4 de mayo 4.º siglo

Santa Mónica

Viuda

Fiesta
4 de mayo
Fallecimiento
387 (naturelle)
Categorías
viuda , madre de familia
Época
4.º siglo
Lugares asociados
Tagaste (DZ) , Cartago (TN)

Nacida en Tagaste en 332, santa Mónica consagró su vida a la conversión de su marido pagano Patricio y de su hijo Agustín. Tras años de lágrimas y oraciones, vio a su hijo bautizado en Milán por san Ambrosio. Murió en Ostia en 387, poco después de haber alcanzado su objetivo espiritual.

Lectura guiada

9 seccións de lectura

SANTA MÓNICA, VIUDA

Vida 01 / 09

Orígenes e infancia piadosa

Nacimiento de Mónica en 332 en Tagaste en el seno de una familia cristiana y educación austera bajo la vigilancia de una sierva devota.

Qui seminant in lacrymis, in exultatione metent. Los que siembran entre lágrimas, cosecharán entre cantares. Sal. 125, 6.

Hacía dieciocho años que el papa san Silvestre llevaba el timón de la barca de san Pedro, y veinte años que el emperador Constantino había hecho sentar en el trono a la religión cristiana, cuando, en 332, en Tagaste, simple aldea que los árabes llaman hoy Souk-Arras, apareció en el seno de una familia cristiana, en un hogar de paz, de honor y de antiguas virtudes, una niña que recibió al nacer el nombre de Mónica, nombre del cual ella ib Monique Madre de san Agustín, cuyas oraciones obtuvieron su conversión. a a hacer un símbolo tan conmovedor de consolación y de esperanza.

Su padre y su madre, que eran cristianos y además muy piadosos, se esforzaron por templar vigorosamente el alma de su hija. Su infancia fue confiada a una vieja sierva. Celosa, prudente, austera, un poco dura y gruñona, pero devota a su joven ama, rodeaba de su vigilancia más activa aquella cuna que contenía destinos tan santos y gloriosos.

Preservada así de todo peligro, cultivada con tanto cuidado, jamás planta se vio más pronto coronada de flores y de frutos que nuestra santa niña. Era aún muy pequeña cuando ya, acechando el momento en que no la veían, se iba sola a la iglesia, y allí, de pie, con las manos juntas, los ojos modestamente bajos, encontraba tanto encanto en conversar con Dios, que olvidaba el momento de regresar a casa. A veces también, jugando con sus compañeras, desaparecía de repente, y la encontraban inmóvil, recogida, al pie de un árbol, habiendo olvidado el juego en la oración. A menudo incluso se levantaba de noche en secreto, se arrodillaba en el suelo y recitaba con un recogimiento y un fervor precoces las oraciones que le había enseñado su buena madre. Se familiarizaba así, desde su infancia, con este arte divino de la oración del cual debía hacer más tarde un uso tan maravilloso; se ejercitaba desde temprano en manejar esta arma poderosa con la cual debía dar golpes tan grandes.

Otro atractivo despertaba al mismo tiempo en el corazón de santa Mónica: el amor a los pobres. A menudo, cuando estaba en la mesa, escondía en su seno una parte del pan que le servían, y cuando no la veían, se quedaba en el umbral de la puerta, buscando a un pobre a quien pudiera dárselo. A estos dones que venían de lo alto se añadían otras virtudes que le hacía adquirir la activa y austera vigilancia de su nodriza, quien, para preservarla de todo peligro en el futuro, la acostumbraba a la sobriedad, a la penitencia, a la fortaleza de alma y al espíritu de sacrificio, sin los cuales no hay ni cristiana, ni esposa, ni madre, ni santa.

Vida 02 / 09

El episodio del vino

Una ligera tendencia a beber vino en secreto es corregida por el comentario de una sirvienta, reforzando la humildad de la santa.

En medio de este dulce resplandor de virtud naciente, se vio sin embargo aparecer en santa Mónica una de esas sombras ligeras que Dios permite a veces para hacer a sus Santos más vigilantes y más humildes. Se le había encargado ir cada día a la bodega a buscar la provisión de vino. Ahora bien, sucedía a veces que, después de haber bajado el vaso para llenarlo, lo acercaba a sus labios, no por amor al vino, pues incluso le inspiraba cierta repugnancia, sino por esa picardía y esa alegría de la juventud que se complace en las cosas prohibidas. Pero, como al despreciar las cosas pequeñas se cae poco a poco en otras mayores, sucedió que la cantidad de vino que tomaba aumentaba cada día, y que su aversión por este licor disminuía en proporción. Dios, sin embargo, velaba por Mónica, y se sirvió, para corregirla, de una sirvienta que era testigo diario y complaciente de su falta. Un día, mientras discutía con su joven ama, le reprochó este defecto y la llamó: «Bebedora de vino puro». Atravesada por este dardo, Mónica se sonrojó y, reconociendo la fealdad de su pecado, se condenó severamente y se corrigió para siempre. Esta falta tuvo para la piadosa joven los más felices resultados: puso una primera lágrima de arrepentimiento en sus ojos, le inspiró el gusto por la mortificación, la hizo humilde y desconfiada de sí misma.

Con los dones sobrenaturales se desarrollaban en santa Mónica los dones naturales. Su espíritu era justo, elevado, penetrante; tenía una sed insaciable de aprender. A estos dones de la inteligencia se sumaban otros aún mejores: una dulzura inagotable con una rara firmeza; una paz que nada alteraba jamás, con infinitamente de fuego en el alma y de decisión en la voluntad. Su carácter era a la vez constante y audaz; su corazón, de una sensibilidad extrema, estaba inclinado a la ternura, y sin embargo lleno de energía en el amor y en la acción.

En cuanto a los dones exteriores, Mónica aumentaba aún más su encanto con la más amable modestia. Como ya conocía el precio de la sencillez, y la dificultad de conservar bajo ropas de lujo un corazón mortificado y dispuesto al sacrificio, rechazaba con dulce firmeza las telas preciosas y perfumadas con las que se habría querido verla revestida.

Vida 03 / 09

El matrimonio con Patricio

Matrimonio con Patricio, un pagano violento, a quien Mónica intenta convertir mediante la dulzura, el silencio y la paciencia.

Así transcurrió la primera infancia de santa Mónica, como un hermoso amanecer que anuncia un día aún más bello. Ya salía de la adolescencia y entraba en la juventud cuando fue pedida en matrimonio. Sus padres la concedieron y, por un incomprensible designio de Dios, esta joven virgen, esta santa y amable niña que, al menos, parecía predestinada a unas nupcias felices, fue entregada a un hombre que parecía muy poco digno de aspirar al honor de tal alianza. Patricio era de Tagaste, donde ejercía Patrice Esposo de santa Mónica, curial de Tagaste, pagano convertido en su lecho de muerte. el cargo de curial. Era pagano de religión, indiferente, sin principios; era violento, colérico y de costumbres ligeras. Patricio, sin embargo, tenía el corazón más grande que la fortuna, y veremos poco a poco cómo estas cualidades se desarrollan bajo la mano delicada del ángel que Dios le daba por compañera.

La fe y el amor de Dios sostenían a santa Mónica. Hasta entonces, solo había habitado la paz de un hogar cristiano. No sospechaba lo que son esos interiores de familia donde Dios no preside y donde las pasiones, sin cadenas, hacen de la vida una tormenta. Su suegra vivía aún; pagana como Patricio, se le parecía también en el humor y el carácter: era una mujer imperiosa, violenta, huraña y celosa. Las criadas eran dignas de uno y de otro: se entregaban a la calumnia contra su joven ama.

Cada día revelaba a Mónica los abismos que la separaban de Patricio. Este no comprendía nada de la vida de su santa compañera. Sus oraciones le fatigaban; sus limosnas le parecían excesivas. Le resultaba extraño que ella quisiera visitar a los pobres, a los enfermos, que amara a los esclavos. Esa era para santa Mónica su vida o, mejor dicho, su sufrimiento de cada día. Se habría resignado a ello si, al menos, la pureza de su corazón no hubiera encontrado peligro alguno. Desde los primeros días, siendo tan joven aún, y sobre todo tan inocente, entrevió con asombro todo lo que hay de debilidades en un corazón de hombre que la gracia de Jesucristo no ha tocado. Pero esta visión no hizo desfallecer su valor. En lugar de abatirse como hacen tantas cristianas, y sobre todo en lugar de alejarse del techo conyugal, elevando su corazón más alto, Mónica comprendió que Dios no le había enviado esa pobre alma para que la abandonara, sino que, al contrario, se la había confiado para que intentara sanarla, convertirla e iluminarla.

Para ganar a su marido para Dios, no empleó ni la palabra, ni la discusión, ni los reproches. En lugar de predicar la virtud, la practicó. Se esforzó por ser dulce, humilde, paciente, modesta, abnegada; segura de que si, en lugar de poner la verdad en sus labios, lograba ponerla en su vida, llegaría un día en que Patricio no podría resistirse y se rendiría ante una luz tan dulce, tan discreta y tan verdadera. Veía bien las debilidades e infidelidades de su marido, pero jamás le dijo una sola palabra al respecto. Sufría en silencio. Lloraba cuando él estaba ausente; solicitaba ardientemente para él la fe y el amor divino, únicos capaces de hacer a los hombres castos.

Observaba el mismo silencio de dulzura, de humildad, de discreción, de verdadero amor cuando él entraba en sus arrebatos. Esperaba a que esa furia pasara; y entonces, aprovechando el retorno de la razón y esos momentos de ternura en los que los hombres, violentos pero afectuosos como lo era Patricio, buscan hacer olvidar sus arrebatos a quienes han sufrido por ellos, le decía confidencialmente, con gran delicadeza y cuando estaba a solas con él, algunas palabras de explicación e incluso de tierno reproche, que casi siempre eran bien recibidas.

Este método de dulzura, este secreto de silencio y de abnegación, lo aconsejaba a todas sus amigas; y cuando estas, magulladas en el rostro y deshonradas por la violencia de sus jóvenes maridos, venían a quejarse ante ella: «Quejáos de vuestra lengua», les decía amablemente. Y se sentía bien que tenía razón; pues aunque su marido fuera más violento que nadie, jamás la golpeó. Pudo verlo a veces saltar de cólera y amenazar; nunca fue más allá; con su dulce mirada siempre lo contuvo. Esta dulzura, esta delicadeza, esta abnegación cavaron en el alma de Patricio, sin que él lo supiera, un surco cuya profundidad solo conocería más tarde. Su amor, pues incluso en medio de sus arrebatos y debilidades amaba a Mónica, se transformaba insensiblemente. Adquiría elevación y nobleza, y un sentimiento de respeto del que nunca había tenido idea.

Sin duda, había mucha distancia de ahí a un cambio de costumbres, a una conversión completa. Pero Mónica aprendía todos los días, en la oración, cómo se redimen las almas; tenía una confianza absoluta en Dios, una esperanza indomable en su socorro, con tal certeza de obtenerlo, que nada era capaz de desalentarla jamás.

Vida 04 / 09

Maternidad y educación de Agustín

Nacimiento de Agustín, Navigio y Perpetua. Mónica se dedica especialmente a la formación moral y cristiana de Agustín.

Fue en medio de estas tristes, primeras y aún muy vagas y lejanas esperanzas, que, para consolar a Mónica, para unirla a Patricio a pesar de sus infidelidades, y hacerle soportable e incluso querido ese hogar donde tanto tenía que sufrir, Dios le hizo probar por primera vez la mayor felicidad que quizás exista aquí abajo, después de la de consagrarse enteramente a Él: fue madre, y, aún en la flor de su edad, vio sucesivamente a tres niños pequeños colgarse de su cuello y comenzar a sonreír a sus lágrimas.

El primero que recibió de las manos de Dios fue este hijo para siempre célebre bajo el nombre de san Agustín. Se dice que, mientr as lo llevaba saint Augustin Padre de la Iglesia y maestro espiritual de Posidio. en su seno, tuvo la revelación de las maravillas de las que él sería un día el instrumento, si ella sabía hacerlo fiel a Dios.

El segundo se llamaba Navigio. Niño dulce y piadoso, fue hasta el final, y sobre todo durante los tristes desvíos de Agustín, el tierno consolador y el guardián fiel de su madre. Tuvo también una hija, a la que se cree que dio el nombre de una de las santas más populares de África, santa Perpetua, la célebre mártir de Cartago.

Mónica habría sido, si no feliz, al menos consolada al recibir de Dios esta pequeña familia, si un dolor, más amargo que todo lo que conocía aún, no hubiera venido a mezclarse con sus alegrías y no hubiera terminado de envenenar su vida. Patricio estaba cada vez más dominado por sus tristes debilidades. Ni la belleza del espíritu y del corazón de su santa esposa, ni la ternura y la fuerza del afecto que ella le había profesado, ni el nacimiento sucesivo de tres niños pequeños, habían podido encadenar a esa alma ligera, y, a pesar de las súplicas y las lágrimas de Mónica, él comenzaba a exhibir sus desórdenes. ¿Cómo pintar lo que sufre entonces una mujer cristiana, una esposa, una madre? Es ese martirio del alma del que habló san Ambrosio, que, por cumplirse en el secreto del hogar doméstico, no es ni menos atroz ni menos desgarrador que el martirio del cuerpo.

Abandonada en la flor de la edad, traicionada por el padre de sus hijos, Mónica, que veía, después de cuatro o cinco años de matrimonio, desvanecerse las esperanzas con las que se había arrullado desde los primeros días, redobló su fervor y su confianza en Dios, y, sin cambiar nada en sus hábitos de silencio, de discreción, de dulce y paciente espera frente a su marido, perfeccionándolos incluso, se volvió enteramente hacia sus hijos.

Pero, por muy tiernos que fueran los cuidados dados por santa Mónica a sus hijos, esto no era más que el preludio de la gran obra de la que se sentía encargada por Dios. Lo que hacía falta ante todo y con mayor urgencia, era formar la conciencia de Agustín. La hora pronto llegaría en que, de las lecciones de su madre, pasaría a los ejemplos de su padre; donde, del corazón y del seno de Mónica, iba a caer en una sociedad profundamente corrompida y hábilmente corruptora. Por eso, para formar esa conciencia, Mónica ponía sin cesar ante los ojos de su hijo los grandes principios de la fe, las vivas y puras luces del Evangelio. Y en esas vivas y puras luces, hay una que ella amaba transmitirle como un tesoro que había recibido de sus antepasados: era el desprecio de la tierra, el disgusto por lo que es finito, limitado, perecedero. Ella le hablaba sin cesar del amor de Dios, del pesebre donde Él había descendido, y donde se había hecho pobre y esclavo por nosotros; de la cruz donde Él había subido todo ensangrentado, a fin de darnos la medida de su amor. Para poner el último rasgo a la conciencia de su hijo, Mónica se esforzaba por inspirarle el horror al mal, el odio a todo lo que mancha el corazón y lo degrada. Y, con esa abnegación de las madres que no temen humillarse para preservar a sus hijos, ella le confesaba hasta sus propias faltas.

Es así como formó poco a poco el alma de Agustín, que puso en ella la profundidad, la ternura, la delicadeza, la rectitud; que le hizo finalmente esa conciencia de la que nunca pudo deshacerse.

Agustín no era aún más que catecúmeno cuando una enfermedad vino de repente a llevarlo hasta el borde de la tumba. Su madre corría inquieta, se precipitaba, pidiendo a grandes gritos el bautismo para su hijo quien, presionado por horribles sufrimientos, no pensaba sin embargo más que en Dios, en su alma, en su eternidad. Patricio dejaba hacer a santa Mónica, porque era demasiado hombre de honor y al mismo tiempo demasiado generoso, para estorbar, al borde de la tumba, la libertad de conciencia de su hijo, y para añadir en el corazón de Mónica, al amargo dolor de perder a su Agustín, el dolor, mil veces más amargo, de ver su eternidad expuesta y su salvación comprometida. Pero tan pronto como el peligro hubo cesado, el indiferente y el pagano reaparecerán en Patricio, y él manifestó su voluntad de que el bautismo fuera pospuesto para más tarde.

Mónica no insistió; porque, con Patricio, ella lo sabía demasiado bien, no había que insistir. Solo sintió que contraía una obligación aún más estricta que en el pasado, de velar por el alma de su hijo. Advertida por el peligro que acababa de correr, resolvió no perderlo un instante de vista, y, sacrificando cada vez más los tristes placeres del mundo, se constituyó su ángel guardián y su providencia visible. A fin de que nada viniera a contrariarla en este trabajo importante, se aplicó con más celo que nunca a emplear frente a su marido, a su suegra, a sus parientes, a sus criados incluso, ese método de dulzura y de paciencia del que ya hemos hablado, con el cual esperaba bien desarmarlos a todos. En efecto, la paz irradió pronto a su alrededor, y su casa se asemejó a esos santuarios cuyo silencio guarda las entradas, y que llenan de su calma a todos aquellos que traen allí sus agitaciones y sus dolores. Pero es sobre todo frente a su marido que ella desplegó las industrias de su bella alma y las riquezas de su admirable método. Él era pagano, ella quiso llevarlo a Dios; él era padre, ella quiso, sin que él lo supiera, asociarlo a su obra; ella quiso al menos obtener que él no la contrariara.

Mónica, que sabía que más tarde quizás las pasiones vendrían y arrebatarían tanto más rápidamente al joven cuanto que tendría por excusa el ejemplo de su padre; Mónica, digamos, que sabía cuánto estos primeros tiempos son propicios para formar el corazón de un niño, no perdía ni un solo día. Como se arrojan en primavera bellas semillas en un jardín, ella arrojaba cada mañana alguna verdad en el alma de su hijo. Ella lograba tan bien, que todas las objeciones y todas las resistencias de Patricio caían impotentes ante ese dulce imperio que ella había tomado sobre su hijo y que crecía cada día.

Libre así, no encontrando ya obstáculos, o encontrando cada día menos grandes, ella se apresuraba a terminar la conciencia de Agustín. Su vida se resumía cada vez más en dos palabras: Dios y su hijo.

La inquietud pronto iba a mezclarse con estas primeras alegrías de una madre. Agustín apenas salía de la infancia, y ya había que pensar en hacerle comenzar sus estudios. Santa Mónica, que temía que al querer formar su espíritu se deformara su conciencia o su corazón, no se apresuró a alejarlo. Lo confió a maestros que habitaban en Tagaste. Pero Agustín mostró una pereza insuperable, un disgusto por el estudio que nada podía vencer.

Alarmada por esta primera aparición del mal en el alma de su hijo, y sintiendo que a esa noble naturaleza le hacía falta otro aguijón que el temor, Mónica condujo a su hijo a «servidores de Dios», a «hombres de oración», a fin de que le ayudaran a superar su aversión por el estudio mediante motivos más elevados. A este defecto, Agustín añadía un orgullo, una pasión desordenada por el éxito y las alabanzas, y un amor singular por el juego y el placer.

Es en medio de estas inquietudes que nuestra Santa se vio obligada a separarse de su hijo. Agustín comenzaba a crecer, y Tagaste no ofrecía suficientes recursos para la educación de un joven. Se resolvió enviarlo a Madaura, la patria de Apuleyo. Mónica condujo y dejó allí a su hijo, después de haber vertido en su corazón todos los consejos con todas las lágrimas que vierte una madre en semejante circunstancia.

Vida 05 / 09

Conversión del marido y extravío del hijo

Patricio se convierte antes de morir, mientras Agustín se hunde en los desórdenes en Cartago y se une a la secta de los maniqueos.

Entretanto, Dios reservaba a Mónica un consuelo: Patricio dio un primer paso hacia la religión y la Iglesia. La verdad había prevalecido, y Patricio acababa de declarar a su piadosa esposa que estaba resuelto a abjurar del paganismo. ¡Con qué alegría recibió Mónica esta noticia! Estremeciéndose de felicidad, lo acompañó a la iglesia para abjurar allí públicamente del paganismo y hacer profesión de la fe cristiana. Agustín, de regreso en Tagaste, los siguió.

Pero en el momento en que santa Mónica comenzaba a ganar a su marido, su hijo terminaba de escapársele. Fue entonces a buscar a Agustín y comenzó a mostrarle, por su emoción y sus lágrimas, lo que pensaba del triste estado de su alma. A menudo lo tomaba aparte y, paseando con él, le hablaba de Dios, de la fe de su infancia, de la paz y el honor de los corazones puros, de la fealdad del mal y del horror que debe inspirarnos. Pero Agustín ya no comprendía ese lenguaje.

Mónica, llena de inquietud, iba a verse obligada de nuevo a separarse de su hijo. Terminadas las vacaciones, lo llevó a Cartago para que continuara allí sus estudios. En una ciudad tan profundamente corrompida, Agustín no tardaría en caer en los mayores excesos. Cuando Mónica supo de los desórdenes de su hijo, su dolor fue tan profundo que se pudo temer que sucumbiera a él. Sus lágrimas corrían día y noche. Ya ni siquiera sabía contenerlas en público. Había días en que, cuando regresaba del santo sacrificio, el lugar que había ocupado estaba todo bañado en ellas.

La Iglesia ha instituido, el 4 de mayo, en honor a santa Mónica, una fiesta que se podría llamar la fiesta de las lágrimas de una madre cristiana. He aquí en qué tono y de qué manera:

Ant. 1. — Lloraba y oraba asiduamente, esta madre, para obtener la conversión de su Agustín.

Ant. 2. — ¡Oh bienaventurada madre, que debíais un día ser escuchada según la inmensidad de vuestros deseos! Mientras tanto, lloraba día y noche, esta madre afligida, y oraba ardientemente por su hijo.

Ant. 3. — Ahí la tenéis, esta viuda que sabe llorar; ella que vertió tan constantes y tan amargas lágrimas por su hijo.

Ant. 4. — Han alzado sus voces, Señor; han alzado sus voces, estos ríos de lágrimas que caían de los ojos de esta santa madre.

Ant. 5. — Lloraba sin medida, esta madre inconsolable...

Todo el oficio continúa en este tono y nos revela en esta madre admirable un dolor como no hay un segundo ejemplo en la historia de la Iglesia.

Una cosa, sin embargo, sostenía aquí a nuestra Santa; es que ya no lloraba sola. Patricio, al asociarse a su fe, comenzaba a asociarse a sus lágrimas. Pronto cayó enfermo, pidió y recibió el bautismo con gran fervor. Después de lo cual se durmió cristianamente y en paz, asistido por el ángel que Dios le había dado por esposa, y que, a fuerza de dulzura, paciencia, tierno sacrificio y valerosas renuncias, lo había traído desde tan lejos y devuelto a Dios.

Tras la muerte de Patricio, las bellas aspiraciones del alma de santa Mónica, cohibidas y comprimidas durante su matrimonio, al no encontrar ya obstáculos, se la vio elevarse rápidamente a lo más heroico de la virtud. Por un sentimiento de conmovedora fidelidad a la memoria de su marido, juró en su corazón que no tendría otro esposo mortal. Al duelo por Patricio, que llevó toda su vida, se unía el duelo de la madre que ve perecer el alma de su hijo y que, para salvarla, solo puede orar e inmolarse por él. Para que sus lágrimas se volvieran más poderosas y sus oraciones iguales a la necesidad que Agustín tenía de ellas, se encerró en la soledad y se dedicó más enteramente que nunca al silencio, a la vida oculta, a la entrega, a todas las miserias y, ante todo, al puro y generoso amor de Dios. Desde entonces sus ayunos fueron frecuentes y rigurosos. Su tiempo estaba consagrado al servicio de los pobres, a quienes alimentaba y curaba con sus manos. Visitaba los hospitales, pasaba largas horas al pie de la cama de los enfermos y enterraba a los muertos. Hacía de madre para los pequeños huérfanos, los criaba como a sus propios hijos, los acogía a veces en su propia casa y los alimentaba en su mesa.

Pero la más bella de todas sus obras, aquella a la que entregaba todo su corazón, era consolar a las viudas y a las mujeres casadas. Por ello empleaba en estas difíciles tareas toda su dulzura, su delicadeza exquisita y su profundo y luminoso espíritu. Es a la fuente siempre viva e inagotable del amor y del sacrificio, a Nuestro Señor Jesucristo presente en el santo altar, a donde venía sin cesar a refrescarse y renovarse. Cada mañana asistía a la santa misa y, ya fuera en la santa mesa o en sus oraciones, Dios la colmaba de las gracias más privilegiadas. Tenía el don de lágrimas.

Durante este tiempo, junto con la virtud, la fe misma había disminuido en el alma de Agustín. Mónica seguía con espanto todos los progresos del mal, pero sin desanimarse. Tenía fe en Dios. Sin embargo, Agustín, seducido por los maniqueos, acababa de hacerse apóstol de sus errores. ¿Quién podría pintar el asombro y el dolor de santa Mónica ante esta noticia imprevista? Las vacaciones se acercaban y Agustín iba a regresar a Tagaste. Santa Mónica resolvió esperarlo.

Cuando Agustín regresó a la casa paterna, a la primera palabra que dejó escapar sobre su herejía, santa Mónica se irguió indignada. Se sentía herida en lo más delicado y profundo de su ser. El amor que tenía por Dios, el apego a la santa Iglesia, su ternura por un hijo extraviado, el temor de verlo perdido para siempre, el horror al mal, uniéndose a la vez en su alma, le inspiraron uno de los más bellos actos de energía cristiana de los que la historia de los Santos ha guardado memoria. Echó a Agustín de su casa, le declaró que no lo toleraría más ni en su mesa ni bajo su techo; y, detestando las blasfemias que profesaba, llena de esa cólera augusta que inviste a una madre de una autoridad tan irresistible, le ordenó salir de su casa y no volver a entrar. Agustín bajó la cabeza y salió. Tras su partida, Mónica, al encontrarse de nuevo madre, cayó de rodillas, dejó correr sus lágrimas y llamó a Dios en su ayuda.

Milagro 06 / 09

La visión de la regla y la esperanza

Un sueño profético y las palabras de un obispo aseguran a Mónica que su hijo no perecerá a pesar de sus errores.

Dios la escuchó, pues tuvo un sueño que le devolvió un poco de calma al devolverle la esperanza. «Le parecía», dice san Agustín, «estar de pie sobre una regla de madera, triste y abrumada, cuando vio venir hacia ella a un joven radiante de luz, alegre de rostro y que sonreía ante su dolor. Al acercarse, le preguntó la causa de sus lágrimas; pero se veía por su aire que la conocía, y que no la interrogaba más que para consolarla. Mónica había respondido que lloraba la pérdida de su hijo: —¡Oh!, replicó el joven, no se inquiete así. Y, señalando con el dedo la regla de madera sobre la cual ella estaba, añadió: Vea a su hijo. Él está donde usted está. —Ella miró entonces con más atención, y me percibí en efecto, junto a ella, de pie sobre la misma regla».

Muy emocionada, Mónica corrió a buscar a su hijo y le contó el sueño que acababa de tener. Agustín intentó interpretarlo a su favor. «No, no», replicó la Santa, «él no dijo: Donde él está, tú estarás; sino: Él estará donde tú estás». Llena de esperanza, Mónica permitió a su hijo retomar su lugar en la casa y en la mesa paterna.

Santa Mónica evitaba con su hijo toda discusión, pero buscaba por todas partes hombres que tuvieran suficiente autoridad y talento para hacerse escuchar por él. Un día, supo de la llegada a Tagaste de un venerable y sabio obispo. Mónica corrió allí temblando de esperanza, firmemente persuadida de que su visión iba a realizarse. Pero el santo obispo le dijo, sacudiendo la cabeza, que el momento aún no había llegado. «Déjelo», añadió; «solo rece mucho». Como santa Mónica, deshaciéndose en lágrimas, le insistía para que viera a su hijo: «Vaya, vaya», le dijo el obispo conmovido, «es imposible que el hijo de tantas lágrimas perezca».

Esta palabra atravesó hasta lo vivo el corazón de santa Mónica. Le pareció que descendía del cielo. Mónica regresó a su casa meditándola; pues esta simple palabra de un anciano, unida a la visión que había tenido, comenzó a apaciguarla un poco, devolviéndole la esperanza.

Misión 07 / 09

De Cartago a Milán

Mónica sigue a su hijo a Italia, conoce a san Ambrosio en Milán y finalmente asiste a la conversión y al bautismo de Agustín.

Esta calma no duró mucho tiempo: entretanto, recibió una carta de Agustín en la que le anunciaba que acababa de decidir dejar Cartago para establecerse en Roma. Ante esta noticia, santa Mónica sintió una terrible opresión en el corazón; pues verlo partir hacia Roma con una fe extinguida, un espíritu flotando a cualquier viento de doctrina, un alma consumida por las pasiones, era como si lo hubiera visto arrojarse a los abismos. Tomando una decisión inmediata, determinó que Agustín no partiría a Roma, o que ella partiría con él, y que, en el peligro en que se encontraba su alma, no lo abandonaría. Se dirigió inmediatamente a Cartago, se arrojó al cuello de su hijo, lo estrechó violentamente entre sus brazos y le suplicó con torrentes de lágrimas que no partiera, o al menos que la llevara consigo. Desde entonces no quiso dejarlo; pero mientras, abrumada por la fatiga y la emoción, pasaba la noche entre lágrimas, retirada en una pequeña capilla dedicada a san Cipriano, el ilustre obispo de Cartago, Agustín subía a un barco y se alejaba de la orilla, a pesar de la promesa hecha a su madre. Cuando, llegada la mañana, al salir de la capilla, encontró la orilla desierta y el barco desaparecido, se volvió «loca de dolor». Vagaba por la orilla del mar y la llenaba con sus gritos. Acusaba a su hijo. Se quejaba ante Dios. Finalmente, agotada de lágrimas, abatida, sin fuerzas, después de haber acusado mil veces a su hijo de crueldad y mentira, al no tener forma de seguirlo por las olas, regresó a Tagaste.

Santa Mónica, no pudiendo soportarlo más, resolvió ir a reunirse con su hijo. Llega a Roma; pero ya no lo encuentra allí. Él ya había partido hacia Milán. Partió entonces inmediatamente, llena del mismo ardor, y sostenida, a través de las fatigas de este segundo viaje, por esa misma fe indomable de que volvería a ver a su hijo y de que lo convertiría.

Apenas llegada a Milán, fue a buscar a san Ambrosio, quien la recibió con una alegría enternecida. saint Ambroise Padre de la Iglesia citado por una máxima sobre la fortaleza. No podía cansarse de contemplar a esta madre, en cuyo rostro el amor de Dios y la ternura por un hijo extraviado habían cavado surcos tan venerables. Sus relaciones fueron frecuentes e íntimas. Mónica, que había aprendido de san Ambrosio a no entrar en discusiones con su hijo, y que estaba decidida a abandonar en un hombre tan sabio el cuidado de salvarlo, continuaba rezando, callando y vertiendo a los pies de los santos altares sus lágrimas todopoderosas.

Finalmente, Mónica vio llegar el momento que tanto tiempo había anhelado. Agustín, después de diecisiete años de resistencia, se rindió. Santa Mónica ya no contenía su alegría; cubría a su hijo con su mirada feliz; lo regaba con sus lágrimas. ¡Oh momento feliz, en el que una madre reencuentra a su hijo que creía muerto, o al que veía morir! Pero, ¡oh momento aún más feliz, en el que una madre cristiana ve renacer en el alma de su hijo la fe, la pureza, el coraje, la virtud; y donde, cristiana afligida por los dolores de la Iglesia, prevé que este hijo degenerado se convertirá en su luz, su gloria y su defensor!

Tan pronto como comenzaron las vacaciones, santa Mónica llevó a Agustín al campo. Allí fue donde ambos vinieron a ocultar su alegría y a preparar sus almas para el gran día del santo bautismo. Algunos amigos se habían unido a ellos. Santa Mónica era el apóstol de este pequeño cenáculo. Todo su espíritu, todo su genio, todo su corazón, toda su fe, todos los ardores de su celo, todas las industrias de su caridad, los empleaba en secundar en ellos la acción de Dios. Santa Mónica asistía a todas las conferencias de su hijo con sus jóvenes amigos; a veces tomaba la palabra, y como Dios da a la pureza y al amor un don singular de luz, dejaba caer, en medio de las conversaciones, palabras que Agustín hacía transcribir inmediatamente en sus tablillas, y que vamos a recoger a nuestra vez para terminar de conocer por ellas a la madre del Platón cristiano.

«El alma no tiene más que un solo alimento, que es conocer y amar la verdad». — «Aquel que desea el bien y lo posee, es feliz. Pero si desea el mal, aunque lo obtuviera, ¡cuán desgraciado es!» — «Aquel que ama y posee cosas perecederas nunca puede ser feliz: aunque estuviera seguro de no perderlas nunca, lo seguiría considerando desgraciado, porque todo lo que es pasajero no tiene relación con el alma del hombre.

Y cuanto más lo busque, más miserable y necesitado será; pues todas las cosas de la tierra nunca harían feliz a un alma».

Después de seis meses pasados en esta íntima y deliciosa vida de Casiciaco, santa Mónica y su hijo regresaron a Milán. Llegado el momento del bautismo, Agustín se dirigió a la iglesia de San Juan Bautista, acompañado de su madre y sus amigos. Mónica, vestida con la túnica blanca bordeada de púrpura de las viudas, envuelta en largos velos, se esforzaba en vano por ocultar a todas las miradas la alegría que inundaba su alma. Un rayo de paz, de seguridad totalmente divina, aparecía en su frente y terminaba de dar a su fisonomía algo celestial.

Vida 08 / 09

Últimos instantes y muerte en Ostia

Tras éxtasis místicos, Mónica muere en Ostia en el año 387, pidiendo simplemente que se la recuerde en el altar.

Lo que más había crecido en santa Mónica era el amor, pues su amor por Jesucristo y su amor por Agustín eran uno solo. Habían creído juntos. Ella ya había tenido algunos éxtasis en la oración; pero desde el bautismo se hicieron más frecuentes. A veces estaba tan embriagada de su felicidad que permanecía un día entero absorta, sin palabras, sin preocupación por lo que la rodeaba, disfrutando interiormente y a solas con Dios. Otras veces, perdía hasta el uso de sus sentidos. Desde la conversión de su hijo, ya no pensaba más que en el cielo, y era fácil entrever que no la retendrían mucho tiempo aquí abajo. Un día pareció elevarse de la tierra y, arrebatada fuera de sí misma, comenzó a gritar: «¡Volemos al cielo, volemos al cielo!». Su rostro resplandecía con una alegría totalmente divina. Desde entonces, esta idea del cielo no la abandonó más. Ahora que veía a su hijo convertido, piadoso, sin necesidad ya de ser cubierto por la protección de su madre, la idea del cielo retomaba incesantemente la supremacía.

Como Agustín y sus amigos solo pensaban en regresar a África, santa Mónica partió con ellos. Llegaron a Civitavecchia, luego a Roma y finalmente a Ostia, donde esperaban encontrar un barco que los trans porta Ostie Sede episcopal de la que Pedro Damián fue titular. ra a todos a África; pero hubo que esperar algunos días. En este intervalo, ella dijo a su hijo: «Ya nada me retiene en la tierra. No sé qué más tengo que hacer aquí, ni por qué estoy todavía, puesto que he realizado todas mis esperanzas». Cinco días después de esta conversación, fue presa de un acceso de fiebre que la obligó a acostarse. Comprendió que el Esposo la llamaba, y ya no pensó más que en prepararse para su venida. Estando en cama, recogida y orando, tuvo un arrobamiento, uno de esos dulces y fuertes éxtasis que arrebatan el alma de sí misma, dejando el cuerpo inmóvil y desvanecido. La creyeron muerta. Se apresuraron a su alrededor. Se agitaban y buscaban remedios para devolverla a la vida, cuando abrió suavemente los ojos. «¿Dónde estaba?», dijo asombrada; y para revelar en una palabra de qué altas regiones descendía, y lo que allí había aprendido: «¡Enterraréis aquí a vuestra madre!», dijo.

A esta palabra, Agustín sintió las lágrimas subir a raudales de su corazón; pero tuvo la fuerza de contenerlas. «Enterraréis mi cuerpo donde queráis», prosiguió ella. «No os preocupéis por ello. Poco me importa. Lo único que os pido es que os acordéis de mí en el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis».

A partir de ese momento, Mónica calló, ocupada únicamente en recoger su alma para prepararla para la venida del Esposo. Sufría crueles dolores; pero el dolor no es un obstáculo para la transfiguración de las almas. Agustín asistía silencioso a esta transfiguración de su madre. No la dejaba ni un instante; alternativamente arrebatado y destrozado, seguía con la mirada, ayudaba incluso con su oración, con el vivo impulso de su corazón, este maravilloso y duro trabajo que iba a liberar a santa Mónica de su envoltura terrestre.

Ella lo animaba con la mirada: sufriendo mucho, pero sintiendo que llegaba finalmente, que ya no faltaba más que un esfuerzo, le agradecía el apoyo que le prestaba. Nueve días transcurrieron así, al cabo de los cuales sonó finalmente la hora de la liberación. Rezaba en silencio, llena de fe, desprendida de todo, feliz, sintiendo que iba la primera a un lugar donde Agustín vendría a reunirse con ella, y dejando en su rostro un reflejo de luz, de alegría y de paz.

Se dice que en el último momento, como pedía con más vivas instancias la santa Eucaristía, que se creía siempre que debía negársele a causa de sus crueles sufrimientos de estómago, se vio entrar en su habitación a un niño pequeño que se acercó a su cama, la besó en el pecho y, de inmediato, como si la hubiera llamado, ella inclinó la cabeza y dio el último suspiro. Fue en el año 387, el noveno día de su enfermedad, a los cincuenta y seis años de edad.

Tan pronto como Mónica expiró, Agustín no pudo resistirlo. Sintiendo amontonarse en su alma las olas de un dolor inmenso, deteniendo a fuerza de energía los arroyos de lágrimas listos para desbordarse, se levanta, se acerca a la cama, mira largamente una última vez el rostro de su madre y, después de haber cerrado, con un dedo agradecido, esos ojos que tanto habían llorado por él, huyó a toda prisa; pues no quería entristecer con sus gemidos una escena donde su corazón de cristiano le decía que todo debía respirar alegría. «Sentía», dijo, «afluir a mi corazón un dolor inmenso, listo para desbordarse en torrentes de llanto; pero mis ojos, bajo el imperioso mandato de mi alma, tragaban su corriente hasta permanecer secos, y esta lucha me desgarraba». — El cuerpo de santa Mónica fue llevado a la iglesia, donde se ofreció por ella el sacrificio antes de bajarla al sepulcro, como se practicaba entre los fieles.

Culto 09 / 09

Culto, reliquias y posteridad

Historia de los traslados de sus reliquias hacia Roma y desarrollo de la Archicofradía de las Madres cristianas en el siglo XIX.

En la iglesia de San Agustín, en Roma, la capilla dedicada a santa Mónica está adornada con pinturas al fresco que representan su vida, o más bien todas sus esperanzas y todas sus alegrías. Se la ve primero con los ojos húmedos de lágrimas, con un rayo de felicidad en la frente, escuchando a un viejo obispo que le anuncia la futura conversión del hijo de tantas lágrimas. Más adelante, se vuelve a ver la misma figura, sumida en el mismo dolor; pero el rayo de alegría es más vivo: escucha a un ángel que le dice: Ubi tu et ille, «donde tú estás, él vendrá», y que le muestra en la lejanía las dos sombras unidas y felices de la madre y el hijo. Más adelante aún, se ve cómo las lágrimas se detienen por completo en el rostro de la Santa, y una dulce y pura alegría brilla en sus ojos: es el momento en que san Agustín le anuncia su conversión. Luego, santa Mónica aparece en su lecho de muerte, radiante, rodeada de sus hijos, estrechando la mano de Agustín convertido, y expirando con los ojos al cielo, con una sonrisa en los labios. — Se la representa a veces: 1° llevando una tablilla marcada con el nombre de Jesús, para expresar que fue ella quien inspiró o mereció para su hijo el amor de Nuestro Señor; — 2° teniendo cerca de ella o en su mano una banda o cinturón; alusión a una costumbre de los Ermitaños de San Agustín que distribuyen cinturones benditos bajo la invocación de santa Mónica.

[ANEXO: CULTO Y RELIQUIAS DE SANTA MÓNICA.]

Santa Mónica permaneció largos siglos en el sarcófago de piedra que debía a la piedad de su hijo. Su nombre era venerado en Ostia, donde reposaba su cuerpo, y, tras la publicación de las Confesiones, lo fue en el mundo entero. Pero no se ve que se le rindiera culto. Su fiesta no está marcada ni en los martirologios universales de Ussard, de Adou, del venerable Beda, ni en los calendarios especiales de la iglesia de África.

Hacia el siglo VI o VIII, su cuerpo fue trasladado sin ruido, sin ceremonia, a la iglesia de Santa Aurea, en Ostia, y finalmente bajo el altar, al fondo de una cripta de la que los sacerdotes de esta iglesia eran los únicos que tenían el secreto. Desde el siglo XII y XIII, santa Mónica comenzaba a salir de la sombra. Su fiesta se establecía en varios puntos a la vez, y dondequiera que se la situaba, era el 4 de mayo. Se erigían altares en su honor en las viejas catedrales de la Edad Media; se componían himnos en su alabanza; y, en los frescos y vidrieras de las iglesias, se empezaba a ver brillar su bella figura. Ya Benozzo Gozzoli había pintado algunas de las más bellas escenas de su vida, y, en particular, su muerte, en el coro de la iglesia de San Gimignano.

El papa Ma rtín V e Martin V Papa que confirmó la tradición mediante una bula en 1437. ncargó a Pedro Assaibizi, religioso de la Orden de los Ermitaños de San Agustín, buscar las reliquias de santa Mónica y llevarlas a Roma. Se dirigió a toda prisa a Ostia, acompañado del bienaventurado Agustín Favorini, prior general de la misma Orden, y de un gran número de sacerdotes y religiosos. El sarcófago, que contenía los restos venerables de nuestra Santa, fue abierto y los huesos que contenía fueron puestos en una caja de madera.

Cuando las reliquias llegaron a Roma, un pueblo considerable formó cortejo al humilde carro que las transportaba. Todo el mundo quería ver la caja, tocarla, besarla, y los comisarios apostólicos, los religiosos y los sacerdotes de Ostia, que rodeaban el carro y le hacían una escolta de honor, no podían avanzar más. Un milagro vino a aumentar el entusiasmo que no conoció límites. Una mujer, acercándose al carro, aplicó a su hijo enfermo contra la caja, con una mirada en la que se reflejaba toda su fe. Y, de repente, un inmenso estremecimiento recorrió la multitud: el niño estaba curado.

Al día siguiente, se regresó a Ostia y se trajo, en triunfo, el sarcófago en el que había reposado su cuerpo. Varios milagros, aún más brillantes, acompañaron este traslado que se realizó en medio de una multitud que había crecido y que nada podía contener.

Martín V procedió al traslado de los restos preciosos de santa Mónica a un sepulcro de mármol blanco, adornado con esculturas de gran valor, debido a la piedad de Matteo Veggio de Lodi. La cabeza de la Santa fue encerrada en un relicario de oro guarnecido de cristal. Como la iglesia de San Trifón era demasiado pequeña para contener al gran número de peregrinos que venían a implorar a la Santa, Matteo Veggio de Lodi hizo construir una capilla en la que hizo trasladar su santo cuerpo. El papa Eugenio IV instituyó una cofradía de las Madres cristianas bajo el patrocinio de santa Mónica.

El cardenal de Estouville, arzobispo de Ruan, hizo construir en Roma una iglesia que dedicó a san Agustín. El cuerpo de santa Mónica fue colocado en una capilla a la izquierda del altar mayor, con esta inscripción:

HIC. JAC. CORPVS. S. MATRIS. MONICE.

Al pie del sepulcro se lee la siguiente inscripción:

IC & XC SEPVLCRVM. VRI. D. MONICE. CORPVS. APVD. OSTIA. TIBERINA. ANNIS. M. XII JACVIT. OB. IN. RO. EDITA. IN EIVS TRANSLATIONE. MIRACVLA. EX OBSCVRO. LOCO. IN ILLVSTRIOREM TRANSPONENDVM. FILII. PIENTISS. CVRARVNT. ANNO. SALVITIS. MDLXVI.

En el siglo XVI, la devoción a santa Mónica no cesó de crecer; su nombre fue entonces inscrito en todos los Martirologios. Su fiesta comenzó a celebrarse en todas partes, y su oficio fue insertado en el breviario romano. En 1576, el papa Gregorio XIII envió un fragmento de su cabeza a Bolonia. Una parcela fue concedida a la cofradía de Santa Mónica, en Roma. Una costilla fue enviada a Pavía, y algunos huesos a los Padres jesuitas de Munster y a los Ermitaños de San Agustín de Tréveris.

En el siglo XIX, el culto a santa Mónica floreció. El 4 de mayo de 1850, se vio nacer en París, en la capilla de Nuestra Señora de Sion, una piadosa asociación llamada de las Madres cristianas, que r Mères chrétiennes Asociación piadosa bajo el patrocinio de santa Mónica. eúnen sus oraciones por la conversión de sus hijos o de sus maridos extraviados. En 1854, estaba establecida en Lille, en Amiens, en Nantes, en Versalles, en Cambrai, en Valenciennes, luego en Belley, en Fréjus, en Tolón, en Burdeos, en Tours, en Constanza, en Ruan, en Bayeux, en Lyon, en Orleans, en Londres, en Dublín, en Liverpool, en Estocolmo, en San Petersburgo, en Odesa, en Viena, en Stuttgart, en Friburgo, en La Haya, en Bolonia, en Turín, en Madrid, en Chambéry, en Florencia, etc. En 1855, extendió sus ramas a Constantinopla, a Jerusalén, a Pondicherry, a la Isla Mauricio, en África, a la Martinica, a Sídney, en Oceanía, en Argel, en Ginebra, en Santiago, en Buenos Aires y en las Indias.

Esta asociación de las Madres cristianas fue elevada a la dignidad de archicofradía por un breve apostólico con fecha del 11 de marzo de 1856.

Monseñor de Las-Cases, obispo de Constantina, apenas sentado en la sede restaurada de san Agustín, abrió, a las Madres cristianas, dos santuarios nuevos, uno en Tagaste y el otro en Hipona.

El 4 de mayo de 1872 tuvo lugar, en Nuestra Señora de África, el traslado solemne de una reliquia de santa Mónica, que Monseñor Lavigerie, arzobispo de Argel, había obtenido recientemente de Roma: era el hueso del brazo de la Santa. Esta reliquia insigne y otra de san Agustín fueron colocadas en dos grandes relicarios de oro; después de haber sido expuestas a la veneración de todos sobre dos especies de tronos centelleantes de luz, fueron llevadas triunfalmente, luego devueltas cada una a su altar. El de santa Mónica está a la derecha bajo la gran cúpula.

Esta Vida ha sido enteramente rehecha según la bella Historia de santa Mónica, por el abad Rougand, vicario general de Orleans. — Cf. Confesiones de san Agustín, Bolandistas, y Breviario de los Canónigos regulares de la Orden de San Agustín.

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Nacimiento en Tagaste en 332
  2. Matrimonio con Patricio, un pagano violento
  3. Nacimiento de su hijo Agustín
  4. Conversión de su marido Patricio antes de su muerte
  5. Persecución de Agustín en Cartago, Roma y Milán para su conversión
  6. Bautismo de Agustín por san Ambrosio en Milán
  7. Éxtasis de Ostia con su hijo
  8. Muerte en Ostia a los 56 años

Milagros

  1. Visión de un joven radiante que le anuncia la conversión de su hijo
  2. Curación de un niño enfermo durante el traslado de sus reliquias a Roma
  3. Aparición de un niño pequeño en su lecho de muerte que le da un beso

Citas

  • Es imposible que el hijo de tantas lágrimas perezca. Un venerable obispo a Mónica
  • Enterrad mi cuerpo donde queráis. Lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor. Santa Mónica a sus hijos

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto