14 de junio 4.º siglo

San Basilio el Grande

Arzobispo de Cesarea

Arzobispo de Cesarea, Doctor de la Iglesia

Fiesta
14 de junio
Fallecimiento
1er ou 4 janvier 379 (naturelle)
Época
4.º siglo

Nacido en 329 en una familia de santos, Basilio el Grande fue un gigante de la Iglesia del siglo IV, combinando una inmensa erudición clásica con una vida monástica austera. Arzobispo de Cesarea, defendió con una intrepidez heroica la fe de Nicea contra el arrianismo imperial. Fundador del monacato oriental y de vastas instituciones caritativas, sigue siendo uno de los más grandes doctores y oradores de la cristiandad.

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8 seccións de lectura

S. BASILIO EL GRANDE, ARZOBISPO DE CESAREA

DOCTOR DE LA IGLESIA

Vida 01 / 08

Orígenes y familia santa

Basilio nace en 329 en Cesarea de Capadocia en el seno de una familia cristiana ilustre, que cuenta con varios santos, entre ellos sus padres y sus hermanos.

San Basilio, de una familia donde la santidad parecía hereditaria, nació e n Cesar Césarée Sede episcopal de san Leoncio. ea, metrópoli de Capadocia, hacia finales del año 329. Aquellos de quienes recibió la vida habían nacido también en el mismo país. Su padre, sin embargo, era originario del Ponto, y sus antepasados habían gozado allí durante mucho tiempo de una alta consideración. Santa Macrina fue su abuela paterna. Esta santa y su marido, cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, fueron despojados de sus bienes y sufrieron crueles torturas por la fe, bajo el reinado de Maximino II, en 331. Habiendo huido en otra ocasión para sustraerse a las búsquedas de los perseguidores, permanecieron siete años escondidos en los bosques del Ponto, donde Dios, según san Gregorio Nacianceno, proveyó milagrosamente a su subsistencia.

San Basilio el Viejo y santa Emelia, de quienes Dios se sirvió para dar al mundo al santo arzobispo de Cesarea, se hicieron recomendables por la práctica de todas las virtudes cristianas. El cielo bendijo su matrimonio con el nacimiento de diez hijos. Hubo nueve que le sobrevivieron y que todos se distinguieron por una santidad eminente; aquellos que permanecieron en el mundo, dice san Gregorio Nacianceno, parecieron no ceder en piedad a aquellos que abrazaron el estado de virginidad para consagrarse más perfectamente al servi cio de Dios. S Sainte Macrine Hermana mayor de Basilio, le alentó hacia la vida monástica. anta Macrina era la mayor de todos estos hijos; ayudó a su madre en la educación de sus hermanos y hermanas, y trabajó de concierto con ella para inspirarles vivos sentimientos de religión. Había cuatro varones: san Basilio, Naucratio, san Gregorio de Nisa y saint Grégoire de Nysse Hagiógrafo y fuente principal de la vida del santo. san Pedro de Sebaste.

Santa Emelia debió a sus oraciones el nacimiento de su hijo Basilio; pero apenas estaba en el mundo, causó vivas alarmas a la ternura de su familia. Fue atacado por una enfermedad peligrosa que los médicos juzgaron incurable. El restablecimiento de su salud fue considerado como el fruto de las oraciones que se habían hecho por él. Aprendemos estos detalles de san Gregorio de Nisa.

Vida 02 / 08

Una educación de excelencia

Estudia retórica y filosofía en Cesarea, en Constantinopla con Libanio, y luego en Atenas, donde entabla una profunda amistad con Gregorio Nacianceno.

Fue enviado, desde su infancia, con santa Macrina la Anciana, su abuela, que vivía en el campo, cerca de Neocesarea, en el Ponto: allí fue donde bebió los primeros principios de la virtud. «Nunca he olvidado», decía después, «las fuertes impresiones que causaban en mi alma aún tierna los discursos y los ejemplos de esta santa mujer». Su padre, que pasaba la mayor parte de su vida en el Ponto, y que era el ornamento de esta provincia, tanto por su piedad como por su elocuencia, se encargó él mismo de enseñarle los primeros elementos de la literatura; y lo hizo hasta su muerte, ocurrida poco después del nacimiento de san Pedro de Sebaste. El joven Basilio fue entonces enviado a Cesarea, donde las ciencias eran muy florecientes; allí se distinguió por encima de los de su edad por la rapidez de sus progresos, y al mismo tiempo se atrajo por su regularidad y por su fervor la admiración de todas las personas que lo conocían. Era, dice san Gregorio Nacianceno, «superior a su edad por su instrucción, superior a su instrucción por la firmeza de sus costumbres: retórico entre los retóricos, incluso antes de sentarse ante las cátedras de los sofistas; filósofo antes de los dogmas de la filosofía, y, lo que es más grande, sacerdote para los cristianos antes del sacerdocio».

Como los maestros más hábiles de Cesarea ya no tenían nada que enseñarle, sus padres lo hicieron partir hacia Constantinopla, donde Libanio, el más célebre retórico de su tiempo, y uno de los primeros hombres del imperio, daba lecciones públicas con un aplauso universal. Este gran maestro supo distinguir a Basilio en la multitud de sus discípulos; no podía cansarse de admirar en él las más felices disposiciones para las ciencias, unidas a una modestia rara y a una virtud extraordinaria. Dice, en sus epístolas, que se sentía como arrebatado fuera de sí mismo cada vez que oía a Basilio hablar en público. Mantuvo siempre desde entonces con él un comercio de cartas, y no cesó de darle muestras de esa alta estima y de esa veneración profunda que había concebido por su mérito. De Constantinopla, Basilio se dirigió a Atenas, con el designio de obtener allí nuevos conocimientos. Esta ciudad siempre había sido considerada como el templo de las musas desde Pericles. Se acudía allí de todas partes para formarse en esa pureza de lenguaje y en esa elegancia antigua que han hecho tan célebres a los buenos escritores de Grecia.

Libanio, pagano de religión, enseñó retórica en Constantinopla, en Nicomedia y en Antioquía. Fue singularmente honrado por Juliano el Apóstata. Sirvió al emperador Teodosio, quien lo elevó a la dignidad de prefecto del pretorio. Aún tenemos de él Epístolas, Oraciones y Diccionarios, donde se encuentran frecuentes invectivas contra el emperador Constantino el Grande y contra la religión cristiana.

Libanio, op. S. Basil., Ep. 145, 152.

San Basilio hace una excelente observación en su tratado *de Legendis gentilium libris*. La Escritura y las máximas de la vida, dice, deben ser el principal estudio de los cristianos; pero no hay que concluir de ello que la elocuencia y las otras partes de la literatura les sean inútiles; al contrario, se deben considerar como las hojas que sirven a los frutos de ornamento y de protección. Partiendo de este principio, quiere que se prepare a la juventud para el estudio sublime de los oráculos sagrados, mediante la lectura reflexiva de los mejores poetas y de los mejores oradores de la antigüedad profana; ordena al mismo tiempo que se use discreción en la elección de los libros que se ponen en manos de los jóvenes. Se debe, añade, prohibirles absolutamente todos aquellos donde se encuentren ejemplos y máximas capaces de corromper su corazón.

Juliano el Apóstata sentía mejor que nadie la utilidad que nuestra religión obtenía del estudio de las bellas letras; juzgaba que le sería imposible aniquilar el cristianismo, como se lo había propuesto, mientras tuviera por defensores a los hombres más sabios del imperio, tales como un san Atanasio, un san Gregorio Nacianceno, un san Hilario, un Teodoro de Tarso, un Apolinar. Esto fue lo que lo llevó a prohibir a los cristianos enseñar gramática, elocuencia y filosofía. Los Padres no fueron los únicos que consideraron este edicto como un acto tóxico de tiranía; los paganos tuvieron el mismo juicio. Se puede ver lo que dice Amiano Marcelino, que era de la religión de Juliano, y el panegirista de este príncipe, l. xxii, c. 10; l. xxv, c. 4. Se leerá también con mucha satisfacción lo que concierne a este rasgo de historia, en la Histoire du Bas-Empire, por Le Beau, l. xii, n. 24, t. iii, p. 171.

Este historiador observa, según el testimonio de los Padres y de los historiadores contemporáneos, que Juliano dio un segundo edicto, por el cual se prohibía a los cristianos leer a los autores profanos. Para suplir esta pérdida, Apolinar y san Gregorio Nacianceno compusieron poemas sobre temas de piedad; pero no se compensaron las obras maestras de la antigüedad con obras hechas a toda prisa, por muchas bellezas que pudieran encerrar.

Fue en 352 cuando san Basilio llegó a Atenas. Allí encontró a san Gregorio Nacianceno, con quien había formado en Cesarea la relación más íntima. Como este ya conocía las costumbres de los atenienses, dio sabios consejos a su amigo y dispuso to dos los ánimos para recibi saint Grégoire de Nazianze Doctor de la Iglesia que pronunció el elogio de Leoncio. rlo bien. La gravedad de Basilio, unida a la idea ventajosa que se había concebido de él, lo preservó de los malos tratos a los que los recién llegados estaban siempre expuestos por parte de aquellos que frecuentaban las escuelas públicas.

La amistad de nuestros dos Santos era muy diferente de la de los jóvenes, que ordinariamente solo se funda en el interés o en el amor al placer. Se amaban porque se estimaban y se respetaban mutuamente. Había además en ellos una admirable conformidad de inclinaciones y un ardor igual por la adquisición de la virtud y de las ciencias. Su único objeto era consagrarse perfectamente al servicio de Dios; y, para llegar a este gran fin, aprovechaban todas las ocasiones para animarse y sostenerse el uno al otro: pero como pueden deslizarse abusos en las amistades incluso más santas, estaban continuamente en guardia, para no caer en las trampas del enemigo. Rezaban asiduamente y vivían en una mortificación continua de sus sentidos. A juzgar por la gravedad de su conducta, se les habría tomado por ángeles desprovistos de cuerpo. Con esta vigilancia sobre sí mismos, encontraban en su amistad recíproca mil consuelos y mil medios para estimularse a la práctica del bien. Vivían juntos y tenían una mesa común. Su unión nunca era interrumpida por la diversidad de sentimientos, y parecían no tener más que una misma voluntad. El espíritu de propiedad no reinaba entre ellos. En todas sus acciones, solo contemplaban la gloria de Dios: a ella referían sus trabajos, sus estudios, sus vigilias, sus ayunos y, generalmente, el empleo de todas las facultades de su alma.

Pero inútilmente habrían tomado las precauciones de las que acabamos de hablar para poner su inocencia al abrigo del peligro, si no hubieran sido fieles en evitar las malas compañías. Es la observación que hace san Gregorio Nacianceno. «No teníamos», dice, «ninguna relación con los estudiantes que mostraban grosería, impudicia y desprecio por la religión: solo frecuentábamos a los que eran pacíficos y regulares, a aquellos cuya conversación podía sernos provechosa. Estábamos persuadidos de que era una ilusión mezclarse con los pecadores bajo pretexto de trabajar en convertirlos, y que debíamos temer siempre que nos comunicaran su veneno».

San Gregorio Nacianceno añade, hablando de sí mismo y de su amigo: «Solo conocíamos dos calles de la ciudad: una conducía a la iglesia y a los ministros sagrados que allí celebraban los divinos misterios y alimentaban al rebaño de Jesucristo con el pan de vida; la otra, por la cual no teníamos ni mucho menos la misma estima, conducía a las escuelas públicas y a aquellos que nos enseñaban las ciencias. Dejábamos a los otros las calles por las que se iba al teatro, a los espectáculos y a los lugares donde se daban los entretenimientos profanos. Nuestra santificación era nuestro gran asunto; nuestro único objetivo era ser llamados y ser efectivamente cristianos: en eso hacíamos consistir toda nuestra gloria».

San Basilio se hizo muy hábil en el conocimiento de las diferentes partes de la literatura. Sabía que este conocimiento contribuye mucho a extender las facultades del espíritu, y que es absolutamente necesario para cualquiera que quiera sobresalir en alguna ciencia, especialmente en el arte oratorio, que era muy estimado entre los griegos y los romanos. Teniendo el designio, al igual que su amigo, de ponerse en condiciones de servir útilmente a la Iglesia, se aplicaron ambos a perfeccionarse en la verdadera elocuencia.

San Basilio sobresalía también en la filosofía, en la poesía y en las otras partes de la literatura. Por poco que se lean atentamente sus escritos, y especialmente su libro de la Creación o de la obra de seis días, que ha titulado *Hexaemeron*, se reconocerá que tenía sobre la historia natural ideas más justas y conocimientos más extensos que Aristóteles, a pesar de los auxilios que proporcionaban a este los tesoros de Alejandría. Poseía tan superiormente la dialéctica y el arte de encadenar las consecuencias a los principios, que no se podía resistir a la fuerza de sus razonamientos; estaban tan ligados y eran tan apremiantes, según san Gregorio Nacianceno, que se habría tenido más dificultad en deshacer se de ello Hexaëmeron Serie de homilías sobre la creación del mundo en seis días. s que en salir de un laberinto. Tomó una tintura general de la geometría, de la medicina y de otras ciencias semejantes, estando persuadido con razón de que sin esta tintura apenas se puede sobresalir en ningún arte en particular; pero despreció todo lo que era inútil para un hombre únicamente dedicado a la defensa y a la gloria de la religión. Poniendo así límites a su curiosidad, dice san Gregorio Nacianceno, no se mostró menos admirable por lo que descuidó en las ciencias que por lo que aprendió de ellas. Terminado el curso de sus estudios preliminares, se aplicó seriamente a meditar la Escritura, esa fuente inagotable de sentimientos y de conocimientos que elevan al hombre hasta el cielo. Leía también las obras de los Padres de la Iglesia con mucha asiduidad. Por todos estos medios reunidos, acumuló un rico tesoro de ciencias, y se hizo capaz de ejercer, con esa superioridad que se conoce, el importante ministerio de la palabra divina, y de contribuir con una fuerza maravillosa al avance de la piedad en las almas.

Basilio fue pronto considerado en Atenas como un oráculo al que se debía consultar sobre las ciencias, tanto divinas como humanas. Los estudiantes y los maestros de esta ciudad, llenos de estima por su mérito, emplearon toda clase de medios para fijarlo entre ellos; pero no pudieron lograrlo: Basilio creyó que era responsable ante su patria de los talentos que Dios le había dado. Habiendo dejado pues a su querido Gregorio en Atenas, partió en 355 para dirigirse a Cesarea en Capadocia, donde Gregorio no tardó en seguirlo. Aunque era aún joven, abrió en esta ciudad una escuela de retórica. Sus amigos lo determinaron también a formar parte del foro: pues era por estas dos vías por las que los oradores y las personas de calidad comenzaban a darse a conocer y se perfeccionaban en la elocuencia.

Conversión 03 / 08

Conversión y fundación monástica

Bajo la influencia de su hermana Macrina, renuncia al mundo, viaja junto a los ascetas de Oriente y funda monasterios en el Ponto, redactando sus célebres reglas.

La filosofía ya había elevado a Basilio por encima de la ambición, y no sentía más que desprecio por los puestos distinguidos y por todas las vanas ventajas que podía prometerse en el mundo. Siempre había llevado una vida muy regular y no se había ocupado más que de buscar el reino de Dios; pero la acogida honorable que le brindaron en su país, unida a los aplausos que recibía de todas partes, lo expuso a una tentación muy delicada, la de la vanagloria. No bien se hubo percatado del peligro que corría, el miedo se apoderó de su alma. Poco tiempo después, resolvió renunciar enteramente al mundo, a fin de alejarse más del precipicio al borde del cual había caminado. Santa Macrina, su hermana, y san Gregorio Nacian ceno no contri Sainte Macrine Hermana mayor de Basilio, le alentó hacia la vida monástica. buyeron poco a fortalecerlo en esta resolución. Al representarle las ventajas de la pobreza voluntaria, hicieron nacer en él el desprecio por una gloria perecedera y le inspiraron un deseo ardiente de tender a la perfección. Basilio, por consejo de ellos, dio a los pobres la mayor parte de sus bienes, y, semejante a un hombre que sale de un letargo, comenzó a ver la luz de la sabiduría celestial y a sentir toda la nada de las cosas creadas. En estas disposiciones, se consagró a los trabajos de la penitencia abrazando el estado monástico. Libanio quedó singularmente impresionado por tan generoso desprecio del mundo, y no podía cansarse de admirar la grandeza de alma que era su principio.

San Basilio y san Gregorio Nacianceno ponen a menudo la elocuencia entre las cosas que abandonaron al renunciar al mundo; pero con ello entienden ese vano conjunto de flores y adornos que no tienen otro efecto que encantar los oídos. Quizás hablan del uso profano de la elocuencia, al cual no se renunciaba en su época sin hacer un gran sacrificio. Sea lo que fuere de su pensamiento, se ve por sus escritos que no condenaron la elocuencia considerada en sí misma; y su ejemplo servirá siempre para confundir a aquellos que, bajo pretexto de imitar la sencillez de los Apóstoles, anuncian la palabra de Dios con una rusticidad que proviene de su pereza o de su ignorancia.

Pero dejemos hablar a san Gregorio Nacianceno, y veremos lo que pensaba sobre este punto. «Después de haber abandonado el mundo», dice, «no me he reservado más que la elocuencia. No me arrepiento de las penas y fatigas que he sufrido tanto por mar como por tierra para adquirir el conocimiento de este arte; quisiera, tanto para mí como para mis amigos, que poseyéramos toda su fuerza y toda su perfección». Dice en otro lugar: «No me queda más que la elocuencia de todo lo que he poseído; la ofrezco y la consagro enteramente a mi Dios. La voz de sus mandamientos y el impulso de su espíritu me han hecho abandonar todo lo demás, a fin de cambiar lo que tenía por la piedra preciosa del Evangelio. Me he convertido, pues, o más bien deseo con ardor convertirme en ese feliz mercader que da bienes perecederos para procurarse otros eternos: pero, en calidad de ministro del Evangelio, me dedico únicamente al cuidado de predicarlo; ese es mi lote, y jamás faltaré al deber que me ha sido impuesto».

Basilio, después de su retiro, no quiso vivir más que para Dios. Persuadido de que el nombre de monje no serviría más que para su condenación si no cumplía fielmente las obligaciones de su estado, emprendió, en 357, viajar por Siria, Mesopotamia y Egipto. Su objetivo era visitar a los monjes y ermitaños que habitaban los desiertos de ese país, a fin de adquirir un conocimiento perfecto de los deberes a los que su nuevo género de vida lo sujetaba. Quedó muy edificado al ver a estos santos solitarios, que mostraban con toda su conducta que se consideraban extranjeros en la tierra y ciudadanos del cielo. Sus ejemplos y sus discursos lo fortalecieron aún más en su primera resolución. Aprendemos de él mismo que en todos sus viajes no eligió como directores más que a aquellos cuya fe era conforme a la de la Iglesia católica.

En 358, regresó a Capadocia. Dianio, su obispo, que lo había bautizado anteriormente, lo ordenó lector. Este prelado hacía profesión de estar apegado a la doctrina de la Iglesia; pero tuvo la imprudencia de comprometerse en gestiones favorables a los arrianos. Esta conducta causó un vivo dolor a Basilio, quien respetaba a Dianio como a su pastor, y que además notaba en él varias cualidades hermosas; pero la obligación de guardar la unidad en la fe actuando sobre él más poderosamente que cualquier otro motivo, se separó de su comunión, sobre todo cuando lo vio suscribir el formulario de Rímini.

El Santo dejó Capadocia en 358 y se retiró al Ponto, donde eligió como morada la casa de su abuela, que estaba situada a orillas del Iris, en Annési. Emelia, su madre, y Macrina, su hermana, habían fundado allí un monasterio para personas de su sexo. E ste Pont Provincia de origen de san Alejandro. monasterio era entonces gobernado por Macrina. Basilio fundó uno para hombres al otro lado del río, y tuvo su dirección durante cuatro años, es decir, hasta el año 362, época en la que renunció a este puesto en favor de san Pedro de Sebaste, su hermano. A siete u ocho estadios del monasterio de Santa Macrina estaba la iglesia de los Cuarenta Mártires, enriquecida con una porción considerable de las reliquias de estos bienaventurados soldados de Jesucristo, y tan renombrada en los escritos de san Basilio y sus amigos. Esta iglesia no estaba lejos de Neocesarea.

Además del monasterio del que hemos hablado, san Basilio fundó varios otros, tanto para hombres como para mujeres, en diferentes lugares del Ponto. Conservó una inspección general sobre estas comunidades, incluso durante su episcopado. Fue para su instrucción que compuso sus obras ascéticas, entre otras sus grandes y pequeñas reglas. En ellas dio al estado de los cenobitas la preferencia sobre el de los ermitaños; el primero le parecía en general mucho más seguro que el segundo. A menudo repite allí que un monje debe descubrir a su superior lo que hay de más secreto en su alma, y someterse en todo a sus decisiones. Al mismo tiempo que prescribe la hospitalidad hacia los extranjeros, prohíbe que se le sirvan platos delicados; lo cual, según él, sería tan ridículo como si los monjes cambiaran de hábito para recibirlos. Una vida austera, continúa hablando a sus religiosos, los librará de las visitas inútiles y alejará de su casa a las personas que tienen el espíritu del mundo. Su mesa debe predicar la sobriedad incluso a los extranjeros. Hace la enumeración de las horas canónicas y muestra su excelencia. Por la de Prima, dice, consagramos a Dios las primicias de nuestros pensamientos, llenamos nuestros corazones de piadosos sentimientos y de esa alegría saludable que excita en nosotros el pensamiento de Dios. Las Constituciones monásticas, que llevan el nombre de san Basilio, difieren en varios artículos de las reglas de las que acabamos de hablar, y no son atribuidas a este Padre por los antiguos autores: parecen ser de una fecha un poco posterior. La Regla de San Basilio es seguida aún hoy por todos los monjes de Oriente, incluso por aquellos que se dicen de la Orden de San Antonio.

Vida 04 / 08

Vida ascética y rigor

Basilio lleva una vida de privaciones extremas, marcada por el ayuno, el trabajo manual y la meditación de la Escritura, sirviendo de modelo al monaquismo oriental.

Basilio se retrató en sus escritos con la mayor veracidad: pero es necesario representarlo en su retiro, para no privar a su virtud de los homenajes que le son debidos; por otra parte, considerado bajo este aspecto, siempre ha servido de modelo a aquellos que, en los diferentes siglos, han querido alcanzar una santidad eminente. Jamás llevaba más que una túnica y un manto; dormía sobre el suelo duro, velaba a veces noches enteras y no hacía uso del baño, lo cual era una gran mortificación en los países cálidos, sobre todo antes de que se utilizara la ropa interior. Se cubría durante la noche con un cilicio, que se quitaba durante el día, a fin de ocultar a los hombres su amor por la penitencia. Se acostumbró, a pesar de todas las repugnancias de la naturaleza, a sufrir el frío excesivo que reina en las montañas del Ponto. Cada día no hacía más que una comida, y esta comida consistía en un poco de agua y pan, a lo que añadía algunas hierbas los días de fiesta. El alimento que tomaba era en tan pequeña cantidad que casi se habría dicho que vivía sin comer. San Gregorio de Nisa comparaba su abstinencia con el ayuno de Elías; y san Gregorio Nacianceno le decía, con motivo de su extrema palidez, que su cuerpo parecía apenas animado. Añade en otro lugar, hablando siempre del Santo, que estaba desprovisto de bienes, de carne y casi de sangre. Basilio nos enseña él mismo que trataba a su cuerpo como a un esclavo siempre dispuesto a rebelarse, si no tuviera cuidado de mantenerlo continuamente bajo rienda. Se ve por sus epístolas que estaba sujeto a infirmedades frecuentes e incluso continuas. Dice en una carta que en el tiempo en que mejor se encontraba, era más débil de lo que son ordinariamente los enfermos abandonados por los médicos.

La mortificación de los sentidos estaba acompañada en él por la de la voluntad; y esta última participaba en cierto modo del prodigio: le añadía además una humildad extraordinaria. Era por un efecto de esta virtud que tenía un deseo tan ardiente de sepultarse, por así decirlo, en la soledad y de vivir enteramente desconocido para los hombres. La soledad, sin embargo, no le comunicaba nada triste ni austero; era de una dulzura y una paciencia a prueba de todos los acontecimientos. Su inalterable dulzura de carácter había causado a Libanio la mayor admiración; esta sacaba un nuevo lustre de una amable gravedad por la cual estaba templada. La menor falta contra la castidad le causaba horror, y su amor por esta virtud le llevó a construir varios monasterios para vírgenes a las cuales dio una regla escrita.

Durante una hambruna que hizo sentir sus estragos hacia el año 350, vendió el resto de sus bienes para asistir a los desgraciados. Quiso vivir, dice san Gregorio Nacianceno, en la mayor pobreza posible, y jamás nada pudo hacerle vacilar en su resolución. Al despojarse de todo lo que poseía en el mundo, se ponía en condiciones de pasar más seguramente el mar tormentoso de esta vida. Su despojo fue tan entero que no se reservó ni la más pequeña parte de sus bienes; e incluso, cuando fue elevado al episcopado, no tenía, para proveer a su subsistencia, más que las liberalidades de sus amigos. Seguir en una desnudez perfecta a Jesús crucificado, he ahí cuáles eran sus riquezas.

En los diferentes ejercicios de la vida monástica, se esforzaba por imitar e incluso superar los excelentes modelos que había visto en Siria y en Egipto. A ejemplo de estos piadosos solitarios, llevaba un hábito hecho de una tela basta que sujetaba con un cinturón; pero estas marcas exteriores de penitencia no eran en él, como en ellos, más que los símbolos de un gran fondo de humildad, de desapego y de mortificación. Compartía su tiempo entre la oración, el trabajo de las manos y la meditación de la Escritura. A menudo iba a las aldeas vecinas para enseñar los principios de la fe a los campesinos y para exhortarlos a la práctica de la virtud.

Al principio le faltó algo a su felicidad, porque no gozaba de la presencia de san Gregorio Nacianceno. Le escribió entonces varias cartas para comprometerlo a venir a compartir con él los encantos de la soledad, y le presionó de la manera más viva a no negarle el socorro que esperaba de su compañía y de sus ejemplos. En una de sus cartas, le describe admirablemente las ventajas que proporciona el retiro para orar con fervor y para obtener una victoria completa sobre sus pasiones. Un monje, según la definición que da de él, es un hombre que ora continuamente; que santifica el trabajo de las manos por una unión continua con Dios, sobre todo por el canto de los salmos; un hombre cuyo corazón está siempre elevado hacia Dios y que no tiene otro objeto que adornar su alma con las virtudes mediante la meditación de los libros santos. Dice que un monje no debe vivir más que de pan y agua, y no hacer más que una comida al día; que su sueño no puede ser prolongado más allá de la mitad de la noche, y que es necesario que, levantándose entonces, persevere hasta el día en la oración. Basilio, según el relato de los dos santos Gregorios, ha trazado su verdadero retrato en la carta de la que aquí se trata.

San Gregorio Nacianceno se rindió a las invitaciones de su amigo y fue a reunirse con él en el Ponto. Encerrados el uno y el otro en una pobre cabaña, llevaban allí una vida muy austera. Tenían un pequeño jardín cuyo suelo era extremadamente estéril y que ellos mismos cultivaban. Gregorio, habiendo sido después sacado de su soledad, lamentaba amargamente la tranquilidad y la felicidad de las que él y Basilio gozaban cantando los salmos, velando en la oración, que elevaba sus almas hasta el cielo, ejerciendo sus cuerpos mediante el trabajo de las manos, que consistía en cargar leña, tallar piedras, plantar árboles, cavar canales, etc. Los dos Santos tenían también horas regladas para el estudio de la Escritura. En 362, Basilio tomó consigo a algunos de sus monjes y regresó a Cesarea en Capadocia.

Vida 05 / 08

El episcopado y la Basiliada

Elegido arzobispo de Cesarea en 370, se distingue por su predicación constante y la fundación de un inmenso complejo hospitalario para los pobres, la Basiliada.

Sin embargo , Vale Valens Emperador romano protector del arrianismo que exilió a Eusebio. nte, asociado al imperio (364) por su hermano Valentiniano, quien le cedió Oriente, habiéndose dejado seducir por Eudoxio de Constantinopla y por Euzoyio de Antioquía, se declaró protector del arrianismo. En 366, realizó un viaje a Cesarea con la intención de poner las iglesias de esta ciudad en manos de los herejes. Basilio fue entonces llamado por el obispo Eusebio. Alarmado por el peligro que corría la fe, se apresuró a acudir en su auxilio. Mostró tanto celo y prudencia que los arrianos se vieron obligados, tras varios intentos inútiles, a desistir de sus pretensiones. Los discursos que pronunció confirmaron al pueblo en la doctrina de la Iglesia. No se limitó a prevenir a los fieles contra el veneno de la herejía; los exhortó además a practicar el Evangelio de la manera más perfecta. Reunió los corazones divididos mediante sinceras reconciliaciones y logró sofocar todas las semillas de discordia. Durante una hambruna que asoló el país, dio pruebas de una caridad sin límites e hizo que los pobres encontraran un recurso seguro en las limosnas de las personas ricas. Les lavaba los pies, los servía a la mesa y les distribuía con sus propias manos todas las provisiones necesarias para su subsistencia. Tal conducta le ganó la amistad de Eusebio; este prelado concibió incluso por él una alta estima y no emprendió nada importante sin haberlo consultado. Tras su muerte, ocurrida hacia mediados del año 370, Basilio fue elegido para sucederle. La noticia de esta elección causó una satisfacción extraordinaria a san Atanasio, quien anunció desde entonces las victorias que san Basilio obtendría sobre la herejía reinante.

Esta nueva dignidad hizo brillar más que nunca las virtudes de Basilio; pareció superarse a sí mismo tanto como anteriormente había superado a los demás. Predicaba mañana y tarde, incluso los días en que los fieles se dedican a sus trabajos ordinarios. Su auditorio era tan numeroso que le dio el título de *mar*. Se acudía a sus discursos con tal entusiasmo que él mismo se compara con una madre que, cuando sus pechos están agotados, no deja de presentarlos aún a su hijo para que, mediante ello, pueda impedir sus llantos. Su rebaño, como él mismo nos enseña, tenía tanta hambre de la palabra de Dios que se veía obligado a hacer oír su voz en un tiempo en que una larga enfermedad le había arrebatado sus fuerzas y apenas estaba en condiciones de hablar. Estableció en Cesarea varias prácticas de devoción que había visto observar en Egipto, en Siria y en otros lugares, sobre todo la de reunirse por la mañana en la iglesia para hacer la oración en común y para cantar ciertos salmos antes de la salida del sol. La mayoría de los que se encontraban en esta asamblea parecían penetrados de una viva compunción y vertían un torrente de lágrimas. El pueblo comulgaba los domingos, miércoles, viernes, sábados y en todas las fiestas de los mártires.

Habiendo sido afligida la provincia por una gran sequía, Basilio pidió al cielo el cese del flagelo; y sus oraciones, según el relato de san Gregorio de Nisa, fueron escuchadas. Ningún obispo llevó más lejos que él el amor a los pobres, de quienes se consideraba defensor y padre. No contento con hacer abundantes limosnas, fundó en Cesarea un vasto hospital, llamado por san Gregorio Nacianceno *una nueva ciudad*, que, a causa de su fundador, fue nombrado *Basiliada*, y que fue célebre mucho tiempo después del episcopado del Santo. «S Basiléide Vasto hospital fundado por Basilio en Cesarea para los pobres y los enfermos. e puede», añade san Gregorio Nacianceno al hablar del mismo hospital, «contar entre las maravillas del mundo, tan grande es el número de pobres y enfermos que allí se reciben, tan admirables el orden y el cuidado con los que se provee a las diversas necesidades de los desdichados». San Basilio iba a menudo allí para consolar a los que sufrían y para instruirles a hacer un buen uso de sus penas.

Contexto 06 / 08

Resistencia frente al poder imperial

Se opone con intrepidez al emperador arriano Valente y al prefecto Modesto, defendiendo la ortodoxia de Nicea a pesar de las amenazas de exilio y muerte.

Este príncipe, viendo que Basilio era como una torre inexpugnable contra la cual los esfuerzos de la herejía no podían nada, resolvió emplear contra él las vías del rigor. Ya había sembrado por este medio profundos sentimientos de temor en el alma de los obispos ortodoxos. Tras haber atravesado varias provincias donde descargó todo su resentimiento sobre aquellos que no querían abrazar el arrianismo, llegó a Capadocia. Su intención era perder al arzobispo de Cesarea, en quien encontraba más resistencia a sus voluntades que en todos los demás prelados. Se hizo preceder por el prefecto Modesto, con la orden de inducir Modeste Prefecto del pretorio bajo Valente que intentó intimidar a Basilio. a Basilio, mediante amenazas o promesas, a comulgar con los arrianos. El prefecto, habiéndose sentado en su tribunal y teniendo a su alrededor a los lictores armados con sus haces, citó al arzobispo para que compareciera ante él. Basilio se presentó con un rostro sereno y tranquilo. Modesto lo recibió con honestidad y lo presionó, con palabras insinuantes, a hacer lo que el emperador exigía de él. Al no haber tenido éxito este medio, tomó un aire amenazante y dijo con tono de cólera: «¿Cómo se le ocurre, Basilio, querer oponerse a un emperador tan grande, a cuyas voluntades obedece todo el mundo? ¿Acaso no teme sentir los efectos del poder del que estamos armados? —Basilio. ¿Hasta dónde puede extenderse ese poder? —Modesto. Hasta la confiscación de los bienes, el exilio, los tormentos, la muerte. —Basilio. Amenáceme con alguna otra cosa; pues nada de eso me impresiona. —Modesto. ¿Qué dice? —Basilio. Aquel que no tiene nada está a salvo de la confiscación. Solo tengo algunos libros y los harapos que visto; no imagino que usted esté celoso de quitármelos. En cuanto al destierro, no le será fácil condenarme a él: es el cielo, y no el país que habito, lo que considero mi patria. Temo poco los tormentos. Mi cuerpo está en tal estado de delgadez y debilidad que no podrá sufrirlos por mucho tiempo; el primer golpe terminará mi vida y mis penas. Temo aún menos la muerte, que me parece un favor; ella me reunirá más pronto con mi Creador, por quien solo vivo. —Modesto. Jamás nadie ha hablado a Modesto con tal audacia. —Basilio. Es sin duda la primera vez que tiene trato con un obispo. En las circunstancias ordinarias, nosotros, los obispos, somos los más dulces y sumisos de todos los hombres; no tenemos orgullo alguno con el menor particular, mucho menos con aquellos que están revestidos de tal poder; pero cuando se trata de la religión, solo contemplamos a Dios y despreciamos todo lo demás. El fuego, la espada, las fieras, las garras de hierro son entonces nuestras delicias. Emplee pues las amenazas y las torturas, nada será capaz de hacernos vacilar. —Modesto. Le doy hasta mañana para deliberar sobre la postura que debe tomar. —Basilio. Ese plazo es inútil; mañana seré tal como soy hoy».

El prefecto no pudo evitar admirar la intrepidez del santo arzobispo. Al día siguiente, fue a ver al emperador, que había llegado a Cesarea, y le informó de todo lo sucedido. Valente, irritado por el mal éxito de la conferencia, quiso que se celebrara otra, a la que asistió con Modesto y uno de los oficiales de su casa llamado Demóstenes. Este intento no tuvo más éxito que el anterior. El prefecto hizo un tercero; pero no sirvió, como los otros, más que para cubrir al Santo de gloria. Al final, Modesto dijo al emperador: «Estamos vencidos; es un hombre por encima de las amenazas, invencible a todos los discursos, inquebrantable a todas las persuasiones. Se puede intentar abatir a aquellos que tienen menos coraje; pero en cuanto a él, hay que expulsarlo mediante una violencia abierta, o no esperar hacerlo ceder mediante amenazas». Valente lo dejó pues tranquilo por algún tiempo. Habiendo ido el día de la Epifanía a la gran iglesia, quedó tan sorprendido como edificado por el buen orden y la manera respetuosa con la que se celebraba allí el oficio divino. Lo que más le impresionó fue la piedad y el recogimiento con los que el arzobispo estaba penetrado ante el altar. No se atrevió a presentarse a la comunión, por temor a que se la negaran; pero hizo su ofrenda, que fue aceptada como la de los ortodoxos, creyendo Basilio que en una ocasión semejante era prudente no observar la disciplina eclesiástica en todo su rigor.

Sin embargo, el emperador, obsesionado por los arrianos, cambió pronto de disposición; se dejó persuadir para dar una orden de exilio contra el arzobispo de Cesarea: pero Dios tomó visiblemente en sus manos la causa de su siervo. La misma noche del día en que se había expedido la orden, Valentiniano Galata, hijo de Valente y de unos seis años de edad, fue atacado por una fiebre violenta, a la que los médicos no pudieron aportar remedio alguno. La emperatriz Dominica dijo al emperador que esta enfermedad era un justo castigo por el exilio del santo arzobispo; añadió además que había estado muy inquieta por sueños aterradores. Ante esto, Valente envió a buscar a Basilio, quien se preparaba para dejar la ciudad. No bien hubo entrado el Santo en el palacio, el joven príncipe se sintió mejor, y Basilio aseguró que no moriría, siempre que se comprometieran a educarlo en las máximas de la doctrina católica. Habiendo sido aceptada la condición, se puso en oración y el niño fue curado. Valente, obsesionado de nuevo por los herejes, no mantuvo la palabra dada; permitió que un obispo arriano bautizara a su hijo, quien recayó enfermo y murió poco tiempo después. Este golpe no convirtió a Valente; condenó una segunda vez a Basilio al destierro. Cuando le llevaron la orden para firmarla, tomó uno de esos juncos que se usaban entonces en lugar de plumas; pero se rompió entre sus manos, como si se hubiera negado a servir a la iniquidad. Pidió un segundo y un tercero, que se rompieron igualmente. Al pedir un cuarto, sintió en su mano e incluso en su brazo un temblor y una agitación extraordinarios. Presa del terror, rasgó el papel y dejó al arzobispo en paz. El prefecto Modesto se mostró más agradecido que Valente hacia Basilio. Como había sido curado, por sus oraciones, de una enfermedad peligrosa, publicó abiertamente que le debía la vida; desde entonces le estuvo siempre sinceramente apegado.

Esta no fue la única persecución que sufrió Basilio, ni el único servicio que prestó a la Iglesia. Eusebio, vicario del prefecto del pretorio de Oriente, o gobernador de las provincias de la diócesis del Ponto, tío de la emperatriz Dominica y arriano como ella, fue uno de los perseguidores de san Basilio, y esto ocurrió a propósito de una viuda de gran alcurnia, con la que un asesor de este magistrado quería casarse por la fuerza. Ella se refugió en la iglesia y fue a abrazar el altar, de donde esperaba que no la arrancarían. Eusebio la reclamó, y san Basilio se negó a entregarla, primero por la santidad del asilo, y luego porque los obispos están obligados a proteger a las viudas y a las vírgenes. El gobernador, transportado de cólera, envió a sus hombres para buscar a esta mujer hasta la habitación de san Basilio, esperando con ello difamar a un Santo cuya castidad ejemplar estaba a salvo de toda sospecha. Eusebio no se detuvo ahí: dio orden también de que le trajeran a san Basilio para obligarlo a responder ante él como un criminal. Estando sentado en su tribunal, y san Basilio de pie, ordenó que le arrancaran el humilde manto que lo cubría. El Santo ofreció despojarse también de su túnica, si lo quería. Esta generosa disposición ofendió aún más a Eusebio, quien se atrevió a amenazarlo con hacerlo golpear. El santo obispo presentó su cuerpo, es decir, el esqueleto de sus huesos cubierto por su piel, para recibir los golpes. El gobernador, irritado aún más, como si el Santo lo hubiera insultado, le dijo furioso que lo haría desgarrar con garras de hierro y le haría arrancar el hígado de las entrañas. San Basilio le respondió sonriendo: «Me hará un favor al librarme de algo que me es tan incómodo». Sin embargo, el rumor de lo que sucedía se extendió por la ciudad de Cesarea, que se conmovió de inmediato ante el peligro de su obispo. Cada uno consideró la injuria que se le hacía como su propio mal. Todo el pueblo en alboroto comenzó a levantarse y a marchar para la defensa del padre común. Los armeros, los bordadores y los pañeros, que trabajaban para la corte, se mostraron los más ardientes. Cada uno se fabricaba armas con las herramientas de su oficio o con lo que encontraba a mano. Corrían al lugar donde estaba el gobernador, con una antorcha en una mano y piedras o palos en la otra; las mismas mujeres se armaban con sus husos y ruecas, y todo el pueblo unido, siguiendo solo el movimiento de su furia, buscaba al gobernador para hacerlo pedazos. Este hombre tan orgulloso, viéndose rodeado tan repentinamente por un peligro imprevisto, cambió en un instante de lenguaje y de porte; apareció tembloroso y humillado, reducido a hacer el papel de suplicante. San Basilio sintió compasión por él y empleó su autoridad para sacarlo del peligro y salvarle la vida.

Posteridad 07 / 08

Muerte y posteridad del Grande

Basilio muere en 379, llorado por todas las comunidades. Deja una obra teológica y litúrgica inmensa que le vale el título de Grande.

Ese mismo año, san Basilio cayó enfermo y sintió que debía prepararse para el paso a la eternidad. La noticia del peligro que corría su vida no se hubo difundido cuando la consternación se volvió general. Se producía en su casa un concurso prodigioso, tan vivo era el interés que se tomaba por su salud; pero el Santo tocaba el momento en que sus trabajos iban a ser coronados. Murió el 4 de enero de 379, después de haber dicho: «Señor, encomiendo mi espíritu en tus manos». Tenía cincuenta y un años.

Añadiremos a lo que ya hemos dicho de su amor por la pobreza, que no se dejó ni con qué hacerse una tumba de piedra; pero sus diocesanos, no contentos con elevarle en su corazón un monumento duradero, lo honraron también con magníficos funerales. Su cuerpo fue llevado por las manos de los Santos y acompañado por una multitud innumerable de pueblo. Cada uno se apresuraba a tocar el paño mortuorio que lo cubría, así como el lecho sobre el que lo llevaban, en la persuasión de que obtendrían alguna utilidad. Los gemidos y los suspiros ahogaban el canto de los salmos. Los paganos y los judíos lloraban con los cristianos: todos deploraban la muerte de Basilio, a quien consideraban como su padre común y como el más célebre doctor del mundo. Aquellos que lo habían conocido se complacían en contar sus más pequeñas acciones y en recordar lo que le habían oído decir. Muchos afectaban imitar su exterior, su caminar e incluso su lentitud al hablar. Se le copiaba hasta en la forma de su lecho y de sus hábitos.

Es de san Gregorio Nacianceno de quien se aprenden todas estas particularidades. En el panegírico que pronunció en honor de su amigo, pintó sus virtudes con los colores más vivos y conmovedores; y se puede asegurar que su discurso no será menos inmortal en la tierra que la memoria de aquel a quien se había encargado de celebrar. San Gregorio de Nisa, san Anfiloquio y san Efrén hicieron también panegíricos en honor del santo arzobispo de Cesarea. Según los dos primeros, los griegos, inmediatamente después de su muerte, celebraron su fiesta el 1 de junio, día en el que la celebran aún hoy. Los latinos la han trasladado al catorce del mismo mes, que fue el día de su ordenación episcopal.

Teodoreto da a san Basilio el título de Grande, y este título le ha sido confirmado por el sufragio de los siglos siguientes. Es llamado por el mismo Padre, la antorcha del universo; por san Sofronio, el honor y el ornamento de la Iglesia; por san Isidoro de Pelusio, un hombre inspirado por Dios; por el Concilio general de Calcedonia, el Gran Basilio, el ministro de la gracia, que ha explicado la verdad a toda la tierra.

San Gregorio Nacianceno dice, al hablar de los escritos de san Basilio: «Cuando leo su tratado de la creación, me parece ver a mi Creador sacar todas las cosas de la nada. Cuando leo sus obras contra los herejes, creo ver el fuego de Sodoma caer sobre los enemigos de la fe y reducir a cenizas sus lenguas criminales. Si recorro su libro del Espíritu Santo, siento en mí la operación de Dios, y ya no temo anunciar altamente la verdad. Al leer su explicación de la Sagrada Escritura, penetro en el abismo más profundo de los misterios. Sus panegíricos de los mártires me hacen despreciar mi cuerpo e inspiran en mí un noble ardor para el combate. Sus discursos morales me ayudan a purificar mi cuerpo y mi alma, a fin de que pueda convertirme en un templo digno de Dios y un instrumento apto para alabarlo, bendecirlo y manifestar su gloria con su poder».

Se le representa: 1° llevando una iglesia en la mano, para marcar que es el fundador de los basilianos; 2° presentando a un pobre una bandeja cargada de comida, sin duda porque había fundado un hospital donde servía a los enfermos y alimentaba a los desdichados; 3° recibiendo las ofrendas de los fieles; 4° ante el prefecto Modesto, a quien confunde con sus respuestas.

Predicación 08 / 08

La obra literaria y doctrinal

Detalle de sus escritos principales: el Hexamerón, el tratado contra Eunomio, sus reglas monásticas, su correspondencia y su liturgia.

## ESCRITOS DE SAN BASILIO.

En la indicación de las obras de san Basilio, seguiremos el orden en que están dispuestas en la edición de 3 volúmenes en folio.

El primer volumen contiene: 1° El Hexamerón, o la explicación de la obra de los seis días, en nueve homilías. Esta obra ha sido siempre singularmente estimada por los antiguos y los modernos, tanto por la erudición que en ella se despliega como por la elegancia incomparable que se observa en su composición. 2° Trece homilías sobre los Salmos. San Basilio, según refiere Casiodoro, había explicado toda la Escritura; pero sus explicaciones no han llegado hasta nosotros. El comentario sobre Isaías no puede serle disputado al santo Doctor, como Dom Cellier lo ha probado contra Dom Garnier. 3° Los cinco Libros contra Eunomio. Es una refutación del arrianismo; fue escrita contra la apología de esta herejía, hecha por Eunomio. Este heresiarca, nacido en Capadocia, había sido elevado al diaconado por Eudoxio, patriarca arriano de Antioquía. Tuvo en su partido aún más reputación que Aecio, de quien era discípulo. Habiendo causado grandes disturbios en Antioquía, en Calcedonia y en Constantinopla, fue desterrado por el emperador Teodosio a Halmyride, en el Danubio. Poco tiempo después, se le permitió regresar a Cesarea, en Capadocia. Se retiró a una propiedad que tenía en Barera, en la misma provincia, y allí murió en 393. No se contentaba con sostener que el Verbo era una pura criatura, sino que añadía al arrianismo varios otros errores.

Las obras contenidas en el segundo volumen son: 1° Veinticuatro Homilías sobre diversos temas de moral y sobre las fiestas de los mártires. Se debe distinguir principalmente, por su belleza y elegancia, aquella en la que el santo Doctor combate la anorexia, la glotonería y la embriaguez. 2° Las Ascéticas. Bajo este título se comprenden tres discursos separados titulados Ascéticas: los tratados del Juicio de Dios y de la Fe, las Morales, las Grandes Reglas (en número de cincuenta y cinco), las trescientas trece Pequeñas Reglas. San Basilio compuso estas obras en diferentes momentos, para la instrucción de aquellos que le habían seguido en su retiro o que se habían puesto bajo su dirección. Las Morales son una recopilación de pasajes de la Escritura sobre la penitencia y sobre los principales deberes de la vida cristiana. En el mismo volumen hay dos discursos que no tienen título particular, algunos reglamentos para el castigo de los monjes y de las religiosas, y constituciones monásticas. No es seguro que los dos discursos sean de san Basilio. Los Reglamentos y las Constituciones monásticas no pueden serle atribuidos.

Se encuentra, en el tercer volumen: 1° El libro del Espíritu Santo, que está dirigido a san Anfiloquio y que fue escrito en 375. La divinidad del Espíritu Santo se prueba allí mediante diversos pasajes de la Escritura, por la creación del mundo, por los dones de la gracia y de los milagros, y por todos los atributos divinos que se reconocen en Él. El autor prueba lo mismo mediante la tradición de la Iglesia, de la cual muestra imperativamente el uso y la necesidad, c. XXVII, p. 54. La divinidad del Espíritu Santo, así como la necesidad de la tradición, también está muy bien probada en el primero de los libros contra Eunomio. 2° Cartas, en número de 336. Focio las propone como modelos para aquellos que quieren sobresalir en el género epistolar. Tres son llamadas canónicas. El Santo fija en ellas el término de la penitencia pública que debía ser impuesta a los pecadores. Beveridge ha dado una buena edición en la recopilación de los cánones de la Iglesia griega. En la carta a Cesaria, que fue escrita en 372, san Basilio dice que, durante la persecución de Valente, tiempo en el que los sacerdotes se veían a menudo en la necesidad de esconderse, estaba permitido a los fieles llevar la Eucaristía a sus casas y comulgar ellos mismos. En la carta 207, p. 341, hace una bella apología de los monjes que se levantaban a medianoche para orar, que ayunaban y se ejercitaban en la composición continua. La única venganza que desea tomar de sus enemigos es que ellos también se determinen a las lágrimas y a la penitencia. En otra carta, exhorta a Surono, su pariente, que era duque o gobernador de Escitia, a continuar aliviando a los cristianos que sufrían en Persia, y le ruega que le procure reliquias de los Mártires que recientemente habían dado su vida por Jesucristo. San Basilio exhorta a menudo a los fieles a celebrar las fiestas de los Mártires. Testimonia una gran veneración por las reliquias de los Santos, ante las cuales dice que los cristianos oran en sus necesidades, y que no es inútilmente que reclaman la intercesión de estos amigos de Dios.

3° El libro de la Virginidad es indigno de san Basilio, aunque lleve el nombre de este Padre y haya sido escrito en el mismo siglo. Está dirigido a Letulo, obispo de Melitene, a quien san Gregorio de Nisa escribió su carta canónica. Letulo no fue hecho obispo hasta 381, dos años después de la muerte de san Basilio. Se encuentra, en el libro de la Virginidad, dos ejemplos de la confesión sacramental, p. 646. San Basilio inculca a menudo él mismo el uso de la confesión auricular de los pecados.

Tenemos, bajo el nombre de san Basilio , una Li Liturgie Forma de celebración eucarística atribuida al santo. turgia que es seguida por casi todas las Iglesias griegas, al menos desde el siglo VI. Las liturgias de los coptos y de los egipcios no son más que una traducción, según Renaudot.

Aprendemos de san Gregorio Nacianceno, de san Procopio, de Pedro Diácono, del séptimo concilio general, etc., que san Basilio había compilado una liturgia; pero no nos atrevemos a afirmar que sea precisamente la misma que hoy lleva su nombre, y que es seguida por los griegos, los coptos, los árabes, etc.

Erasmo, en el bello prefacio que puso al frente de la edición que dio de las obras de san Basilio, llama a este Padre el orador más consumado que jamás haya aparecido; añade que su estilo debe servir de modelo a aquellos que aspiran a la verdadera elocuencia. Su juicio ha sido confirmado por el de los críticos modernos. Rollin dice que se debe al menos colocar a san Basilio en la primera clase de los oradores, y considerarlo como uno de los más hábiles maestros de la elocuencia.

Pero escuchemos a Focio, que era tan buen conocedor en este género. «Quienquiera», dice, *cod.* 141, «que quiera convertirse en un panegirista o un orador consumado, no necesitará ni a Platón ni a Demóstenes, si toma a Basilio como modelo. No hay escritor cuya dicción sea más pura, más bella, más enérgica, ni que piense con más fuerza y solidez. Reúne todo lo necesario para persuadir, con la dulzura, la claridad y la precisión. Su estilo, siempre natural, fluye con la misma facilidad que un arroyo que sale de su fuente».

Semejante a Tucídides y a Demóstenes, piensa mucho y sabe unir las ideas que se presentan en multitud a su espíritu. Hay tanta claridad en sus expresiones como vivacidad y justicia en sus ideas, y brillo y fecundidad en su imaginación. En él, la profundidad no daña la armonía de los períodos. Posee tan bien el arte de las transiciones y el de colocar las figuras a propósito, que disputa en dulzura a Platón y a Jenofonte. Lo que sobre todo lo hace recomendable es el talento de concebir las cosas sin confusión, de presentarlas bajo una luz adecuada, de animarlas, de comunicarles una especie de vida, de llevar la luz a lo que hay de más oscuro, y de imprimir en el espíritu de sus lectores esas imágenes vivas que él mismo se había formado.

La mejor edición que tenemos de las obras de san Basilio es la que los Benedictinos de la Congregación de San Mauro dieron en París. Los dos primeros volúmenes aparecieron en 1721 y 1722, bajo el cuidado de Dom Garnier. Dom Prudent Maran publicó el tercer volumen en 1730, y añadió la Vida del santo Doctor.

Esta edición ha sido reproducida por los señores Gaume y por el abad Migne.

Para la historia de esta Vida, hemos seguido y la mayoría de las veces reproducido a Godascard, quien ha puesto mejor en luz que el Padre Giry los principales rasgos. — Véanse los panegíricos y oraciones fúnebres pronunciadas en su honor por san Gregorio de Nisa, san Gregorio Nacianceno, san Anfiloquio y san Efrén, quienes lo exaltan particularmente, así como los antiguos historiadores eclesiásticos: Hermant, Tillemont, Cave, Jos. Assemani, in Calend. univ. ad 1 jun., t. vi, p. 4; Fialon, estudio literario sobre S. Bas.

Fuente oficial Les Petits Bollandistes, por Mons. Paul GUÉRIN, camarero de Su Santidad Pío IX.

Anexos y entidades vinculadas

Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.

Acontecimientos clave

  1. Nacimiento en Cesarea en 329
  2. Estudios en Constantinopla y Atenas con san Gregorio Nacianceno
  3. Retiro monástico en el Ponto y redacción de las reglas
  4. Ordenación sacerdotal por Eusebio de Cesarea
  5. Elección a la sede arzobispal de Cesarea en 370
  6. Resistencia frente al emperador Valente y al prefecto Modesto
  7. Lucha contra el arrianismo y defensa de la divinidad del Espíritu Santo

Milagros

  1. Curación del joven príncipe Valentiniano-Gálata
  2. Cese de una sequía mediante la oración
  3. Ruptura milagrosa de los juncos del emperador Valente durante la firma de su exilio

Citas

  • Quien no tiene nada está a salvo de la confiscación. Solo tengo algunos libros y los harapos que visto. Respuesta al prefecto Modesto
  • Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Últimas palabras

Entidades importantes

Clasificadas por pertinencia en el texto