San Miguel Arcángel

Y DE TODOS LOS SANTOS ÁNGELES

Arcángel, Príncipe de la milicia celestial

Príncipe de la milicia celestial, san Miguel es el arcángel que derrotó a Lucifer durante la rebelión original. Protector de la Sinagoga y luego de la Iglesia, ha intervenido en numerosas ocasiones en la historia sagrada, especialmente en el monte Gargano en el año 493. Es invocado como guardián de las almas en el momento del juicio y patrón de numerosos oficios y naciones.

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FIESTA DE SAN MIGUEL, ARCÁNGEL,

Y DE TODOS LOS SANTOS ÁNGELES

Culto 01 / 09

Origen de la fiesta y dedicación

La fiesta conmemora la dedicación milagrosa de la iglesia del monte Gargano en 493, construida sin intervención humana por el arcángel Miguel.

Michael clarissima stella angelici ordinis.

San Clemente de Alejandría.

Si el orgullo fue el principio de la rebelión y de la caída de Lucifer, la humildad hizo de san Miguel el p saint Michel Arcángel, vencedor de Lucifer y protector de la Iglesia. ríncipe de la milicia celestial y de la milicia cristiana. Abad Martin, Panegíricos.

Lo que dio ocasión a esta fiesta fue la dedicación de la iglesia de San Miguel, en el monte Ga rgano (hoy mont Gargan Lugar de una aparición célebre y de una dedicación de iglesia a san Miguel. monte Santo Angelo, en la Capitanata), que se realizó en el año 493, de manera milagrosa, por el ministerio de este príncipe de los ejércitos de Dios, del mismo modo que la Iglesia también había sido construida sin que los hombres pusieran la mano en ella. Sin embargo, como el oficio de este día no es el de la dedicación de los templos, sino un oficio particular en honor a todos los ángeles y sobre todo del mismo san Miguel, vamos a mostrar lo que la Sagrada Escritura, los Concilios, los Padres y los Maestros de la teología nos enseñan acerca de estas inteligencias celestiales y acerca de algunas de ellas en particular.

Teología 02 / 09

Naturaleza y facultades de los ángeles

Definición teológica de los ángeles como sustancias puramente espirituales, inmateriales, dotadas de una inteligencia y una voluntad superiores a las de los hombres.

Que existan los ángeles es una verdad constante e indudable, de la cual casi todas las páginas de la Sagrada Escritura nos dan testimonio, como bien ha señalado el Papa San Gregorio en la homilía XXXIV sobre los Evangelios. Es cierto que los saduceos, entre los judíos, y algunos herejes, entre los cristianos, tuvieron la temeridad de negarlo; pero no pudieron hacerlo sin combatir el Antiguo y el Nuevo Testamento, y sin renunciar a Moisés y al Evangelio. Vemos en el Antiguo Testamento a los ángeles aparecer a Abraham, a Jacob, a Josué, a Gedeón, a Manué, a David, a los Macabeos y, casi generalmente, a todos los Profetas. En el Nuevo, Jesucristo y San Juan son anunciados y preconizados por ángeles, y los Apóstoles, así como su divino Maestro, hablan a menudo de estas sublimes criaturas. La Historia eclesiástica, y sobre todo la Vida de los Santos, nos proporcionan además una infinidad de testimonios de su existencia; y, si se trata de los demonios, que son ángeles depravados por el pecado, las acciones de los endemoniados —muchas de las cuales superan todas las fuerzas de la naturaleza y que, por consiguiente, deben provenir de una causa más penetrante y activa, como hablar lenguas desconocidas o descubrir secretos ocultos o lejanos— son también una prueba cierta y auténtica de ello. Finalmente, si no hubiera ángeles, al mundo le faltaría un género de criaturas absolutamente necesarias para su perfección: lo cual no se puede decir, puesto que es la obra maestra de un artífice infinitamente poderoso y perfecto.

En cuanto a la naturaleza de los ángeles, Tertuliano, Orígenes y algunos otros Padres de los primeros siglos creyeron que no eran del todo espirituales e inmateriales, sino que tenían cuerpos extremadamente sutiles y delicados que entraban en la composición de su sustancia. Pero el Concilio de Letrán, bajo Inocencio III, rechazó y proscribió esta opinión cuando dijo: «Creemos firmemente que hay un solo Dios verdadero, eterno e infinito, el cual, al principio del tiempo, sacó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, la angélica y la mundana, y luego formó entre ambas la naturaleza humana, compuesta de cuerpo y espíritu»; pues estas palabras nos muestran que los ángeles no tienen mezcla alguna de cuerpo y que son formas purísimas que se sostienen por sí mismas sin poder estar unidas a un sujeto. El nombre de espíritu, que el texto sagrado les da ordinariamente, muestra la misma verdad, puesto que, por la palabra espíritu, se entiende propiamente una sustancia que no tiene cuerpo. Finalmente, la razón que prueba la existencia de los ángeles prueba también que son inmateriales, puesto que solo son necesarios para la perfección del universo para que, así como hay naturalezas puramente corporales y naturalezas en parte corporales y en parte espirituales, las haya también puramente espirituales. Es cierto que estos espíritus han aparecido a menudo bajo figuras sensibles y principalmente bajo figuras humanas, lo que ha dado lugar a que los pintores y escultores, e incluso Moisés, por orden de Dios, nos los representen como jóvenes de una gracia y belleza sin par; pero estos cuerpos bajo los cuales aparecen no estaban vivos ni animados. Eran solo cuerpos aéreos que se formaban por un tiempo para adaptarse a la condición y al alcance de las personas a las que eran enviados; no estaban en estos fantasmas como el alma está en su cuerpo, dándole vida y haciéndolo capaz de las operaciones vegetativas y animales, sino solo como un obrero está en su máquina, de la cual se sirve para ejecutar sus designios y cumplir las obras de su arte.

De este gran principio de la inmaterialidad de los ángeles, hay que inferir primero que son indivisibles y no tienen miembros ni partes; pues solo la materia revestida de cantidad puede dar lugar a partes; ahora bien, puesto que estas sublimes criaturas no tienen materia, ni por tanto cantidad, es claro que son indivisibles y no están compuestas en absoluto de partes. Pueden, pues, ponerse enteras, si así hay que hablar, en un solo punto del espacio, y no hay espacio en el mundo tan pequeño donde todos los ángeles buenos o demonios no puedan estar presentes al mismo tiempo sin incomodarse unos a otros. Por otra parte, cuando les place extenderse a un gran espacio, operando inmediatamente por sí mismos, están tan enteramente en todo el espacio que también están enteramente en cada una de sus partes, del mismo modo que nuestra alma está toda en nuestro cuerpo y toda en cada uno de sus miembros y órganos.

Hay que concluir, en segundo lugar, que los ángeles están dotados de inteligencia y son capaces de conocer todo tipo de objetos. Pues, según la doctrina angélica de Santo Tomás, después de Aristóteles, solo la dependencia que una forma tiene de la materia puede impedirle ser intelectual, verse, contemplarse a sí misma y conocer todo lo que está fuera de ella; así, no teniendo los ángeles ninguna depe ndencia de l saint Thomas Teólogo mayor citado por su doctrina sobre los ángeles. a materia y siendo sustancias puramente espirituales, hay que confesar necesariamente que son capaces de todas las funciones de la vida intelectual; además, Dios no los creó sino para sus funciones, queremos decir, para conocerlo, para amarlo, para publicar sus grandezas, para ejecutar sus órdenes, para gobernar este universo y para velar por la conservación de las especies y de los individuos que contiene. Los latinos los llaman mentes, es decir, inteligencias, y como pensamientos vivos y subsistentes.

Añadamos, como tercera conclusión, que la manera de conocer de los ángeles es mucho más noble y excelente que la de los hombres; pues la experiencia nos hace ver que cuanto más libre de materia está una cosa, más pura, simple, perfecta, sutil, elevada y penetrante es su conocimiento. Ahora bien, aunque los hombres tienen un alma espiritual e inmaterial, el cuerpo y la materia entran en su composición, y su alma depende de ellos en sus conocimientos: ¿qué podría conocer sin el auxilio, al menos indirecto, de los sentidos? Los ángeles, por el contrario, como hemos dicho, están enteramente libres de materia, tanto en su ser como en sus operaciones; tienen, pues, una manera de conocer muy preferible a la de los hombres. En efecto, mientras que nosotros necesitamos la presencia y el contacto de los objetos exteriores para conocerlos, los ángeles tienen un conocimiento innato de ellos; y si se trata de algunos conocimientos nuevos y sobrenaturales, los reciben inmediatamente de Dios. Para conocer cada objeto en particular, nosotros necesitamos una percepción particular que nos marque separadamente sus propiedades, mientras que los ángeles tienen ideas universales que les hacen ver clara y distintamente todo un género con sus especies y toda una especie con sus individuos. Cuando nosotros saltamos, por así decirlo, de un conocimiento a otro, lo que llamamos razonar y discurrir, los ángeles penetran de golpe y con una sola mirada en el fondo de cada cosa y ven los efectos en sus causas, las conclusiones en sus principios y las propiedades de cada ser en la sustancia que es su fuente. Si a veces conocemos y a veces dejamos de conocer, ya sea por el sueño o por la simple falta de aplicación de nuestro espíritu, los ángeles están siempre aplicados, siempre en acto, no porque sus conocimientos y operaciones sean una misma cosa con su entendimiento, como en Dios, donde no hay composición alguna, sino porque hay objetos que les son tan presentes, tales como su propia sustancia y Dios, que es su autor, que no pueden desviar la vista de ellos ni un solo momento. Finalmente, cuando nosotros olvidamos fácilmente lo que hemos aprendido, los ángeles imprimen tan fuertemente la idea de lo que han visto y conocido una vez, que nunca puede ser borrada de su memoria, aunque esté en su poder no pensar en ello actualmente, pues nada les obliga a ocuparse sin cesar de todas las cosas a las que se extienden su ciencia y su luz intelectual.

Esta espiritualidad de los ángeles nos hace conocer también que tienen una voluntad libre e indiferente para dirigirse a los objetos por amor o por aversión, según las luces que su entendimiento les proporciona. Pues no hay ser que no tenga una inclinación proporcionada a su naturaleza: la tierra tiene su peso para descender, el fuego tiene su levedad para subir, las plantas tienen su deseo natural de nutrirse y propagarse, los animales tienen su apetito que hace que busquen su bien y huyan de su mal; ahora bien, la inclinación propia de la naturaleza espiritual e inteligente es la voluntad libre, por la cual, adhiriéndose invariablemente al fin, se dirige con indiferencia a los diversos medios que no tienen una conexión necesaria con el fin. Es, pues, una verdad constante que estos ángeles tienen una voluntad libre e indiferente, capaz de amor o de odio, de todas las afecciones, de todas las virtudes y de todos los vicios que pueden convenir a la voluntad. De donde se sigue también que, en el tiempo de su creación y antes de haberse determinado, eran capaces de mérito y demérito, de recompensa y castigo; como, en efecto, algunos, por su sumisión, han merecido una recompensa eterna, y otros, por su rebelión, se han hecho dignos de castigos que nunca terminarán. Hay que notar que, no obstante esta libertad, la voluntad de los ángeles no es cambiante e irresoluta como la nuestra, porque, como conocen de golpe lo que puede hacerles amar u odiar un objeto, al no venirles nuevos descubrimientos, permanecen tan fuertemente apegados a su primera elección que nunca se desisten de ella.

Finalmente, del mismo principio de la espiritualidad de estas sublimes criaturas, se sigue necesariamente que no están sujetos en absoluto a las pasiones y accidentes de los cuerpos, como el frío, el calor, el hambre, la sed, el cansancio, la vejez, las enfermedades y la muerte. Su sustancia es siempre la misma, su vida no sufre cambio alguno, no son más viejos ahora que hace seis mil años; su duración, que tuvo un comienzo, nunca tendrá fin; y, mientras que nosotros solo obtenemos después de una larga serie de días y años la perfección debida a nuestra naturaleza, ellos tuvieron, desde el momento de su producción, todas las ventajas naturales de las que su ser era capaz.

Teología 03 / 09

La jerarquía de los nueve coros

Descripción de las tres jerarquías y los nueve coros angélicos, clasificados según su proximidad a Dios y sus funciones de gobierno del universo.

Estas grandes prerrogativas dejan ver claramente que, según la naturaleza, son, en muchos sentidos, más nobles y perfectos que los hombres; pues la perfección de una cosa se toma de su manera de ser y de obrar; ahora bien, todo lo que hemos dicho muestra que la manera de ser y de obrar de estas inteligencias celestiales es muy superior a la nuestra; no hay, pues, que dudar de que nos superan en excelencia y perfección. Esto es también lo que el Rey-Profeta nos enseña en el salmo VIII, cuando, hablando a Dios del primer hombre, o incluso del hombre en general, le dice: *Minuisti eum paulo minus ab angelis : gloria et honore coronasti eum, et constituisti eum super opera manuum tuarum*: «Aunque hayas colmado al hombre de gloria y honor, y lo hayas hecho jefe de este mundo visible y corporal, es necesario reconocer, Señor, que lo has puesto en un grado inferior al de los ángeles». Jesucristo nos enseña la verdad cuando, con ocasión de san Juan Bautista, asegura que el menor en el reino de los cielos, lo cual muchos Doctores explican como el último de los ángeles bienaventurados, supera en excelencia al más perfecto de todos los hombres. Hemos dicho, no obstante, según la naturaleza y las propiedades naturales: pues es constante que, por la gracia y la unión hipostática, el hombre ha sido elevado en Jesucristo y en María infinitamente por encima de todos los ángeles; y que muchos Santos, como el santo Precursor, los Apóstoles y los hombres apostólicos, han llegado, por sus méritos, a una gloria mayor que la de los ángeles de los órdenes inferiores.

Habría cosas admirables que decir sobre la fuerza que Dios les ha dado, sobre su agilidad, la prontitud de sus movimientos y la manera en que hablan entre sí para comunicarse mutuamente sus luces; pero estas ricas materias, que requieren una larga discusión, son más propias para las escuelas de teología que para una obra en la que solo buscamos la edificación de los fieles. Digamos solo, en una palabra, que su fuerza es tan grande que no hay potencia corporal que pueda resistirles: son ellos quienes hacen rodar en el espacio los mundos inmensos; uno solo mató en una noche a ciento ochenta mil soldados del ejército de Senaquerib, para castigar a este príncipe por las blasfemias que había vomitado contra Dios. Su movimiento es tan pronto que el sabio Tertuliano no tiene dificultad en asegurar que están en todas partes en un momento, y que el cielo, la tierra, los infiernos y todas las diferencias de estos lugares no son para ellos más que un solo lugar. Finalmente, sus conversaciones son tan industriosas que, sin palabra ni signo exterior alguno, se explican y se hacen entender los unos a los otros por la sola formación y dirección de sus pensamientos.

El Concilio de Letrán, que ya hemos citado, nos enseña que fueron creados al comienzo de los siglos, conjuntamente con el mundo corporal: *Ab initio temporis simul utramque ex nihilo condidit creaturam spiritualem et corporalem*; lo que nos da motivo para creer que Moisés comprendió su creación; o bajo la del cielo, al decir: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra»; o bajo la de la luz, al añadir inmediatamente después: «Dijo Dios: sea la luz, y la luz fue hecha». No fueron, pues, creados desde toda la eternidad, como algunos filósofos han pensado, ni en un tiempo desconocido e indeterminado antes de la creación del mundo, según el sentir de Orígenes y de varios Padres griegos, sino en el primer momento y en el punto del nacimiento de todas las cosas.

Es cierto que el número de los ángeles no es infinito, puesto que todo lo que es creado debe necesariamente tener límites; por eso Esteban II, obispo de París, que vivió en el año 1272, condenó la proposición de algunos teólogos que decían que «las sustancias separadas eran actualmente infinitas». Pero hay que confesar que este número es prodigioso y está por encima de toda imaginación humana. Daniel y san Juan, en su Apocalipsis, solo hablan de ellos por millares. Job dice que «este número es sin número». San Dionisio, en su libro de la *Jerarquía celeste*, cap. IV, asegura que supera al de todas las cosas materiales. El Doctor angélico da como razón que la perfección del universo exige que las criaturas más nobles superen en cantidad o en número a las que les son inferiores. Algunos teólogos creen que el pensamiento de san Dionisio es que hay más ángeles que individuos de todas las especies corporales; es decir, que piedras, metales, granos, plantas y animales. Pero santo Tomás limita su proposición a las solas especies, de modo que haya solamente más ángeles que diferencias de las cosas corporales. En esta incertidumbre, lo que podemos pensar de más verosímil es que hay más ángeles del último orden que hombres ha habido y habrá jamás; porque cada hombre tiene su ángel guardián, que este ángel no es tomado ordinariamente sino del último orden, y que un mismo ángel no es, ni sucesiva ni simultáneamente, el guardián de varios hombres. Además, como estos órdenes sagrados son tanto más numerosos cuanto más perfectos y elevados son, se puede creer que hay más arcángeles que ángeles, más principados que arcángeles, más potestades que principados, y así de los otros órdenes: lo que lleva sin duda el número de estos Espíritus celestiales a una cantidad que no podemos comprender.

Pero lo que es más admirable es que, según la doctrina de santo Tomás, en esta gran multitud de ángeles, no se encuentran dos que sean de la misma especie y calidad; sino que todos difieren en naturaleza y en propiedades específicas; del mismo modo que si, en una pradera cubierta y esmaltada de flores, cada una de estas flores fuera diferente en forma, color y olor; o que en una corona real, toda sembrada y enriquecida de pedrerías, cada piedra preciosa tuviera un brillo, un fulgor, una figura y una belleza particular: así, los ángeles están de tal manera dispuestos que, desde el último hasta el primero, hay un incremento continuo de gracias, de belleza y de perfección. Sin embargo, este número y esta variedad no están sin distinción y sin orden; pues distinguimos en los ángeles tres grandes compañías que llamamos jerarquías, es decir, principados sagrados: la superior, la media y la inferior; y, en cada jerarquía, distinguimos además tres coros, que hacen en total nueve coros, a saber: en la primera, los serafines, los querubines y los tronos; en la segunda, las dominaciones, las virtudes y las potestades; y, en la tercera, los principados, los arcángeles y los ángeles. Las jerarquías se distinguen según las diferentes aplicaciones de los tres actos jerárquicos que son purificar, iluminar y perfeccionar. Pues los ángeles de la primera jerarquía son aquellos que, no siendo purificados, iluminados ni perfeccionados por ninguna otra criatura que les sea superior, sino solo por rayos emanados inmediatamente de Dios, tienen esta prerrogativa de purificar, iluminar y perfeccionar a los ángeles inferiores. Los ángeles de la segunda son aquellos que reciben estos favores de los ángeles de la primera y los comunican a los de la tercera. Finalmente, los ángeles de la tercera son aquellos que son purificados, iluminados y perfeccionados por los ángeles superiores, pero que no producen estos actos en toda la circunferencia de la naturaleza angélica. Se llama purificar, iluminar y perfeccionar a comunicar una luz divina que, al desterrar el defecto de conocimiento, conduzca a la penetración de la verdad; de modo que no son propiamente tres actos, sino un solo acto que tiene tres relaciones y tres funciones diferentes, y la impresión de este acto no es contraria a la perfección de los ángeles; pues aunque todos tengan conocimientos admirables, hay sin embargo verdades sobrenaturales que les están ocultas y de las cuales necesitan ser instruidos, o inmediatamente por Dios, o por la iluminación de sus superiores.

En cuanto a los tres coros de cada jerarquía, se distinguen según las diferentes relaciones de estos espíritus, ya sea con Dios, con la conducción general del mundo, o con la conducción particular de los Estados, de las compañías y de las personas. Con respecto a Dios, los que sobresalen en caridad son llamados serafines, de la palabra hebrea *seraph*, que significa abrasar, quemar, consumir. Los que sobresalen en luz y en sabiduría son llamados querubines, de la palabra hebrea *cherub*, que san Jerónimo y san Agustín interpretan como plenitud de sabiduría y de ciencia. Los que sostienen con su fuerza el brillo de la grandeza y de la majestad de Dios son llamados tronos, y a veces *sedes Dei*, «los asientos del Todopoderoso»; el trono es el lugar donde el príncipe se hace ver en todo el esplendor de su gloria. Con respecto a la conducción general del universo, los que distribuyen a los ángeles inferiores sus funciones y sus ministerios son llamados dominaciones, porque pertenece a los maestros y a los soberanos declarar a sus súbditos en qué empleos deben ocuparse. Los que ejecutan las grandes acciones que tocan al gobierno universal del mundo y de la Iglesia, y que operan para ello prodigios y milagros extraordinarios, son llamados virtudes, porque participan de una manera particular de la fuerza y de la virtud invencibles de Dios. Los que mantienen en las criaturas el orden de la divina Providencia, y evitan eficazmente que sea turbado por los esfuerzos de los demonios y de cualquier otra causa maligna, son llamados potestades, porque es un efecto de gran potencia reprimir la furia de estos espíritus malignos y artificiosos. Finalmente, con respecto a la conducción particular de los Estados, de las compañías y de las personas, los que presiden los reinos, las provincias y las diócesis son llamados principados, como teniendo una intendencia más extendida y más universal. Los que son enviados de Dios en los asuntos de mayor importancia, y que llevan los mensajes considerables, son llamados arcángeles, nombre que significa la preeminencia de sus misiones, y los que tienen el cuidado de cada hombre en particular, para apartarlo del mal, llevarlo al bien, defenderlo contra sus enemigos visibles e invisibles, y conducirlo al camino de la salvación, son llamados ángeles, por la apropiación que se hace de ellos en particular del nombre común a todos los espíritus celestiales. Sobre lo cual hay que notar, con el papa san Gregorio, que el nombre de ángel no significa su naturaleza, que es la de ser puros espíritus, desligados de la materia, capaces de conocer y amar a Dios; sino solo su empleo y su oficio, que es el de ser enviados para el socorro de los hombres o para el bien de todo el universo.

Vida 04 / 09

La rebelión y el triunfo de Miguel

Relato del orgullo de Lucifer y de su caída, contrarrestada por la humildad y la fidelidad de san Miguel, convertido en príncipe de la milicia celestial.

Solo hemos hablado hasta ahora de su estado natural y de las ventajas que les corresponden por derecho de su creación. Aprendemos de san Agustín que su soberano Autor, al darles el ser de la naturaleza, los enriqueció también con el ser de la gracia: *Simul in eis et creans naturam et largiens gratiam*. A lo cual san Basilio y san Juan Damasceno añaden que les dio la gracia en proporción a su perfección natural, es decir, que dio más gracia a los más eminentes y menos gracia a aquellos cuya dignidad y excelencia eran menores. Sin embargo, no les dio aún la gloria y la bienaventuranza eternas, sino que los puso en estado de peregrinación y, habiéndolos adornado con virtudes sobrenaturales, que son los atributos de este estado, queremos decir la Fe, la Esperanza y la Caridad, les confirió también los auxilios necesarios para merecer esta bienaventuranza. Este estado, no obstante, no debía ser largo: un momento les bastaba para hacerse dignos de esta recompensa que les era propuesta, y un espacio mayor les habría sido inútil, puesto que son de una naturaleza tan penetrante y, por tanto, tan apegada a las elecciones que han hecho, que nunca se apartan de ellas.

Fue en ese momento cuando se produjo un gran estrago y una terrible división en el cielo. El príncipe y el más hermoso de todos estos espíritus, aquel que había recibido un ser más perfecto y una gracia más abundante; aquel que estaba obligado a ser más agradecido a la bondad y a la magnificencia de su Dios, se enorgulleció tanto en la consideración de sus perfecciones y quedó tan embriagado por el amor a su propia excelencia, que ya no quiso depender de Dios para la consumación de su felicidad, persuadiéndose de que era suficiente para sí mismo y que podía ser feliz sin esa sumisión. Hizo todos sus esfuerzos para persuadir de lo mismo a los otros Espíritus y les inspiró al mismo tiempo la rebelión contra el Creador; y, en efecto, hubo muchos que se adhirieron a él y siguieron su partido. Se cree que su número ascendió hasta un tercio, según estas palabras de san Juan en su *Apocalipsis*, capítulo XII: *Cauda ejus trahebat tertiam partem stellarum*: «Su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas». Pero el glorioso san Miguel, que era el segundo de los serafines y que se convirtió en el primero por la ap glorieux saint Michel Arcángel, vencedor de Lucifer y protector de la Iglesia. ostasía de este rebelde, le resistió con una fuerza y un vigor admirables, oponiéndole esa poderosa interrogación que está contenida en el significado de su nombre: *Quis ut Deus?* «¿Quién es, pues, semejante a Dios?». Y su generosa resistencia fortaleció al resto de estas inteligencias celestiales y las mantuvo en el deber y en la obediencia.

Esta victoria fue seguida inmediatamente por el castigo y la recompensa. Lucifer Lucifer Ángel caído, adversario de san Miguel. y sus adherentes fueron precipitados a los infiernos para ser castigados allí eternamente; y san Miguel, con todas las compañías de los ángeles fieles, fue elevado a la visión intuitiva de Dios, a la bienaventuranza eterna y a la feliz posesión del soberano bien. Así, según la palabra de Moisés en el capítulo primero del *Génesis*: «Dios separó la luz de las tinieblas»: *Divisit lucem a tenebris*; y, exiliando a los espíritus de las tinieblas, llenó a los hijos de la luz con los esplendores de su divinidad.

Misión 05 / 09

Misiones bíblicas y protección de la Iglesia

Análisis del papel de Miguel como protector de la Sinagoga y luego de la Iglesia, interviniendo en numerosos episodios del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Es de estos ángeles de luz, distinguidos por la gracia de Dios y por su propia fidelidad de aquellos que san Pablo llama Príncipes de las tinieblas, de quienes celebramos hoy la victoria, el triunfo y la felicidad, y lo hacemos con tanta más justicia cuanto que hemos recibido y recibimos todos los días favores y beneficios inestimables. Pues, sin hablar de aquellos que nos son conferidos por nuestros ángeles guardianes, de los cuales hablaremos pronto en su fiesta particular, es por el ministerio de los ángeles que Dios conserva y gobierna todo este universo, que hace girar los cielos, regula el movimiento de los astros, administra y dispensa sus influencias, mantiene los elementos, hace que las estaciones se sucedan invariablemente unas a otras, da la fecundidad a la tierra, al mar y a los animales que sirven para nuestro alimento, y desvía una infinidad de males con los que los demonios, nuestros enemigos, nos abrumarían si no estuviéramos bajo su protección. Es también por su ministerio que funda los Estados, impide su desolación y ruina, mantiene en ellos la subordinación y la justicia, aleja la guerra, el hambre, la peste y otros flagelos, y es colmado de bienes y riquezas. Es sobre todo por su ministerio que conduce a su Iglesia, comunica su verdad y su fuerza a los soberanos Pontífices, preside los Concilios generales y les da su asistencia infalible, regula las diócesis y las iglesias particulares, ilumina a los doctores, inspira a los obispos, llena de celo a los predicadores, sostiene las Órdenes religiosas, purifica a las vírgenes; en una palabra, que mantiene toda la jerarquía eclesiástica, que es una imagen de la jerarquía angélica. Con esta visión, san Sofronio saluda a todos los ángeles en estos términos: «Oh bienaventurados Espíritus, Compañeros celestiales, Batallones invencibles, Inmensa multitud, Ejército sin número, Altura sin igual, Grandeza incomprensible, Sutileza sin medida, Agilidad inconcebible, Gloria que no puede caer en el espíritu del hombre, Virtud por encima de toda virtud, Ministros del soberano Maestro de todas las cosas, ustedes son eminentemente Vientos, Lluvias, Montañas, Colinas, Nubes, Antorchas, Príncipes, Capitanes, Diáconos, Apóstoles, Predicadores, Profetas, Evangelistas, Intérpretes de los santos Misterios, Presidentes, Guardianes, Conservadores, Guías y Protectores. Son ustedes quienes pasan en un momento de un extremo del mundo al otro; quienes llenan con su sustancia toda la extensión del cielo y de los aires; quienes no dejan a ningún hombre sin guardarlo y acompañarlo; quienes están perpetuamente atentos al mandato de su creador, y quienes ejecutan puntualmente todas sus voluntades. Les suplico, pues, que me asistan a la hora de mi muerte y que regulen de tal manera la balanza de mi juicio, que descarguen misericordiosamente el platillo de mis crímenes, que he cargado y hecho pesado con todas las acciones de mi vida».

La Sagrada Escritura hace mención a menudo de siete ángeles particulares que están de pie ante el trono de la Majestad de Dios. San Rafael, en el libro de Tobías, cap. XII, dice de sí mismo que es uno de esos siete. San Juan, en su Apocalipsis, no habla menos de ocho veces de ellos. Sin duda, estos ángeles deben ser de los más grandes. Y, en efecto, san Clemente de Alejandría, en sus Stromata, libro VI, los llama: Primogenitos Angelorum principes: «Los primeros príncipes de la jerarquía celestial». Son, pues, del orden de los serafines e incluso los más perfectos y eminentes de este Orden.

El mismo san Juan, en el capítulo VII de su Apocalipsis, habla de cuatro ángeles que tendrán a su cargo, al fin del mundo, dañar la tierra y el mar. Sin embargo, en toda la Escritura, solo hay tres ángeles a quienes se les dan nombres particulares: san Miguel, san Gabriel y san Rafael. En cuanto a los nombres de Uriel, de Salatiel, de Jehudiel y de Barachiel, que algunos autores dan a los otros cuatro de los siete de los que hemos hablado, no son aceptados por la Iglesia. Leemos en el Concilio romano, celebrado bajo el papa Zacarías, que los herejes Alberto y Clemente fueron condenados y excomulgados por haber, entre otras cosas, hecho esta oración: «Te suplico, ángel Uriel, ángel Raguel, ángel Jubiel, ángel Michaël, etc.», porque, dicen los Padres de este Concilio, excepto el nombre de Miguel, todos los demás son más bien nombres de demonios que nombres de buenos ángeles, y que la Escritura y la Tradición apostólica solo reconocen a tres ángeles por sus nombres, que son san Miguel, san Gabriel y san Rafael.

En cuanto a san Miguel, aprendemos de san Dionisio el Areopagita, en su libro de la Jerarquía celestial, cap. IX, que era el príncipe y el protector de la Sinagoga. En efecto, tenemos cuatro testimonios célebres de ello en el Texto sagrado. El primero está en la Epístola canónica de san Judas, donde se dice que «san Miguel disputó contra el demonio acerca del cuerpo de Moisés». Es que el demonio quería descubrirlo a los israelitas, para llevarlos a la idolatría; y san Miguel, por el contrario, que conocía la inclinación de este pueblo a la idolatría, se mantuvo firme para impedir que fuera descubierto. El segundo está en el cap. X de Daniel, donde este Profeta nos lo representa sosteniendo eficazmente los intereses de los judíos contra el ángel protector del reino de Persia. El tercero está en el cap. XII del mismo Profeta, donde nos asegura que san Miguel vendrá en el tiempo del anticristo para combatir contra el infierno en favor del pueblo que le ha sido encomendado. Finalmente, el cuarto está en el cap. XII del Apocalipsis, donde san Juan describe admirablemente sus victorias contra el dragón y sus adherentes: lo cual no debe entenderse solo de la que obtuvo en los cielos antes de la creación del hombre, sino también de una infinidad de otras que ha ganado en todo el curso de los siglos.

Se atribuyen también en el Antiguo Testamento otros efectos y apariciones muy notables de este gran príncipe de los ejércitos de Dios. Pantaleón, diácono de la iglesia de Constantinopla, dice que fue él quien alentó e instruyó a Adán, nuestro primer padre, después de su pecado; retuvo la mano de Abraham, para no inmolar a su hijo Isaac; liberó a los israelitas de la cautividad de Egipto y los condujo a pie enjuto por el medio del mar Rojo; apareció a Josué después del paso del Jordán, y lo hizo dueño de Jericó, por la ruina súbita y milagrosa de sus torres y sus muros. Otros añaden que fue él quien llevó, por orden de Dios, a todos los animales a Adán antes de su desobediencia, para recibir sus nombres de su boca; transportó a Enoc al paraíso terrenal, para esperar allí el fin del mundo y el tiempo del juicio final; conservó el arca de Noé después de haberla llenado de animales de todas clases; luchó contra Jacob, lo bendijo y lo preservó de las asechanzas de su hermano Esaú; dio la ley a Moisés en el monte Sinaí; exterminó a Coré, Datán y Abiram, por haber murmurado y haberse levantado contra Moisés; impidió al falso profeta Balaam maldecir al pueblo de Dios; se dejó ver a Gedeón y lo animó a combatir contra los madianitas; predijo a Manué y a su mujer el nacimiento del fuerte Sansón, su hijo; hizo a David victorioso de Goliat y lo liberó de la persecución de Saúl; golpeó al pueblo con la peste para castigar una acción de vanidad de este príncipe; arrebató al profeta Elías en un carro de fuego, para reservarlo al tiempo de la consumación de los siglos; apareció en medio de los tres niños en el horno de Babilonia; transportó al profeta Habacuc por los cabellos, con la comida que había preparado para sus segadores, a la fosa de los leones, para alimentar allí al profeta Daniel, que el rey de Persia había hecho encerrar; ordenó a san Gabriel explicar al mismo Daniel el misterio del sacrificio perpetuo; conservó la pureza de Judit en el campamento de Holofernes, e hizo a esta ilustre viuda victoriosa de un enemigo tan temible; liberó al pueblo judío de la cautividad de Babilonia; expulsó del templo a latigazos al sacrílego Heliodoro, que el rey Antíoco había enviado para llevarse los tesoros; fortaleció a los Macabeos en los grandes combates que tuvieron que sostener contra diversos reyes de Siria y Egipto; finalmente, quien descendía de vez en cuando a la piscina probática para hacer sus aguas saludables y darles la fuerza de curar al que se arrojaba primero. Quizás no hizo todas estas cosas inmediatamente por sí mismo; pero esta hermosa palabra del cap. XII de Daniel: In tempore illo consurget Michael, princeps magnus qui stat pro filiis populi tui: «En aquel tiempo, se levantará Miguel, ese gran príncipe, que sostiene la causa y los intereses de los hijos de tu pueblo»; esta palabra, decimos, hace creer que no hay ninguna de estas acciones en la que no haya presidido, y que no se haya hecho al menos por su orden.

Si san Miguel fue el protector de la Sinagoga, no es menos el protector de la Iglesia de Jesucristo, como san Juan Crisóstomo lo establece en la segunda Oración contra los judíos, san Gregorio en el libro XVII de sus Morales, y no dejó de declararlo él mismo en sus Apariciones, que hemos relatado bastante extensamente el 8 de mayo. Así, muchos autores sostienen que fue él quien visitó y consoló a Nuestro Señor en el huerto de los Olivos; anunció su resurrección a las santas mujeres, y sobre todo a María Magdalena; ordenó a san Felipe, diácono, acercarse al carro del eunuco etíope, para catequizarlo, y lo transportó luego a Azoto; apareció a Cornelio, el centurión, y le ordenó enviar a buscar a san Pedro; liberó a este gran apóstol de las prisiones de Herodes y lo devolvió a las lágrimas de la Iglesia desolada; y apareció a menudo a san Juan para descubrirle los misterios del Apocalipsis. Es de él de quien habla el sacerdote en la misa, cuando después de la consagración pide a Dios que su sacrificio sea presentado ante su divina Majestad por las manos de su santo ángel. Es él mismo a quien la Iglesia invoca a la muerte de los fieles, quien recibe sus almas en el momento de su separación, quien las defiende en el juicio de Dios contra las injustas acusaciones del príncipe de las tinieblas, y quien las lleva al seno de Abraham para disfrutar allí de las delicias de la vida eterna. Finalmente, tenemos en la Historia eclesiástica tantos milagros de este gran príncipe, tantos efectos de su socorro y de su protección, tantos votos hechos para merecer su asistencia, tantos templos construidos en su honor en el lugar de sus apariciones, y en acción de gracias por los favores obtenidos por su medio, que no se puede dudar en absoluto de que sea una de las causas universales de los bienes que son conferidos a la Iglesia y a todo el género humano.

Vida 06 / 09

Los arcángeles Gabriel y Rafael

Presentación de los otros dos arcángeles nombrados por la Escritura: Gabriel, mensajero de la Encarnación, y Rafael, guía y sanador de Tobías.

En cu anto a san Ga saint Gabriel Arcángel mensajero de la Encarnación. briel, su dignidad queda suficientemente demostrada por las admirables misiones que recibió para el cumplimiento del misterio de la Encarnación. El cardenal Marc Viger incluso quiso preferirlo a san Miguel en su libro titulado: *Decochordum Christianum*; pero su rango propio es ser el segundo de los serafines. Además de los mensajes que el Evangelio le atribuye en términos formales, a san Zacarías y a la Santísima Virgen, se cree que fue él quien se apareció tres veces a san José: para anunciarle la concepción de Nuestro Señor, para advertirle que huyera a Egipto y para hacerle regresar a Palestina, tal como mucho tiempo antes se había aparecido a Daniel para asegurarle que el Mesías nacería después de setenta semanas de años. Algunos autores creen también que fue él quien consoló a Nuestro Señor en el huerto, aunque otros atribuyen esta gran acción a san Miguel, como al más digno y al primero de todos los ángeles.

Finalmente, en cuanto a san saint Raphaël Arcángel acompañante de Tobías y sanador. Rafael, no podemos añadir nada a las cosas relatadas en el libro de Tobías, las cuales están tan llenas de admiración y suavidad que no se pueden leer sin derramar lágrimas de devoción. Uno y otro de estos dos ángeles son invocados por los fieles: san Gabriel, como la fuerza de Dios, san Rafael, como la medicina de Dios; y muchos han recibido asistencias milagrosas por su intercesión: como Huberto, tesorero de un rey de Polonia, quien fue preservado del infierno por san Gabriel, por quien tenía una extrema devoción, y un burgués de Orleans, quien fue librado de los ladrones mientras iba a Santiago, en Galicia, por san Rafael, cuya asistencia había implorado.

other 07 / 09

Iconografía y patronazgos

Detalle de los atributos artísticos de los ángeles (alas, balanza, espada) y lista de los numerosos oficios y naciones puestos bajo la protección de san Miguel.

Los ángeles no parecen haber sido introducidos en la composición de los cuadros cristianos antes del siglo IV; incluso figuran muy raramente con sus atributos particulares en los diversos monumentos de la Roma subterránea. — He aquí los principales atributos que el arte cristiano asigna a los ángeles:

1° La forma humana, a fin de que los fieles comprendan cuán dispuestos están estas inteligencias celestiales a socorrer a los hombres y cuán prestas a ejecutar las órdenes de Dios en nuestro favor; — 2° alas, por los mismos motivos; — 3° un incensario, porque ofrecen nuestras oraciones a Dios, según está escrito en el Apocalipsis: «Y vino otro ángel, y se puso ante el altar, teniendo un incensario de oro; y se le dieron muchos perfumes, para que presentase las oraciones de todos los Santos sobre el altar de oro que está delante del trono de Dios»; — 4° la juventud, porque así lo exigen tanto su inmortalidad, que no es otra cosa que una juventud eterna, como la naturaleza de sus funciones, que parecerían menos aptos para cumplir si fueran niños o ancianos; — 5° la belleza, pues tal es el tipo que nos proporcionan las Sagradas Escrituras; — 6° a veces la desnudez, que en el hombre caído produce vergüenza, pero que en los ángeles es una marca de santidad, de castidad, de inmortalidad y de inocencia; — 7° atributos militares: así es como nos los representa la historia de los Macabeos: «Un caballero apareció ante ellos con una túnica blanca, armas de oro y agitando su lanza»; — 8° vestiduras blancas, signo de inocencia y de alegría, y color sacerdotal; — 9° un cinturón, para mostrar que están listos para ejecutar las órdenes que se les confían; el cinturón es también símbolo de castidad; — 10° adornos de piedras preciosas, símbolo del brillo de sus diferentes virtudes; — 11° a veces envueltos en nubes, porque su morada propia está en los cielos; — 12° los pies descalzos: los ministros de Dios se han abstenido ordinariamente de calzado, como vemos por el ejemplo de Isaías, de Moisés y de los Apóstoles. — Se asignan a los ángeles diversos instrumentos que nos recuerdan, ya sea la ira de Dios de la cual son ministros, como la espada; ya sea su misericordia de la cual son órganos respecto a nosotros, como los atributos de la Pasión; ya sea la justicia que ejercen en su nombre, como la balanza. La trompeta despierta la idea del juicio final, y los otros instrumentos musicales, la de las santas voluptuosidades de la morada celestial.

En cuanto al arcángel san Miguel en particular, se le ve representado: 1° derrotando al demonio; 2° presentando balanzas al niño Jesús: en los platillos están las almas de los justos; 3° combatiendo a los ángeles rebeldes; 4° de pie sobre un ángel rebelde: en su coraza están figurados el sol, la luna y las estrellas; en su tahalí está representado un Zodíaco; sostiene una palma y señala en el cielo una palabra hebrea que significa: *Quis ut Deus?* 5° pesando las almas culpables de sangre inocente; 6° apareciéndose a un obispo que recibe del arcángel la orden de construir una iglesia en el monte Gargano; 7° sosteniendo en la mano una especie de *labarum*, como príncipe de la milicia celestial, o una simple espada de caballero, para recordar su lucha con Lucifer.

El arcángel san Miguel es el patrón de los balanceros, calceteros, sombrereros, maestros de esgrima, dueños de baños públicos, fabricantes de obleas y barquillos, merceros y tenderos, medidores, pintores, vidrieros, doradores y yeseros. Se le invoca también para la buena muerte. Las razones íntimas de estos diversos patronazgos son bastante difíciles de penetrar: algunas saltan a la vista; dejamos a las inteligencias intuitivas el cuidado de captar las otras.

Un gran número de Estados, como Inglaterra, Francia, España, Baviera, etc.; y de ciudades, como Benevento, Bruselas, Le Puy, Madrid, etc., se han puesto bajo la protección especial de san Miguel.

Culto 08 / 09

El Rosario angélico

Historia de la devoción del Rosario angélico, revelada a una carmelita y aprobada por el Papa Pío IX en 1851.

## ROSARIO ANGÉLICO

Según una piadosa tradición, el arcángel san Miguel declaró a una persona religiosa que vería con agrado que se pusiera en uso una oración particular en su honor y en el de todos los ángeles del cielo, y que recompensaría a quienes practicaran esta devoción con favores especiales en las necesidades públicas, especialmente de la Iglesia católica: sucedió entonces que una carmelita del monasterio de Vetralla, en la diócesis de Viterbo, fallecida en olor de santidad en el año 1751, hizo sus delicias de esta forma de oración, llamada vulgarmente Rosario angélico. A petición de las religiosas de este monasterio , Su S Pie IX Papa que canonizó a Josafat en 1867. antidad Pío IX, mediante un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 8 de agosto de 1851, concedió las siguientes indulgencias:

1° Quien recitare este rosario ganará cada vez siete años y otras tantas cuarentenas de indulgencia.

2° Quien llevare consigo este rosario o quien besare solamente, en cualquier día que sea, la medalla con la efigie de los santos Ángeles que le está anexa, ganará una indulgencia de cien días.

3° Quienes recitaren diariamente este rosario obtendrán una indulgencia plenaria, una vez al mes, el día en que, habiéndose confesado y habiendo comulgado, rezaren particularmente por la exaltación de nuestra santa madre la Iglesia y por la conservación del Sumo Pontífice.

4° Quienes practicaren las obras anteriormente prescritas ganarán una indulgencia plenaria en las fiestas de la Aparición de san Miguel (8 de mayo), de la Dedicación del santo Arcángel (29 de septiembre), del arcángel san Gabriel (18 de marzo), del arcángel Rafael (24 de octubre) y de los santos Ángeles Custodios (2 de octubre).

Para ganar estas indulgencias, es necesario servirse de un rosario particular: consiste en nueve Padre nuestro con tres Avemaría después de cada Padre nuestro, en otros cuatro Padre nuestro al final (el primero a san Miguel, el segundo a san Gabriel, el tercero a san Rafael, el cuarto a nuestro ángel custodio), y en la recitación de salutaciones correspondientes con Antífona y Oración final particulares.

Estos rosarios deben ser bendecidos por el confesor *pro tempore* del monasterio de Vetralla, o por los sacerdotes que hayan obtenido tal facultad.

Vida 09 / 09

San Bouin, ermitaño de Aube

Relato de la vida ascética de san Bouin, solitario cerca de Troyes, fallecido en 570, y crónica de la traslación de sus reliquias.

Mards y Maraye-en-Othe (Aube, distrito de Troyes, cantón de Aix-en-Othe), le pareció ser el lugar que le había destinado la divina Providencia. Allí se estableció y se construyó una pequeña capilla y una celda, al borde de una fuente. Es allí donde, según la profunda palabra de san Gregorio de Tours, permaneció consigo mismo, habitavit secum, es decir, que unió la soledad del alma a la del cuerpo; desprendió su corazón de las cosas terrenales y se concentró por entero en el conocimiento de Dios y de sí mismo. Imponiendo un silencio absoluto a todas las facultades de su alma, la poseía en un recogimiento continuo, purificaba sus afectos y los inflamaba mediante la contemplación del soberano bien. ¡Qué fervientes eran sus aspiraciones hacia el cielo! «Como el ciervo sediento», exclamaba a menudo con el Profeta, «aspira a las fuentes de agua, así mi alma suspira por ti, ¡oh Dios mío!». Con el corazón incesantemente elevado hacia el Señor, pudo decir también con san Pablo: «Nuestra ciudadanía está en los cielos». ¡Cuánto gemía, pues, cuando, tras sus éxtasis de amor, volvía en sí y se veía aún atado a la tierra por los lazos de su cuerpo; cuando, reflexionando sobre la fragilidad humana, pensaba que otros más santos y más fuertes que él habían caído en el pecado! La sola sombra de una falta leve le hacía temblar, y a menudo agradecía a Dios haberlo llamado a una vida que, sin estar exenta de tentaciones y peligros, le permitía sin embargo eludir más fácilmente los artificios del demonio. Pero para asegurarse la victoria, tomaba las armas infalibles indicadas por san Pablo: la oración, la vigilancia y el ayuno. Su lecho era la tierra desnuda; su alimento, pan, sal y raíces; su bebida, el agua pura de la fuente. ¿Y qué decir de sus otras austeridades? ¡Con qué implacable rigor trataba su cuerpo para someterlo al yugo del espíritu y triunfar sobre sus sentidos! Así alcanzó un grado sublime de perfección y santidad, que, además de hacerle un tesoro de méritos para el cielo, le atraía desde aquí abajo el respeto y la veneración de las comarcas circundantes. No había podido esconderse tan bien que no terminaran por descubrir su retiro. Acudían a él como a un hombre de gran crédito ante Dios, y jamás esta confianza fue defraudada. Como su soledad no estaba alejada de las viviendas, no pasaba semana sin que recibiera la visita de los aldeanos, quienes consideraban un honor proveerle los víveres necesarios. Jamás rechazaba sus ofrendas; pero las reservaba para distribuirlas entre los pobres, quienes, conociendo su vida austera y caritativa, no dejaban de dirigirse a él como a su padre nutricio. El trabajo de sus manos se convertía también en materia de sus limosnas, y ningún desdichado abandonó jamás su ermita sin haber obtenido algún alivio a su miseria. Nuestro Santo aprovechaba estas visitas para recordar a todos los que se acercaban a él sus deberes hacia Dios, la dulzura del yugo de Jesucristo, la nada de los bienes de la tierra y la necesidad de adquirir los del cielo, los únicos verdaderos. Sus palabras producían la impresión más saludable, y siempre quienes le habían escuchado se retiraban con el deseo de ser mejores.

Así fue como san Bouin pasó su larga carrera en el ejercicio de las más bellas virtudes, y, lleno de días y de buenas obras, se durmió en el Señor, el 29 de septiembre de 570.

[A NEXO: CULTO saint Bouin Ermitaño del siglo VI en la diócesis de Troyes. Y RELIQUIAS. — PEREGRINACIÓN.]

Los religiosos de la abadía de Saint-Martin-ès-Aires, en Troyes, recogieron la ermita de san Bouin y, cada año, celebraban su fiesta el 28 de septiembre.

Privados de la presencia corporal del Santo que había venido a establecers e cerc Troyes Sede episcopal de Manasés. a de sus moradas, los habitantes de Saint-Mards no perdieron por ello el recuerdo de sus virtudes. Incluso quisieron poseer algunas de sus reliquias y se dirigieron para tal fin a la abadía benedictina de Montier-la-Celle (Cella Bohtini, en la diócesis de Troyes), que las conservaba religiosamente. El 2 de octubre de 1779, Rem J. Cajet, guardián del tesoro de la iglesia conventual de Montier-la-Celle, extrajo de la urna del Santo un hueso navicular inferior, junto con otros seis pequeños huesos, y los entregó al Sr. Charles Decaire Mutel, párroco de Saint-Mards, quien los expuso a la veneración pública. La presencia de estas preciosas reliquias se convirtió desde entonces en ocasión de piadosas demostraciones en honor del Santo. Cada año, en el día de su fiesta, se llevaban procesionalmente los huesos sagrados, desde la iglesia parroquial hasta la capilla construida bajo la advocación de san Bouin, en la comarca que lleva su nombre; e incluso los ancianos recordaban con emoción la pompa extraordinaria desplegada en tales circunstancias, sobre todo en el año 1788.

Hoy en día, el día de Pascua, se peregrina a la fuente de san Bouin, y se invoca allí con confianza a este gran siervo de Dios.

En 1793, algunas personas piadosas ocultaron las reliquias del santo solitario; y, tras nuevas informaciones, Mons. de Séguin des Hous proclamó su autenticidad el 17 de febrero de 1824.

Extracto de la Vie des Saints du diocèse de Troyes, por el abad Defer.

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Victoria sobre Lucifer y los ángeles rebeldes durante la creación
  2. Aparición en el monte Gargano en 493
  3. Protección del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento
  4. Combate contra el dragón en el Apocalipsis
  5. Anuncio de la Resurrección a las santas mujeres

Milagros

  1. Dedicación milagrosa de la iglesia del monte Gargano sin mano humana
  2. Victoria contra el dragón y los ángeles rebeldes
  3. Liberación de san Pedro de las cárceles de Herodes

Citas

  • Quis ut Deus ? Significado hebreo de su nombre
  • Michael unus de principibus primis Daniel

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto