Ermitaño originario de Cesarea, Martiniano consagró su vida a la lucha contra las tentaciones demoníacas. Tras resistir a una cortesana arrojándose al fuego, se exilió en una roca marina antes de terminar sus días como peregrino en Atenas. Su leyenda está marcada por el milagro de los delfines que lo llevaron hasta la orilla.
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SAN MARTINIANO, ERMITAÑO
Juventud y primer retiro
Originario de Cesarea, Martiniano abraza la vida monástica a los dieciocho años y se distingue por sus milagros y su resistencia a los primeros ataques demoníacos.
Veremos en esta historia, más que en ninguna otra, la verdad de aquellas palabras de Job: «¿Acaso no es una milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero?»; pues, cuanto más precauciones tomaba Martiniano para evitar las tentaciones, más lo buscaban estas para atormentarlo. Era originario de la ciudad de Cesarea, en Pales Césarée, en Palestine Sede episcopal de Teodoreto. tina; y no bien hubo probado los placeres del mundo cuando, reconociendo su vanidad y su poca duración, quiso privarse de ellos; a la edad de dieciocho años, dejó los embrollos de la ciudad y se retiró a una soledad cercana a Cesarea, para abrazar la vida monástica y religiosa.
En este retiro, se dedicó de tal manera a todo tipo de ejercicios espirituales que pronto se reconoció que era particularmente elegido por Dios; por ello, realizaba varias acciones milagrosas que marcaban su santidad. Expulsaba a los espíritus de los cuerpos de los poseídos, curaba a un gran número de enfermos y realizaba otras acciones semejantes, que atraían a todos hacia él para obtener algún favor del cielo mediante sus oraciones. El demonio, viendo el progreso que Martiniano hacía en la virtud, sintió celos y quiso perturbarlo con terrores pánicos y con visiones y apariciones espantosas; habiendo tomado un día la forma de un dragón, arañaba los cimientos de su pequeña celda para hacerla caer sobre él; pero el santo ermitaño, sin abandonar por ello su oración, dijo a su enemigo, al que veía revestido de esa figura terrible: «Trabajarás en vano, desgraciado; ¿piensas que podrás asustarme mientras tenga a mi Señor Jesucristo a mi lado?». Entonces el demonio huyó como un torbellino, gritando: «Espera, espera un poco, Martiniano; te derribaré y te humillaré: te expulsaré vergonzosamente de tu celda; ya encontraré el medio, por mucha confianza que tengas en aquel a quien invocas». Martiniano no abandonó por ello el campo de batalla, sino que resistió veinticinco años en su soledad, viviendo con la pureza de un ángel. El demonio ideó este artificio para seducirlo: como, en una ocasión, algunas personas de la ciudad de Cesarea hablaban con mucha admiración de la santidad de su vida, una cortesana llamada Zoe se acercó a ellos y les dijo que Martiniano era un salvaje qu e s Zoé Cortesana convertida por Martiniano que terminó sus días como penitente. e había retirado a esa soledad para vivir como una bestia entre las bestias; que no había que asombrarse de que fuera casto en la soledad, pero que, si ella le hubiera hablado y hubiera empleado sus encantos para ganarlo, y él le hubiera resistido, entonces podrían creerlo digno de las alabanzas que le daban. Esta malvada mujer hizo un pacto con ellos y prometió ir a atacar a Martiniano con la condición de que, si no lograba su propósito y no le hacía renunciar a toda su supuesta santidad, quería ser objeto de burla de toda la ciudad; pero que, si tenía éxito en su designio, les correspondería a ellos pagarle por su esfuerzo.
La prueba de la cortesana
La cortesana Zoe intenta seducir al ermitaño mediante engaños; para resistir la tentación, Martiniano se arroja a las llamas, provocando el asombro y la conversión de la mujer.
Habiendo llegado a un acuerdo, ella fue a su morada, se despojó de sus hermosos vestidos, los dobló en un paquete y, vistiéndose con harapos pobres y un cinturón de cuerda, tomó un bastón en la mano y el paquete bajo el brazo. Con este atuendo, partió de la ciudad bajo una fuerte lluvia para llegar al caer la noche cerca de la celda de Martiniano. Al llegar, comenzó a gritar con voz lastimera: «¡Tened piedad de mí, siervo de Dios! Soy una pobre mujer que se ha extraviado por estos caminos; no sé a dónde ir ni dónde refugiarme para no ser devorada por las bestias. Padre santo, tened compasión de esta criatura de Dios, aunque sea una miserable pecadora». Martiniano se sintió conmovido por estos tristes gritos y, entreabriendo la puerta de su celda, vio a esta extranjera tan empapada por la lluvia que le dio lástima; y aunque sospechaba que era un cebo de su enemigo para hacerle perder la gracia de Dios, no obstante, por compasión y temiendo que si ella era devorada él fuera responsable, se arrojó en brazos de la divina Providencia, le abrió la puerta, le hizo un buen fuego, le dio dátiles para su cena y, finalmente, le advirtió que se marchara al día siguiente muy temprano. Por su parte, se retiró a otra celda que estaba más adentro en su ermita y pasó la noche rezando y cantando salmos, a pesar de los artificios del espíritu de impureza, que hizo lo posible por distraerlo, proponiéndole mil ideas necias sobre esta nueva huésped. Al llegar la mañana, el santo ermitaño, al salir de su celda para despedir a su huésped, quedó muy asombrado al encontrar a una persona admirablemente ataviada en lugar de la mendiga que pensaba haber alojado, pues Zoe se había puesto durante la noche los vestidos preciosos que había traído en su paquete. Pensó al principio que era un fantasma y le preguntó quién era, qué buscaba y cómo había entrado. Pero cuando reconoció que era aquella pobre mujer que había recibido la noche anterior, su sorpresa aumentó; y, comenzando a observarla, le preguntó de dónde le venía ese cambio de ropa. Entonces ella comenzó a tentarlo de una manera tan seductora que venció a aquel corazón invencible y arrancó de su voluntad un consentimiento interior al pecado. Sin duda habría caído en él si la misericordia divina no hubiera impedido el efecto exterior; pero Martiniano salió de su celda para ver si alguien venía a buscarlo, como se acostumbraba hacer, y, mientras miraba a todos lados por miedo a escandalizar a quienes pudieran encontrarlo con esta mujer, Dios abrió los ojos de su alma mediante un rayo de su gracia y le descubrió la torpeza de la acción que iba a cometer y el precipicio al que iba a caer. Inmediatamente, reconociendo el peligro extremo en el que se encontraba y considerando que no era tanto una mujer como un espíritu del infierno el que lo tentaba con sus artificios para triunfar sobre su castidad y despojarlo de todos los méritos de su vida pasada, regresó a su celda, encendió un gran fuego y se revolcó en las llamas hasta que hubo quemado una parte de su cuerpo; luego, levantándose al cabo de un tiempo, se decía a sí mismo: «¿Qué te parece, Martiniano? ¿No te ha parecido este fuego muy agradable por el poco tiempo que has permanecido en él? Si piensas que puedes soportar el del infierno, acepta las propuestas de esta mujer, pues ese es el camino para ir allí». Se arrojó por segunda vez al fuego para quemarse más, rogando a la misericordia del Padre celestial que le perdonara ese consentimiento y no permitiera que perdiera por un pecado tantos sufrimientos que había soportado a su servicio desde su infancia, puesto que estaba dispuesto a morir en ese fuego por su amor antes que ofenderlo.
Penitencia de Zoe y nuevo exilio
Zoe parte a hacer penitencia a Belén bajo la dirección de Paulina, mientras que Martiniano, buscando una soledad absoluta, se retira a una roca aislada en el mar.
Esta miserable mujer estaba presente en este espectáculo y, considerando que ella era la causa del tormento de Martiniano, se despojó de sus vestidos mundanos y los arrojó al fuego, y habiendo retomado los de peregrina y penitente, le dijo a Martiniano, entre lágrimas y mil suspiros, que ya no quería regresar a la ciudad, sino que deseaba terminar sus días en una perpetua penitencia, en el lugar que él quisiera indicarle; que el demonio la había, es cierto, incitado a perderlo, pero que Dios quería emplearlo para levantarla y salvarla. Así, por consejo del santo ermitaño, se fue a Belén, donde fue recibida en un monasterio po r una vi Bethléem Lugar de nacimiento y unción de David. rgen llamada Paulina, y vivió allí doce años con tal austerid ad y sa Pauline Hija de Artemio, curada de una posesión demoníaca. ntidad de vida que Dios hizo, por su medio, varios prodigios; después de lo cual la llamó a sí para coronarla con su gloria.
Martiniano permaneció tan quemado y lisiado que no sanó en mucho tiempo; y, reflexionando luego sobre el medio del que su enemigo se había servido para perderlo, resolvió en su interior buscar una soledad tan apartada que ninguna mujer pudiera ir a encontrarlo allí. Habiendo hecho pues su oración, imploró la asistencia del cielo y se abandonó a la guía del Todopoderoso; luego, haciendo la señal de la cruz, partió de su celda y se fue hacia el lado del mar. El demonio, lleno de gloria al verlo abandonar el campo de batalla, comenzó a silbarle, gritándole: «Huye, Martiniano, pues te perseguiré a donde quiera que vayas, y te expulsaré de allí tan bien como de aquí; nunca te dejaré hasta que te haya vencido y derribado por completo». El Santo le respondió: «¡Tú, miserable! sabe que no salgo de mi celda por hastío ni por disgusto, sino solo con el deseo de pisotearte; y no debes vanagloriarte del resultado del combate, puesto que te he arrebatado las armas que habías empleado para dañarme, y que la mujer que habías empujado a perderme será tu confusión». El demonio, al oírlo hablar de tal modo, no se atrevió a decirle nada más ni a perseguirlo; y Martiniano, cantando salmos e himnos a la gloria de su Señor, llegó a la orilla del mar. Le preguntó a un marinero temeroso de Dios dónde podría encontrar un lugar adecuado para su propósito y donde no fuera molestado por nadie. El marinero le dijo que había muy adentro en el mar una isla desierta donde había una roca inhabitable que espantaba a todos los que se acercaban. Martiniano le rogó que lo llevara a ese lugar, que era el que buscaba, y le hizo prometer que le traería de vez en cuando ramas de palma, pan y agua para vivir, asegurándole además que rezaría a Dios por él y le daría como recompensa todas las cestas que hiciera. Fue llevado pues a esa roca, donde era visitado tres veces al año por el marinero y recibía de él todo lo necesario para su subsistencia. No es fácil expresar su alegría cuando se vio sobre la roca, en medio del mar, donde las mujeres, cuyas aproximaciones temía más que a todos los espíritus del infierno, no tenían forma de ir a buscarlo.
El naufragio y el encuentro con Fotina
Una joven náufraga llamada Fotina llega a la roca. Martiniano la salva pero, temiendo por su castidad, huye a nado, transportado por delfines.
Pero, para mostrar que no hay retiro seguro en este mundo, aquel que le había hecho la guerra en su celda y le había forzado a dejarla, se atrevió a atacarlo en este fuerte que juzgaba inabordable. A veces incluso, turbaba tanto el mar que la roca no parecía más que un profundo valle en el cual Martiniano iba a ser engullido; sin embargo, este Santo permanecía tranquilo y, burlándose de él, lo obligaba a huir con vergüenza. Ya había pasado seis años en esta soledad, que creía inaccesible; reconoció finalmente que no hay lugar donde la ocasión de ofender a Dios no se pueda presentar, ya sea en la tierra, en las aguas o en el fuego: pues un navío que navegaba por este mar vino a romperse contra la roca, todos los que estaban dentro fueron sumergidos, excepto una joven que, salvándose gracias a una tabla, vino a aferrarse a la roca. Ella divisó desde allí al Santo y le gritó: «Ayúdeme, siervo de Dios, deme la mano y retíreme de este abismo, o estoy perdida». Martiniano quedó muy asombrado ante este espectáculo; y, reconociendo que era una nueva invención de su enemigo, se armó de oración; y porque estaba obligado a socorrer a una persona en peligro de ahogarse, la sacó del agua, luego le dijo: «Hija mía, no podemos permanecer juntos aquí; quédese aquí y coma mis provisiones de pan y agua, hasta que el marinero que viene a visitarme haya regresado, lo cual debe hacer en dos meses: usted le hará el relato de su naufragio y él la conducirá a la ciudad».
Luego la exhortó a practicar la virtud y a vivir en el temor de Nuestro Señor; y, habiendo hecho la señal de la cruz sobre el mar, dijo a Dios, con los ojos elevados hacia el cielo: «¡Me arrojo al mar, oh mi Dios! con la confianza que tengo en usted; prefiero ser sumergido que estar en peligro de perder la castidad»; y se puso a nadar para salvarse. Pero la Providencia, que nunca falta cuando se trata de proteger a sus elegidos, envió dos delfines que lo llevaron sobre sus espaldas hasta la orilla, donde el Santo dio gracias a su Libertador y le pidió que le inspirara lo que debía hacer. Poniéndose entonces ante los ojos cómo era importunado por el demonio en la tierra y en el mar, en los desiertos y en las rocas, resolvió no detenerse más en ningún lugar, sino viajar por el mundo como un peregrino mendigando su pan; lo hizo durante el espacio de dos años que vivió aún, pasando la noche en el lugar donde se encontraba y recibiendo en los pueblos la limosna que le era dada por caridad.
Últimos años y muerte en Atenas
Tras dos años de errancia como peregrino, Martiniano muere en Atenas en 830, reconocido por el obispo local tras una revelación divina.
Cuando llegó a Atenas, plugo a Athènes Lugar de origen de un estudiante que criticó la elocuencia de Alejandro. Dios recompensar los trabajos, los combates y las victorias de su siervo; por ello reveló al obispo que Martiniano estaba en la ciudad y le descubrió al mismo tiempo el mérito de este santo personaje. El obispo fue a encontrarlo en la iglesia, donde yacía sobre un banco; Martiniano le pidió su bendición y le suplicó que rezara a Dios por él; el obispo lo hizo, le administró los sacramentos y le pidió también que no lo olvidara cuando estuviera ante Dios. Luego, habiendo dicho Martiniano: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu», y habiendo hecho la señal de la cruz, entregó su espíritu con un rostro alegre y satisfecho, en presencia del obispo, el 13 de febrero de 830.
Posteridad y análisis histórico
El texto relata el santo fin de Fotina en la roca y discute las fuentes hagiográficas, en particular el testimonio de Simeón Metafraste.
La joven que permaneció en la roca, aprovechando el ejemplo de Martiniano, vivió del pan y el agua que él le había dejado; y, al cabo de dos meses, habiendo venido el barquero, ella le contó lo que había sucedido y le rogó que le trajera un hábito de hombre con pan, agua y lana, y que le trajera a su esposa para que le enseñara a trabajar: habiendo obtenido lo que pedía, vivió seis años en la roca, vestida de hombre. Tenía veinticinco años cuando naufragó allí, y murió santamente en el trigésimo primer año de su edad: se llamaba Fotina. Dos meses después, el barquero volvió como de costumbre para traerle sus provisiones, y, al encontrarla muerta, llevó su cuerpo a la ciudad de Cesarea; habiendo informado al obispo qui én era ella, el ville de Césarée Sede episcopal de Teodoreto. estado de su vida y la manera en que había muerto, este prelado la hizo enterrar con pompa y ceremonia, como era conveniente para una fiel sierva de Dios.
Tal es la vida de san Martiniano, ermitaño, tan perseguido y tan a menudo combatido por el enemigo común de los hombres, vencido y victorioso, y que ha triunfado gloriosamente de la carne, del mundo y del infierno. Era honrado en todo Oriente, pero especialmente en Constantinopla en una iglesia cercana a Santa Sofía.
Los delfines que transportaron a nuestro Santo sobre sus espaldas desde el escollo hasta la orilla; el diablo tentador bajo la forma de un dragón; la cortesana bajo uno u otro de sus vestidos; el hogar ardiente sobre el cual se acostó para disipar la embriaguez de un pasajero placer, son los atributos que entran en las representaciones que se han dado de san Martiniano. — Martín de Vos pintó a Fotina salvándose a nado y llegando a la roca sobre l Photine Joven náufraga que sucede a Martiniano en su vida de ermitaña en la roca. a cual el ermitaño hace cestas de mimbre.
Su historia está extraída de Simeón Metafraste, quien asegura haber conoci do al mismo san Ma Siméon Métaphraste Hagiógrafo bizantino, autor de las Actas de los santos. rtiniano; Surtus la ha relatado en su segundo tomo. Rollandos cree que vivió en el siglo IV, y no en el IX, y que Fausta o Paulina, quien recibió en su monasterio a Zoe, esa mujer impúdica que lo tentó, y a quien él convirtió, es la gran santa Paula, romana, discípula de san Jerónimo. Pero, como Simeón Metafraste, que era del siglo IX, asegura que la vio, y que llama a esta Paula o Paulina, virgen, lo que no se puede decir al menos en el sentido ordinario de santa Paula, romana, hay motivo para dudar de la veracidad de la observación de este autor.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Retiro en soledad a los 18 años cerca de Cesarea
- Resistencia a la tentación de la cortesana Zoe mediante la prueba del fuego
- Conversión de Zoé
- Retiro en una roca en el mar durante seis años
- Rescate de Fotina tras un naufragio
- Cruce del mar sobre el lomo de dos delfines
- Vida de peregrino mendicante durante dos años
- Muerte en Atenas
Milagros
- Expulsión de demonios y curación de enfermos
- Transporte sobre el lomo de dos delfines para cruzar el mar
- Resistencia a las llamas de una hoguera
Citas
-
¿Qué te parece, Martiniano; no te ha parecido este fuego muy agradable por el poco tiempo que has permanecido en él?
Texto fuente -
Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu
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