Señor de Lambesc que renunció a su fortuna, Heldrad se convirtió en abad de Novalesa en el siglo IX. Dedicó su vida a la hospitalidad heroica de los viajeros que cruzaban el Mont Cenis y fundó varios hospicios alpinos. Reconocido por sus milagros y su caridad, murió casi centenario dejando un legado espiritual y material importante en los Alpes cocios.
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SAN HÉLDRAD, ABAD DE NOVALESA, EN PIAMONTE
Orígenes y juventud en Lambesc
Heldrad nace en Lambesc en una familia noble y piadosa a finales del siglo VIII, recibiendo una educación esmerada antes de perder a sus padres.
Hacia finales del siglo VIII, la ciudad de Lambesc (Bocas del Ródano), entonces capital de un valle importante, estaba gobernada por un Leudo, fiel a su príncipe y a Dios. Aquel que comprendía tan bien sus deberes, recibió del cielo, como recompensa, una esposa perfecta, que lo hizo padre de un hijo dotado de la mejor naturaleza.
Este hijo l Heldrad Abad de la Novalesa en el siglo IX, originario de Provenza. lamado Heldrad nunca dejó de ser la edificación de sus contemporáneos, primero como seglar y más tarde como monje; tanto habían tenido cuidado sus padres de desarrollar en él, desde su más tierna edad, los mejores sentimientos, sobre todo desde el punto de vista religioso.
Se ignora a qué escuela célebre fue enviado Heldrad para realizar sus estudios, y el nombre de los profesores que lo iniciaron en las bellas letras es igualmente desconocido hoy en día; pero se sabe que apenas había hecho su entrada en el mundo, cuando tuvo la desgracia de perder a su padre y a su madre. Los lloró amargamente, y solo con gran pesar recogió su herencia.
Primeras fundaciones y vida ascética
Heredero de vastos dominios, renuncia al lujo para consagrarse a los pobres, construyendo una iglesia dedicada a San Pedro y un hospicio (xenodochium) para los viajeros.
De ahora en adelante le incumbía a Heldrad administrar dominios considerables, y también asegurar el bienestar de poblaciones numerosas, pues el monarca lo había mantenido, en Lambesc, en todos los honores paternos.
Digamos pronto que las riquezas, al igual que las distinciones sociales, nunca fueron capaces de impedirle reconocer la nada y la vanidad de las cosas más buscadas aquí abajo: usaba así de todo como si no usara de nada. Pronto se le vio, por abnegación y humildad, suprimir todo lujo de sus vestidos y de sus muebles, así como de sus equipos de caza o de guerra. Si conservó caballos, dejó de hacerlos enjaezar ricamente. Reformas similares tuvieron además la ventaja de aumentar los recursos de Heldrad para las buenas obras en las que más se complacía.
Con el fin de llevar socorro y consuelo a los pobres y a los afligidos, así como con el objetivo de instruir a los habitantes en sus deberes religiosos, recorría voluntariamente las comarcas que dependían de Lambesc, e incluso los países vecinos.
Sin embargo, la localidad que más fijaba la solicitud de Heldrad no estaba alejada de su ciudad natal.
En un barrio bastante cercano, al que se llega orientándose hacia el levante, existían varios cruces de las antiguas vías de comunicación de los salios. Los marselleses habían aprovechado para establecer allí un mercado, y, si es necesario incluso, una especie de aduana o un peaje; el caso es que, en tiempos de Heldrad, se encontraba casi sin cesar, en ese lugar, un hacinamiento de viajeros poco inclinados al bien, en su mayoría, y sobre todo abundancia de mercaderes que no habían renunciado aún a las prácticas del paganismo, con la esperanza de engañar más fácilmente a los compradores sobre el origen y la calidad de los objetos importados.
Para acudir en ayuda de tantas almas dignas de piedad, y hacerlo de una manera constante, Heldrad hizo construir, a la entrada de dicho mercado, una vasta y hermosa iglesia que dedicó al Príncipe de los Apóstoles. Esta iglesia fue enriquecida por él con todos los objetos necesarios para el ejercicio del culto, y tuvo cuidado sobre todo de hacerla proveer de ministros de los altares, cuya existencia aseguró de una manera conveniente.
Finalmente, a título de complemento de su obra de moralización hacia los extranjeros amontonados a las puertas de Lambesc, Heldrad estableció, sin tardar, junto a la iglesia de San Pedro, un gran Xenodochium o establecimiento caritativo, que dotó ampliamente, de tal manera que los huéspedes, ya fueran ricos o pobres, sanos o enfermos, fueran bien tratados allí sin pagar nada.
Quiso incluso, con la ayuda de sombras y jardines, plantados de árboles frutales, tener la oportunidad de prolongar, para los convalecientes y los viajeros, los cuidados de la caridad y aún más las lecciones de la piedad.
No faltaban, como se ve, a Heldrad, a pocos pasos de su palacio, pobres de cuerpo o de espíritu a quienes cuidar. Y la misión que se había dado a este respecto habría bastado para un alma menos ardiente que la suya; mientras que, para él, el deseo de acudir en ayuda del prójimo, al mismo tiempo que cumplía su salvación personal, seguía siendo aún incompleto.
Heldrad aspiraba a una acción inmensa de la caridad, a algo sobrenatural en este género, y en su pensamiento, asoció esto a la inmolación más entera de su persona, no encontrando, al parecer, su cuerpo aún lo suficientemente sometido a una obediencia pasiva.
Renuncia y errancia
Distribuye sus bienes restantes y abandona la Provenza para buscar un monasterio ideal, viajando a través de Francia, España e Italia.
Para seguir con mayor libertad sus proyectos de futuro, toma entonces la determinación de despojarse de la fortuna que pueda quedarle y de abandonar para siempre Lambesc y su valle.
El interés que siente por las fundaciones piadosas que acaba de realizar, el apego de las poblaciones, los recuerdos familiares y la belleza de los campos que le pertenecen, no son capaces de inspirarle remordimientos que no pueda superar.
Se deshace, pues, de todos sus bienes y distribuye su valor entre los pobres de Lambesc, tras haber reservado, para el corepíscopo de la región, sumas considerables que destina al mantenimiento de todas las casas religiosas y caritativas establecidas, así como a la fundación de muchas otras, ya sea en el valle o fuera de él.
Heldrad, ahora, ya no teme para sí mismo la sentencia pronunciada contra los ricos por el soberano Juez; helo aquí convertido en pobre voluntario. Muy pronto, a sus vestiduras ya de por sí humildes, sustituye el traje sencillo de los habitantes del campo. Guarda, en un zurrón de tela basta, alimentos para dos o tres días a lo sumo, y cargándolo todo sobre el hombro, donde brilló en su tiempo el tahalí militar, se pone en marcha como el viajero más desdichado.
Iba casi al azar, de un santuario célebre a otro, arrodillándose y rezando; pero, ante todo, buscando un santuario o establecimiento religioso de una regularidad perfecta, en el cual pudiera consagrarse a Dios como monje y tener que cumplir actos de caridad mucho mayores que aquellos que la Providencia le había confiado hasta entonces.
Sin haber encontrado nada, según sus miras, en toda la Francia occidental, incluso después de haber cruzado los Pirineos y pasado a la Marca Hispánica, comprendida, en aquella época, en el imperio carolingio, se vio en el caso de retomar el camino de Lambesc.
Heldrad vuelve a ver, sin demasiada emoción, sus queridos establecimientos de Saint-Pierre y, tras pocos días de descanso, reanuda sus viajes de investigación de un lugar de retiro, tal como su alma lo pide.
Esta vez, atravesando la Provenza de poniente a levante, se dirige hacia la Italia de los francos y la explora con atención. Aun allí, incluso en Roma, no más que en la Provenza, su patria, que abundaba en monasterios modelo, Heldrad no encontró para sí el puerto de salvación tal como lo deseaba, y se disponía a llevar sus búsquedas a la Francia oriental, tras haber cruzado los Alpes cocios, cuando escuchó de boca de algunos peregrinos el elogio de la Novalesa.
La llegada a la abadía de la Novalesa
En 814, se une a la abadía de la Novalesa al pie del monte Cenis, donde el abad Amblulfo lo reconoce por inspiración divina y lo admite como monje.
Este elogio, que consistía en representar a esta antigua abadía como un hogar de caridad y de perfección cristiana, tal como existían pocos, era merecido, dado que los monjes de la Novalesa, no limitándose a ejercer la hospitalidad día y noche en su monasterio al pie de los Alpes, del lado del Piamonte, se habían encargado del penoso servicio de la Limosnería establecida en la cima del paso d el monte C mont Cenis Paso alpino donde los monjes de la Novalesa mantenían un hospicio. enis, y lo cumplían con gran esmero.
Durante la larga estación de las nieves, los monjes de la Novalesa iban a uno y otro lado del monte Cenis a buscar a los viajeros y, tras recogerlos en el hospicio de la montaña, atendían ampliamente sus necesidades antes de dejarlos retomar su camino.
La estación cálida que seguía, por otra parte tan breve en los Alpes, apenas bastaba a los monjes de la Novalesa para reunir, en lo alto del monte Cenis, la leña y las demás provisiones necesarias para asistir a los desafortunados viajeros. Se llegaba al final de este penoso abastecimiento para el invierno del año 814, cuando Heldrad, que tenía precisamente el paso del monte Cenis en su itinerario, llegó, a la entrada misma de dicho paso, al monasterio de la Novalesa. Encontró en el vestíbulo de la casa de los extranjeros al abad Amblulfo, provenzal de orig Amblulfe Abad de Novalesa que acogió a Heldrad. en, quien ese día cumplía las funciones de maestro de huéspedes; pero quien nunca habría reconocido al señor de Lambesc, su compatriota, bajo la librea de la pobreza, sin una inspiración del Espíritu Santo. Heldrad corría, pues, el riesgo de recibir el beso de paz ordinario y luego ser conducido al altar para orar, antes de pasar al refectorio; se habría provisto sobre todo a sus necesidades materiales, como se practicaba con los viajeros comunes. En lugar de ello, gracias a la luz venida del cielo, Amblulfo ve ya todo el provecho que la Novalesa puede obtener de la llegada de Heldrad. Corre hacia él, lo abraza afectuosamente y, terminada la adoración, lo invita a quedarse, prometiéndole visitarlo a menudo en interés de su alma.
Heldrad, en sus relaciones con el abad de la Novalesa, se vio obligado a admitir que no era un hombre de poca monta, cargado de miserias, del que solo hubiera que tener piedad. Amblulfo lo llevó incluso a convenir que había hecho el sacrificio de sus bienes para poder entregarse más plenamente a Dios. Y más tarde, lo escuchó declararle que todo lo que veía en la Novalesa le probaba que finalmente había encontrado el refugio contra las tempestades del mundo que buscaba, y todas las condiciones para servir a Dios y al prójimo, como deseaba desde hacía mucho tiempo.
Sea como fuere, el abad Amblulfo creyó necesario poner a prueba la determinación de Heldrad antes de admitirlo como novicio, y se le vio durante ese tiempo con hábito de laico cultivar las viñas de la abadía, situadas al fondo del valle de la Novalesa. Cuando Amblulfo se sintió bien edificado respecto a los deseos de Heldrad, y perfectamente seguro de que el señor de Lambesc se creía realmente llegado al término de sus viajes de búsqueda, le dio finalmente el hábito religioso.
Vida de oración, estudio y servicio
Heldrad se distingue por su celo en el trabajo manual, su estudio de las reglas de san Benito y san Basilio, y su servicio a los viajeros en el monte Cenis.
Heldrad, al participar en la vida regular en calidad de profeso, no tuvo menos ardor por las obras manuales que a su llegada a Novalesa; pero se cuenta que, en los intervalos de estas, para llegar a conocer bien sus nuevos deberes, estaba a la búsqueda de todas las enseñanzas que nos vienen de los fundadores de la vida monástica.
Si bien pone en primer lugar de sus lecturas y meditaciones a san Benito y la regla dejada por él, se detiene voluntariamente en san Columbano y sus prescripciones cenobíticas, así como en los escritos de san Basilio.
Heldrad no solo se hacía notar por su celo por los estudios religiosos, se admiraba su prontitud para socorrer a los desdichados y, sobre todo, su obediencia perfecta, su dulzura angelical; tanto que Amblulfo no tardó en hacerlo ordenar sacerdote y en dejarle pronunciar votos absolutos en calidad de monje de coro.
El sacrificio de sí mismo, que tanto había deseado, va a comenzar: helo aquí soldado de Cristo, en un monasterio que tiene por patronos a dos apóstoles muertos en la cruz: Pedro y Andrés. Puede descontar con menos temor que nunca sus esperanzas de salvación, pues está definitivamente admitido en un seminario de Santos.
Se le envía, a su vez, al monte Cenis para cuidar a los viajeros o prestarles asistencia en medio de las nieves, y este empleo particular de sus aptitudes y fuerzas nunca le parece lo suficientemente ordenado.
En otros momentos, Amblulfo le confía un cierto número de jóvenes religiosos para instruirlos y familiarizarlos con los ejercicios de la piedad y la caridad.
Heldrad, rodeado de sus alumnos, constituía una especie de pequeño monasterio aparte. En efecto, como medio de regular la enseñanza, y también como modo más fácil para mantener el orden en medio de quinientos religiosos, las celdas formaban, en aquel tiempo, diversos grupos alrededor de las numerosas capillas diseminadas en la clausura de Novalesa.
Al mismo tiempo que cuidaba los estudios de los demás, Heldrad no descuidaba añadir a su propio saber, pues nadie, más que él, amaba unir la ciencia a la caridad. Por otra parte, era fácil instruirse en Novalesa, donde existía una biblioteca provista de grandes tesoros, ya fueran religiosos o puramente literarios, una biblioteca que se enriquecía cada día con la ayuda de las copias hechas por los monjes de la abadía y de los intercambios que podían realizarse así en el exterior.
Es quizás a la época actual de la vida de Heldrad a la que hay que remontar su correspondencia con el diácono Floro de la iglesia de Lyon. Las cartas intercambiadas recíprocamente, conservadas durante mucho tiempo por los monjes de Novalesa, están perdidas actualmente; pero, según las otras correspondencias de Floro que han llegado hasta nosotros, se puede suponer que estas cartas trataban a fondo los asuntos de la Iglesia, así como los del Estado, en un estilo que, de un lado como del otro, no carecía de encanto, pues el diácono de Lyon sabía elegir a sus interlocutores.
Los monjes no debían ser ajenos a los grandes intereses del mundo, puesto que los soberanos no encontraban donde acudir con tanta seguridad como en los conventos para hallar a los hombres instruidos y capaces que necesitaban para su consejo o para cumplir las difíciles funciones de missi dominici. Heldrad, al igual que otros religiosos instruidos de su tiempo, no fue olvidado en el fondo de su claustro; si nos remitimos a la carta n.º 55 del cartulario de Saint-Vincent de Mâcon, se habría encontrado en Cluny en el año 825 siguiendo a Luis el Piadoso para ayudar a la resolución de asuntos importantes.
Sin embargo, era bien contr Louis le Pieux Hijo de Carlomagno, cuya ascensión al trono fue predicha por Alcuino. a su voluntad que Heldrad podía ser así arrancado de las dulzuras de su soledad, de esa contemplación que él apreciaba en la misma Novalesa, en esa gruta que aún nos muestran y ante la cual se despliegan en resumen todas las maravillas de la creación, sobre todo en verano, cuando se pueden ver y oír las numerosas cascadas de los cursos de agua que han reanudado su marcha en el valle.
El abadiato y la expansión de la obra
Elegido abad en 844 tras Hugo, refuerza la disciplina, desarrolla el hospicio del monte Cenis y obtiene protecciones imperiales de Lotario.
Heldrad se elevaba voluntariamente hacia Dios admirando sus obras, y esperaba poder seguir haciéndolo con cierta libertad, cuando fue llamado gradualmente a una vida de las más activas y absorbentes.
El abad Amblulfo había muerto, y se había creído necesario elegir en su lugar, hacia el año 83 7, a H Hugues Hermano de Odilia que intercedió por su regreso. ugo, hermano de Luis el Piadoso: era un acto de complacencia hacia el monarca que gustaba de saber a Novalesa en buenas manos, dado que este monasterio, debido a su importancia, estaba obligado, además de a las oraciones por la salvación del Estado, al servicio militar más real.
Desafortunadamente Hugo, que tenía otras abadías que vigilar, se ausentaba a menudo de Novalesa, y los servicios más importantes habrían sufrido, si Heldrad no hubiera tenido la bondad de atenderlos sin cesar.
La oportunidad para Heldrad de darse a conocer, como administrador de todo el monasterio, fue tal, durante todo el tiempo que Hugo disfrutó de la calidad de abad de Novalesa, que al fallecimiento de este, ocurrido en 844, fue llamado por unanimidad de votos a sucederle.
Heldrad, que nunca había pensado en los honores de la prelatura, reclamó contra la elección de la que acababa de ser objeto. Observando que había en el monasterio religiosos más dignos, rezaba, suplicaba que se desviara de él una carga demasiado pesada para un anciano.
Los monjes de Novalesa, por el contrario, persistieron en su decisión; lograron finalmente triunfar sobre la resistencia de Heldrad, mostrándole el peligro de contrariar los designios del Altísimo sobre el monasterio y sobre sí mismo. Heldrad, desde su entrada en funciones, imprimió a todo un redoblamiento de vida. El *Laus perennis*, o canto incesante de las alabanzas de Dios, marchaba a la par con obras caritativas de todos los instantes. Más que nunca, los pobres viajeros fueron afectuosamente cuidados en este hospicio del monte Cenis, donde todo se cumplía entonces bajo la bella invocación de Jesucristo *Salvador* y de su divina madre, María siempre *Virgen*.
Para encontrar a los desdichados extraviados en medio de las nieves, los monjes iban ellos mismos a buscar hasta el fondo de los precipicios, realizando ya todo lo que se ha dicho desde entonces sobre la abnegación de los religiosos del San Bernardo.
A fin de inspirar a sus colaboradores una caridad hacia los viajeros, llevada hasta el martirio, solía decirles, con esa amenidad que da la perfección: — «Les aseguro que no tenemos nada que esperar en otra vida, si no es la justa proporción de lo que habremos hecho por el prójimo, con el fin de agradar a Dios. *Juxta mensuram, mercedem crede futuram*».
A petición de Heldrad, Lotario, que había suc edido co Lothaire Emperador e hijo de Luis el Piadoso, soberano de Evrard en Italia. mo emperador a Luis el Piadoso, confirmó más particularmente, en favor del hospicio del monte Cenis, todas las donaciones de sus predecesores, y unió de la manera más formal a Novalesa la opulenta abadía de San Pedro, fundada cerca de la ciudad de Saluzzo por Astolfo, rey de los lombardos.
Siempre para complacer a Heldrad y para ayudar al hospicio del monte Cenis, uno de esos marqueses de Susa, cuya descendencia ha continuado en la casa de Saboya, dio, a la entrada del valle de Novalesa, en el pueblo de Venaux, tierras cultivables y las montañas boscosas que están encima. Además de las ofrendas de los príncipes, las de los simples particulares eran cada día más considerables.
Si el nuevo abad estaba deseoso de aumentar los ingresos del monte Cenis, no estaba menos celoso de conservar las facultades de las que el hospicio ya podía disponer; por eso hizo condenar a ciertos siervos de los pueblos de Exilles y Oulx a continuar las prestaciones por ellos debidas convencionalmente.
Bajo el gobierno de Heldrad, nada quedó, en cierto modo, incompleto, incluso desde el punto de vista material. Por ejemplo, diremos, faltaba una torre en medio del recinto fortificado que encerraba entonces todos los edificios regulares de Novalesa: hizo construir una de las más altas y amplias, cuyos pisos superiores podrían servir para señales, mientras que los pisos inferiores albergarían los objetos más preciosos de la abadía, sin olvidar su rica colección de libros.
Milagros y protección de las poblaciones
Realizó numerosos milagros, entre ellos la expulsión de serpientes en el Lautaret y la curación de enfermos e inválidos en la región.
Cuando ya no quedaban mejoras posibles que realizar, ya fuera en Novalesa o en el hospicio del monte Cenis, Heldrad empleaba las sumas que le quedaban libres en socorrer a los viajeros en otros puntos de los Alpes Cocios. Entonces, el paso del Lautaret, en el Delfinado, fijó su atención, y envió allí a religiosos para construir un hospicio en sus proximidades, en un lugar llamado hoy el Monestier de Briançon. La s murallas ya estaban Monestier de Briançon Lugar donde Heldrad fundó un hospicio y ahuyentó a las serpientes. bastante elevadas cuando los religiosos encargados de este trabajo llegaron a Novalesa, declarando que la empresa era imposible debido a la presencia de serpientes que desolaban toda la región. Al enterarse de esto, Heldrad ordenó a los mensajeros de tan lamentable noticia que se pusieran en oración para implorar la misericordia del Altísimo, y después de haberlo hecho él mismo, se encaminó con ellos hacia el nuevo hospicio. Llegado al lugar, se aseguró de su disciplina y comenzó a expulsar a las serpientes delante de él, de tal manera que pronto quedaron todas reunidas y confinadas en una grieta de rocas no lejos de allí, de modo que ya no pudieran causar daño.
