16 de diciembre 17.º siglo

Beata María de los Ángeles

DE LA ORDEN DE LAS CARMELITAS DESCALZAS

Carmelita Descalza

Fallecimiento
16 décembre 1717 (naturelle)
Categorías
religiosa , mística , priora
Época
17.º siglo

Nacida en la nobleza turinesa, María Ana Fontanella entró en el Carmelo de Turín bajo el nombre de María de los Ángeles tras una infancia marcada por la piedad. Mística favorecida con dones extraordinarios, fue una figura central de la reforma carmelitana en el norte de Italia. Murió en 1717 tras una vida de penitencia y caridad heroica.

Lectura guiada

8 seccións de lectura

LA BEATA MARÍA DE LOS ÁNGELES,

DE LA ORDEN DE LAS CARMELITAS DESCALZAS

Vida 01 / 08

Orígenes y piedad precoz

María Ana Fontanella nació en Turín en 1661 en una familia noble vinculada a san Luis Gonzaga y manifestó desde la infancia un deseo de penitencia y soledad.

«Me propongo hollar bajo mis pies toda consideración humana y todo motivo humano, y no actuar en todo más que con el fin de agradar a Dios.»

Máxima de la Beata.

Nuestra Beata nació en Turín, el 8 de enero de 1661, y cuatro días después recibió, en la pila bautismal de la parroquia de los Santos Simón y Judas, junto con el agua salutífera, el nombre de Marí a Ana, que Marie-Anne Carmelita descalza de Turín, mística y taumaturga. cambió más tarde por el de María de los Ángeles al entrar en la Orden de la seráfica Teresa. Tuvo por padre a Juan Donato de Fontanella, conde de Baldissero, y por madre a María de Tana, marquesa de Santena, de la ciudad de Chieri en Piamonte, prima en tercer grado, por parte materna, de san Luis Gonzaga. Fue l a última de los diez hi saint Louis de Gonzague Santo jesuita, modelo para la juventud de la Obra. jos (siete hijas y tres hijos) que tuvieron estos afortunados y virtuosos esposos, quienes se mostraron hasta el final fieles a las lecciones y a los ejemplos de la casa paterna.

Demostró, desde la cuna, que Dios la había prevenido con la abundancia de sus bendiciones. Obediente hasta la abnegación de sí misma a las menores señales y a las menores órdenes de sus padres y de sus maestros, llena de deferencia hacia sus hermanos, sus hermanas y sus sirvientes.

LA BEATA MARÍA DE LOS ÁNGELES. 331 Incluso tenía para todos aquellos que se acercaban a ella atenciones y obsequiosidades que, por lo general, la infancia no conoce. Como Tobías, como su angélico pariente, no hizo nada pueril a esa edad. Su mayor placer era conversar lo más frecuentemente posible con uno de sus hermanos sobre las grandezas de Dios y las cosas santas, o enseñar las obligaciones del cristiano a sus pequeñas compañeras. A los cuatro años, se afligía por no poder alimentarse aún del Pan de los Ángeles, y a los seis años, para imitar a un Santo cuya historia había oído leer, tomó la resolución generosa de huir a la soledad y hacer allí penitencia hasta el fin de sus días. Como es de suponer, fue detenida en la ejecución de su designio; pero quedó tan afligida por este contratiempo que cayó enferma hasta el punto de necesitar el socorro de la Santísima Virgen misma para recuperar la salud.

Milagro 02 / 08

Curación y primera comunión

Desahuciada por los médicos, es curada por una aparición de la Virgen María y obtiene hacer su primera comunión a la edad excepcional de once años.

Esto es lo que sucedió en aquella circunstancia. Habiendo declarado los médicos incurable la enfermedad de esta admirable niña, la condesa, su madre, a instancias de un religioso franciscano, hizo un voto por su curación en honor a la Inmaculada Concepción, y, en el momento mismo de una crisis que la había reducido al extremo, le hizo decir: María, venid en mi ayuda. Al instante, el mal desapareció como por encanto: y consolada al mismo tiempo por una aparición sobrenatural de la Madre de misericordia sosteniendo a su divino Hijo entre sus brazos, aquella que acababa de encontrarse a las puertas del sepulcro se levantó, llena de vida y de salud, en medio de la alegría imposible de describir de su familia y de sus amigos.

Este milagro fue para ella un motivo nuevo para estimularse a la virtud y redoblar sobre todo el amor hacia Nuestro Señor Jesucristo y su santísima Madre. El deseo ardiente que tenía de la divina Eucaristía aumentó igualmente, y no hubo clase de instancias que no hiciera, ya fuera a su confesor o a su madre, para ser autorizada a hacer su primera comunión. Tenía once años y ocho meses cuando esta felicidad le fue finalmente concedida, y a pesar de su edad, su confesor, que sabía pertinentemente que en ella la piedad había adelantado a los años, le permitió desde entonces acercarse tres veces por semana a la Mesa Santa.

Vida 03 / 08

El intento con las Cistercienses

Intenta ingresar en el monasterio cisterciense de Saluzzo, pero debe abandonarlo al cabo de un año por motivos de salud, regresando junto a su madre viuda.

Un año después, habiendo sido llevada por su madre a Saluzzo para asistir a la toma de hábito de una de sus hermanas recibida entre las Cistercienses del monasterio de Santa María de la Estrella, creyó que era la ocasión favorable para ejecutar el proyecto que había formado desde hacía mucho tiempo de abandonar el mundo. Por ello, unos minutos antes de la ceremonia, obtuvo de la Abadesa el permiso para entrar en el coro, bajo el pretexto de ver más fácil y atentamente los detalles de la vestición, y cuando tuvo que abandonar el convento, manifestó con tanta firmeza y energía a su madre su resolución bien decidida de consagrarse a Dios en el claustro, que esta última tuvo que suscribir su voto y regresar sola a Turín.

Dios, sin embargo, no la llamaba a la profesión Cisterciense. Al cabo de un año, una grave indisposición la obligó a abandonar el monasterio de Saluzzo, para gran descontento de las religiosas a quienes edificaba, y regresó junto a su madre, a quien la muerte del conde de Baldissero, su esposo, acababa de dejar viuda.

Conversión 04 / 08

El encuentro decisivo y la entrada al Carmelo

Durante una exposición del Santo Sudario en Turín, conoce a un carmelita que la orienta hacia el monasterio de Santa Cristina, donde ingresa en 1676.

En aquel entonces tuvo lugar en Turín la exposición solemne del Santo Sudari Saint Suaire Sudario de Cristo conservado en Turín. o, en el cual José de Arimatea envolvió el cuerpo de Nuestro Señor al bajarlo de la Cruz, reliquia preciosa que, tras haber sido donada en 1148 por el gran maestre de los caballeros de Rodas al conde Amadeo III de Saboya, fue venerada sucesivamente en Borgoña, Chambéry, Vercelli y Niza. Nuestra Bienaventurada, que pasaba en el campo el tiempo de luto de su familia, quiso regresar a su ciudad natal para satisfacer allí, en presencia de un monumento tan notable de los sufrimientos del Hombre-Dios, su devoción a la dolorosa Pasión de este adorable Salvador. Durante la procesión que se realizó en aquella ocasión, se encontró en el mismo balcón que dos carmelitas descalzos, uno de los cuales, el padre Francisco Antonio de San Andrés, era considerado con razón un gran siervo de Dios. Este santo religioso no bien hubo visto a la joven, descubrió, con la ayuda de la gracia de Dios, los tesoros de virtud que albergaba su bella alma y la alta perfección a la que el cielo la llamaba. Entabló de inmediato conversación con ella; le preguntó sobre sus proyectos de futuro y, tras conocer de sus labios las circunstancias de su salida del monasterio de Saluzzo, le sugirió la idea de presentarse en el de las carmelitas de Santa Cristina, en la misma ciudad de Turín. No Carmélites de Sainte-Christine Convento de las Carmelitas en Turín donde la santa profesó. hizo falta más para determinarla a abrazar las austeridades del Carmelo reformado; así, pocos días después de este encuentro evidentemente preparado por la divina Providencia, se apresuró a escribir a las cistercienses de Saluzzo para despedirse de ellas, agradecerles sus bondades y hacerles ver el dedo de Dios en el gran asunto de su vocación. Firmó su carta con las palabras Sor María, carmelita indigna, absolutamente como si ya hubiera hecho profesión entre las hijas de Santa Teresa. A partir de ese momento, no pensó más que en domar su cuerpo, en mortificarlo, en reducirlo a servidumbre. Disciplinas, cilicios, ayunos, nada la arredró; y aunque se vio obligada, debido a su rara destreza para la administración de las cosas de este mundo, a suplir a su madre en el cuidado de sus hermanos y hermanas, y en el gobierno de su casa, se aplicó no obstante a convertirse, en medio del mundo, en una carmelita consumada. Y tuvo tanto éxito que en 1676, cuando, tras haber arreglado todos sus asuntos familiares, rechazado varios matrimonios considerables y superado todas las oposiciones de la ternura y la amistad, revistió en Santa Cristina el hábito tosco del Carmelo, no encontró tras las rejas del claustro nada sorprendente ni nuevo para ella. Estaba acostumbrada a todas las penitencias, estaba hecha a todas las mortificaciones y las menores prescripciones de la Regla le eran tan familiares como si hubiera pasado años en el convento.

Vida 05 / 08

Vida mística y resplandor

Lleva una vida de extrema austeridad, marcada por dones místicos y una caridad activa hacia los pobres, los prisioneros y los pecadores.

En medio de los rigores de la vida religiosa, *in claustro rigidioris observantiae*, como dice uno de los decretos pontificios preparatorios para su beatificación, avanzó cada día de virtud en virtud. No nos detendremos a relatar los actos heroicos por los cuales se distinguió entre sus virtuosas compañeras. Se sabe lo que es aquí abajo la vida de las Carmelitas, de esos ángeles que viven en la tierra como si no estuvieran en ella y cuya conversación entera está en los cielos; basta, pues, con repetir que María de los Ángeles caminó a pasos de gigante, siguiendo a la seráfica Teresa, en ese camino de sacrificios que acababa de recorrer, con la doble aureola de la santidad y los milagros, la noble, ilustre y gran Madame Acarie, ese camino que ilustraba entonces por su gloriosa penitencia, bajo el nombre de Luisa de la Misericordia, la célebre Mll e de La Vallière, y Mlle de La Vallière Antigua favorita de Luis XIV convertida en carmelita. sobre el cual, finalmente, algunos años más tarde, la hija misma de nuestros reyes, Madame Luisa de Francia, debía arrojar el brillo incomparable de su nacimiento y el lustre aún mayor de sus virtudes.

Tan fervientes en el servicio del Señor como sus hermanas de Francia, España e Italia, y semejantes a esas abejas laboriosas que destilan sin descanso, en el seno de sus alvéolos ocultos, el jugo oloroso de las flores, las Carmelitas del convento de Santa Cristina acumulaban cada día en el secreto de su soledad tesoros para la eternidad; y, sin embargo, se puede decir de nuestra heroína, como de la mujer fuerte de la Escritura, que las superó a todas. Obediente hasta el aniquilamiento de su propia voluntad, pobre hasta el despojo más completo de su persona, casta hasta rechazar en sus enfermedades la asistencia de la enfermera misma, no desmintió ni un solo instante la reputación de humildad que su entrada en religión le había granjeado, ni las marcas notables de piedad que había dado en el mundo. El libro de la Regla del Carmelo lo era todo para ella: su ocupación principal consistía en esforzarse por no apartarse ni un ápice de la letra y el espíritu de las constituciones de su Orden; por ello mereció que, desde el año 1778, el Papa Pío VI, de gloriosa memoria, declarara con ciencia cierta que había practicado en un alto grado heroico las virtudes teologales y las virtudes cardinales.

Dios, sin embargo, se complació en probarla de todas las maneras: le envió cruces en abundancia. La enfermedad se abatió sobre ella en repetidas ocasiones; fue presa durante mucho tiempo de penas de conciencia, y el demonio, no contento con atormentarla con tentaciones espantosas, se mostró más de una vez visiblemente ante sus ojos. Purificada de este modo por el crisol de los sufrimientos, a semejanza del oro en el horno, llegó a la más alta perfección, y Dios, para recompensarla por su fidelidad en el día de la tribulación, la gratificó con sus favores más extraordinarios: don de oración, don de profecía, don de penetración en el fondo de los corazones, don de éxtasis, don de milagros; tuvo todas las gracias en participación, hasta la de la aparición frecuente de la Santísima Virgen y de su divino Hijo. Tenía, además, tanta devoción hacia la Pasión de este adorable Salvador, hacia el Sacramento de su amor y hacia su Augusta Madre, que parece justo que recibiera ya aquí abajo, mediante sus visitas, un anticipo de las alegrías del Paraíso. Honraba también de una manera muy especial a san José, santa Teresa, san Francisco Javier y, sobre todo, al arcángel san Rafael, cuyo culto se esforzó por propagar por todos los medios posibles.

No podemos callar aquí la caridad de la que ardió durante toda su vida su corazón tan compasivo en favor del prójimo, y del prójimo desdichado. El ruido de los hombres expira por lo general en el umbral de un monasterio del Carmelo: la reja, erizada de puntas de hierro, es allí una barrera la mayoría de las veces infranqueable entre el siglo y el claustro, y las piadosas solitarias solo recuerdan que están aún en la tierra de los vivientes para ofrecerse ellas mismas en holocausto al Señor a fin de aplacar su ira y desarmar su brazo levantado sobre los pecadores. Sin embargo, la beata María de los Ángeles no había perdido, al entrar en el convento, el recuerdo de aquellos a quienes había conocido en el mundo, y estos, por su parte, no habían podido olvidar que la joven más distinguida de la sociedad turinesa se había sustraído a su admiración para esconderse y aniquilarse en la humildad religiosa. Esta fue la causa de que muy a menudo se viniera a llamar a la puerta de su monasterio.

Es imposible decir cuántas personas recurrieron a ella de viva voz o por escrito, ya sea para obtener de su piedad consuelos espirituales, ya sea para tomar los consejos de su prudencia. Los enfermos, los desdichados, los indigentes recibían de sus manos, o por su poderosa intercesión, los socorros que reclamaba su infortunio; las jóvenes pobres eran casadas por sus cuidados, o, si preferían entregarse a Dios, se veían, por sus recomendaciones apremiantes, admitidas en los monasterios de su elección. Los pecadores eran igualmente objeto de su solicitud; no solo rezaba y hacía rezar por ellos, sino que empleaba para su conversión todos los medios que podían proporcionarle la alta posición que había dejado y las relaciones con las que no había debido romper.

No faltaron los prisioneros que sintieron los efectos de su inmensa caridad. Se cuenta que, habiendo pedido sin éxito a su soberano la gracia de un soldado condenado a muerte por crimen de deserción, se arrojó a los pies de una imagen que representaba a Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos: «Oh, mi dulce Salvador», exclamó, «si me hubiera dirigido a ti, no habrías dejado de escuchar mi oración; ¡ah!, ya lo veo bien, no hay que poner la confianza en los príncipes de la tierra». Apenas terminaba estas palabras, cuando vinieron a anunciarle que, al final, su oración había sido escuchada y que su protegido no sería arrebatado a su numerosa y desdichada familia.

Se empleaba además tan eficazmente para el alivio de las almas del Purgatorio, que en el proceso de su Beatificación se relata que aquellos miembros de la Iglesia sufriente a quienes había liberado con sus oraciones de las llamas expiatorias, venían visiblemente a agradecerle, antes de volar al cielo.

Misión 06 / 08

Intercesiones y milagros públicos

Interviene ante el rey Víctor Amadeo II, obtiene el fin de una epidemia en el Piamonte y favorece la sucesión real mediante sus oraciones.

Obtuvo también, mediante sus lágrimas a los pies de su crucifijo, el alejamiento de una epidemia pestilencial con la que la justicia de Dios amenazaba al Piamonte, y es cierto que procuró igualmente el cese de la esterilidad de Ana de Orleans, esp osa del rey Víctor A roi Victor-Amédée II Duque de Saboya y posteriormente rey de Sicilia y de Cerdeña. madeo II, para quien obtuvo además del cielo, en el tratado de Utrecht, la corona real de Sicilia. Pero cuatro años después, en 1717, este príncipe cambió Sicilia por Cerdeña.

Posteridad 07 / 08

Tránsito y fundación de Moncalieri

Tras haber fundado el convento de Moncalieri y servido como priora, muere en 1717 en Turín, rodeada de una reputación de santidad inmediata.

Sin embargo, nuestra Bienaventurada estaba madura para el cielo: los Ángeles, cuyo nombre no llevaba en vano, envidiaban su bella alma a la tierra, y el Cordero inmaculado la llamaba a los castos deleites de las bodas eternas. Estaba por terminar el quincuagésimo séptimo año de su vida, cuando una fiebre ardiente vino a arrebatarla en siete días del amor de sus hermanas.

Expiró el 16 de diciembre de 1717, cerca de las once de la noche. Se dice, y uno de los decretos de su beatificación da fe de ello, que, pocos instantes antes de exhalar el último suspiro, escuchó la voz de su celestial Esposo invitándola a seguirle, y como virgen prudente, llevando en sus manos su lámpara llena del aceite de la caridad, se levantó para ir a su encuentro. Tenía entonces cuarenta y un años de vida religiosa y cincuenta y seis años de edad. Cuatro veces había sido elegida priora de su monasterio, y más a menudo aún maestra de novicias. Había, además, presidido la fundación del convento de su Ord Moncalieri Lugar de fundación de un nuevo convento por la santa. en, en Moncalieri.

La noticia de su muerte puso a toda la ciudad de Turín en movimiento. De todos los puntos de esta gran ciudad no hubo más que un grito: ¡La Santa ha muerto! Se acudió en multitud a la iglesia de su monasterio para contemplar sus restos venerables, tanto que hubo que diferir primero dos días su inhumación, y que luego se tuvo que hacer custodiar su ataúd por la fuerza armada, para impedir que el pueblo se repartiera sus vestiduras. Este ataúd fue depositado en la cripta común, sin ninguna marca distintiva. El 10 de octubre de 1722, día en que se realizó el primer reconocimiento del cuerpo, los comisarios apostólicos lo hicieron colocar en un lugar aparte; y el 19 de junio de 1733, tras la segunda visita, fue trasladado a la iglesia del monasterio. Habiendo sido entregado este convento a un uso profano al comienzo de este siglo, el cuerpo de la Bienaventurada fue trasladado, el 20 de septiembre de 1802, por orden del arzobispo de Turín, a la iglesia de los Carmelitas Descalzos de la misma ciudad, y colocado a la derecha del altar mayor; es en este lugar donde ha permanecido hasta estos últimos tiempos.

Culto 08 / 08

Reconocimiento de la Iglesia

Varias curaciones milagrosas, incluida la de un cáncer, condujeron a su beatificación por el Papa Pío IX en 1865.

Pero la piedra sepulcral, al ocultar sus reliquias a la veneración pública, no se llevó su memoria a las profundidades y oscuridades de la tumba. La fama de su santidad se extendió prontamente por todas partes; por lo demás, el rumor de los milagros atribuidos a su intercesión no contribuyó poco a propagarla y acrecentarla.

De todos estos milagros, los más notables son la curación instantánea de la madre Felicia-Teresa de San José, religiosa carmelita, afectada por una dolorosa hemicrania; la de una joven de veinte años, llamada María Antonieta Masotti, reducida al extremo por una pleuresía; la del médico Gianotti, que sufría dolores nefríticos en las entrañas; la de Ana Cristina Auda, liberada de una larga palpitación de corazón por el solo contacto del escapulario de la Bienaventurada, y sobre todo los dos prodigios aprobados por la Sagrada Congregación de Ritos para su Beatificación.

Uno se refiere a Magdalena Cavassa de Turín, dama de alta calidad y de la familia de la Bienaventurada. Esta noble y piadosa mujer, de más de sesenta años, sufría dolores espantosos ocasionados por un enorme pólipo gangrenoso que, desde hacía más de un año, había invadido las fosas nasales. Viéndose perdida, decidió recurrir a la poderosa intercesión de su santa pariente. «En el mes de abril de 1788», dice ella, «tuve de repente la inspiración de encomendarme a la venerable Sor María de los Ángeles, y enseguida, poniéndome de rodillas en mi habitación: Venerable María», exclamé, «dirigid una mirada sobre aquella que está postrada a vuestros pies para pediros que solicitéis de la santísima y adorable Trinidad la gracia de mi curación, os guardaré un agradecimiento eterno. Y hice esta oración con la firme e inquebrantable confianza de que sería curada». Y de hecho, habiendo comenzado inmediatamente una novena en honor de la Bienaventurada, no tuvo tiempo de terminarla cuando su pólipo se desprendió de las carnes, por sí solo y sin dolor, y cayó al suelo en medio de una fuerte hemorragia nasal. Además, la enferma, a quien el sufrimiento había privado casi por completo del uso de sus piernas, pudo caminar con facilidad: su primera carrera fue al sepulcro de su celestial bienhechora, y en esta circunstancia, el glorioso sepulcro le pareció (y las personas que la acompañaban también lo notaron) exhalar un olor delicioso, como nunca había respirado.

El otro es más asombroso: es la desaparición del cáncer que padecía la hermana Magdalena de San Francisco, religiosa conversa en el convento de las Agustinas de Caprarola, cerca de Roma. Esta piadosa joven estaba casi en el extremo, cuando, en la tarde del 20 de julio de 1844, le aplicaron sobre el cuerpo una reliquia y una imagen de nuestra Bienaventurada. Se durmió casi inmediatamente con un sueño tan tranquilo y sosegado que duró hasta la mañana siguiente a las ocho. «Me desperté», declaró en el proceso de Beatificación, «con las ideas claras y lúcidas, sin dolor, sin ningún resentimiento de enfermedad. Estoy curada», me dije, «la Santa me ha hecho esta gracia, levantémonos y vayamos a hacer la santa comunión». Al instante, se levantó y se puso sus ropas, no sintiendo otra sensación en el interior del cuerpo que la de una mano que le hubiera arrancado algo del estómago, y, en el exterior, que la de un impulso que le hubiera impresionado del lado de una cruz colocada en su celda una fuerza superior a la suya; al mismo tiempo vomitó una masa de carnes corrompidas, y escuchó distintamente estas palabras: «Estás curada; pues ahí tienes a tus pies el chancro que te devoraba». Cayó inmediatamente de rodillas ante su crucifijo, y después de haber pasado una hora entera dando gracias a Dios y a su libertadora, bajó al coro para hacer la santa comunión en medio de sus hermanas penetradas de asombro y de alegría.

Habiendo permitido, pues, el Señor que la alta santidad de su humilde y casta sierva fuera realzada de este modo, a los ojos de los hombres, con el brillo y el esplendor de los milagros, la Iglesia, nuestra santa Madre, ha querido proponerla a sus hijos que gimen y lloran en este valle de lágrimas, como un nuevo modelo a imitar, como una nueva patrona a invocar. Y es muy oportuno, se puede decir; pues ¿no vivimos en un tiempo tormentoso donde la furia de los impíos y de los incrédulos parece desatarse preferentemente contra estos asilos de paz, de inocencia y de caridad, donde la virgen cristiana, como antaño Moisés en la montaña de Refidim, eleva noche y día los brazos hacia el cielo para apaciguar su ira, donde ella aboga sin cesar por sus oraciones y por sus penitencias la causa de los pecadores ante la justicia del Altísimo justamente irritada por los crímenes de la tierra.

María de los Ángeles fue beatificada por el Papa Pío IX, el 14 de mayo de 1865.

Esta nota, que debemos a la extrema amabilidad del abad Duchssain, canónigo de Angulema, es la reproducción casi integ pape Pie IX Papa que canonizó a Josafat en 1867. ral de la nota publicada en Artigues en 1865. — Cf. Vie de la bienheureuse Marie des Anges, por el canónigo Labis, profesor en el seminario de Tournai (H. Casterman, 1867).

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Nacimiento en Turín el 8 de enero de 1661
  2. Curación milagrosa a los 6 años por la Inmaculada Concepción
  3. Ingreso temporal en las cistercienses de Saluzzo a los 12 años
  4. Ingreso en el Carmelo de Santa Cristina en Turín en 1676
  5. Elegida cuatro veces priora y maestra de novicias
  6. Fundación del convento de Moncalieri
  7. Beatificación por Pío IX el 14 de mayo de 1865

Milagros

  1. Curación instantánea de un pólipo gangrenoso en Madeleine Cavassa
  2. Desaparición de un cáncer en sor Madeleine de Saint-François
  3. Cese de la esterilidad de Ana de Orleans
  4. Alejamiento de una epidemia pestilencial en el Piamonte
  5. Apariciones de las almas del Purgatorio que venían a agradecerle

Citas

  • Me propongo hollar toda consideración humana y todo motivo humano, y no actuar en nada más que con el fin de agradar a Dios. Máxima de la Bienaventurada

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto