Antiguo comerciante de Alejandría, Macario el Joven se convirtió en un ilustre anacoreta discípulo de san Antonio. Célebre por sus austeridades extremas y sus victorias sobre los demonios, vivió en los desiertos de Escete y de las Celdas. Murió hacia el año 394 después de una vida marcada por numerosos milagros y una rigurosa penitencia.
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SAN MACARIO DE ALEJANDRÍA, ANACORETA
Orígenes y vocación monástica
Antiguo comerciante en Alejandría, Macario se retira al desierto junto a san Antonio, quien reconoce en él a un futuro gran espiritual.
Cuando una vez el hombre conoce por qué ha sido creado... inmediatamente aprende a hacer penitencia por sus faltas... Un monje no se salvará en la abundancia; si no posee nada, volará al cielo con la rapidez del águila... La abundancia de alimento salva de la desobediencia y de la muerte; la frugalidad hace vigilante en la oración. Carta de san Macario a sus monjes, apud Dom Ceillier, t. V, p. 286, ed. de 1860.
San Macario de Ale jandría es llamado el Jove Saint Macaire d'Alexandrie Anacoreta egipcio del siglo IV, célebre por sus austeridades extremas. n, para distinguirlo de san Macario de Egipt o, apodado el Anciano. saint Macaire d'Égypte Contemporáneo de Macario el Joven, apodado el Anciano. Era originario de Alejandría, donde su profesión fue al principio vender confites y frutas; lo cual no impidió que también se le diera el título de burgués de esta ciudad. No permaneció allí mucho tiempo; pues el gran amor que tenía por la soledad lo llevó a dirigirse cerca de san Antonio, a quien eligió como su guía en los primer saint Antoine Patrón de los ermitaños, primer dedicatario de la capilla. os años de su retiro. Este Santo le dio el hábito monástico y le predijo lo que sucedería en el curso de su vida. En efecto, Dios manifestó desde entonces al santo abad, mediante una maravilla evidente, que destinaba a Macario a grandes cosas. San Antonio había hecho en una ocasión un gran montón de ramas de palma para hacer esteras. Como eran perfectamente hermosas, Macario le pidió que le diera algunas. Él le respondió: «Está escrito: No desearás el bien de tu prójimo». Pero apenas hubo terminado estas palabras, las ramas se volvieron tan secas como si el fuego hubiera pasado por ellas. San Antonio, asombrado por este prodigio, le dijo: «Comprendo que el Espíritu Santo reposa sobre ti. Te consideraré en adelante como el heredero de las gracias con las que Dios se ha dignado favorecerme».
Primeras pruebas y vida eremítica
El santo supera las ilusiones diabólicas y se establece en diversos desiertos egipcios, llevando una vida de oración intensa.
Se encontró algún tiempo después en su soledad extremadamente debilitado, sin duda por sus grandes austeridades, y el demonio, haciendo alusión a estas palabras de san Antonio, le dijo: «Puesto que has recibido la gracia de Antonio, ¿por qué no la usas para obtener de Dios alimento y fuerzas, a fin de que puedas caminar por el sendero que tienes que recorrer?». Pero él lo rechazó con estas palabras: «El Señor es mi fuerza y mi gloria, y en cuanto a ti, no intentes tentar a su siervo». Esto no impidió que aquel espíritu de malicia viniera de nuevo a tenderle una trampa. Tomó la figura de un camello cargado de víveres y vino a detenerse junto a él. Macario sospechó sin dificultad que era una ilusión de su parte. Se puso en oración, y de inmediato la tierra se abrió y engulló al animal fantástico.
Se relata de los primeros años de su profesión monástica lo que se dice de él, que durante cuatro meses fue todos los días a visitar a un hermano, sin poder hablarle, porque siempre lo encontraba en oración. Lo que le hizo decir con un sentimiento de admiración: «He aquí verdaderamente un ángel de la tierra».
La organización de las celdas
Macario funda un monasterio en Escete y ocupa varias celdas austeras entre Libia, Nitria y el desierto de las Celdas.
Después de haber recibido y aprovechado las instrucciones de san Antonio, dejó la Tebaida y vino al d esierto de Esce désert de Scété Lugar principal de la vida monástica de Arsenio en Egipto. te. Fue el primero que edificó allí un monasterio. Es cierto que tenía allí una celda y que se encontraba a menudo con san Macario de Egipto. Tuvo una también en Libia y otra en Nitria; pero s u prin Nitrie Desierto monástico en Egipto. cipal estancia fue en el desierto de las Celdas, donde désert des Cellules Extensión del desierto de Nitria poblada por los discípulos de Amón. ejerció las funciones del sacerdocio, habiendo sido hecho sacerdote poco tiempo después del otro san Macario.
Estas diferentes celdas eran más propias para satisfacer su amor por la penitencia que para protegerlo de las inclemencias del tiempo; pues unas estaban sin ventanas, y pasaba allí toda la cuaresma sentado en la oscuridad. Otra era tan estrecha que no podía extenderse en ella a lo largo. La de Nitria era la más espaciosa, porque solo iba allí para recibir e instruir a los extranjeros.
Aunque su amor por el recogimiento lo había fijado más en el desierto de las Celdas, no sucedía nada extraordinario en los desiertos vecinos, sobre todo en el de Nitria, donde no se le llamara para determinar lo que se debía hacer; actuando todos los ancianos de estos desiertos de concierto para el provecho espiritual de los solitarios de su dependencia.
Una penitencia fuera de lo común
Se impone privaciones alimentarias extremas, limitando su consumo de pan y aceite para mortificar sus sentidos.
San Macario se distinguió principalmente por su penitencia, por su atracción hacia la soledad y la oración, y por el poder que Dios le otorgó sobre los espíritus de las tinieblas, así como por otros prodigios que realizó, atestiguados por sus historiadores en su calidad de testigos oculares.
Hemos visto que las diferentes celdas que poseía eran lugares de mortificación más que viviendas cómodas. No había austeridad tan grande, practicada por otros, que él no intentara imitar e incluso superar. Habiendo aprendido que un solitario solo comía una libra de pan al día, tuvo la idea, para mortificar mejor su apetito, de romper su pan en pequeños trozos, que puso en una botella de barro, y de comer solo lo que podía sacar con los dedos, lo cual practicó durante tres años, no sin sufrir mucho; pues, además de la dificultad que tenía para retirar esos pequeños trozos, no comía a lo sumo más que cinco onzas de pan al día, y bebía agua solo en proporción.
Se observa también que durante todo un año no consumió más que una pequeña jarra de aceite. Pasaba además a veces el día sin tomar ningún alimento, aunque trabajaba mucho.
La prueba de incógnito ante san Pacomio
Deseoso de aprender la disciplina de Tabennes, se presenta allí disfrazado y termina superando a todos los monjes en austeridad.
Se decía que en Tabennes los discípulos de san Pacomio saint Pacôme Fundador del cenobitismo en Egipto. no comían nada cocinado durante la Cuaresma, y él quiso hacer lo mismo durante siete años, alimentándose solo de hierbas crudas o verduras remojadas únicamente en agua fría. Pero su fervor lo llevó a ir a reconocer por sí mismo la disciplina de Tabennes, ya sea para instruirse y edificarse mejor, o para vivir allí confundido entre tantos austeros religiosos, y escapar así de la veneración que se le tenía en Nitria y en las Celdas.
El trayecto desde allí hasta Tabennes era muy largo. Había que atravesar desiertos muy vastos, no sin sufrir extremadamente. Pero esta dificultad no lo detuvo. Se quitó su hábito para no ser reconocido y tomó un traje de artesano. Caminó durante quince días por esas soledades terribles hasta la Alta Tebaida, donde se presentó a la puerta del monasterio de san Pacomio, a quien rogó humildemente que lo recibiera en el número de sus religiosos. El santo abad, a quien Dios no se lo dio a conocer entonces, aunque lo iluminaba en muchos otros encuentros con una luz profética, lejos de acceder a su petición, le dijo que era demasiado anciano para soportar el peso de las austeridades de su regla; que había que estar ejercitado en ella desde joven; y que si lo intentaba, sería tentado de impaciencia en los trabajos con los que se le sobrecargaría, lo que lo llevaría a la murmuración, y que finalmente, en lugar de perseverar, lo dejaría todo, descontento del monasterio, y lo iría a difamar a otra parte.
Este rechazo no lo desanimó. Perseveró durante siete días en la misma petición, aunque no recibió del Santo más que la misma respuesta, y estuvo todo ese tiempo sin comer. Finalmente le dijo: «Le conjuro, Padre mío, a que me reciba, y si no ayuno y no hago lo mismo que los demás, consiento que me despida». San Pacomio, conmovido por su perseverancia, habló de ello a los otros hermanos, que, según Paladio, eran m il cuat Pallade Historiador y testigo de la vida de los monjes del desierto. rocientos, y quienes concluyeron admitirlo.
...y para participar del cuerpo y la sangre de Jesucristo. Si alguien estaba ausente, se juzgaba que estaba enfermo, y todos los demás iban a visitarlo. Cuando un extranjero quería establecerse entre ellos, cada uno le ofrecía su celda, estando en la disposición de construir otra para sí mismo. Todos los hermanos se ocupaban del trabajo manual, que consistía en hacer cestas y esteras. Jamás perdían de vista la presencia de Dios; y el profundo silencio que reinaba en todo el desierto no contribuía poco a alimentar y exaltar el fervor de su oración.
Esto ocurrió poco tiempo antes de la Cuaresma, y san Macario, atento a todo lo que se practicaba para hacerlo servir a su progreso espiritual, notó que los religiosos, siguiendo cada uno el ardor que tenían por la penitencia, se habían propuesto, unos no comer más que por la noche durante la santa cuaresma, otros una vez cada dos días, y otros después de cinco días. Observó además que algunos, después de permanecer sentados todo el día ocupados en su trabajo, pasaban toda la noche de pie.
Estos ejemplos de mortificación animaron tanto su fervor, que hizo remojar una gran cantidad de hojas de palma para su trabajo y se retiró a un rincón donde se mantuvo de pie toda la Cuaresma, sin sentarse nunca ni apoyarse, sin tomar un trozo de pan, sino solo el domingo algunas hojas de col totalmente crudas, y en tan pequeña cantidad, que las comía más para evitar la tentación de vanidad que para alimentarse. Guardó durante todo ese tiempo un riguroso silencio, y cuando estaba obligado a salir, regresaba inmediatamente a su trabajo, conservando siempre su espíritu y su corazón elevados hacia Dios.
San Pacomio, ocupado en el gobierno general de la Orden, no se había percatado de la forma en que había vivido. Pero los otros religiosos, y sobre todo los que eran más austeros, se habían fijado, y quedaron tan impresionados que llevaron sus quejas a su abad, diciendo que había traído a un hombre que vivía como si fuera un puro espíritu, sin carne ni huesos, y que parecía no haber venido a ellos más que para condenarlos. Le rogaron en consecuencia que lo despidiera, y confesaron que si permanecía más tiempo, ellos mismos no podrían soportarlo.
El santo abad se informó sobre estas quejas del detalle de su conducta. Quedó muy asombrado; comprendió que había algo extraordinario en ese desconocido y que no estaba empezando los trabajos de la vida religiosa. Sin embargo, no les dijo nada; pero recurrió a la oración, para obtener de Dios que se lo hiciera conocer. Le fue revelado que era Macario, cuya reputación estaba extendida por todos los desiertos. Después de terminar su oración, fue directo hacia él, lo tomó de la mano, lo condujo a la capilla donde estaba el altar, y abrazándolo tiernamente, le habló así: «¿Es usted, pues, oh venerable anciano? Usted es Macario, y me lo ha ocultado. Hace mucho tiempo que he oído hablar de usted y que deseaba verlo. Le debo acciones de gracias por haber humillado a mis hijos. Usted les ha quitado con su ejemplo todo motivo de enorgullecerse de vanidad y de tener sentimientos demasiado ventajosos de sí mismos a causa de sus austeridades. Regrese, le suplico, a su soledad, y rece por nosotros».
Lucha contra el sueño y los elementos
Macario pone a prueba sus límites físicos luchando contra el sueño y exponiéndose a los insectos del pantano de Escete.
Este hombre insaciable de penitencias se propuso un día combatir el sueño, para probar si podría superarlo. Lo contaba después a Paladio, y le decía: «Pasé para ello veinte días y otras tantas noches a la intemperie; siendo quemado durante el día por el calor, y aterido por el frío durante la noche. Pero al cabo de este tiempo me vi obligado a arrojarme prontamente en una celda, donde me dormí, pues de lo contrario habría caído en desfallecimiento».
El enemigo de la salvación le dio, en otro encuentro, por medio de tentaciones contra la pureza con las que le asedió, la ocasión de practicar una mortificación terrible. Fue al pantano de Escete a exponerse desnudo a los mosquitos, cuyos aguijones en aquel lugar son tan penetrantes, que ni siquiera la piel de los jabalíes es a prueba de sus picaduras. Practicó esta penitencia durante seis meses, y estos insectos cubrieron su cuerpo de tantas pústulas y ampollas, que cuando regresó a su celda no se le pudo reconocer sino por el sonido de su voz, y muchos creyeron que tenía lepra.
El racimo de uvas y la caridad
Un episodio célebre ilustra la caridad mutua de los monjes, quienes se transmiten un racimo de uvas sin probarlo por espíritu de sacrificio.
Otro acto de mortificación, mucho menor que aquel, y que Paladio relata, nos da a conocer al mismo tiempo cuán fieles eran los religiosos que tenía bajo su disciplina al sacrificar a Dios las satisfacciones de los sentidos. Este es uno de los ejemplos más edificantes y que merece ser relatado, aunque sea común al Padre y a los discípulos.
San Macario tuvo una vez el deseo de comer uvas. Lo hizo saber, y enseguida le trajeron un racimo bien fresco; pero, al verlo, quiso privarse de él y, uniendo la caridad a la abstinencia, lo hizo llevar a un hermano que creía que lo necesitaba más que él, porque no gozaba de buena salud. Este manifestó primero alegría por aquel presente, que le era enviado por un hombre tan santo; pero aunque hubiera deseado comerlo, hizo el sacrificio a Dios, a quien dio gracias, y lo llevó a otro, quien, igualmente mortificado y caritativo, no lo tocó y lo llevó también a un tercero que hizo lo mismo. Finalmente, este racimo de uvas fue llevado así de mano en mano por todas las celdas del desierto, que eran en gran número y bastante alejadas unas de otras, hasta que el último a quien le fue ofrecido lo envió a san Macario como un presente que le sería agradable, ignorando que él lo había recibido antes que todos los demás.
El Santo reconoció de inmediato el racimo, pero quiso asegurarse mejor; y cuando supo que había pasado por todas las celdas sin que ningún hermano lo hubiera tocado, sintió una gran alegría y agradeció a Dios al ver tanta mortificación y caridad en aquellos santos solitarios. Tampoco quiso comerlo, y eso le sirvió de motivo para practicar los ejercicios de la vida espiritual con un nuevo ardor.
Discernimiento de espíritus y visiones
El santo recibe visiones que muestran la acción de los demonios que intentan distraer a los monjes durante el oficio nocturno.
Este hombre de penitencia era también un gran hombre de oración, pues una conducía a la otra. Pero el orden que guardaba en sus ejercicios era muy propio para obtener de Dios el precioso don. Distribuía el día en tres tiempos, uno de los cuales era empleado, a diferentes horas, en la oración y la contemplación, y no hacía menos de cien oraciones al día. Pasaba la otra parte del tiempo en el trabajo manual, y la tercera en ejercer la caridad hacia los hermanos, dándoles los consejos y las instrucciones que necesitaban.
Al compartir el tiempo entre estos diferentes ejercicios, se puede decir que no perdía a Dios de vista, ya sea que orara o que actuara, conservando en una gran paz la pureza de su alma mediante la pureza de intención que santificaba sus obras, y teniendo siempre el corazón elevado hacia Dios, hiciera lo que hiciera. Había otros solitarios que hacían un mayor número de oraciones que él. Unos hacían trescientas, otros llegaban hasta setecientas. Por su parte, él seguía la inclinación que Dios le había dado, mezclando la vida activa con la contemplativa, y no sentía celos de que otros hicieran más oraciones que él. Se puede incluso decir, con un sabio historiador, que el fervor de las suyas compensaba bien esa carencia.
Era en oraciones sublimes donde este Santo extraía luces extraordinarias, ya sea para distinguir las verdaderas revelaciones de las ilusiones del demonio, o para penetrar en los secretos de las conciencias de los hermanos y de aquellos que se dirigían a él. El demonio vino una vez a llamar a la puerta de su celda y le dijo: «Levántese, abad Macario, y vayamos con los hermanos a hacer la oración de la noche». Pero, dice Rufino, quien relata esto, «el Santo, que estaba lle no de Rufin Historiador eclesiástico cuya obra sirve de fuente (mencionado por error como 'Enfin'). Dios, conoció de inmediato el artificio del demonio y le respondió: ¡Oh espíritu de mentira y enemigo de toda verdad, qué hay de común entre ti y esta asamblea de Santos?» — «¿Ignoras entonces, oh Macario, le respondió el demonio, que nunca los solitarios se reúnen para la oración sin que nosotros estemos allí? Ven solamente, y verás nuestras obras». — «¡Espíritu impuro, replicó el Santo, que Dios quiera reprimir tu malicia y domar tu poder!»
Se puso entonces en oración y pidió al Señor que le hiciera conocer si lo que el demonio se jactaba era verdadero. Luego fue a la asamblea donde los hermanos hacían el oficio durante la noche, y renovó la misma oración a Dios. Entonces vio como unos pequeños etíopes extremadamente feos, esparcidos por toda la iglesia, que corrían por todos lados, y con tanta velocidad que se habría dicho que tenían alas.
Ahora bien, era costumbre de los solitarios que en la oración, estando todos los hermanos sentados, hubiera uno que recitara un salmo y los otros lo escucharan y respondieran a cada versículo. Estos pequeños etíopes, corriendo de aquí para allá, hacían diversas maldades a los que estaban sentados. Cerraban los párpados a unos, que se dormían de inmediato; hacían bostezar a otros poniéndoles el dedo en la boca. Luego, cuando el salmo terminaba, los hermanos se postraban en tierra, según el uso, para hacer oración, y ellos corrían a su alrededor, apareciendo a uno bajo la figura de una mujer, a otro como construyendo alguna casa o cargando algo, y finalmente a otros de otras maneras; lo que hacía que estos solitarios revolvieran en su espíritu todo lo que los demonios les representaban mientras jugaban.
Pero no tenían el mismo éxito con todos; pues al querer acercarse a algunos, eran tan vivamente rechazados que caían por tierra, y no podían después de eso ni permanecer de pie, ni volver a pasar cerca de ellos; mientras que caminaban sobre la cabeza y la espalda de otros hermanos cuya devoción era débil, y se burlaban de ellos porque no estaban atentos a su oración.
San Macario, al ver esto, lanzó un profundo suspiro y dijo a Dios, derramando muchas lágrimas: «Considerad, Señor, cómo el demonio nos tiende trampas. Hacedle oír vuestra voz poderosa y los efectos de vuestra ira. Levantaos, para que vuestros enemigos sean disipados y huyan ante vuestra faz, ya que veis cómo llenan nuestras almas de ilusiones».
Sin embargo, terminada la oración, el Santo quiso profundizar más en la verdad, y llamó en privado, uno tras otro, a aquellos hermanos a quienes había notado que los demonios se les habían aparecido bajo diversas formas, y les preguntó si durante la oración no habían pensado en edificios, viajes u otras cosas semejantes. Ellos se lo confesaron, y él conoció entonces que los pensamientos vanos que nos vienen a la mente en la oración son, la mayor parte del tiempo, causados por la ilusión de los demonios, rechazados por aquellos que velan con cuidado sobre sí mismos; «porque, añade Rufino, un alma que está unida a Dios y que en el tiempo de la oración tiene una atención particular hacia Él, no puede sufrir que nada extraño ni nada inútil entre en ella para apartarla».
Muerte y representaciones simbólicas
Tras sesenta años de soledad, muere hacia el año 394, dejando una rica iconografía vinculada a sus milagros y sus penitencias.
Si san Macario fue grande por la eminencia de sus oraciones y de sus luces sobrenaturales, no lo fue menos por el don de milagros, y en esto no cedió ante el célebre Macario de Egipto, a quien los historiadores nos presentan como el taumaturgo de su tiempo. Hemos mencionado el poder que Dios le había otorgado sobre los demonios. Liberó a un número tan grande de endemoniados mediante su palabra acompañada de una fe viva, que el historiador de su vida afirma que sería muy difícil contarlos.
Se pueden observar en la vida de Macario el Anciano algunas circunstancias de la vida de Macario de Alejandría que son comunes a ambos santos solitarios. Finalmente, san Macario de Alejandría, tras haber pasado al menos sesenta años en la soledad, terminó con su muerte (394 o 395 según Tillemont) una vida de santidad y prodigios, y dejó tras de sí, junto con el recuerdo de sus virtudes, la memoria de uno de los más célebres solitarios que haya santificado los desiertos por su amor a Dios y por la práctica de una severa penitencia.
Se representa a san Macario el Joven: 1° con el saco o capacho que utilizaba para transportar arena y así mortificar su cuerpo mediante la fatiga; 2° cerca de él, una leona le trae a su cachorro que es ciego. El santo hombre le devuelve la vista y, al día siguiente, la madre agradecida le trae una piel de carnero. El hombre de Dios acepta el presente a condición de que en el futuro no haga más daño a la pobre gente del campo. Se dice que esta piel de carnero pasó más tarde a manos de santa Melania; 3° rod eado de un gra sainte Mélanie Santa que recibió la piel de carnero milagrosa. n número de otros animales feroces, para expresar que se adentró profundamente en el desierto; 4° llevando un frasco colgado al cuello. Este frasco contenía el aceite bendito con el cual ungía a aquellos que estaban poseídos por el demonio, para liberarlos.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Vendedor de confites y frutas en Alejandría
- Retiro junto a san Antonio en la Tebaida
- Fundación de un monasterio en el desierto de Escete
- Estancia en el desierto de las Celdas y ordenación sacerdotal
- Visita de incógnito al monasterio de san Pacomio en Tabennes
- Penitencia de seis meses en el pantano de Escete contra los mosquitos
Milagros
- Secado instantáneo de ramas de palmera
- Desaparición de un camello fantástico (ilusión demoníaca)
- Curación de un cachorro de león ciego
- Visión de los demonios distrayendo a los monjes durante el oficio
- Liberación de numerosos endemoniados
Citas
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Un monje no se salvará en la abundancia; si no posee nada, volará al cielo con la rapidez del águila.
Carta de san Macario a sus monjes -
El Señor es mi fuerza y mi gloria, y en cuanto a ti, no intentes tentar a su siervo.
Respuesta al demonio