Dios se sirvió de la mano de Heldrad, en esta ocasión y en muchas otras, para modificar los efectos físicos en el orden natural.
Socorrido de esta manera, el delegado del Todopoderoso detuvo varias veces el progreso de enfermedades contagiosas, tanto para los hombres como para los animales, que iban invadiendo el valle de Novalesa y las regiones vecinas.
Se atribuyó a las oraciones de Heldrad, no sin fundamento, la curación de un mudo, un cojo y un leproso, cuyas dolencias eran bien conocidas en la comarca.
Pasando por la ciudad de Asti por asuntos de su abadía, devolvió la salud a una mujer enferma, abandonada por las personas encargadas de cuidarla. Finalmente, se debió a Heldrad, después de Dios, el retorno a la vida de varios muertos.
Estos beneficios, ciertamente muy grandes, no eran nada en comparación con aquellos que rendía Heldrad, con la ayuda de la aptitud que obtenía del Espíritu Santo, de leer en el fondo de las conciencias y de hacer volver con facilidad, al cumplimiento de sus deberes, a todas las personas con las que se encontraba en relación.
Tránsito y últimas instrucciones
Heldrad muere pacíficamente el 13 de marzo de 875 a la edad de 94 años, después de haber exhortado a sus monjes a la unión y a la observancia de la regla.
Cualquiera que fuera la utilidad de la presencia de Heldrad en la tierra, habiendo llegado el nonagésimo cuarto año de su edad, Dios no creyó deber retrasar más el momento de entrar en cuenta con su siervo.
Este momento tan temible, incluso para los Santos, fue revelado cuatro días antes a Heldrad, quien no descuidó nada para aprovechar este precioso favor.
Reunió a su alrededor a todos los religiosos que estaban bajo su obediencia, y después de haberles anunciado él mismo que iba a separarse de ellos, lo que los hizo deshacerse en lágrimas, los consoló tanto como pudo y les pidió que le perdonaran por no haberlos edificado más de lo que lo había hecho.
Heldrad, esperando su fin, conversaba con sus religiosos sobre las dulzuras de la vida en Jesucristo, y renovaba las más conmovedoras instrucciones para el tiempo en que él ya no estuviera, aconsejando la unión, la concordia y la paz, que resultan de la estrecha observancia de la regla del gran san Benito.
En el momento en que sintió sus fuerzas flaquear, reclamó los últimos sacramentos y los recibió con la fe más ardiente. Poco después, mientras rezaba aún adorando la santa Eucaristía que acababa de recibir, levantó los brazos al cielo y su alma se separó de su cuerpo sin agonía.
Esta muerte, tan digna de envidia, tuvo lugar cuando Luis, hijo de Lotario, era emperador y rey de Italia en 875, el 3 de los idus de marzo, o sea el 13 de dicho mes.
Si se quiere conciliar lo más cronológicamente posible todos los hechos de la vida de Heldrad, hay que admitir que había dejado el mundo a los treinta y tres años, y pasado en la Novalesa sesenta y un años, de los cuales los últimos treinta como abad.
¡Qué mortal podrá decir jamás cuánto toda la duración de una existencia tan larga fue agradable a Dios y útil al prójimo!
Historia agitada de las reliquias
Sus reliquias, escondidas durante las invasiones sarracenas, conocieron varias traslaciones a través de Europa antes de ser repartidas entre Novalesa, Susa y Lambesc.
## RELIQUIAS Y CULTO DE SAN HELDRAD.
En el momento de los funerales, el cuerpo de Heldrad fue depositado solemnemente en un sepulcro de piedra, frente a la entrada de la capilla de San Nicolás, en uno de los puntos más escarpados del recinto de Novalesa. Pocos años después, a petición de los fieles, se elevó el cuerpo de Heldrad desde la tierra hasta el altar mismo de la capilla de San Nicolás, y esta capilla no fue conocida más que bajo la advocación del bienaventurado Heldrad. En el siglo X, la elevación del cuerpo, realizada con pompa, equivalía a la canonización, cuyas formas no fueron reguladas hasta el papa Alejandro III. Había habido una reinhumación del cuerpo de Heldrad en la víspera de la invasión del país por los sarracenos, en 906, y tras la larga despoblación de la abadía, se podía decir o creer que el cuerpo de Heldrad estaba perdido, cuando un joven ciego señaló su existencia en una caverna de donde los monjes lo retiraron en el año 1021. Según la crónica de Novalesa, en 1040, hubo una traslación del cuerpo de Heldrad de una urna modesta a una rica urna de plata que siempre ha sido considerada como uno de los bellos ejemplos de la orfebrería del siglo X. Esta nueva urna, tan preciosa por su contenido, fue llevada de Novalesa al extremo del norte de Italia, en 1042, para la mayor edificación de los fieles, con ocasión de una gran asamblea de príncipes y obispos que se había celebrado en Ferrara para deliberar sobre los medios de pacificar el país. Igualmente, con el fin de impresionar favorablemente a las poblaciones, la urna, que contenía el cuerpo entero del bienaventurado Heldrad, fue transportada en 1114 a través de Saboya, Borgoña y otras provincias hasta Beauvais, donde un concilio o sínodo iba a reunirse entonces. Una gran extensión de las reliquias del bienaventurado Heldrad tuvo lugar en 1368. En esta ocasión, Rufino, prior a la vez de Novalesa y del monasterio de San Justo de Susa, retuvo, fuera de la urna de plata, la cabeza, una porción de un brazo y algunos otros huesos. La cabeza fue colocada en un busto de plata, y los huesos del brazo en un brazo igualmente de plata. Estas dos reliquias se convirtieron así en propiedad del monasterio de San Justo de Susa. Los otros huesos, que no habían sido colocados de nuevo en la urna de plata en 1368, fueron distribuidos a diversas iglesias, en Turín y otros lugares, o bien se convirtieron en propiedad de los príncipes de la casa de Saboya, quienes durante mucho tiempo amaron y respetaron las cosas santas. Fue de la casa de los príncipes de Saboya de donde H. Aubert, párroco de la parroquia de Lambesc, recibió en 1743 el fragmento de hueso importante que adorna el altar del bienaventurado Heldrad en su ciudad natal. La entrega de esta reliquia tuvo lugar diplomáticamente por mediación de la embajada de Ferrara en Turín. En cuanto al resto del cuerpo del bienaventurado Heldrad, desde 1568 ha continuado reposando en su antigua y bella urna de plata en el mismo monasterio de Novalesa, y los piadosos peregrinos aún podían verlo en 1855 en la iglesia abacial, en el lado derecho al entrar. Esperemos que este tesoro, a la vez religioso y artístico, escapando a las profa naciones del gobierno italiano en moines bénédictins de la Novalèse Orden monástica a la que pertenecía la abadía del Oratorio. el momento en que dispersó a los monjes benedictinos de Novalesa, haya permanecido bajo la custodia de los habitantes del valle, que han tenido la memoria del bienaventurado Heldrad en gran veneración. La abadía de Novalesa y sus dependencias fueron secularizadas hace algunos años y vendidas por una suma irrisoria por el gobierno sacrílego de Víctor Manuel II, rey de Cerdeña, convertido, supuestamente, en rey de Italia.
Como los relatos del primer hagiógrafo de Heldrad no han llegado hasta nosotros en su totalidad, la parte de lo sobrenatural que conocemos se encuentra incompleta, como, por otra parte, todo el resto de su vida; pero lo que conocemos en este género basta para llevarnos a creer en una gran santidad. Sin embargo, si pudiéramos desear aumentar nuestra convicción, sería bueno darse cuenta del poder del bienaventurado Heldrad en el cielo, deteniéndose a considerar el número y la extensión de las gracias obtenidas por su intermedio desde la época de su muerte. La relación de los milagros del siglo X y en parte del siglo XI llena un cierto número de las lecciones del más antiguo oficio de Heldrad. Debemos notar las varias curaciones de ciegos y otros enfermos conducidos por sus familias al sepulcro del Bienaventurado, y debemos leer allí, no menos gustosamente, la historia conmovedora de aquella mujer que, acudiendo a rendir homenaje a las reliquias de Heldrad cuando eran transportadas a lo largo del valle del Po en 1042, había encontrado la muerte en el río y fue devuelta a la vida por la fuerza de las oraciones de sus hijos. Los milagros de finales del siglo X y de los cuatro o cinco siglos siguientes son relatados en las obras de Dom Rocher y de Dom Carretin, como extractos más particularmente del Sanctorale de Novalesa, donde habían sido registrados tras la vida del bienaventurado Heldrad. Entre estos milagros, no se podría admirar lo suficiente aquel que tuvo por objeto a caballeros del Piamonte o de la Provenza que, en 1099, tras la toma de Jerusalén, al tener que luchar contra una tempestad espantosa, imploraron a sus compatriotas y obtuvieron terminar felizmente la travesía para regresar a su país. No es menos conmovedor ver la fe de aquel desgraciado lisiado, curado en Aiguebelle en 1114, con ocasión del paso de las reliquias del bienaventurado Heldrad a través de Saboya. Dom Rocher y Dom Carretto también dan a conocer otros milagros muy edificantes, constatados después del tiempo en que el Sanctorale había sido escrito, e incluso dan la enumeración de los favores obtenidos por las personas de su época, o sea, de 1670 a 1693. Para el período más cercano a nosotros, al no disminuir la confianza puesta en Heldrad, todavía habría muchos milagros que señalar; pero, a este respecto, debemos esperar un examen canónico. De este número es quizás el retorno a la salud de una mujer paralítica que tuvo lugar en 1743, en el momento feliz en que se concedió a la parroquia de la ciudad de Lambesc poseer una parcela del cuerpo de Heldrad. Las poblaciones, colmadas de beneficios de una manera sobrehumana por Heldrad durante su vida mortal, fueron fácilmente llevadas a creer que su protector pasaría de este mundo al cielo para continuar protegiéndolas.
En cuanto a la autoridad eclesiástica, tras haber estudiado con prudencia el juicio que debía emitirse a este respecto, permitió pronto honrar a Heldrad como Bienaventurado.
Antes del año 906, la pequeña capilla del recinto de Novalesa, primitivamente bajo la advocación de San Nicolás, fue dedicada a Heldrad. Esta misma capilla, tras haber sido destruida por los sarracenos, fue restablecida en 1246 por el prior Jacques Scalis, quien la hizo adornar con pinturas que reproducían las principales circunstancias de la vida de Heldrad. Estas curiosas pinturas, que aún existen, están acompañadas de numerosas inscripciones en caracteres antiguos destinados a explicarlas.
Un altar fue reservado al bienaventurado Heldrad, desde 1029, en la iglesia de los benedictinos de la ciudad de Susa. Hubo, desde 1020, en la iglesia abacial de San Pedro de Novalesa, un altar sobre el cual no ha cesado de reposar la urna de las reliquias de Heldrad. Este altar, situado en el lado del mediodía, había sido decorado en 1568, a expensas del prior André Provana, con pinturas muy bellas que, desgraciadamente, ya no existen. Muy antiguamente, los pueblos del valle de Novalesa tuvieron, en cada una de sus iglesias, un altar dedicado al bienaventurado Heldrad. Dom Rocher y Dom Carretto, en sus obras relativas a Heldrad, afirman que en su tiempo había varios altares en el Delfinado. Un altar quizás más precioso que todos los ya indicados es el que existe desde la época más remota en la iglesia de la parroquia de la ciudad de Lambesc. Este altar conservó su lugar primitivo durante la reconstrucción suntuosa de la iglesia en 1744, a expensas, en gran parte, de los Estados de Provenza. Y la tradición, apoyada por títulos, quiere que este altar exista sobre el emplazamiento del palacio de los padres del bienaventurado Heldrad en Lambesc. Las almas santas experimentan algún consuelo al pensar que el mismo pudo ser el apartamento particular habitado por Heldrad durante su vida. Hay que ver también un bello testimonio del recuerdo constante de los compatriotas de Heldrad en la capilla de San Pedro, en el territorio de Lambesc; capilla románica, reformada en parte en septiembre de 1580. Un buen cuadro de la escuela de Vanloo adorna el altar del bienaventurado Heldrad en Lambesc; pero este cuadro, aunque edificante, debe agradar menos en cuanto al tema que el del altar del pueblo de Venaux en el valle de Novalesa.
El pintor italiano ha representado con acierto a Heldrad teniendo ante sí a un gran número de desgraciados con las necesidades más urgentes y, en primera línea, a una madre que trae a su hijo muerto en sus brazos. El cuadro de Venaux sirvió, en su tiempo, de modelo para una imagen grabada al aguafuerte y para una medalla de bronce muy bella, que, muy difundidas al principio ambas, son muy raras ahora. Los benedictinos de Novalesa tuvieron la atención de hacer reproducir la imagen mediante litografía, Turín, 1845. Se proponían prestar el mismo servicio a los fieles en lo que respecta a la medalla, en el momento en que la Revolución italiana les obligó a abandonar su monasterio.
En memoria de las virtudes de Heldrad, su nombre no ha cesado de ser tomado en el bautismo, en el Piamonte y en la Provenza, desde la época en que fue declarado Bienaventurado hasta hoy.
La fiesta de Heldrad siempre ha sido celebrada en el valle de Novalesa y en Lambesc el 13 de marzo, es decir, el día de su muerte, que habría sido el de su entrada en el cielo.
El Padre Terraris, en su *Catalogue dei Santi d'Italia: Milano*, 1613, indica la fiesta de Heldrad como fijada muy antiguamente por los benedictinos el 13 de marzo. El Padre Ducelino, autor del *Menologio benedictino*, Turín, 1655, y los bolandistas asignan al 13 de marzo la fiesta del bienaventurado Heldrad. Jean Molanus, en sus adiciones al martirologio de Umberto, sitúa esta fiesta en el mismo día. Hasta estos últimos tiempos, las poblaciones del valle de Novalesa tenían la costumbre de acudir en masa a la abadía, no solo el 13 de marzo, sino también el día de la segunda fiesta de Pascua, que corresponde a alguna traslación o relación de las reliquias de Heldrad. No se debe dejar de mencionar tampoco que siempre ha sido un deseo de los habitantes de este valle poder llevar la urna del bienaventurado Heldrad cada año alrededor de su territorio con ocasión de las Rogativas. Un oficio particular de Heldrad fue compuesto hacia el año 1010; oficio que estaba en su totalidad en el tomo III del Sanctorale de Novalesa y en un antiguo misal de la abadía. Dom Rocher y Dom Carretto, quienes ambos habían prometido publicar este oficio, no cumplieron su compromiso. Es casi de manera accidental que Dom Rocher, en su libro titulado: *Gloires de l'abbaye de la Novalèse*, páginas 103, 112, 120, 121 y 122, da algunas partes de responsorios, himnos y oraciones que son de naturaleza a hacer lamentar el resto de esta obra primitiva. Dom Rocher tiene además, casi sin quererlo, el mérito de dar, según el *Sanctorale*, lecciones que no se encuentran en la colección de las actas del bienaventurado Heldrad, transmitidas a los bolandistas por Turinetto. Este oficio propio, muy antiguo, en uso en Novalesa, es señalado por Ducelino, página 194, de su *Menologio benedictino*, y por Terraris, en su *Catalogue dei Santi d'Italia*. Roma aprobó un oficio propio del bienaventurado Heldrad en 1782 y fijó su fiesta el 13 de marzo como de precepto para el valle de Novalesa, lo cual se mantuvo hasta 1792. Tras el regreso de los benedictinos a Novalesa, habiendo retomado con fervor el culto del bienaventurado Heldrad, un decreto de Pío VII, del 2 de octubre de 1821, autorizó para el 13 de marzo la fiesta a la que, el mismo año, se asignó el rango de segunda clase. Por concesión de León XII, del 12 de abril de 1825, el oficio propio del bienaventurado Heldrad fue regulado. Finalmente, bajo Pío IX, una decisión de la Congregación de Ritos, del 9 de diciembre de 1832, a petición del obispo de Susa, eleva la fiesta del rango de segunda clase al rango de primera clase para el valle de Novalesa.
El oficio y el decreto fueron impresos en Susa por Gutti en 1853.
Fuentes e historiografía
La vida del santo está documentada por la Crónica de la Novalesa y diversos trabajos de eruditos benedictinos e historiadores provenzales.
Una vida de Heldrad fue escrita inmediatamente después de su muerte por un monje de la Novalesa, quien vio y escuchó lo que relataba. — Este primer trabajo, actualmente perdido, estaba ante los ojos del antiguo autor que redactó los Actas de Heldrad muy lúcidamente en la crónica de la Novalesa. — Duchesne, Le Cointe, Moratori y otros, al citar esta crónica, la declaran muy mutilada y constatan que fue escrita antes de 1030. — Cuando la crónica apenas había sido escrita en lo que respecta a san Heldrad, se hizo de esta parte un resumen para servir a su oficio desde el año 1045. — La reunión parcial de las lecciones de este oficio formó la vida de Heldrad, que G. F. Turinetto envió, en 1854, a los archivos de la corte de Saboya, en Turín, y que fue publicada en 1755 por los bolandistas, t. II de marzo, p. 233 y sig. — Es también la misma vida que se encuentra en el Monumenta historia patria, Turín, 1848. — Según la vida de 1848, pero sobre todo con la ayuda de la crónica aún no mutilada, un monje de la Novalesa escribió muy antiguamente una vida de Heldrad bastante extensa, en el tomo IV del Sanctorale de la Novalesa o colección de vidas de los Santos, para el uso particular de la abadía. — El Sanctorale de la Novalesa, hoy inencontrable, sirvió al Dom Rocher para la vida de Heldrad dada por él en francés, p. 90 y sig. de su libro La gloire de l'abbaye de la Novalèse, Chambéry, 1670. — Aprovechando el Sanctorale de la Novalesa mejor que Dom Rocher, Dom Carretto publicó, en italiano, una vida de Heldrad muy edificante y muy notable: Vita e miracoli di S. Eldrado, Turín, 1698. — Solo se deben citar por memoria las bellas páginas que Gioffredo dedica a san Heldrad en su Histoire des Alpes maritimes, pues Gioffredo, cuya obra, escrita en italiano, permaneció mucho tiempo manuscrita antes de encontrar lugar en el tomo VIII del Monumenta historia patriae, Turín, 1848, no tuvo otro objetivo que el de intentar sustraer a la Provenza la cuna de Heldrad, y hacer así que este bienaventurado cumpliera su vida entera en los Estados Sardos. — Los verdaderos informes críticos sobre la vida de Heldrad son proporcionados por el canónigo Galimia, en el tomo III, p. 196 y sig., de su preciosa obra: Vita del santi degli stati della regia casa di Savoia, que, publicada en 1764, había sido escrita antes del año 1757. — Galimia localiza en Lambesc el nacimiento de Heldrad y fija su muerte en 875. — Se debe, para todo lo que concierne al bienaventurado Heldrad, consultar a Mabillon, Annales hagiographicae, t. II, anotaciones para el año 874 más particularmente. — Un pequeño manual, ahora inencontrable, y que, mucho antes de 1799, había sido impreso para el uso de los priores de Saint-Pierre de Lambesc, presentaba en pocas palabras la vida de Heldrad. — Una nota interesante sobre san Heldrad fue consignada por Achard en el Dictionnaire des hommes illustres de Provence, t. III, p. 257 y 258, Marsella, 1786. — También hay buenos informes sobre san Heldrad en la Statistique des Bouches-du-Rhône de 1820, t. III, p. 293. — M. Reinard, del Instituto, originario de Lambesc, colocó una nota sobre san Heldrad en su libro L'Invasion des Sarrasins, p. 163 y 164, París, 1834. — Una vida de san Heldrad muy abreviada forma parte de una colección de oraciones publicada en Aix, 1837, por M. d'Isoard, nativo de Lambesc. — Esta misma colección, con el fin de popularizar la vida de Heldrad, fue reimpresa en Turín, en 1851, por los cuidados de los benedictinos de la Novalesa. — La biografía que damos aquí fue escrita por el marqués Jessé-Charleval, y nos fue comunicada por el abad Ant. Ricard, canónigo honorario, director de la Semaine religieuse de Marseille.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Nacimiento en Lambesc a finales del siglo VIII
- Distribución de sus bienes a los pobres tras la muerte de sus padres
- Ingreso al monasterio de Novalesa en 814
- Elección como abad de Novalesa en 844
- Fundación de hospicios en el Mont-Cenis y en el Lautaret
- Murió a los 94 años
Milagros
- Expulsión milagrosa de serpientes en el Lautaret
- Curación de un mudo, un cojo y un leproso
- Resurrección de varios muertos
- Cese de enfermedades contagiosas mediante la oración
Citas
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Juxta mensuram, mercedem crede futuram
Palabras de Heldrad a sus monjes