacía; pero Dios no permitió que permaneciera allí más de dos años.

El demonio, que no puede sufrir que la luz que esparce la virtud ilumine a quienes caminan por el sendero del cielo y los excite a avanzar en él, viendo la ventaja que los anfitriones de Gregorio López y varias personas de los alrededores recibían de su estancia en aquel lugar, resolvió obstaculizar el bien que hacía y se sirvió, para ello, de algunos religiosos de la zona. Estos, viendo en un hombre aún joven tal reglamento de costumbres, una mortificación tan grande, y una sabiduría, una virtud y una ciencia tan admirables en un hombre que no había estudiado y no llevaba el hábito de ninguna religión en la que hubiera podido adquirir tantas buenas cualidades, se escandalizaron extremadamente; y sin considerar que no es el hábito lo que hace al religioso, y lo que dice el Profeta: «Señor, bienaventurado es aquel a quien tú mismo instruyes en tus santas leyes»; lo acusaron con tanto ardor ante el arzobispo de México, que este creyó que debía informar sobre ello. Después de una madura deliberación, dio a conocer no solo la inocencia, sino la virtud y la gran piedad de López: lo que aumentó aún más la opinión que ya se tenía de su santidad. Pronto se despidió de Pérez Romero, dejándolo a él con toda su familia y sus vecinos en un gran dolor por perder una compañía tan santa y que les era tan ventajosa.

Vida 06 / 08

Consejero espiritual y hospitalario

Retirado en Nuestra Señora de los Remedios y luego en el hospital de Guastepec, se convierte en una guía buscada por las almas afligidas y los sabios.

Mientras se dirigía a México, divisó cerca de Testuco, al otro lado de la ciudad, la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios. La esperanza que tuvo de encontrar allí algún pequeño alojamiento adecuado para seguir llevando una vida solitaria le hizo ir allí, en lugar de dirigirse a México; y habiendo descubierto que era una casa consagrada a la Madre de Dios, sintió tanta alegría que se propuso establecer allí su morada para servir a esta Reina de los ángeles.

Fue así como Nuestro Señor condujo a su siervo para el bien de muchas almas que se beneficiaron del ejemplo de su virtud, de su santa vida y de sus conversaciones. Durante los primeros meses que permaneció allí, nadie lo conoció por lo que era, y apenas se fijaban en él porque tenía un cuidado extremo de ocultar los favores que recibía de Dios.

Este excelente solitario no se ejercitaba en acciones exteriores de virtud para aumentar la piedad de los fieles, no porque no las estimara, ya que exhortaba a los demás a practicarlas, sino porque el camino por el que Dios lo conducía era tan interior que solo lo impulsaba fuertemente a hacerlo en alguna gran necesidad, y nunca se apartaba en nada de lo que Dios pedía de él respecto a sí mismo y a los demás.

Mientras Gregorio López estaba en esta casa de la santísima Virgen, muchas personas de todas las condiciones venían de México a consultarlo sobre su conciencia y sus penas espirituales, y todos regresaban consolados; y se comenzó entonces a conocer que había recibido un don particular de Dios para consolar a los afligidos y devolver la calma a su espíritu.

Después de que el siervo de Dios hubo pasado dos años en esta casa de la santísima Virgen, cayó enfermo y fue obligado a salir de ella. Se fue al hospital de Guastepec, en el marquesado del Valle, a doce leguas de México. Allí fue recibido por el hermano Estevan de H hôpital de Guastepec Lugar donde Gregorio cuida su salud y aconseja a los enfermos. errera, quien lo alojó en su habitación y lo trató con mucha caridad.

Como nuestro Bienaventurado, que había abrazado una pobreza voluntaria, era alimentado en este hospital y se encontraba así descargado de todos los cuidados temporales de los que, incluso en su mayor necesidad, nunca se había preocupado, se entregaba por entero a la contemplación para afirmarse aún más en el amor de Dios y del prójimo, cuyos fundamentos había comenzado a echar desde hacía tanto tiempo.

Su salud no le permitía servir por sí mismo a los enfermos, como hubiera deseado, por lo que exhortaba muy a menudo a los hermanos a hacerlo, y los instruía sobre la manera en que debían conducirse. Sobre esto les hablaba con tanta fuerza que redoblaban su fervor en este santo ejercicio y su devoción a servir a Dios. Así, ejecutaba por medio de ellos lo que, para su gran pesar, no podía hacer él mismo, y los ayudaba con sus oraciones continuas a cumplir bien tan buena obra. En cuanto a los otros enfermos y convalecientes, los consolaba y animaba de una manera tan conmovedora y caritativa que todos quedaban edificados y daban gracias a Dios al escuchar a su siervo hablarles de tal modo. Tenía un don particular para calmar el espíritu de muchos de estos enfermos a quienes su mal humor natural o la violencia de sus males volvía tan irritables y furiosos que los enfermeros no podían soportarlos.

Por grande que fuera el retiro de este santo hombre en este hospital, nunca cerró su puerta a quienes venían a buscarlo para consolarse con él; muchos incluso le declaraban sus penas y le hablaban de lo que concernía a su conciencia. Los consolaba a todos y los asistía con sus consejos sin negárselos a nadie: lo que hacía de una manera tan persuasiva que regresaban con mucha satisfacción y alegría de haber podido conversar con un hombre tan admirable. Muchos hombres sabios y religiosos iban a conferenciar con él sobre la Sagrada Escritura, y admiraban al mismo tiempo la inteligencia tan extraordinaria que tenía de ella, y su santidad.

Dios, queriendo que esta lámpara cuya luz era tan favorable a muchas almas fuera a iluminar a otras, envió a su siervo una enfermedad que no se conoció al principio, y que resultó ser el tabardillo. Su gran valor, su mortificación y su paciencia le hicieron pasar trece días sin acostarse; pero finalmente la violencia del mal lo obligó a dejarse tratar como un enfermo.

Vida 07 / 08

La paz de Santa Fe

Pasa sus últimos años en Santa Fe en profunda contemplación, respondiendo a las consultas con una sabiduría percibida como divina.

Tras su recuperación, se dirigió a un pueblo llamado San Agustín, a tres leguas de México. Como suspiraba incesantemente por la soledad, buscó con cuidado algún otro lugar cercano a México donde pudiera disfrutar en paz del placer de estar separado del mundo. Eligió un pueblo llamado Santa Fe, Sainte-Foi Lugar del último retiro y fallecimiento de Gregorio López. distante dos leguas de la ciudad, y allí se construyó una pequeña celda a la orilla de un arroyo. Entró en esta soledad el 22 de mayo de 1589, y pasó allí el resto de su vida en oración y contemplación, sin haber salido jamás más que dos veces para ganar el jubileo en la iglesia del convento de Santo Domingo de Tucavaya, que no está alejado de Santa Fe más que una pequeña media legua.

Pasó cerca de siete meses en esta pequeña casa sin comunicarse con nadie. Tan pronto como el día comenzaba a aparecer, abría la ventana de su habitación, se lavaba las manos y el rostro, y empleaba un cuarto de hora y un poco más en leer la Biblia. Tras esta lectura, entraba en un recogimiento tan grande y profundo que no se podía, por ninguna señal exterior, conocer si era oración, meditación o contemplación. La presencia de Dios en la que vivía Gregorio López no era estéril, sino fecunda y actuante, puesto que producía siempre más y más actos de amor a Dios y al prójimo.

Dios, sin cuya asistencia los hombres no sabrían adquirir grandes conocimientos, era el único maestro que le instruía. Gregorio López unió a su inteligencia de la Sagrada Escritura la santidad de vida, que es el medio más propio para adquirirla, según estas palabras de David: «La observancia de tus mandamientos me ha dado inteligencia». Y san Jerónimo dice también, hablando de santa Marcela, que al observar los mandamientos de Dios, ella había merecido entender la Sagrada Escritura.

Dios no solo había dado a su siervo la inteligencia de la Sagrada Escritura, sino que también le había instruido de una manera aún más admirable sobre la conducta que debía seguir para caminar con seguridad por el camino del cielo, y enseñar a otros a caminar por él.

Este santo hombre tenía tanta luz que veía casi tan claramente con los ojos del alma las cosas espirituales como sus ojos veían las corporales, y sabía distinguirlas tan bien que no se podía admirar lo suficiente el cuidado que tenía de fortalecer lo que mira al espíritu, y de debilitar lo que solo mira al cuerpo. Dios le había dado un discernimiento tan grande de los pensamientos y las palabras, que distinguía sin esfuerzo las que eran inútiles de las que no lo eran, y las que venían del espíritu de Dios de las que venían de la naturaleza. Sobre lo cual solía decir: «No es el amor de Dios, sino el amor a sí mismos lo que hace que muchos hablen de Dios». Decía también: «Como el amor de Dios es todo acción, habla poco, y a menudo nada en absoluto». Esta misma luz le eximía de todo escrúpulo y ponía su alma en una admirable tranquilidad. Hacía también que, cualesquiera esfuerzos que el demonio hiciera para tentarle en las cosas de la fe, nunca tuviera duda alguna.

Un religioso de la Orden de San Francisco, habiéndole preguntado si, para poner su espíritu en reposo de algunos escrúpulos, creía conveniente confesarse a menudo, le respondió «que lo mejor era no tener de qué confesarse», para dar a conocer con ello que un sacerdote debe estar en tal pureza que, aunque se confiese a menudo, no tenga pecados que confesar.

Cuando caballeros o personas de rango más elevado le preguntaban qué debían hacer para vivir bien en su condición, les respondía: «Haced por amor a Dios lo que hacéis, y eso basta».

Cuando se decía que alguien era de raza noble, pensaba enseguida que la verdadera nobleza es ser hijos de Dios según el espíritu. Cuando se decía que tal o cual era grande de España, consideraba que «la principal grandeza consiste en ser amigo de Dios, en escuchar sus divinas palabras y en hacer grandes acciones para su servicio».

Un buen hermano, habiéndole pedido una regla para hacer bien su oración, le dio un papel escrito de su mano en el que estaban estas palabras: «Jesucristo Nuestro Señor es el admirable maestro que puede instruiros en la regla que pedís para hacer oración, y esta oración está toda encerrada en el Pater noster: pero para no daros motivo de quejaros de que os rehúso, os diré que para ello solo tendréis que decir estas pocas palabras cuyo sentido es de tan gran extensión: Señor Dios mío, iluminad mi alma para que os conozca y os ame con todo mi corazón».

Desde que plugo a Nuestro Señor dar a conocer las gracias que había derramado en su siervo, se vio claramente cuál era el don que había recibido para la guía de aquellos que le consultaban en sus penas y dudas. Se quedaban maravillados al ver la luz que recibía de Dios. Quedaban encantados con la dulzura de su conversación. Se le respetaba como a un espíritu divino encerrado en un cuerpo mortal. Se estaba persuadido de que Dios mismo le instruía en todas sus acciones y en todo lo que tenía que responder. Venían a consultarle como a un oráculo del cielo, un prodigio de santidad y otro san Juan Bautista en el desierto: satisfacía plenamente todas las dudas que se le proponían. Instruía sobre la manera en que cada uno debía conducirse en su profesión. No había ninguno tan afligido al que no consolara. Imprimía en el espíritu de aquellos a quienes hablaba un ardiente deseo de abrazar la virtud. Sus discursos eran todo fuego y abrasaban los corazones con el amor de Dios. Nunca se salía de su presencia sin sentirse consolado, fortalecido y alentado en el deseo de vivir mejor. Sus palabras tenían tanta fuerza que hacían cumplir lo que enseñaban. Parecía que fuera dueño de las inclinaciones de los hombres por el poder que tenía de hacer que las cambiaran, porque el fervor de su oración secundaba sus palabras.

Cuando le decían que algunas personas hablaban mal de él, escuchaba sin inmutarse y decía de inmediato: «Debemos creer que tienen buena intención». Los excusaba luego lo mejor que podía diciendo «que según lo que oían hablar de él, tenían razón para juzgar así». Intentaba no solo excusar a estas personas, sino también su acción, sin justificarse jamás: y a veces cambiaba hábilmente de tema. Su dulzura, su moderación y su reserva en todas sus palabras eran admirables. El hermano Maesse Alfonso, reprendiéndole agriamente porque no tenía imágenes en su habitación y diciéndole que imitaba en eso a los herejes, le respondió con rostro tranquilo y sin la menor emoción: «No se preocupe por eso: hay superiores a quienes puede dirigirse si algo le escandaliza, y ellos sabrán bien cómo remediarlo». Este hermano quedó tan edificado por esta respuesta que, desde ese momento, le tuvo en muy alta estima.

Sus conversaciones eran siempre sobre cosas útiles y espirituales capaces de edificar a quienes hablaban con él. Su manera de conversar era dulce, educada, tan seria y tan igual que difundía un perfume de santidad. El tono de su voz no era elevado, sino muy agradable. Sus discursos eran tan piadosos que ganaban el corazón de quienes los oían: lo cual, unido a su modestia, le hacía parecer un hombre celestial y de una santidad visible.

Cualquier juicio desfavorable que se hiciera de él, tratándole unos de hereje, otros de loco y otros de vagabundo, nunca se defendió. Algunos de sus amigos, advirtiéndole de un gran rumor que se hacía sobre su persona, respondió: «Dios me guarde de emplear tan mal mi tiempo como para ocuparme de eso»; y permaneció tan tranquilo como si no se le hubiera dicho nada.

Sufrió con gran confianza y sin inmutarse los diversos juicios que los sabios y los ignorantes hacían sobre su manera de vivir tan extraordinaria y nueva, aunque esto duró varios años y dio motivo a diversas investigaciones hechas por prelados y personas muy considerables.

Su fortaleza de alma fue tal que nunca habló a nadie de sus penas, ni buscó consuelo en criatura alguna, aunque a veces relataba cosas que le habían sucedido, cuando eso podía servir al prójimo. Nada de lo que le ocurría o que se le decía era capaz de distraerle de su recogimiento, y esta igualdad de espíritu que conservaba siempre hacía ver bien que estaba elevado por encima de todas las cosas humanas y ocupado con el pensamiento de las del cielo sin perderlo nunca de vista. Así, no tenía cuidado alguno de las cosas del mundo, sino que se dejaba conducir por la Providencia, y consideraba como una nada todas las cosas de la tierra en comparación con la ventaja de tratar con Dios y estar siempre unido a él, sin que nada pudiera distraerle de este pensamiento, y sin que se pudiera notar en sus acciones la menor cosa que no conviniera a un verdadero siervo de Dios.

Los hombres desean naturalmente pasar por mejores de lo que son. Pero Gregorio López estaba tan alejado de este defecto que se estimaba siempre menos que los demás. Se le oía decir a veces: «Desde que llevo una vida solitaria, no he juzgado a nadie; he creído a todos los demás mejores y más sabios que yo; no he dado consejo alguno que no se me haya pedido, y nunca me he establecido como maestro sobre los demás». Cuando le calumniaban, solía decir: «Siempre los he excusado, no solo de labios, sino con todo mi corazón».

Como tenía de sí mismo pensamientos humildes y se mantenía siempre en guardia, decía, cuando estos pensamientos le venían al espíritu: «No soy nada; no sirvo para nada». Se había despojado tanto de todo deseo, ya fuera temporal o espiritual, que decía a veces que «desde que había abrazado una vida solitaria, nunca había deseado ver nada en este mundo, ni siquiera a sus padres, sus amigos, su país». Es que, no alegrándose nunca de ninguna cosa temporal, toda su alegría estaba en Dios, y toda su satisfacción consistía en hacer su voluntad y servir al prójimo.

Desde que Gregorio López se retiró a la soledad, se abandonó enteramente a Dios sin querer jamás tener nada que le fuera propio. Decía ordinariamente sobre este tema que «cuando un hombre se complace en la pobreza exterior, es señal de que es interiormente rico». Su pobreza voluntaria era tan perfecta que nunca quiso poseer la menor cosa, ni proveer por adelantado un solo día para sus necesidades, incluso en el uso exterior de las cosas que le daban. Permanecía siempre en esta pobreza sin tener en cuenta sus necesidades presentes. Su amor extremo por esta virtud le hizo usar diversos medios para conservarla siempre. Así, en cuanto al vestido, nunca afectó ninguna clase de hábito: sino que se servía de aquellos que Dios permitía que le dieran. No tuvo otra cama que la tierra, mientras su salud se lo permitió. Era muy sobrio en su comer, y solía decir: «Los pobres deben cuidar su salud, por miedo a que, haciendo excesos en el comer y el beber, sean una carga para su prójimo». Vivió siempre en la misma abstinencia y la misma austeridad, sin desear nunca cosas delicadas y usando con gran moderación de lo que se le presentaba, sin pedir jamás nada más que lo que un verdadero solitario puede pedir para su necesidad.

Guardaba religiosamente la soledad y el silencio. No buscaba conversación humana alguna, sino que se contentaba con los consuelos que recibía de Dios en sus conversaciones con él, y perseveraba fielmente en la manera de vivir a la que él le había llamado.

Culto 08 / 08

Tránsito y culto de las reliquias

Muere el 20 de julio de 1596. Sus restos son trasladados al convento de las Carmelitas de México antes de que una parte sea llevada a España.

Este santo hombre, habiendo combatido tan valientemente los combates del Señor, y habiendo terminado tan felizmente su carrera, Dios quiso, mediante una muerte conforme a su vida, darle la corona de justicia que ha prometido a los que le aman. En el mes de mayo del año 1596, cayó enfermo.

No se notó en él tristeza alguna, sino una paz, una tranquilidad admirable y una entera conformidad con la voluntad de Dios, habiéndose preparado para ello mediante continuos actos y ejercicios de piedad. Todas sus virtudes resplandecieron maravillosamente en esta enfermedad, y particularmente su humildad.

Los dolores que Gregorio López sufría en su enfermedad eran muy grandes; pero Dios le hacía sufrir aún mucho más en su alma que en su cuerpo, para darle motivo de merecer más. A medida que su enfermedad aumentaba, su confusión y su dolor por sus pecados aumentaban también. Fue en estas disposiciones admirables que este gran siervo de Dios, lleno de fe, de esperanza y de caridad, y en una admirable paz y una extrema tranquilidad de espíritu, entregó su alma a su Creador. Fue así como salió de esta vida para continuar durante toda una eternidad felizmente abismado en ese inmenso océano del amor de Dios, del cual había hecho incesantemente actos con tanta perseverancia y aplicación como la fragilidad humana lo puede permitir.

Era un hombre verdaderamente heroico y digno de ser comparado con aquellos antiguos solitarios tan venerados por sus eminentes virtudes. Escuchó, como Abraham, esta voz de Dios: «Sal de tu tierra; deja a tus parientes, y vete a la tierra que yo te mostraré sin volver jamás a Caldea»; y lo que Dios dice también por Jeremías: «Huid de en medio de Babilonia y salvad vuestras almas». Conquistó por sus virtudes un reino cuya duración será eterna. Terminó felizmente su carrera. Guardó inviolablemente la fe que había prometido a Dios, y así ha ganado la corona de justicia y sigue al Cordero por dondequiera que va.

Esta muerte, o para decir mejor esta nueva vida, ocurrió el 20 de julio del año 1596. Había vivido cincuenta y cuatro años, de los cuales había pasado treinta y tres en la soledad: su rostro parecía ser el de un hombre vivo y resplandecía de luz. Salía de su cuerpo un perfume que embalsamaba toda la habitación donde había entregado el espíritu. Llevaron su cuerpo a la iglesia del pueblo de Santa Fe, donde permaneció durante toda una noche; luego lo enterraron muy cerca del altar mayor, del lado del Evangelio. Habiendo hecho ver Dios mediante milagros la santidad de su siervo, se produjo una gran concurrencia de pueblo a su sepulcro.

## CULTO Y RELIQUIAS.

El arzobispo de México, habiendo fundado junto al arzobispado un convento de Carmelitas descalzas, bajo el nombre de San José, extremadamente estimadas por los arzobispos y los virreyes a causa de su gran regularidad y porque ha habido religiosas de una virtud admirable, y deseando enriquecer esta casa con un tesoro que la hiciera más venerable ante todo el mundo, creyó no poder hacerlo mejor que trasladando a ella el cuerpo del bienaventurado Gregorio López, por quien la devoción aumentaba día tras día.

El primer día de marzo de 1616, el arzobispo hizo colocar los huesos de Gregorio López en una abertura hecha en el grueso muro de la iglesia contra el altar mayor, del lado de la epístola, con una reja delante, y encerró este precioso tesoro en un pequeño cofre forrado de terciopelo carmesí.

El 24 de mayo del año 1616, el arzobispo de México abrió, en presencia de varias personas considerables, el pequeño cofre donde estaban las reliquias de Gregorio López, y sacó dos pequeños huesos que dio al marqués de Salinas, virrey. El arzobispo de Burgos, a punto de partir para España, visitó, el 25 de marzo de 1636, con todas las formalidades necesarias, las reliquias de san Gregorio López e hizo hacer un inventario de ellas. Había: seis huesos de los brazos y de las piernas; un hueso grande del muslo; cuatro huesos de los hombros; siete huesos de la columna vertebral; cuatro costillas enteras; cuatro huesos de las rodillas y de los pies; y un trozo de su hábito envuelto en papel.

El arzobispo tomó la cabeza y el resto de los huesos para llevarlos a España, siendo justo que el país que le había dado nacimiento conservara una parte de sus reliquias.

Extracto de la Vida del bienaventurado Gregorio López, por Francisco Losa. Madrid, 1658.

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Nacimiento en Madrid el 4 de julio de 1542
  2. Retiro de seis años en Navarra con un ermitaño
  3. Servicio como paje en la corte de Valladolid
  4. Partida hacia la Nueva España en 1562
  5. Vida solitaria en el valle de Amajac entre los chichimecas
  6. Estancia en el hospital de Guastepec
  7. Retiro final en Santa Fe cerca de Ciudad de México en 1589
  8. Murió en olor de santidad en 1596

Milagros

  1. Aparición de ángeles mientras cavaba una zanja
  2. Protección milagrosa contra los chichimecas
  3. Perfume suave que emanaba de su cuerpo al morir
  4. Curaciones milagrosas en su tumba

Citas

  • Dichoso aquel que lleva desde su infancia el yugo del Señor. Máxima del B. Gregorio López
  • El cielo es mi patria, y Dios es mi padre. Respuesta de Gregorio López

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto