Santo Tomás de Villanueva
el Limosnero
Arzobispo de Valencia, el Limosnero
Nacido en Castilla en 1488, Tomás de Villanueva fue un religioso agustino célebre por su erudición y su caridad inmensa. Convertido en arzobispo de Valencia contra su voluntad, vivió en una pobreza monástica absoluta, consagrando todos los ingresos de su diócesis a los pobres, a los huérfanos y a los enfermos. Apodado 'el Limosnero', murió en 1553 después de haber distribuido sus últimos bienes.
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DE LA ORDEN DE LOS ERMITAÑOS DE SAN AGUSTÍN, ARZOBISPO DE VALENCIA,
Introducción y orígenes
Presentación de Tomás de Villanueva como un modelo de caridad, nacido en Castilla en 1488 en el seno de una familia noble y piadosa.
Habuit Thomas apostoli sollicitudinem in inquirendo; Aquinatis puritatem in educendo; Cantuarianis caritatis constantiam in defendendo.
Como el Apóstol santo Tomás, buscó con cuidado la verdad; como santo Tomás de Aquino, la enseñó en toda su pureza; como santo Tomás de Canterbury, la defendió con valentía.
Descr. Canonicat. B. Thomas a Villanova.
Todas las virtudes tienen bellezas particulares que hacen al hombre agradable a los ojos de Dios; pero la caridad para con los pobres tiene, sobre todo, encantos tan fascinantes que el Espíritu Santo parece haberse complacido, en los Libros santos, en resaltar su mérito mediante expresiones magníficas. No solo la alaba grandemente, sino que también quiere que toda la Iglesia publique las liberalidades de los hombres caritativos, para mostrar que Él mismo conserva un recuerdo singular de ellas y que los siglos venideros deben guardar una memoria eterna: Elemosynas illius enarabit omnis Ecclesia Sanctorum.
Es necesario, pues, que los eclesiásticos den a conocer a los fieles la vida de estos ilustres héroes de la caridad, a fin de que, según el oráculo del Espíritu Santo, la posteridad nunca olvide sus piadosas liberalidades, que las admire y que les guarde reconocimiento hasta la consumación de los tiempos. Santo Tomás d e Villanueva fue uno de es Saint Thomas de Villeneuve Arzobispo de Valencia y religioso agustino célebre por su caridad. os hombres a quienes su caridad hace inmortales en la posteridad.
Nació en el pueblo de Fuentellana, diócesis de Toledo, en Castilla, el año de Nuestro Señor 1488. Su padre se llamaba Alonso Tomás García, y su madre Lucía Martínez Castellanos. Ambos, originarios de Villanueva d e los Infantes, pequeñ Villeneuve-des-Infants Ciudad de origen de la familia del santo. a villa de Castilla, eran nobles, virtuosos y ricos; pero se habrían vuelto muy pobres, a fuerza de limosnas, si Dios no hubiera multiplicado providencialmente sus recursos. Nunca vendían a los mercaderes los granos que obtenían de la cosecha de sus tierras, prefiriendo tener pan en reserva para alimentar a los hambrientos que tesoros para enriquecer a los herederos. Prestaban trigo sin intereses a los aldeanos, para sembrar o para vivir hasta el tiempo de la cosecha. Mantenían rebaños de ovejas cuyo beneficio estaba destinado a subvenir a las necesidades de los indigentes. Jamás dos personas casadas estuvieron mejor de acuerdo para emplear santamente sus ingresos en las necesidades de los desdichados. Incluso se relatan milagros que Dios hizo para autorizar y favorecer su caritativa prodigalidad. Fue de estos piadosos padres de quienes santo Tomás mamó, desde la cuna, esa extrema compasión de la que veremos tan bellos ejemplos más adelante. Se observó que, el día de su nacimiento, una horrible peste que desolaba enteramente el país cesó de repente; por ello, la habitación donde nació ha sido desde entonces siempre religiosamente honrada como un lugar sagrado. Su madre tuvo cuidado de inspirarle desde temprano sentimientos de piedad: le enseñó a pronunciar el nombre delicioso de María, lo que imprimió en su corazón una maravillosa ternura por esta Reina de los ángeles. Se ha observado que realizó las acciones más brillantes de su vida en algunas de sus fiestas: tomó el hábito religioso el día de su Presentación, celebró su primera misa el día de Navidad, aceptó la dignidad episcopal el día de su gloriosa Asunción, y entregó su espíritu el día de su Natividad.
Juventud y educación
Infancia marcada por una caridad precoz y estudios brillantes en la universidad de Alcalá, donde se distinguió por su virtud.
Tan pronto como tuvo edad, fue enviado a la escuela, donde se convirtió en un modelo de modestia y buena conducta. Servía la misa con una devoción que no tenía nada de infantil. Le complacía barrer la iglesia y embellecer los altares; le gustaba, siendo aún niño, imitar las ceremonias de la Iglesia; cuando hacía de predicador, lo era realmente; repetía a sus condiscípulos las verdades que había retenido del sermón; era entonces muy patético; él mismo se deshacía en lágrimas y a menudo provocaba las de sus oyentes. A los siete años, se hizo notar por su amor hacia los pobres: daba su almuerzo al primero que encontraba, y en varias ocasiones se despojó de sus ropas para vestir a aquellos pobres que carecían de ellas. Un día que su madre lo había vestido con ropa nueva, entregó sus prendas para recuperar las viejas que se había quitado. Un día que estaba solo en la casa paterna, se presentaron seis pobres a la puerta: no pudo negarles la caridad; pero como no tenía la llave de la despensa, recurrió a seis pollitos que aún seguían a una gallina, y les distribuyó uno a cada uno. Su madre, al no encontrarlos a su regreso, le preguntó qué había sido de ellos; él le confesó lo que había hecho, añadiendo ingenuamente que, si se hubiera presentado un séptimo pobre, también le habría dado la gallina. Lejos de reprenderlo por esta liberalidad, ella alababa a Nuestro Señor en su interior, rogándole que bendijera estos primeros sentimientos de caridad que le inspiraba por su gracia, y que los aumentara para su mayor gloria. Se hacía intercesor de aquellos que pedían asistencia a sus padres, se informaba cuidadosamente de su miseria, y luego la exponía en términos tan conmovedores que nunca era rechazado. A veces tomaba la comida que estaba preparada para los segadores y la llevaba a los pobres. Hacía lo mismo con otras cosas que podía conseguir, y Dios, para confirmar esta conducta extraordinaria, suplía por su Providencia.
A esa edad en la que la inocencia mantiene a la virtud al abrigo de los peligros del mundo, comenzó a practicar la mortificación, a fin de hacer sentir a su carne los dolores de la penitencia, incluso antes de que fuera susceptible a los placeres de la concupiscencia. Se encerraba en su habitación para pasar horas enteras en oración, y para aplicarse la disciplina hasta sangrar. Llevaba un rudo cilicio, como una poderosa armadura que lo mantenía a cubierto de las rebeliones de la carne. No pudo ocultar tan bien sus austeridades que su madre no llegara a conocerlas: se encontró la disciplina de la que se servía toda ensangrentada. Ella se sintió conmovida al ver la mortificación de su hijo escrita en caracteres de sangre; pero se guardó de impedirlo, sabiendo bien que la pureza solo se conserva entre las espinas, y que el remedio más seguro para prevenir las revueltas de la naturaleza es fortalecerse contra ella mediante tales defensas. En efecto, el Padre Jacques Montiel, su confesor, ha declarado públicamente que nuestro Santo nunca dejó marchitar el precioso lirio de su castidad, y que lo guardó puro e íntegro hasta el sepulcro.
Sus padres, habiendo notado los indicios que daba de la bondad de su espíritu y de sus inclinaciones virtuosas, lo enviaron a estudiar, a la edad de doce años, a la universidad de Alcalá. Allí cursó todas sus clases de humanidades y realizó su retó rica, su filosofía université d'Alcala Ciudad universitaria donde Julián ejerció una influencia intelectual y espiritual. y su teología con un éxito maravilloso que atrajo sobre él las miradas de todo el mundo. Pero su virtud lo hizo aún más admirable que su ciencia. Nunca profirió una sola palabra que redundara en su beneficio, ni tampoco en perjuicio del prójimo. Nunca se vio en él acritud, ya fuera que respondiera o que argumentara en las escuelas, y se le veía en los bancos y en el calor de la disputa, tan modesto y tan tranquilo como si no estuviera interesado en ello. A menudo se le tomaba, a pesar de su juventud, como árbitro de las disputas que los más hábiles no habían podido terminar, y su caridad y su inclinación a la paz encontraban medios desconocidos para la prudencia de la carne para reunir a los espíritus más exaltados.
Durante el curso de sus estudios, supo de la muerte de su padre, lo que le obligó a dirigirse a Villanueva, más para suavizar con su presencia el dolor de su madre que para poner orden en sus asuntos domésticos. Después de leer el testamento de su padre, que le dejaba, entre otros bienes, una hermosa y gran casa, la abandonó a su madre con el resto de su sucesión paterna, no queriendo compartir nada con ella: pero al mismo tiempo, aunque solo tenía diecisiete años, le hizo ver que, para hacer un buen uso de esa sucesión, debía consagrarla a los pobres y convertirla en un hospital en Villanueva, donde aún no había ninguno. Esta virtuosa mujer, superando estos consejos saludables, se encerró ella misma en su hospital y pasó los años de su viudez al servicio de los pobres. Esta acción fue tan agradable a Dios, que recompensó a la madre de nuestro Santo, ya en esta vida, con varios milagros, como multiplicar a simple vista el trigo en los graneros, aumentar las telas y los tejidos que empleaba para vestir a los indigentes, y curar mediante el signo de la cruz varias enfermedades desesperadas.
Entrada en los Agustinos
Entrada en la Orden de San Agustín en Salamanca en 1516, seguida de una vida de oración, estudio y servicio a los enfermos.
Tomás de Villanueva regresó entonces a Alcalá para continuar sus estudios. Su virtud y su talento brillaron allí como antes. Los profesores exhortaban públicamente a los demás estudiantes a seguir sus ejemplos e imitar su conducta. A los veintiséis años, enseñó filosofía; tuvo como alumno al célebre Domingo de Soto, a quien España reconoce como uno de sus más grandes teólogos. La Universidad de Salamanca, informada de los éxitos de nuestro Santo, logró atraerlo a esa ciudad para enseñar filosofía moral. El joven profesor, insensible a las ventajas temporales, se preparaba desde hacía mucho tiempo para la vida religiosa. Se aplicaba cada vez más a la oración, al ayuno, a la mortificación de los sentidos y a las obras de caridad, sobre todo a asistir a los estudiantes, por quienes sentía una extrema compasión. Les distribuía la mayor parte de sus honorarios. Finalmente, después de haber consultado a Dios y deliberado maduramente, entró en la Orden de San Agustín, c uyo hábito tomó el día Ordre de Saint-Augustin Orden religiosa que ocupaba el priorato en la Edad Media. de la Presentación de Nuestra Señora, en el convento de Salamanca (en noviembre de 1516). Entró así en esta Orden casi al mismo tiempo que Lutero la abandonaba y consumaba su apostasía.
Las virtudes que sirvieron como base y fundamento del edificio espiritual que comenzó a elevar en su noviciado fueron, primeramente, una oración casi continua. Permanecía en oración desde Maitines hasta la hora de Prima, y desde Prima hasta que debía regresar al coro. Entre los libros de devoción que leía, se apegaba sobre todo a san Bernardo, cuya lectura era para su alma un delicioso alimento. Empleaba el intervalo entre Vísperas y Completas en repasar su teología, a fin de conservar siempre sus ideas. Es así como practicó desde su noviciado lo que decía tan a menudo: que el buen religioso reza estudiando y estudia rezando. Esta oración estaba sostenida por una humildad muy profunda: este profesor, tan renombrado, tan aplaudido, era el primero en los ejercicios que se utilizan ordinariamente para probar la sumisión de los novicios. Los empleos más abyectos eran los que buscaba con mayor entusiasmo, y estas virtudes estaban acompañadas de una abstinencia muy exacta y de una austeridad que la Regla no mandaba. Además de los ayunos de la Iglesia y de la Orden, hacía otros varios con el permiso de su superior. No dormía más de cuatro o cinco horas a lo sumo. Su cama no era más que un simple jergón, y durante el Adviento y la Cuaresma solo dormía sobre tablas: lo cual observó toda su vida, incluso siendo arzobispo.
Se puede juzgar por estos comienzos con qué fervor hizo su profesión. Recibió en ella tantas más dulzuras interiores, cuanto que no podía ver realizar esta ceremonia a los otros sin derramar lágrimas en abundancia. La soledad del noviciado había suspendido las funciones de su caridad; pero apenas se vio en libertad de ejercerlas, lo hizo con un ardor y una humildad maravillosos, y se puede decir que no hubo lugar en el monasterio donde no hiciera patente su caridad. Visitaba tan a menudo a los enfermos que se habría dicho que la enfermería era su morada ordinaria. Se complacía en darles de comer, en hacer sus camas, en secarles el sudor, en limpiar su habitación y en prestarles servicios aún más humildes. Cuando conocía las necesidades de sus hermanos, se adelantaba a ellas y se ofrecía con una prontitud y una alegría incomparables. Decía que la enfermería era la zarza de Moisés, donde se encontraba a Dios entre las espinas del trabajo, sirviendo y soportando a los enfermos, y donde el corazón se abrasaba con las llamas de la caridad mediante actos de humildad, paciencia, bondad y mortificación que allí se podían practicar. Por eso, cuando los enfermos lo veían entrar, consideraban su visita como la de un ángel descendido del cielo, que venía a suavizar sus amarguras, calmar sus inquietudes, templar el ardor de su fiebre, apaciguar sus dolores; en una palabra, a traerles con su sola presencia consuelos totalmente divinos.
Habiendo sido ordenado sacerdote algún tiempo después de su profesión, celebró su primera misa el día de Navidad, con una ternura y una devoción que no es fácil de expresar; pues quedó tan absorto en la contemplación de la infancia de Nuestro Señor, que la visión de este misterio lo arrebató en éxtasis, particularmente cuando se cantaba el Gloria in excelsis y estas palabras del Prefacio: Quia per incarnati Verbi mysterium, que solo pronunciaba con torrentes de lágrimas. Los mismos sentimientos de amor hacia un Dios niño le sobrevenían todos los años: lo que le obligaba, siendo arzobispo, a decir las dos primeras misas en su capilla, a fin de no tener más que a sus capellanes como testigos de estas divinas operaciones. Su rostro era entonces tan brillante que no se podía sostener su resplandor al mirarlo. Su sacerdocio le sirvió de nuevo motivo para trabajar con más fervor que nunca en la perfección cristiana y religiosa. Decía a veces que es una señal muy mala en un sacerdote cuando se le ve todos los días acercarse a los santos altares sin que se vuelva mejor ni más mortificado. Vivía en un recogimiento continuo, a fin de que, teniendo siempre el espíritu despejado y el corazón limpio, estuviera mejor dispuesto para la celebración de los divinos Misterios, cuyo solo pensamiento, que le estaba incesantemente presente, le inspiraba admirables sentimientos de Dios. No tenía ningún momento inútil en todo el día; quienes tenían asuntos con él solo lo buscaban ordinariamente en uno de estos cinco lugares, que había consagrado a las cinco llagas de Nuestro Señor: en el altar, en el coro, en su celda, en la biblioteca o en la enfermería. Aseguraba que esos lugares eran su patria, donde su alma descansaba, y que los otros no eran para él más que prisiones. Decía además que las calles de las ciudades no debían servir de paseo a los religiosos, sino solo de camino de peregrinación; que no había que hacer visitas de cortesía o de puro cumplido, sino por un celo verdaderamente cristiano y con un deseo sincero de procurar la salvación de las almas mediante santas y saludables conversaciones. No podía ver a un religioso ocioso e inútil, y lo comparaba con un soldado sin armas y expuesto al ataque de sus enemigos.
A pesar de su amor por la vida oscura y oculta, sus superiores lo destinaron a enseñar teología en Salamanca, y explicó en su curso al Maestro de las Sentencias. Tenía el espíritu y el juicio sólidos; pero su memoria no era tan feliz, lo que le obligaba a un gran trabajo; sin embargo, este laborioso empleo no le hizo relajar nada de sus ejercicios ordinarios: continuó también visitando a los enfermos, según su piadosa costumbre. No descuidó nada para hacer a sus estudiantes sabios; pero no tenía menos cuidado en llevarlos a la virtud, porque, decía, la ciencia y la gran erudición sin la piedad es como una espada en manos de un niño, que solo puede hacerse daño a sí mismo y ningún bien a nadie. No llevaba, sin embargo, las cosas de un extremo a otro, pues censuraba igualmente a aquellos que, bajo pretexto de devoción, no se aplicaban lo suficiente al estudio, porque, decía también, si la piedad es ventajosa para quien la posee, no puede serlo para la Iglesia ni para el prójimo cuando no está acompañada de la doctrina y de la inteligencia de la sagrada Escritura y de los Padres; y es un gran abuso, añadía, creer que el estudio de las letras no se acomoda con el recogimiento del claustro.
Predicación y responsabilidades
Éxitos oratorios en Salamanca y funciones de superior (prior y provincial) ejercidas con dulzura y firmeza.
Se le empleó después en la predicación. Se desempeñó con tanto celo que se convirtió de inmediato en la admiración de Salamanca. Unos decían que era un san Pablo por la profundidad de su doctrina; otros lo llamaban el Elías de la ley nueva, a causa del celo que acompañaba sus discursos. Había incluso quienes lo comparaban con un serafín descendido del cielo por sus admirables ardores; predicó la Cuaresma en la catedral cuando España estaba en combustión por el levantamiento de la mayor parte de sus provincias contra su soberano, el año 1521. Fue con el mayor éxito, según el P. Juan de Magnanaton, después obispo de Segovia, quien habla de ello como testigo y como una de las conquistas de nuestro héroe. Hizo un número tan grande de conversiones en esta célebre ciudad que se hubiera dicho que Salamanca se había convertido en un monasterio, tanta fue la reforma de las costumbres, grande y universal en toda clase de condiciones y personas. Cada uno quedó tan inflamado del fuego de la devoción que él encendía en los corazones, que no se respiraba más que penitencia, oración, la frecuencia de los Sacramentos, las obras de caridad y, generalmente, la práctica de todas las virtudes cristianas. Muchos jóvenes renunciaron al mundo para abrazar la vida religiosa; los noviciados de todas las Órdenes de Salamanca se vieron llenos; los superiores se vieron obligados a enviar a los postulantes a otras ciudades de Castilla. Esta fama extraordinaria fue causa de que Carlos V quisiera escucharlo, y q uedó tan sati Charles-Quint Emperador involucrado en las guerras que condujeron a la destrucción del convento. sfecho que, desde la primera vez, lo hizo su predicador ordinario. Este príncipe estaba ávido de sus sermones: a veces, para no perderlos, cuando santo Tomás predicaba fuera del palacio, se despojaba por una hora de la majestad real y se mezclaba con el auditorio en privado. Se veía bien que su doctrina no era en absoluto estudiada y que trabajaba más en ganar los corazones por la unción de sus palabras que en contentar el oído por su arreglo. Aprendía más al pie del crucifijo y en la oración que en los libros; por eso no aprobaba a los predicadores que descuidan la oración y consumen todo su tiempo en hacer un amasijo de pensamientos y conceptos para soltarlos en el púlpito. «Es en la oración», decía, «donde el hombre recibe luces que iluminan su espíritu y ardores que calientan su voluntad. Es en ella donde forma las flechas con las que los corazones de los oyentes deben ser traspasados. El estudio solo sin la oración no llena el entendimiento más que de sutilezas y cosas curiosas, y deja el pecho frío y helado, y es imposible que de ahí salgan movimientos de fuego y palabras inflamadas». No era para apartar del estudio que daba estas instrucciones, sino para mostrar la necesidad de la oración, a la cual confesaba que debía el éxito de sus predicaciones.
Tenía una cierta luz o visión interior, por la cual conocía las necesidades espirituales de sus oyentes; pero, lo que es admirable, aunque fueran de diferentes condiciones, se sentían iluminados e inflamados por la fuerza de un mismo discurso, como si hubiera hablado a cada uno de ellos en particular. Su espíritu estaba tan fuertemente penetrado de las verdades que predicaba, que varias veces le ocurrió ser arrebatado en éxtasis en medio de su sermón. Un Jueves Santo, explicando estas palabras: Domine, tu mihi lavas pedes, entró tan profundamente en su sentido que, después de haber dicho estas palabras: «¡Cómo, Señor! ¿a mí, a mí, vos, vos que sois mi Dios, la gloria de los ángeles y la belleza del cielo?», permaneció sin poder seguir adelante, y no se percibió en él ningún otro movimiento de vida, sino que las lágrimas le corrían de los ojos en abundancia. Lo mismo le ocurrió predicando el día de la Transfiguración, sobre estas palabras: Bonum est nos hic esse, y en la vestición de un novicio, al explicar estas: Soror nostra parvula est. Estos éxtasis le eran habituales cuando contemplaba los misterios de la ley de gracia; pero el más largo y maravilloso fue el que tuvo siendo arzobispo, el día de la Ascensión, sobre estas palabras: Valentibus illis elevatus est; pues, como si hubiera acompañado el glorioso triunfo de Nuestro Señor, permaneció desde la mañana hasta las cinco de la tarde en un arrobamiento continuo, todo retirado en sí mismo y sin que apareciera en él ningún signo de vida.
Dos años y medio después de su profesión (1519), fue elegido prior de Salamanca, aunque, según la costumbre de la provincia, no se elevaba a nadie a este cargo hasta después de haber servido a la Orden durante siete años; pero, a causa de su raro mérito, se hizo una excepción en su favor. Se desempeñó tan bien que fue continuado al cabo de tres años, luego elegido en Burgos y en Valladolid; y, finalmente, fue dos veces provincial de Andalucía y una de Castilla. Su humildad le hacía mirar a sus inferiores como sus maestros, y su caridad le hacía tratarlos como a sus hijos. Dios le había dado el discernimiento de espíritus: conociendo las inclinaciones de los religiosos, los gobernaba con una dulzura y una prudencia incomparables; mandaba más con sus ejemplos que con sus palabras, y se distinguía más de los otros por su santidad y su exacta observancia que por su poder y dignidad. Tomaba tan bien su tiempo para la corrección que, como le quitaba lo que tiene de importuno y desagradable, era siempre recibida con docilidad y seguida de enmienda. La mansedumbre de su corazón hacía que resplandecieran en su rostro y en su lengua tanto encanto y agrado que los más rebeldes se rendían a sus reconvenciones. Cuando descubría alguna falta, antes de reprender a los culpables, la expiaba con ayunos y disciplinas hasta la sangre, como si la hubiera cometido él mismo. No se puede decir cuánto por este camino ha devuelto a los religiosos a su deber: los cobardes retomaban su primer fervor, los débiles se fortalecían contra la fragilidad de la naturaleza y los obstinados volvían prontamente a la obediencia. Se oponía sobre todo a las novedades, que decía ser fuentes de problemas y disensiones en las casas religiosas, contentándose con hacer observar exactamente las ordenanzas de la provincia. Recomendaba principalmente cuatro cosas:
Primero, que los divinos oficios fueran celebrados con toda la reverencia, atención y devoción posibles, y que el espíritu acompañara siempre a la voz, tanto en el coro como en el santo altar, pues Dios no derrama sus bendiciones sobre un monasterio sino en proporción al culto que se rinde a su majestad.
En segundo lugar, que la meditación y la lectura espiritual se hicieran inviolablemente, porque, como es el calor natural el que conserva la vida animal, así es la meditación la que da fuerzas a los religiosos para realizar con alegría todas las funciones de su estado. Quien la descuida es desdevoto en el altar, distraído en el coro, ligero en el claustro, disipado en las conferencias, triste e inquieto en todas partes. El trabajo le importa, las obediencias le desagradan, los artificios del demonio lo engañan, las tentaciones triunfan sobre su fragilidad; en una palabra, es un ciego sin guía que camina a tientas, que tropieza a cada paso y que se extravía en medio de los grandes caminos.
En tercer lugar, que la paz, la unión y la caridad fraterna fueran guardadas sin ninguna alteración, porque un religioso en la amargura y la acritud de corazón es la imagen de un réprobo; su cuerpo no sirve ya a su alma más que como un infierno portátil donde sufre ya las tinieblas de la pasión, el fuego de la ira, los mordiscos del odio, el hambre insaciable de la venganza, el gusano devorador y las alarmas e inquietudes de la mala conciencia.
La cuarta cosa, que tenía principalmente en el corazón, era que nadie permaneciera en la pereza y la ociosidad. Llamaba a este vicio el más funesto enemigo de la virtud, la ruina del alma, la contagio de las costumbres, el escollo de la castidad y la fuente de toda clase de desórdenes. Aunque era muy comedido en el ejercicio de su autoridad, si un religioso era encontrado vagabundo en el convento y perdiendo el tiempo en reír, murmurar o en otras acciones inútiles y frívolas, quería que fuera, por la primera vez, reprendido caritativamente; por la segunda, que lo fuera con vehemencia, en pleno capítulo; y que, por la tercera, recibiera la disciplina con el rigor que las constituciones ordenan para las grandes faltas.
Por estos medios, hizo florecer la observancia en todas las casas cuya conducción tuvo, ya sea en calidad de prior o de provincial. Él mismo observaba la regla con tanta puntualidad, a pesar de sus grandes ocupaciones, que confundía a quienes descuidaban someterse a ella. Su firmeza, sin embargo, estaba tan bien templada por la dulzura que todos lo amaban y admiraban su virtud, cuyo buen olor se extendía por todas partes.
La alta reputación que se había granjeado le daba mucho crédito, y lo usó útilmente para asistir a los afligidos. El emperador Carlos V le tenía tanta estima que no le podía negar nada. Este príncipe había condenado a muerte a algunos caballeros muy considerables convictos de un crimen de lesa majestad: los más grandes de España, el almirante, el condestable, el cardenal Tavera, arzobispo de Toledo, el mismo infante Felipe, que fue rey después de Carlos, su padre, se habían entrometido para obtener su gracia sin haber podido ablandar al monarca. Santo Tomás va a encontrarlo y le pide perdón para los culpables, asegurándole que estaban arrepentidos de su crimen y que serían en adelante sus más fieles servidores. Y de inmediato, sin otra formalidad, el emperador ratificó su petición, ante el gran asombro de toda la corte: «No deben encontrar extraño», dijo, «que haya cambiado de sentimiento a la oración del Padre prior de los Agustinos de Valladolid, sus peticiones son mandamientos para mí. Es un hombre celestial que tiene en su mano la llave de los corazones; los mueve y los gira como le place. ¿Este incomparable servidor y amigo de Dios no merece bien que se le rindan, desde ahora, los honores que se deferirían a los Santos, si pidieran alguna gracia sobre la tierra, ellos a quienes nos dirigimos todos los días para obtenerla del cielo?». Este elogio, de boca de un emperador tan juicioso como Carlos V, vale más que todo lo que podríamos decir de este admirable religioso. Una dama noble de la ciudad de Burgos no podía perdonar la muerte de su hijo a un hombre que lo había matado; perseguía vivamente la venganza, sin que todas las solicitudes de las personas que tenían algún ascendiente sobre ella hubieran podido ablandar su corazón. Santo Tomás emprende devolverla a la humanidad: va a encontrarla en su casa; pero, ¡oh maravilla de la omnipotencia de Dios en la conversión de una mujer ofendida y ultrajada de dolor!, apenas lo vio, vino a su encuentro, se postró a sus pies y, como si la sola vista de nuestro Santo le hubiera arrojado en el corazón los más puros sentimientos de la misericordia, protestó altamente que perdonaba al asesino. Para obtener tales victorias sin combatir, hay que tener un poder soberano y absoluto sobre los espíritus.
Arzobispo de Valencia
Nombramiento providencial por Carlos V para el arzobispado de Valencia, aceptado por obediencia en 1545.
Mientras realizaba la visita de los conventos de la provincia que tenía a su cargo, Carlos V lo nombró por su propia iniciativa para el arzobispado de Granada; y, para entregarle él mismo el decreto, lo hizo venir a Toledo. Pero el Santo suplicó al emperador con tanta insistencia que lo dispensara de aceptar este cargo, que no quiso presionarlo más. Sin embargo, Dios, que quería hacer de él un digno pastor de su pueblo, hizo surgir poco después una ocasión para ponerlo en el trono episcopal; pues, habiendo quedado vaca nte el arzobispado de archevêché de Valence Lugar de los primeros estudios de Ismidón. Valencia por la dimisión de Jorge de Austria, tío de Carlos V, elevado al obispado de Lieja por un breve de Paulo III, el emperador, que se encontraba entonces en Flandes, se vio obligado a proveerlo. No tenía intención de nombrar a santo Tomás, por temor a afligirlo y a ser rechazado una vez más; pero nombró a un religioso de San Jerónimo: Nuestro Señor lo permitió así para mostrar que su elección debía ser un golpe de la Providencia, y no una obra de la mano de los hombres. El secretario expidió el decreto y, creyendo haber oído nombrar al P. Tomás de Villanueva, lo llenó con su nombre. El emperador, muy sorprendido por este cambio, le preguntó por qué no había ejecutado sus órdenes: «Señor», respondió el secretario, «vuestra majestad me hará el honor de creer que la escuché atentamente y que me nombró al P. Tomás; pero si he entendido mal sus órdenes, esta falta será pronto reparada expidiendo otro decreto donde pondré el nombre que plazca a Vuestra Majestad». — «No», replicó el emperador, «lo que está escrito permanecerá escrito, habéis hecho mejor de lo que dije, o he dicho mejor de lo que pensaba. Veo bien que esta elección viene de Dios y no de mí». Tomás estaba en el coro de su convento de Valladolid, ocupado en cantar Completas con la comunidad, cuando uno de los oficiales del virrey, el príncipe Felipe, hijo de Carlos V, le trajo el decreto de su nombramiento. El hermano portero, alegre por esta noticia, entró con precipitación en el coro y, acercándose a nuestro Santo, que era prior, le anunció con un tono de voz bastante elevado que una persona de la corte lo esperaba en el locutorio. Santo Tomás no salió hasta el final del oficio y, habiendo recibido la ordenanza imperial, le dijo tranquilamente al mensajero que iría a conferenciar sobre este asunto con el virrey, y condenó al hermano portero a darse la disciplina por no haber entrado al coro con suficiente gravedad. Al día siguiente, fue al palacio y, después de haber agradecido muy humildemente al príncipe el honor que le hacía el emperador su padre, le suplicó que apoyara su negativa, porque se reconocía incapaz de llevar el peso del episcopado. Fue a verlo otras dos o tres veces más para reiterarle la misma súplica; y, finalmente, postrándose a sus pies, le entregó el decreto en las manos, suplicándole que lo perdonara si actuaba de tal modo, porque solo lo hacía para descargar su conciencia. Varios grandes señores fueron a buscarlo a su convento para obligarlo a ceder ante la elección del emperador; el cardenal de Toledo incluso le habló en particular en su celda e hizo lo que pudo para doblegarlo. Pero fue inútil. Todas sus resistencias hicieron juzgar que era necesario emplear otros medios para ganarlo. Se decidió entonces recurrir a su provincial, para que le hiciera un mandato, en virtud de la santa obediencia y bajo pena de excomunión, de aceptar su nombramiento al episcopado. Este expediente tuvo todo el éxito que se esperaba; pues, como veía la persona de Dios en la de su superior, se sometió humildemente a sus órdenes.
Fue una pérdida para la Orden de San Agustín verse privada de un hombre tan grande, sobre todo porque había sido diputado al último Capítulo general, celebrado el año 1543, con otros dos Padres, uno de Italia y otro de Francia, para revisar las constituciones de la Congregación, que habían sido alteradas en muchos lugares. Pero fue una ganancia considerable para la Iglesia tener un pastor tan vigilante en una de las principales cátedras episcopales de España. Así, todo el mundo manifestó su alegría, mientras que él solo estaba sumergido en un océano de tristeza. Se habría dicho, al ver su rostro marchito y contar sus suspiros, que le había ocurrido algún accidente funesto. El pensamiento de que iba a perder el reposo y la seguridad del claustro para exponerse a los peligros del episcopado lo abrumaba de dolor. La visión de la cuenta que debía rendir de tantas almas, al peligro de la suya, lo hacía estremecer. Permanecía retirado en su celda sin querer siquiera recibir las visitas de los amigos que querían felicitarlo. Pasó así entre lágrimas y oración todo el tiempo desde su nombramiento hasta su consagración, cuya ceremonia fue realizada por el arzobispo de Toledo en la ciudad de Valladolid.
Pocos días después, temiendo hacer languidecer a las ovejas que deseaban la llegada de su pastor, se puso en camino a pie para dirigirse a Valencia, vestido simplemente con su hábito religioso muy usado, con un sombrero que era casi tan viejo como él, sin más pompa ni compañía que un solo religioso y dos criados del convento. En su ruta, tuvo el pensamiento de ir a ver a su madre, que le había rogado pasar por Villanueva de los Infantes. Esto le pareció razonable; pero, después de haber encomendado el asunto a Dios, como acostumbraba hacer en todas sus dudas, fue directo a Valencia, juzgando que la iglesia, que era su esposa, debía ser preferida a su propia madre. Tan pronto como puso el pie en el territorio de su diócesis, que sufría desde hacía mucho tiempo una excesiva sequía, de la cual se temía una gran esterilidad, el cielo se abrió y dio aguas en abundancia. Se dirigió al monasterio de su Orden, llamado de Nuestra Señora del Socorro, fuera de los muros de Valencia, donde vivió algunos días como un simple religioso, yendo al coro y al refectorio con los demás. Finalmente, el primer día del año 1545, siendo de cincuenta y seis años de edad, hizo, con una humildad y una modestia angélicas, su entrada en la ciudad episcopal. A la puerta de su iglesia, no quiso servirse de los cojines de terciopelo que le habían preparado; sino que, después de haber adorado la cruz, que abrazó con muchas lágrimas, besó humildemente la tierra a sus pies.
Ministerio y caridad heroica
Reforma de la diócesis, defensa de las inmunidades eclesiásticas y dedicación total a los pobres, apodado el Limosnero.
Lo primero que hizo, tras estas ceremonias, fue visitar las cárceles de la oficialidad, contiguas al palacio arzobispal; al verlas húmedas, oscuras, pareciendo hechas menos para hombres que para animales, dijo suspirando y derramando lágrimas: «Ordeno que se rellenen estos calabozos y que se mure su entrada; no son adecuados para ladrones públicos: ¿cómo se ha podido encerrar en ellos a sacerdotes? ¡Dios no quiera que, bajo mi administración, ningún clérigo sea condenado jamás a pasar en ellos ni siquiera una hora! Es por medios muy diferentes que pretendo corregir a mis hermanos y ganarlos para Dios». Los miembros de su cabildo, viendo su indigencia, le hicieron presente de cuatro mil ducados; hizo llevar inmediatamente esta suma a los administradores del gran hospital, diciendo a sus sacerdotes «que consideraría siempre como hecho a sí mismo el bien que se hiciera a los pobres de su diócesis».
Los honores estuvieron lejos de cambiar sus costumbres; conservó siempre la modestia y la mediocridad de un religioso, tanto en sus hábitos como en su mesa. Llevó durante algunos años la misma túnica que había traído del monasterio; y, durante los once años que fue arzobispo, solo tuvo dos nuevas.
En su mesa solo se servían platos comunes, salvo un plato un poco mejor que hacía añadir para los extranjeros. Un día, hizo revender una lamprea que había costado cuatro reales, para dar el precio a los pobres. Además de los ayunos ordinarios de su Regla, que observó siempre tan rigurosamente como en el claustro durante el Adviento, la Cuaresma y las vísperas de las fiestas, ayunaba a pan y agua, que tomaba en secreto para no ser visto por nadie. Solo utilizaba vajilla de barro, excepto un pequeño salero y unas cucharas de plata que se ponían para las personas de fuera. Se privaba cada día de algo para el alimento de los pobres. A menudo le recordaba a su mayordomo que los bienes del arzobispado no pertenecían al arzobispo, y que tuviera mucho cuidado de no hacer ningún gasto superfluo, por temor a rendir una cuenta rigurosa en el juicio de Dios. Tenía varios parientes de baja condición; sin embargo, no se avergonzaba de verlos en su casa, de tratarlos familiarmente y de reconocerlos como tales en presencia de los más grandes señores, aunque vistieran pobremente y como aldeanos; les daba lo necesario, sin elevarlos por encima de su condición. Tal era la vida doméstica de santo Tomás; veamos ahora lo que hizo para el gobierno de su Iglesia.
Comenzó por la visita de su diócesis, que realizó con toda la vigilancia posible, llegando hasta las aldeas más pequeñas y predicando por todas partes con un celo apostólico. Empleaba el perdón más que la severidad para extirpar los vicios. Por este camino ganó a una infinidad de personas, de las cuales quizás solo habría hecho hipócritas o desesperados si las hubiera tratado según el rigor de los Cánones. Tras su visita, reunió un sínodo, donde hizo establecer reglamentos para cortar varios desórdenes que había notado tanto en el clero como en el pueblo. Es verdad que los canónigos de su catedral se opusieron y le enviaron un notario para apelar al Papa, pretendiendo que Su Santidad los había eximido de la jurisdicción del Ordinario. Pero el Santo, que solo buscaba la gloria de Dios y de ninguna manera extender su autoridad, dio esta hermosa respuesta: «Yo no soy su juez; ¡pues bien! Dios lo será. No quieren obedecer a mi Sínodo y apelan al soberano Pontífice; y yo apelo de su resistencia a Jesucristo. Él sabe bien la necesidad que tienen de reforma. Que escapen si quieren de mi justicia, pero nunca escaparán de la suya, y es necesario que comparezcan ante su tribunal». Pero pronto se vieron obligados a implorar esa misma justicia a la que tanto les costaba someterse.
El gobernador, contrariamente a las leyes de entonces, hizo detener, juzgar y condenar a un canónigo y a otro clérigo que solo debían haber comparecido ante los tribunales eclesiásticos. Los canónigos recurrieron al arzobispo y, pidiéndole perdón por el pasado, le rogaron que defendiera las inmunidades de la Iglesia así violadas. Santo Tomás pidió al gobernador razón de esta injusticia. El gobernador rechazó toda reparación. Entonces el prelado se vio obligado a emplear las censuras. El duque de Calabria, virrey de la provincia, le hizo rogar que levantara estas censuras, y le mandó decir que, si no lo hacía, su consejo era de la opinión de que se incautaran del temporal de su Iglesia. Pero santo Tomás, no asustándose en absoluto de estas amenazas, le respondió tres cosas que merecerían ser escritas en letras de oro. La primera, que la calidad de obispo que ostentaba le obligaba a defender con la espada de las censuras los derechos de la Iglesia cuando eran violados, como la calidad de ministro del rey de España obligaba al duque a defender con las armas la autoridad real cuando era atacada. La segunda, que si se tomaba su temporal, no sería a él a quien se haría daño, sino a los pobres, a quienes pertenecía: «Porque, a mí», decía, «¿qué mal me ocurriría? ¿Se puede despojar a un hombre que ya está desnudo? ¿Acaso me echarán de mi diócesis? ¡Pluguiera a Dios que me fuera permitido dejarla! Regresaría con alegría a mi pequeña celda, de la que solo salí con pesar, y viviría allí más contento de lo que estoy en este palacio». La tercera, que no despreciaba menos su vida que los bienes temporales, y que estaba dispuesto a derramar hasta la última gota de su sangre para la defensa de la Esposa de Jesucristo, cuya custodia le había sido confiada. Esta firmeza detuvo al virrey y fue causa de la conversión del gobernador, quien reparó públicamente la injuria que había hecho a la Iglesia. En una circunstancia en la que no podía satisfacer los deseos del emperador Carlos V, le hicieron observar que corría el riesgo de ofender a este monarca: «Me sentiría desolado», respondió, «de dar a Su Majestad el menor motivo para enfadarse conmigo; pero si no puedo contentarlo sin ofender a mi Dios, aquí está la llave de nuestra celda que llevo siempre en mi cinturón; solo tiene que permitirme retirarme allí, dejaré gustoso mi arzobispado e iré a encerrarme allí».
Pero de todas las virtudes, la que más brilló en santo Tomás, y que constituye como el carácter de su santidad, es su caridad hacia los pobres. Los amaba tan tiernamente, y se encontraba siempre tan dispuesto a hacerles el bien, que a menudo se arrancaba el bocado de la boca y se privaba de lo necesario para socorrerlos en sus miserias. Ordinariamente venían cada día cuatrocientos o quinientos a su palacio, a quienes daba de comer. Como le representaron que muchos de estos pobres no eran más que holgazanes y vagabundos que abusaban de su bondad y engañaban a veces a sus servidores tomando dos limosnas por una: «Si se encuentran aquí esas personas», dijo, «es al gobernador y al juez de policía a quienes corresponde vigilar, ese es su deber; el mío es asistir a todos los que se presentan a mi puerta. ¿Qué nos importa si nos engañan, siempre que les demos la limosna con sinceridad de corazón y en nombre de Jesucristo, de quien son miembros? Quizás aquel a quien se rechace sea un ángel enviado de Dios para probar nuestra caridad». El ingreso de su arzobispado ascendía a dieciocho mil ducados: empleaba mil para mantener algunos capellanes que había fundado en su catedral para aumentar el número de los que asistían al oficio de la noche; dos mil para los nuevos convertidos; cuatro mil para el mantenimiento de su casa. Todo el resto, excepto dos mil de pensión que pagaba a don Jorge de Austria, su predecesor, era para los pobres, sin reservarse nada para el año siguiente. Tenía la lista de los pobres vergonzantes de cada parroquia, y los hacía llamar uno tras otro, para darles él mismo la limosna, sin obligarlos a darse a conocer a otros. También los iba a visitar cada semana para informarse de sus necesidades y proveer a ellas.
A las personas que se habían visto antaño en la opulencia, y que la infortunio había reducido a la pobreza, les daba con qué subsistir honestamente. Cuando no podía hacerles él mismo la caridad, la hacía por mediación de algún sacerdote o de algún religioso. También ponía el mayor cuidado en los niños expósitos, los enfermos y las jóvenes pobres. Se hacía cargo de los pequeños huérfanos que estaban sin bienes y sin asistencia; y, cuando tenían edad, les hacía aprender un oficio, para que pudieran ganarse la vida.
Su limosnero estaba encargado de proporcionar a los febriles y a los otros enfermos las mejores carnes para hacerles caldo, y generalmente todo lo que ordenaba el médico encargado por él del cuidado de los pobres. Añadía algo particular para aquellos que tenían males incurables, para consolarlos y suavizar la amargura de su miseria.
La compasión que sentía por las jóvenes pobres, cuya virtud estaba en peligro a causa de su extrema indigencia, lo hacía extraordinariamente liberal hacia ellas. Se ocupaba de casarlas y de proporcionarles una dote según su condición. Aquellas que, a pesar de un mejor nacimiento, estaban en la misma necesidad, recibían una limosna más amplia. No era necesario ningún crédito para solicitar su celo; no hacía falta exagerar sus necesidades para hacerle abrir la mano; nunca estaba más contento que cuando podía prevenir a los indigentes con sus liberalidades. A veces daba incluso el doble de lo que se le pedía, porque creía siempre hacer demasiado poco por los pobres; su caridad, que no tenía límites ni medida, le hacía desear hacer aún más.
Varias personas cargadas de deudas fueron sacadas de apuros por las sumas que les distribuyó para satisfacer a sus acreedores. Quería que todos los pobres tuvieran la libertad de hablarle todas las veces que necesitaran su asistencia. Una persona excusándose de que venía a importunarlo por segunda vez: «Hijo mío», le dijo, «no me hables así, de ninguna manera soy importunado por aquellos que recurren a mí en sus necesidades. ¿No sabes que solo poseo mi cargo para recibir vuestras quejas y llevarles todo el alivio que me es posible?». Un señor de Valencia, a quien el Santo daba todos los meses quince escudos para mantener a su familia, se vio obligado, por un accidente, a recurrir a su bienhechor; pero como la limosna ordinaria que recibía lo hacía tímido, vino de noche a rogar a uno de sus limosneros que le representara esta necesidad. Santo Tomás quedó sensiblemente conmovido: «Ved», dijo, «cuán grande es la miseria de este pobre señor, puesto que a pesar de los quince escudos ordinarios, viene, a la hora que es, a pedirnos más, que se le den ahora mismo veinte escudos»; y, un momento después, haciendo llamar a su limosnero: «Cuéntale cuarenta», dijo, «porque el corazón me dice que no es sin gran necesidad que viene aquí a tal hora. Tratad de consolarlo, y decidle de mi parte que se confíe en Dios». Le advirtieron un día que otro señor, a quien también daba quince escudos (era su limosna ordinaria para los nobles), hacía un mal uso de ellos: que en lugar de emplearlos en las necesidades de su casa, los perdía en el juego, y que sería oportuno retirárselos, para hacerlo más sensato. «Dios no quiera», replicó el santo prelado, «pues, si hace un mal con la limosna que le damos, quizás hará dos si venimos a quitársela». No obstante, aunque defendía al acusado en su ausencia, no dejó de reprenderlo fuertemente en privado, amenazándolo con no darle nada más si no cambiaba de conducta: esta corrección aprovechó mucho al culpable.
Un artesano, con el que nuestro Santo no había podido ponerse de acuerdo para la compra de una obra que solo valía dieciocho o veinte sueldos, se retiró bastante mal satisfecho de su comprador, a quien sospechaba de avaricia; pero la necesidad habiéndolo obligado a recurrir a él para obtener con qué casar a su hija, recibió sesenta escudos. El mayordomo, que sabía lo que había pasado la primera vez, no pudo evitar decir al arzobispo: «Hace algún tiempo, Monseñor, que usted miraba mucho más de cerca con ese hombre; discutía con él por dieciocho o veinte sueldos, y ahora le da una suma considerable». — «El gasto que hacía entonces», replicó el Santo, «era para mí; pero, ahora, hago una limosna. Allí, se trataba de mi bien, o más bien de un bien del que debía servirme para mi uso; pero aquí, es el bien de los pobres. No debo gastar nada más que lo que hace falta precisamente para mi mantenimiento, y aun así solo lo gasto con pena; pero cuando hay que asistir a los necesitados, no tengo ninguna pena en hacerlo con abundancia, puesto que es su bien, y estoy obligado a no escatimar nada para aliviarlos en sus necesidades».
Habiéndose dejado persuadir por algunos amigos para hacer una sala en su palacio para hacerlo más cómodo, lloró durante mucho tiempo este gasto, que juzgó, después, poco necesario, porque, por él, había privado a los pobres del dinero que había empleado en él. También tuvo un gran pesar por haber fundado un colegio para pobres escolares en la universidad de Alcalá, porque, no siendo esa ciudad de su diócesis, creía que Dios le pediría una cuenta rigurosa de que había empleado esta suma para otros que no fueran sus ovejas. Lo que le causaba aún pena es que había dado la administración a los religiosos de su Orden, temiendo haber seguido demasiado su inclinación; y, para reparar estas dos faltas, aunque a los ojos de los hombres fueran perfecciones, fundó otro colegio en la universidad de Valencia, y puso allí sacerdotes para instruir a los pobres de su diócesis.
Las larguezas de santo Tomás parecen, a primera vista, inexplicables; pero se deja de estar sorprendido, si se considera cuál es la virtud de la limosna, y cuán ordinario es en Nuestro Señor multiplicarla entre las manos de sus servidores para darles medio de socorrer a más desgraciados. En efecto, sus graneros se encontraron varias veces llenos de grano, cuando se creía haberlos vaciado a fuerza de sacar de ellos. La tela que se empleaba para hacer camisas para los pobres proporcionaba mucha más de lo que se podía esperar según el curso de la naturaleza, el dinero mismo se multiplicaba a medida que se distribuía; ocurría lo mismo con el pan y la harina.
Estas maravillas y muchas otras han sido justificadas por pruebas auténticas, como se puede ver en los autores que citaremos al final de este resumen. Así, teniendo en sus manos los tesoros de la divina Providencia, no era necesario que atormentara a sus arrendatarios para ser pagado de su renta. Cuando se trataba de dar una tierra en arriendo, aunque se publicara en subasta y fuera libre para cada uno poner el precio, no quería sin embargo que excediera el de la equidad. Un día, habiendo sabido que dos hombres se picaban el uno al otro por ver quién se hacía adjudicatario de una de estas granjas y que pujaban a porfía en su propio perjuicio, les envió a decir que cesaran. Si ocurría por accidente alguna pérdida a sus arrendatarios, soportaba ese daño sin esperar a que le hablaran de ello; les remitía por limosna lo que podía exigir de ellos por justicia.
Celo espiritual y Concilio de Trento
Esfuerzos por la conversión de los pecadores y de los moros, e influencia indirecta en el Concilio de Trento.
Esta gran caridad, que le hacía socorrer a todos los pobres en sus necesidades corporales, no era más que una consecuencia del celo que tenía por la salvación de los hombres. Para su conversión, empleaba, además de sus predicaciones y las amonestaciones particulares, los gemidos a los pies del Crucifijo, y ejercía austeridades rigurosas sobre su carne inocente. Prefería derramar lágrimas y sangre ante Dios para llevar a sus diocesanos a cumplir con su deber, antes que servirse de otros medios que no le habrían costado tanto, si hubiera querido usar la autoridad de su cargo. El libertinaje y el desenfreno, que habían llegado en su tiempo casi a su colmo, no solo en los laicos, sino también en las personas consagradas a Dios, dieron amplia materia a su celo. Llevaba a los pecadores a su despacho para tener la libertad de desahogar su corazón, de decirles y hacer por ellos todo lo que su fervor le inspiraba. Este despacho, donde realizaba todas sus devociones secretas, era tan agradable para las personas de bien como terrible y espantoso para los malvados, y, como si Dios hubiera establecido allí el tribunal de su juicio final, unos recibían allí los anticipos del paraíso mediante las bendiciones que el Santo les daba; mientras que otros, por las acusaciones de su propia conciencia, sentían allí de antemano los temores y las alarmas de su condenación. Allí, en su presencia, se ponía en oración; luego les dirigía exhortaciones conmovedoras y capaces de ablandar los corazones más endurecidos, y, finalmente, bañado en lágrimas, tomaba para ellos las disciplinas con tal rigor, que no cesaba de golpearse hasta que la tierra quedaba teñida de su sangre. Es así como, mediante sus propias sangrías, curaba las enfermedades incurables de sus ovejas.
Advertido de que un eclesiástico, a quien había reprendido varias veces por su mala vida, la continuaba todavía con escándalo, lo hizo venir a su despacho y, después de haberle mostrado el miserable estado en el que vivía: «Como es quizás», le dijo, «mi indulgencia la que ha fomentado su desenfreno, y usted ha permanecido en él solo porque he tardado demasiado en castigarlo, es necesario que, desde ahora, yo sufra la pena». Y acto seguido, postrándose ante un crucifijo, se flageló tan rigurosamente con golpes de disciplina, que el culpable, no pudiendo soportar más los remordimientos de su conciencia, se arrojó a sus pies y le prometió, ante la imagen de Jesucristo crucificado, que cambiaría de vida: en efecto, vivió desde entonces con tanta edificación como escándalo había causado anteriormente. El santo prelado reiteraba a menudo en privado esta misma penitencia por pecadores endurecidos, cuya conversión Dios le concedía finalmente. Un día, al no haber podido, mediante sus exhortaciones, ganar a un hombre libertino, lo tocó y le hizo cambiar de conducta al descubrirle una parte de su pecho y de sus hombros magullados y ensangrentados por las austeridades que había hecho por él: «Vea, hermano mío», le dijo, «vea las marcas de la penitencia que me he impuesto por sus pecados: si usted es tan desgraciado como para continuar sus desórdenes despreciando la misericordia que uso con usted, tenga cuidado de que Dios, que es justo, no le prive de la suya». Tenía una lista de todos los sacerdotes viciosos, de todos los laicos amancebados, de los jugadores, de los usureros, de las personas casadas que estaban separadas, y generalmente de todos aquellos de quienes se sospechaba algún vicio, a fin de reprenderlos en tiempo y lugar y llevarlos a la corrección de sus costumbres.
La idea de que debía rendir una cuenta exacta de todas las almas de su numerosa diócesis lo espantó tanto que suplicó al emperador que obtuviera de la Santa Sede la división de Valencia en varios obispados, cuyos obispos conocieran mejor las necesidades de sus fieles. Trabajó también con mucho ardor en la conversión de los moros, que ocupaban entonces una gran parte de España. Pidió varias veces renunciar a su arzobispado, a fin de aplicarse enteramente a esta obra; al no haberlo podido obtener, consiguió al menos que se mantuviera a hombres sabios y virtuosos en las parroquias donde residían estos infieles. Por sus instancias, se fundó un seminario para educar a los hijos de los nuevos convertidos. Consagraba anualmente al mantenimiento de esta casa dos mil escudos, que aumentaba en proporción al número de niños que eran recibidos en ella. Un poco antes de la Cuaresma, hacía venir a su palacio a los predicadores y confesores para exhortarlos a trabajar durante este tiempo, al que llamaba el tiempo de la cosecha del Evangelio, con un celo infatigable por la conquista de las almas.
Esta incomparable ardor por el bien del prójimo lo hacía suspirar por un Sínodo general, donde se pudiera trabajar en la reforma de las costumbres en todos los Estados de la Iglesia. Realizó muchas gestiones para obtener su convocatoria. Como no cesaba de levantar las manos al cielo para merecer esta gracia, parece que tuvo la revelación de que finalmente había sido concedida a la Iglesia; pues un día, al salir del altar, aseguró a uno de sus oficiales que, en poco tiempo, vería llegar lo que deseaba con tanto entusiasmo. En efecto, al día siguiente, se recibieron cartas del papa Paulo III, mediante las cuales indicaba la asamblea del Concilio general de Trento. Quebrantado por la vejez y debilitado por las enfermedades, le fue imposible asistir; Concile général de Trente Concilio ecuménico de la Iglesia católica destinado a responder a la Reforma. pero no dejó de trabajar mucho en ello por otros medios. La mayoría de los obispos de Castilla pasaron por Valencia y vinieron todos a alojarse en su casa. Los instruyó a fondo sobre las necesidades de la Iglesia y les demostró que este concilio, cuyo fin principal era extirpar la herejía naciente de Lutero y de Calvino, no era menos necesario para la reforma de la vida y de las costumbres, entonces casi universalmente corrompidas. Les dio avisos y consejos que estos mismos prelados le confesaron a su regreso haber sido muy bien recibidos por todos los Padres. Diputó en su lugar al obispo de Huesca, a quien dio una memoria llena de bellas instrucciones que había juzgado importantes para el bien de la Iglesia. De todos los artículos que le encargó representar ante la asamblea, nos contentaremos con informar de dos que permiten concebir la idea de su propósito.
Pedía que se prohibiera a un obispo pasar de un obispado a otro, a fin de que, no pudiendo esperar nada mejor que lo que poseía, amara más al pueblo cuya conducción Dios le había confiado. Quería también que todas las curas y los beneficios con carga de almas fueran ocupados por sacerdotes nativos del lugar, o al menos de la diócesis.
Estos obispos españoles sufrieron durante la travesía una horrible tempestad que los amenazaba con un evidente naufragio: habiendo invocado a nuestro Santo, quien les había predicho que llegarían felizmente a Trento, fueron milagrosamente liberados por sus méritos. Lo vieron en lo más fuerte de la tormenta, caminando en la proa del navío como para servirles de guía, y sosteniendo en la mano un báculo, con el cual mostraba el camino, apaciguaba los vientos, allanaba las montañas de agua, domaba la furia de las olas y abatía completamente la tormenta, mientras que al mismo tiempo levantaba el ánimo de estos buenos prelados, desterraba el miedo de sus corazones y los colmaba de un consuelo indecible. Esto es lo que ellos mismos atestiguaron en Trento, y, después, en Valencia, a su regreso.
Muerte en el despojo
Fallecimiento en 1553 tras haber distribuido todos sus bienes, muriendo en una cama prestada por un carcelero.
Esta admirable fidelidad en cumplir bien todas las funciones de su cargo debía, al parecer, dejar su conciencia en paz; sin embargo, siempre estuvo penetrado por el temor a los juicios de Dios, a quien debía rendir una cuenta rigurosa de las almas que su providencia le había confiado. Tenía una idea tan elevada de las obligaciones de un buen pastor, y su humildad le inspiraba sentimientos tan bajos de sí mismo, que creía no haberlas cumplido suficientemente. Desde que la obediencia le había impuesto esta carga, no había tenido ninguna alegría, decía, que no fuera inmediatamente atravesada por una extrema tristeza que le causaba su calidad de arzobispo. Este temor no le dejaba un momento en paz, le inquietaba incluso hasta en su sueño, de modo que a menudo se despertaba temblando e iba a la habitación de su confesor, que se alojaba cerca de él, a gritarle con un tono de voz lastimero y alarmado: «Padre mío, padre mío, ¿creéis que pueda salvarme con mi obispado? ¿Hay esperanza de que en él logre mi salvación?». Hizo varias instancias ante el emperador para ser relevado de ella; pero no habiendo podido obtener nada de su soberano en la tierra, recurrió al Rey de reyes, y le conjuró con oraciones muy fervientes acompañadas de lágrimas en abundancia, que le librara del peligro en que se encontraba. El día de la Purificación de la santísima Virgen, mientras hacía esta misma oración, postrado en tierra en su oratorio, oyó una voz que, saliendo del crucifijo, le dijo: «Tomás, no te aflijas, ten aún un poco de paciencia; el día de la Natividad de mi Madre, recibirás la recompensa de todos tus trabajos». Y, como testimonio incontestable de esta revelación, la boca del crucifijo, que había sudado sangre anteriormente en su presencia, permaneció abierta, aunque antes estaba cerrada; y, lo que no es menos admirable, se vieron dientes de cobre tan bien formados y tan distintos que los más hábiles escultores confesaron que no era posible hacer otros semejantes con los instrumentos de su arte. Desde entonces, como si ya hubiera visto su sepulcro abierto, todas sus acciones no fueron más que una continua preparación para la muerte.
El 29 de agosto siguiente, fue atacado por una esquinancia que le obligó a meterse en cama: previó el cumplimiento de lo que Dios le había prometido. Hizo una confesión general y quiso recibir el Viático, que le fue llevado procesionalmente por su clero. Tres días antes de su muerte, hizo traer cinco mil ducados que le quedaban y los envió a distribuir a los pobres de las parroquias de la ciudad, con orden de no reservar ni un solo denier. La víspera de su fallecimiento preguntó si toda la suma estaba distribuida; le respondieron que se había satisfecho a todos los pobres y que quedaban aún mil doscientos escudos que se distribuirían inmediatamente a medida que se descubriera algún necesitado: «¡Ah! ¿qué decís?», exclamó el santo arzobispo, «haced, os lo ruego por el amor de Dios, que este dinero no permanezca esta noche en mi casa. Que se busque por todas partes a pobres; pues ellos son mis patronos e intercesores, y que se les dé tan abundantemente que no quede nada; de lo contrario, que se lleve al hospital. Id, os lo ruego, aunque sea ya medianoche, y no perdáis un momento; será un favor señalado el que me concederéis». Se le satisfizo; terminada la distribución, vinieron a decirle que no quedaba ni un denier de los cinco mil ducados: «¡Oh!», exclamó lleno de una alegría indecible, «¡qué bien acabáis de consolar a mi pobre alma con esa palabra!». Luego, volviéndose hacia el crucifijo, le dijo, derramando lágrimas de alegría: «Dios mío, me habíais hecho dispensador de vuestros bienes en favor de los pobres, os agradezco haberme dado la gracia de dispensarlos de tal manera que no me queda nada en las manos; así, tendré la felicidad de morir como un pobre hermano». Un momento después, el tesorero vino a decirle que había recibido algo de dinero y le preguntó qué quería hacer con él, así como con sus muebles, de los cuales aún no había dispuesto: «Inmediatamente», respondió, como si hubiera temido que la muerte le encontrara propietario de algo, «que se dé esta suma a los pobres y que se lleven mis muebles al rector del colegio que he fundado». No le quedaba, pues, más que la cama sobre la que estaba acostado; pero, queriendo morir en una perfecta pobreza, la dio al carcelero de sus prisiones. Y poco después, recordando que ya no era suya: «Amigo mío», dijo al carcelero, «permitid que muera en vuestra cama, si no, bajaré voluntariamente y me acostaré en el suelo, para estar más cerca de mi sepulcro». El sábado por la noche, víspera de la Natividad de Nuestra Señora, recibió la Extremaunción con un fervor que cautivó a los asistentes. Al día siguiente, 18 de septiembre, hizo decir misa en su habitación y, después de la consagración, comenzó el salmo: *In te, Domine, speravi*, que recitó lentamente y meditando hasta el versículo: *In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum*. Al pronunciar estas palabras, terminó de vivir en la tierra para ir a gozar de una vida eterna en el cielo. Fue en 1553, a los sesenta y siete años de su edad y al undécimo de su episcopado.
Culto y canonización
Beatificación por Pablo V en 1618 y canonización por Alejandro VIII en 1658, con traslación de sus reliquias.
Pablo Paul V Papa que aprobó la bula de erección del Oratorio. V, quien lo beatificó, ordenó en su bula que, en las imágenes y cuadros que se hicieran del Santo, se le representara con hábitos pontificales, la mitra en la cabeza, pero sosteniendo una bolsa en la mano en lugar del báculo, que se figurara a pobres sin número a su alrededor, y que se escribiera al pie: *El bienaventurado Tomás de Villanueva, apodado el Limosnero*.
## CULTO Y RELIQUIAS. — ESCRITOS.
Su cuerpo, que no perdió nada, por la muerte, de su belleza natural, fue enterrado, según su última voluntad, en Nuestra Señora del Socorro, en una bóveda practicada bajo el pavimento, frente al altar dedicado a la Madre de Dios. Sobre el sepulcro, se elevó un catafalco adornado con las insignias del santo arzobispo. La pompa fúnebre que se le hizo fue magnífica; pero lo que la hizo más célebre fue ver en su cortejo a más de ocho mil quinientos pobres que hacían retumbar el aire con sus suspiros y gemidos, por la pérdida que habían sufrido en la persona de un padre y protector incomparables. Por ello, en su epitafio no se puso otro elogio que el de Limosnero, que la Iglesia no ha dejado de darle en las antífonas propias de su oficio, como el carácter singular de su santidad. En 1582, el cuerpo fue levantado de tierra y trasladado a la iglesia conventual, donde fue hallado tan intacto como lo estaba en el momento de su muerte, y exhalando un suave olor. Los preciosos restos fueron luego depositados en una tumba de mármol blanco, sobre la cual se suspendió una lámpara de plata que debía arder noche y día.
Los milagros que se obraron en su sepulcro dieron un gran incremento a la devoción que animaba ya todos los corazones hacia el bienaventurado arzobispo. Se le invocó con aún más fe y confianza, y con las oraciones se multiplicaron los prodigios. En pocos años, toda España retumbó con el nombre de santo Tomás de Villanueva. De todas partes se elevaban miles de voces para pedir su beatificación. En 1604, el santo cuerpo fue retirado de la tumba donde reposaba, y colocado en la misma iglesia, debajo del coro de los religiosos, entre dos altares. El 7 de octubre de 1618, el papa Pablo V proclamó a Tomás de Villanueva bienaventurado. La promulgación de las letras apostólicas tuvo lugar en Valencia el 25 de abril del año siguiente. En medio de un inmenso concurso de fieles, la cabeza del bienaventurado fue trasladada de la iglesia de Nuestra Señora del Socorro a la iglesia catedral, donde fue depositada en un rico relicario y confiada a la custodia del cabildo.
En los términos del breve, el permiso para celebrar el oficio del Bienaventurado solo se concedía a los Ermitaños de San Agustín de ambos sexos del reino de Valencia, y al clero regular y secular de la misma ciudad de Valencia. Al año siguiente, esta gracia fue extendida a los religiosos y religiosas de la Orden de San Agustín, esparcidos en las provincias de Castilla, Aragón y Cataluña, así como a todo el clero regular y secular de Villanueva de los Infantes. El papa Gregorio XV, mediante un indulto del 14 de mayo de 1621, extendió a la Orden entera esta autorización. Finalmente, el papa Alejandr Alexandre VIII Papa citado en el texto como quien canonizó al santo en 1658. o VIII lo canonizó el 1 de noviembre de 1658.
Herencia y posteridad
Publicación de sus sermones y fundación de la congregación de las Hermanas de Santo Tomás de Villanueva por el Padre Ange Proust.
Se ha impreso un volumen de sus *Sermones* que, aunque de un estilo bastante sencillo y sin las flores de la elocuencia humana, no dejan de respirar ese aire de devoción, así como el celo y la caridad de los que su corazón estaba animado. Están sobre todo llenos de una tan gran *unción*, cuando trata del Amor al Bien, de la Humanidad y de la Misericordia, sus tres principales virtudes, que es imposible leerlos sin ser conmovido por esos mismos sentimientos. Como se ha dicho de san Bernardo que era el san Agustín de Francia, podemos decir también de santo Tomás, que ha sido el san Bernardo de España.
La Tercera Orden de San Agustín sería poco conocida en Francia, sin el celo del Padre Ange Pro ust, de la Orden Père Ange Proust Religioso agustino francés que fundó una sociedad bajo el nombre del santo. de los Ermitaños de San Agustín, de la comunidad de Bourges, quien, siendo prior del convento de Lamballe, en Bretaña, conmovido por la compasión al ver a tantos pobres sin socorro, instituyó una so ciedad de piadosas jóvenes para el servicio y el restablecimiento de los ho société de pieuses filles pour le service et le rétablissement des hôpitaux Congregación hospitalaria fundada en Bretaña inspirada en el santo. spitales. Fue en el ejemplo de santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, donde extrajo esta idea; incluso colocó a su sociedad bajo la invocación de este ilustre padre de los pobres, y ella ha conservado el nombre.
El Padre Ange Proust dio sin embargo a estas jóvenes la Regla de San Agustín. Varias casas fueron fundadas en Bretaña, en Moncontour, en Saint-Brieuc, en Dinan, en Saint-Malo, en Rennes, en Quimper, en Brest, en Landerneau, en Morlaix, en Châteaubriant, etc. Tuvieron también una casa en París, en el barrio de Saint-Germain, cerca de los Inválidos.
Su vestimenta consiste en una túnica negra cerrada por delante y ceñida por un cinturón de cuero; como tocado llevan cornetas de tela blanca que caen en forma de velo sobre los hombros; por debajo de estas cornetas, desciende un pañuelo de cuello en punta y un delantal blanco cuando están en la casa. Cuando salen, se ponen sobre sus cornetas una cofia de pompones o gasa negra y encima un gran velo negro; su rostro está rodeado por una muselina blanca, unida bajo la barbilla, y forman un círculo, como las Hermanas de Nevers.
Hacen votos simples; y al pronunciarlos, se les pone un anillo de plata en el dedo, luego una mujer pobre las abraza, diciéndoles: «Recuerde, mi querida Hermana, que usted se convierte en la servidora de los pobres».
Nos hemos servido, para componer esta biografía, de las *Vidas del Santo*, por los Padres Michel Salon, Nicolas Raxi, Claude Malabourg e Hilarion de Coste. — Cf. *Acta Sanctorum*, tomo v de septiembre; *Histoire de saint Thomas de Villeneuve*, por el abad Dabert; y *Esprit des Saints*, por el abad Grimes.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Nacimiento en Fuentellana en 1488
- Estudios en la Universidad de Alcalá a los 12 años
- Ingreso en la Orden de San Agustín en Salamanca en 1516
- Primera misa el día de Navidad
- Nombramiento para el arzobispado de Valencia por Carlos V
- Entrada en Valencia el 1 de enero de 1545
- Falleció el día de la Natividad de la Virgen en 1553
- Beatificación por Pablo V en 1618
- Canonización por Alejandro VIII el 1 de noviembre de 1658
Milagros
- Cese de la peste el día de su nacimiento
- Multiplicación de grano, tela y dinero para los pobres
- Aparición en un barco para calmar una tempestad en el mar
- El crucifijo le habla para anunciarle su muerte
- Incorruptibilidad del cuerpo constatada en 1582
Citas
-
El buen religioso reza estudiando y estudia rezando.
Palabras del Santo recogidas en el texto -
¿Se puede despojar a un hombre que ya está desnudo?
Respuesta al virrey que amenazaba con confiscar sus bienes temporales -
In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum.
Últimas palabras en el momento de su fallecimiento