Nacido en Aviñón en el siglo VII, Agrícola se formó en la abadía de Lérins antes de convertirse en coadjutor y luego sucesor de su padre, san Magno, en la sede episcopal de Aviñón. Pastor celoso y constructor de iglesias, es famoso por haber librado a la ciudad de una peste causada por serpientes traídas por cigüeñas. Murió en el año 700 tras cuarenta años de episcopado, permaneciendo como el patrón principal de la ciudad papal.
Lectura guiada
8 seccións de lectura
SAN AGRÍCOLA, OBISPO DE AVIÑÓN
Orígenes y educación
Nacido en Aviñón hacia el año 630 de padres nobles y piadosos, Agrícola recibe una educación cristiana rigurosa centrada en el amor a Dios.
San Agrícola Saint Agricol Obispo de Aviñón en el siglo VII y santo patrón de la ciudad. nació en Aviñón hacia el año 630, bajo el pontificado del papa Honorio I y el reinado de Dagoberto I, rey de los francos. Tuvo por padr e a san Mag saint Magne Obispo y mártir, instructor de santa Secondina. no, a quien la tradición hace descender de los Albino, aquellos ilustres romanos que la belleza del clima atrajo a nuestras tierras, y a quienes la Provenza contó entre sus gobernadores. Magno desempeñó él mismo, con la mayor distinción, los primeros cargos del senado que existía en aquella época en esta ciudad. Pero su piedad añadía aún más brillo a sus funciones y a su nacimiento, puesto que, habiendo enviudado, fue llamado a ocupar la sede episcopal de Aviñón, y que, inmediatamente después de su muerte, fue puesto en el rango de los Santos. En cuanto a su madre, que nos aparece en l a historia Gandaltrude Madre de san Agricol, de origen galo. bajo el triple nombre de Gandaltruda, Angustadial o Austalial, era de origen galo; y, a juzgar por la unión que contrajo, debía ser también de antigua raza. Estos dos esposos ocupaban el primer rango en toda la comarca, donde el buen aroma de sus virtudes les había granjeado la estima y la consideración de todos.
San Agrícola, nacido de padres tan recomendables, debía ser llamado a altos destinos. La educación que recibió respondió a la ilustración de su nacimiento, y más aún a la piedad de quienes se la dieron. Los autores de sus días sabían que el primero y más esencial de sus deberes era educar cristianamente a su familia; por ello se aplicaron, con un cuidado muy particular, a imprimir desde temprana edad en el corazón de su hijo el temor y el amor de Dios, a enseñarle las verdades de nuestra santa religión, a hacerle gustar las máximas del cristianismo, a ejercitarlo, tanto como su edad podía permitirlo, en la práctica de los consejos evangélicos. No confiaron a nadie esta delicada misión, persuadidos de que la elevación de su posición no podía dispensarlos de una obligación de conciencia: a sus ojos, además, una educación cristiana era la herencia más preciosa que se podía transmitir a los hijos.
Dios bendijo su ternura y su solicitud. Tuvieron el consuelo de ver pronto desarrollarse en el joven Agrícola los gérmenes de santidad y la inclinación por el bien que habían hecho nacer en él, o que al menos habían fortalecido con sus lecciones y sus ejemplos. Sintieron, con la más dulce satisfacción, las bendiciones del cielo derramarse sobre él en abundancia, y previeron desde entonces cuáles serían en él los maravillosos efectos de estas gracias elegidas, con las que el Señor nunca deja de prevenir a aquellos a quienes destina a grandes cosas y a quienes hace nacer para la salvación de los demás. En efecto, las preciosas semillas de piedad arrojadas desde la cuna en un corazón tan bien dispuesto, no esperaron, para producir su fruto, el tiempo ordinario de la madurez. Se vio con asombro a Agrícola, aún en tierna edad, practicar virtudes que son ordinariamente el patrimonio del hombre hecho. Lleno de respeto por sus padres, honrando a Dios en su persona, mostraba una deferencia entera a sus consejos, una obediencia ciega a sus órdenes. No se notaba nada en sus acciones que recordara la ligereza de la infancia; se distinguía al contrario por la modestia y por la regularidad de su conducta. El temor del Señor parecía regular todos sus pasos; se negaba a los juegos inocentes y a las diversiones frívolas de las que los niños son naturalmente tan celosos; las prácticas de la religión constituían sus más queridas delicias, y su ardor reservaba todos sus impulsos para las obras de piedad. Su asiduidad en la iglesia no le impedía, sin embargo, dedicarse al estudio; servía al contrario de estímulo a su amor por el trabajo. Ayudándole Dios, adquirió así en las ciencias humanas conocimientos que, lejos de enorgullecerlo, lo hicieron más cuidadoso en cumplir los deberes que ellas le descubrían.
Retiro en la abadía de Lérins
A los catorce años, se une a la abadía de Lérins donde se distingue por su ascetismo, su obediencia a la regla de san Benito y sus estudios teológicos.
El Señor, que lo guiaba de la mano, por así decirlo, y que quería ser el único director de su alma inocente, le dio desde muy temprano el gusto por la soledad, para hablarle en el secreto del corazón. En efecto, el bienaventurado niño apenas alcanzaba su decimocuarto año cuando, cediendo al impulso del Espíritu Santo, se arrancó valientemente de la ternura de sus allegados, del afecto de sus amigos, y se retiró a la abadía de Lérins, situada en la i abbaye de Lérins Monasterio devastado por los sarracenos. sla de Planasia, en las costas île de Planasia Antiguo nombre de la isla de San Honorato (Lérins). de Provenza, casi frente a Cannes y en los alrededores de Antibes. Allí encontró maestros consumados en la vida espiritual; y, bajo sus ojos, formado por sus manos, fue capaz en poco tiempo de caminar a pasos de gigante en los caminos de la perfección.
Es muy difícil hacerse distinguir entre las personas que han alcanzado ellas mismas el apogeo de la santidad; hay que tener para ello un mérito extraordinario. Fue, sin embargo, en medio de estos ángeles de la tierra, «cuya conversación estaba toda en los cielos», que la virtud del joven Agrícola brilló con un vivo resplandor. Se admiraba su pureza, su modestia, su caridad, y sobre todo su fidelidad a la regla en las más pequeñas de sus prescripciones. Apenas se podía comprender cómo, siendo tan joven, se hubiera hecho dueño de los movimientos de su corazón, hasta el punto de borrar de él incluso el recuerdo de los años que había pasado en el mundo; y se consideraba como un verdadero prodigio que pudiera, antes de la edad determinada por la Iglesia, y a pesar de la delicadeza de su complexión, hacer no solo las abstinencias a las que todos los cristianos están obligados, sino también aquellas que san Benito prescribe a sus discípulos.
Entraba entonces apenas en su adolescencia, y ya el perfume de sus virtudes embalsamaba todo el monasterio y la isla entera. Todas las miradas se posaban sobre él; su nombre estaba en todas las bocas, y había cautivado todos los corazones. Él solo estaba descontento de sí mismo; se condenaba en secreto; se humillaba ante Dios; y la opinión ventajosa que sus superiores y sus hermanos tenían de su persona, la consideraba como el efecto de una caridad excesiva, o como las industrias de un celo hábil que no lo alababa sino para animarlo a ser mejor. Pasó de este modo varios años en esta santa escuela, ejercitándose en la práctica de las virtudes cristianas, y aplicándose al mismo tiempo con igual ardor al estudio de la teología y de las santas Escrituras. Por mucho atractivo que tuviera para la penitencia y para la oración, se guardó de robar al estudio uno solo de los instantes que le consagraba la regla. Pero no se entregaba a él con esa avidez inquieta que inspira el deseo desmedido de saber o la vanidad de pasar por sabio. Había aprendido de sus maestros que cuando se estudia con tales miras, no se puede recoger de los trabajos más que hinchazón en el corazón y disipación en el espíritu. Por lo demás, él mismo había comprendido que aquel que aspira al sacerdocio, por mucha virtud que pueda tener, debe poseer también el tesoro de la ciencia, a fin de regir con toda seguridad a los pueblos que serán confiados a su solicitud. Así, el deseo de instruirse no le secó el corazón; y mostró con su ejemplo que la piedad no pierde nada con el estudio, cuando el estudio se hace en vista de Dios.
Los progresos sorprendentes que hacía desde hacía dieciséis años en la ciencia y la virtud determinaron al Padre abad del monasterio a hacerlo entrar en las órdenes sagradas. Ciertamente, Agrícola se sentía llamado como Aarón a este honor sublime; pero ante la vista de sus temibles funciones, no podía defenderse de un santo terror. Fue necesario que la obediencia hablara muy alto para que se decidiera a presentarse ante el obispo, a fin de recibir de sus manos la unción sacerdotal.
Regreso a Aviñón y archidiaconado
Llamado por su padre san Magno, quien se había convertido en obispo, Agrícola es nombrado archidiácono y se distingue por su gestión de los bienes de la Iglesia y su cuidado de los pobres.
Hacía poco tiempo que había sido ordenado sacerdote cuando san Magno, que desde hacía dos años era obispo de Aviñón, lo llamó a su lado. Agrícola habría deseado disfrutar hasta el fin de su vida de las dulzuras inestimables de la vida religiosa y de los consuelos inenarrables de la soledad; pero, ante la voz de su pastor y de su padre, no dudó en hacer el sacrificio de sus inclinaciones y de sus gustos; y regresó a su ciudad natal, semejante al astro del día que, por la mañana, según la expresión del Salmista, se levanta desde las alturas de los cielos, como un gigante, para recorrer su carrera. Apenas hubo llegado en medio de sus conciudadanos, se le vio, devorado por el celo de la casa del Señor, aplicarse sin descanso a las funciones del santo ministerio que le fueron asignadas. Las cumplió con tanta sabiduría que su padre, cediendo a los deseos de toda la población, lo adjuntó en calidad de archidiácono en la administración de su iglesia. Fue entonces cuando nuestro Santo apareció verdaderamente como el ojo del obispo, tal como se expresan los santos cánones.
Dispensador de los divinos misterios, no tenía nada más en el corazón que compartirlos con los fieles; y empleaba toda su actividad para disponerlos a acercarse a ellos dignamente. Encargado del cuidado de las viudas y de las vírgenes, que, según san Cipriano, son la porción más noble de la Iglesia, supo proveer a todas sus necesidades y mantenerlas en la piedad; ministerio peligroso que no pedía menos que una virtud tan probada como la suya; como estaba acostumbrado a velar sobre sí mismo, se mostró superior a todas las debilidades a las que lo exponían su juventud y la frecuentación necesaria de un sexo siempre peligroso, incluso por sus virtudes. Administrador de los bienes temporales de la Iglesia, de los cuales una parte debe ser consagrada al alivio de los pobres, no dejó de cumplir esta misión de caridad. Ministro de la santa palabra del Evangelio, estuvo siempre listo para anunciarla cuando las enfermedades o las grandes ocupaciones de san Magno dejaban el campo libre a su celo. Es así como Agrícola, al cumplir con tanta fidelidad las importantes funciones de archidiácono, mostraba que poseía también las cualidades de un excelente obispo. Llevaba por ello, sin quererlo, a todos los espíritus a desearlo como pastor, y a elegirlo finalmente, cuando llegara el momento, para suceder a su padre.
Ascensión al episcopado
Designado coadjutor en 660, sucede oficialmente a su padre en 670 y se consagra a la predicación y a la disciplina eclesiástica.
San Magno, ya debilitado por la edad y por los trabajos de su episcopado, estaba a punto de emprender un largo viaje en interés de la religión, y quería prevenir los disturbios a los que su Iglesia podría haber estado expuesta si la muerte le hubiera sorprendido mientras estaba lejos. Siguiendo el ejemplo de san Agustín, pensó en asegurarse un sucesor: para hacer la elección, consultó, en una asamblea general, al clero y a los notables de la ciudad. La deliberación no fue larga; todos los sufragios fueron para Agrícola, pues todos los deseos lo llamaban desde hacía mucho tiempo a reemplazar a su padre. Fue, pues, designado, por unanimidad de votos, coadjutor de san Magno con futura sucesión. El bienaventurado anciano quiso consagrarlo él mismo con sus propias manos en su iglesia catedral. Era el año 660: nuestro Santo apenas tenía treinta años.
Fue un gran consuelo para san Magno confiar su rebaño a otro él mismo, dejar su Iglesia a su hijo y dar a esta esposa querida, por la cual tanto había trabajado, un pastor cuyo celo igualaba al suyo, que tenía el mismo apego por ella, que seguiría en todo sus máximas, y en el cual se encontraría toda la sabiduría y toda la dulzura de su gobierno paternal. Hechas estas disposiciones, partió para Chalon-sur-Saône. Asistió y suscribió, con varios de sus comprovincianos, al concilio que allí se celebró. De regreso a Aviñón, Magno vivió aún unos diez años, pensando solo en las cosas de la otra vida. Finalmente, el 18 de agosto de 670, murió, dejando a su Iglesia los bienes y las rentas que le quedaban de su patrimonio, y a su pueblo la preciosa herencia de sus virtudes, de sus ejemplos y de sus santas reliquias.
Agrícola, viéndose solo a cargo de la diócesis, se entregó con un celo infatigable a la conducción de su rebaño. Se hizo todo para todos para ganar a todo el mundo para Jesucristo. Era verdaderamente el padre de su pueblo, y sobre todo el padre de los pobres; empleaba en su alivio la mayor parte de las rentas de su Iglesia. Pero aún más atento a las necesidades de las almas, distribuía regularmente en los días señalados el pan de la santa palabra; y predicó siempre, dicen sus viejos historiadores, con una fuerza, una sencillez y una unción verdaderamente apostólicas. Se ocupó del restablecimiento de la disciplina eclesiástica en su clero, y tuvo la buena fortuna de lograrlo. Pero se dedicó principalmente a conservar entre sus ovejas el depósito sagrado de la fe, a impedir que la cizaña creciera allí con el buen grano, a combatir, a extirpar los errores que el hombre enemigo se esforzaba por deslizar allí con las verdades de la religión. Se aplicó también sin descanso a desarraigar los vicios de en medio de su pueblo, a corregir las costumbres y a alejar los escándalos.
Constructor y fundador
Hizo construir varias iglesias en Aviñón, entre ellas Saint-Pierre y Saint-Didier, y fundó un monasterio de mujeres bajo la regla de san Benito.
Todos estos esfuerzos no fueron estériles. El número de fieles aumentó considerablemente y el fervor reinó en Aviñón. Parecía que existía entre los habitantes una santa emulación por el bien; los sacramentos eran frecuentados; no se realizaban oraciones ni instrucciones públicas a las que todo el pueblo no quisiera asistir; de modo que la iglesia catedral, el único templo que estaba entonces en pie, resultó demasiado pequeña para contener a la multitud. Agricol resolvió remediar este inconveniente. Su liberalidad fecundó su celo: hizo construir otra iglesia a sus expensas. Fue su propia casa, aquella donde había nacido, la que quiso consagrar a tan santo uso. Este nuevo santuario requería nuevos ministros y era necesario proveer a su mantenimiento. Agricol, cuyo celo era tan liberal como ilustrado, encontró fácilmente el medio de proveer a estos dos objetos. Su sabiduría le hizo elegir primero a los ministros que necesitaba para servirla, entre los solitarios de la abadía de Lérins. Hizo venir, pues, a religiosos de este monasterio y puso a un abad a su cabeza; les concedió privilegios en gran número y, en su generosidad, no temió afectar una parte de su patrimonio a su mantenimiento anual. ¡Buen ejemplo para los ricos que, sacrificando lo superfluo de las rentas que les ha deparado la Providencia, podrían fácilmente crear establecimientos útiles a la religión o ventajosos para los pobres!
Los monjes de Lérins, adscritos a la nueva abadía, se desempeñaron en las funciones del santo ministerio con tanta edificación que el santo Obispo llamó a otros para ocupar en su catedral las plazas que la desgracia de los tiempos y el escaso número de clérigos habían dejado vacantes. La regularidad y el fervor que su presencia hizo nacer en las filas del clero de la catedral no tuvieron una corta duración: durante varios siglos fueron un motivo de edificación para la ciudad. Pero, debido a la inestabilidad de las cosas humanas, este fervor terminó por ralentizarse y la regularidad se debilitó hasta el punto de que los canónigos ya no quisieron vivir en común, como habían hecho hasta entonces sus predecesores, siguiendo el uso adoptado en la Iglesia en aquella época.
Fuerte por el celo que lo abrasaba, seguro del afecto de sus ovejas, san Agricol, mientras trabajaba sin descanso para establecer el reino de Dios en los corazones, se ocupaba activamente así de dar a la casa del Señor el esplendor y la majestad que le convienen. Según la opinión generalmente admitida, nuestro bienaventurado Pontífice construyó además cuatro iglesias en el interior de la ciudad: dos se elevaron en los alrededores del teatro romano, Saint-Pierre (entonces llamada Saint-Pierre y Saint-Paul) y Saint-Symphorien; otra, Saint-Didier, fue construida sobre las ruinas de un viejo templo pagano en las cercanías de las Arenas, y la cuarta, Saint-Geniès, a orillas de la vía pública que atravesaba la ciudad, yendo de un lado a Bellinto y del otro a Cypressetta. También las confió a los monjes de Lérins. Parece que al fijar así en Aviñón a un número tan grande de sus antiguos hermanos, san Agricol tuvo conocimiento del futuro y quiso salvar a todos los que pudo de los disturbios que estallaron en Lérins algunos años más tarde, y a raíz de los cuales el santo abad Aygulphe o Ayou fue masacrado con treinta y dos religiosos, en la isla de Amatis, entre Córcega y Cerdeña.
Fundó además en las afueras una abadía de mujeres; las sometió a la Regla de San Benito y les dio por abadesa a santa Victoria, cuyo nombre solo ha llegado hasta nosotros. Este convento ya no existe: el Durance, en uno de sus desbordamientos tan frecuentes y terribles, se ha llevado hasta los menores vestigios. Es hacia el año 690 cuando san Agricol realizó sus fundaciones piadosas. Seis años antes, había asistido a Petronio, obispo de Vaison, en la inauguración del monasterio que este prelado acababa de fundar en el territorio de Malaucène, cerca de la fuente del Groseau, en honor a san Víctor y a san Pedro. Siete obispos de la vecindad acompañaron a nuestro Santo a esta ceremonia.
El milagro de las cigüeñas
Por sus oraciones, libera a Aviñón de una epidemia causada por serpientes traídas por cigüeñas, evento que marcará la heráldica local.
Las actas antiguas de la Iglesia de Aviñón relatan que en aquella época, se abatió sobre la ciudad un vuelo considerable de cigüeñas. Estas aves, que habitualmente se alimentan de reptiles, depositaron sobre los tejados de las casas tal cantidad de serpientes muertas que el aire pronto se infectó de los más mefíticos miasmas, y una epidemia no tardó en declararse en la ciudad. Conmovido por el triste estado de sus ovejas, el santo Obispo se puso en oración, y en virtud del signo de la cruz, alejó inmediatamente a las cigüeñas que huyeron, para no volver a aparecer, llevándose las serpientes, causa de todo el mal; por ello, cuando se trató de dar armas a su Iglesia, se eligió la cigüeña, con las alas desplegadas o una serpiente en el pico, para figurar en su escudo. La Iglesia de Aviñón debe también a san Agrícola el uso de cantar el oficio divino alternativamente y a dos coros. Esta costumbre, según todos los historiadores eclesiásticos, había nacido en Antioquía; el papa san Dámaso la estableció después en Roma, y san Paciente en Lyon; pero no fue sino mucho después de que se hubiera establecido en Aviñón que el rey Pipino la introdujo en Francia.
Últimos días y muerte
Tras haber elegido al solitario Veredemo para sucederle, muere en el año 700 después de cuarenta años de episcopado.
Después de haber provisto a estas fundaciones, Agrícola, sintiendo que su fin se acercaba, comprendió que debía emplear los años de vida que aún le pudieran quedar en prepararse para morir bien. Tenía constantemente ante sus ojos aquella sentencia de Nuestro Señor, que dice a todos, pero sobre todo a aquellos que están encargados de la guía de los demás: «Bienaventurado el siervo que el señor, al llegar, encuentre despierto». Con este pensamiento que le ocupaba constantemente, se aplicó con un renovado celo y fervor a la práctica de las buenas obras y al ejercicio de las funciones de su ministerio pastoral. Velaba sin cesar sobre sí mismo y sobre su pueblo; sus oraciones se hicieron más largas y frecuentes, y sus austeridades se redoblaron.
Tantas virtudes practicadas durante tantos años, tantos trabajos emprendidos por el bien de la religión debían sin duda inspirarle una gran confianza al final de sus días, y hacerle contemplar con ojo tranquilo y alegre la muerte que iba a abrirle el cielo. Estaba, sin embargo, penetrado de un religioso temor ante el pensamiento de los juicios de Dios: su profunda humildad le hacía cerrar los ojos a sus buenas obras y no le mostraba más que sus imperfecciones. Es por ello que imploró las oraciones de su clero y de su pueblo, y que recomendó al abad del monasterio que había fundado que nunca le olvidara, sobre todo en la celebración de los santos misterios. Pero no limitó ahí las santas industrias que su humildad le inspiraba para obtener más pronto la visión de su Dios y la posesión de la gloria eterna: fundó además en su catedral una misa solemne que debía ser celebrada a perpetuidad por el descanso de su alma, dejando así a sus ovejas un testimonio de su fe sobre la virtud del augusto sacrificio del altar.
Al ocuparse así de su última hora, no podía evidentemente ser sorprendido por la muerte; y, como sucede ordinariamente a las almas justas, su confianza filial hacia Dios prevaleciendo finalmente, lejos de temer el tránsito, terminó por el contrario deseándolo. Porque sabía que servía a un Maestro lleno de bondad, se tranquilizó sobre su misericordia, y deseó ardientemente, como el apóstol san Pablo, la disolución de su cuerpo, para estar más pronto con Jesucristo. Cuanto más se acercaba este momento afortunado para él, más lo entreveía con alegría; pero antes de morir quiso, a ejemplo de su bienaventurado padre, hacerse designar un sucesor. Un solitario del vecindario, llamado Veredemo, que había venido desde el fondo de Grecia a retirars Vérédéme Eremita de origen griego elegido por Agrícola para sucederle. e a estas tierras para vivir allí más libremente la vida eremítica, le pareció el hombre que la Providencia destinaba a reemplazarle en el gobierno de su Iglesia; y es sobre él que hizo caer todos los sufragios, dando el suyo, en la asamblea del clero y del pueblo que convocó para deliberar sobre este asunto, siguiendo la costumbre de aquel tiempo.
Después de haber provisto de esta manera a la seguridad de su rebaño, legó todos sus bienes a su iglesia y a la santísima Virgen a quien está dedicada, dando así a conocer la devoción particular con la que siempre había honrado a la augusta Madre de Dios. Liberó a todos sus esclavos y los recompensó liberalmente, en particular a aquel a quien había encargado el cuidado de sus asuntos temporales.
Unos días antes de su muerte, exhortó por última vez a sus ovejas a la práctica de las virtudes cristianas y a la huida del pecado; les hizo ver los peligros del mundo, la vanidad de sus placeres; insistió sobre todo en la felicidad eterna de la que gozan los Santos. Finalmente, cargado de méritos y buenas obras, expiró dulcemente entre los brazos de Dios, en quien había puesto todas sus esperanzas. Su muerte ocurrió el 2 de septiembre del año 700; estaba en el septuagésimo tercer año de su edad y el cuadragésimo de su episcopado. Toda la Provenza quedó consternada ante la noticia de esta muerte. La ciudad de Aviñón estuvo en la desolación: lloraba a su hijo, a su pastor y a su padre. Por ello, el día de sus funerales, hubo un concurso extraordinario de pueblo siguiendo los restos del venerado prelado: los diferentes cuerpos de la ciudad acompañaron este precioso depósito hasta la iglesia catedral.
Culto y posteridad de las reliquias
Sus reliquias, trasladadas por Juan XXII, atraviesan los siglos y la Revolución francesa antes de ser restablecidas para la veneración pública en el siglo XIX.
## CULTO Y RELIQUIAS.
San Agrícola fue inhumado, como había deseado, en la capilla de San Pedro, llamada desde entonces del Santo Rosario, y actualmente de San José, en el lugar donde había, antes de la Revolución, una reja de hierro. No se puede decir cuántos milagros obró el Señor sobre esta tumba sagrada. Los habitantes de Aviñón se dieron cuenta de inmediato de que tenían en el cielo un protector poderoso. Varias capillas fueron, en poco tiempo, erigidas en honor del santo Obispo. Se le dedicó una, entre otras, en Clary, en los alrededores de Buquemaure: se ve aún hoy; antiguamente, todos los sábados del año, el pueblo de los alrededores acudía allí en multitud; se llevaba a toda clase de enfermos, incluso a poseídos, para obtener su curación por la intercesión del Santo. San Agrícola es aún honrado en Savolhans, antaño en la diócesis de Gap; allí es venerado como el Patrón de la iglesia parroquial, y ha dado muestras inequívocas de su crédito ante Dios. Era también el titular de la capilla de Loubières (de Lupariis), en una isla del Ródano, entre Beaucaire y Tarascón: Urbano II hace mención de este patronazgo en su Bula del año 1096, fechada en Aviñón y dirigida a los canónigos de la catedral, de cuyos bienes especifica.
En 1321, el papa Juan XXII, que residía entonces en Aviñón, hizo pape Jean XXII Papa que puso la diócesis de Rieux bajo la protección de San Cizy. reconstruir, con proporciones más vastas, la iglesia que estaba bajo su advocación; fundó allí un capítulo de doce canónigos a los que dotó con munificencia, y trasladó allí sus preciosas reliquias, así como las de su padre, que hasta entonces habían reposado en la iglesia catedral. Los santos cuerpos fueron colocados en una caja de madera dorada, bajo el altar mayor del nuevo santuario. Hizo poner la cabeza sagrada de san Agrícola en un b usto de plata, a fin de que chef sacré de saint Agricol Reliquia insigne conservada en un busto de plata y posteriormente de oro. se pudiera exponer a la veneración de los fieles y llevarla solemnemente en procesión.
En 1393, los aviñoneses juzgaron que su cabeza sagrada no estaba lo suficientemente decentemente encerrada en un busto de plata; hicieron hacer otro más magnífico, todo realzado con oro y piedras preciosas, y pesando ciento treinta y siete marcos y seis onzas. Doce cardenales, varios prelados y un gran número de habitantes de todas las condiciones se hicieron un honor de contribuir a la confección de esta rica joya que desde entonces, hasta la Revolución francesa, no se cesó de exponer sobre el altar del Santo y de llevar a las procesiones más solemnes. Hacia mediados del siglo siguiente, en 1458, se hizo con la mayor pompa el reconocimiento canónico del estado en que se encontraba el cuerpo de san Agrícola.
En 1495, se erigió en Aviñón una Cofradía piadosa en honor de san Agrícola; tomó, hacia 1523, una nueva vida al admitir en sus filas a los primeros magistrados del país y a la élite de la nobleza aviñonesa. Cien años después aproximadamente, recibió un favor insigne: en 1618, el papa Paulo V le concedió a perpetuidad numerosas indulgencias; lo que mantuvo durante algunos años más el fervor en su seno. Pero, a consecuencia del debilitamiento, tan general en esa época, del sentimiento religioso, esta piadosa asociación terminó por desaparecer, y, a mediados del siglo pasado, apenas quedaba el recuerdo de ella. En 1539, Mons. el vicelegado Charles Contaniess, obispo in partibus de El Cairo, separó las reliquias de san Agrícola de las de san Magno, y, habiéndolas encerrado cada una en una caja de plomo, las colocó de nuevo bajo el altar mayor de la iglesia de nuestro Santo. En 1612, habiendo sido desplazado el altar mayor, a causa del agrandamiento del ábside, las reliquias sufrieron una nueva traslación. En 1625, Mons. el arzobispo Marius Filonardi permitió cambiar la urna de san Agrícola y depositarla en una caja de madera guarnecida de plomo dorado en el interior y de brocado en el exterior; él mismo presidió la ceremonia que fue magnífica, así como la procesión general que se hizo en esta ocasión.
En 1628, el Ródano salió de su cauce y estuvo a punto de penetrar en la ciudad. En esta extremidad, las miradas de los aviñoneses se volvieron de inmediato hacia su protector celestial, y, en pocas horas, el río había retomado su curso acostumbrado. En reconocimiento de este beneficio y para perpetuar su memoria, la piedad pública elevó frente a la misma puerta del Ródano, aguas abajo del puente Saint-Bénézet, como para mandar a las olas, una estatua de san Agrícola. Un accidente imprevisto determinó, en 1660, la caída de este monumento que no tardó en ser levantado. Lo mismo ocurrió, un siglo después, en 1763.
En 1647, san Agrícola fue elegido como primer patrón de la ciudad de Aviñón, y fue a partir de esa época que su fiesta fue festiva en la ciudad al igual que Navidad y Pascua. Quedando esta fiesta circunscrita a las murallas de la ciudad, la Sagrada Congregación de Ritos, a petición del Consejo, la extendió a los suburbios, tal como consta en la ordenanza de Mons. de Manzi, con fecha del 7 de agosto de 1764.
En 1793, la iglesia de San Agrícola fue cerrada como todas las demás; y, después de haber servido algún tiempo de taller a herreros, se convirtió en un almacén general de pólvora y salitre. No fue hasta 1795 que fue, ante las instancias de algunos hombres de fe, devuelta por la municipalidad a la religión católica. En 1801, retomó su rango de primera parroquia de la diócesis, a la cual unió, hasta 1830, el de catedral, no habiendo podido ser restaurada completamente la antigua basílica metropolitana de Nuestra Señora de los Doms hasta esa época.
En cuanto a las reliquias de san Agrícola, fueron salvadas de la profanación por las manos de un párroco juramentado, llamado Pignatelli, quien las hizo esconder con las de san Magno en el fondo de una tumba cercana al coro. Fueron encontradas en 1810, y, en 1826, Mons. de Mons las devolvió a la veneración pública. Fueron entonces colocadas de nuevo bajo el altar mayor donde están aún hoy. A pesar de los acontecimientos que se han sucedido desde el comienzo de este siglo, la devoción de los aviñoneses hacia su santo Patrón no ha sufrido ninguna alteración, y ha salido de la tormenta revolucionaria pura como en su primer día. La solemnidad pública, en lugar de hacerse el 2 de septiembre, se celebra el domingo siguiente con menos pompa que antaño. El oficio propio del Santo, que Mons. de Gontery había hecho componer en 1741, fue, en 1856, aprobado por la Santa Sede e impuesto no solo a la ciudad y a su territorio, sino también a la diócesis entera. Y cada vez que la población siente la mano de Dios pesando sobre ella, recurre con confianza a su protector celestial, y nunca deja de sentir prontamente los saludables efectos de su poderoso crédito en la morada celestial.
Extraído de la Vida de san Agrícola, por el Sr. Augustin Cauron. — Cf. Acta Sanctorum.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Nacimiento en Aviñón hacia 630
- Ingreso en la abadía de Lérins a los 14 años
- Ordenación sacerdotal tras 16 años de vida monástica
- Nombramiento como archidiácono de Aviñón junto a su padre
- Consagración como coadjutor de Aviñón en 660
- Sucede a su padre, san Magno, en 670
- Fundación de varias iglesias y de una abadía de mujeres hacia 690
- Liberación de Aviñón de una invasión de cigüeñas y serpientes
- Falleció a los 73 años
Milagros
- Alejamiento milagroso de una bandada de cigüeñas y desaparición de serpientes infecciosas mediante el signo de la cruz
- Detención de una crecida del Ródano en 1628 tras su invocación
- Numerosas curaciones en su sepulcro
Citas
-
Un pastor que ama a Dios alimenta a su rebaño con su palabra, su ejemplo y sus bienes
San Buenaventura (en epígrafe)