30 de agosto 17.º siglo

Santa Rosa de Santa María

de Lima

Religiosa de la Tercera Orden de Santo Domingo

Fiesta
30 de agosto
Fallecimiento
24 août (jour de la Saint-Barthélemy), à l'âge de 31 ans et quelques mois (naturelle)
Época
17.º siglo
Lugares asociados
Lima (PE) , Canta (PE)

Santa Rosa de Lima es la primera santa del Nuevo Mundo. Miembro de la Tercera Orden de Santo Domingo, llevó una vida de austeridades extremas y oración mística en una ermita doméstica. Es famosa por su dedicación a los pobres y su fidelidad absoluta a su voto de virginidad.

Lectura guiada

10 seccións de lectura

SANTA ROSA DE SANTA MARÍA O DE LIMA,

RELIGIOSA DE LA TERCERA ORDEN DE SANTO DOMINGO.

Vida 01 / 10

Juventud y vocación precoz

Desde su infancia, Rosa manifiesta un espíritu de oración excepcional y consagra su virginidad a Dios a la edad de quince años.

Los cirujanos estaban muy asombrados y confesaban que aquello no podía suceder sin un milagro. Fue tan fuertemente prevenida por la gracia que, desde su infancia, tuvo espíritu de oración y se aplicó a él gran parte del día y de la noche. Apenas tenía quince años cuando consagró su virginidad a Dios.

Tuvo siempre una perfecta obediencia hacia sus padres; pero sabía administrarla tan bien que la que debía a Dios nunca sufrió por ello. Su madre le ordenó un día que se pusiera una guirnalda de flores en la cabeza: ella obedeció, pero mezcló en ella una aguja que la hizo sufrir mucho. Así es como se comportaba en las cosas que denotaban vanidad o mundanidad, añadiendo siempre algunas mortificaciones para desviar el placer. En cuanto a las cosas de deber e incluso las indiferentes, la bienaventurada Rosa aportaba una obediencia ciega, pronta y general; esta obediencia no solo miraba a sus padres, sino que se extendía hasta la sirvienta de la casa, a quien respetaba como a su ama y a la que obedecía en todas las cosas con mucha alegría.

Con el fin de mantenerse en una completa dependencia, resolvió no tomar por sí misma nada de lo necesario para su trabajo diario; iba, pues, cada mañana, a pedir a su madre que le entregara los materiales y los instrumentos que necesitaba. Esta, molesta por una importunidad que le parecía ridícula, la recibió un día con ira y le dijo gritando: «¿Pretendes acaso constituirme tu sirvienta? Deseo que de ahora en adelante me dejes tranquila y te proveas tú misma de tus necesidades». «Perdóneme, madre mía», respondió la joven virgen, «quería unir al mérito de mi trabajo el de mi dependencia, y pagarle cada día el tributo de mi respeto filial; trataré en adelante de poner más discreción en mi obediencia».

Vida 02 / 10

Devoción hacia sus padres

Ante la pobreza de su familia, trabaja incansablemente como costurera y jardinera mientras cuida a sus padres enfermos.

Como sus padres habían caído en la necesidad, empleó toda su industria para tratar de socorrerlos. Pasaba una parte de la noche trabajando con la aguja, en lo cual era muy hábil, y durante el día cultivaba un pequeño jardín, a fin de alimentarlos con la ganancia que podía obtener. Cuando estaban enfermos, los asistía con una asiduidad increíble: estaba sin cesar a su cabecera, pasaba allí los días y las noches, y no los dejaba, a menos que fuera arrancada por la necesidad de prestarles algún otro servicio; les hacía la cama, preparaba todos sus remedios y les brindaba todo tipo de asistencias, incluso en las cosas más humildes y desagradables.

Conversión 03 / 10

El rechazo del mundo y del matrimonio

A pesar de su belleza y de las presiones familiares para casarla, ella elige afearse y unirse a la Tercera Orden de Santo Domingo.

Rosa de Santa María Rose de Sainte-Marie Primera santa del Nuevo Mundo, virgen dominica. tenía todo lo necesario para agradar al mundo: una belleza poco común, un juicio exquisito, un carácter muy dulce, un corazón excelente, hábitos atentos y llenos de cortesía. Estas cualidades fueron la causa de que su madre pensara desde muy pronto en casarla, y le hicieron creer, con justa razón, que le procurarían una alianza ventajosa; sin embargo, tal no era su vocación. Su inclinación la llamaba desde hacía mucho tiempo a la Tercera Orden de Santo Domingo, y la habría seguido muy pronto si su madre no se hubiera opuesto. Mientras tanto, no había descuidado nada para terminar su esclavitud; con este propósito se había cortado el cabello, descoloraba y adelgazaba su rostro mediante el ayuno, huía de las miradas de los hombres y ocultaba su belleza bajo ropas toscas. Durante los cuatro años que sus padres vivieron en Canta, ella nunca salía, ni siquiera para pasear por un jardín delicioso que lindaba con los muros de la casa paterna. Todas sus precauciones no la sustrajeron, sin embargo, como ella pretendía, a la atención pública; varios jóvenes, encantados por su virtud y sus cualidades exteriores, pensaron en pedirla en matrimonio a sus padres.

Uno de ellos, habiendo manifestado su deseo a su madre, esta se sintió tanto más encantada de ver en él esta inclinación, cuanto que era conforme a sus propios pensamientos. Entrando pues, con ardor, en las miras de su hijo, se apresuró a ir a tratar este asunto con la madre de la joven. Esta propuesta fue acogida como un beneficio de Dios, y el asunto concluido, mediante la ratificación por parte de Rosa; pero ese era precisamente el punto de la dificultad.

La santa joven, ligada desde hacía mucho tiempo por un voto perpetuo de virginidad, no tuvo el valor de descubrir su secreto a su madre; pero le hizo saber su repugnancia por el estado que le proponían, y le rogó que respondiera negativamente. Este rechazo levantó contra ella una tormenta terrible; toda su familia emprendió la tarea de arrancarle, por la violencia, un consentimiento que ella no quería dar voluntariamente. En consecuencia, ya no le hablaron más que con tono de ira; la abrumaron con reproches e injurias; llegaron incluso a los tratos más ignominiosos. Sin embargo, sostenida por santa Catalina de Siena, a quien había tomado, desde su infancia , como su protectora y en sainte Catherine de Sienne Santa dominica italiana, modelo y protectora de Rosa. cuyos brazos se había refugiado durante esta tempestad, la santa joven persistió en su resolución de no tener otro Esposo que Aquel que ella se había elegido.

Vida 04 / 10

La ermita doméstica y las virtudes

Se instala en una pequeña ermita dentro de la casa familiar, compartiendo su tiempo entre el trabajo manual y la contemplación rigurosa.

Con el consentimiento de su famili a, el Padre Alfonso Vel Père Alphonse Velasquès Confesor de santa Rosa. ásquez, su confesor, le dio solemnemente, en la capilla del Santo Rosario, el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo que ella había deseado durante tanto tiempo y con tanto ardor. Con el consentimiento de su madre, se hizo construir una pequeña ermita en su casa, donde solo pensaba en vivir de tal manera que ninguna parte de su tiempo transcurriera sin fruto. Todas las horas del día estaban repartidas entre el trabajo manual y el santo ejercicio de la oración, y la mayor parte de las noches estaba consagrada a la contemplación. Se dedicó entonces con más fervor que nunca a la práctica de las virtudes más rigurosas del cristianismo. Su humildad era sorprendente: solo se ocupaba de las tareas más viles de la casa, dejando los otros empleos a la sirvienta; sufría con extrema paciencia los ultrajes que le hacían sus padres por la vida retirada que llevaba; atribuía a sus pecados todas las desgracias que ocurrían en su familia; rechazaba todas las alabanzas que le daban, e incluso se imponía rudas penitencias cuando la habían aplaudido, para detener la complacencia que pudiera sentir por ello; ocultaba tanto como podía sus enfermedades, por miedo a ser aliviada. Cuando se confesaba, era con una abundancia de lágrimas, gemidos y suspiros que la habrían hecho pasar fácilmente por una mujer libertina y cargada de todo tipo de crímenes, si todos no hubieran estado persuadidos de su inocencia.

Vivía con tanta reserva que nunca se le oyó pronunciar una palabra más alta que otra, ni que testificara que encontraba algo que criticar en la conducta y las acciones de quien fuera. Su carácter dulce y afable la hacía amable: todo el mundo decía que era inapropiado que le hubieran dado el nombre de Rosa, porque no tenía las espinas de esta. Su caridad hacia el prójimo era general: parecía que esta reina de las virtudes era el alma que la hacía actuar y que animaba sus palabras, sus acciones y toda su vida.

Con esto, estaba tan desapegada de las criaturas y tan insensible a todas las satisfacciones de la tierra, que llegó en poco tiempo a una pureza de corazón que no cedía en nada a la de los ángeles; pues, durante los treinta y un años que vivió en la tierra, nunca cometió un pecado venial en materia de impureza, e incluso, lo que roza el milagro, nunca fue atormentada por pensamientos peligrosos al respecto, de los cuales las santas más queridas y favorecidas por Dios no estuvieron exentas. Once religiosos sabios, seis de la Orden de Santo Domingo y cinco jesuitas, que escucharon varias veces sus confesiones generales, lo han declarado jurídicamente y bajo juramento.

Teología 05 / 10

Austeridades y mortificaciones

Rosa se impone suplicios físicos extremos, incluyendo ayunos severos, cadenas de hierro y una corona de espinas oculta.

El amor a la Cruz fue tan ardiente en el alma de esta bienaventurada, que se procuró todas sus amarguras, siguiendo el ejemplo de santa Catalina de Siena, de quien quería ser copia tanto como hija espiritual. Desde su infancia, se abstuvo de comer toda clase de frutas, que son excelentes en el Perú. A la edad de seis años, comenzó a ayunar tres días a la semana a pan y agua. A los quince años, hizo voto de no comer nunca carne, a menos que fuera obligada por quienes tenían autoridad sobre ella; su madre, al no poder soportar este género de vida, la obligaba a sentarse a la mesa con los demás; Rosa obedecía, pero sabía prevenir toda satisfacción mezclando siempre algo amargo a lo que comía, como ajenjo y otras hierbas silvestres; e incluso tenía siempre un vaso lleno de hiel de oveja, con el cual rociaba lo que le servía de alimento, y con el que se lavaba todos los días la boca desde la mañana, en memoria de aquel con el que el Salvador fue abrevado en el árbol de la cruz: de modo que uno se pregunta si no sufría más comiendo que absteniéndose de comer. Su ayuno era tanto más difícil y riguroso cuanto que no hacía en veinticuatro horas más que una sola comida de un trozo de pan y un poco de agua. Durante toda la Cuaresma, se privaba del uso del pan, contentándose con algunas semillas de naranja, que reducía a cinco todos los viernes de esta cuarentena. Se la vio contentarse con un pan y un poco de agua durante cincuenta días: otra vez permaneció siete semanas enteras sin beber, a pesar de los calores insoportables del país; y, al final de su vida, pasó bastante a menudo varios días sin beber ni comer.

Aunque su cuerpo estaba muy debilitado y reseco por tantos ayunos, esto no le impedía ejercer sobre sí otras austeridades casi increíbles. Las disciplinas ordinarias eran demasiado suaves para ella; se hizo una de dos cadenas de hierro, con las que se azotaba todos los días hasta sangrar, y particularmente cuando lo hacía por la conversión de los pecadores. Su confesor, al ser advertido de la manera despiadada con la que se trataba, le prohibió seguir usando una disciplina tan ruda: ella obedeció, pero solo fue para cambiar de suplicio, pues se hizo, con esa cadena de hierro, un cinturón de tres filas, y lo apretó tan fuerte sobre sus riñones, que se le incrustó profundamente en la carne; no pudo, después, retirarlo sino con un dolor extremo y una gran efusión de sangre.

El cilicio que llevaba estaba tejido de crin de caballo, y le descendía desde los hombros hasta las muñecas y las rodillas; pero, para hacerlo más rudo, lo armó además con una infinidad de puntas de agujas por debajo; acechaba la ocasión en que se cocinaba en casa de sus padres, y, cuando no podía ser vista por nadie, presentaba a la boca del horno, donde el calor es más violento, la planta de sus pies, la única parte de su cuerpo sin heridas, permaneciendo constantemente en este suplicio voluntario hasta que el dolor le hacía desfallecer el corazón.

Como era santamente insaciable de tormentos, se servía aún de otro estratagema para hacerse sufrir. Desde su más tierna infancia, se hizo una corona de estaño, y, habiéndole atado cantidad de pequeños clavos puntiagudos, se la puso sobre la cabeza y la llevó varios años sin que nadie se percatara. Algunos años después, se hizo otra de una lámina de plata, en la cual fijó tres filas de puntas de hierro agudas, cada una de treinta y tres puntas, en honor a los treinta y tres años que el Hijo de Dios vivió en la tierra, lo que sumaba en total noventa y nueve. La llevó en este estado durante largos años, con dolores increíbles, porque esas puntas le hacían otros tantos agujeros. Así, afligía todas las partes de su cuerpo, y se hizo tan semejante a Jesucristo crucificado, que se podía decir de ella lo que la Escritura ha dicho de este Varón de dolores: *A planta pedis usque ad verticem non est in eo sanitas*: «No hay en su cuerpo, desde la planta de los pies hasta lo más alto de la cabeza, miembro ni parte que no tenga su dolor y su tormento particular».

Su lecho fue siempre el más duro y doloroso que le fue posible; pero aquel sobre el cual durmió más tiempo estaba hecho en forma de cofre, lleno de trozos de madera rugosa y tejas rotas, cuyas puntas le desgarraban todo el cuerpo; su almohada no era más que una piedra grande también toda rugosa. Esta rigurosidad insoportable hace ver suficientemente que este lecho era más capaz de hacerla sufrir y de impedirle el sueño, que de procurarle descanso. Sin embargo, esta invencible amante de la Cruz se había reducido además a dormir solo dos horas, y muy a menudo no las dormía completas. Disponía de tal manera el resto del tiempo, que pasaba doce horas, tanto del día como de la noche, en una perpetua aplicación de su espíritu a Dios mediante la oración, y, las diez restantes, las empleaba en trabajar con la aguja, o en otras labores, para subvenir a las necesidades de su familia. Si el sueño venía a sorprenderla en esos momentos, ejercía sobre sí nuevas rigurosidades para triunfar sobre sus ataques.

Milagro 06 / 10

El matrimonio místico

En la capilla del Rosario, Cristo se le aparece y la toma oficialmente por esposa, una unión confirmada por la Virgen María.

El amor que la bienaventurada Rosa tenía por su Dios, y su disgusto por la criatura, eran tan poderosos que, para evitar todas las complacencias y las conversaciones del mundo, a menudo se desfiguraba el rostro y se ponía en estado de no recibir ni devolver visitas. Su madre, que vio bien que esta sangrienta conducta era premeditada, resolvió no llevarla más consigo; incluso le permitió, como hemos dicho, hacer una pequeña ermita en el jardín de su casa, para vivir allí separada de cualquier otro trato que no fuera con su Dios. Fue en esta querida soledad donde, uniéndose cada vez más a Jesucristo mediante una oración continua, tanto en el tiempo del trabajo como en el de la oración, mereció que Nuestro Señor se uniera a ella a su vez, ya no de una manera invisible y oculta, sino por vías totalmente sensibles y caricias llenas de esplendor y gloria. Pues, un día que estaba absorta en Dios, en la capilla del Rosario, en la iglesia de los Padres Dominicos, este adorable Salvador, que quería tenerla por su Amante y por su Esposa, se le apareció y, después de haber vertido en su alma un torrente de alegrías y delicias, le dijo: «Rosa de mi corazón, te tomo por mi Esposa». La Santa, arrebatada por esta bondad, pero sintiéndose por otra parte indigna de una alianza tan ilustre, respondió con profundo respeto: «He aquí, mi Dios, a su sierva, es la única cualidad que merezco. Llevo en el fondo de mi alma caracteres demasiado visibles de servidumbre y esclavitud para merecer el nombre y el rango de su Esposa». Entonces la Santísima Virgen, para prevenir en ella todo temor de ilusión, le aseguró la verdad de este misterio con estas obligantes palabras: «Rosa, la bienamada de mi Hijo, tú eres ahora su verdadera Esposa». Desde aquel bienaventurado día, esta fiel amante sintió su corazón abrasado por nuevas llamas; y, como renovó el fervor de sus oraciones para hacer siempre más perfecta la unión que tenía con su divino Esposo, este llegó finalmente a estar tan íntimamente presente en todas las potencias de su alma, que ella no podía desviar su pensamiento, aunque hubiera querido expresamente aplicarlo sobre algún otro objeto.

Milagro 07 / 10

Tentaciones demoníacas y consolaciones

Durante quince años, sufrió atroces tormentos demoníacos antes de recibir visitas celestiales de su ángel de la guarda y de santa Catalina de Siena.

El demonio, siempre envidioso de la felicidad de los amigos de Dios, no dejó de interrumpir un gozo tan encantador con espantosas tentaciones; atormentó a esta gran Santa durante quince años, una hora y media al día, con tanta violencia que sufría, en cierto modo, las mismas penas que las almas padecen en el purgatorio. Durante esta furiosa tempestad, no podía pensar en Dios y sentía desolaciones, abandonos y sequedades insoportables; los espíritus de las tinieblas llenaban su imaginación con espectros tan horribles que, cuando sentía acercarse la hora de sus penas, temblaba con todo su cuerpo y se veía obligada a rogar a su querido Esposo que la dispensara de beber ese cáliz. A veces, la tentación era tan violenta que la habría hecho caer en la desesperación y le habría dado mil veces el golpe de la muerte, si Dios no la hubiera sostenido con su gracia extraordinaria.

Esta conducta pareció tan extraña a todos que fue examinada por los más famosos teólogos de la Universidad de Lima; pero, tras todos los interrogatorios que ju zgaron oportuno ha Université de Lima Capital del Perú y lugar principal de vida del santo. cerle, testificaron que no había ninguna ilusión en su estado y que sus penas eran una prueba de Dios, quien quería mantenerla en la humildad y disponerla a una eminente perfección, mediante una conducta llena de tinieblas y sufrimientos.

Es verdad, sin embargo, que cuando salía de esta tormenta, recibía consolaciones interiores que le hacían olvidar todas sus rigurosidades. El Hijo de Dios se hacía a menudo visible a sus ojos, la honraba con su familiaridad y la admitía a privacidades que eran como deliciosos anticipos de la felicidad que le preparaba en el cielo. Unas veces la aliviaba sensiblemente en una enfermedad, otras la consolaba y fortalecía en una aflicción, otras le testimoniaba el exceso de su amor mediante conversaciones llenas de benevolencia y ternura, y otras le prodigaba caricias totalmente santas, tales como las que el Espíritu Santo nos describe en el Cantar de los Cantares. La Santísima Virgen, que era su poderosa protectora, la favorecía también muy a menudo con sus visitas, a fin de darle los auxilios que le eran necesarios para avanzar en la virtud. Su ángel de la guarda le hacía aún el mismo favor y se rebajaba hasta prestarle visiblemente mil pequeños servicios. Finalmente, la bienaventurada Rosa tuvo tan frecuentes conversaciones con santa Catalina de Siena, quien le había sido dada por Dios como maestra, que los rasgos del rostro de esta virgen seráfica pasaron pronto al suyo, como ocurrió con Moisés, quien fue transformado en Dios tras el encuentro que tuvo con Él en la montaña; se le parecía tan perfectamente que todo el pueblo del Perú, que tenía su imagen ante los ojos, tomaba a Rosa por una segunda santa Catalina de Siena.

Misión 08 / 10

Caridad y defensa de la ciudad

Se dedica a los pobres y a los enfermos, y demuestra un valor heroico al proteger el tabernáculo durante una amenaza naval holandesa.

No nos asombramos ya si, después de tantas dulzuras y comunicaciones celestiales, se volvió más que nunca insensible a todos los placeres y a todos los consuelos de la tierra, y si tuvo siempre una paciencia invencible en las persecuciones, en las enfermedades y en las otras penas. Casi no hay enfermedad de la que no haya sido atormentada: la angina, el asma, el mal de estómago y de pecho, y la ciática son las que más la trabajaron; pero, en medio de todos estos males, decía ordinariamente estas palabras: «¡Oh buen Jesús, que vuestra voluntad sea cumplida! No pido más que el aumento de mis sufrimientos, con tal que al mismo tiempo aumentéis en mí las llamas de vuestra santa dilección».

Este gran amor que tenía por Dios era seguido de un celo tan ardiente por su gloria, que no escatimaba nada para procurarle sin cesar nuevos amantes; trabajaba en ello, a veces por sus discursos llenos del fuego de la caridad, a veces por sus oraciones y por sus lágrimas, y otras veces por grandes milagros que obtenía del cielo para hacer triunfar tan buen designio. Este mismo amor la llenaba de compasión por los pobres y por toda clase de desgraciados. No había nada que no hiciera para aliviarlos. Acogía en su casa a mujeres y jóvenes enfermas, a quienes prodigaba todos sus cuidados; las atendía con premura, hacía sus camas, curaba sus heridas, preparaba sus remedios y les prestaba todas las demás asistencias que necesitaban en ese estado.

No se puede hablar con suficiente dignidad de su devoción al santísimo sacramento del altar. Comulgaba ordinariamente tres veces por semana y a veces más a menudo, según lo juzgaban oportuno sus directores; pero no lo hacía sin disponerse mediante alguna austeridad particular, por el ayuno, por la oración, y principalmente por el sacramento de la penitencia, al cual nunca se acercaba sino con una sincera contrición de corazón. Era en esto muy diferente de ciertas personas que solo se confiesan por costumbre, y no aportan a este venerable sacramento ni dolor, ni sentimiento de piedad, ni ningún verdadero propósito de romper sus malos hábitos, sobre todo ese humor colérico y agrio que las hace insoportables en sus familias; puesto que, al contrario, en los mismos días de comunión, y después de haber recibido a Nuestro Señor, se las ve más impacientes y más arrebatadas que en los otros días. No ocurría lo mismo con la bienaventurada Rosa: como sus disposiciones eran todas santas, salía siempre de la santa Mesa más dulce, más humilde y más modesta que antes, y tan llena de las llamas del divino amor, que el fuego que ardía en el fondo de su corazón se reflejaba en todas las partes de su cuerpo, y hacía su rostro resplandeciente y encendido.

He aquí un rasgo de su celo por este augusto misterio: un día, la flota holandesa apareció en las costas del Perú; se acercaba ya al puerto de Lima; todo el pueblo estaba aterrorizado y esperaba ver pronto la ciudad saqueada: Rosa sola permaneció intrépid a y, a pesar de la flotte hollandaise Amenaza naval contra Lima que Rosa enfrentó con oración y valentía. debilidad de su sexo, entró en la iglesia, se colocó en el escalón del altar y, animada por un valor que asombró a todos, se dispuso a defender el tabernáculo a riesgo de su vida, contra la furia de aquellos herejes. Poco tiempo después, vinieron a decirle que los enemigos habían levado anclas sin emprender nada; ella manifestó mucha alegría por su retirada, pero mostró un pesar extremo porque, decía, no había merecido sufrir el martirio por su querido Esposo, como lo deseaba en tan hermosa ocasión.

Vida 09 / 10

Últimos días y profecías

Dotada del don de profecía, predijo con precisión la fecha de su muerte y falleció a los treinta y un años tras una última enfermedad.

Tenía también una perfecta devoción hacia la Santísima Virgen y hacia su ilustre maestra, santa Catalina de Siena; les dirigía sin cesar sus votos y sus oraciones, con un fervor y unos modales del todo extraordinarios.

No era posible que, estando tan penetrada del espíritu de Dios, no sintiese siempre una gran confianza en su bondad y en sus misericordias: lo que hizo que nunca pudiera formar la menor duda: primero, de su salvación; segundo, de la amistad inviolable de Dios hacia ella, y que, recíprocamente, ella nunca se separaría de su amor; tercero, de su socorro todopoderoso en las necesidades y en los peligros donde pudiera haber necesitado de su protección, como lo experimentó en mil ocasiones diferentes.

Dios la honró también con el don de profecía; predijo a su madre que sería religiosa, no obstante su vejez, su pobreza y la poca disposición que tenía para la religión; lo fue efectivamente en un convento que la Santa aconsejó ella misma construir, fundada solo en la confianza que tenía de que Dios proveería todas las cosas necesarias para esta empresa. Predijo también el establecimiento de otro célebre monasterio de religiosas de la Orden de Santo Domingo, en la ciudad de Lima, y señaló quién sería la fundadora, la superiora y muchas otras circunstancias que estaban fuera de toda apariencia. Pero la más notable de sus predicciones fue la del lugar, el día y el momento mismo de su muerte, que declaró tan distintamente, que se hubiera dicho que los veía en Dios de la misma manera que han sido cumplidos desde entonces.

Se preparó para este bienaventurado tránsito, que debía ser el día de San Bartolomé, mediante el redoblamiento de sus oraciones, de sus ayunos, de sus vigilias y de todas sus austeridades. Finalmente, habiendo llegado a su trigésimo octavo año, cayó enferma al comienzo del mes de agosto, de una multitud de males muy contrarios. Los médicos que la vinieron a ver, después de haber examinado cuidadosamente su estado, confesaron que sus males estaban por encima de la ciencia humana, que había milagro en la unión de tantos accidentes incompatibles, y que era Dios quien los hacía subsistir en un cuerpo tan débil, a fin de hacer partícipe a esta esposa predestinada de los tormentos terribles de su pasión; así, como ella había previsto ella misma todas las penas que sufría, las padecía siempre con una paciencia y una resignación admirables, incluso en el tiempo en que redoblaban y que sus accesos eran más violentos, lo cual ocurría muy a menudo.

Tres días antes de su muerte, recibió el santo Viático y la Extremaunción, con disposiciones del todo celestiales. Para imitar perfectamente la humildad de Jesucristo, pidió perdón a todos los criados, con los ojos bañados en lágrimas, aunque nunca los había ofendido ni desobligado. Testimonió mil pesares a su madre por haberle sido tan gravosa durante su vida. Agradeció muy afectuosamente a don González, su protector, en cuya casa se había retirado en sus últimos años. Rezó por sus enemigos; y, sosteniendo un pequeño crucifijo en su mano, lo besaba sin cesar.

Tuvo arrobamientos, durante los cuales gustaba, por anticipación, las delicias del cielo. Y, dos horas antes de expirar, volviendo de un largo éxtasis, se volvió hacia su confesor y le dijo en confianza: «¡Oh, padre mío, cuánto tendría que decirle de la abundancia de los consuelos con los que Dios colmará a los Santos durante la eternidad! Me voy con una satisfacción de espíritu increíble, a contemplar el rostro de mi Dios, que he deseado poseer todo el tiempo de mi vida». El 24 de agosto, día de San Bartolomé, entregó su santa alma en manos de su Esposo, como lo había predicho, después de haber pronunciado dos veces estas palabras: «¡Jesucristo, estad conmigo!» Tenía entonces treinta y un años y algunos meses.

Varias personas tuvieron revelación de su muerte en el momento mismo en que expiró; varios conocieron también, por la misma vía, la gloria que poseía en el cielo; su rostro pareció tan hermoso después de su fallecimiento, que se estuvo mucho tiempo sin creer que hubiera muerto. La enterraron en el convento de los Padres Dominicos, con toda la pompa y la magnificencia que merecía esta ilustre Sierva de Dios. El arzobispo de Lima ofició; los miembros del cabildo llevaron su cuerpo una parte del camino, los magistrados y los principales de la ciudad lo llevaron después; y los superiores de las casas religiosas lo recibieron de manos de estos para llevarlo hasta la iglesia. Los milagros que se hicieron, por medio de este santo cuerpo, a la vista de todo el pueblo, atrajeron allí un concurso de gente tan grande, que se estuvo dos días sin poder enterrarlo. El ardor del pueblo por cortarle sus hábitos fue también tan obstinado, que se le dieron nuevos hasta seis veces.

Culto 10 / 10

Reconocimiento y milagros póstumos

Su fama se extiende a través de numerosos milagros, lo que lleva a su canonización en 1671 y a su título de patrona del Perú.

Como los milagros continuaban cada día más y más en la tumba de la bienaventurada Rosa, el Papa Urbano VIII inició, en el año 1630, comisiones apostólicas en el lugar para informar jurídicamente sobre ellos. Ciento ochenta testigos se presentaron ante ellos y declararon, en las formas acostumbradas, lo que habían visto.

Se encuentran en estas deposiciones una infinidad de conversiones sorprendentes de hombres y mujeres de todas las condiciones, que se habían realizado por los méritos de esta Esposa de Jesucristo en todo el reino del Perú. Se encuentra allí que, por su intercesión, Magdalena Tortez y Antonio Bran, muertos y enterrados, habían sido resucitados; que Isabel Durand, quien tenía un brazo seco y árido, había sido curada milagrosamente por el solo contacto de sus reliquias; que una gracia similar había sido concedida a una mujer negra, al tocar solamente su hábito; y que incluso el simple polvo de su tumba había curado, como cura todavía todos los días, a una infinidad de personas afligidas por todo tipo de enfermedades, fiebres, catarros, hidropesías, anginas y dolores de estómago, y que es muy favorable a las mujeres cuyo embarazo llega a su término. Fue beatificada en 1668 por el Papa Clemente IX. Al año siguiente, el mismo Pontífice le dio el título de patrona principal del Perú e hizo escribir su nombre en el martirologio. El Papa Clemente X puso a esta ilustre virge n en el Catálo pape Clément X Papa que extendió el culto de san Gonzalo a toda la orden dominicana. go de los Santos en 1671, y la Iglesia solemniza su fiesta el 30 de agosto.

Santa Rosa es patrona de Lima; se la representa sosteniendo un garfio que atraviesa por su tallo y sostiene por sus ganchos una ciudad que el mar rodea. Spes civitatis, se lee a veces debajo.

Varios autores han escrito su vida; la más amplia y exacta es la del R. P. Feuillet, religioso de la Orden de Santo Domingo de la Congregación de San Luis. La hemos seguido en este resumen. — Cf. Vida de santa Rosa de Lima, por el P. Leonardo Hansen, y el Año dominicano.

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Voto de virginidad a los quince años
  2. Ingreso en la Tercera Orden de Santo Domingo
  3. Construcción de una ermita en el jardín de sus padres
  4. Aparición de Cristo y de la Virgen llamándola 'Esposa'
  5. Predicción de la fecha exacta de su muerte
  6. Beatificación en 1668 por Clemente IX
  7. Canonización en 1671 por Clemente X

Milagros

  1. Curación de Élisabeth Durand mediante el contacto con sus reliquias
  2. Resurrección de Madeleine Tortez y Antoine Bran por su intercesión
  3. Retirada de la flota holandesa tras su oración ante el sagrario
  4. Don de profecía sobre su muerte y la fundación de conventos

Citas

  • Rosa de mi corazón, te tomo por mi Esposa Palabras de Cristo relatadas en el texto
  • ¡Oh buen Jesús, que se haga vuestra voluntad! No pido más que el aumento de mis sufrimientos, con tal de que al mismo tiempo aumentéis en mí las llamas de vuestro santo amor Palabras de Santa Rosa

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto