San Juan Apóstol y Evangelista

Apóstol, Evangelista, Discípulo amado

Fallecimiento
vers l'an 101 ou 102 (sous Trajan) (naturelle)
Época
1.º siglo

Discípulo amado de Jesús, Juan es el evangelista de la divinidad del Verbo. Tras haber cuidado de la Virgen María, predicó en Asia, sobrevivió milagrosamente a un martirio en Roma y fue exiliado a Patmos. Terminó su vida en Éfeso, predicando incansablemente el amor fraternal.

Lectura guiada

10 seccións de lectura

SAN JUAN, APÓSTOL Y EVANGELISTA

Vida 01 / 10

La identidad del discípulo amado

San Juan se define por su vínculo único con Jesús, siendo designado como el discípulo a quien el Señor amaba, símbolo de pureza y caridad.

Filioli, diligite invicem. Mis pequeñitos, amaos los unos a los otros. Precepto favorito de san Juan. Como evangelista, san Juan fue un oráculo de verdad; como apóstol, fue un modelo de fidelidad; como discípulo de Jesús, fue un ejemplo de caridad. Du Jarry, Essais de panégyriques. El solo nombre de discípulo a quien Jesús amaba, que el Evangelio da a este divino Apóstol en cuatro lugares diferentes, y al tratar de nuestros más augustos misterios, encierra en sí tantas excelencias, que no hay necesidad de buscar otros elogios para resaltar su mérito y para hacerlo aparecer como uno de los más grandes Santos que hayan existido jamás sobre la tierra. Pues Jesús no lo habría amado tan singularmente si no hubiera sido digno de este amor, o más bien si al amarlo no lo hubiera hecho digno de él; y, qué pureza, qué inocencia, qué grado de gracia, de virtud y de santidad hay que tener para merecer la preeminencia del amor de esta Sabiduría adorable que no ama nada que no haga bueno, y que no ama nada por preferencia, que no haga eminentemente bueno. Creemos, pues, haber dicho mucho, y haberlo dicho todo de san Juan al llamarlo por excelencia el discípulo a quien Jesús amaba. Pero esto no nos dispensa de relatar aquí sus más gloriosas acciones y de hacer un resumen de su vida, que no ha sido más que una cadena perpetua de favores celestiales y de obras dignas de un favorito de Dios.

Vida 02 / 10

Vocación y vínculos fraternales

El texto recuerda los episodios comunes con su hermano Santiago el Mayor, especialmente su apodo de Boanerges y su presencia en la Transfiguración.

No relataremos aquí lo que le es común con san Santiago el Mayor, su hermano mayo saint Jacques le Majeur Hermano mayor de san Juan, apóstol. r; es decir, lo que concierne a su país, sus padres, su vocación al seguimiento de Nuestro Señor, su elección a la dignidad de Apóstol, el nombre de Boanerges o hijo del trueno que le fue dado; su asistencia en la resurrección de la hija de Jairo y en el misterio de la Transfiguración; su celo contra aquellos que habían rechazado la entrada de su divino Maestro en su ciudad; la petición que hizo hacer por medio de su madre de uno de los primeros lugares en su reino, ni la libertad que tomó, junto con otros tres, de informarse de él, la semana de su Pasión, sobre cuándo sucederían las cosas que les decía acerca de su segunda venida. Hemos tratado extensamente todos estos puntos en la vida del mismo Santiago, el 25 de julio, y no hemos separado en absoluto a estos dos hermanos, a quienes el texto sagrado del Evangelio ha unido siempre muy estrechamente.

Vida 03 / 10

De la Última Cena al pie de la Cruz

Juan recibe el favor de reposar sobre el pecho de Cristo durante la Última Cena y permanece como el único apóstol fiel al pie de la cruz durante la Pasión.

La primera vez que habla de ello en particular es cuando se trató de preparar la Cena que Nuestro Señor quería comer con sus Discípulos, antes de instituir la Eucaristía y de dar su sangre para la salvación del mundo. San Juan fue enviado para ello con san Pedro, pa ra señalarno saint Pierre Apóstol mencionado para la fijación de la fecha de la procesión. s que la contemplación significada por san Juan, y la buena vida, representada por san Pedro, deben estar unidas cuando uno quiere prepararse dignamente para la Cena mística. Se desempeñó muy bien en esta comisión, y dispuso una gran sala, donde, después de que Jesús hubo comido el Cordero pascual con sus Apóstoles, les lavó los pies y volvió a la mesa para hacerles partícipes del alimento celestial de su cuerpo y de su sangre preciosa.

Es propiamente aquí donde comienzan los favores singulares de este gran Maestro hacia su discípulo; es aquí donde da motivo por primera vez para llamarlo «el Discípulo a quien Jesús amaba». En esta comida misteriosa, lo hizo colocar junto a él, como aquel que, siendo virgen, era también el más digno de acercarse a su persona y de familiarizarse con él; y, porque este querido Discípulo fue presionado por san Pedro para preguntarle secretamente quién era el de la compañía que lo entregaría en manos de los judíos, este amable Salvador, para hablarle más confidencialmente, le permitió, como una madre a su hijo, reposar sobre su pecho y apoyar su cabeza sobre su pecho. Pero la gracia que recibió en ese momento superó con mucho la que Salomé, su madre, había osado pedir para él, puesto que tuvo el honor de tener el rostro apoyado sobre su corazón, en lugar de que ella solo había pedido que estuviera sentado a su izquierda, cediendo sin duda la derecha a su hermano mayor.

Los santos Padres hacen reflexiones admirables sobre este favor. Algunos dicen que Juan se durmió sobre este lecho misterioso, que es el asiento de la sabiduría; pero hay que entenderlo como el sueño de la contemplación y del éxtasis. Así es como habla de ello san Lorenzo Justiniano, en el capítulo v del libro de Agone. San Agustín repite, en varios lugares, que, habiéndose acercado a esta fuente de luz, extrajo de ella los más altos secretos de nuestros misterios, de los cuales hizo partícipe a toda la Iglesia; es por eso que, sobre el Salmo CXLIV, lo llama Avidissimus epulator, cui non sufficit ipsa mensa Domini, nisi discumberet supra pectus ejus, et de arcano ejus liberet divina secreta. — El autor de la Epístola sobre el Hombre perfecto, entre las obras de san Jerónimo, dice que reposó su cabeza sobre el pecho del Salvador, como sobre el Arca del Antiguo y del Nuevo Testamento, y que, por este medio, entró no solo en el atrio del oráculo divino, sino en el santuario y en el lugar más misterioso: es por eso que le da el nombre de Diligens Inquisitor y de familiaris Sacerdos.

Preguntó entonces a su Maestro quién era el pérfido y el traidor que se haría culpable de su sangre. Jesucristo quería aún ahorrar el honor de aquel que no quería ahorrar su vida; pero, no pudiendo negar nada a su bienamado, se lo indicó en secreto, diciéndole que era aquel a quien daría un trozo de pan, y se lo presentó inmediatamente a Judas. Los otros Apóstoles no se dieron cuenta de lo que quería decir; e incluso cuando dijo al traidor: «Haz pronto lo que tienes que hacer», se persuadieron de que le recomendaba comprar las cosas necesarias para la fiesta, o dar alguna limosna a los pobres, porque él era como el procurador del sagrado Colegio. Parece, por el curso de la vida del Salvador, que después de la institución de la Cena y de la acción de gracias rendida a su Padre, comenzó este admirable discurso del cual solo san Juan ha hecho partícipe a la Iglesia, en los cap. XIII, XIV, XV, XVI y XVII de su Evangelio. Fue luego al monte de los Olivos, y, queriendo hacer allí su oración en secreto, no llevó consigo más que a san Pedro, a san Jacobo y a nuestro bienaventurado Apóstol. La tristeza y la amargura de las que su alma estaba llena, a causa de lo que acababa de saber de la traición de Judas, lo abrumaron tanto, que se durmió tres veces, con los otros dos Apóstoles.

Hizo aún aparecer cobardía en la captura de su querido Maestro, puesto que san Marcos no lo exceptúa de esta proposición general: Tunc discipuli ejus relinquentes eum, omnes fugerunt: «Entonces sus discípulos lo dejaron, y todos huyeron».

Si san Juan cometió una cobardía en esta ocasión, la reparó pronto con su fervor y con la asiduidad que prestó a su adorable Maestro y a la santísima Virgen, su Madre, en todo el resto de su Pasión. Vino a la casa de Caifás; y, aunque allí era conocido, y que te nía por consigui la sainte Vierge Madre de Jesús, confiada al cuidado de Juan al pie de la cruz. ente motivo para temer ser arrestado, no dejó de entrar e incluso de hacer entrar a san Pedro. Hay mucha apariencia de que permaneció allí toda la noche, y que no salió sino para ir a advertir a la santísima Virgen de todo lo que sucedía respecto a su Hijo bienamado. La consoló en su dolor, y, como para cumplir toda justicia, ella debía asistir a las últimas violencias de su Pasión, la condujo hasta el Calvario. Fue el único de todos los Apóstoles que vio crucificar e inmolar a esta inocente víctima, fue el único que permaneció al pie de la cruz hasta el momento de su muerte, fue el único sobre quien cayeron las gotas de su sangre preciosa, fue el único a quien este amable Salvador dirigió la palabra para darle las últimas prendas de su amor. Pero, ¿qué le dijo y qué hizo en su favor?

Teología 04 / 10

Hijo adoptivo de la Virgen María

En la cruz, Jesús confía a su madre a Juan, instaurando una relación de maternidad espiritual extendida a todos los fieles.

He aquí lo que supera todos nuestros pensamientos y eleva a san Juan por encima de todas las grandezas y dignidades imaginables. Él lo hizo vicario de su amor hacia su Madre, le dio su lugar, quiso que la reconociera como suya, le dijo: Ecce Mater tua: «He aquí a tu Madre. Ella ha sido la mía, es y será de ahora en adelante la tuya; te la doy por Madre y te hago su hijo; deseo que ella tenga para ti todo el afecto, toda la ternura y toda la benevolencia que una madre tiene para su hijo, y quiero también que tú le profeses el respeto y el amor, y que le rindas la asistencia y la obediencia que un hijo debe a su madre». Algunos Doctores han creído que Jesús, por un efecto de su omnipotencia, produjo entonces en María y en Juan relaciones físicas de maternidad y filiación, que l Marie Madre de Jesús, confiada al cuidado de Juan al pie de la cruz. os hicieron realmente Madre e Hijo; así es como habla de ello santo Tomás de Villanueva, en un admirable sermón que hizo sobre san Juan. Pero no es necesario recurrir a este milagro: basta decir que Juan fue entonces penetrado de todos los sentimientos de hijo hacia María, y que María fue también penetrada de todos los sentimientos de madre hacia Juan. El Evangelista añade que desde entonces este discípulo amado la llevó a su casa, y que la tomó bajo su cuidado: Accepti eum discipulus in sua.

Los Padres observan que este gran Apóstol representaba en este encuentro a todos los fieles, y que así María nos fue dada por Madre, y que nosotros le fuimos dados por hijos; pero Juan fue el primogénito en esta adopción; así, aunque María sea la Madre de todos los fieles, ella mira sin embargo, después de Jesucristo, al glorioso san Juan como el primero y el más querido de todos sus hijos; de ahí debemos concluir que, si él fue «el discípulo a quien Jesús amaba», también fue el hijo que María amaba. No tenemos palabras lo suficientemente elocuentes para expresar la excelencia del tesoro que le fue dado en la persona de esta Virgen de las vírgenes: como María valía más ella sola que todas las demás criaturas juntas, y que Jesús la amaba más de lo que amaba a todos los ángeles y a todos los hombres, es cierto que el regalo que hizo a su discípulo estuvo por encima de todos los regalos, y el más grande que pudo hacerle después de darse a sí mismo; y como al hablar de él a Nicodemo, exclamó con admiración: «Dios amó al mundo hasta el punto de dar a su Hijo único para su redención y su salvación»; de la misma manera, al considerar este beneficio inestimable, tenemos motivo para exclamar en un santo asombro: «Jesucristo amó a Juan hasta el punto de darle a su Madre para su consuelo y su felicidad».

Pero este insigne favor fue acompañado de un grandísimo martirio; pues, ¿qué no sufrió nuestro Apóstol al ver a su querido Maestro, su adorable Bienhechor atado a la cruz, y expirando en medio de tantos oprobios, tormentos e ignominias; qué dolor para él ver todos los tormentos del Hijo recaer sobre la santa Virgen que le había sido dada por Madre? No dudemos que, en esta ocasión, él tuvo más parte en la pasión de la Madre y del Hijo que todos los demás mártires; que, según la predicción de Nuestro Señor, él bebió toda la amargura de su cáliz y soportó un martirio más doloroso y más noble que aquellos que sufrieron la muerte por los tormentos de los verdugos. El amor por el Hijo y por la Madre hizo en él lo que los látigos, los escorpiones, los ganchos de hierro, los golpes de flechas, los aceites hirvientes y los lechos abrasados hicieron en las otras víctimas de Jesucristo.

El Salvador del mundo, habiendo expirado, tuvo el costado traspasado por un golpe de lanza por la crueldad de un soldado que quería probar si estaba muerto. Entonces san Juan, no obstante su dolor excesivo, atento a todo lo que sucedía en el Calvario, vio salir de esta santa llaga sangre y agua. Él consideró este misterio con admiración; fue, en efecto, el símbolo de dos de nuestros Sacramentos: y es el único Evangelista que lo ha descubierto a la Iglesia; sobre lo cual hace esta protesta tan auténtica: «Y el que lo vio ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero». Es también de creer que se encontró al pie de la cruz, cuando bajaron el cuerpo del Salvador, que lo recibió entre sus brazos, que lo puso en los de la santa Virgen, que lo lavó con sus lágrimas, que lo besó con una devoción extraordinaria, y que ayudó a ponerlo en el sepulcro.

Misión 05 / 10

Testigo de la Resurrección y primeras misiones

Juan es el primero en correr al sepulcro y acompaña a Pedro en los primeros milagros y predicaciones en Jerusalén y Samaria.

Desde entonces, fue el primero en dar muestras sensibles del amor que le profesaba. Pues, habiendo sabido por María Magdalena que ya no estaba en el sepulcro, corrió allí con diligencia junto a san saint Pierre Apóstol mencionado para la fijación de la fecha de la procesión. Pedro, y llegó el primero; y, si no entró antes de la llegada de este príncipe de los Apóstoles, fue solo por humildad y por respeto a su edad y a la dignidad para la que estaba designado. Además, cuando Nuestro Señor se apareció a un pequeño número de sus discípulos que pescaban en el mar de Tiberíades, Juan fue el único que lo reconoció de inmediato; sobre lo cual san Jerónimo dice muy bien: Solus virgo Virginem agnovit: siendo Juan el único que era virgen, fue también el único que, por una divina simpatía, reconoció a Jesucristo, el Rey de las vírgenes. En esta aparición, el Salvador comió con ellos, tomó pan y pescado y se los distribuyó; y, después de la comida, estableció a san Pedro como pastor de sus corderos y de sus ovejas; le predijo que debía morir con los brazos extendidos, es decir, que debía morir en una cruz por la confesión de su nombre, y al marcharse le dijo: «Sígueme». Mientras este Apóstol le seguía, vio a san Juan venir tras él, y queriendo saber qué sería de un discípulo tan querido y precioso, preguntó a Nuestro Señor qué pensaba hacer con él; Jesús, para quitarle esa inquietud, le respondió: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿qué te importa a ti? Sígueme». Los otros discípulos, interpretando estas palabras sobre el advenimiento final y como si Nuestro Señor no las hubiera dicho condicionalmente, sino absolutamente, infirieron que Juan no moriría: esta opinión es seguida aún por algunos autores, que no lo creen efectivamente muerto, sino reservado para venir con Henoc y Elías a combatir al Anticristo al fin de los siglos. Sin embargo, esta interpretación de los discípulos no fue aceptada por san Juan; y parece que fue para excluirla y para impedir que tuviera curso, que hizo notar en su Evangelio que Jesucristo no dijo: «Este discípulo no morirá»; sino solamente: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, no debes preocuparte por ello». No tenemos nada más sobre nuestro bienaventurado discípulo en el texto del Evangelio. En los Hechos de los Apóstoles, san Lucas habla de él en todas partes con mucho honor y lo nombra siempre inmediatamente después de san Pedro. Asistió a este primero de los Apóstoles en tres ocasiones memorables que hemos descrito en su vida. La primera fue la curación de un cojo a la puerta del templo, llamada la Hermosa. Este cojo les pidió limosna a ambos, y ellos le dieron como limosna el uso de sus piernas, que no había tenido desde hacía cuarenta años que estaba en el mundo. La segunda fue cuando los sacerdotes y los magistrados del templo los hicieron arrestar para pedirles razón de un milagro tan grande y del celo con el que predicaban la gloria de Jesucristo. Comparecieron con una constancia maravillosa ante su tribunal, les dijeron que no se podía ser salvo sino por la fe en Jesucristo, a quien ellos habían hecho sacrificar; y, habiéndoles prohibido estos sacerdotes hablar jamás de esta doctrina, les respondieron con la misma firmeza: «Juzguen, por favor, si debemos obedecer más a su mandato que al de Dios». Finalmente, la tercera ocasión fue cuando los samaritanos, habiendo creído la palabra de Dios y recibido el bautismo de manos de san Felipe, diácono, se trató de conferirles el Espíritu Santo por el sacramento de la Confirmación, cuya administración está reservada a los obispos. Los Apóstoles, que habían permanecido en Jerusalén, delegaron el honor a san Pedro y a san Juan, y la imposición de sus manos fue tan eficaz que el Espíritu Santo no descendió solo invisiblemente sobre estos nuevos cristianos, sino también de manera sensible, del mismo modo que había descendido en Pentecostés sobre los discípulos. San Pablo, en la epístola a los Gálatas, cap. II, dice que habiendo venido a Jerusalén, encontró allí a Santiago, Pedro y Juan, que eran como las columnas de la Iglesia, y que lo recibieron en su sociedad para la predicación del Evangelio, recomendándole solamente que, al predicar a los gentiles, tuviera cuidado de llevarlos a la asistencia de los pobres de Judea.

Misión 06 / 10

El apostolado en Asia y el exilio en Patmos

Establecido en Éfeso, evangeliza Asia Menor antes de ser exiliado a la isla de Patmos bajo Domiciano, donde escribe el Apocalipsis.

Es necesario ahora extraer de la Historia eclesiástica y del Apocalipsis de san Juan el resto de sus Actas hasta su muerte. En primer lugar, es muy cierto que su principal cuidado, junto con el de la conversión de los pueblos, fue proveer a las necesidades de la santísima Virgen durante todo el tiempo que ella vivió, hacerle compañía y rendirle todos los deberes que la calidad de hijo de tal madre, instituido por el mismo Jesucristo un momento antes de su muerte y cuando derramaba su sangre por su amor, podía exigir de él. Esto es lo que hizo no solo en Jerusalén y en Judea, sino en Asia, y particularmente en la ciudad de Éfeso, donde esta v irgen Éphèse Ciudad principal del apostolado de Juan en Asia Menor. adorable se retiró por algún tiempo, cuando la Iglesia naciente fue dispersada por la persecución de Herodes. La Epístola sinodal que el Concilio general, celebrado en esta misma ciudad, escribió al clero de Constantinopla, da fe de este retiro. No es posible relatar aquí todas las gracias que recibió, por su medio, durante el tiempo que permaneció con ella, las luces que ella vertió en su alma por sus palabras, los ardores del amor divino que ella encendió en su corazón por sus ejemplos, y los favores que ella le atrajo del cielo por sus oraciones; porque, si ella es tan liberal y tan benéfica hacia aquellos que la invocan y que recurren a ella, aunque no sean más que sus siervos, ¿qué no habrá hecho por un hijo adoptivo, de quien Jesucristo su hijo único la había establecido como Madre? Y si su sola presencia produjo efectos tan prodigiosos en aquellos que tuvieron el honor de acercarse a ella por poco tiempo, como en san Juan Bautista, en san Zacarías y en santa Isabel, ¿qué no habrá operado en aquel que vivía con ella, que era testigo de sus acciones y de sus pasos, que la oía hablar de nuestros misterios, que la veía rezar y comulgar, y que a menudo la comulgaba él mismo y rezaba con ella? ¿De qué esplendores no estaba entonces iluminado su espíritu, de qué llamas no estaba abrasada su alma, y con qué humildad y qué fervor no pasaba su vida en una compañía tan santa? Estos son secretos que hay que admirar más que querer representarlos por la debilidad de nuestras palabras. En el reparto del mundo que los Apóstoles hicieron entre ellos para emprender su conquista, Asia Menor correspondió a san Juan, y este fue quizás el motivo por el cual llevó a María a Éfeso, que era una de sus ciudades más grandes. Es verdad que recorrió también otras partes de Oriente, entre las cuales se incluye el país de los partos, porque su primera epístola tenía antiguamente por inscripción: A los partos. Los jesuitas que, en estos últimos siglos, han anunciado el nombre de Jesucristo en las Indias, relatan que penetró hasta los confines del Levante, y que los basoras pretenden haber recibido la fe por su ministerio. Pero es constante que su estancia más larga fue en Asia. Se sostiene que permaneció en Hierápolis, ciudad de la provincia de Frigia, hasta la llegada de san Felipe. Los obispos de Éfeso, otra ciudad de esta provincia, se decían sus sucesores y sus discípulos, y se fundaban en su autoridad para no celebrar la Pascua el mismo día que la Iglesia romana la celebra; san Jerónimo asegura incluso que fundó y gobernó todas las iglesias de Asia: *totas Asie fundavit rexitque Ecclesias*; pero esto no impide que san Pedro también haya predicado allí, y que san Pablo, hacia el año 55, haya establecido a san Timoteo obispo de Éfeso. En efecto, vemos en el Apocalipsis que este amado discípulo del Salvador escribió a los obispos de las siete principales iglesias de esta provincia, a saber: a los obispos de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Filadelfia, Sardes y Laodicea, a quienes llama ángeles, a causa del cuidado que debían tener de los pueblos que la divina Providencia les había confiado. No repetimos aquí lo que hemos dicho el 6 de mayo sobre su martirio en Roma, donde, habiendo sido llevado por orden del emperador Domiciano, fue azotado y sumergido en una caldera de aceite hirviendo; ni sobre su exilio en la isla de Patmos, una de las Espóradas, donde escribió ese admirable libro llamado *Apocalipsis*, el cual, a juicio de san Jerónimo, no contiene menos misterio île de Pathmos Isla del exilio de Juan donde escribió el Apocalipsis. s que palabras, y que representa bajo figuras aún selladas todas las perse Apocalypse Libro profético escrito por Juan en Patmos. cuciones de la Iglesia, hasta la venida del Anticristo y el fin del mundo. También anunció a los habitantes de esta isla la verdad del Evangelio y los atrajo a la fe de Jesucristo. Después de la muerte de Domiciano, Nerva, su sucesor, príncipe muy dulce, habiendo anulado todos sus actos a causa de su excesiva crueldad, y llamado del exilio a todos los que había desterrado, nuestro bienaventurado Apóstol tuvo la libertad de regresar a Éfeso para retomar la dirección de las Iglesias de Asia, que esta persecución había interrumpido. Metafraste dice que antes de su partida los cristianos de Patmos le rogaron que les dejara por escrito la doctrina de la salvación que les había enseñado, y que, para satisfacerlos, compuso su Evangelio, que dictó a san Prócoro, uno de los siete primeros diáconos que lo habían seguido.

Posteridad 07 / 10

Redacción del Evangelio y de las Epístolas

De regreso a Éfeso, redacta su Evangelio para combatir las herejías nacientes, centrándose en la divinidad del Verbo.

Añade que, antes de emprender esta gran obra, ordenó un ayuno a todos los fieles, que él mismo observó con extrema rigurosidad; que después se retiró con su discípulo Prócoro a una alta montaña, donde, estando de pie como Samuel y con los brazos extendidos hacia el cielo como Moisés, entró en una altísima contemplación de las verdades eternas; que estando así arrebatado en Dios, se vieron relámpagos espantosos y se oyeron furiosos truenos, y que tras un gran estallido se escuchó una voz que decía: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios»; que finalmente, tras estas palabras que hizo escribir, continuó dictando su Evangelio a san Prócoro, q uien tuv Évangile Cuarto evangelio, centrado en la divinidad del Verbo. o el honor de ser su secretario para una obra tan admirable. Doroteo de Tiro, Teofilacto y Nicéforo coinciden con Metafraste en el lugar de estas maravillas; pero san Ireneo, san Jerónimo, san Agustín, san Isidoro, san Gregorio de Tours y la mayoría de los otros autores, después de Eusebio de Cesarea, dicen que ocurrieron en Asia, y que fue allí donde san Juan compuso su Historia evangélica, a petición de los obispos de la región, debido a las herejías nacientes de Cerinto y Ebión, quienes decían que Jesucri sto no e Cérinthe Hereje contemporáneo de Juan que negaba la divinidad de Cristo. ra más que un puro hombre. Esto fue, pues, hacia el año 98, bajo el imperio de Nerva o de Trajano, y bajo el pontificado de san Clemente I.

En este libro s e dedica más a re saint Clément Ier Papa contemporáneo del final de la vida de Juan. latar los discursos de Nuestro Señor que a describir sus acciones, y se extiende más sobre los dos primeros años de su predicación, a los que los tres evangelistas que habían escrito antes que él solo habían aludido de paso, que sobre los siguientes. En él inculca principalmente la doctrina de la filiación divina y de su unidad con el Padre; y lo hace de una manera tan sublime que ha merecido de los más antiguos Padres de la Iglesia el nombre de Teólogo por excelencia y de Águila de los Evangelistas: como, en efecto, es representado en Ezequiel y en el Apocalipsis bajo el símbolo de un águila. Desde la primera página, da a entender suficientemente que había volado hasta el seno de la Divinidad para descubrir sus más profundos secretos. Habla allí de la generación eterna del Verbo, de su morada inmutable en Dios y de su consustancialidad perfecta con Dios, y por ello destruye las herejías de Sabelio, Arrio y Acacio. Explica allí la creación del mundo por este Verbo, y cómo todas las cosas, habiendo tenido la vida en él como en su principio, han recibido por él la vida en sí mismas. Anuncia allí el misterio de la Encarnación, diciendo que este Verbo coeterno y consustancial al Padre fue hecho carne: lo cual derriba los errores de Pablo de Samosata, Nestorio y Eutiques. Enseña allí el misterio de la justificación, asegurando que aquellos que lo han recibido han tenido el poder de ser hechos hijos de Dios por una generación que no es de la carne ni del hombre, sino totalmente divina. Finalmente, casi no hay verdad católica de la que no dé los principios y no siente los fundamentos.

Es cierto que san Pablo, elevado al tercer cielo, descubrió secretos que nos son impenetrables; pero estas revelaciones fueron solo para él, pues confiesa que en el momento en que le fueron comunicadas, se le prohibió publicarlas a otros. Pero nuestro divino Evangelista fue instruido en favor de todo el mundo, y estas luces sobrenaturales solo se pusieron en su espíritu para que las compartiera con la Iglesia universal. Los mismos ángeles, según san Juan Crisóstomo en su primera homilía sobre este Evangelio, aprendieron de él cosas que no sabían, conforme a lo que dice el Apóstol a los Efesios, capítulo III, que las diversas industrias de la sabiduría de Dios han sido conocidas por las principados y potestades en el cielo a través de la Iglesia que está en la tierra. Los filósofos paganos quedaron tan admirados por la profundidad y eminencia de estas primeras palabras: «En el principio era el Verbo, etc.», que algunos las insertaron enteras en sus libros como una doctrina superior a todas las demás. San Agustín dice incluso que un platónico quería que se escribieran en letras de oro en el lugar más eminente de las asambleas. Hay que ver a este santo doctor en sus *Confesiones*, lib. VII, cap. IX, y en el lib. X de la *Ciudad de Dios*, cap. XXIX. Finalmente, la Iglesia tiene una veneración tan grande por el Evangelio de san Juan que hace recitar su primer capítulo todos los días al final de la misa; y Maldonado relata, en su comentario, que en tiempos de la furia de los arrianos, los católicos lo llevaban siempre consigo para distinguirse de esos herejes, como ahora se lleva un rosario para distinguirse de los calvinistas, y para tener continuamente en la mano armas para combatirlos. Además del Apocalipsis y el Evangelio, nuestro Santo escribió tres Epístolas; la primera, a los fieles en común, aunque antiguamente llevaba por título "a los Partos", como ya hemos dicho; la segunda, a una dama llamada Electa, ilustre por su piedad y nobleza. La tercera a Cayo, quien era un cristiano muy caritativo y gran hospitalario. Una de sus principales miras en estas cartas, además del celo que muestra contra los herejes que negaban la divinidad de Jesucristo, como Cerinto y Ebion, o la verdad de su carne, como Basílides, es llevar a todos a la caridad hacia el prójimo, siendo esta virtud la marca más segura del amor que se tiene a Dios y de la profesión del cristianismo. Explica en ellas el precepto que llama antiguo y nuevo; declara sus ventajas, que son obtener fácilmente de Dios todo lo que se le pide y tener una feliz sociedad con él; marca sus cualidades, y dice que es sincera, verdadera y bienhechora; que no se contenta con palabras, sino que llega a los hechos. Esto es lo que hace principalmente en su primera Epístola. Muestra, en la segunda, cuánto se debe ser cuidadoso de huir de la conversación de los herejes; y lo prueba con su ejemplo, pues, aunque no debía temer que lo corrompieran, no dejaba de huirlos y de evitar su encuentro; se dice incluso que habiendo encontrado un día a Cerinto y Ebion en los baños públicos donde iba a lavarse, según la costumbre de aquel tiempo, se retiró al instante con sus discípulos, diciéndoles: «Salgamos de aquí, hijos míos, no sea que el edificio se desplome sobre nosotros a causa de tan mala compañía». No se sabe ni el lugar ni el tiempo en que fueron escritas estas cartas. Hay apariencia de que el Apóstol era ya muy viejo cuando las compuso, puesto que en la primera habla a los fieles como a sus hijos pequeños, *filioli*, y que en las otras dos se llama *senior*, el anciano.

Milagro 08 / 10

La conversión del capitán de los ladrones

Un relato célebre ilustra la caridad de Juan, quien persigue y convierte a un joven que se había convertido en jefe de bandidos.

La célebre conversión de un joven, que se había hecho capitán de ladrones, es lo que tenemos de más cierto sobre lo que hizo después de su regreso. Le había tomado afecto antes de su exilio y, queriendo hacer de él un buen siervo de Dios, lo había puesto bajo la guía de un obispo, a quien le había recomendado encarecidamente velar por él, darle una buena educación y sembrar en su corazón las semillas de todas las virtudes cristianas. Este prelado se aplicó a ello durante algún tiempo; pero, después de haberle dado las primeras nociones del cristianismo, haberlo bautizado, confirmado y dispuesto para el sacramento de la Eucaristía, lo descuidó de tal manera que, al no verse ya iluminado, frecuentó malas compañías y se volvió libertino con los libertinos. De ahí, para tener con qué satisfacer sus desenfrenos, se unió a unos ladrones y se hizo su capitán. El recuerdo de las santas instrucciones que había recibido y los remordimientos de su conciencia, al no estar aún del todo extinguidos, lo retuvieron al principio y le impidieron cometer los crímenes más graves; pero finalmente, sofocó este resto de buenos sentimientos y se abandonó a desórdenes tan extraños que era el más temible de todos los bandidos. El Apóstol, habiendo ido a ver al obispo a quien se lo había recomendado, se lo pidió de nuevo como un precioso depósito que le había confiado. «Ya no lo tengo», dijo el obispo muy confuso, lanzando un gran suspiro. «Ya no lo tengo, ha muerto». — «Ha muerto», replicó san Juan, «¿y de qué manera ha muerto?». — «Es para Dios que ha muerto», dijo el obispo, «puesto que prefirió unirse a unos bandidos para robar a los transeúntes en estas montañas, antes que permanecer en la Iglesia con recato y modestia». — «¡A qué guardián», le respondió el santo Apóstol, «le había confiado a mi hermano!... ¡Pero que me traigan un caballo, que me den un guía!». Luego, dejando la asamblea, partió al instante.

Cuando llegó a la montaña, se encontró con los centinelas de los bandidos, quienes se apoderaron de él. «Vengo aquí», les dijo, «para hablar con su jefe, y les suplico que me lleven ante él, porque tengo un asunto importante que comunicarle». Ellos tuvieron respeto por su vejez y por esa gravedad majestuosa que aparecía en su rostro, y lo llevaron ante aquel a quien buscaba. El capitán lo reconoció de inmediato y, no pudiendo sostener la mirada ni la presencia de un hombre tan santo, a quien veneraba como a su maestro, huyó al instante; pero el Santo corrió tras él, gritándole con todas sus fuerzas: «¿Por qué, hijo mío, huyes de tu padre? ¿Qué temes de un hombre desarmado? Ten consideración de mis cabellos blancos, ten piedad de la flor de tu juventud, no creas que ya no hay salvación para ti. Detente, hijo mío, te lo suplico, detente. Es Jesucristo mismo quien me ha enviado hacia ti». Ante estas palabras, el joven se detuvo; mantenía sus ojos en tierra. Luego arrojó sus armas y comenzó a temblar y a llorar amargamente. Juan se acercó a él; pero él, abrazando sus rodillas, no sabía más que rogarle con sus gemidos. Estaba bañado en sus lágrimas como en un segundo bautismo; pero aún mantenía su mano derecha oculta bajo su túnica. San Juan, de nuevo, lo anima, lo tranquiliza, le jura que obtendrá su perdón del Salvador; a su vez, le suplica, se pone de rodillas. Luego, tomando esa mano ya purificada, la besa tiernamente. El joven fue llevado de regreso a la asamblea de los santos. Juan rezaba con él. Ayunaba con él, haciendo juntos penitencia. Curaba su alma mediante la palabra, así como por un encanto soberano, y no lo dejó hasta que lo hubo resucitado y devuelto a la Iglesia».

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Últimos días, muerte y reliquias

Juan muere centenario en Éfeso bajo Trajano. El texto detalla sus reliquias conservadas en Roma, notablemente en San Juan de Letrán.

Rasgos semejantes no tenían análogo en la antigüedad profana. San Juan hizo ver con esta conducta que no solo había extraído los secretos del cielo del seno de su Maestro, cuando reposó en él, sino que había sacado el fuego de la caridad y de la misericordia hacia los pecadores. ¿Y cómo no habría de estar lleno de ella, él que lo había visto expirar en el árbol de la cruz por ellos? Así, san Jerónimo refiere que, habiéndose vuelto extremadamente viejo y no permitiéndole su debilidad hacer largos discursos a los fieles, cuando sus discípulos lo llevaban a la iglesia entre sus brazos, solo les decía estas palabras: *Filioli, diligite alterutrum*; «Hijitos míos, amaos los unos a los otros». Y como estos mismos discípulos, cansados de oír siempre lo mismo, le preguntaron finalmente por qué repetía tan a menudo esta lección, les dio, añade san Jerónimo, una respuesta digna de Juan, es decir, del discípulo a quien Jesús amaba: *Quia præceptum Domini est, et in solum fiat, sufficit*; «Lo hago porque es el precepto del Señor, y si se guarda bien, no hace falta nada más para salvarse».

Esto es todo lo que hemos podido encontrar de auténtico sobre san Juan en la Historia eclesiástica. Solo nos queda hablar de su bienaventurado fallecimiento. Ya hemos dicho que algunos autores han creído que no murió, sino que Nuestro Señor lo había reservado con Henoc y Elías para combatir al Anticristo al fin del mundo. Es la opinión de san Hipólito, obispo de Porto, en su Tratado sobre la consumación del mundo, pero no es sostenible; pues, además de que san Juan la rechaza él mismo en su Evangelio con estas palabras: *Et non dixit Jesus: non moritur*; «Y Jesús no dijo que este discípulo no debía morir»; además de que en su Apocalipsis, al hablar de los combates contra el Anticristo, solo hace mención de dos testigos que predicarán mil doscientos sesenta días, vestidos de saco, y que serán finalmente masacrados por la bestia, toda la antigüedad no ha dudado de su muerte, al igual que de la de los otros Apóstoles. El Menologio de los griegos la marca el 26 de septiembre. Polícrates, obispo de Éfeso, habla claramente de ella en su Epístola al papa Víctor; Tertuliano en su Tratado del alma; san Crisóstomo en la Homilía de los doce Apóstoles; san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín, san Isidoro, san Gregorio de Tours, Nicéforo Calixto, Metafraste y una infinidad de otros. El papa san Celestino I, en la Epístola a los Padres del Concilio de Éfeso, habla también de sus reliquias, que eran honradas en esta ciudad. Finalmente, el cardenal Baronio, Godeau, obispo de Vence, y todos nuestros más doctos historiadores la tienen por indudable.

No se sabe, sin embargo, de qué manera murió. Algunos han dicho que Trajano lo había hecho morir por la violencia de los tormentos; pero

cela no tiene ningún fundamento. La Iglesia cree que su muerte fue natural y que, después de haber bebido el cáliz del Señor al pie de la cruz y cuando fue arrojado en Roma en una caldera de aceite hirviendo, expiró pacíficamente en Éfeso el 27 de diciembre. No deja, sin embargo, de merecer el título y de poseer la corona que recibe Éphèse Ciudad principal del apostolado de Juan en Asia Menor. n los Mártires, habiendo sufrido mucho más que ellos al ver a Jesucristo en el Calvario. Fue mártir del martirio de Jesucristo mismo, y los instrumentos que desgarraron y atravesaron el cuerpo del Maestro desgarraron y atravesaron el corazón del discípulo. Hay también varias opiniones sobre los años que vivió. San Jerónimo dice que vivió sesenta y ocho años desde la Pasión de Nuestro Señor, de donde se sigue que murió el año 101 o 102, bajo el emperador Trajano; pero no es seguro qué edad tenía cuando fue llamado al apostolado. Baronio solo le da veintidós añ empereur Trajan Emperador romano mencionado por su rescripto a Plinio el Joven. os; otros le dan veintisiete o cerca de esa edad.

La iglesia de San Juan de Letrán posee, en una hermosa urna de plata dorada, las cadenas con las que san Juan fue atado cuando lo ll evaron de Éfeso a Ro Saint-Jean de Latran Una de las primeras basílicas construidas por Constantino. ma. En la capilla de San Francisco, se ve la copa o taza en la que san Juan bebió, por orden de Domiciano, un veneno mortal, pero que, por un permiso de Dios, no le hizo ningún daño. Bajo el altar mayor, en la Confesión, que era la prisión donde estuvo detenido, se expone también la túnica, encerrada en una caja de plata dorada, con la cual el Santo resucitó a los ministros del emperador, muertos súbitamente por haber probado ese mismo veneno del que él había bebido impunemente. Juan, diácono, en la Vida de san Gregorio el Grande, observa particularmente que, cuando se desplegaba en un tiempo de sequía, se obtenía lluvia, del mismo modo que traía el buen tiempo cuando las lluvias eran demasiado abundantes; finalmente, que las lámparas ante el altar donde se había puesto esta preciosa reliquia se encendían a veces por sí mismas y ardían sin que el aceite se consumiera. San Gregorio de Tours dice que nunca llovía en el lugar donde había dictado su Evangelio, aunque estuviera al descubierto.

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Simbolismo y representaciones

El apóstol es tradicionalmente representado con un águila o un cáliz que contiene una serpiente, símbolos de su elevada teología y de su supervivencia al veneno.

Todos los Padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos le dedican grandes elogios que pueden verse en sus obras y que provienen de las admirables luces y los favores extraordinarios que recibió del cielo. Bastará, para terminar esta vida, señalar que abarcó todas las distinciones de los santos, queremos decir que fue profeta, apóstol, evangelista, doctor, mártir y virgen. Pero, sobre todo, fue el Discípulo a quien Jesús amaba, el discípulo más querido de su Maestro, el discípulo mejor instruido por su Maestro, el discípulo más afectuoso hacia su Maestro: *Hic est discipulus ille*.

San Juan es representado acompañado de un águila. Historiador, si se puede hablar así, de la generación eterna del Verbo y de la acción divina del Hijo de Dios fuera de la Encarnación, ha sido comparado con el águila que fija su mirada en el sol sin parpadear; porque nunca el lenguaje humano había abordado tales alturas de doctrina, ni las había expresado en términos tan brillantes de luz. A veces se le coloca en la mano un cáliz del que sale una serpiente. Es probable que este atributo provenga de una leyenda poco cierta en la que se ve que el Apóstol habría sido condenado, en Éfeso, a beber veneno que, por lo demás, no le habría hecho daño alguno. Otros piensan que este cáliz representa el cáliz de la Eucaristía, del cual habló de manera tan admirable: la serpiente, que era para los antiguos el símbolo de la vida, significaría la vida eterna que se obtiene en el Santísimo Sacramento.

Este relato es del Padre Giry, revisado y completado. — Cf. la Historia del apóstol San Juan, por el abad Bannard, canónigo honorario de Orleans.

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Vocación por Jesucristo
  2. Reposo sobre el pecho de Jesús durante la Última Cena
  3. Presencia al pie de la Cruz y adopción por María
  4. Exilio en la isla de Patmos y redacción del Apocalipsis
  5. Supervivencia milagrosa a la caldera de aceite hirviendo en Roma
  6. Redacción del Evangelio en Éfeso para combatir las herejías

Milagros

  1. Supervivencia a la caldera de aceite hirviendo
  2. Inocuidad de un veneno mortal bebido por orden de Domiciano
  3. Resurrección de los ministros del emperador con su túnica
  4. Transformación de varas en oro (mencionado como apócrifo)
  5. Conversión de un jefe de ladrones mediante la persuasión

Citas

  • Filioli, diligite invicem (Hijitos míos, amaos los unos a los otros). Tradición recogida por San Jerónimo
  • In principio erat Verbum (En el principio era el Verbo). Evangelio según San Juan

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto