15 de octubre 16.º siglo

Santa Teresa de Ávila

FUNDADORA DE LOS CARMELITAS Y DE LAS CARMELITAS DESCALZAS.

Virgen, Fundadora de los Carmelitas y de las Carmelitas descalzas

Fiesta
15 de octubre
Fallecimiento
4 octobre 1582 (ou 15 octobre selon le calendrier grégorien) (naturelle)
Categorías
virgen , fundadora , mística , doctora
Época
16.º siglo

Nacida en Ávila en 1515, Teresa entra en el Carmelo donde vive experiencias místicas intensas, incluida la transverberación de su corazón. Emprende una reforma profunda de su orden, fundando numerosos monasterios de Carmelitas y Carmelitas descalzos a pesar de fuertes oposiciones. Gran escritora mística, muere en 1582 declarándose 'hija de la Iglesia'.

Lectura guiada

9 seccións de lectura

SANTA TERESA DE ÁVILA, VIRGEN,

FUNDADORA DE LOS CARMELITAS Y DE LAS CARMELITAS DESCALZAS.

Vida 01 / 09

Infancia y primeras aspiraciones

Nacida en Ávila en 1515, Teresa manifiesta desde la infancia un deseo de martirio y una piedad precoz, marcada por la lectura de las vidas de los santos.

Santa Teresa nació en Áv ila, Avila Ciudad natal de la santa y lugar de su primera fundación reformada. en el reino de Castilla, España, el 28 de marzo de 1515. Su padre, llamado Alonso Sánchez de Cepeda, era un hidalgo de gran mérito, cuya nobleza estaba realzada por muchas virtudes. Su madre, que era la segunda esposa de este señor, también poseía excelentes cualidades y se llamaba Beatriz de Ahumada. Tuvieron varios hijos y dos hijas antes del nacimiento de nuestra Santa; pero, aunque era la menor según el orden de la naturaleza, era sin embargo la mayor en el orden de la divina predestinación. Inmediatamente después de su nacimiento, fue llevada a la iglesia parroquial de San Juan, donde recibió, junto con el bautismo, este hermoso nombre de Teresa que habría de inmortalizar con la santidad de su vida. Dio, desde su infancia, hermosos presagios de una eminente santidad. A la edad de siete años, se ocupaba con un ardor y una satisfacción maravillosos, junto con el menor de sus hermanos, en la lectura de la vida de los Santos y de la historia de sus sufrimientos, y estaban tan penetrados por el pensamiento de la eternidad, tanto de las penas del infierno como de la felicidad de los Santos en el cielo, que repetían continuamente estas palabras: «Eternamente, eternamente, eternamente». Estas consideraciones les hicieron tramar un plan para salir a escondidas de la casa paterna e ir a tierras de moros para encontrar la ocasión del martirio. Su salida fue bastante secreta; pero, mientras avanzaban hacia África, uno de sus tíos paternos los encontró y, habiendo aprendido de sus labios el motivo de su viaje, les persuadió de diferir este buen propósito para otro tiempo y los llevó de regreso con sus padres.

Cuando regresaron, viendo bien que no podían ser mártires, pensaron en hacerse ermitaños y construyeron, para ello, en el jardín de la casa, pequeñas celdas para retirarse del mundo y hacer más tranquilamente sus oraciones. Nuestro Señor comunicó desde entonces a Teresa algunas chispas de ese espíritu de oración, que ella tuvo después en un grado tan eminente, y, como nosotros, al traducirlo, escribir santo Tomás, Jesucristo, san Mateo, Felipe, la trilogía, ¿la filosofía? Además, la bella comunicación lleva formalmente Theresia; el Orden romano, impreso cada año en Roma, lo lleva de igual manera. San Alfonso de Ligorio, escribiendo en italiano, siempre ha firmado Alfonso, y, en la misma lengua, los religiosos teresianos son teresiani. ¿Qué concluir? ¿Que hay que, al traducir, invertir todas las reglas del francés? Nadie ha parecido pretenderlo. El Padre Ionia se ha equivocado, pues, en este punto, y es triste constatar que sea tan fácil formar escuela en Francia.

No tenía maestro para conducirla, por lo que se servía de algunas imágenes muy devotas que había en la casa, y sobre todo de una que representaba a Nuestro Señor instruyendo a la Samaritana al borde de un pozo; aprendía a desear ardientemente el agua viva y saludable que brota hasta la vida eterna. Por otra parte, recitaba con fervor su rosario, que su buena madre le recomendaba encarecidamente, y también hacía varias limosnas, privándose voluntariamente de sus pequeñas comodidades para asistir a los pobres.

Su madre, aunque muy piadosa, le hizo correr involuntariamente grandes peligros: amaba y leía novelas, libros de caballerías, y, no previendo el mal que podían hacer a sus hijas, les permitía leerlos a espaldas de su padre, quien nunca lo habría tolerado. Teresa tomó nuevos gustos: se complacía en tener las manos blancas, el cutis fresco y agradable, el cabello rizado y adornado, los vestidos limpios y a la moda, y en no estar nunca sin algún perfume; pero en todo ello no tenía ninguna mala intención. Perdió a su madre a la edad de doce años: vislumbrando la magnitud de la pérdida que acababa de sufrir, se fue a un santuario de Nuestra Señora y, arrojándose a los pies de su imagen, le suplicó entre lágrimas que le sirviera de madre: desde entonces, la Santísima Virgen la asistió siempre extraordinariamente. Al peligro de los libros se unió para Teresa el de las compañías. Algunos jóvenes, sus primos hermanos, y de edad similar, comenzaron a visitarla y a tener largas conversaciones con ella; también había una joven pariente suya, muy alegre, de carácter ligero y voluble, que se introdujo tan bien en su espíritu que era imposible separarla de ella. Estas conversaciones ralentizaron, en el corazón de la Santa, los preciosos sentimientos de piedad que el Espíritu Santo había hecho nacer en él. Estas faltas, que ella ha deplorado después con una santa exageración, nunca llegaron, como ella misma escribe, hasta el pecado mortal, porque Dios, en su bondad, le había dado dos guardias fieles para preservarla de esa desgracia. La primera era un horror natural a todo lo que fuera contrario a la pureza; en todas esas conversaciones inútiles, no tenía ninguna visión ni ninguna intención criminal. La segunda era un temor extremo de perder su honor, que ella apreciaba por encima de todas las cosas del mundo.

Vida 02 / 09

Vocación y entrada al Carmelo

Tras un paso por las Agustinas y una crisis de vocación, entra en el monasterio de la Encarnación de Ávila en 1533 a pesar de sus reticencias naturales.

Sin embargo, su padre, que era un hombre de buen sentido, al darse cuenta del peligro en que ella estaba al permanecer más tiempo en su casa, resolvió privarse de su compañía, no obstante la amistad que le tenía, y ponerla como pensionista en un convento. Tomó como pretexto el matrimonio de su hermana mayor; dijo que no era en absoluto apropiado que a su edad permaneciera sola sin madre y sin hermana en su casa. El convento donde la puso fue el de las damas Agustinas de Ávila, llamado Nuestra Señora de Gracia, donde se educaban muchas otras hijas de calidad. Teresa entró allí por pura obediencia y sin ninguna inclinación a ser religiosa, ni a llevar una vida más retirada; pero, la gracia de Jesucristo uniéndose a los buenos ejemplos y a las sabias amonestaciones de las religiosas de este monasterio, que eran muy virtuosas y muy prudentes, retomó poco a poco el espíritu de devoción y de fervor que había tenido en su infancia. Comenzó de nuevo a recitar varias oraciones vocales, y a sentir una santa envidia de aquellas que eran atraídas a la oración mental y que tenían el don de lágrimas. Le vino también un deseo de ser religiosa, no en este monasterio, que creía demasiado austero para ella, sino en otro donde tenía una amiga, con la cual hubiera estado encantada de permanecer; en lo cual confiesa que seguía más el inclinación de su corazón que el bien de su alma. Pero, al cabo de dieciocho meses, una gran enfermedad, que le sobrevino, obligó a su padre a retirarla de esta pensión y a hacerla volver a su casa para que fuera mejor tratada. La envió después al campo, con su hermana mayor, que la amaba tiernamente, y que hubiera deseado tenerla siempre con ella, porque en efecto tenía tanta condescendencia y afabilidad, que se hacía amar de todo el mundo. En este viaje, visitó a uno de sus tíos, hermano de su padre, llamado Pedro Sánchez de Cepeda, quien se había retirado, tras la muerte de su esposa, a una de sus tierras, situada en la pequeña villa de Hortigosa, a cuatro leguas de Ávila, para pasar allí el resto de sus días en los ejercicios de la vida solitaria. Tuvo algunas santas conversaciones con él, y quedó tan conmovida, que resolvió desde entonces comenzar una vida más espiritual. Lo que le aprovechó también mucho, fue que este hombre de Dios, que se complacía extremadamente en la lectura, le hizo leer libros de devoción en lengua vulgar, entre otros las Epístolas de san Jerónimo, que le dieron un gran disgusto de las cosas de la tierra y despertaron en ella todos los deseos que había tenido antaño de los bienes de la eternidad.

Recibió después el gran don de la vocación religiosa, y, para no dejar este talento inútil, hizo tantas instancias ante su padre, que le permitió finalmente entrar en el monasterio de la Encarnación de Ávila, de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, para tomar allí e l hábito. Ella confesó ella misma Ordre de Notre-Dame du Mont-Carmel Orden religiosa a la que pertenecen los beatos citados. que, cuando salió de su casa para ir allí, sintió tanta repugnancia y contradicción en su naturaleza, que le parecía que todos sus huesos se descoyuntaban y que le arrancaban el corazón de las entrañas; pero superó generosamente esta dificultad, y tuvo finalmente la dicha de ser cubierta con el santo hábito de Nuestra Señora, el 2 de noviembre de 1533, a la edad de dieciocho años. Su alma fue al mismo tiempo revestida de una gracia tan abundante, que todas sus sequedades pasadas se cambiaron en lluvias de dulzura y de consolación. Desde entonces Dios le hizo presente de este admirable don de lágrimas, que le duró toda su vida, y ella se sirvió de él muy a propósito en el curso de su noviciado, para llorar amargamente los pecados que había cometido en el mundo y para obtener el perdón de la bondad infinita de su Esposo. Los acompañó también de varias austeridades y mortificaciones por encima de las que estaban prescritas por la Regla. No queremos detenernos aquí para relatar en detalle las acciones heroicas de humildad, de paciencia, de sumisión de espíritu, de obediencia y de las otras virtudes que hizo aparecer en este primer estado de fervor; diremos solamente que todas las religiosas quedaron tan edificadas de su conducta, que, no obstante sus enfermedades, que eran grandes, y la debilidad de su complexión, la juzgaron muy digna de hacer profesión. Así, pronunció sus votos un año después de su vestición, con una alegría y una satisfacción indecibles de verse para siempre la esposa de Jesucristo y la humilde sierva de su santísima Madre.

Vida 03 / 09

Enfermedad y primeras gracias místicas

Afectada por graves enfermedades, descubre la oración mental a través de los escritos de Francisco de Osuna y experimenta sus primeros éxtasis.

Tan pronto como hizo su profesión, fue atormentada por grandes dolores de corazón, vómitos continuos y otras muchas enfermedades que a menudo le quitaban todo tipo de sentido. Su padre, que no la amaba menos en el estado de la vida religiosa que cuando estaba a su lado, obtuvo de sus superiores permiso para trasladarla a un lugar llamado Becedas. Como era el comienzo del invierno, tuvo que permanecer, mientras esperaba la primavera, en casa de su hermana, quien deseaba enormemente tenerla consigo. Su tío, de quien ya hemos hablado, no dejó de ir a verla y de conversar con ella, como antes, sobre las cosas de Dios. También puso en sus manos un excelente libro, titulado: *El tercer abecedario espiritual*, del Padre Francisco de Osuna, de la Orden de Père François de Osuna Autor del Tercer Abecedario espiritual que inició a Teresa en la oración. los Frailes Menores, que enseñaba a hacer la oración mental. Teresa lo leyó con avidez, encontrándolo conforme a su inclinación y hallando en él lo que buscaba desde hacía mucho tiempo, y que ninguno de sus directores había podido explicarle. Como al mismo tiempo se sintió interiormente atraída a la vida del espíritu, comenzó a amar más la soledad, a confesarse con mayor frecuencia y a trabajar con más esmero en la mortificación de los sentidos y en la pureza del corazón. También se esforzaba por no perder nunca de vista a Nuestro Señor y por llenarse de la consideración de sus misterios: lo que hizo que Él la introdujera poco a poco, primero en la oración que llamamos de *quietud*, que es un dulce reposo en Dios presente, y después en la oración de unión, que es un goce simple, tranquilo y amoroso de este principio infinito de todos los bienes.

Llegada la primavera, la llevaron al lugar elegido para su cura; pero, lejos de encontrar allí la sanación, enfermó aún más; no dejó, sin embargo, de curar espiritualmente a un sacerdote adúltero, sacrílego y escandaloso, a quien se confesó y que se vio obligado a confesarle su desorden; ella lo asistió tan poderosamente con sus santos consejos y con las lágrimas que derramó por él al pie de la cruz del Salvador, que le procuró el espíritu de compunción y de penitencia, y una muerte muy cristiana. Su padre, viendo que su salud no mejoraba en absoluto, la hizo traer a su casa para que la vieran los médicos; todos juzgaron que estaba tísica y que no podría recuperarse de ese mal. En efecto, su estómago ya no cumplía sus funciones, su cuerpo estaba seco y demacrado, y sus miembros se entumecían tanto por la contracción de los nervios que a veces quedaba toda contrahecha. Un día de la Asunción, cayó en un síncope tan extraño que la dieron por muerta durante cuatro días; de modo que prepararon su fosa en su monasterio, y las religiosas, sus hermanas, que no guardaban la clausura, vinieron a rezar a Dios alrededor de su cuerpo. Querían llevársela, pero su padre, que aún le sentía un poco de pulso, lo impidió, asegurando que no estaba muerta. Al cabo de cuatro días, despertó como de un profundo sueño y, quejándose de que la hubieran inquietado, dijo que, en aquel éxtasis, había visto el cielo y el infierno, las gracias que recibiría de la mano liberal de Dios y algunos insignes favores que Él conferiría a otros en consideración a ella. Quiso entonces regresar a su convento, donde, por los méritos de san José, cuya fiesta celebraba todos los años con mucho fervor, comenzó a levantarse y a caminar.

Conversión 04 / 09

Conversión interior y pruebas místicas

Tras un periodo de tibieza, experimenta una profunda conversión ante una imagen de Cristo sufriente y atraviesa pruebas espirituales, incluida la transverberación.

El monasterio donde vivía santa Teresa no tenía clausura: las religiosas recibían a menudo visitas y entablaban relación con personas del exterior que venían a conversar con ellas durante largas horas: fuente de tan grandes peligros, decía santa Teresa, que los religiosos o religiosas que se encontraran en tal caso estarían mejor para la salvación de su alma en la casa paterna o establecidos en el mundo. Nuestra joven Santa, que era tan amable y muy inclinada ella misma a las amistades honestas, hizo también el conocimiento de una persona que venía a verla a menudo. No cayó en el desorden; ni siquiera pensaba en ello, y no sospechaba el peligro; permaneció obediente, exenta de hipocresía, de maledicencia, amando a Dios. Pero abandonó la oración durante más de un año (de los veintiséis a los veintisiete años); la retomó siguiendo los consejos del Padre Vicente Barón, quien también la hizo comulgar cada quince días. Nuestro Señor le había dado él mismo dos advertencias: se le apareció un día en el locutorio con un rostro severo e indignado; otro día, ella y la persona con la que conversaba vieron muy cerca un monstruo horrible y misterioso que las asustó. Además, una vieja religiosa, pariente suya, le advertía a menudo del peligro que corría. Sin embargo, permaneció desde la edad de veinte años aproximadamente hasta los cuarenta, amando a Dios, pero sin que su corazón estuviera enteramente cerrado al mundo. Pero un día, al ver la imagen de Jesús cubierto de llagas, quedó tan conmovida que sintió su corazón como si se rompiera.

Santa Magdalena, a quien invocó, la asistió también de manera sensible, así como san Agustín, cuyas Confesiones leyó con el mayor fruto; se inspiró, para sus pequeñas faltas, en los sentimientos de arrepentimiento que san Agustín manifestó por sus desórdenes. Desde ese tiempo, su alma no cesó de permanecer santamente unida a Dios, quien le concedió favores extraordinarios en su oración. No creyéndose digna de ellos, tomó al principio por ilusiones esta suspensión de los sentidos, esta calma interior, esta visión intelectual de los más altos misterios de nuestra fe, estos sentimientos repentinos de la presencia de Dios que ocupaba toda su alma, estos impulsos de amor y este reposo en la Divinidad que sentía bastante a menudo. San Francisco d e Borja, que era de la C Saint François de Borgia Jesuita que aseguró a Teresa sobre el origen divino de sus visiones. ompañía de Jesús, la liberó de esta duda y le hizo conocer que, caminando en la humildad y comenzando siempre su oración por algún punto de la pasión del Salvador, no tenía motivo alguno para temer la ilusión en estas gracias que le eran dadas sin que ella las hubiera buscado. Tuvo también confesores muy sabios en la misma Compañía, que la sostuvieron maravillosamente bien en esta conducta extraordinaria y que la obligaron a unir el ejercicio de la mortificación y la penitencia a estos grados tan sublimes de oración. Tuvo al principio mucha dificultad para deshacerse de algunas amistades particulares que, aunque le parecieran inocentes, porque siendo de una naturaleza extremadamente generosa creía deber amar singularmente a las personas que le mostraban afecto, ponían sin embargo un gran impedimento a su perfección. Dijo para ello, por orden de su confesor, durante algún tiempo, el himno Veni Creator Spiritus; y un día que lo decía, entró en un arrobamiento repentino y escuchó en el fondo de su corazón estas palabras de su Esposo: «Ya no quiero, hija mía, que tengas ninguna amistad con los hombres, sino que todo tu trato sea con los ángeles»; y al instante mismo, esta pasión de amistad particular, que no había podido superar con mil esfuerzos, fue extinguida de tal manera en ella, que ya no le fue posible amar a nadie sino en Dios y por Dios.

Desde ese día, Nuestro Señor la favoreció a menudo con sus comunicaciones secretas e íntimas, instruyéndola por sí mismo sobre lo que debía hacer para su servicio y descubriéndole de qué manera debía comportarse para serle más agradable. Como no había nada que temiera más que ser engañada por el demonio, le vino aún el temor de que estas palabras no fueran dichas por su divino Maestro, sino por algún mal espíritu que hubiera emprendido seducirla. Su confesor consultó a cinco o seis maestros, quienes fueron todos de la opinión, junto con él, de que lo que le sucedía en la oración no era de Dios, sino del demonio; que, por tanto, había que retirarla de ese ejercicio, prohibirle la soledad y cortarle sus comuniones. Esta sentencia fue para ella motivo de gran pena, tanto más cuanto que aquellos que fueron informados la tomaban por visionaria, y algunos incluso hablaban de hacerla exorcizar, como si hubiera estado poseída y obsesionada por el demonio. Además, se observaban curiosamente todas sus acciones, y si se le escapaba alguna imperfección, se hacía de ello un gran misterio y se infería que todas las gracias que creía recibir del cielo no eran más que puras ilusiones.

Durante esta prueba, que duró dos o tres años, nunca perdió la paciencia, sino que permaneció siempre en una perfecta sumisión a la voluntad de Dios. Por lo demás, Nuestro Señor no dejaba de visitarla e instruirla de diversas maneras. Le dijo un día: «No temas nada, hija mía, soy yo quien habla, y jamás te abandonaré». Esta palabra fue tan penetrante y eficaz que disipó todas sus dudas y la convenció clara y aseguradamente de que era él. Además, esta misma palabra le quitó de tal modo la aprensión del demonio y de todos sus artificios que, lejos de temerlo, a veces lo desafiaba, diciéndole: «Ven ahora con toda tu escolta diabólica; pues, siendo sierva de Jesucristo, quiero saber cuál es tu fuerza y qué puedes hacer contra mí». Otras veces, su amable Esposo se le aparecía, ya bajo formas sensibles, ya bajo representaciones puramente intelectuales, y obraba al mismo tiempo en su alma efectos maravillosos de desapego y santificación. Se le ordenaba hacer la señal de la cruz, dar la espalda, dejar su oratorio y cambiar de lugar cuando tenía estas visiones; ella lo hacía por obediencia, aunque supiera con seguridad que era su Bienamado quien la visitaba; pero, lejos de ahuyentarlo con esa descortesía aparente, lo encantaba aún más y lo obligaba a volver con mayor frecuencia. «Haces bien, hija mía», le dijo una vez, «en obedecer a tus directores, y debes actuar de esa manera; pero finalmente les haré conocer que soy yo mismo quien te honra con mi presencia».

Teresa le presentó un día una cruz, como se haría al demonio para ahuyentarlo. Él la tomó entre sus manos (pues no se espantaba de la cruz) y se la devolvió. Pero esta cruz de ébano pareció entonces a nuestra Santa compuesta de cuatro piedras preciosas de una belleza y un valor inestimable; y desde entonces, siempre le pareció de esa manera, aunque en efecto no había cambiado de naturaleza y a los demás solo les parecía de ébano. Es esta cruz la que devolvió la vista a Magdalena de Toledo y la que hizo después otros muchos milagros. Finalmente, Nuestro Señor, para manifestar más la verdad de estas visiones, encendió en un instante en el corazón de su amada un fuego tan grande del amor de Dios y un deseo tan ardiente de verlo, que la vida presente no era para ella más que un largo martirio. Estaba herida por una llaga divina que, al hacerla languidecer y morir, le causaba un placer inefable, con el cual todos los placeres del mundo no pueden ser comparados. Fue en este tiempo cuando vio varias veces a su lado a un serafín de una belleza maravillosa, que, teniendo un dardo en la mano, le atravesaba el corazón. Este dardo era de oro fino y bastante largo, y tenía en el extremo una punta de hierro que estaba en fuego. Cuando lo introducía en su corazón, producía una llama de amor tan excesiva que casi no podía soportar su vehemencia; y cuando lo retiraba, parecía que le arrancaba las entrañas: la dejaba tan abrasada que estaba como fuera de sí misma. El dolor de sus heridas sagradas le hacía escapar gemidos; pero su suavidad, que no era menor, la embriagaba de tal modo que ya no quería ni ver, ni hablar, sino solo gozar de la dulzura de su pena y de las delicias de su amor. Tantos efectos maravillosos convencieron finalmente a los siervos de Dios a quienes consultaba sobre su conducta, de que estas operaciones venían del cielo y que ya no había que temer engaño alguno. Cuatro grandes luces de la Iglesia, que iluminaban entonces a España por su santidad y por su doctrina, la confirmaron en este sentimiento; a saber: san Luis Beltrán, san Pedro de Alcántara, el Padre Juan de Ávila y el Reverendo Padre Luis de Granada; pero estos caminos extraordinarios sirvieron siempre de ocasión a sus directores para reprenderla, maltratarla de palabra y ser extremadamente rudos con ella; lo que Nuestro Señor Jesucristo permitió para su gran perfección.

Fundación 05 / 09

La Reforma y la fundación de San José

Teresa emprende la restauración de la regla primitiva del Carmelo y funda el primer monasterio reformado, San José de Ávila, en 1562, a pesar de fuertes oposiciones.

El celo por la gloria de su Esposo no podía ser saciado jamás. Se esforzó por restablecer la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, de la cual era religiosa, en su primer vigor, mediante la entera y perfecta observancia de la Regla que recibió de manos de san Alberto, patriarca de Jerusalén. Conocía los desórdenes que los luteranos y calvinistas causaban en Alemania y Francia, arruinando las iglesias, profanando los altares, dispersando las reliquias de los Santos y cometiendo todos los sacrilegios que la rabia del demonio puede inspirar a unos herejes furiosos y desesperados: «Es muy razonable», decía ella, «que, mientras los enemigos de Jesucristo arruinan los templos sagrados que nuestros padres le dedicaron, nosotros construyamos otros nuevos para reparar su honor, y que no mostremos menos ardor en su servicio del que estos instrumentos del infierno muestran de furor y rabia contra él».

Al principio, consultó este designio con algunas virtuosas hijas de su monasterio de la Encarnación; ellas se adentraron tanto en sus sentimientos que una de ellas, que era su sobrina y aún pensionista, ofreció mil ducados para comprar una casa con este fin. Doña María Guyaumar, su íntima amiga y una de las más considerables de la ciudad de Ávila, también acogió esta empresa y prometió prov eer al susten ville d'Avila Ciudad natal de la santa y lugar de su primera fundación reformada. to de las religiosas que la comenzarían. El asunto fue encomendado a Nuestro Señor con muchas oraciones y lágrimas, a fin de que le diera su bendición y le abriera los medios para ejecutarlo. Al día siguiente, Teresa, haciendo su acción de gracias después de la comunión, este divino Amante se le apareció y, tras mostrar que aprobaba su designio, que era para su mayor gloria, le dio seguridad de que este convento de la estricta observancia se realizaría y que su divina Majestad sería servida allí con gran fervor. Luego le ordenó llamarlo de San José, y le dijo que este glorioso patriarca estaría en una de las puertas para guardarlo, que María, su santísima Madre, lo guardaría en la otra puerta, y que Él mismo se mantendría en medio, a fin de sostenerlo contra todas las potencias del mundo y del infierno. No se pueden creer los obstáculos que el demonio puso por todas partes a esta nueva fundación: unos se burlaron de ella como de una empresa imposible; otros previnieron a los superiores para impedir que dieran su consentimiento; otros, finalmente, desacreditaron a la santa madre como una mujer inquieta, ambiciosa y llena de imaginaciones locas y ridículas. Sin embargo, con el permiso del obispo y del provincial de los Carmelitas, y la aprobación de varios santos personajes de diversas Órdenes, se compró secretamente una casa, se trabajó para disponerla en forma de monasterio y se escribió diligentemente a Roma, a fin de obtener del Papa los poderes necesarios para este establecimiento.

El asunto se alargó extremadamente, porque Teresa apenas tenía dinero para continuar el edificio; además, el breve tardó mucho en ser expedido en las formas debidas para prevenir todo tipo de contestaciones y procesos. Durante este intervalo, el provincial de los Carmelitas, a quien se había enfriado mucho en este asunto y que incluso había retractado su permiso, envió una orden a Teresa para que se trasladara, lo antes posible, a Toledo para consolar allí a María de la Cerda, quien acababa de perder a su marido. Ella obedeció incontinenti a su orden, sin que ni la necesidad de su presencia para la perfección de su edificio, ni el consejo de varias personas que eran de la opinión de que se excusara por carta de esta obediencia, la hicieran vacilar ni un solo momento. Dios hizo su obra en su ausencia. Ella permaneció seis meses en casa de esta dama; y, la misma noche que regresó a Ávila, llegó el breve del Papa que esperaba; y el obispo, a quien iba dirigido y que debía ser el superior de este nuevo monasterio, se encontraba en la ciudad para realizar el establecimiento. Era de temer que se negara a consentir, porque la santa Madre quería que fuera sin ninguna renta y fundado solo en la pobreza. Pero san Pedro de Alcántara, que estaba también al mismo tiempo en Ávila, y a quien sus virtudes incomparables y sus grandes milagros d aban un crédito extraord saint Pierre d'Alcantara Santo español que apoyó a Teresa en sus visiones y su reforma. inario, le escribió en términos tan fuertes y conmovedores (una enfermedad violenta le impedía ir a verlo él mismo), que dio su consentimiento a todo lo que se quiso. Así, el año 1562, el día de San Bartolomé, el Santísimo Sacramento fue puesto, por su autoridad, en la casa que se había dispuesto, a la cual se dio el nombre de San José; y la santa Madre, que había salido de su convento de la Encarnación por una enfermedad de su cuñado, dio el hábito de Carmelita descalza de la estricta Observancia a cuatro novicias, que, verdaderamente, no aportaban dote, pero eran hijas muy virtuosas y llenas de fuerza y generosidad para llevar toda la austeridad de la Regla.

El año de este comienzo de la reforma de Nuestra Señora del Monte Carmelo es muy considerable, puesto que es el mismo en que los calvinistas, habiéndose hecho dueños, por la fuerza de las armas, de varias grandes ciudades de Francia, cometieron allí los sacrilegios más execrables que jamás hayan sido cometidos por los herejes. Pues sin hablar de los sacerdotes y religiosos que masacraron con crueldades inauditas, de los cuerpos de los Santos que sacaron de sus urnas o de sus tumbas para quemarlos y arrojar las cenizas al viento, de las iglesias que derribaron, de los altares que profanaron y de las imágenes sagradas que hicieron pedazos, pisotearon en una infinidad de lugares el cuerpo y la sangre preciosa de Jesucristo; luego, habiendo saqueado los cálices, los corporales y los otros muebles dedicados al santo ministerio, los convirtieron en usos profanos. Por un efecto admirable de la Providencia, en el mismo tiempo que estos impíos se esforzaban por abolir en Francia todas las marcas de la verdadera religión, una sencilla mujer, destituida de todo socorro humano, comenzaba en España una santa Congregación, que no debía construir menos iglesias y erigir menos altares, en toda la extensión del mundo cristiano, de los que la furia de estos monstruos había derribado, y que debía compensar sus acciones abominables con la práctica fiel y constante de los más santos ejercicios de la vida cristiana y religiosa.

Si el demonio se había desatado contra los primeros proyectos del monasterio de San José, no hizo menores esfuerzos para arruinarlo después de su establecimiento. Al principio excitó en el corazón de la santa Madre un escrúpulo de no haber guardado con suficiente exactitud las Reglas de la obediencia en la conducción de su empresa, y una repugnancia extrema a dejar su convento de la Encarnación, donde siempre se había encontrado muy bien, para venir a alojarse en una casa tan pobre. Pero esta tentación se disipó pronto: pues plugo a la bondad de Dios iluminar a nuestra Santa con una luz celestial; y ella tomó a los pies del Santísimo Sacramento la resolución de perseguir incesantemente la permiso de permanecer en este nuevo monasterio. El enemigo recurrió a otras armas: puso en la cabeza del gobernador, de los regidores y de los principales burgueses de Ávila, que el convento de San José sería demasiado gravoso para la ciudad, y que, siendo ya bastante grande el número de casas pobres, no sería prudente permitir el establecimiento de esta. Así, Teresa tuvo orden de regresar, sin demora alguna, a su casa de profesión, y de no mezclarse nunca en la de San José; luego se puso en deliberación derribar los edificios, enviar a las novicias con sus padres y arruinar enteramente estos comienzos de reforma. Teresa obedeció sin contradicción, abandonando su obra a la sabia Providencia de Dios que era su autor; pero, por lo demás, no se llegó a la ejecución; pues el Reverendo Padre Domingo Báñez, ese sabio y piadoso doctor de la Orden de Santo Domingo, y el Reverendo Padre Pedro Ibáñez, de la misma Orden, hombre muy versado en las cosas espirituales, negociaron tan hábilmente este asu nto, que toda la tempestad se Révérend Père Dominique Bannez Teólogo dominico que apoyó la fundación de San José. disipó. Se permitió incluso, finalmente, a la santa Madre dejar para siempre su convento de la Encarnación y venir al de San José, con tantas religiosas del primero como encontrara dispuestas a abrazar su reforma. Solo cuatro la acompañaron; y con esta pequeña tropa, entró alegre y triunfante en su querida Belén, donde fue recibida con una alegría increíble por las cuatro novicias que había dejado allí completamente solas. Nuestro Señor colmó la alegría de esta solemnidad con gracias extraordinarias con las que tuvo la bondad de favorecerla: pues, habiéndosele aparecido, no solo le agradeció lo que había hecho y soportado por el restablecimiento de la Orden de su bienaventurada Madre; sino que también le puso una corona de oro sobre la cabeza, marca de la victoria que había obtenido sobre todas las potencias del infierno; y, por otra parte, la santísima Virgen se dejó ver ante ella con un gran manto, con el cual la cubría a ella y a todas sus hijas que se habían alineado, y que debían en adelante alinearse bajo su guía.

El designio de nuestra admirable Reformadora, en este nuevo establecimiento, no era mandar, sino observar exactamente todos los puntos de la Regla de su Orden en el estado de sumisión y obediencia. Así, desde que fundó su monasterio, nombró a una de las ocho religiosas priora, a otra subpriora, y no se reservó para sí más que la felicidad de obedecerles. Pero los superiores ordenaron de otra manera; pues, conociendo cuán necesario era que aquella que había producido esta feliz planta tuviera también el cuidado de cultivarla, le ordenaron gobernar la casa de San José en calidad de primera priora. Ella rechazó tanto como pudo aceptar este cargo, que siempre le había parecido muy pesado; pero no le fue posible eximirse: comenzó por una inspiración divina a prescribir a sus hijas la manera de vivir que debían observar, conforme al primer espíritu de su Regla.

He aquí el orden de los ejercicios que se seguía en San José de Ávila, y que, salvo ligeras diferencias, se observa aún en nuestros días en los monasterios de las hijas de santa Teresa. A las nueve de la noche las religiosas se reunían en el coro para cantar Maitines y Laudes. Terminado el oficio, hacían el examen de conciencia. Se leían luego los puntos de la meditación del día siguiente. Estos ejercicios duraban hasta las once aproximadamente. Se daba entonces la señal del descanso. Se levantaban a las cinco desde el día de Pascua hasta el 14 de septiembre, y a las seis en los otros tiempos. Después de levantarse, empleaban una hora entera en la oración mental. Terminada la oración, decían las horas menores y escuchaban la santa misa. Cada una se retiraba luego a su celda, o al lugar de su oficio, para ocuparse en el trabajo. La Santa quiso que trabajaran por separado y no en una sala común, a fin de que pudieran más fácilmente mantenerse en la presencia de Nuestro Señor y continuar conversando con él. Algún tiempo antes de la comida, se daba la señal para hacer el examen de conciencia. Los días de ayuno de la Orden, la comida era a las once; los días de ayuno de la Iglesia, a las once y media; en los otros tiempos, a las diez. El ayuno comenzaba el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la santa Cruz, y se prolongaba hasta Pascua. Después de la comida, que siempre iba acompañada de una piadosa lectura, las religiosas se reunían para tomar juntas su recreación; pero durante este tiempo debían ocuparse en algún trabajo. A las dos, se dirigían al coro para cantar Vísperas. Cada religiosa se retiraba luego a su celda para hacer una lectura espiritual. Después de esta lectura, se ocupaban de sus trabajos u oficios hasta Completas. Recitadas las Completas, las religiosas consagraban de nuevo, como por la mañana, una hora entera a la oración. Venía luego la comida que era seguida de la recreación. Al final de la recreación se daba la señal del gran silencio que debía observarse hasta el día siguiente después de la recitación de Prima.

Misión 06 / 09

Expansión de la Orden y viajes

Recorre España para fundar numerosos monasterios de carmelitas descalzos y descalzas, mientras vive constantes comunicaciones divinas.

Santa Teresa era la Regla viviente de toda su comunidad, por su exactitud en la salmodia, en la oración mental, en la asistencia a los enfermos en la enfermería, e incluso en los oficios más humildes de la casa. Permaneció cinco años en este convento de San José con mucho consuelo y reposo. Todas las religiosas se inclinaban por sí mismas a lo que era más perfecto, y aquellos de la ciudad que habían sido los más contrarios a su fundación, fueron los primeros en bendecir a Dios por haberla sostenido contra sus vanas empresas. Pero no era ese el término de los servicios que Nuestro Señor esperaba de su querida Esposa: un día que ella le rogaba con lágrimas en los ojos y con grandes instancias que le descubriera los medios para ganarle nuevas almas que estuvieran todas abrasadas de su amor, Él se le apareció y le dijo: «Espere, hija mía, y verá grandes cosas». En efecto, poco tiempo después, el Reverendísimo Padre General de los Carmelitas vino a hacer su visita a España, y, habiendo conversado con santa Teresa y toda su comunidad, quedó tan edificado al ver reflorecer entre ellas el primer fervor de su Orden, que permitió a la Santa fundar tantas casas como encontrara ocasión, no solo para las mujeres, sino también para los hombres. Fue este sin duda para Teresa un gran campo donde podía ejercer su celo y hacer aparecer el ardor que tenía por la gloria de su divino Amante. Hizo la segunda fundación para religiosas en Medina del Campo; la tercera en Málaga; la cuarta en Valladolid; la quinta en Toledo; la sexta en Pastrana; la séptima en Salamanca; la octava en Alba; la novena en Segovia; la décima en Veas. Hizo aún otras en Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Numancia, Granada y Burgos. Y para los religiosos, tuvo el consuelo de ver quince conventos establecidos durante su vida, e incluso uno en Génova y otro en México, donde la estricta Observancia era guardada con un santo fervor.

No emprendemos describir aquí las penas que tuvo que sufrir, las persecuciones que superó, ni los actos heroicos de prudencia, de fuerza y de confianza en Dios que hizo aparecer en todas estas fundaciones. Jamás obra fue más contrariada, y jamás obra fue conducida con más sabiduría, moderación y firmeza que esta. Ella misma ha compuesto la historia muy extensamente, en un libro titulado *Libro de las Fundaciones*, al cual los lectores podrán recurrir. En sus viajes, ella estaba tan recogida y unida a Dios, y guardaba tan exactamente su Regla como en la soledad de sus monasterios. Su Esposo celestial la visitaba en el campo como en el secreto de su oratorio, y le hacía aparecer por todas partes ternuras inestimables. Le descubría grandes secretos, le revelaba las cosas por venir, le prescribía lo que tenía que hacer; y, un día, le dijo con testimonios de una amistad muy extraordinaria: *Deinceps, ut vera Sponsa, meum zelabis honorem. Jam ipse sum totus tuus et tu tota mea*; «en adelante, como una verdadera Esposa, estarás llena de celo por mi gloria. Yo soy ahora todo tuyo y tú, por un bienaventurado retorno, eres también toda mía». Sin embargo, cualquier mandato que recibiera en sus revelaciones, nunca se alejaba de la obediencia a sus superiores; porque, decía ella, puedo equivocarme tomando una falsa revelación por una verdadera, pero no puedo equivocarme obedeciendo a aquellos que Dios me ha dado para conducirme.

Durante el intervalo de estas fundaciones, la santa Madre fue elegida dos veces priora del monasterio de la Encarnación de Ávila, donde había hecho profesión; una vez por el Reverendo Padre Pedro Fernández, de la Orden de Santo Domingo, que Su Santidad había nombrado visitador apostólico de los Carmelitas de España, y otra vez por los sufragios de todas las religiosas. La primera vez, fue allí e hizo maravillas, tanto para lo espiritual como para lo temporal de la casa, que estaban igualmente en desorden. La segunda vez, Nuestro Señor no permitió que fuera confirmada, para que pudiera aplicarse, con más reposo, al gobierno de sus nuevos monasterios. Pero, finalmente, en el año 1580, el papa Gregorio XIII separó enteramente la reforma de los Carmelitas y Carmelitas descalzas que ella había hecho, de los Carmelitas mitigados, sin que los provinciales de estos últimos pudieran tomar en adelante ninguna autoridad sobre los conventos de los Descalzos. Esta s eparación fue como pape Grégoire XIII Papa que confirmó la Congregación del Oratorio en 1575. el sello de su instituto. Ella le sobrevivió dos años. Como su convento de San José estaba sometido al obispo, mientras que todos los otros que había establecido después estaban bajo la dependencia de los superiores de la Orden, hizo de modo que el primero siguiera la forma de los otros: de manera que los dejó todos bajo la conducción y el gobierno de los Padres que ella misma había establecido. Así, Dios le concedió dos años de calma antes de su fallecimiento; pero, antes de llegar a esta hora bienaventurada que la une a Jesucristo, su querido esposo, por toda la eternidad, es necesario que hagamos algunas reflexiones sobre las virtudes de las cuales ha dado tan raros ejemplos en toda su vida.

Predicación 07 / 09

Virtudes y doctrina espiritual

La autora detalla sus virtudes heroicas, su profunda humildad y su enseñanza sobre los diferentes grados de la oración y de la unión con Dios.

Su fe era tan grande que parecía que veía lo que creía. Dejó escrito que nunca tuvo tentación contra esta virtud. Cuanto menos entendía un misterio, más afecto y devoción tenía por creerlo. Quería que sus hijas fueran sencillas y de ninguna manera curiosas, principalmente en los puntos de la doctrina de la fe. Sus luces fueron siempre tan puras y su doctrina tan santa, que nunca tuvo motivo para temer el examen de los inquisidores; por ello, sus escritos salieron de sus manos sin que hubieran cambiado una letra. Lo que más alegría le daba era tener la dicha de ser hija de la Iglesia. No hay prácticas ni ceremonias de esta misma Iglesia que no estimara extremadamente y por las cuales no tuviera un profundo respeto. Honraba las imágenes y hacía gran caso de las indulgencias, del agua bendita, del pan bendito, de los Agnus Dei y otras cosas semejantes, que son instrumentos de los que Dios se sirve para nuestra protección y para nuestra santificación. Decía que daría gustosamente su vida por defender su santidad. Los males que los herejes causaban por todas partes en la cristiandad le causaban un dolor inexplicable. Los lloraba continuamente a los pies de su Esposo y hacía una infinidad de penitencias para detener su curso, y uno de sus mayores pesares era que su sexo le impidiera ir por todo el mundo a combatir públicamente la herejía.

Las fundaciones de sus conventos son otras tantas pruebas de su confianza inquebrantable en el socorro de Dios. Cuando todas las cosas le faltaban, cuando sus asuntos le parecían más desesperados, cuando no le quedaba más dinero, cuando solo tenía un poco de pan y un poco de agua para ella y para sus hijas, con paja para acostarse, y cuando todas las potencias eclesiásticas y laicas se habían unido para obstaculizar y arruinar las buenas obras que el Espíritu Santo le había inspirado, era entonces cuando estaba más tranquila y más firme en la espera de la protección divina. Jamás ninguna persecución la turbó ni le hizo abandonar lo que Nuestro Señor pedía de ella, lo que había emprendido con el consejo de sus directores y el permiso de sus superiores. Por eso experimentó una infinidad de veces cuán liberal y magnífico es Dios con las personas que esperan en él. En un momento, aquellos que estaban más animados contra ella cambiaban de sentimiento y se hacían sus protectores; lo que parecía que iba a arruinar sus designios, servía al contrario para hacerlos triunfar mejor: le traían muebles, víveres y dinero de diversos lugares, de donde menos podía esperarlo. Aquellos que la habían calumniado y que querían hacerla pasar por hipócrita, se veían obligados a confesar su santidad, sin que ella hubiera abierto la boca ni escrito nada para su defensa. En fin, Dios velaba y trabajaba por ella, porque ella no buscaba más que su gloria y descansaba enteramente en él.

Todas sus palabras y sus acciones salían del gran brasero del amor divino del que su corazón estaba abrasado. Por este amor, se regocijaba infinitamente de que Dios es lo que es, y posee los tesoros inestimables de gloria y felicidad encerrados en su esencia. Por este amor, tomaba parte en todo el honor que él recibe en el cielo por las adoraciones de los Ángeles y de los Santos, y en la tierra por los actos de religión de todos sus fieles servidores. Por este amor, concebía una alegría inexplicable cuando se cantaba, en el símbolo de la misa, que su reino no tendrá fin: *Cujus regni non erit finis*. Por este amor, hubiera dado mil vidas para desterrar el pecado del mundo y para ganar todos los corazones para su servicio. Por este amor, lloraba inconsolablemente los crímenes y las abominaciones de los que sabía que la tierra estaba llena, y hacía austeridades extrañas para satisfacer por ellos. Por este amor, se retiraba de las compañías y de la conversación con las criaturas, tanto como le era posible, a fin de estar a solas con su Bienamado. Por este amor, deseaba con una santa impaciencia ser liberada de la prisión de su cuerpo, a fin de ir a gozar lo antes posible de los amables abrazos de la Divinidad. Por este amor, era insaciable de cruces y repetía a menudo estas bellas palabras: *Aut pati aut mori*: «No puedo vivir sin sufrir: es necesario que sufra o que muera». Por este amor, todas sus penas, por grandes que fueran, le parecían pequeñas, y no había trabajos que no emprendiera con alegría para el avance de su gloria. Por este amor, no vivía más que de él, no hablaba más que de él, no podía gustar más que de él, y todos los placeres del mundo, fuera de él, le parecían insoportables. Por este amor, hizo este voto, tan eminente y tan difícil de cumplir, y del cual antes de ella no había ejemplo en los Actos de los Santos, de hacer siempre lo que creyera más perfecto y más agradable a los ojos de su divina Majestad. En fin, este amor era de tal manera el dueño de todas sus facultades, que ella le obedecía en todo y no hacía nada que no fuera por su movimiento. Nuestro Señor respondió a este amor con gracias y con ternuras casi increíbles. Ya hemos notado que la honraba a menudo con su presencia, que se entretenía frecuentemente con ella y que le descubría grandes secretos que ningún hombre podía saber. Un día el Padre eterno se hizo sentir a ella y le dijo: «Hija mía, te he dado a mi Hijo, al Espíritu Santo y a esta Virgen», y le mostraba a Nuestra Señora; «¿qué puedes darme a cambio?». Otra vez, Jesucristo se puso delante de ella y, presentándole su mano derecha, traspasada por un clavo, le dijo: «Mira bien este clavo, es el signo del matrimonio sagrado que contraigo contigo; de ahora en adelante serás mi esposa, y nadie será capaz de separarte de mi amor». Entonces se produjo en su alma una operación de gracia tan alta y tan perfecta, que ella no podía soportar su extensión, y se vio obligada a decir a su esposo, o que aumentara su capacidad o que pusiera más límites a sus gracias. En otro tiempo, mientras hacía su acción de gracias después de la comunión, él se colocó sensiblemente junto a ella y, tomándole las manos, las llevó a su costado, diciéndole que la tenía siempre en su corazón y que no la olvidaría jamás. Cuando fundó el monasterio de Sevilla, le hizo una visita muy singular y le dijo: «Sabes bien, hija mía, el matrimonio que hay entre tú y yo; así pues, eres toda mía y lo que tengo es tuyo. Mis trabajos y mis dolores te pertenecen y puedes pedir el fruto de ellos a mi Padre como de una cosa que te es propia». Ella sabía ya bien que todas las penas del Hijo de Dios son nuestras; pero asegura que se le hizo entonces una apropiación tan especial, que le parecía que la habían hecho dueña de un gran señorío. En otras ocasiones su Esposo le aseguró que le concedería todo lo que le pidiera, y que tenía tanto amor y benevolencia por ella, que no le podía negar nada. De ahí viene que ella le hablara a veces con una familiaridad maravillosa, como una hija muy amada hablaría a su padre y una esposa a su esposo.

Habría cosas admirables que decir sobre su devoción hacia el santo Sacramento del altar, consecuencia del amor de Jesucristo. Una de las razones que la llevaban más poderosamente a fundar monasterios era que hubiera nuevas iglesias donde se dijeran misas y donde el santo Sacramento fuera adorado. Comulgaba lo más a menudo que le era posible, y obtuvo finalmente comulgar todos los días: lo que hizo durante veintitrés años, y desde entonces, el vómito que le sobrevenía todas las mañanas cesó y ya no tuvo más que el de la tarde. No se puede expresar la pureza de corazón y el fervor con el que se acercaba a este gran Misterio. Nunca lo hacía sin confesarse, si se sentía culpable del menor pecado venial; las llamas de su amor aumentaban entonces con tanto exceso, que ella era como un horno ardiente y un gran brasero capaz de consumirlo todo. Su reverencia al comulgar no era menor que si hubiera visto, con los ojos del cuerpo, a Nuestro Señor en todo el esplendor de su majestad. Como recomendaba extremadamente a todas sus hijas cuidar bien el tiempo que él estaba en su estómago, es decir, tanto como las especies sacramentales permanecían allí sin ser consumidas por el calor natural, ella se guardaba de perder un tiempo tan caro y tan precioso. Unas veces permanecía a los pies de su buen Maestro como una Magdalena escuchando sus divinas lecciones; otras veces lo estrechaba sobre su corazón y lo abrazaba como su todo, su único y su bienamado. La mayoría de las veces, estaba tan abismada y tan fuera de sí misma, que no tenía ningún uso de los sentidos. Se la ha visto salir de la comunión toda radiante y toda cubierta de luces. Se la ha visto durante su acción de gracias elevada de la tierra y suspendida en el aire. Algunas veces la santa Eucaristía la curaba de sus males y le quitaba toda clase de dolores, lo que ella misma asegura que le ocurrió todos los días durante tres meses. Sentía ordinariamente una tan gran hambre de ella, que hubiera hecho y sufrido todas las cosas por poseerla; y, sin embargo, cuando su confesor le prohibía comulgar o sus enfermedades la ponían en la imposibilidad de hacerlo, no se turbaba en absoluto; sino que se abandonaba por ello enteramente a la voluntad de Dios. Nuestro Señor se ha hecho ver a menudo sensiblemente a ella en este augusto Sacramento, unas veces como un niño de una belleza incomparable, otras veces en el estado de sus sufrimientos, otras veces en la gloria de su Resurrección. Un día de Ramos, mientras se esforzaba por tratar bien a su querido Esposo, recompensa de que los judíos lo hubieran dejado salir de Jerusalén y regresar a Betania sin presentarle de comer, habiendo recibido la santa hostia, estuvo algún tiempo sin poder tragarla, y, durante este tiempo, le pareció que tenía la boca llena de sangre y que su rostro y su cuerpo estaban también cubiertos de ella; sentía esta sangre como todavía toda caliente y recién salida de las venas. Sus dolores fueron entonces inexplicables; su divino Amante le habló y le dijo que no tuviera miedo; que su misericordia no le faltaría jamás y que quería que su sangre fuera para ella una fuente de gracias; que la había derramado con muchos dolores, pero que ella gozaría de ella con delicias soberanas. De esta devoción hacia la santa Eucaristía venía la gran, la profunda y la íntima reverencia que tenía hacia los sacerdotes por quienes este misterio es operado. Les besaba humildemente la mano, se postraba en tierra, en medio del camino, para recibir su bendición, y no podía sufrir que se hablara mal de ellos y que se faltara al respeto que les es debido. Vio un día a uno, llevando la santa hostia, que dos demonios sostenían por la garganta para estrangularlo. Conoció que estaba en pecado mortal, y rezó por él con tantas lágrimas y suspiros, que le obtuvo la contrición de sus pecados y una voluntad eficaz de enmendarse. En fin, esta misma devoción hacía que tuviera un cuidado extraordinario de todo lo que sirve para la celebración de la misa: como los cálices, los corporales, los manteles de altar y los hábitos sacerdotales, y que quisiera que estuvieran muy limpios y que se manejaran con reverencia.

Hay que añadir a estos sentimientos de piedad la veneración que tenía por la santa Virgen, por san José y por cantidad de otros Santos. Había elegido desde su infancia a la Madre de Dios como su propia madre, y tuvo toda su vida por ella las ternuras de una hija agradecida y llena de un afecto todo cordial. Hacía muchas devociones en su honor; quería que hubiera en todos sus conventos varias capillas y varios oratorios de su nombre; recomendaba a sus religiosas mirarla como su singular protectora; recurría a ella en todas sus necesidades; en fin, no escatimaba nada para hacerle ver cuánto tenía de estima y de amor por ella. Por eso gozó a menudo de la felicidad de sus apariciones, y Dios le concedió grandes gracias por su intercesión.

Una de las glorias de la misión providencial de santa Teresa en estos últimos siglos, ha sido propagar el culto de san José en toda la Iglesia católica. «Santa Teresa», dice el célebre Patrignani, «ha sido una estrella de las más resplandecientes, uno de los más bellos diamantes de la corona de san José. Ha sido elegida por Dios para extender su culto en el mundo entero, y para poner en cierto modo la última mano a esta gran obra». Es ella quien hizo construir el primer templo cristiano en su honor, el de San José de Ávila, cuna de la reforma del Carmelo. De diecisiete monasterios que fundó después del de Ávila, solo hay cinco que no estén dedicados a san José; pero ella implantaba en todos su culto, los ponía a todos bajo su guarda, y hacía siempre colocar encima de una de las puertas la estatua de este glorioso protector. Además, como se lee en las informaciones jurídicas p saint Joseph Patrono particular de la Congregación. ara su canonización, puso de sus manos, en la puerta de entrada de todos sus monasterios, la imagen de la santa Virgen y de san José huyendo a Egipto, con esta inscripción: *Pauperem vitam gerimus, sed multa bona habebimus, si timuerimus Deum*: «Llevamos una vida pobre, pero poseeremos grandes bienes si tememos a Dios».

En todos sus escritos aparece esta tierna y filial devoción que tenía por san José, y por la fascinante ingenuidad de sus palabras inflamadas, la comunica al alma del lector. En sus admirables *Avisos* dice: «Aunque honréis a varios Santos como vuestros protectores, tened sin embargo una devoción toda particular hacia san José, cuyo crédito es tan grande ante Dios». Santa Teresa ha legado a su Orden entera los santos ardores de su celo por la gloria de san José. A su ejemplo, el Carmelo no ha cesado de trabajar para extender su culto, y se puede decir que ha rivalizado en celo con el antiguo Carmelo, al cual Benedicto XIV rinde este testimonio: «Es él», dice este gran Papa, «quien, según el sentimiento común de los eruditos, hizo pasar de Oriente a Occidente la loable costumbre de honrar a san José con el culto más solemne». A finales del siglo XVIII, se contaban ya, en la Orden sola del Carmelo, más de ciento cincuenta iglesias bajo la invocación de san José. Tan pronto como santa Teresa hubo comenzado, todas las Órdenes religiosas trabajaron con afán por propagar este culto. Pronto, de todos los puntos del mundo católico, se invocó al glorioso san José, y se apretó alrededor de sus altares. Es pues a santa Teresa a quien pertenece la gloria de haber llevado un culto tan querido a la piedad católica a este grado de esplendor y de universalidad donde lo vemos hoy.

Tenemos en *Ribera* una lista de los Santos que nuestra bienaventurada fundadora veneraba más particularmente; uno de los principales era santo Domingo, cuyos hijos la habían ayudado tanto para el establecimiento de su reforma. Un día se le apareció en su habitación del monasterio de Santa Cruz, y estuvo dos horas con ella durante las cuales le descubrió grandes misterios y la abrasó con nuevas llamas del amor divino.

Sería entrar en un abismo sin fondo querer hablar de su oración. No solo ha sido elevada a los grados de este coloquio con Dios, sino que se puede decir que el Espíritu Santo la ha dado a la Iglesia para descubrir todos sus senderos, sus secretos y generalmente toda su conducción. La historia que ha compuesto de su vida no es más que una descripción de las vías por las cuales Dios la ha llevado poco a poco a la íntima unión con él; allí toma ocasión de marcar los escollos que se pueden encontrar en este camino, y que ella evitó por un gran cuidado de consultar a hombres sabios, precaución indispensable en las conducciones sobrenaturales, y por una gracia especial de la que siempre ha sido prevenida. Sus otros libros son también sobre el mismo tema; ella no habla allí tanto por especulación como por una larga experiencia de las diversas moradas por las que el alma debe pasar para llegar al goce pacífico y constante de lo que ella ama.

Su caridad hacia el prójimo respondía al amor que tenía por Dios. Hubiera dado mil vidas, hubiera soportado mil muertes, hubiera sufrido los más horribles suplicios por salvar un alma. Amaba singularmente a los directores y a los predicadores empleados en el ministerio de su salvación. Los recibía con alegría, los trataba y hacía tratar lo mejor que le era posible, y rezaba a Dios por ellos con un fervor particular. Lloró amargamente la muerte del Padre Juan de Ávila, a causa de los grandes bienes que las almas recibían de él. Ella misma ha retirado por sus oraciones, por sus cartas y por sus discursos llenos de fuerza y de unción, a varias personas de los desórdenes en los que estaban sumergidas, y ha llevado a muchas a la mortificación, a la oración y a las prácticas de devoción. Hay incluso doctores muy célebres que le son deudores de haberse aplicado a la meditación y a los ejercicios de la vida interior, y ella ha sostenido por ello horribles persecuciones por parte del demonio, hasta ser amenazada, golpeada, ultrajada y cubierta de heridas. Si ella ha hecho tanto por sí misma por la salvación y la santificación de las almas, ¿qué no ha hecho por este tema por sus hijos y por la santa Orden que ha establecido? ¿No es a su celo y a su caridad a lo que hay que atribuir el número infinito de conversiones que han hecho, no solo en Europa, sino también más allá de los mares y entre las naciones más bárbaras? La caridad de nuestra Santa se extendía también sobre las almas del purgatorio, y ha liberado a varias por sus lágrimas y por sus penitencias. En fin, tenía todavía cuidado del alivio de los cuerpos, y lo procuraba unas veces por limosnas, para las cuales se quitaba el pan de la boca y se privaba de las cosas más necesarias, otras veces por servicios que prestaba a los enfermos, otras veces por milagros que hacía en favor de los afligidos y de aquellos a quienes veía abrumados de dolores. Añadamos, como prueba de la excelencia de su caridad, que perdonaba de todo corazón a todos aquellos que le hacían daño, que los amaba tiernamente, que excusaba sus arrebatos, que rezaba por ellos con fervor, y que les procuraba todo el bien que le era posible: lo que le ha ganado a menudo los corazones más agriados y más envenenados contra ella.

Poseía la humildad y la paciencia en un grado muy eminente. Su nada le era tan perfectamente conocida, y penetraba tan profundamente en la corrupción original de su naturaleza, que no tenía más que sentimientos de desprecio por sí misma; no podía sufrir que se la estimara; y arruinaba en los espíritus, tanto como podía, la buena opinión que se tenía de su virtud. Hubiera querido que se publicaran sus faltas, y ella misma las publicaba y las ponía ante los ojos de aquellos que le daban alabanzas. Se ve en la historia que ha compuesto de su vida, el cuidado que toma de disminuir el precio de sus acciones, de exagerar sus menores pecados y de hacerse pasar por una criminal. Quería hacer allí su confesión general, pero no pudo obtener el permiso. Jamás estaba más contenta que cuando le decían injurias o cuando la calumniaban y la acusaban de algún crimen. Respondía entonces que empezaban a conocerla, que no la trataban más que según sus méritos. Se persuadía de que todas sus hermanas hacían grandes progresos en la virtud, y que ella sola permanecía atrás: «Cada uno avanza hacia la perfección», dice en un lugar de su vida, «no hay más que yo que no avanzo nada. No soy buena para nada, y esto no es una humildad en mí, sino una pura verdad». Alguien le dijo un día, al considerar las gracias con las que el cielo la favorecía: «Madre mía, guárdese de vanagloria». —«¿De vanagloria?», replicó ella, «no sé de qué la tendría; haré mucho, viendo lo que soy, en no desesperarme». Una de sus mayores penas era cuando los favores que recibía de su Esposo aparecían al exterior por los éxtasis y por los arrobamientos. Los ocultaba con más cuidado que los orgullosos ocultan sus defectos, y cuando los habían descubierto, no quería que se la estimara más por ello. Se rebajaba a los oficios más viles y a los empleos más repugnantes de sus conventos; y toda superiora y fundadora que era, reconocía sus faltas ante la comunidad y hacía penitencias públicas por ellas. Su vida no ha sido más que una suite continua de enfermedades muy violentas, de contradicciones y de persecuciones; pero cuanto más agudos eran sus dolores y más atroces las persecuciones, más se la veía alegre, contenta y satisfecha. Se reía en medio de los reproches, de las injurias y de los falsos testimonios, sin ser en absoluto alterada por ello, y confesaba incluso que no había música que le fuera más agradable que esa. Cuando la cargaron de golpes, cuando le prohibieron continuar sus fundaciones, cuando la amenazaron con llevarla a la inquisición, cuando el demonio le hizo romper el brazo izquierdo por una caída, su espíritu permaneció en la misma calma que en el más dulce goce de las consolaciones celestes. En una palabra, Teresa no deseaba la gloria más que para Dios solo; y para sí misma, no buscaba más que desprecios y sufrimientos.

Sobre este gran fundamento de la humildad, ha elevado en su corazón todas las virtudes que son el alma y el espíritu de la vida religiosa. La consideración de Jesucristo naciendo y muriendo en una extrema pobreza, le hacía amar tiernamente el estado de pobreza evangélica. Su primer designio era que sus conventos fueran sin rentas y no vivieran más que de limosnas; pero habiendo sido cambiada esta disposición por el reglamento de los superiores, quería, sin embargo, que sus edificios fueran pequeños, sencillos y toscos, hasta pedir a Dios, tanto como la conciencia lo podía permitir, que, si alguna vez sus hijas hacían los edificios soberbios y suntuosos, cayeran sobre ellas y las aplastaran a todas: estos son sus propios términos relatados por Ribera. Les recomendaba extremadamente ser pobres en sus muebles y en sus hábitos, no tener nada particular, no pedir nada para ellas a sus padres, alegrarse cuando las cosas necesarias les faltaban, y trabajar ellas mismas para proveer a sus necesidades. Nadie era más pobre que ella, y, aunque fuera muy limpia y no amara en absoluto la suciedad, se complacía, sin embargo, en tener la habitación, los hábitos y los muebles más viles de la casa. La bula de su canonización lleva expresamente que ha guardado su virginidad hasta la muerte. Uno de sus confesores, por respeto a su pureza angélica, la llamaba un tesoro virginal. Otro decía que no la miraba como una criatura compuesta de carne y sangre, sino como un ángel exento de los desórdenes de la concupiscencia. Confesó un día que no entendía nada de las cosas sobre las que se la consultaba tocante a la impureza, y que en toda su vida no había tenido nada que confesar sobre esta materia.

Hemos relatado varios actos heroicos de su obediencia; pero no hay que omitir uno de muy gran perfección: habiéndole ordenado un confesor ignorante quemar un rico comentario que había hecho sobre el Cantar de los Cantares, donde explicaba el comercio sagrado del Esposo con la Esposa, lo quemó incontinenti, prefiriendo en ello la obediencia a todas las luces que había recibido del cielo. Decía que, cuando vinieran a ordenarle una cosa, si sus superiores se la prohibieran, haría más bien su voluntad que lo que le hubiera sido ordenado por ese espíritu celestial: y, en efecto, vivía en una dependencia tan perfecta de sus superiores, que no obedecía a las inspiraciones y a las revelaciones de Jesucristo mismo, sino en tanto que eran conformes a sus órdenes.

Poseía eminentemente las cuatro virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Su gratitud hacia Dios y hacia sus bienhechores era maravillosa. Su austeridad no podía ser moderada más que por las prohibiciones que le hacían sus directores. En fin, era un vaso precioso donde el Espíritu Santo había tomado placer en derramar toda la plenitud de sus gracias. Si poseía las que llamamos gratificantes, tenía también la mayoría de las que son llamadas gratuitas. Su espíritu estaba de tal manera iluminado por el don de profecía, que don Álvarez de Mendoza, obispo de Ávila, decía ordinariamente: «Si la madre lo asegura, aunque la cosa fuera imposible, se hará».

Se relatan varios milagros que ha hecho antes de su muerte. Devolvió la vida a uno de sus sobrinos, de cinco años de edad, estrechándolo muerto sobre su pecho. Curó a dos religiosas por su contacto: una, enferma de una gran fiebre y de una erisipela en el rostro; la otra, atormentada de una pleuresía. Multiplicó de tal manera en su convento de Villanueva, un montón de harina que no podía durar más que un mes, que fue suficiente para alimentar a toda su comunidad durante seis meses, y que se encontró todavía todo entero después de ese tiempo. Dios le dio también una alta sabiduría y un perfecto discernimiento de espíritus para la conducción de sus religiosos y de sus religiosas. Leía en su interior, penetraba sus inclinaciones, conocía su debilidad y sabía los medios más propios para comprometerlos al estudio de la perfección.

Vida 08 / 09

Muerte en Alba de Tormes

Agotada por sus trabajos, muere de amor divino en Alba de Tormes en octubre de 1582, afirmando hasta el final su fidelidad a la Iglesia.

Teresa, después de haber vivido en tan gran santidad, llegó finalmente a tal exceso de puro amor, que ya no podía vivir sin gozar de los felices abrazos de su amado. Él le aseguró que, si no hubiera creado el cielo, lo crearía solo para ella, y que quería ponerla en el goce del bien que deseaba con tanto ardor. Había terminado su última fundación en Burgos, y quería regresar a su convento de Ávila, del cual era priora; pero cuando estuvo en Medina del Campo, el B. P. Antonio de Jesús, vicario provincial de su reforma, la obligó a ir a Alba. En el camino, cayó en una debilidad tan grande que se des mayó Albe Lugar de fallecimiento de la santa y conservación de su cuerpo. . Habiendo llegado a Alba, la víspera de san Mateo, se vio obligada a acostarse porque ya no podía sostenerse; pero, desde el día siguiente y los días posteriores, se levantó, fue a misa, comulgó e hizo las funciones de su visita. El día de san Miguel, hizo aún sus devociones; pero después la pusieron en cama y ya no le fue posible levantarse; sin embargo, permaneció toda la noche y el día siguiente en una oración muy eminente. Fue entonces cuando supo del cielo el día de su muerte; ocho años antes, había sabido el año, que había hecho marcar en cifras en su breviario. Dijo luego cosas admirables a sus hijas para confirmarlas en el amor a su estado y en el afecto a la estrecha observancia que habían abrazado, y para elevarlas a Dios por un perfecto desapego de todas las cosas de este mundo. El P. Vicario provincial, rogándole que pidiera a Nuestro Señor la prolongación de su vida, ella respondió que no era necesaria en la tierra.

El 3 de octubre, víspera de su muerte, hacia las cinco de la tarde, pidió recibir el santo viático. Apenas podía moverse; y, cuando estaba obligada a hacerlo, no era sino con la ayuda de dos religiosas. Mientras se preparaban para traerle el Santísimo Sacramento, dijo a las que estaban alrededor de su lecho: «Hijas mías, les pido, por amor de Dios, que guarden fielmente las reglas y las constituciones de nuestra Orden»; luego añadió hablando de sí misma: «Olviden los malos ejemplos que esta infiel religiosa les ha dado, y perdónenmelos». No le respondieron más que con sollozos y lágrimas. Cuando vio entrar el Santísimo Sacramento en su celda, reunió las pocas fuerzas que le quedaban, se levantó con vivacidad sobre su asiento, y habría incluso bajado de su cama para recibirlo si no se lo hubieran impedido. Su rostro pareció inflamado y de una belleza admirable. Dijo muchas cosas de devoción al Dios de bondad que venía a darse a ella; se notaron entre otras estas: «Oh mi Señor y mi Esposo, el momento después del cual suspiraba con tanto ardor ha llegado finalmente; es justo que goce de vuestra presencia; es tiempo, oh Dios mío, de que salga de esta vida; que vuestro buen placer, os ruego, se cumpla». También agradeció a Dios por haberla hecho nacer católica. «Finalmente, Señor», repetía a menudo, «soy hija de la Iglesia». Pidió luego a Dios que le perdonara sus pecados, y exhortó a sus compañeras a pedirle por ella lo mismo, añadiendo que «esperaba ser salvada por los méritos de Jesucristo».

Después de que la ceremonia terminó, las religiosas le pidieron que les dijera algunas palabras de edificación; pero ella se negó; de vez en cuando solo les recomendaba observar bien su regla y sus constituciones, y obedecer fielmente a sus superiores. A menudo se le oía repetir estos versículos del salmo 17: «El sacrificio que Dios desea es un alma penetrada de dolor; no rechazaréis, oh Dios mío, un corazón contrito y humillado. No me rechacéis de vuestra presencia, y no retiréis de mí vuestro espíritu. ¡Cread en mí un corazón puro, oh Dios mío!» y particularmente este versículo: «No rechazaréis, oh Dios mío, un corazón contrito y humillado». Lo tuvo casi siempre en la boca, hasta el momento en que perdió el habla. A las nueve de la noche, deseó recibir el sacramento de la Extremaunción, y lo recibió con mucha piedad, ayudando ella misma a recitar los salmos, y respondiendo a las letanías y a las oraciones. Cuando la ceremonia terminó, agradeció de nuevo a Dios por haberla hecho hija de la Iglesia. El P. Antonio le preguntó luego si deseaba que llevaran su cuerpo a Ávila. Esta pregunta pareció desagradarle: «¿Debo tener voluntad propia?», le respondió con humildad; «¿y no me darán bien aquí un rincón de tierra?»

Pasó la noche en grandes dolores y en actos heroicos de paciencia. A la mañana siguiente se puso de lado con un crucifijo entre sus brazos, en la misma postura en que se acostumbra representar a santa Magdalena; permaneció en este estado hasta las nueve de la noche, sin mover los pies ni las manos. Durante este tiempo, que fue de catorce horas, se abrasó tanto del fuego sagrado del amor divino, por la consideración de lo que esperaba, que, no pudiendo ya resistirlo, terminó su vida en medio de estas castas llamas, en las cuales siempre había vivido. E incluso desde el día siguiente a su fallecimiento, reveló a una religiosa de su Orden de eminente santidad que no había muerto *vi morbi*, por la violencia de su enfermedad, sino por un ardor y por una impetuosidad de amor cuya vehemencia no había podido soportar: *intolerabili divini amoris incendio*, como se relata en la bula de su canonización. Nuestro Señor la honró, en esta última hora, con su querida visita, acompañado de una infinidad de ángeles y almas gloriosas, y sobre todo de los diez mil mártires, que le habían prometido anteriormente hacerse presentes, tal como ella lo había declarado a la condesa de Ossone, su íntima amiga.

Murió el 4 de octubre por la noche, el año de gracia 1582. Pero como en ese año se reformó el calendario romano mediante el recorte de diez días, de modo que el 5 de octubre se convirtió en el 15, se cuenta como si hubiera muerto el 14 por la noche o el 15. Hubo en la misma hora testimonios brillantes de su felicidad. Una religiosa vio su alma salir de su boca bajo la forma de una paloma de una blancura admirable. Otra la vio bajo la forma de un cristal luminoso que se elevaba hacia el cielo. Un árbol cerca de su celda, que estaba seco desde hacía mucho tiempo y que incluso se había cubierto casi todo de cal y escombros, reverdeció y comenzó a dar flores, aunque la estación se oponía a ello. Su rostro pareció extremadamente bello y sin ninguna arruga, aunque las tenía anteriormente. Salió de su cuerpo un olor muy suave que embalsamó toda la habitación y que se comunicó generalmente a todo lo que la había tocado, hasta las manos de las que la lavaron; lo que hizo que se conservaran preciosamente todos sus hábitos: se distribuyeron a sus monasterios, donde han sido desde entonces el instrumento de varios milagros. Ella misma apareció después de su muerte a varias personas para hacerles conocer el eminente grado de gloria al que había sido elevada: como a la Madre Catalina de Jesús, a quien curó de un absceso en el costado, y a uno de sus religiosos, gran servidor de Dios, a quien dijo: «Nosotros que estamos en el cielo, y vosotros que estáis en la tierra, debemos estar unidos por un mismo espíritu de amor y de pureza: nosotros, viendo la esencia divina; vosotros, adorando al Santísimo Sacramento y rindiéndole los mismos deberes que nosotros rendimos a la Divinidad: nosotros, gozando; vosotros, sufriendo. Y sabed, y decidlo a mis hijas, que cuanto más sufráis, más gozaréis». También se le había aparecido antes de su muerte a una de sus religiosas en Salamanca para decirle que el mismo día entraría en la bienaventuranza.

Posteridad 09 / 09

Legado, escritos y reliquias

Presentación de sus obras principales (El Castillo Interior, Vida) y de la historia agitada de sus reliquias a través de Europa.

Su cuerpo fue inhumado en el coro de su monasterio de Alba, a gran profundidad en la tierra y cubierto con una gran cantidad de piedras y cal, para que a nadie le entrara el deseo de hacerlo retirar. Pero, como continuaba emanando un olor muy agradable, fue desenterrado nueve meses después, hallándose entero, incluso flexible y manejable como lo había sido después de su muerte. Le cortaron la mano izquierda, que fue llevada a las Carmelitas Descalzas de Lisboa, donde ha obrado varios milagros y donde se conserva aún hoy. El brazo izquierdo fue dejado en Alba, y el resto del cuerpo llevado al monasterio de San José de Ávila, el 24 de noviembre de 1535. Pero, poco tiempo después, por mandato de Sixto V, fue restituido al convento de Al ba de Tormes. Albe de Tormes Lugar de fallecimiento de la santa y conservación de su cuerpo. Este convento posee aún el cuerpo de santa Teresa, su corazón y su brazo izquierdo. La última traslación que se hizo de él tuvo lugar el 15 de octubre de 1760.

Este santo cuerpo, que permaneció flexible, exhala un perfume delicioso; adornado con ricos vestidos, puesto en una urna de plata, encerrada a su vez en un sepulcro de jaspe construido en el mismo muro del altar mayor, a treinta pies por encima del nivel de la nave, este santo cuerpo es visto desde todos los puntos de la iglesia y parece adorar al Santísimo Sacramento. Detrás del gran muro del altar mayor hay dos oratorios uno sobre otro: el superior es para el sepulcro de la Santa: es allí donde las Carmelitas se arrodillan ante su santo cuerpo; el interior contiene el corazón y el brazo izquierdo de santa Teresa. El corazón está en un globo de cristal transparente soportado por un magnífico relicario. Se observa en él la herida hecha por el ángel. El Padre Bouix, quien tuvo, en 1849, la dicha de sostener este sagrado corazón en sus manos y venerarlo, atestigua también que de él exhala un olor celestial.

Una carta que el Secretario de Mons. de Ávila nos hizo el honor de escribirnos en 1859 confirma los detalles que preceden y añade: «Por mi parte, y según dan fe las relaciones conservadas en los archivos de este obispado, puedo afirmarles que antiguamente supuró o fluyó del cuerpo de santa Teresa un líquido aceitoso dotado sin duda de virtudes maravillosas».

El brazo de la Santa está encerrado en un tubo de cristal grueso pero transparente y curvado, por una ligera inflexión, hacia el codo. Desde el hombro hasta el codo las carnes fueron retiradas y distribuidas como reliquias en diversas partes del mundo. El antebrazo está intacto; es grande y hermoso; las carnes parecen vivas y flexibles; y, aunque el cristal no tiene ninguna abertura, esta santa reliquia, al igual que la del corazón, exhala un olor totalmente celestial.

En 1615, uno de sus pies fue trasladado a Roma y puesto en el convento de Santa María de la Scala, donde los papas Pablo V y Gregorio XV le rindieron muchos honores. Posteriormente, Isabel de Francia, esposa de Felipe IV, rey de España, obtuvo un dedo de la mano; y, habiéndolo hecho engastar en un relicario de oro, se lo regaló a su madre, la reina María de Médici, quien lo dio al monasterio de la Encarnación de las Carmelitas de París.

Las Carmelitas de París tienen aún, además del dedo medio de la mano derecha de su santa madre, reliquias bastante notables de su carne; finalmente, poseen su manto, traído en 1404 por las seis carmelitas españolas que vinieron a fundar el primer monasterio de Carmelitas Descalzas en Francia.

El Carmelo de Bruselas está en posesión del quinto dedo. Las Carmelitas de Bruselas poseen además otra hermosa reliquia de santa Teresa: una clavícula.

El índice de esta misma mano se encuentra en el convento de Regina Coeli, en Roma. Uno de sus dedos es venerado en el monasterio de las Carmelitas de Sevilla. La mano izquierda está en el Carmelo de Lisboa.

Dios quiso glorificar la cuna de santa Teresa; es hoy uno de los más hermosos santuarios del Carmelo. Una iglesia y un monasterio de Carmelitas Descalzos se alzan donde estaba la antigua vivienda de los Cepeda. En el plano de la iglesia, se ha respetado el apartamento donde nació la Santa, y aquel que habitó cerca de quince años. Forman un pequeño santuario enclavado en el grande, y que se encuentra al lado de la capilla de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Es en este asilo santificado por su nacimiento y su estancia, donde los Carmelitas conservan las reliquias que poseen de su gloriosa fundadora. Estas reliquias son: 1° un dedo de la mano derecha; 2° su rosario; 3° una alpargata o sandalia; 4° el bastón que usaba en sus viajes. Se ve, además, al lado de la puerta, una cruz de cuatro a cinco pies, hecha con la madera del apartamento donde nació la Santa. Día y noche, lámparas arden en este santuario; cada mañana, el adorable sacrificio es ofrecido allí, y la oración sube incesantemente hacia el cielo.

La cuna de santa Teresa escapó a la destrucción durante la tormenta revolucionaria; pero hoy solo hay tres carmelitas secularizados que velan por su custodia. Se les dejó la iglesia, algunas celdas y el claustro; el resto del monasterio les fue arrebatado.

Al comienzo del siglo XVIII, habiendo pedido los Carmelitas reformados de España e Italia a la Santa Sede la institución de una fiesta particular para honrar la herida hecha por el ángel al corazón de su santa fundadora, el papa Benedicto XIII accedió a su petición, y concedió, el 25 de mayo de 1726, a los religiosos y religiosas del Carmelo reformado un oficio propio para la fiesta de la Transverberación del corazón de santa Teresa. Este oficio no contenía al principio más que la oración y las lecciones; pero después el mismo soberano Pontífice permitió hacer una misa y un oficio completos para esta fiesta.

Este oficio es recitado incluso por los Carmelitas de la Antigua Observancia, y toda España lo ha adoptado.

Benedicto XIV, en su breve *Dominici gregis*, del 8 de agosto de 1744, concedió a perpetuidad una indulgencia plenaria a todos los fieles que visitaran las iglesias del Carmelo desde las primeras Vísperas de la Transverberación hasta la puesta del sol del día de la fiesta, que se celebra el 27 del mes de agosto. Es cierto que este breve solo habla de la congregación española de los Carmelitas; pero habiendo concedido Clemente VIII, en su bula *In apostolicae dignitatis culmine*, del 13 de noviembre de 1600, a la congregación italiana la participación de todos los privilegios, indulgencias, etc., concedidos o por conceder a la congregación española, es claro que todo el Carmelo goza de este favor de Benedicto XIV.

El papa Pablo V la beatificó en 1614, y el papa Gregorio XV la canonizó en 1622. La Iglesia le hace oficio doble por mandato del papa Clemente IX. España la adoptó como su patrona y protectora, después del apóstol Santiago el Mayor; y Francia, que la había hecho derramar tantas lágrimas para mantener en ella la fe católica cuando estaba expuesta a la furia de los calvinistas, se mostró perfectamente agradecida por esta gracia al recibir a sus religiosas en París en 1604 y a sus religiosos en el año 1610 por recomendación del papa Pablo V. Su Orden se ha extendido desde entonces enormemente por todo este país, donde, entre los grandes frutos que produce, mantiene y aumenta la devoción hacia el Santísimo Sacramento, la Santísima Virgen y el glorioso patriarca san José.

Las obras de santa Teresa son: 1° su Vida, escrita por ella misma; 2° sus Cartas, en número de más de doscientas; 3° el Modo de visitar los monasterios; 4° el Libro de las Fundaciones; 5° los Avisos a sus religiosas; 6° el Camino de perfección; 7° el Castillo interior; 8° sus Pensamientos so bre el amor de Dios le Château de l'âme Obra principal de Teresa sobre la vida interior. ; 9° sus Meditaciones sobre el Pater; 10° un Cántico u oda después de la comunión; 11° meditaciones después de la comunión.

Sus cartas ofrecen todos los géneros de estilo epistolar embellecido por los encantos de la alegría. Es en todas partes una belleza de corazón, un alma tierna, generosa y fuerte que no conoce ni la ingratitud ni la perfidia de los hombres. El Libro de sus fundaciones revela un espíritu consumado en el arte de gobernar. Su Camino de perfección y su Castillo interior ponen de manifiesto todo lo que se puede imaginar de elevación de pensamiento, de grandeza de sentimientos, de calidez de estilo, de alta y divina contemplación.

La mejor traducción de las obras de santa Teresa es la del P. Bouix, de la Compañía de Jesús. 6 vol. in-8°.

La vida y el elogio de santa Teresa han sido escritos por el obispo de Terracina; por Francisco de Ribera; por el P. Juan de Jesús María y por el P. Hilarión de Coute. Hemos completado al P. Giry con la Vida de santa Teresa, traducida por el P. Bouix, de la Compañía de Jesús.

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SAN CANATO,

OBISPO DE MARSELLA Y CONFESOR (hacia 487).

San Canato era hijo de un príncipe de Provenza. La gracia de Dios le inspiró desde temprano el desprecio por las cosas de este mundo. Por eso, abandonando la sociedad de los hombres, se retiró a la soledad, para no ocuparse más que de Dios. Pero por más que se escondió, su virtud era demasiado brillante para no atraer las miradas de todos los habitantes de Provenza, y en particular las de la ciudad de Marsella. En el mismo tiempo, esta ciudad perdió a su primer pastor. Para obtener otro, dirigió súplicas a Dios, quien le inspiró el pensamiento de elegir a Canato, y de enviar a su soledad a rogarle que aceptara la elección hecha por el pueblo. El humilde monje, que huía hasta de la presencia de los hombres, se negó a subir a tan alta dignidad. Como los enviados insistían para que aceptara, le ocurrió responder que no había más apariencia de que él cediera jamás a sus instancias, que la que había de que una caña seca reverdeciera jamás. Apenas pronunciadas estas palabras, la caña que el solitario tenía en la mano se cubrió de verdor. A la vista de una tan clara y admirable manifestación de la voluntad divina, Canato cambió de resolución y obedeció a la orden de lo alto. Gobernó su Iglesia con toda la solicitud y el éxito que se había esperado. Reparó, dice poéticamente el autor de su vida, los muros de la torre de David; defendió a su pueblo contra el veneno y las intrigas de la herejía; fortaleció las almas, y restauró las ruinas del santuario. Cuando hubo regido santísimamente la iglesia de Marsella durante un pequeño número de años, voló al seno de Dios, todo brillante del resplandor de los milagros, hacia el año 487.

Su cuerpo fue inhumado en su desierto de Sauzet, que desde entonces tomó el nombre de Saint-Cannat: pero pronto fue devuelto a su Iglesia y depositado bajo el altar mayor de la catedral de Santa María.

Cuando llegaron los días del Terror, hubo en Marsella cristianos fervientes que cuidaron las reliquias de san Canato. En 1804, tras la constatación de su autenticidad, fueron confiadas al Sr. Nicolas, primer párroco de la parroquia de San Vicente de Paúl de Marsella. — En 1858, Mons. de Mazenod, queriendo hacer revivir la antigua solemnidad de la traslación de las reliquias de san Canato, fijó el segundo domingo después de Pascua como aniversario de esta traslación, para que fuera celebrado cada año con octava.

Los preciosos restos de san Canato fueron colocados en un relicario gótico de gran belleza, de más de dos metros de altura, don de la generosa piedad de los fieles de la parroquia de San Vicente de Paúl.

Propio de Marsella y Notas locales.

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Nacimiento en Ávila el 28 de marzo de 1515
  2. Ingreso en el monasterio de la Encarnación en 1533
  3. Transverberación del corazón por un serafín
  4. Fundación del primer monasterio reformado de San José de Ávila en 1562
  5. Reforma de la Orden del Carmelo (Descalzos)
  6. Muerte en Alba de Tormes en 1582

Milagros

  1. Transverberación del corazón por un ángel
  2. Levitaciones durante la oración y la comunión
  3. Resurrección de un sobrino de cinco años
  4. Multiplicación de la harina en Villeneuve
  5. Incorruptibilidad del cuerpo y olor suave tras la muerte

Citas

  • Aut pati aut mori (Sufrir o morir) Tradición teresiana
  • Finalmente, Señor, soy hija de la Iglesia Últimas palabras

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto