Obispo de Noyon y de Tournai en el siglo VI, Medardo es célebre por su inmensa caridad y sus milagros desde la infancia. Hermano gemelo de San Gildardo, unificó dos diócesis y dio el velo a la reina Radegunda. Es tradicionalmente representado protegido de la lluvia por un águila.
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SAN MEDARDO, OBISPO DE NOYON, Y SAN GILDARDO, ARZOBISPO DE ROUEN, HERMANOS
Orígenes y familia
Medardo y Gildardo nacen en Picardía de Nectardo, un señor franco, y de Protagia, una cristiana galorromana cuya piedad convirtió a su esposo.
Puesto que la divina Providencia ha unido tan estrechamente a estos dos hermanos, nacidos y bautizados juntos, ordenados sacerdotes y consagrados obispos juntos, y muertos el mismo día para ir a gozar juntos de la corona inmortal debida a sus méritos, no es razonable separarlos. Nacieron en Picardía, en el pueblo de Salency, a una legua de Noyon, en una época en la que los francos, conquistadores de una parte de las Galias, eran todavía idólatras; esto fue hacia el comienzo del reinado de Childerico, padre de Clodoveo. Su padre, Nectardo, franco de origen, era uno de los principales señores que rodeaban al rey; y su madre, que se llamaba Protagia, es decir, según la etimología griega, primera santa, era galorromana y de nacimiento también muy ilustre. Nectardo, aunque idólatra, tenía todas las virtudes morales capaces de hacer a un hombre honesto. Protagia era cristiana, e incluso había resuelto permanecer virgen y no tener jamás otro esposo que Jesucristo; pero Dios, que quería hacerla madre de dos grandes Santos, le hizo conocer, por un Ángel, que se contentaba con su buena voluntad y que debía casarse con Nectardo, según el deseo y el compromiso de sus padres. Este matrimonio tuvo como primer efecto la conversión de Nectardo; él no pudo resistir a las poderosas razones de Protagia: ella le hizo renunciar al culto de los ídolos para adorar al Dios soberano, creador de todas las cosas. La semejanza de su fe fue seguida de una perfecta semejanza en las costumbres, y habiendo sido desterrada la superstición de su casa, se vio reinar en ella la piedad, la devoción, la misericordia hacia los pobres, la continencia, la frugalidad, la modestia y todas las demás virtudes cristianas.
Infancia y primeros milagros
Desde su infancia, Medardo manifiesta una caridad excepcional, ilustrada por el milagro del águila que lo protege de la lluvia y la multiplicación de los caballos entregados a los pobres.
Según san Audoeno y otros autores, Medardo y Gildardo eran gemelos. Las tablas de la Iglesia de Ruan añaden que no se difirió su bautismo, como se hacía a menudo en aquel tiempo; sino que, inmediatamente después de su nacimiento, fueron regenerados en Jesucristo. Su infancia fue toda santa, y sus actos relatan ejemplos admirables que no deben pasarse por alto. Lo que más brilló en este joven santo fue su gran compasión hacia los pobres y los desdichados. Se sometía a ayunos rigurosos para distribuirles el pan que debía comer, y se privaba de todas las dulzuras con las que lo gratificaban para hacérselas entrega. Se despojaba a sí mismo para vestirlos; y un día, habiéndole hecho confeccionar un manto de gran valor para aparecer con honor entre los jóvenes de su rango, al encontrarse con un ciego que no tenía con qué cubrirse, se lo regaló: lo cual causó más admiración que pena a su piadosa madre quien, feliz de ver en él cualidades tan excelentes, se esforzaba por desarrollarlas en su joven corazón. Otro día, habiendo regresado su padre del campo con muchos caballos, le encargó llevarlos al prado y custodiarlos allí durante algún tiempo, porque todos sus criados estaban ocupados en diversos ministerios. Mientras cumplía con este humilde empleo, vio a un hombre que, habiendo perdido su caballo por algún accidente, cargaba sobre su cabeza, con mucha dificultad, la silla, la brida, los estribos y las cinchas. Le preguntó por qué se cargaba tanto, puesto que incluso sin carga le costaba mucho caminar. El transeúnte le respondió que su caballo acababa de morir y que era para él una gran desgracia, porque no tenía con qué procurarse otro. Entonces el corazón del santo fue conmovido por la compasión y, considerando que su padre tenía varios caballos y que le era fácil conseguir otros, tomó uno de los caballos confiados a su cuidado y se lo dio. Dios le hizo conocer de inmediato que esta acción le era agradable; pues, habiendo sobrevenido una fuerte lluvia, un águila vino sobre la cabeza de Medardo y lo puso al abrigo de sus alas: lo cual fue visto no solo por un criado que fue a buscarlo para cenar, sino también por su padre, su madre y todas las personas de la casa, que acudieron a admirar esta maravilla. El escudero de Nectardo se quejó de que faltaba uno de sus caballos; pero, tan pronto como Medardo declaró su acción, el número de caballos se completó: resultó que ya no faltaba ninguno, sin que se pudiera decir cómo había sucedido. Después de un milagro tan brillante, Nectardo y Protagia dieron a su hijo total libertad para hacer limosna, sin dudar de que, hecha por tan buena mano, atraería la bendición del cielo sobre su persona y sobre su familia.
Medardo también apaciguó una gran disputa que había surgido entre unos campesinos por el lindero de sus heredades; pues, habiéndose trasladado al lugar, puso el pie sobre una piedra que estaba en la tierra, asegurándoles que aquel era el verdadero límite; para convencerlos plenamente, imprimió la huella de su pie sobre aquella piedra, tan fácilmente como si hubiera sido cera blanda.
Formación y sacerdocio
Los dos hermanos estudian en Vermand y Tournai antes de ser ordenados sacerdotes por el obispo Sofronio, distinguiéndose por su ascetismo y su erudición.
Durante toda su infancia, nuestro Santo llevó una vida piadosa, mortificada y caritativa. Aunque pasó pocos años en el lugar de su nacimiento, dejó allí recuerdos edificantes que el tiempo no ha borrado. Pronto, dejó Salency y se dirigió a las escuelas literarias de Vermand y Tournai. Su padre habitaba a menudo en esta última ciudad, que Childerico, rey de los francos, había elegido para su residencia.
Bajo maestros recomendables por su ciencia y por su piedad, Medardo avanzó rápidamente en el conocimiento de las letras profanas, y sobre todo en el de las divinas Escrituras. Hizo progresos aún más maravillosos en la práctica de las virtudes cristianas. Evitando la frecuentación de los grandes y las diversiones de la corte, ponía toda su felicidad en estudiar, en orar, en visitar y en aliviar a los pobres. Al don de milagros que ya poseía, Dios se dignó añadir el don de profecía: fue entonces cuando predijo a Eleuterio, su condiscípulo y amigo, la futura elevación de este santo joven a la sede de Tournai.
Para san Gildardo, las tablas de la iglesia de Ruan atestiguan que, incluso en la infancia, era extremadamente asiduo a la iglesia, y que en ella encontraba todas sus delicias; que teniendo la gravedad de un anciano, huía de todos los juegos y diversiones que son el entretenimiento de esa primera edad, que después de sus deberes hacia Dios, se hacía un deber capital obedecer en todas las cosas a sus padres, y que no cedía en nada a su hermano en la caridad hacia los pobres, ayunando también para alimentarlos y despojándose para vestirlos.
Nuestros dos Santos, ofreciendo en su vida todas las marcas de la vocación eclesiástica, fueron tonsurados en una iglesia dedicada bajo el nombre de san Esteban, donde durante mucho tiempo se conservaron las tijeras que habían servido para cortarles el cabello. Se cree que esta iglesia estaba a las puertas de Soissons, y que es la misma que, habiendo sido muy aumentada por los reyes Clotario y Sigeberto, tomó el nombre de San Medardo. Lo que podemos saber de sus estudios es que fueron puestos bajo la guía de los obispos de Tournai y de Vermand, quienes se ocuparon de enseñarles la doctrina sagrada, a fin de que llegaran a ser capaces de enseñar al pueblo cristiano, de trabajar en la conversión de los infieles y de confundir a los herejes. La docilidad de su espíritu, la belleza de su memoria y la solidez de su juicio hicieron que adquirieran en poco tiempo lo que otros no habrían adquirido sino en muchos años, y que fueran juzgados dignos, en una edad poco avanzada, de ser promovidos a las Órdenes de la Iglesia.
Recibieron incluso el sacerdocio de manos de Sofronio, obispo de Vermand. Fue en esta Orden donde apareció admirablemente el concierto precioso de todas las virtudes de las que su alma estaba dotada. Sus ayunos eran frecuentes y su oración continua; pasaban noches enteras en la meditación de nuestros misterios, y encontraban en ellos tantas delicias, que no la dejaban sino con una santa impaciencia de reanudarla. Modestos y humildes, honraban mucho a sus superiores; pero no querían recibir honores de sus iguales ni de sus inferiores, a quienes trataban como a sus hermanos. Su dulzura y su afabilidad los hacían amados por todo el mundo, y no se hablaba por todas partes más que de estos dos hermanos, quienes, como dos hermosos soles, iluminaban las iglesias de Picardía.
El episcopado de san Gildardo
Gildardo se convierte en arzobispo de Ruan, participa en el bautismo de Clodoveo y en el concilio de Orleans, y consagra al joven san Laud de Coutances.
Habiendo quedado vacante el arzobispado de Ruan hacia finales del siglo V, por la muerte de Crescencio, uno de sus más dignos prelados, el clero y el pueblo e ligieron a sa saint Gildard Hermano gemelo de Medardo, arzobispo de Ruan. n Gildardo en su lugar. Este santo sacerdote no recibió la noticia de esta elección sino con dolor; pero, como era evidente que se había realizado por inspiración de Dios, y sin favor humano alguno, se vio obligado a someterse. Habiendo llegado a Ruan, donde todavía había muchos idólatras, trabajó con un celo infatigable para ganarlos para Jesucristo, y tuvo el consuelo de ver la sinagoga de Satanás disminuir día a día, y su rebaño crecer a cada momento con la conversión de estos infieles: la dulzura, la honestidad y la ternura paternal con las que los visitaba y les hablaba contribuyeron enormemente a este feliz resultado. Pero lo que más ayudó fueron las oraciones continuas que dirigía a Dios por este pueblo que le había sido confiado, y la celebración continua del Sacrificio de nuestros altares. Socorría a los pobres, rescataba a los cautivos, visitaba y consolaba a los enfermos, cuyos nombres tenía siempre grabados en su memoria; consolaba a los afligidos y, para decirlo todo en una palabra, según las Actas de su vida, que se encuentran en los archivos de Ruan, proveyó en todas las cosas a la utilidad de todos.
Hay sobre todo tres acontecimientos que lo hicieron célebre en la historia eclesiástica. Cooperó, con san Remigio, san Medardo, su hermano, y san Vedasto, en la conversión total y el bautismo de Clodoveo, nuestro primer rey cristiano, como se relata en las antiguas Lecciones de la iglesia que lleva su nombre en Ruan. Asistió, en el año 511, al primer concilio de Orleans, uno de los más célebres de Francia; suscribió allí en estos términos: *Gildaredus, episcopus ecclesiæ Rothomagensis metropolis, subscripsi*. — Gildardo, obispo de la iglesia metropolitana de Ruan, he suscrito. Finalmente, consagró a san Laud como obispo de Coutances. No era más que un niño de doce años que ni siquiera tenía la primera tonsura; pero habiendo fallecido Posensor, obispo de esa sede, Dios dio a conocer, mediante signos manifiestos, que lo había elegido como pastor de su rebaño. El Ángel, que había revelado esta elección a dos sacerdotes de santa vida de la misma Iglesia, la reveló también al rey Childeberto, quien dio su consentimiento. Sin embargo, san Gildardo, a quien, como metropolitano, correspondía confirmar la elección del clero e imponer las manos, encontró grandes dificultades. Tenía ante sus ojos la prohibición de san Pablo de elevar demasiado pronto a las dignidades eclesiásticas; conocía también los Cánones de la Iglesia que no permitían consagrar sacerdote y obispo antes de los treinta años. Le decían que Dios podía dispensar de estas leyes, y que la declaración que el Ángel había hecho de su voluntad divina era una dispensa suficiente; pero él sabía que no se debía creer a todo espíritu, y que el mejor medio de reconocer la verdad de una revelación era dudar primero de ella y tenerla por sospechosa. Fue entonces a ver al rey para exponerle su embarazo y decirle que era algo tan inaudito hacer un obispo a los doce años, que no se atrevía a atraerse el reproche de haber dado un ejemplo tan peligroso. Pero habiéndole asegurado el rey la visión que había tenido al respecto, recurrió a la oración, y entonces Dios le hizo conocer que, estando por encima de todas las leyes, tenía designios privilegiados, y que, como quería dar a este niño la prudencia y la madurez de un anciano, quería también que fuera, por una elección extraordinaria, el obispo de la ciudad de Coutances. Así, nuestro Santo lo abrazó como a su hermano y lo consagró mediante la imposición de manos, la cual, al darle el Espíritu Santo, le dio al mismo tiempo la sabiduría y el vigor episcopales.
Pocos años después, este bienaventurado Arzobispo, consumido por los trabajos y las penitencias, cayó en una enfermedad mortal que le hizo conocer que la hora de su partida y de su recompensa se acercaba; se preparó para ello mediante la recepción de los Sacramentos y una renovación de fervor, y finalmente entregó su espíritu a Dios en medio de una gran luz y bajo la forma de una paloma, como dice una lección de su oficio. Su cuerpo fue enterrado en su catedral, que lleva su nombre, y, posteriormente, fue trasladado a Soissons y depositado en la abadía de Saint-Médard, como diremos pronto. El día de su muerte está marcado el 8 de junio y hacia el año 545.
El episcopado de san Medardo
Consagrado obispo de Vermand por san Remigio, Medardo traslada la sede a Noyon para huir de las invasiones bárbaras antes de unir su diócesis a la de Tournai.
Volvamos ahora a san Medardo: este santo sacerdote, hasta el momento de su promoción al episcopado, asistió a su padre, a su obispo y a nuestros reyes con sus sabios consejos, y edificó maravillosamente a todo el Vermandois por la santidad de su vida y por la fuerza de sus discursos y exhortaciones. Su caridad hacia los pobres no se limitaba a distribuirles pan, ropa y todas las cosas necesarias para la vida; en su celo por su salvación, arrancó a un gran número de ellos de la ignorancia, del pecado y de hábitos criminales. Para cumplir una tarea a menudo tan difícil y ruda, no retrocedió ante ningún peligro ni ante ningún sacrificio. Sin embargo, nuestro Santo no olvidaba visitar a menudo a sus queridos salencienses. Se dice que fue en una de estas correrías apostólicas en los alrededores de Noyon donde los dotó de la bella y conmovedora institución conocida con el nombre de fiesta de la Rosière. Si bien ningún documento positivo respalda esta opinión, encuentra un argumento bastante poderoso a su favor en la tradición antigua y constante del país.
San Medardo realizó también grandes milagros, que le dieron una reputación tan alta que se le consideraba a él mismo como un prodigio de gracia y como uno de los personajes más santos de su siglo. Dios tomó su defensa y su protección en todas las cosas. Un ladrón que entró por la noche en su viña y causó un gran daño, no pudo encontrar la salida durante toda la noche, ni desprenderse de su botín; al día siguiente por la mañana, lo encontraron con su robo entre las manos y en un terror maravilloso a causa de la extraña noche que había pasado. Querían castigarlo como ladrón, pero el Santo le perdonó y le dio incluso, por gracia, lo que había querido llevarse contra la justicia. Otro, habiéndole robado sus colmenas, fue perseguido por las abejas de tal manera que se vio obligado a arrojarse a sus pies y pedirle perdón para ser liberado: lo cual obtuvo sin dificultad. Un tercero, que se había llevado un toro de su rebaño, fue obligado a devolverlo porque el cencerro que colgaba del cuello de este animal, en cualquier lugar donde lo pusiera, sonaba continuamente por sí mismo y daba testimonio de su hurto. El ejército del rey Clotario I, habiendo causado grandes estragos en el Vermandois, los carros en los que los soldados habían cargado su botín permanecieron inmóviles y nunca pudieron avanzar hasta que hicieron restitución y el santo sacerdote les hubo dado su bendición. También liberó a un tal Tosion de un demonio muy cruel que lo atormentaba, haciendo sobre él solamente la señal de la cruz.
Sus trabajos, sus virtudes y sus milagros habían hecho su nombre célebre incluso en regiones lejanas; pero su misión no estaba cumplida y aún no se le permitía prepararse en el retiro para el viaje de la eternidad: tuvo que combatir los combates del Señor hasta su último suspiro. Llamado a gobernar la iglesia de Vermand, que había quedado viuda de su pastor por la muerte de Alomer, intentó sustraerse a este honor, alegando su avanzada edad y la disminución de sus fuerzas. Todas sus resistencias fracasaron ante los esfuerzos unidos del rey, del clero, del pueblo y del santo pontífice Remigio: la voluntad de Dios era manifiesta; tuvo que resignarse a recibir la unción episcopal. Fue consagrado obispo de Vermand por san Remigio, quien se encontraba entonces al final de su gloriosa carrera.
Apenas elevado a la cátedra episcopal, hizo aparecer más que nunca su caridad hacia los pobres, su cuidado por la conversión de los pecadores, su compasión por todos los miserables y su verdadera devoción hacia Dios. Pero como, poco antes de su elección, todo el país alrededor del Oise y del Somme había sido miserablemente saqueado y devastado por los hunos, los vándalos y otros bárbaros, y su ciudad episcopal estaba continuamente expuesta a semejantes insultos, tomó la resolución de trasladar su sede y hacer venir a la mayor parte de su pueblo a Noyon, fortaleza considerable donde tendría menos motivo para teme r las Noyon Sede episcopal principal del santo. incursiones de los enemigos. Dios bendijo admirablemente este designio, y Noyon se convirtió en una gran ciudad y en uno de los bellos obispados de Francia, al cual estaba unida la dignidad de condado-par.
Algunos años después, san Eleuterio, a quien san Medardo había predicho, siendo estudiante con él, que sería obispo, dejó el obispado de Tournai vacante por su muerte; todos los católicos de esta ciudad pidieron insistentemente a nuestro Santo como prelado. Esta propuesta le pareció inadmisible, pues no está permitido a nadie, según los cánones, poseer juntos dos obispados. Pero el rey, los obispos de la provincia, el mismo san Remigio, el metropolitano, y finalmente el bienaventurado papa Ho rmisdas, enton pape Hormisdas Papa contemporáneo del final de la vida de Lautein. ces sentado en la cátedra de san Pedro, considerando las necesidades de la diócesis de Tournai, que estaba aún sumergida en parte en la idolatría y en parte en los vicios infames que la mezcla de los bárbaros había atraído allí, juzgaron necesario concederle este excelente pastor. Unió, pues, estas dos diócesis, pero sin quitar ni a Noyon ni a Tournai la calidad de ciudad episcopal, y se consagró a trabajar en una y en otra por la salvación de las almas y por la ruina de la potencia del demonio que allí ejercía su tiranía. Tuvo sobre todo males increíbles que sufrir en Tournai; fue cargado de injurias y cubierto de oprobios; se vio a menudo amenazado de muerte y condenado por furiosos a los últimos suplicios; pero como era inquebrantable en medio de estas tempestades y sufría todos estos malos tratos con una constancia que nunca pudo ser alterada, domó finalmente la dureza de los infieles y de los libertinos y, en poco tiempo, hizo tantas conversiones y regeneró a tantos idólatras en las fuentes sagradas del bautismo, que toda la diócesis cambió de rostro y se vio relucir en ella, con gran esplendor, la luz del cristianismo. Fortunato observa, en su vida, que hizo espiritualmente todo lo que Nuestro Señor promete en el Evangelio a los predicadores apostólicos: expulsó a los demonios en nombre de Jesucristo, porque los desterró del alma de aquellos que se convirtieron y recibieron la fe; habló lenguas nuevas, porque anunció a los infieles verdades que les eran desconocidas, de las cuales nunca habían oído hablar; exterminó a las serpientes, porque protegió a los cristianos contra todas las tentaciones del gran dragón y de la serpiente infernal; bebió veneno sin ser ofendido, porque, recibiendo la confesión de todos los pecadores, se llenó, por así decirlo, del veneno de su crimen, sin que la pureza de su alma fuera alterada; curó finalmente a los enfermos imponiéndoles las manos, porque habiendo encontrado a casi todos sus diocesanos espiritualmente enfermos por la violencia de sus malos hábitos y de sus pasiones, los hizo volver a la salud imprimiéndoles el odio al vicio y el amor a la virtud.
Santa Radegunda y el rey Clotario
Medardo impone el velo religioso a la reina Radegunda y recibe la confesión del rey Clotario I antes de fallecer a una edad avanzada.
De regreso en la diócesis de Noyon, san Medardo consagró el resto de sus fuerzas a esta porción tan querida de su rebaño. Uno de los acontecimientos más notables de su episcopado fue la llegada a Noyon de santa Radegunda, quien se retiraba, con el consentimiento del rey, de los honores de la corte, y venía a pedir al santo obispo el velo que debía consagrarla a la vida religiosa. San Medardo puso al principio algunas dificultades, por temor a que Clotario, arrepintiéndose más tarde de la libertad concedida a la virtuosa princesa, hiciera recaer sobre la religión una separación que ella habría hecho irrevocable. Pero la santa elocuencia de Radegunda y la inspiración que brillaba en sus instancias triunfaron finalmente sobre esta loable prudencia. El prelado impuso las manos a la joven reina y añadió una gloria más a todas las de su ilustre episcopado. Las tradiciones de la Edad Media han conservado el recuerdo de este hecho en las pinturas murales de la antigua colegiata de Poitiers, donde san Medardo figura en la bóveda del santuario entre los obispos que gozaron de la estima y la amistad de Radegunda.
Entretanto, una grave enfermedad, unida a una avanzada edad, le dio señales casi seguras de su próxima libe ración. El rey Le roi Clotaire Rey de los francos que apoyó la fundación del monasterio. Clotario, al enterarse, fue a ver al santo prelado para recibir su bendición. Este príncipe, arrepentido de la crueldad que había ejercido contra Chramne y la familia de este hijo rebelde, confesó públicamente su crimen. Su confesión, sus pesares y la penitencia a la que se sometió le hicieron merecedor de la absolución. Luego le preguntó dónde quería ser enterrado; Medardo dijo que debía ser en su catedral, según la costumbre de los otros obispos; pero el rey insistió fuertemente en que su cuerpo fuera trasladado a Soissons, donde construiría una basílica magnífica para que le sirviera de sepulcro: el Santo se vio obligado a ceder. Poco tiempo después, exhaló su alma purísima; algunos de los presentes la vieron subir al cielo; también aparecieron, durante dos horas, luces celestiales junto a su cuerpo, que mostraron claramente que había salido de las tinieblas de esta vida mortal para entrar en la luz de la vida inmortal.
Traslación y fundación de la abadía
El cuerpo de Medardo es trasladado a Soissons por Clotario I, marcando la fundación de una abadía benedictina que se convertiría en una de las más poderosas de Francia.
Al día siguiente, los obispos que estaban en Noyon, habiendo celebrado la misa de difuntos en presencia del santo cuerpo, vieron llegar a una multitud numerosa, tanto del pueblo como de la nobleza, para asistir a sus exequias. Todos pedían que no se les arrebatara un tesoro tan preciado para transportarlo a otra diócesis; pero el rey se mantuvo firme en su resolución y cargó él mismo este precioso fardo sobre sus hombros reales; los obispos y los principales de la corte le ayudaron en este oficio de piedad; y, relevándose así unos a otros, cruzaron el río Aisne en Attichy y llegaron hasta el burgo de Crouy, a doscientos pasos de Soissons, lugar donde el Soissons Lugar de nacimiento y fallecimiento de Godofredo. rey había resuelto construir su nueva iglesia.
Cuando llegaron a este lugar, el féretro se volvió completamente inmóvil, sin que se pudiera levantar ni de un lado ni de otro, hasta que el rey hubo donado la mitad de este burgo de su dominio, que pertenecía a la mesa real, para el mantenimiento de aquellos que allí celebrarían los divinos oficios. Pero como después de esta donación el féretro se dejaba levantar de un lado y permanecía tan pesado del otro que era imposible moverlo, hizo la donación completa y mandó expedir al instante cartas patentes, selladas con su sello; entonces, el santo cuerpo se dejó transportar fácilmente a donde se quiso. Antes de cerrar completamente su sepulcro, se vieron dos hermosas palomas descender del cielo, y una tercera, más blanca que la nieve, salir de su boca: signo manifiesto de que los ángeles habían venido al encuentro de su alma, y que esta había salido de su cuerpo con una inocencia y una pureza angélicas.
Tantas maravillas llevaron al rey a apresurar la construcción de la basílica. Preparó, pues, todos los materiales; pero, habiendo muerto poco después en su castillo de Compiègne, dejó este cuidado a su hijo, Sigeberto, quien se desempeñó muy dignamente. Los reyes que le siguieron, como Clotario, padre de Dagoberto, Luis el Piadoso y Carlos el Calvo, hicieron esta iglesia aún más magnífica. Se añadió también un monasterio que fue entregado a los religiosos de San Benito, y que fue tan ilustre que el papa San Gregorio, habiéndolo sometido inmediatamente a la Santa Sede y habiéndolo dotado de otros grandes privilegios, lo convirtió en cabeza de todos los monasterios de Francia. Se llegaron a ver hasta cuatrocientos religiosos que cantaban día y noche, unos tras otros, las alabanzas de Dios, como hacían aquellos religiosos de Oriente llamados acemetas. Gran número de burgos, feudos, prioratos y prebostazgos dependían de él, y el abad tuvo incluso antiguamente el poder de acuñar moneda.
San Medardo murió hacia el año 543, el 8 de junio. El padre Giry se ve obligado a retrasar su muerte más allá del 560 porque, según él, San Medardo dio a Clotario la absolución del crimen que había cometido al hacer quemar a su hijo natural Chramne por rebelión, hechos que se remontan al año 560.
Grandeza y declive de la abadía
La abadía atraviesa los siglos, acumulando reliquias prestigiosas antes de sufrir los estragos de los normandos, los calvinistas y, posteriormente, la Revolución.
## ABADÍA DE SAINT-MÉDARD. — CULTO Y RELIQUIAS.
«La célebre a badía de Saint-Médard» abbaye de Saint-Médard Abadía benedictina que albergó las reliquias. , dice el Sr. Lequeux, antiguo vicario general de Soissons, en sus *Antiquités religieuses du diocèse de Soissons et Laon*, «fue fundada en 547 por Clotario I, rey de Soissons. Si este príncipe era muy vicioso, apreciaba la virtud: demostró su estima por el santo obispo Medardo yendo a visitarlo a Noyon durante su última enfermedad; y, en cuanto supo de su muerte (545), quiso que fuera trasladado al palacio que tenía cerca de Soissons, más allá del Aisne, en el territorio de Crouy. Fue allí donde, pocos años después, puso los cimientos de un gran monasterio, al que llamó a monjes benedictinos que trajo de Glanfeuil. (Fue en Glanfeuil, en Anjou, donde san Mauro, enviado a Francia por el mismo san Benito en 542, había formado el primer establecimiento donde se siguió la Regla adoptada después por la mayoría de los monasterios). Tras la muerte de Clotario, Sigeberto, rey de Austrasia, a quien pertenecía Crouy por estar más allá del Aisne, continuó la obra de su padre y terminó la iglesia. Se atribuye a esta primera época la cripta o iglesia subterránea que aún se ve en Saint-Médard, y que es uno de los monumentos más curiosos de la comarca.
«La abadía fue colmada de bienes por los reyes de la primera y la segunda raza; se contaron después hasta doscientos veinte feudos que dependían de ella; los obispos de Soissons, e incluso los de otras diócesis, le confiaron un gran número de altares o prebendas; recibió de varios papas todos los privilegios a los que entonces se daba mayor importancia, sobre todo el de la exención de la jurisdicción episcopal: llegó pronto a tal punto de esplendor que cuatrocientos monjes, repartiéndose entre ellos la noche y el día, y sucediéndose sin interrupción, cumplían allí una salmodia perpetua, al mismo tiempo que mantenían escuelas públicas para la enseñanza de las ciencias divinas y humanas.
«Uno se ve obligado a elegir entre los rasgos más notables de la historia de este lugar célebre. Hilduino, que fue abad hacia 826 y que tenía a la vez mucho crédito en la corte de los reyes de Francia y en la de Roma, obtuvo del papa Eugenio II una porción considerable de las reliquias del ilustre mártir san Sebastián y de san Gregorio Magno, y de otros santos muy célebres en toda la Iglesia. La devoción de los grandes y del pueblo fue tan revivida por esta preciosa adquisición que el abad pudo fácilmente reconstruir, sobre un plano más vasto, la iglesia principal del monasterio: la consagración se hizo en 841 con la mayor pompa; el rey Carlos el Calvo no se contentó con asistir, rodeado de setenta y dos arzobispos y obispos, y de casi todos los grandes de su reino; sino que, ayudado por los señores más distinguidos, trasladó él mismo el cuerpo de san Medardo de la cripta inferior a la nueva basílica.
«Entre los abades que gobernaron el monasterio en los siglos siguientes, hay que destacar sobre todo a san Arnulfo, que fue elevado después a la sede de Soissons hacia 1080, y a san Giraud.
«Habiendo sido destruida la iglesia del monasterio por un desastre cuya causa se ignora, fue reconstruida a principios del siglo XIV; y la consagración que se hizo el 15 de octubre de 1131 por el papa Inocencio II en persona, superó en solemnidad a lo que se había hecho en las edades anteriores. Habiendo concedido el Papa indulgencias plenarias a quienes la visitaran el día del aniversario, la afluencia de quienes querían aprovechar los perdones de san Medardo era tan grande que, al no poder entrar todos en la iglesia, se fijaron, con permiso del Papa, ciertos límites entre los cuales los peregrinos pasaban a cumplir las prácticas prescritas y ganar la indulgencia. Por lo demás, este privilegio parece haber estado especialmente unido a una especie de jubileo que se celebraba cada cincuenta años y que daba lugar a procesiones y ceremonias solemnes, llamadas los perdones de san Medardo.
«Además de la iglesia principal, el monasterio albergaba en su recinto otras seis iglesias: la más notable era la de santa Sofía, donde Hilduino había colocado canónigos o eclesiásticos que vivían en comunidad, encargándoles administrar los Sacramentos a los peregrinos y huéspedes, para dejar más libertad a los monjes. Las otras iglesias eran probablemente capillas exteriores para la gente que dependía del monasterio, o oratorios interiores que servían para algunos ejercicios de la comunidad.
«Se cuentan hasta diez concilios que se celebraron en Saint-Médard; el primero tuvo lugar en el año 744, y el quinto, en el año 862. Varios reyes y varias reinas fueron coronados allí. También ocurrieron escenas que tuvieron una gravedad deplorable: fue en Saint-Médard donde Luis el Piadoso fue encerrado, después de haber sido depuesto contrariamente a todas las reglas y sometido a la penitencia pública; pero pronto logró volver al ejercicio de los derechos de la soberanía.
«A los tiempos de prosperidad sucedieron, para la abadía de Saint-Médard, los días de tribulaciones y angustias. Devastada varias veces por los normandos en el transcurso del siglo IX, despojada de parte de sus bienes durante este siglo y el siguiente por poderosos señores, había triunfado sobre estas pruebas. Las guerras civiles del siglo XV le fueron luego más funestas: sin embargo, logró levantarse de nuevo y, a mediados del siglo XVI, parecía haber recuperado su esplendor.
«Estos días de una última magnificencia fueron pronto seguidos por la desolación. Lo que sufrió la abadía en 1567 a manos de los calvinistas superó todas las calamidades de las edades anteriores: los herejes cometieron allí horribles devastaciones. Tomamos aquí el relato del autor de la *Histoire de Soissons*, casi contemporáneo. Nos gusta su estilo ingenuo.
«Desde el domingo 28 de septiembre, mientras los soldados estaban ocupados en el saqueo de la ciudad, algunos caballeros salieron sin ruido y vinieron a esta abadía para llevarse lo más precioso. Encontraron las urnas de san Sebastián, san Gregorio y san Medardo, con tres cruces de plata adornadas con oro y piedras preciosas, y candelabros del mismo metal; se llevaron las urnas y arrojaron los huesos a los fosos. Dios no permitió que estas santas reliquias fueran sepultadas bajo las aguas: el sastre de los religiosos las recogió con la ayuda de una viuda que las llevó a la princesa de Borbón, abadesa de Notre-Dame de Soissons; después, un viñador de Crouy encontró en una viña un saco de damasco blanco en el que estaban los huesos de san Gregorio. (Más tarde estas reliquias fueron devueltas a la abadía; se pueden ver en Dormay las precauciones que se tomaron para reconocerlas.) El martes siguiente, cuando el botín empezaba a escasear en la ciudad, los soldados salieron y atacaron primero el monasterio de Saint-Médard. Hubierais creído que eran otros tantos demonios llenos de furor contra las cosas más santas. Unos demolían los altares, tiraban al suelo las columnas y las balaustradas; otros se emplearon en romper las imágenes de la iglesia, del claustro y del capítulo, en derribar los órganos o en remover las tumbas: no se oían más que voces confusas, golpes de martillo y de hacha y un estruendo espantoso de piedras, madera, hierro y otros metales que caían sobre el pavimento. Se vio a algunos subir al campanario para romper las campanas, que eran de un tamaño extraordinario. Los más astutos encontraron el lugar donde se había escondido el resto de las urnas y los ornamentos, e hicieron un gran fuego en el que arrojaron todas las reliquias que encontraron. Así, se perdió en una hora un gran número de cuerpos santos que se guardaban desde hacía siglos. Después de haber descargado su odio sobre los objetos que podían destruir con menos trabajo, se ensañaron con la galería que estaba sobre el portal, con los tejados de la iglesia, los dormitorios, el refectorio y los demás edificios que eran de una antigua escultura, y la mayoría de una maravillosa belleza.
«Parte de las ruinas que aún se ven en Saint-Médard se refieren al tiempo de esta catástrofe. La abadía quedó desde entonces reducida a un estado muy mediocre. La iglesia, sacudida por tantos golpes, cayó en 1621, y hubo que recurrir a la munificencia de Luis XIII para levantarla.
«Saint-Médard entró en 1637 en la congregación de Saint-Maur, y esta unión le fue provechosa. Sin embargo, el antiguo monasterio ya no tenía más que de doce a trece religiosos cuando la Revolución vino a cerrar este asilo venerable».
Legado y obra social moderna
En el siglo XIX, el abad Dupont y Mons. de Simony restauran el sitio para fundar allí un instituto renombrado para sordomudos y ciegos.
Para completar esta nota sobre la abadía de Saint-Médard, el Sr. Henri Congnet, decano del Capítulo de Soissons, nos escribía el 15 de agosto de 1866:
«De las construcciones que existían en el momento de la Revolución francesa, queda: — 1° el edificio bastante moderno de la iglesia abacial; — 2° una vasta cripta muy notable y perfectamente conservada; data quizás del reinado de Clotario I o al menos del de su hijo Sigeberto. En el compartimento del fondo se encuentra la tumba del caritativo abad Dupont, cubierta por una lápida funeraria; — 3° un calabozo llamado prisión de Luis el Piadoso; pero su construcción acusa la época ojival, y la inscripción no es del siglo XII. La duquesa de Berry visitó esta prisión en 1821. — 4° La torre donde Abelardo fue encerrado tras su condena, pronunciada en un concilio celebrado en Saint-Médard, en 1122. — Sobre esta torre se ha construido recientemente una capilla de Nuestra Señora de la Salette, que forma su coronamiento.
«La abadía entera fue vendida en 1793 a diversos particulares, y su recinto dividido en varios lotes. En el año 1840, un sacerdote devoto, el Sr. abad Dupont, entonces párroco de Saint-Germain-Villeneuve, después de haber hecho, durante algún tiempo, de su presbiterio una escuela de sordomudos, tuvo la feliz idea de comprar a la familia Goslin la porción principal de los edificios de Saint-Médard. La obtuvo por una suma de 40,000 francos. Su patrimonio personal era solo de 10,000 francos; lo entregó como pago a cuenta a los vendedores y se confió a la Providencia para que le ayudara a pagar el resto. Desde entonces trasladó a sus alumnos a la antigua abadía de Saint-Médard y puso en práctica toda la actividad de la que estaba dotado para recoger ayudas en todo el obispado y terminar así la admirable fundación que el Señor le había inspirado. Tantos cuidados, trabajos y gestiones pronto habían agotado las fuerzas de este nuevo Abad de L'Épée; murió en el empeño en 1843, teniendo solo cuarenta y tres años. Tendido en su lecho de dolor, pidió que rogaran a Mons. de Simony que viniera a escuchar la expresión de sus últimas voluntades; el piadoso obispo se rindió a los deseos del moribundo y aceptó sin dudar su sucesión, es decir, sus queridos sordomudos, y la casa de Saint-Médard con todas sus cargas. — Las deudas eran de 30,000 francos. Mons. de Simony vendió inmediatamente rentas que tenía sobre el Estado, y pudo así satisfacer a los acreedores más urgentes. Luego, por medio de colectas, loterías, y también con sus propios ingresos, el piadoso obispo logró liberar completamente el establecimiento; lo legó al morir a sus sucesores. — Hoy, el instituto de sordomudos y ciegos de Saint-Médard ocupa el primer lugar, después del de París, entre todos los establecimientos de este género. Está dirigido, para las niñas, por las hermanas de la Sabiduría, y, para los niños, por los hermanos de San Gabriel. La casa contiene cerca de doscientos niños. Becas son fundadas allí por el consejo general del Aisne y por los departamentos limítrofes».
El culto a san Medardo se extendió rápidamente; los fieles acudían de todas partes a la tumba del Santo, a quien invocaban como asociado a la gloria de los elegidos. Ya en el año 563, se le rendía culto público. La celebración solemne de su fiesta fue fijada el 8 de junio, día aniversario de su muerte. Iglesias se levantaron en su honor, no solo en los obispados de Noyon, de Tournai y de Soissons, sino en todos los puntos de Francia. Se le invocó incluso en Inglaterra, hasta el momento en que ese país tuvo la desgracia de separarse de la verdadera Iglesia.
San Gery, que fue casi su contemporáneo, le dedicó el monasterio que construyó en el monte de los Bueyes, en Cambrai. Llevaba siempre consigo reliquias de este pontífice. Se encuentran más tarde en un gran número de iglesias. Judeigne, en el Brabante, poseía una mandíbula del Santo; Douai, Tournai y la abadía de Liessies tenían igualmente algunas parcelas de sus huesos, así como las ciudades de Colonia, Tréveris, Praga, Noyon y Dijon. Se cuentan en el obispado de Cambrai seis parroquias que reconocen a san Medardo como su patrón. En París, en el arrabal Saint-Marceau, una iglesia le está dedicada. No era en el origen más que una capilla en la cual los religiosos de Santa Genoveva habían colocado reliquias de este santo obispo tras la invasión de los normandos.
Las reliquias del Bienaventurado han sufrido también tristes vicisitudes. Transportadas a diversos lugares, no escaparon a la furia de los normandos y de los húngaros sino para caer en poder de los sectarios impíos que las entregaron a las llamas. Por un favor benevolente de la Providencia, manos piadosas pudieron recoger las cenizas y las depositaron con respeto en la iglesia de Saint-Médard. Afortunadamente también, porciones considerables habían sido distraídas en diversas épocas, y distribuidas a un gran número de iglesias. La catedral de Noyon tiene la dicha de poseer algunas. En el año 1852, Mons. Joseph-Armand Gigneux, obispo de Beauvais, Noyon y Senlis, las reconoció solemnemente y las encerró en una magnífica urna debida a la liberalidad de un piadoso noyones, el Sr. Michaux-Honnocet. Esta urna de cobre dorado se encuentra en la capilla de Saint-Médard. — La iglesia parroquial de Sainte-Verta (Yonne), en el obispado de Sens, posee igualmente, desde el 11 de octubre de 1874, algunas reliquias del santo obispo de Noyon.
Cf. *Annales du diocèse de Soissons*, por el abad Pêcheur; *Vie des Saints du diocèse de Beauvais*, por el abad Sabatier; *Vers des Saints*, por el abad Destombes; *Acta Sanctorum*, al 8 de junio; *Vie des Saints de l'Église de Poitiers*, por el abad Anber.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.