Nacido en el Alto Egipto hacia el año 301, Macario el Viejo fue uno de los más ilustres discípulos de san Antonio. Tras sufrir una calumnia con paciencia, se retiró al desierto de Escete, donde vivió sesenta años en una austeridad extrema. Sacerdote y taumaturgo, es célebre por su humildad frente a los demonios y su sabiduría espiritual.
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SAN MACARIO EL EGIPCIO.
Distinción de los dos Macarios
Presentación de Macario el Egipcio y de su contemporáneo Macario el Alejandrino, ambos discípulos de san Antonio, y aclaración de sus fechas de festividad.
¡Ay del camino por el cual nadie pasa, y donde nunca se envía la voz del hombre, porque se convierte en receptáculo de bestias inmundas! ¡Ay del alma, si el Señor no pasea en ella, como dice la Escritura, y no pone en fuga con su voz a los animales de la malicia espiritual! ¡Ay de la nave sin piloto para gobernarla! ¡Ay del alma que no tiene en ella a Jesucristo, el verdadero piloto!
(Hom. XXVIII, de san Macario el Anciano.)
Entre varios santos solitarios que llevaron el nombre de Macario, que significa feliz, hay dos más renombrados, discípulos del gran san Antonio, a quienes los historiadores ec lesiásticos, saint Antoine Patrón de los ermitaños, primer dedicatario de la capilla. como Paladio, Rufino, Sócrates, Sozomeno, Ca siodoro Pallade Autor de la Historia Lausiaca, fuente sobre los Padres del desierto. y Nicéforo Calixto, nunca separan y que, en efecto, estaban muy unidos por los lazos de una santa amistad y se encontraban muy a menudo juntos. El primero y más antiguo es apodado el Egipcio, porque era de Egipto. El segundo y más joven es apodado el Alejandrino, porque era de Alejandría o porque residía allí antes de entrar en la soledad. Es cierto que, como Alejandría era una ciudad de Egipto, ser alejandrino era ser egipcio; pero se consideró oportuno, para distinguir a estos dos santos, dejar al más antiguo el nombre común de la provincia y dar al más joven el de la ciudad de donde era. El Menologio de los griegos marca a ambos el mismo día, a saber: el 4 de enero; pero el Martirologio romano los separa y marca al primero el 15 de enero y al segundo el 2 del mismo mes. Rollandus piensa que hubo aún otro san Macario, discípulo de san Antonio y más antiguo que los dos precedentes; san Antonio lo había hecho intendente de su monasterio de Pispir, junto al Nilo, donde había más de cinco mil monjes, con el encargo de rendirle cuentas de quienes vinieran durante su ausencia para consultarle; lo llevó después, con el bienaventurado Amatas, a una montaña más alejada, y los encargó a ambos de asistirle en su muerte y de sepultarlo. Macario heredó el báculo del santo abad y fue su sucesor. Muchos piensan, sin embargo, que este san Macario no es diferente de san Macario el Anciano, llamado también el Egipcio, quien habiendo entrado en la soledad el año 331, vivió allí, antes de la muerte de san Antonio, el espacio de veintisiete años. Pero, sin detenernos más en esta crítica que no es necesaria para la edificación de los fieles, nos contentaremos con relatar aquí, en abreviado, lo que los historiadores eclesiásticos han escrito sobre san Macario el Egipcio y sobre san Macario el Alejandrino.
Orígenes y comienzos ascéticos
Nacimiento en el Alto Egipto en 301 y primer retiro espiritual cerca de una aldea tras una infancia marcada por una gran sensibilidad moral.
San Macario el Viejo nació en el Alto Egipto a principios del siglo IV, es decir, el año 301. Podemos presumir, por una falta que cometió en su infancia, que la pasó con mucha inocencia de costumbres; pues, mientras llevaba a pastar bueyes con otros niños de su edad, estos robaron higos, y él comió uno que habían dejado caer al huir. Lloraba desde entonces con viva compunción cada vez que lo recordaba; lo que demuestra que no tenía ninguna otra más considerable que reprocharse. Así, tan pronto como fue un poco más avanzado en edad, abandonó por completo el mundo para sustraerse a su contagio y servir a Jesucristo con mayor seguridad; e, imitando los comienzos de san Antonio, cuya eminente virtud hacía mucho ruido, se retiró a una celda cerca de una aldea para ejercitarse allí en la práctica de la vida ascética. El ardor con el que se entregó a ello hizo que avanzara en poco tiempo en la perfección monástica. Se le consideró desde entonces, no solo como un joven que daba grandes esperanzas para el futuro, sino como un religioso muy experimentado, y cuyos ensayos en el combate espiritual eran casi los esfuerzos de los solitarios perfectos. Podemos llamar a esto su primer retiro del mundo.
Lecciones de desapego y paciencia
Relatos que ilustran su desapego material ante un ladrón y su paciencia heroica durante una falsa acusación de costumbres.
Aprendemos de sus historiadores que había llegado a un desapego total y a una paciencia heroica, y que Dios lo honró desde entonces con sus favores más señalados. Se juzgará por los dos rasgos que vamos a relatar. Habiendo salido de su celda, encontró al regresar a un hombre que retiraba todos los pequeños muebles y los ponía sobre un camello. Lejos de mostrar el menor pesar, se presentó ante él como si fuera un extraño, e incluso le ayudó a cargar su bestia. Pero cuando después el ladrón quiso darle un latigazo para hacerla andar, no pudo hacerla levantar; pues se sabe que los camellos se bajan para recibir su carga.
Entonces Macario, entrando en la celda y habiendo encontrado allí un pequeño leño que el ladrón no había notado, se lo presentó diciéndole: «He aquí, hermano mío, lo que su animal esperaba», y lo puso con el resto; después de lo cual dio una patada al camello y le dijo que se levantara.
El animal, que no había obedecido a su amo, se rindió a la voz del Santo. Caminó un trecho del camino, durante el cual el Santo condujo al ladrón, diciendo para sí mismo con mucha tranquilidad: «Nada hemos traído a este mundo y nada podremos llevarnos. Dios me lo había dado, Dios me lo quita; no ha sucedido más que lo que a Él le ha placido; que su santo nombre sea bendito». Sin embargo, el camello no caminó mucho tiempo. Se volvió a sentar cuando llegó a cierta distancia, y fue imposible hacerlo avanzar hasta que el ladrón lo hubo descargado y devuelto al Santo todo lo que le había tomado.
Otra circunstancia mostró cuánto había progresado desde entonces en la paciencia. Fue acusado, por una joven del pueblo vecino a su celda, de una falta de la cual ella no quería señalar al verdadero autor. Los padres de esta joven vinieron a buscar al Santo, le colgaron al cuello vasijas de barro, asas de cántaros y otras cosas semejantes, y lo llevaron por todo el pueblo, golpeándolo hasta casi hacerlo expirar y dirigiéndole toda clase de injurias. Macario no decía nada: consintió incluso en sufrir las condiciones que le imponían como si hubiera sido culpable; pero pronto la joven tuvo que confesar su mentira, y todo el pueblo vino a hacer reparación al Santo. Fue entonces cuando se refugió en el desierto de Escete.
Instalación en Escete y encuentro con Antonio
Retiro al desierto de Escete a los treinta años y viaje iniciático junto a san Antonio el Grande para poner a prueba su virtud.
Macario tenía unos treinta años cuando se retiró a Escete; vivió allí otros sesenta años en los trabajos de la mortificación religiosa. Se cree que san Macario de Alejandría ya había construido un monasterio en este desierto. Sin embargo, algunos historiadores han considerado a san Macario de Egipto como el institutor de los solitarios en este lugar, y han visto al otro Macario como el jefe de los religiosos de las Celdas. Eran contemporáneos y pudieron comenzar su obra casi al mismo tiempo.
Nuestro Santo, establecido pues en el desierto de Escete, se aplicó con tanto mayor ardor a los rudos trabajos de la vida monástica, cuanto que, estando en la impetuosidad de su juventud, se sentía con más fuerza para sostenerlos. Se elevó por ello a un grado muy alto de discreción y sabiduría; de modo que le llamaban el joven le jeune vieillard Ermitaño del desierto de Escete, discípulo de san Antonio. anciano, habiendo avanzado en la virtud por encima de su edad. Su gran reputación atraía ya a muchos solitarios a su desierto, cuando para aprovechar más, tanto para sí mismo como para ellos, fue a ver a san Antonio, saint Antoine Patrón de los ermitaños, primer dedicatario de la capilla. cuya montaña estaba a quince jornadas de allí. El Santo, al oírle llamar a su puerta, la abrió y le preguntó quién era. Respondió que era Macario; e inmediatamente el santo anciano, que quería probar su virtud, cerró su puerta y le dejó esperar fuera. Macario permaneció allí hasta que san Antonio, viendo su paciencia, le abrió de nuevo, le abrazó con amistad y le dijo que deseaba mucho verle, habiendo conocido su modo de vida. Y como se dio cuenta de que estaba cansado, ejerció con él todos los deberes de la hospitalidad.
Al atardecer, san Antonio se ocupó en remojar hojas de palma con las que hacía sus esteras, y san Macario le pidió que le diera algunas para remojarlas también; lo cual hizo, incluso, por ser más joven, en mayor cantidad que él. Después se sentaron y conversaron sobre lo que concierne a la salvación, mientras trabajaban en sus esteras, que bajaban por una ventana a la caverna donde san Antonio habitaba ordinariamente. Habiendo entrado este Santo allí al día siguiente, se percató de la cantidad de esteras que Macario había hecho, y besándole las manos, le dijo: «He aquí unas manos en las que hay mucha virtud».
A su regreso a Escete, ya fuera en el mismo viaje o en algún otro que hiciera, lo cual sus Actas no explican, los solitarios salieron a su encuentro, y él les dijo que había visto a san Antonio, y que le había dicho que no tenían iglesia para celebrar el santo sacrificio. No le preguntaron al principio qué le había respondido el Santo, sino que se lanzaron a otros temas, y él no creyó deber decirles nada más.
Rigor ascético y vida sacramental
Detalle de sus mortificaciones extremas respecto a la comida y el sueño, y su acceso forzado al sacerdocio a los cuarenta años.
Para entrar más en detalle sobre sus austeridades, él mismo confesó a E vagrio Évagre Discípulo de Macario el Egipcio. , quien fue su discípulo durante algún tiempo, que había pasado veinte años enteros de su vida sin comer, ni beber, ni dormir tanto como hubiera querido. «Pues —añadía—, no comía más que una cierta cantidad de pan, que pesaba; medía mi agua, y apoyándome solo contra la pared, tomaba como a hurtadillas el poco sueño del que no podía prescindir». Su regla ordinaria era comer solo una vez a la semana. Quería que sus discípulos se habituaran a una gran mortificación; y el mismo Evagrio contaba que, encontrándose en su compañía a la hora del mediodía, como se sintiera abrasado por la sed, le pidió permiso para beber agua; pero él le respondió: «Conténtese, hijo mío, con estar a la sombra; pues a la hora en que estamos, hay muchas personas que, viajando ya sea por tierra o por mar, están privadas del alivio que usted tiene». Conversaron sobre esto acerca de la mortificación, y el Santo, para animarlo, le refirió de sí mismo lo que acabamos de decir.
Paladio dice, a propósito de su abstinencia, que es inútil hablar de ella, porque aunque era muy grande, no lo distinguía mucho de los otros solitarios; pues, dice, los monjes menos austeros, y que están más cerca de los lugares habitados, no son dados a la gula, y este vicio es aún mucho más desconocido entre aquellos que están en el fondo del desierto, tanto por la escasez de todas las cosas, como por el celo divino que los inflama y los anima a superarse unos a otros mediante las diferentes austeridades que practican.
San Macario apreciaba tanto la mortificación y la privación de todas las comodidades de la vida, que dos solitarios que fueron a visitarlo no encontraron en su celda más que agua podrida. Quedaron tan conmovidos que se ofrecieron a llevarlo a un pueblo para restablecer sus fuerzas agotadas. Como le insistieron para ello, les dijo: «Hermanos míos, ¿saben el lugar donde está el molino de tal hombre de este pueblo?». Le dijeron que sí. «Y yo también lo sé —les dijo—, pero ¿saben dónde está su campo al lado del río?». —«Sí, padre mío», respondieron ellos de nuevo. «Y yo también lo sé». Les decía esto para mostrarles que si hubiera querido buscar sus comodidades, era conocido en el pueblo al que querían llevarlo: «Pero —concluyó—, les agradezco sus amables ofertas; sé cómo proveer a mis necesidades».
Se alquilaba para la cosecha como hacían los solitarios de Nitria, y llevaba él mismo desde Escete a los lugares habitados las cestas que había hecho. Una vez se encontró tan abrumado bajo su carga, que no pudiendo avanzar más, y encontrándose aún lejos del río, se sentó en tierra y se dirigió a Dios, diciéndole con una confianza filial, como un niño que habla a su padre: «Señor, sabes que ya no puedo más»; y al instante se encontró a la orilla del río.
Otra prueba más de su gran mortificación es que, cuando lo obligaban a tomar algún alivio, intentaba compensarlo con algún otro género de penitencia. Así se dice de él que cuando comía con los solitarios y allí se encontraba vino, bebía lo que le presentaban, y pasaba luego tantos días sin beber agua como copas de vino había bebido. Los solitarios que ignoraban su costumbre se apresuraban a ofrecérselo, creyendo con ello sostener sus fuerzas; y era más fácil recibirlo para tener luego ocasión de mortificarse más; pero su discípulo, al darse cuenta, instruyó a los hermanos, quienes ya no se atrevieron a ofrecerle más.
Se notaba bastante en su rostro extenuado cuál era el rigor de su abstinencia. Esto provenía también del temor de Dios del que estaba penetrado. Por eso dijo a unos solitarios que le preguntaban por qué estaba tan demacrado y débil: «Si ponen leña sobre sarmientos encendidos, se consume con ellos; del mismo modo, cuando el alma es consumida de alguna manera por el temor de Dios, el cuerpo debe serlo igualmente».
Cuanto más debilitaba este gran Santo su cuerpo con sus austeridades, más vigor y fuerza tenía su espíritu para elevarse a Dios. Estaba sin cesar como arrebatado fuera de sí mismo, y conversaba más a menudo con Dios que lo que pensaba en lo que sucede bajo el cielo. Tenía cuarenta años cuando fue elevado a la dignidad del sacerdocio. Fue obligado a ello por las apremiantes instancias que le hizo el obispo, quien no quiso que esta lámpara permaneciera oculta bajo el celemín, y que esperaba santificarse a sí mismo imponiéndole las manos. La santidad de este nuevo carácter penetró tan profundamente en su corazón, que para intentar responder a él más plenamente, se dedicó a austeridades totalmente nuevas. Dios también le dio desde entonces el poder de mandar a los demonios, la gracia de curar las enfermedades y el espíritu de profecía. Daremos pruebas de ello después de haber dicho algo sobre su amor por el retiro y el silencio, y de su caridad hacia el prójimo.
Práctica del silencio y milagros de caridad
Uso de un pasaje subterráneo para la soledad, enseñanza sobre el silencio y actos de caridad milagrosos hacia los enfermos y los paganos.
Como su reputación le atraía muchas visitas, encontró la manera de deshacerse de ellas cavando, con mucho esfuerzo, un camino subterráneo desde su celda hasta una caverna que estaba alejada a medio estadio. Así, se sustraía a la vista del mundo cuando era demasiado importunado, escapando por este camino hacia dicha caverna, que era muy profunda, sin que se pudiera saber dónde estaba. Uno de sus discípulos decía después que, al ir allí, solía rezar veinticuatro oraciones, y otras tantas al regresar.
Recomendaba el silencio a los solitarios como una de las virtudes más esenciales para su estado. Un día, tras haber despedido a la asamblea de los hermanos después de la celebración del santo sacrificio en la iglesia que se había construido en Escete desde su viaje a ver a san Antonio, les dijo: «Huid, hermanos míos». —¿«Pero a dónde podemos huir?», le preguntó uno de ellos. ¿Hay algún lugar más apartado que este desierto?». Entonces, poniéndose el dedo sobre la boca, dijo: «Es ahí donde hay que huir»; y al mismo tiempo se retiró a su celda, cerró la puerta y permaneció solo.
Para prevenirlos contra los tedios de la soledad y animarlos a guardarla fielmente, les citaba un ejemplo que tendía a probarles que el demonio la temía extremadamente. «Una madre —les decía— trajo a mi celda a su hijo poseído por el demonio. Cuando este niño llegó, no quería quedarse y decía a su madre: Levántate y vámonos. Y como ella le dijera que no podía caminar: ¡Pues bien!, le respondió él, yo mismo te llevaré. En lo cual admiré la astucia maliciosa del demonio, que intentaba expulsarlo de aquí».
Se cuenta de él un rasgo de dulzura que ganó para Jesucristo a un sacerdote de los ídolos y a varios paganos con él; y se sirvió de este ejemplo para enseñar a los otros solitarios que, a veces, las palabras insolentes y llenas de orgullo hacen que los buenos se vuelvan malos, mientras que las palabras humildes y dulces cambian a los malos y los hacen buenos. Iba de Escete a la montaña de Nitria, acompañado de su discípulo, a quien dijo que fuera delante. Sobre lo c ual debe observars montagne de Nitrie Lugar principal del establecimiento monástico de Ammón. e que era costumbre de los solitarios, cuando iban dos o tres juntos, apartarse un poco unos de otros para evitar conversar vanamente o para conservarse mejor en la presencia de Dios.
Este discípulo, habiéndose adelantado un buen trecho, encontró a un sacerdote idólatra que llevaba un grueso bastón en la mano y que corría como se hacía en las bacanales. Su celo poco discreto le llevó a gritarle: «¿A dónde corres así, demonio?». El idólatra, irritado por esta apostrofe, se acercó a él y lo golpeó tan rudamente que lo dejó medio muerto, tras lo cual volvió a correr. Cuando estuvo cerca de san Macario, el Santo le dijo con dulzura: «Buenos días, buenos días; veo que se toma mucho trabajo y debe estar muy cansado». El idólatra, asombrado por su saludo, se acercó a él y le dijo: «¿Qué ha encontrado de bueno en mí para saludarme como lo hace?». —«Lo he hecho —le respondió el santo— porque he visto que estaba agotado de fatiga y que no se daba cuenta de que eso no le serviría de nada». El idólatra le replicó: «Estoy conmovido por su saludo y comprendo que usted es un hombre de Dios. No ocurre lo mismo con ese malvado solitario que acabo de encontrar. Se le ocurrió decirme injurias, pero se las hice pagar caro, pues lo dejé medio muerto». El Santo comprendió enseguida que hablaba de su discípulo; y el idólatra, arrojándose a sus pies y abrazándolos, le dijo, por un efecto de la gracia que había cambiado su corazón en ese momento: «No le dejaré hasta que me haya hecho monje». Se fueron juntos al lugar donde estaba su discípulo todo magullado por los golpes, y lo llevaron a la iglesia de la montaña de Nitria, porque no podía caminar. Los hermanos de Nitria quedaron extrañamente sorprendidos al verlo llegar con aquel sacerdote idólatra. Le dieron el hábito monástico tras el relato que les hizo de su conversión y de su buena vocación, y varios paganos abrazaron a su ejemplo la fe cristiana.
No desdeñaba aprender la manera de practicar la virtud de aquellos mismos que habían entrado mucho después que él en la soledad; y obligó, un día, a un joven solitario llamado Zacarías a decirle cuál era el deber de un monje. Zacarías, asombrado, le dijo: «¡Ay, padre mío, me pide eso a mí?». —«Sí, hijo mío —le respondió—, Dios quiere que lo aprenda de ti». Entonces el joven solitario le dijo: «Parece, padre mío, que es verdaderamente monje aquel que se hace violencia en todo».
Se cuenta también de él este acto generoso de caridad. Habiendo llegado a la celda de un ermitaño que estaba enfermo y que no tenía absolutamente nada, le preguntó qué deseaba comer. El hermano le dijo que le hubiera gustado algún pastelito. Corrió enseguida a Alejandría para traérselo, y regresó con tanta diligencia, aunque no había menos de treinta leguas de camino, que se consideró el hecho como un milagro.
Actuaba hacia los hermanos con tanta candidez y sencillez que algunos le hicieron reproches en una ocasión; pero él les respondió: «He pedido insistentemente esta gracia a Dios durante doce años; ¿por qué querrían hacerme renunciar a ella?».
Poder sobre los demonios y humildad
Relatos de confrontaciones con los espíritus malignos donde la humildad de Macario se presenta como su arma más poderosa.
Hemos dicho que Dios le había dado poder sobre los espíritus malignos; su historia nos proporciona más de un ejemplo. Los expulsaba de los cuerpos de los poseídos; disipaba sus prestigios; los obligaba a declararle las tentaciones con las que atacaban a los solitarios; era temido por ellos, y él no les temía en absoluto.
Paladio cuenta que una mujer le llevó a su hijo, poseído por el demonio, conducido por dos hombres que lo llevaban atado cada uno por su lado. El espíritu maligno que se había apoderado de él lo volvía tan voraz que comía hasta tres celemines de pan al día y bebía en proporción, y cuando su madre no tenía con qué satisfacer su hambre, se llenaba de las cosas más sucias; pero lo que era aún más particular es que todo lo que comía se convertía en humo que se veía salir de su estómago. Su madre, desolada, suplicó al Santo que lo curara con sus oraciones; lo cual hizo. Luego le preguntó cuánto quería que su hijo comiera al día, a lo que ella respondió que deseaba que no comiera más de diez libras. Es demasiado, replicó el Santo; y oró de nuevo por él, añadiendo a su oración un ayuno de siete días, después de lo cual lo reguló a comer tres libras de pan al día y a ganarlas con su trabajo.
El mismo Santo, mirando una tarde hacia el camino que conducía desde el lugar de su retiro a la soledad donde vivían los otros hermanos, el demonio se le apareció bajo la figura de un hombre cubierto con un hábito de lino, pero lleno de agujeros, y en cada agujero había un frasco. Le preguntó a dónde iba y qué significaban todos esos frascos. «Voy», le respondió el fantasma, «a despertar a los hermanos, y les llevo estas pociones diferentes, para que si alguien no quiere una, pueda presentarle otra que le agrade»; después de lo cual se fue. Pero el santo anciano no se movió del lugar y esperó, continuando mirando hacia el camino, a ver si aparecía de nuevo. Volvió en efecto, y el Santo lo obligó a decirle si había seducido a algún solitario. «Todos vuestros monjes son intratables», le dijo el demonio, «no me muestran más que dureza; no hay uno que quiera seguirme». — «¡Cómo!», dijo el Santo, «¿entonces no tienes ni un solo amigo?» — «Hay uno, sin embargo», añadió el demonio, «que me cree, y en cuanto me ve se gira como el viento». — «¿Cómo llamas a ese?», le preguntó el santo. — «Es Teopempto», dijo el demonio; y desapareció inmediatamente.
San Macario no tardó en ir a casa de los solitarios, quienes, al enterarse de su llegada, salieron a su encuentro con ramas de palma y prepararon cada uno sus celdas para recibir su visita. Pero sin detenerse mucho con ellos, preguntó por Teopempto y fue a alojarse en su celda. Fue recibido con grandes demostraciones de respeto y alegría, como padre común de los solitarios, y cuando estuvieron solos, el Santo le dijo: «Bien, hermano mío, ¿cómo estáis?» — «Muy bien, padre mío, por medio de vuestras oraciones», dijo Teopempto. — «Pero vuestros pensamientos», añadió el Santo, «¿no os causan pena?» Teopempto, sin atreverse a confesar la verdad, le dijo que no. «Por mi parte», replicó el Santo, «que ya he pasado tantos años en esta vida austera, y que, como veis, todo el mundo honra, no os disimularé que a menudo soy atormentado por mis pensamientos». Teopempto, alentado por la humilde confesión del Santo, le replicó: «Ay, padre mío, os confieso que también tengo algunos que me causan mucha pena». El Santo, viéndolo dispuesto por estas palabras a manifestarle el estado de su alma, añadió que él mismo era tentado por diferentes pasiones; y Teopempto le declaró finalmente todo lo que deseaba aprender de su boca. Supo también que solo ayunaba hasta las tres, y le dio estas reglas: Ayunad hasta la noche, ocupaos en el trabajo, meditad siempre algunos pasajes del Evangelio, o de algún otro libro de la Escritura, y cuando el demonio os ponga algún mal pensamiento en la mente, mirad siempre hacia arriba mediante la oración, y nunca hacia abajo, y Dios vendrá pronto en vuestro auxilio. Después de haberlo instruido así sobre lo que debía hacer, regresó a su soledad.
Algún tiempo después, el demonio se le apareció como la primera vez y le repitió que iba a despertar a los hermanos. Volvió luego después de haber merodeado alrededor de sus celdas para tentarlos, y san Macario le preguntó cómo estaban. «Están», respondió el espíritu maligno, «todos más duros y más salvajes; pero lo peor es que el que me obedecía antes está ahora totalmente cambiado, no sé por qué; no solo se niega a escucharme, sino que es más intratable que los otros, lejos de ser mi amigo como antes».
La intrepidez de san Macario frente a los espíritus malignos era admirable. Prueba la grandeza de su fe y de su confianza en Jesucristo, que ha triunfado sobre el infierno y ha atado por su pasión al príncipe de las tinieblas. Vino una vez a Terenut, y encontrándose sorprendido por la noche, entró en un sepulcro para dormir allí. Había allí varios cadáveres de paganos, y tomó uno para que le sirviera de cabecera, como si hubiera sido un manojo de juncos. Los demonios, picados de ver su seguridad, quisieron asustarlo. Fingieron llamar al muerto sobre el cual reposaba la cabeza, diciéndole: «Fulano, ven con nosotros al baño». Y otro demonio, haciendo como si ese muerto respondiera desde debajo del Santo, dijo: «No puedo ir, porque tengo a un extranjero encima». Pero san Macario, lejos de asustarse, dio grandes puñetazos a ese cuerpo, diciéndole: «Levántate si puedes». Entonces los demonios lanzaron un gran grito, diciendo: «Has vencido»; y huyeron llenos de confusión.
Otra vez que regresaba de madrugada a su celda, cargado de hojas de palma que había ido a buscar al pantano, el diablo se le apareció, sosteniendo en su mano una guadaña extremadamente afilada, con la que se esforzó por golpearlo; pero habiéndole quitado Dios el poder, exclamó: «Oh Macario, me haces sufrir una violencia extrema, viendo que no puedo dañarte y que la fuerza me ha sido quitada, aunque cumpla más perfectamente que tú las cosas que haces; pues si tú ayunas a veces, yo nunca como, y si tú velas a veces, nunca el sueño me cierra los párpados. Solo hay una cosa en la que confieso que me superas». Sobre esto el Santo le preguntó qué era; él le respondió: «Es tu humildad; es esa virtud la que hace que no pueda hacer nada contra ti». El Santo, a estas palabras, extendió las manos para orar, y el demonio se desvaneció.
No era sin razón que este espíritu de orgullo temiera tanto la humildad de Macario; pues este gran Santo, a quien Dios había dado tanto imperio sobre él, que practicaba tan grandes austeridades, y que brillaba en medio de los solitarios por sus dones sobrenaturales y por su eminente virtud, estaba tan alejado de buscar las alabanzas de los hombres, y tenía una idea tan baja de sí mismo, que por una parte se ocultaba tanto como podía a los ojos de sus hermanos, y no empleaba el don de milagros que Dios le había comunicado, sino tanto como era forzado por la compasión y la caridad, o que la gloria de Dios estaba interesada; y por otra parte, se consideraba como el mayor pecador y vivía en un santo temor de los juicios de Dios: lo que le hizo confesar en una ocasión, a unos solitarios, que no eran tanto sus ayunos los que hacían su cuerpo tan seco y tan extenuado, como el temor de Dios del que estaba penetrado.
Dones de profecía y discernimiento
Predicción de la caída de su discípulo Juan y milagro de un muerto que testifica para declarar inocente a un acusado.
Dios también le había favorecido con el don de profecía. Se cita la que hizo sobre la decadencia del estado monástico en el desierto de Escete, la cual fue demasiado justificada por los acontecimientos. Tenía dos discípulos, de los cuales uno vivía en una celda separada, y el o Jean Sucesor de Alejandro y predecesor de Marcelo. tro, llamado Juan, estaba junto a él para servirle en su avanzada edad, o para cumplir con los deberes de la hospitalidad hacia quienes venían a visitarlo. Habiéndolo iluminado el Señor sobre los sentimientos interiores de este último, le habló en estos términos para llevarlo a corregirse: «Escúchame, hermano Juan, y recibe con docilidad un aviso que quiero darte, y que te será de gran utilidad si quieres aprovecharlo. Estás siendo tentado, y es por el demonio de la avaricia; pues lo he visto. Si recibes bien la advertencia que te hago, cumplirás con perfección la obra de Dios en este lugar. Te harás célebre y los juicios de Dios no se acercarán a ti; por el contrario, si no te rindes a mi amonestación, caerás finalmente en la enfermedad de Guehazí, cuyo pecado ya has contraído».
El discípulo, en lugar de aprovechar este aviso saludable, no pensó en enmendarse, y lo que le había sido predicho sucedió; pues habiendo muerto el Santo, Juan fue hecho sacerdote después de él; pero el demonio, que había cegado a Judas por la avaricia, lo cegó igualmente hasta hacer que se apropiara de lo que pertenecía a los pobres, y finalmente, quince o veinte años después de la muerte de san Macario, se encontró tan cubierto de la lepra que se llama elefantiasis, que no se encontraba en todo su cuerpo la anchura de un dedo que no estuviera estropeado.
Un hombre, habiendo sido acusado de un asesinato del cual era sin embargo inocente, huyó a su celda por miedo a ser arrestado y castigado como culpable. Pero aquellos que lo perseguían llegaron poco después, protestando al Santo que si no se llevaban a ese asesino para hacer justicia, ellos mismos estaban en peligro. El acusado protestaba que era inocente, y la disputa muy viva por ambas partes no terminaba. El Santo, viendo que dejándolos discutir más no avanzaría en nada, preguntó dónde habían enterrado al muerto y se dirigió allí con aquellos que querían llevarse al hombre al que acusaban. Allí, puso las rodillas en tierra e invocó el nombre de Jesucristo, después de lo cual dijo a los asistentes: «El Señor hará conocer ahora si este hombre al que acusáis es culpable o no». Entonces, elevando la voz, llamó al muerto por su nombre y le dijo: «Te conjuro por Jesucristo a declarar si es este hombre al que acusan quien te quitó la vida». A lo cual el muerto respondió desde el fondo del sepulcro, con una voz inteligible, que no era él quien lo había matado. Todos los presentes, aterrorizados por tan gran milagro, se arrojaron a sus pies y le rogaron que preguntara al muerto quién era entonces el autor de ese asesinato; pero el Santo les respondió: «Eso es lo que no haré. Me basta con haber mostrado la inocencia del acusado, sin dar a conocer al culpable, quien quizás se arrepentirá de su falta, hará penitencia y salvará su alma».
Exilio arriano y últimos instantes
Persecución por parte del obispo arriano Lucio, última visita a los hermanos de Nitria y exhortación final a la penitencia antes de su muerte.
Tales eran los efectos de su fe viva. Como la confirmó con prodigios, tuvo también la dicha de defenderla sufriendo valientemente la persecución. Compartió, con Macario de Alejandría y otros Padres de aquellos desiertos, la gloria de ser relegado a una isla desierta por la impiedad de Lucio, a qui en l Luce Obispo arriano intruso de Alejandría que persiguió a los monjes ortodoxos. os arriano s habí Ariens Herejía combatida por Columbano en Italia entre los lombardos. an colocado en la cátedra de san Marcos, de la cual era tan indigno, y que entre los de su secta era uno de los más encarnizados contra la divinidad de Jesucristo.
Finalmente, este hombre tan célebre por sus prodigios, y que no lo era menos por sus heroicas virtudes, estando al final de su carrera, los ancianos del monte de Nitria le enviaron hermanos para rogarle que fuera a verlos una vez más antes de que dejara la tierra, porque era demasiado difícil que todos ellos fueran a Escete. Su caridad no pudo negarse a su invitación. Se dirigió a ellos, y habiéndose colocado todos a su alrededor, los ancianos le rogaron que dijera algunas palabras de instrucción a todos los hermanos reunidos. No les hizo un largo discurso; pero les dijo estas palabras tan conmovedoras y que mostraban que había conservado hasta el fin de su vida un sentimiento íntimo de temor de Dios en su corazón: «Lloremos, les dijo, hermanos míos, y que nuestras lágrimas no se sequen antes de que vayamos a aquel lugar donde las que derramaremos, si no hemos llorado en esta vida, lejos de apagar el fuego que nos quemará, no servirán más que para avivarlo». Los hermanos quedaron tan conmovidos al oír hablar así a un hombre tan santo y al mismo tiempo tan humilde, que todos se pusieron a llorar, se postraron en tierra y dijeron: «Usted que es nuestro padre, le conjuramos que rece por nosotros». Es probable que no viviera mucho tiempo después de esta visita.
Se representa a san Macario el Anciano como ermitaño, rezando o trabajando en su celda o en su caverna: de la bóveda cuelga una linterna, para indicar que buscaba voluntariamente los lugares más oscuros con el fin de ocultarse de la vista de los hombres. Por lo demás, hemos hablado más arriba del camino subterráneo que conducía de su celda a una caverna.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Nacimiento en el Alto Egipto en 301
- Retiro inicial en una celda cerca de un pueblo
- Acusación calumniosa de seducción y huida al desierto
- Instalación en el desierto de Escete a los 30 años (hacia 331)
- Visita a san Antonio Abad
- Ordenación sacerdotal a los 40 años de edad
- Exilio en una isla desierta por el obispo arriano Lucio
- Muerte tras 60 años de vida en el desierto
Milagros
- Obediencia milagrosa de un camello cargado por un ladrón
- Transporte instantáneo a la orilla de un río bajo el peso de cestas
- Curación de un niño poseído y voraz
- Resurrección temporal de un difunto para declarar inocente a un acusado
- Viaje milagrosamente rápido a Alejandría por un pastel
Citas
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Nada hemos traído a este mundo y nada podremos llevarnos de él. Dios me lo dio, Dios me lo quita; no ha sucedido más que lo que a Él le ha placido; que su santo nombre sea bendito.
Texto fuente (palabras durante el robo de sus muebles) -
Lloremos, hermanos míos, y que nuestras lágrimas no se sequen antes de que vayamos a aquel lugar donde las que derramemos... no servirán más que para encenderlo.
Última instrucción a los hermanos de Nitria