San Sidonio Apolinar
OBISPO DE CLERMONT EN AUVERNIA
Obispo de Clermont en Auvernia
Ilustre senador y prefecto de Roma procedente de una familia noble de Lyon, Sidonio Apolinar se convirtió en obispo de Clermont en 472. Consagró su vida a defender a su pueblo contra las invasiones visigodas y la herejía arriana, dejando además una obra literaria importante. A pesar del exilio y las persecuciones internas, murió venerado por su caridad y su sabiduría.
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SAN SIDONIO APOLINAR,
OBISPO DE CLERMONT EN AUVERNIA
Orígenes y educación galorromana
Sidonio Apolinar nace hacia el año 430 en Lyon en una ilustre familia de senadores y recibe una educación clásica completa.
Sidonio Apolinar, o Sidoine Apollinaire Obispo de Clermont y escritor galorromano. bispo de la ciu dad de Auvernia, ville d'Auvergne Sede episcopal de San Galo. nació en las Galias, en el seno de una familia ilustre. Sus antepasados, que brillaron en el primer rango de los senadores, habían sido sucesivamente prefectos de Roma y del pretorio, maestros de los oficios y coma ndantes de los La cité de Lyon Sede episcopal de san Euquerio. ejércitos. La ciudad de Lyon era su principal residencia. Tenían en sus alrededores ricas villas. Poseían también grandes bienes en Auvernia, adonde los llamaban a menudo diversos intereses y nobles alianzas.
Sidonio, que estaba destinado a ser una nueva gloria de esta familia, nació el 5 de noviembre, hacia el año 430, bajo el reinado de Teodosio el Joven y Valentiniano III, y bajo el pontificado de Celestino I. Recibió los nombres de Caius Sollius Apollinaris Sidonius. El nombre de Apolinar le venía de su abuelo: Sidonio era propiamente el suyo. A veces lo llamaban solo Sollius. Es bajo este nombre como lo designaron en sus cartas san Ruricio de Limoges y san Avito de Vienne. En la historia de la Iglesia y en la de las letras francesas, es conocido bajo el nombre de Sidonio Apolinar. Los autores no se ponen de acuerdo sobre el lugar de su nacimiento. El padre Sirmond afirma que era originario de la ciudad de Auvernia. Se sostiene más comúnmente que Lyon fue su patria.
Es en esta ciudad donde Sidonio pasó su infancia: allí se formó durante su juventud en el estudio de las letras, por las cuales conservó un gusto tan pronunciado. Recorrió las diversas ramas de la enseñanza galorromana, desde la gramática y la elocuencia, que eran sus primeros grados, hasta la geometría, la dialéctica, la astronomía y la música, que eran el complemento de una sólida educación literaria. Sidonio Apolinar se entregó también con ardor al estudio de las obras maestras de Grecia e Italia: basta recorrer sus obras para reconocer que estos primeros trabajos contribuyeron no poco a enriquecer su espíritu con un vasto tesoro de erudición y conocimientos. Cita en sus epístolas y versos a muchos escritores, filósofos y poetas; y los detalles en los que entra, cuando aprecia su carácter y sus obras, muestran suficientemente que los estudió con un cuidado particular.
El amor a las letras, que llegó a Sidonio desde los primeros años de su educación, lo siguió toda su vida. Ellas llenaron más tarde los ratos de ocio que le dejaban sus ocupaciones, y le disputaron hasta sus horas de descanso.
Así, aunque confiesa con candor que ama a los perezosos, tiene cuidado de añadir que la pereza nunca le impide leer y estudiar. Este gusto por las letras lo llevaba a velar por que se mantuvieran en medio de las Galias mediante una noble emulación; le hizo buscar con entusiasmo la compañía de personas recomendadas por su ciencia. Porque, si la sociedad de los hombres iletrados era para él una soledad espantosa, la de los hombres elocuentes le parecía un comercio que no se podría estimar demasiado. Sidonio Apolinar amaba sobre todo la sociedad de Claudiano, sacerdote sabio alrededor del cual se apretaba, ávida de escucharlo, una juventud estudiosa y elegida. Claudiano era hermano de san Mamerto, obispo de Vienne. Entregado desde su juventu d, en las so saint Mamert Arzobispo de Vienne y educador del santo. ledades de Grigny, al estudio de las letras sagradas y profanas, se volvió tan hábil en la ciencia cristiana y la filosofía de los griegos que pasaba por ser el espíritu más brillante de su siglo y el mayor genio de su tiempo. Es sin duda entonces cuando Sidonio comenzó a conocer al hermano de Claudiano, san Mamerto, ese pontífice tan recomendable en la sede de Vienne por su santidad y su vigilancia. Sapaudo, cuya enseñanza hacía la gloria de las letras vienesas, y Salviano, digno amigo de Claudiano, cuyo elocuente genio retrataba con estilo de profeta los triunfos de la Providencia en medio de los funerales del mundo romano.
Mientras Sidonio se entregaba a estos trabajos del espíritu que debían completar en él una brillante educación literaria, contrajo con varios jóvenes galorromanos una amistad sólida y virtuosa. Entre ellos hay que incluir a Avito, Probo, Faustino y Aquilino, jóvenes señores procedentes de las primeras familias patricias de la Galia romana. Los estudios no eran el único vínculo que estrechaba esta unión. Hacían juntos diversión a los ejercicios de la escuela mediante la carrera, el juego de dados, la caza y los baños. Su juego favorito era el de la palma, ese juego tan conocido de las escuelas, y cuyos inocentes triunfos buscaba el joven Agustín antes de la gloria de las letras y la de la elocuencia.
Sidonio, educado en la religión cristiana, participaba en sus fiestas con felicidad sin duda, aunque no sin mezclar a los regocijos que estas traían los descansos del buen espíritu y del hombre de mundo. Pero era joven aún, y pertenecía a esa pléyade de adolescentes que seguían los ejercicios del foro. Lo veremos aportar más tarde a la sede de la ciudad de Auvernia esas grandes y varoniles virtudes que hicieron del episcopado el sostén de las sociedades decadentes; pero ¿quién puede asombrarse de que en su juventud se entregara a esas alegrías públicas en las que tomaban parte ellos mismos antiguos prefectos, senadores, patricios y personajes consulares? Había llegado a esa edad en la que la vida se presenta con sus glorias y sus ilusiones. Le fue dado medir de un vistazo esas vastas administraciones de la Galia donde habían aparecido sus antepasados, considerar esos altos empleos donde los jóvenes patricios podían desplegar sus talentos y el brillo de su nacimiento. La vista de estas grandezas deslumbró un instante las miradas de Sidonio Apolinar; pues concibió el proyecto de abrazar la carrera de los cargos públicos para encontrar en ella la gloria, y con ella el medio de añadir a la consideración que desde hacía varios siglos se tenía por el nombre que habían llevado sus padres. Estos son pensamientos que se le escaparán en ciertas horas, en medio de las vicisitudes y las revoluciones del mundo. La fe podrá combatirlos, la experiencia modificarlos; no desaparecerán sin retorno hasta esa época de su vida en la que, entregándose a Dios sin reservas, le sacrificará, en la humildad del sacerdocio, los honores del siglo y el resto de sus días.
Sidonio Apolinar acababa de terminar los estudios a los que se entregaba en su siglo la juventud galorromana. Los éxitos obtenidos durante el curso de su educación literaria, la herencia de los honores en su familia, una ambición naciente que confiesa en sus cartas; todo le inspiraba el deseo de igualar o superar a sus antepasados. Como la elocuencia y la poesía abrían a menudo el camino de los cargos públicos, y no había sido raro, en el siglo IV y V, que gramáticos, retóricos, filósofos y poetas hubieran llegado a los primeros empleos del imperio, Sidonio continuó cultivando las letras, para encontrar en ellas, además de los encantos que proporcionan, un medio de alcanzar más prontamente sus fines.
Carrera pública y alianza imperial
Se casa con Papianila, hija del emperador Avito, y lleva a cabo una brillante carrera política, llegando a ser prefecto de Roma.
Desde su entrada en la vida política, Sidonio Apolinar perteneció a esa clase culta donde se conservaban, junto con las más gloriosas tradiciones del pasado, los proyectos de independencia y de vida nacional. Una alianza honorable vino a secundar sus esperanzas, en el momento en que pensaba seguir los pasos de sus antepasados, en algún cargo del pretorio o algún mando de los ejércitos. Se casó con Papianila, Papianilla Esposa de Sidonio Apolinar e hija del emperador Avito. hija del senador Fl avio Eparquio Avito, qui Flavius Eparchius Avitus Emperador romano de Occidente y suegro de Sidonio. en se elevó hasta el imperio por su habilidad y sus talentos. Si esta alianza fue para él un honor, pronto se reconoció que era digno de ella, por la pureza de sus costumbres y el brillo de sus talentos.
El espectáculo de las revoluciones de Occidente, donde los emperadores se sucedían en medio de los acontecimientos más trágicos, dio a Sidonio Apolinar lecciones sorprendentes sobre la inestabilidad de las grandezas humanas: le costó menos romper con sus proyectos de elevación. Se retiró a las propiedades que los Apolinar poseían en Auvernia y en la región lionesa. Allí encontró un encanto hasta entonces desconocido: estos lugares le hacían olvidar los reveses de la fortuna y le proporcionaban el medio de escapar a los golpes que las revoluciones asestaban al Imperio, cuya debilidad y desgracias vio tan de cerca. Ningún retiro le sonreía más que la villa de Avitacum, que hoy se cree que es el pueblo de Aydat (Avitac, Avitacus, Avitacum), situado a pocas leguas de Clermont, al suroeste. No es que esta villa tuviera perspectivas más risueñas, un mayor número de colonos o acres de tierra más extensos. Lo que le daba, a los ojos de Sidonio Apolinar, valor y belleza, es que provenía de su esposa Papianila. Allí transcurrieron sus horas más largas: se ve, por el cuidado que puso en describirla, que pasaba allí, en medio de los goces de la familia y de las letras, sus momentos más dulces. Lo que sobre todo daba a esta villa un encanto adicional para Sidonio Apolinar era la presencia de los suyos: pasaba días llenos de calma con Papianila, Ecdicio, Agrícola y sus jóvenes hijos, Apolinar, Alcimo, Roscia y Severiana.
Sidonio Apolinar incluía también en su familia y sus cuidados a los colonos y tributarios encargados de sus dominios. La suerte de los colonos, en el siglo quinto, se parecía un poco a la de los esclavos. Apegados a la gleba en los cultivos de los grandes señores de la Galia, sufrían las condiciones de la tierra. Aunque tuvieran una sombra de libertad, el amo podía venderlos con el suelo. En este estado precario, debían suspirar por la emancipación, que era para ellos y sus familias una verdadera ventaja. Sidonio hacía todo lo posible por suavizar la infortunio de los colonos de Avitacum y de sus otras tierras: velaba por la seguridad de unos y el honor de otros. Un día, supo que el esclavo de uno de sus amigos, llamado Pudens, había raptado a la hija de uno de sus colonos: su indignación fue extrema. Pudens, que conocía sus sentimientos, presumió hasta qué punto se sentiría horrorizado por esta injusticia: escribió inmediatamente para asegurarle que no había conocido el designio del raptor; añadió a sus excusas súplicas para obtener el perdón de su esclavo. Sidonio solo lo concedió con la condición de que lo emancipara, para que aquella a quien había raptado se convirtiera en su esposa legítima y encontrara en la libertad una compensación a su deshonor. Fuera de los asuntos y los cuidados de la familia, Sidonio Apolinar permaneció, durante algunos años de su retiro, entregado por completo a las letras, a la amistad y a sus correspondencias. Una exquisita sensibilidad caracterizaba las costumbres sociales de Sidonio: en edades que se dirían bárbaras, corregía la cortesía griega y romana con esa mezcla de bondad y dulzura que el cristianismo sustituía al estoico orgullo y a las libertades culpables de las relaciones paganas. Sin embargo, en las amistades, no buscaba solo los goces delicados del corazón; las consideraba poco sólidas cuando no descansaban en la virtud y en una mutua estima. Sabía elegir; su elección recaía siempre en el mérito. Sus amistades no se encerraban en los secretos del corazón. Semejantes a una fuente que no guarda sus aguas para sí, se derramaban en servicios y beneficios. Por sí mismo o por sus amigos, protegía a los débiles, apaciguaba las divisiones, detenía los procesos: se multiplicaba para obligar y socorrer. Cuando se recorren sus cartas de amistad, de literatura, de política y de negocios, uno queda convencido de que la bondad entraba en gran parte en su carácter y en los hábitos de su vida moral. En medio de las variedades de su existencia, un cuidado, el de las bellas letras, lo cautivaba siempre. Cuando pensaba en la Galia, su patria, la soñaba docta y educada como Italia y Grecia: a veces lamentaba para ella las bellas edades de la literatura.
El cristianismo, cuyas máximas seguía, le enseñaba la nada de las cosas humanas, y cuando veía que la experiencia de su tiempo confirmaba sus oráculos, se entregaba a esta reflexión tan profunda y tan verdadera que se diría desprendida de una de las páginas más bellas de la filosofía cristiana: «Ignoro si es una felicidad aspirar a la condición de los grandes y de los príncipes, pero lo que sí es una desgracia es alcanzarla». Sin embargo, los empleos de la alta magistratura se reunían en él con los honores del laticlavo. Prefecto de Roma y del senado, era como el primer ciudadano de la ciudad eterna, y de esa corporación famosa que conservaba cuidadosamente, con los restos de las familias más grandes, los recuerdos más preciosos del Consulado, de la República y del imperio. Confidente de Antemio, fue durante algún tiempo el árbitro de las voluntades imperiales, y, como si todo hubiera debido contribuir a su ilustración, la elocuencia y la poesía mezclaban sus laureles con la traición del senador y con la palma pretoriana, para rodearlo de la consideración pública y recomendarlo a la estima de sus contemporáneos.
Sus sueños de juventud se cumplieron. Los honores, al menos, no corrompieron su virtud; desempeñó sus funciones de manera que se atrajo los elogios de los hombres más virtuosos de su siglo. Todos reconocían que era menos su fasto que sus dignidades lo que lo elevaba por encima de los demás. Uno de los obispos más célebres de la Galia, Lupo de Troyes, se felicitaba de verlo llegar a los cargos más altos de la corte, y, aunque había que temer que estas grandezas fueran para él un escollo, admiraba cómo su prudencia lo ponía a cubierto de las seducciones que abundan al pie de los tronos. Pero Sidonio Apolinar no corrió por mucho tiempo estos peligros de un nuevo género. Satisfecho con las distinciones que había recibido, dejó la corte (469), saludó a la ciudad de los Césares que ya no volvería a ver, y se apresuró a regresar a las Galias, que encontró infestadas de bárbaros y bajo el peso de los terrores que difundía Euric Euric Rey de los visigodos, perseguidor de los católicos y de Sidonio. o, el nuevo rey de los visigodos.
Conversión y elección al episcopado
Tras una vida mundana, se vuelve hacia la fe y es elegido obispo de Clermont en 472, sucediendo a Éparque.
Pero lo que más impresiona en Sidonio Apolinar, en esta época, es el paso de una vida algo elegante y mundana a una vida sobre la cual las ideas de la fe ejercen una acción más profunda. Sus cartas y las poesías que le escapan nos revelan el trabajo íntimo que se operaba en el alma del patricio y del poeta. Las altas reflexiones a las que el cristianismo elevaba a las inteligencias cultivadas de la época le resultan más familiares. El descendiente de los prefectos del pretorio sigue con mirada atenta, en medio de las revoluciones sociales que arrastran todo el pasado de las instituciones y de las costumbres públicas, el progreso y el desarrollo de estas ideas cristianas que aportaban al mundo nuevos destinos y prendas más reales de salvación. Si se le ve en el umbral de las villas patricias, también se le ve en las basílicas católicas, mezclado con la multitud que cree y que reza. La visita de los santos obispos de la Galia como los de Burdeos, Narbona, Lyon y Riez, no figura menos en sus relaciones privadas que la de los grandes personajes del pretorio y de Occidente. Cristo es invocado más a menudo en su prosa y sus versos.
El joven Apolinar, su hijo, habiendo llegado a una edad en la que había que ocuparse seriamente de su espíritu y de sus costumbres, Sidonio quiso iniciarlo él mismo en el secreto de las bellas letras. Comenzaba a prepararlo para la inteligencia de los escritores de Roma y de Atenas, le hacía notar las bellezas de sus escritos y le inspiraba un gusto particular por las obras maestras de estas dos literaturas. Esta educación se realizaba bajo los auspicios de Cristo y bajo la influencia de esa moral evangélica cuyas máximas penetraban por todos lados en el interior de las familias plebeyas y consulares. Sidonio, que no otorgaba menos importancia a las costumbres de Apolinar que a la cultura de su espíritu, le enseñó desde temprano los principios de una verdadera sabiduría, y es para hacérselos más sensibles que le proponía como modelos a los ciudadanos virtuosos cuyas acciones podían servir de ejemplo, y que le prohibía la compañía de las personas libertinas cuyos discursos podrían haberlo corrompido.
Sidonio Apolinar ofrecía entonces en su persona una imagen de la influencia que el cristianismo ejercía sobre las almas penetradas de sus máximas. El mundo ya no tenía para él las seducciones que tentaron su juventud y, satisfecho más allá de haber igualado a sus antepasados en dignidades, ya no pensó más que en superarlos en méritos ante Dios. No es sin cierta admiración que el clero y los fieles de Auvernia veían al yerno de Avito, el prefecto de Roma, el poeta patricio, practicar con constancia las austeridades del Evangelio, tan opuestas a los hábitos de molicie y elegancia del patriciado romano. Por eso, a la muerte de Éparque, en 471, todos los ojos se volvieron hacia él y, con una voz unánime, lo designaron como su sucesor.
Auvernia se encontraba entonces en coyunturas difíciles. Los bárbaros cercaban por todas partes sus fronteras y los visigodos, exaltados por el arrianismo de Eurico, la amenazaban en su fe, más querida que sus libertades. No podía contar con los auxilios de Roma, con las resoluciones enérgicas de la curia, ni con la alianza de los burgundios, siempre llena de incertidumbre. Cuando tantas otras provincias habían encontrado su salvación en el coraje y la santidad de sus obispos, ¿no era un partido sabio poner en manos de Sidonio Apolinar los intereses de la fe y de la cosa pública, llamándolo al episcopado? Todo la tranquilizaba en una elección semejante: la virtud y el saber de Sidonio, la consideración personal que se había adquirido en la Galia romana, el ascendiente que había tenido por intervalos sobre el espíritu de los bárbaros y, sobre todo, su devoción conocida a la causa de la religión y de la patria.
Se sabe que el clero y los fieles veían entonces sin demasiada repugnancia la dirección de las iglesias confiada a veces a hombres hasta entonces comprometidos en los lazos de la familia y el movimiento de los asuntos civiles, cuando además unían a una virtud probada los conocimientos requeridos para un cargo tan elevado. Estos, por otro lado, abandonaban de inmediato los honores del pretorio o los trabajos del foro, para no consagrar más su existencia que a la salvación del rebaño espiritual del cual se convertían en jefes y guardianes.
Apenas Sidonio hubo conocido esta determinación del clero y de los fieles, se entregó a los sentimientos de una humildad profunda. No podía pensar en la carga de la que acababa de ser encargado sin ser presa de un santo temor. Sus alarmas traslucen en las confidencias de esa época. «A pesar de mi indignidad», escribe a su querido Apolinar de Voroange, «se me ha impuesto la carga de una profesión sublime, a mí, desgraciado que, forzado a enseñar antes de haber aprendido, y osando predicar el bien antes de practicarlo, soy semejante a un árbol estéril que, no teniendo obras por fruto, no da más que palabras por hojas». En una carta a Avito, su pariente y amigo, declara que no merecía ser puesto a la cabeza de la iglesia de Auvernia. En otra parte, se recomienda a Fonteyo, obispo de Vaison, quien siempre había sido para su familia un poderoso patrón en Cristo, y reclama el apoyo de sus oraciones, porque se le ha impuesto el título y los deberes de obispo, aunque fuera indigno de llevarlo y de cumplirlo. Gime, al escribir a Lupo de Troyes, de que sus crímenes le han valido como castigo el episcopado, y de que lo obligan a rezar por los pecados de los pueblos, él, para quien las súplicas de un pueblo inocente obtendrían apenas misericordia.
Sidonio Apolinar aceptó el gobierno espiritual de la iglesia arverna con una gran humildad y bajó su cabeza bajo el yugo del sacerdocio, lleno de confianza en Aquel que lo había arrancado de las preocupaciones del siglo para darle una parte insigne en la herencia de sus pontífices. Si conocía su indigencia espiritual, sabía también, con Paulino de Nola, que Dios, que da la sabiduría a los más simples, sabría glorificar en él las altas funciones con las que lo había investido y hacerlo digno de sus deberes, a pesar de su indignidad. Fue elevado a la sede de la ciudad de Auvernia en el año 472. Se conoce la fecha precisa de su elección porque él mismo dice que Lupo de Troyes tenía entonces cuarenta y cinco años de episcopado. Ahora bien, se sabe de manera cierta que san Lupo fue nombrado obispo de Troyes en 427. Pero la historia no nos ha transmitido nada particular sobre las circunstancias de esta elección.
Apenas la noticia de su elección se difundió en la Galia cristiana, causó en ella una gran alegría. La iglesia de Auvernia esperaba mucho de este eminente personaje, cuyo nacimiento y dignidades ocupadas en el siglo darían un lustre más a su administración espiritual, mientras que sus riquezas vendrían a alimentar la fuente de las limosnas públicas. Podía esperar, además, que su virtud y su coraje la preservarían de las desgracias con las que los bárbaros la amenazaban, y que la alta influencia que había adquirido en la dirección de los asuntos occidentales sería una fuerte barrera que oponer al arrianismo visigodo.
Las otras iglesias aplaudieron esta elección, y los principales obispos de la Galia, que conocían a Sidonio Apolinar por sí mismo o por esa fama que sus cualidades habían difundido a lo lejos, sacaron los mejores augurios de su episcopado. Paciente, Eufronio de Autun, Fonteyo de Vaison, Fausto de Riez, Mamerto de Vienne y todos los doctos sacerdotes que había conocido, se unieron a las familias cristianas del patriciado galorromano para rodear de sus oraciones y de sus votos los primeros pasos del nuevo Pontífice en esta milicia sagrada donde tendrá de ahora en adelante que defender la más santa de las causas, la de Dios y de su Iglesia.
Pero entre los obispos que le escribieron para testimoniarle la alegría que tenían por su promoción y exhortarlo a cumplir dignamente las funciones a las que había sido llamado, ningún testimonio debió tocarlo más profundamente que el de Lupo de Troyes, considerado entonces como el padre de los obispos, menos a causa de su vejez que en razón de sus virtudes que lo hacían tan venerable a los ojos de la Galia cristiana. Una amistad comenzada en el siglo lo unía a Sidonio Apolinar. Lo seguía con mirada de padre a través de las vicisitudes de su vida política. Cuando supo que había abrazado el sacerdocio, no pudo contener sus transportes y le escribió de inmediato una carta, que es uno de los más bellos monumentos de su caridad y de su elocuencia. Respira la ternura más viva y la fe más profunda. Veía, en el advenimiento de Sidonio al episcopado, un motivo de consolación para la Iglesia en medio de sus males, y para el propio Sidonio, una ocasión de elevarse por la humildad a una grandeza desconocida por los hombres, pero la única que fuera sólida a los ojos de Dios. Añadía a esto consejos que confirmaba con la autoridad de su gran edad, y parecía designarlo como heredero de sus trabajos apostólicos, en esta iglesia de las Galias, toda llena de sus virtudes y de su nombre.
Defensa de Auvernia y lucha contra el arrianismo
Protege su diócesis contra las invasiones de Eurico, rey de los visigodos, y combate la herejía arriana que amenaza la fe católica.
Tan pronto como Sidonio Apolinar ocupó la sede episcopal de Auvernia, no omitió nada para estar a la altura de su nuevo ministerio. Persuadido de que el medio más eficaz para edificar las almas era santificarse a sí mismo, emprendió sin demora esta ardua y hermosa tarea. Le gustaba decir, como Paulino de Nola en los primeros días de su sacerdocio: «Ahora que estamos liberados del peso de las cosas ajenas, debemos consagrar a Dios todo lo que es verdaderamente nuestro, es decir, ofrecerle en sacrificio, tal como está escrito, nuestro corazón, nuestra alma, nuestro cuerpo, y hacer de nosotros un templo santo. Porque no poseemos solo dinero, tierras y otros bienes exteriores: tenemos otros bienes que son nuestros hábitos y los deseos de nuestro corazón. Vender estos bienes mediante la mortificación es realmente despojarse de uno mismo». Sin embargo, la misión del obispo no se limitaba únicamente a tender hacia la cumbre de la perfección cristiana. Encargado de la conducción de los pueblos en la dirección de sus vías morales y religiosas, debía en cada instante extender su solicitud sobre sus necesidades, iluminarlos con sus consejos y verter desde el fondo de su corazón, como de una fuente inagotable, los consuelos más conmovedores sobre las miserias más profundas. Así, la Iglesia medía la extensión de sus deberes sobre la altura misma de su dignidad. Ella le confiaba el cuidado de todas las instituciones cristianas, de las abadías, de los monasterios, de las asociaciones religiosas de la diócesis; y además, en las relaciones que debía tener con los diversos miembros de su rebaño, lo constituía padre de los pobres, sostén de las viudas y los huérfanos, esperanza de los afligidos y refugio de los desdichados.
Sidonio Apolinar conocía la naturaleza y la extensión de estas obligaciones cuando fue llamado al gobierno de la Iglesia de Auvernia. Fue a cumplirlas a lo que dedicó desde entonces todos sus cuidados. Abrazando con una mirada segura y rápida los intereses espirituales y civiles de sus queridos arvernos, quiso ser su padre y su sostén en las difíciles coyunturas en las que se encontraban. Nada desalentó su celo y su valor, ni la vasta extensión de su diócesis, ni los esfuerzos que el politeísmo y el druidismo hacían para revivir, ni los clamores amenazantes que hacían oír los visigodos apostados tras las Cevenas.
Se debía primero a su Iglesia. Como la religión comenzaba a florecer allí, era necesario mantener y desarrollar las semillas de la fe, velar por el fervor de los monasterios que eran verdaderos hogares de cultura moral y literaria, fundar nuevas comunidades cristianas, dirigir a los clérigos según las reglas de una prudencia consumada y difundir las luces del Evangelio en los rincones de tierra que permanecían en la idolatría. Para conocer las necesidades de su pueblo y para remediarlas mejor, recorrió las diferentes partes de su diócesis, ganándose a los pueblos por el encanto de sus virtudes y de sus beneficios, instruyéndolos con sólidos discursos y previniéndolos mediante la exposición de la verdadera doctrina contra las seducciones del arrianismo, que ya había pervertido muchas mentes, especialmente en las provincias que dependían de los visigodos y los burgundios. Auvernia no contaba menos con Sidonio Apolinar para la defensa de su libertad, amenazada cada día por crueles y terribles vecinos.
Se podía, en efecto, esperar cada día un ataque de los visigodos, o recibir el contragolpe de los acontecimientos más imprevistos que se cumplieran en el seno del gobierno imperial. Italia ya no gozaba de ningún reposo, y la sombra de la guerra civil no cesaba de errar alrededor de las murallas de Roma. Pronto Antemio fue masacrado por las órdenes de Ricimero y Roma devastada. La Galia se resintió de esta revolución. Eurico, encontrando el campo libre para sus conquistas, no escuchó más que su ambición y su fanatismo, y pesó con todo el peso de sus rigores y de sus amenazas sobre las provincias que solo habían aceptado a regañadientes su dominación. La situación de la Galia meridional fue de las más deplorables bajo este príncipe violento y sanguinario. Perseguía con su odio a todos los que permanecían apegados a la causa romana, y marcaba sobre todo sus victorias y sus incursiones con el saqueo de las iglesias. Persuadido de que debía a su celo por el arrianismo el éxito de sus designios y de sus empresas, perseguía sin tregua a los católicos de sus Estados. En su encarnizamiento, atacaba de preferencia a los obispos como a la fuente del sacerdocio, y los condenaba al exilio o a la muerte. La Novempopulania y las dos Aquitanias fueron sobre todo el teatro de esta persecución. Los obispos Croco y Simplicio fueron violentamente arrancados de sus sedes y arrojados lejos de sus diócesis. Los de Burdeos, Périgueux, Rodez, Limoges, Gabale, Eauze, Bazas, Comminges y Auch fueron masacrados con muchos otros, entre los cuales hay que incluir a Valerio de Antibes, Graciano de Tolón, Deuterio de Niza y Leoncio de Fréjus.
Lo que aumentaba el mal cada día es que no estaba permitido llenar el vacío causado por la muerte de los pontífices y reemplazarlos por nuevos obispos que pudieran conferir los ministerios de las órdenes inferiores. Así, la desolación y el duelo reinaban por todas partes en las diócesis y las parroquias. La techumbre de los templos amenazaba con derrumbarse; la furia de los visigodos se había desatado incluso sobre las puertas que habían arrancado, de modo que zarzas y espinas crecían en el umbral de las basílicas y cerraban su entrada. Los rebaños mismos venían a acostarse en medio de los vestíbulos entreabiertos, o penetraban en el interior del santuario para pacer la hierba que tapizaba los flancos de los altares sagrados.
La soledad no reinaba solo en las parroquias de los campos, sino también en las iglesias de las ciudades, donde las reuniones se volvían muy raras. Un golpe mortal era asestado a la disciplina. El recuerdo mismo de las oraciones públicas tendía a borrarse, y como los clérigos que morían no recibían ningún sucesor de la bendición episcopal, el sacerdocio y la religión, los sacramentos y el culto del catolicismo, todo en estas desgraciadas iglesias se confundía en una ruina común. Nada era tan lúgubre como la imagen de esta desolación espiritual. Ante esta vista, los pueblos se desesperaban por la pérdida de la fe y caían en tal desolación que los mismos herejes se habrían enternecido.
Sidonio Apolinar, testigo de esta persecución, sintió una profunda aflicción cuando vio a los visigodos establecerse en medio de la sangre de los fieles y sobre las ruinas de la fe católica. El obispo ya no veía más que las desgracias de la Iglesia, y en los golpes que Eurico asestaba a la Iglesia de las Galias, temía menos a los que golpeaban los muros de los romanos que a los que alcanzaban las leyes cristianas. El pensamiento de que Auvernia escaparía a estas calamidades lo sostenía en medio del terror que había invadido los espíritus. Pero ¿hasta qué punto podía tranquilizar la sombra de libertad que aún restaba, cuando se sabía que los visigodos, impacientes en los límites de su Septimania, no esperaban más que un momento favorable para ocupar este rincón de tierra que excitaba sus codicias?
Reforma litúrgica y renuncia a las letras profanas
Compone un Sacramentario para su iglesia y abandona la poesía profana para consagrarse al estudio de las Sagradas Escrituras.
De regreso a su Iglesia, Sidonio Apolinar se consagró por entero a sus deberes y a la salvación de su rebaño. Si, por una parte, trabajaba para preservar a los fieles del contagio del error, por otra, no cesaba de alentar los ánimos, a menudo desconcertados por los alarmantes progresos de los bárbaros. Auvernia descansó en su vigilancia; y él habría asegurado su reposo y su libertad, si la santidad y la entrega hubieran bastado para lograr tal resultado. Un cambio sensible se produjo en su espíritu. Tanto como se había dedicado a las ciencias profanas, una vez comprometido en el sacerdocio, se entregó a la ciencia cristiana, a la ciencia de Dios. Ya no vio en los encantos de la elocuencia humana más que sueños brillantes capaces de seducir a las jóvenes inteligencias; le parecía que, admitido en la escuela de la verdadera sabiduría, ya no debía leer ni componer más que escritos serios.
Sidonio consagró los primeros estudios de su episcopado a las Sagradas Escrituras, y debió a las meditaciones que hizo de ellas el captar su sentido y su espíritu. No quiso aventurarse solo en medio de los senderos de la hermenéutica que aún no había explorado; tomó consigo a Orígenes y a Jerónimo, quienes pasaban por ser los comentaristas más estimados y extensos. Estudió sus obras y pronto adquirió él mismo, en el conocimiento de las Escrituras, tal renombre que los obispos más antiguos de la Galia, y los personajes elevados en dignidad, le consultaban sobre los pasajes más difíciles y le pedían que les enviara comentarios. No ignoraba que las Sagradas Escrituras encerraban la verdadera doctrina del cielo, y es de esta fuente de donde extraía abundantemente las aguas de la verdad y de la gracia, a fin de difundirlas en caudales más amplios sobre el corazón de los demás. Así, en este género de saber, sus conocimientos llegaron a ser muy extensos; pasó incluso por ser uno de los intérpretes más hábiles que poseía la Galia cristiana. Una gran ventaja que obtuvo de ello fue esa misma ciencia del cristianismo de la que los doctores de la Iglesia habían llenado sus escritos, y para la cual apenas estuvo preparado por su vida política y sus estudios profanos. Pero como la dogmática debía tener un lugar importante en los conocimientos de un obispo, se perfeccionó en ella estudiando esas obras maestras donde los Padres de los primeros siglos excavaron ese vasto surco del que la teología hizo brotar esas magníficas Sumas que encierran en un admirable conjunto toda la doctrina del catolicismo.
Las iglesias galorromanas, evangelizadas en su mayoría por obispos orientales, como Ireneo, Potino, Saturnino, Crescente y Trófimo, habían adoptado las liturgias de Oriente, pero no sin duda, sin algunas alteraciones. La necesidad de una mayor unidad se hizo sentir desde el siglo V: se comprendió al menos la necesidad de reunir en un solo y mismo cuerpo todas las oraciones de la liturgia, a fin de fijarlas con mayor seguridad por medio de la escritura; y, en muchas diócesis, se encargó de este cuidado a los hombres más eruditos. En Vienne, Claudiano Mamerto se sustraía a menudo de sus trabajos de filosofía para ocuparse en regular el oficio divino y en marcar las lecciones que debían decirse en las principales fiestas del año. En Marsella, Museo, uno de los sacerdotes más distinguidos de esta ciudad, se entregaba a los mismos estudios. Para la Iglesia de Auvernia, fue Sidonio Apolinar quien emprendió él mismo esta obra. Recopiló todos los monumentos de la liturgia, dispuso con orden las lecciones de los Profetas, de los Evangelios y de los Apóstoles, y, uniéndolos al canon apostólico con las oraciones que él había compuesto, hizo, para el uso de su Igles ia, un Misal o Sacramen Missel ou Sacramentaire Recopilación litúrgica compuesta por Sidonio para la iglesia de Auvernia. tario del que se sirvió Gregorio de Tours y que enriqueció con un prefacio.
En cuanto a la poesía profana que tantas veces ocupó sus ratos de ocio, renunció a ella desde el comienzo de su nuevo ministerio. Su profesión de obispo le parecía demasiado grave para permitirse aún esos ejercicios de la imaginación donde el fuego, el movimiento y la ligereza de la poesía no siempre se concilian con las ocupaciones serias del sacerdocio. La gloria de los versos le conmovía menos que el pensamiento de la eternidad, y, aunque reconocía que la poesía podía ser, en el siglo, un pasatiempo útil y agradable, ya no la creía digna de ocupar su espíritu. Era el momento, según él, de pensar en la vida eterna más que en una fama duradera, y de recordar que después de la muerte, no serán nuestras obras literarias, sino nuestras acciones las que se pesarán. Por ello, no pensaba en algunas de las producciones de su juventud, sino para testimoniar su pesar por haberlas compuesto. Pero aun abandonando la poesía profana, se reservó retomar sus cantos para celebrar a los Santos y a los Mártires.
Exilio en Livia y regreso triunfal
Encarcelado por Eurico cerca de Carcasona, finalmente es liberado y regresa con su pueblo, que lo recibe como a un salvador.
Sidonio Apolinar habría querido ganar una tierra donde pudiera, lejos de los bárbaros, disfrutar de una plena libertad en el ejercicio de su ministerio. Su carácter, las circunstancias, el dolor de los arvernos y el temor de verlos caer en las trampas del arrianismo, todo le impuso otra conducta. El deber lo quería en medio de su pueblo: permaneció allí para compartir sus privaciones y resolvió no abandonarlo a menos que fuera arrancado por la violencia. Su presencia en Auvernia suscitó recelos en sus nuevos amos. Eurico vio con ojo inquieto el imperio que ejercía sobre las poblaciones católicas y, pensando que sería un obstáculo para sus designios, resolvió, en interés de su política, arrancar de su pueblo a aquel que era su apoyo y su padre.
Los fieles de Auvernia, al conocer la cruel orden que apartaba de su diócesis a quien era su apoyo, y en circunstancias en las que habrían tenido la mayor necesidad de su dirección, concibieron un profundo dolor. Iban, pues, a ser entregados a las violencias de los visigodos y expuestos a las seducciones del arrianismo, sin encontrar junto a su obispo el apoyo y las luces que reclamaban peligros tan apremiantes. Su partida conmovió, en efecto, todos los corazones, y las lágrimas de su pueblo le dijeron, en un doloroso adiós, cuánto apego sentían por él en el fondo de aquella ciudad de Auvernia. No pudo dejarla sin amargos pesares, al pensar en sus infortunios y sus peligros.
Fue conducido fuera de su diócesis y relegado a una fortaleza que se encontraba en los confines de la Narbonense, a doce millas de Carcasona; se llamaba Livia y más tarde llevó el nombre de Campendu. Los días del exilio fueron amargos para Sidonio Apolinar. Encerrado en un calabozo oscuro, vigilado por guardias que tenían la misión de observar sus menores movimientos, sintió todos los males de la adversidad. El sol, al iluminar los muros de su casa, le hacía más sensible y cruel el recuerdo de aquella patria adoptiva que ocupaba constantemente sus pensamientos. Las noches pasaban entre largos suspiros arrancados por el temor a los males con los que quizás se abrumaba a su pueblo. La fe y la resignación los hicieron menos duros: fueron suavizados por las bellas letras, cuya compañía sigue a todas partes a quienes las cultivan.
Ya fuera porque Eurico consultara los intereses de su gloria, que podía sufrir por la persecución ejercida contra Sidonio, o porque considerara como un medio más apropiado para ganar a los pueblos de Auvernia el devolverles un obispo cuya liberación reclamaban con todos sus votos, hizo abrir las puertas de la torre de Livia. Su regreso fue saludado por unánimes transportes: ante la alegría que sentían, los arvernos comprendieron que habían recuperado a un salvador y a un padre. Su primer cuidado fue asegurarse por sí mismo de si sus pueblos no habían sufrido demasiado, en su ausencia, las rigores de una dominación bárbara, y si su fe no había sido quebrantada por los ataques de algunos falsos doctores que trabajaban para socavar en las almas la fe católica. Su corazón de obispo se dilató cuando vio que estos errores no habían hecho ningún progreso en su diócesis y que el celo de los novadores había fracasado ante el apego de los fieles a sus creencias. Comprendió, sin embargo, que la situación religiosa de Auvernia estaba llena de incertidumbres y que el deber de un obispo, en tales coyunturas, era contribuir, por todos los medios posibles, al apaciguamiento de los espíritus y al fortalecimiento de la verdad. Para cumplir tal misión, había combates que sostener, dificultades que vencer y pruebas que soportar. Sidonio tenía el corazón lo suficientemente grande como para no flaquear bajo el peso de esta tarea; no lo tenía lo suficientemente firme o duro como para no sentir las penas que le venían de una posición tan delicada.
Traición de los sacerdotes y castigo divino
Dos sacerdotes rebeldes, Honorio y Hermanchio, intentan destituirlo, pero Honorio muere repentinamente de una muerte que recuerda a la de Arrio.
Así pues, dedicaba a la oración la última etapa de su vida; y, para hacerse más propicios los juicios de Dios, borraba entre lágrimas y arrepentimiento las faltas cuyo recuerdo inquietaba su conciencia. Parece que, tras una administración tan dulce y prudente como la suya, debería haber terminado sus días en reposo. Dios, que ama probar a sus siervos para hacerlos más dignos de sus recompensas, permitió que sufriera contradicciones cuya amargura desoló el final de su episcopado.
Dos sacerdotes de su clero, apoyados sin duda por el partido arriano que él había combatido tan vigorosamente, se levantaron contra él y le hicieron sufrir los tratos más indignos. Se llamaban Honorio y Hermanchio. No contentos con haberle Honorius Emperador romano de Occidente que abolió los juegos de gladiadores tras la muerte de Almáquio. arrebatado el gobierno de su Iglesia, en menosprecio de la disciplina y de las leyes canónicas, dilapidaron sus bienes y no le dejaron para subsistir más que recursos de extrema escasez. Sidonio Apolinar aceptó este ultraje con resignación y demostró que si, en el más santo de los estados, se encuentran hombres lo suficientemente desgraciados como para deshonrarlo con sus vicios, siempre los hay lo suficientemente dignos como para elevarlo con sus méritos. La injusticia de la que fue víctima no fue de larga duración; la clemencia divina abrevió su curso. Un castigo, que no podía venir más que del cielo, golpeó a uno de los culpables y vengó a Sidonio, quien solo pensaba en sufrir y perdonar. Honorio, poco satisfecho de haber despojado a su obispo, llevó su audacia hasta querer expulsarlo de la iglesia: una vez decidido su plan, lo comunicó a algunos de sus partidarios la víspera del día en que pensaba cumplirlo.
Ahora bien, llegado el día siguiente, y habiéndose dado la señal de los Maitines, la gente se dirigía a la iglesia de Santa María para celebrar allí en coro las alabanzas divinas. Honorio se había levantado con hiel en el alma, decidido a cumplir el complot sacrílego que había tramado el día anterior. Dios lo detuvo en el momento en que, dirigiéndose a la iglesia, rumiaba esos negros pensamientos. Al entrar en un lugar secreto, allí exhaló su último suspiro. Su criado esperaba, con una luz en la mano, a que saliera: el día comenzaba a despuntar y Hermanchio, su cómplice, había enviado en su impaciencia a un mensajero con la orden de decirle: «Ven sin más tardar, para que ejecutemos lo que ayer acordamos». El cuerpo inanimado no daba respuesta. El criado abre la puerta y encuentra a su amo sin vida. El rumor de una muerte tan extraña se extendió de inmediato; y, como había ocurrido en las mismas circunstancias que la de Arrio, no se dudó en decir que Dios había querido castigar el mismo crimen con el mismo castigo. No se puede, en efecto, dudar, dice Gregorio de Tours, que no haya crimen de herejía allí donde, en la Iglesia, no se obedece al sacerdote de Dios, a quien ha sido confiada la conducción del rebaño, y donde uno se entromete en un poder que no ha recibido ni de Dios ni de los hombres.
La persecución que Sidonio había sufrido cesó, y el sacerdote cismático que quedaba, Hermanchio, se vio obligado a ocultar su crimen y su vergüenza ante el gran número de aquellos que proclamaban la inocencia de su obispo. Sidonio retomó en paz el curso de su administración, en medio de la satisfacción general de su diócesis, donde todos los fieles, sin distinción, le deseaban una larga y feliz vejez.
Últimos instantes y culto
Sidonio muere en 489 tras haber designado a Aprúnculo como sucesor; sus reliquias fueron veneradas durante mucho tiempo en Clermont.
Auvernia, tan agitada durante tanto tiempo por temores continuos, había encontrado un poco de calma en los últimos años de su pontificado. La Iglesia proseguía allí sin trabas su misión civilizadora; las basílicas se edificaban en mayor número en las ciudades y los municipios; los monasterios recibían bajo sus claustros pacíficos a un mayor número de cenobitas, y el arrianismo, perturbado en su celo de propaganda por la vigilancia del pastor, no arrojaba ya, al lado del druidismo galo y del politeísmo romano, más que pálidos destellos que presagiaban su próxima decadencia. Se amaba la religión al verla honrada por las brillantes cualidades de Sidonio, y su autoridad paternal, al imponerla, hacía su práctica más dulce y más fácil. Su actividad, a pesar del peso de los años que comenzaba a hacerse sentir, respondía a las necesidades de su vasto diócesis. Si a veces la enfermedad o la multiplicidad de los asuntos detenía los ardores de su celo, se descargaba de una parte de sus cuidados en Aprúnculo quie n, llevad Apruncule Sucesor de Sidonio Apolinar en la sede de Clermont. o a Auvernia por la persecución y el exilio, pagaba allí generosamente su deuda de hospitalidad, dedicándose a ella.
Se podía, pues, esperar aún días mejores: no era una ilusión creer que, gracias a las luces y a la sabiduría de Sidonio, la religión continuaría extendiéndose y floreciendo. Pero Dios reservaba a la iglesia de Auvernia una cruel prueba, al abreviar esta vida sobre la cual reposaban tan queridas esperanzas. Sidonio Apolinar fue presa de una grave enfermedad, y la fiebre, redoblando en violencia, puso pronto sus días en peligro. No se disimuló en absoluto la gravedad de su mal, y temiendo más las consecuencias que los horrores de la muerte, empleó los últimos instantes de su vida en morir bien. Su fe se despertó con un nuevo ardor, y el temor a los juicios eternos, apoderándose de su alma con un saludable espanto, resolvió prevenirlos mediante una nueva expiación. Preparado para esta partida de la vida por estas ideas cristianas que le mostraron tan a menudo su brevedad y su nada, se regocijó, como los Santos, al ver que sus cadenas iban a romperse y su exilio a terminar. El deseo de entrar pronto en la patria celestial le hizo concebir el de morir al pie de los santos altares, donde el pensamiento de Dios, hecho más familiar, lo arrancaría más pronto de la tierra, y le haría más sensibles la gloria y las recompensas de las que esperaba disfrutar.
Según los deseos que había expresado a los suyos que le rodeaban con sus cuidados y su devoción, Sidonio Apolinar fue trasladado a la iglesia de Santa María. Apenas fue depositado sobre un lecho que se había preparado cerca del altar, una multitud de hombres, mujeres y niños acudió allí para rendir al venerable enfermo los deberes de su piedad y de su reconocimiento. Al ver tendido, en el atrio del templo, a aquel que había sido el apoyo de los débiles y de los pobres, y al ver desfallecer esas miradas de donde habían brotado sobre ellos destellos de amor y de verdad, no pudieron contener la emoción que los oprimía. Los sollozos traicionaron su dolor, y no los interrumpieron sino para hacer oír despedidas desgarradoras. Allí, en ese recinto donde, después de catorce siglos, creemos aún verlos y oírlos, decían: «¿Por qué nos abandonáis, buen pastor? ¿A quién nos dejáis como huérfanos? ¿Cuál será nuestra vida después de vuestra partida? ¿Habrá en adelante alguien para dispensarnos con tanto cuidado la sal de la sabiduría? ¿Quién nos llevará con la misma prudencia al temor del nombre del Señor?»
Estas palabras y otras resumían esta vida edificante y útil que no supo, en el episcopado, más que dedicarse a la felicidad de los demás. Era ya una oración fúnebre, pronunciada en medio de las lágrimas de un pueblo consternado sobre una tumba que iba a abrirse; pero más fuerte y más elocuente que un discurso estudiado, hacía también conocer mejor la pérdida que pronto tendrían que deplorar la ciudad y la Iglesia de Auvernia.
Conmovido por los pesares que la vista de su próxima muerte arrancaba a su rebaño, Sidonio Apolinar quiso, incluso en sus últimos momentos, proveer a su salvación, dejándole un pastor capaz de continuar su obra. Había notado en Aprúnculo una mezcla de firmeza y de prudencia, tal como se necesitaba para gobernar la Iglesia de Auvernia en estos tiempos difíciles que atravesaba la Galia cristiana. Ahora bien, mientras, todo conmovido por los sollozos y las despedidas de su pueblo, buscaba en su espíritu quién podría administrar con más ventaja sus intereses espirituales, se volvió hacia la multitud que lo rodeaba; y, como si el Espíritu Santo hubiera tocado su corazón y sus labios, interrumpió los sollozos, diciendo: «No temáis nada, oh pueblos míos; mi hermano Aprúnculo vive aún, él será vuestro obispo». El pueblo, que había contenido sus gritos y sus lágrimas, a fin de recoger mejor las palabras supremas de un padre tan tiernamente amado, no supo al principio lo que decía, y creyó que hablaba en éxtasis. Esta profecía debía, sin embargo, cumplirse, puesto que después de la muerte de Sidonio, Aprúnculo fue elegido para sucederle.
La iglesia permaneció invadida por la multitud, sin que se pudiera arrancarla de ese lecho fúnebre junto al cual venía a exhalar sus quejas y su dolor. Tanto amor debería haber retenido en la vida a aquel que era su objeto. Sidonio Apolinar no pudo resistir a la violencia de su mal. Mezcló una oración suprema a su último suspiro, y exhaló en medio de su pueblo y de su familia, para una vida mejor, esta vida terrenal, que había llenado de méritos y de devoción. Murió bajo el imperio de Zenón, hacia el año 489, el 23 del mes de agosto, día en el que se celebra su fiesta, y en el que figura en el martirologio romano.
La noticia de esta muerte apenas se difundió en la ciudad de Auvernia, cuando cada uno acudió a la basílica de Santa María, para ver y besar una última vez los restos del santo obispo. Ya, bajo el imperio de una veneración tan legítima como general, los colocaban entre esos restos preciosos de san Lorenzo, de san Austremonio, de los santos Agrícola y Vital que componían la riqueza sagrada de los altares y del templo. Las lágrimas no se agotaban, al recuerdo de esta memoria consagrada por tantas virtudes cuyo relato pasaba de boca en boca, en medio de la consternación de los fieles. Si unos lloraban a un amigo, otros lamentaban a un padre, los afligidos perdían un apoyo, los pobres gemían por la muerte de un bienhechor.
En la ciudad entera, se recordaban con una voz común las virtudes del obispo y las cualidades del ciudadano. Todos repetían lo que había habido de sabiduría en su conducta, de dulzura y de vigilancia en su administración, de inteligencia y de devoción en la dirección espiritual y civil del país. Al contar sus años, se encontraba su vida demasiado corta: al pensar en sus méritos, se la encontraba larga y santamente llena.
CULTO Y RELIQUIAS. — SUS ESCRITOS.
La iglesia de San Saturnino, donde fueron conservados los restos de Sidonio Apolinar, estaba en los alrededores de Clermont, al sur de esta ciudad, más allá de los jardines de Rabonesse y del cementerio del hospital, a la izquierda del camino que conduce a Renonnoot, en medio del territorio de los Piats, y cerca de las rocas conocidas bajo el nombre de San Amandino. La iglesia de San Saturnino subsistía aún en el siglo décimo. Cuando, más tarde, hubo sido destruida por la desgracia de las guerras, se trasladaron las reliquias de Sidonio Apolinar a la basílica de San Ginés. Se hacía la memoria de esta traslación el 11 de julio. Sus huesos estaban encerrados en una urna que se veía a la derecha del altar principal. Varias otras iglesias le disputaban el honor de poseer algunos restos de Sidonio Apolinar. La iglesia catedral guardaba preciosamente en sus ricas y sagradas joyas, donde veneraba el inmortal polvo de sus primeros pontífices. Su culto se ha perpetuado tan constantemente en la parroquia de Aydat, que ciertos historiadores han creído que había sido sepultado allí. Las iglesias de Orcival y de Vertaizon tenían la misma ventaja.
El tiempo y las revoluciones no han respetado los restos de Sidonio Apolinar. Las iglesias que protegían su culto y fueron turno a turno las depositarias de sus cenizas, han desaparecido del suelo. Desde hace muchos siglos, la iglesia de San Saturnino no existe más: solo las rocas de San Amandino perpetúan su recuerdo. La basílica de San Ginés no existe más; no se ve más que una plaza que ha conservado el nombre. En la Revolución, la urna de san Sidonio desapareció. La iglesia de Auvernia no puede ya sin duda venerar las reliquias del santo Pontífice, pero no ha cesado de incluirlas en los homenajes públicos que rinde a sus mártires y a sus santos. Durante mucho tiempo celebró su fiesta el 23 de agosto, bajo el rito doble menor: hoy la celebra el 11 de julio, bajo el rito doble.
Tenemos de san Sidonio Apolinar una colección de poesías que contiene veinticuatro poemas sobre diferentes temas, y nueve libros de cartas. Los principales de sus poemas son los panegíricos de los emperadores Avito, Mayoriano y Antemio. Sus versos anuncian que tenía facilidad y talento para la poesía. Se aplicó menos a pulirlos cuando se hubo convertido en obispo. Sus pensamientos son ingeniosos y delicados; su estilo es apretado, vivo y agradable; pero se nota en él a veces afectación e hinchazón. Emplea expresiones que muestran que en su tiempo la lengua latina había degenerado de su pureza primitiva. Su imaginación es brillante, y sobresale en las descripciones.
En 1609, Savaron publicó sus obras con doctos comentarios, en un volumen en 4°, en París. En 1622, el Padre Sirmond dio otra edición mucho más completa, que enriqueció con nuevas notas, en un volumen en 4°; esta edición fue insertada en la colección de las obras del Padre Sirmond, impresas en 1696.
Hemos extraído esta biografía de la Historia de san Sidonio Apolinar y de su siglo, por el abad Chaix; de la Historia literaria de Francia, por Dom Rivet. — Cf. Tillemont; Godescard; la Historia de la Iglesia, por el abad Darras; Dom Ceillier.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Nacimiento en Lyon hacia 430
- Matrimonio con Papianilla, hija del emperador Avito
- Prefecto de Roma y del Senado
- Elección a la sede episcopal de Auvernia en 472
- Defensa de Auvernia contra los visigodos de Eurico
- Exilio en la fortaleza de Livia (Campendu)
- Cisma de los sacerdotes Honorio y Hermanchio contra él
Milagros
- Muerte súbita y extraña del sacerdote Honorio percibida como un castigo divino
- Profecía en su lecho de muerte designando a Aprúnculo como su sucesor
Citas
-
Ignoro si es una dicha aspirar a la condición de los grandes y de los príncipes, pero lo que es seguro es que es una desgracia llegar a ella.
Sidonio Apolinar -
Si soy un clérigo nuevo, soy un viejo pecador.
Carta a Eufronio