San Fausto de Riez
TERCER ABAD DE LÉRINS Y OBISPO DE LA ANTIGUA SEDE DE RIEZ.
Tercer abad de Lérins y obispo de Riez
Originario de Gran Bretaña, Fausto fue el tercer abad de Lérins antes de convertirse en obispo de Riez en 461. Gran teólogo y defensor de la fe contra el arrianismo y el predestinacionismo, fue exiliado por el rey Eurico antes de morir centenario. Es reconocido por su ascetismo riguroso y su caridad hacia los pobres.
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SAN FAUSTO,
TERCER ABAD DE LÉRINS Y OBISPO DE LA ANTIGUA SEDE DE RIEZ.
Juventud e ingreso en Lérins
Originario de Gran Bretaña, Fausto llevó una brillante carrera en la abogacía antes de retirarse al monasterio de Lérins hacia el año 420 bajo la dirección de san Honorato.
San Fausto, Saint Fauste Discípulo y biógrafo de Máximo. uno de los hombres más notables de su siglo, era originario de Gran Bretaña. Vino al mundo hacia el año 390. Sus padres le hicieron educar con gran esmero y no omitieron nada para desarrollar las felices disposiciones que manifestaba para el estudio y el trabajo. Dotado de un espíritu sutil y penetrante, de una concepción fácil, Fausto hizo rápidos progresos en las ciencias; se dedicó sobre todo al estudio de la filosofía, que siempre fue su ciencia predilecta. A una instrucción sólida y variada, unía el conocimiento y la práctica de las virtudes cristianas. Había comprendido que, para no ser perjudicial al hombre, la ciencia debe apoyarse en Dios, no tener más que a Él por objeto y por fin. Fausto siguió primero la carrera de la abogacía y la ejerció con honor y distinción. Su elocuencia, su dialéctica apremiante y sus conocimientos en materia de derecho le granjearon una merecida reputación.
No obstante todas las ventajas que el mundo podía procurarle, Fausto supo mantenerse en guardia contra sus ilusiones y las tentaciones de la vanagloria. Fiel a los preceptos del divino Salvador, ambicionaba, por encima de todas las cosas, el reino de Dios y su justicia. Fue con esta disposición de espíritu que formó el generoso proyecto de abandonar el siglo y enterrar sus talentos en la soledad. Tras haber meditado largamente este designio en el silencio y la oración, se alejó para siempre de su patria, de su familia, y dirigió sus pasos hacia la soledad de Lérins. La alta reputac ión de la que ya g solitude de Lérins Monasterio célebre donde se alojó Domiciano. ozaba este célebre monasterio, y sobre todo el deseo de formarse en la perfección evangélica bajo la dirección de maestros tan santos como perfectos, le empujaron hacia esta isla. Solicitó, pues, con tanta instancia como humildad, el favor de ser admitido en el número de los simples religiosos. El santo abad Honorato, habiendo reconocido en él todas las marcas de una vocación divina, le dio el hábito monástico hacia el año 420. Bajo la guía de Honorato, de Máximo y del santo anc iano C Maxime Abad de Lérins y posteriormente obispo de Riez en el siglo V. aprasio, considerado como el padre espiritual de la comunidad de Lérins, Fausto, ya religioso de corazón, se formó rápidamente en la práctica de todas las virtudes monásticas. Su humildad, su dulzura y su obediencia eran la admiración de sus hermanos. Se esforzaba siempre, en la medida de lo posible, por evitar lo que hubiera podido mostrarle superior a los simples monjes en ciencia, luces y talentos. Se consideraba muy dichoso y muy honrado de vivir en medio de esta sociedad de santos, en un lugar al abrigo de todas las tempestades del siglo y de las pasiones humanas. Su ardor por la penitencia y la mortificación era tal, que a menudo fue necesario moderarlo y contenerlo mediante el freno saludable de la obediencia. Una conducta tan edificante y tan propia para granjearle la estima y el afecto de sus hermanos no podía escapar a la mirada del santo abad Máximo; supo discernir, a través de esa humildad, todos los tesoros de ciencia y todos los recursos de los que su espíritu estaba dotado, así como su corazón. Previó desde entonces de qué utilidad podría ser este simple monje para su comunidad y para la Iglesia. Le confió, pues, la dirección de los estudios del monasterio y le profesó para siempre un afecto muy especial.
Abad de Lérins y concilio de Arlés
Elegido abad en 434, defiende la independencia de su monasterio frente al obispo de Fréjus, conflicto resuelto por el concilio de Arlés en 453.
Pero lo que constituye el mejor elogio de Fausto es el testimonio brillante rendido a sus virtudes y a sus méritos por el bienaventurado Máximo, cuando, obligado a aceptar el obispado de Riez, eligió a un sucesor en la abadía de Lérins. Fausto fue designado ante sus hermanos como el más digno y el más capaz para el gobierno del monasterio; y todos, de común acuerdo, lo proclamaron abad de Lérins (enero de 434). Elegido para esta alta dignidad, Fausto se mostró tan humilde, tan celoso y tan penitente como lo era anteriormente. Durante los veintisiete años que gobernó este monasterio, sostuvo dignamente su reputación y su regularidad mediante su vigilancia y sus ejemplos. Pero si fue celoso por la observancia de la disciplina, no lo fue menos por la defensa de los derechos de su monasterio. Un conflicto de jurisdicción surgió entre el abad de Lérins y el obispo de Fréjus. Este último, basándose en que las islas de Lérins dependían de su diócesis, quiso arrogarse una plena y entera jurisdicción sobre los monjes. Fausto sostuvo los derechos de su cargo con mucha fuerza y energía: esta conducta desagradó al obispo, quien le prohibió el ejercicio de su dignidad. Este acto de rigor causó cierto escándalo y perturbó la paz de esta soledad. Se vio entonces al santo abad mostrarse lleno de respeto y de humildad: se sometió sin resistencia a la orden que lo despojaba de sus prerrogativas y esperó con confianza la decisión del concilio que se reunió en Arlés para resolver este asunto. El concilio se abrió, en efecto, el 4 de diciembre de 453. Trece prelados se encontraron reunidos bajo la presidencia del metropolitano Ravennius. Dos de ellos, Máximo de Riez y Valeriano de Cimiez, abogaron por la causa del abad de Lérins. El concilio ordenó que el obispo de Fréjus se contentara con las satisfacciones que le ofreciera Fausto, y que este último fuera restablecido lo antes posible en el gobierno de su monasterio. Además, dictaminó que los monjes que no estuvieran en las sagradas órdenes dependerían únicamente del abad encargado de gobernarlos, pero que los religiosos destinados a las sagradas órdenes solo serían ordenados y confirmados por el obispo diocesano. Esta sabia decisión restableció la buena armonía entre las dos partes.
Episcopado y vida ascética
Sucediendo a san Máximo en la sede de Riez en 461, mantuvo una disciplina monástica rigurosa mientras se dedicaba a los pobres y a los enfermos.
De regreso a su monasterio, el bienaventurado Fausto continuó siendo para sus religiosos el modelo de todas las virtudes. A imitación de su santo predecesor, dirigía frecuentes instrucciones que, apoyadas por su ejemplo, y además por la unción y la elocuencia de su palabra, hacían germinar en sus almas la raíz de todas las virtudes evangélicas. Fue en medio de estas santas ocupaciones que el santo abad se vio llamado al episcopado. Tras la muerte del bienaventurado Máximo, el clero y el pueblo de Riez juzg aron Riez Sede episcopal del santo. que nadie más era digno de ocupar esta sede que aquel mismo a quien nuestro Santo había elegido como sucesor en la abadía de Lérins. Fausto aceptó temblando esta dignidad de la que se ha dicho que es una carga temible incluso para los ángeles. Su elección al episcopado había sido preparada por el propio san Máximo, y su aceptación fue ordenada por la obediencia a la voluntad de su predecesor y de su padre.
Fausto tomó posesión de su sede el 16 de enero de 461, y llevó a ella todas las virtudes que se habían admirado en él en el claustro. Siempre fiel observador de la disciplina monástica, añadía a ella nuevas austeridades, no bebiendo nunca vino y no tomando por lo general otro alimento que frutas y verduras crudas. Estableció en su iglesia las oraciones acostumbradas en Lérins, es decir, reguló el oficio divino según los usos de aquella comunidad. Incesantemente ocupado en la salvación de su rebaño, dedicaba todos sus cuidados a la instrucción de su pueblo, a la visita de los prisioneros, a procurar a los pobres el alimento y el vestido necesarios, y finalmente a asistir a los enfermos en sus últimos momentos. La sepultura de los muertos formaba también parte de sus buenas obras: se le vio varias veces cargar sobre sus hombros cadáveres medio podridos de los que todos se alejaban con horror, llevarlos hasta la fosa y rendirles todos los deberes religiosos. Nada en sus vestiduras lo distinguía de sus sacerdotes; su actividad, su fervor y su caridad eran lo único que lo hacía destacar en el cumplimiento de las santas funciones del sacerdocio. Consagrando apenas unas horas al sueño, sobre la tierra desnuda o el suelo de su habitación, asustaba a los más fervientes anacoretas por sus austeridades. Duro consigo mismo hasta la crueldad, no respiraba más que dulzura, afabilidad y compasión por los demás: por ello ganaba fácilmente todos los corazones. Pastor vigilante y fiel, nunca omitía ningún deber de su cargo, recorriendo su diócesis para reconocer a sus ovejas, distribuyéndoles el pan de la palabra y devolviéndolas al redil si habían tenido la desgracia de alejarse de él.
Misiones diplomáticas y amistades
Fausto participa en concilios en Roma y Lyon, entablando amistad con Sidonio Apolinar y el rey burgundio Gundebaldo.
No fue solo en su diócesis donde Fausto tuvo ocasión de desplegar la actividad de su celo por el bien de la Iglesia y la gloria de la religión. Pronto se le vio involucrado en todos los asuntos importantes que surgieron en su tiempo, tomando parte activa en ellos y resolviéndolos. Es así como en 462, lo encontramos enviado por el concilio de Arlés para ir a tratar en Roma, con su colega Auxonio, la intrusión de Hermes de Narbona. El papa Hilario VIII ocupaba entonces la Santa Sede. Hilario los recibió con todas las consideraciones debidas a su dignidad y, habiendo conocido el motivo de su misión, convocó en Roma un concilio de diversas provincias de Italia. Fausto asistió a este concilio, no como simple juez, sino como representante de sus colegas de las Galias. Fue además elegido, junto con Auxonio, como juez y árbitro en el asunto de Leoncio de Arlés y Mamerto de Vienne, habiéndose este último permitido dar la consagración episcopal al obispo de Die, sin estar autorizado por el metropolitano de Arlés, quien tenía la inspección sobre cuatro provincias. El Papa aprobó las actas del concilio y las notificó a los obispos de las provincias Lugdunense, Vienense, de las dos Narbonenses y de los Alpes Marítimos, mediante su carta del 3 de diciembre de 462. De regreso a su diócesis, Fausto retomó con un ardor renovado sus ejercicios ordinarios de caridad. Para renovarse aún más en el fervor, iba a menudo a visitar las grutas de Moustiers y los otros lugares de la vecindad que Máximo había poblado de monjes y anacoretas. Varias veces también se dirigió a Lérins: allí, dejando en cierto modo el peso de su dignidad, se confundía entre los religiosos, se asociaba a todos sus ejercicios, les rendía los deberes más humildes y humillantes, y los servía con sus propias manos. Se habría dicho, al verlo macerar su cuerpo extenuado, que tenía que expiar grandes crímenes o que apenas comenzaba a servir a Dios. Sus visitas a los religiosos eran así una predicación continua de humildad, de abnegación y de renuncia a sí mismo.
En el año 470 y en el mes de julio, Fausto recibió en su ciudad episcopal la visita del célebre Sidonio Apolinar, quien, de prefe cto de Roma, se hab Sidoine Apollinaire Obispo de Clermont y escritor galorromano. ía convertido en patricio, yerno del emperador Avito y finalmente obispo de Clermont, en Auvernia. Este hombre ilustre profesaba una profunda admiración por las virtudes y los escritos de Fausto. Hizo expresamente el viaje a Riez para conversar con él y desahogar en su corazón los sentimientos que desbordaban del suyo. Fausto, justo apreciador de los méritos y virtudes de Sidonio, prodigó a su huésped todos los deberes de la hospitalidad más generosa y respetuosa. Lo condujo a los principales lugares de la vecindad y, notablemente, a Moustiers, para visitar a los monjes y la iglesia que habían construido en ese lugar en honor a la Virgen Madre de Dios. Fue con ocasión de esta visita y en agradecimiento por todos los cuidados piadosos de su huésped que Sidonio compuso su *Carmen Eucharisticum*, donde, en un estilo conciso pero pomposo, canta las virtudes del obispo de Riez. «Ya sea que vivas en las sirtes ardientes, en lugares inaccesibles», escribe, «ya sea que, sobre la cumbre escarpada de los Alpes, morada de un frío glacial, que sin embargo no puede amortiguar en tu corazón el ardiente amor que profesas a Cristo, te vea tomar solo algunas horas de sueño sobre una tierra desnuda, atemorizar a los anacoretas con tus austeridades y seguir el camino al que te llaman Elías, Juan, los dos Macarios, Pafnucio, Hilarión; ya sea que devuelvas a Lérins a su primer padre, Lérins donde vas a menudo, aunque quebrantado por la vejez, a descansar sirviendo a tus discípulos; donde apenas consagras algunos momentos al sueño, evitando tomar alimentos cocidos, no bebiendo vino, ayunando sin cesar y cantando salmos, recordando a tus hermanos cuántas montañas se elevaron hasta los cielos desde el fondo de esta isla; cuál fue la vida santa del viejo Caprasio; de qué gracias fue dotado Honorato, su padre; qué virtudes practicó ese Máximo del cual eres sucesor por doble título, pues gobiernas su Iglesia en calidad de pontífice y gobernaste a sus monjes en calidad de abad; ya sea que te contemple en medio del pueblo confiado a tus cuidados, y que comienza, según tus exhortaciones, a despreciar las costumbres de sus antepasados; ya sea que considere tu premura por proveer a las necesidades de los enfermos, de los peregrinos y de aquellos cuyas piernas enflaquecidas flaquean bajo el peso de las cadenas; ya sea que, aplicado por entero a rendir a los muertos los últimos deberes, no desdeñes llevar tú mismo los restos lívidos e infectos del pobre; ya sea que, colocado sobre los peldaños de los santos altares, hables ante el pueblo, que se agolpa a tu alrededor para escuchar la ley de Dios y extraer los remedios saludables que encierra; hagas lo que hagas, en cualquier lugar que te encuentres, siempre serás para mí Fausto, Honorato y Máximo». Este último rasgo caracteriza, mucho mejor de lo que nosotros sabríamos hacerlo, la alta opinión de santidad que Sidonio profesaba por el piadoso obispo de Riez.
Hacia finales del año 470, Fausto se dirigió a Lyon por invitación de san Paciente, para asistir a la dedicación de la iglesia que se acababa de construir. Un gran número de obispos se reunieron allí para el mismo objeto, y durante ocho días esta solemnidad fue celebrada con una pompa extraordinaria. Fausto fue invitado a pronunciar los discursos de rigor: lo cual hizo ante los aplausos de toda la asistencia. Fue durante su estancia en Lyon que entabló conocimiento y amistad con Gundebaldo, rey de los burgundios, quien le dio en varias ocasiones testimonios de estima y respeto.
La hambruna de 474 y las Rogativas
Durante una grave hambruna, organiza el socorro con la ayuda de san Paciente e instituye las oraciones de las Rogativas en Riez.
La caridad del santo obispo fue puesta a dura prueba en el año 474. La ciudad y la diócesis de Riez estaban oprimidas bajo el abrazo de una horrible hambruna. En esta calamidad, el pontífice, haciéndose todo para todos, prodigó a sus hijos hambrientos todos los socorros que la caridad más ingeniosa podía sugerirle. Pobre él mismo, se despojó aún de lo poco que poseía para procurar a su pueblo los alimentos necesarios. Hizo venir de las provincias vecinas, y especialmente de Lyon, grandes cantidades de trigo que san Paciente ponía a su disposición y que distribuyó generosamente a sus diocesanos. A estos socorros unió los de sus exhortaciones, de sus ejemplos, de sus austeridades para conjurar el flagelo y obtener de Dios su cese. Fue en esta ocasión también que instituyó en su iglesia los tres días de súplicas solemnes, conocidas bajo el nombre de Rogativas; súplicas que se perpe túan aún Rogations Oraciones litúrgicas instituidas por Fausto de Riez. en nuestros días, y que, por ello mismo, deben ser para nosotros más santas y más respetables. El Señor escuchó a su siervo, y el recuerdo del terrible flagelo no hizo más que hacer al pastor más querido por su rebaño.
Defensa de la fe contra Lúcido
Combate la herejía de la predestinación defendida por el sacerdote Lúcido y redacta un tratado importante sobre la gracia y el libre albedrío.
Al año siguiente (475), Fausto tuvo la oportunidad de mostrar su celo por la defensa de la fe y la conversión de los innovadores. El sacerdote Lúcido, vinculado a lo que se creía en la iglesia de Marsella, hab ía propagado la herejía de l hérésie de la prédestination Debate teológico central sobre la salvación y la voluntad divina. a predestinación negando la cooperación del libre albedrío con la gracia. Fausto intentó desengañarlo en las cartas que le escribió y en las conferencias que mantuvo con él; luego, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, lo denunció ante el concilio de la Provincia, que el metropolitano Leoncio convocó en Arlés, y al que asistieron treinta obispos, entre ellos san Eufronio de Autun, san Paciente de Lyon y san Mamerto de Vienne. El concilio condenó el error, pero suspendió los procedimientos contra Lúcido, ante las reiteradas instancias de Fausto, quien aún esperaba devolver al innovador a la creencia católica. Nuestro piadoso prelado se entrevistó de nuevo con Lúcido y se esforzó por hacer entrar la verdad en su corazón por los caminos de la dulzura y la bondad, apoyadas por la elocuencia de su palabra y la fuerza de sus razonamientos. El innovador, ya conmovido por una caridad tan perseverante, pidió entonces ser instruido mediante algún escrito. Fausto se encargó también de este cuidado, redactando, durante la celebración misma del concilio, una larga epístola que fue firmada por once obispos para darle mayor autoridad. Esta epístola causó una impresión tan viva en el espíritu de Lúcido, que estampó en ella su firma, y llamado luego ante el concilio, retractó solemnemente de palabra y por escrito la herejía de la predestinación.
Como, después del Señor, se atribuyó la solución de este asunto al celo de Fausto y a su carta, los Padres del concilio de Arlés le instaron a escribir contra la herejía predestinacionista y a ordenar las razones que se le habían opuesto. Fausto accedió voluntariamente a sus deseos: compuso una obra dividida en dos volúmenes, sobre *la gracia y el libre albedrío*. Antes de que la hiciera pública, se convocó un segundo concilio en Lyon contra los predestinacionistas. Este concilio confirmó el juicio dictado por el de Arlés y condenó los nuevos errores que habían sido descubiertos en estos sectarios. Fausto, que estaba entre el número de los Padres de Lyon, fue nuevamente rogado para que publicara su obra y añadiera en ella la refutación de los nuevos errores. Estos detalles se encuentran consignados en el prefacio mismo de la obra de Fausto, que el autor dedicó a Leoncio de Arlés, su metropolitano.
Conflicto con los visigodos y exilio
Opuesto al arrianismo del rey Eurico, Fausto es exiliado a Limoges, donde entabla amistad con el obispo Ruricio.
No es solo en los asuntos de la religión o de la Iglesia donde encontramos mezclado el nombre de Fausto. La alta estima de la que gozaba ante los príncipes de la tierra lo designó para su elección en la defensa de sus intereses temporales. El imperio, que había cambiado a menudo de dueño en poco tiempo, estaba entonces gobernado por Julio Nepote. Los visigodos, salidos de las fronteras de España, y ya establecidos bajo la co nducci Evaric Rey de los visigodos que persiguió a los católicos. ón de Eurico en la Novempopulania y en Narbona, creyeron que la ocasión les era favorable para extender su conquista. Fueron pues a sitiar la ciudad de los arvernos, y desde allí amenazaban la provincia de Vienne y las otras provincias vecinas. En esta coyuntura, Julio Nepote, que no estaba en condiciones de resistir a Eurico, recurrió a la negociación y encargó de ella a cuatro obispos: Leoncio de Arlés, Greco de Marsella, Basilio de Aix y Fausto de Riez. Los diputados se presentaron ante el rey bárbaro con la misión de tratar la paz; pero la negociación no fue afortunada. Eurico prosiguió sus conquistas. Se hizo primero dueño de Arlés y de Marsella, y desde allí, extendiéndose como un torrente devastador, sometió a sus leyes toda la parte de la Provenza más acá del Durance. Gascuña y las Dos Aquitanias fueron sobre todo presa de sus estragos. La Provenza fue menos maltratada; pero tuvo mucho que sufrir de las astucias y violencias empleadas para implantar la perniciosa herejía de Arrio.
En este extremo, el celo de Fausto por la fe católica se manifestó con más brillo que antes. Pensó primero en prevenir a sus ovejas. Se le vio recorrer las ciudades y los burgos de su diócesis, predicando con un ardor extraordinario, demostrando con tanta elocuencia como lucidez la verdad católica desnaturalizada por los sectarios, inspirando a todos un vivo horror a la herejía. Pero fue sobre todo en su ciudad episcopal donde hizo estallar su celo, reuniendo cada día a su pueblo y a su clero, imponiéndose nuevas austeridades y suspirando por la palma del martirio a fin de que su sangre alejara la contagio del rebaño confiado a sus cuidados. No era suficiente para él. Pontífice de la Iglesia y guardián del depósito de la fe, quiso proveer aún a las necesidades de todos los fieles. Publicó con este fin un gran número de cartas contra los arrianos y su obra contra las herejías de Arrio y de Macedonio. Añadió a ello un tratado especial sobre el Espíritu Santo. Este celo no podía sino desagradar al tirano: amenazó, pero en vano; el santo obispo no era sino más ardiente en la defensa de la verdadera fe. Eurico ordenó entonces apoderarse de su persona y, exiliándolo de su diócesis, le asignó la ciudad de Limoges como prisión.
La pers ecución Limoges Posible lugar de nacimiento del santo y origen de la mujer milagrosa. es la piedra de toque de la santidad. Fausto no se relajó ni en su celo ni en sus austeridades. Aquellos en medio de los cuales estaba condenado a vivir, testigos de sus ejemplos, admiraron su grandeza de alma, se retemplaron en la fe y en la práctica de las virtudes cristianas. La tierra de exilio fue un nuevo teatro, preparado por la divina Providencia para este generoso confesor de la fe. Ruricio, obispo de Limoges, vino a visitarlo a menudo y le suavizó con sus buenos oficios el rigor del exilio. Tenía por Fausto una piedad filial, una tierna veneración, una confianza ciega, dirigiéndose según sus consejos y dejándole la dirección de su conciencia.
Regreso, muerte y posteridad
De regreso del exilio en 484, muere centenario en 493. Su cuerpo es trasladado más tarde a Cavaillon, mientras que sus reliquias en Riez son destruidas por los hugonotes.
Habiendo muerto el rey Evarico, Fausto vio terminar su exilio y pudo regresar a su iglesia en 484. Fue recibido allí con entusiasmo y con todos los honores debidos a un generoso confesor de la fe. Su avanzada edad no había debilitado en absoluto su celo y su mortificación. El alejamiento solo había hecho que el rebaño confiado a sus cuidados le fuera más querido. Su entrada fue un verdadero triunfo y dulces lágrimas corrieron de todos los ojos. Sintiendo acercarse su última hora, se preparó con todo el fervor posible para sostener el último combate, esperando con justa confianza la recompensa prometida a sus trabajos y a sus virtudes. Finalmente, después de más de 33 años de episcopado pasados en todo el rigor de la vida monástica, murió en paz en su iglesia el 25 de enero del año 493, a la edad de más de cien años.
[ANEXO: CULTO Y RELIQUIAS. — ESCRITOS.]
Fausto fue inhumado en su iglesia catedral; pero su cuerpo fue trasladado posteriormente, sin que se conozca el motivo Cavaillon Ciudad de nacimiento y de ministerio principal del santo. , a Cavaillon, donde es expuesto a la veneración de los fieles bajo el nombre del bienaventurado Fausto, abad de Lérins. En Riez no se poseía ya, como única reliquia, más que sus vestiduras y la cátedra desde la cual anunciaba la palabra santa y pronunció, entre otros sermones, el panegírico de su santo predecesor Máximo. Estos preciosos restos eran conservados en la antigua basílica de San Albón, llamada después de San Máximo. Perecieron con todo el mobiliario de esta iglesia, en el incendio y el saqueo que cometieron allí los hugonotes en el año 1574.
El culto público rendido a Fausto se remonta a la más alta antigüedad y data de su muerte. Encontramos su fiesta marcada con octava, e inscrita en grandes caracteres y con tinta roja, en el más antiguo calendario manuscrito de la Iglesia de Riez, y la misa en su honor en un viejo misal manuscrito. En la antigua basílica de San Máximo, que fue la iglesia catedral durante varios siglos, había una capilla bajo la advocación de san Fausto. Los sabios bolandistas, bajo la fecha del 17 de enero, y el mismo Baronio, están en el error cuando dicen que existe en la ciudad de Riez una basílica erigida en su honor. Nunca hubo una basílica, sino más bien una capilla en la basílica de San Máximo.
La Iglesia de Riez siempre ha celebrado su fiesta el 28 del mes de septiembre, bajo el rito doble de segunda clase con octava. La de Cavaillon la celebra el 21 de mayo, bajo el rito doble mayor. En Lérins y en las iglesias de la Orden, se realizaba el 17 de enero, que se cree es el día de su elevación al episcopado y de su consagración.
Catálogo de las obras
El texto enumera los numerosos tratados teológicos y homilías de Fausto, señalando ciertas controversias sobre sus posiciones semipelagianas.
Entre las obras de Fausto que han sobrevivido al paso del tiempo, debemos distinguir: 1° *Homilia de sancto Maximo*, que Doni d'Attichi, obispo de Riez, hizo reimprimir en latín y en francés en 1614, bajo este título: *Riegium de sancto Maximo*; — 2° *Liber de Spiritu Sancto*, o tratado del Espíritu Santo contra los macedonianos. El autor prueba la divinidad, la consustancialidad y la coeternidad de la tercera persona de la Santísima Trinidad. A menudo se ha impreso bajo el nombre de Pascasio, quien fue diácono de la Iglesia romana bajo los papas Anastasio y Símaco. Se encuentra en la Biblioteca de los Padres; — 3° *De gratia Dei et humanæ mentis libero arbitrio libri duo*. Es en esta obra dirigida contra los predestinacionistas, y tan diversamente juzgada por los autores, que Fausto habría emitido sentimientos favorables a los errores de los semipelagianos. Es por ello que fue censurada por los papas Gelasio y Hormisdas, refutada por san Isidoro y otros Padres, y finalmente clasificada en el rango de los libros apócrifos por un Concilio de Roma; — 4° *Ad Lucidum epistola*; se encuentra esta carta en la Colección de los Concilios de la Iglesia galicana; — 5° *Professio fidei ad Leontium episcopum Arciutensem de Gratia Dei et humanæ mentis arbitrio libero*; — 6° *Libellus de creaturis*. Este tratado tiene por objeto probar contra algunos herejes que solo Dios es incorpóreo o no tiene cuerpo, y que las criaturas no son incorpóreas; — 7° *Adversus Arienos et Macedonianos libellus*, o tratado de la unidad de naturaleza de las tres personas divinas; — 8° *Ad Graecum diaconum responsio contra Nestorii errorem*. En esta carta Fausto combate la herejía de Nestorio, y hace profesión de creer que la santísima Virgen María no dio a luz a un simple hombre que, posteriormente, se habría unido o revestido de la divinidad, sino a un verdadero Dios en un verdadero hombre; — 9° *De variis questionibus ad Paulinum*; — 10° *De Pœnitentia ad Felicem*, o exhortación al temor de Dios y a la penitencia; — 11° *Epistola ad diversos*; — 12° *Ad Ruricum epistola*; — 13° *Sermo ad Monachos*; — 14° *Seis sermones sobre diversos temas*, que fueron publicados por primera vez por los Padres Martenne y Durand, en el tomo IX de la Collection amplissima veterum monumentorum; — 15° Savaron, en sus Comentarios sobre san Sidonio, y Belarmino, en sus Escritores eclesiásticos, atribuyen además a Fausto de Riez las cincuenta homilías que fueron falsamente publicadas bajo el nombre de Eusebio de Emesa y que se encuentran en la Biblioteca de los Padres. Este sentimiento es compartido por los Padres Stilting, Martenne, Rivet, Ceillier, Cave, etc., con la modificación, sin embargo, de que algunas de las cincuenta homilías son incontestablemente de san Máximo de Riez. Extracto de los Santos titulares de la Iglesia de Riez, por el abad Férand. — Cf. (Obras de san Sidonio a Apolinar; Simon Bartel, *Nomenclatura de los obispos de Riez*, y *Apología de san Fausto*; Longuerat, *Historia de la Iglesia Galicana*; Gallia Christiana; Acta Sanctorum, bajo el 28 de septiembre; Godescard, bajo el 27 de noviembre; Tillemont, Baronius, Ceillier, Rivet, etc., etc.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Nacimiento en Gran Bretaña hacia 390
- Ingreso al monasterio de Lérins hacia el año 420
- Elección como abad de Lérins en 434
- Consagrado como obispo de Riez el 16 de enero de 461
- Participación en el concilio de Arlés en 453 y 475
- Exilio en Limoges por el rey Evarico
- Regreso del exilio en 484
Citas
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¿Qué hombre podría seguirte con paso igual, tú a quien solo se le ha dado hablar mejor de lo que has aprendido, de vivir mejor de lo que hablas!
San Sidonio, Ep. IX, lib. IX