Proveniente de la ilustre casa de Gonzaga, Luis renuncia a sus títulos y a su fortuna para entrar en la Compañía de Jesús. Modelo de pureza y penitencia desde su infancia, muere en Roma a los 23 años, víctima de su caridad hacia los apestados. Es el patrono especial de la juventud cristiana.
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SAN LUIS GONZAGA,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Orígenes y primera piedad
Nacimiento de Luis en la ilustre casa de Gonzaga y educación cristiana rigurosa bajo la influencia de su madre.
Quien descuida ayudar al alma de su prójimo no sabe amar a Dios, puesto que no busca aumentar su gloria.
Máxima de san Luis Gonzaga.
Por ilustre que sea la casa de Gonzaga, una de las primeras de toda Italia, podemos decir sin embargo que recibió más brillo al dar al cielo al Santo cuya vida vamos a escribir, que el q ue tenía por haber dado marqueses a Saint dont nous allons écrire la vie Santo jesuita, modelo para la juventud de la Obra. Montferrato, duques a Mantua y cardenales a la Iglesia. Tuvo por padre a Fernando de Gonzaga, marqués de Castiglione, príncipe de l Sacro Imperio; y por madre a M Fernand ou Ferdinand de Gonzague Padre de Luis, marqués de Castiglione. arta Tana San tena, hija Castiglione Lugar de nacimiento y feudo de la familia Gonzaga. de Tano Santena, señor de Chieri, en Piamonte. Felipe II, rey de España, y Isabel de Francia, su esposa, en cuya corte estaban ambos, los habían casado por un afecto singular que les profesaban; pero, tras su matrimonio, se retiraron a Italia, donde la marquesa, que era muy piadosa, viéndose libre del ruido y de los cuidados de la corte, se dedicó enteramente a los ejercicios de la virtud. El deseo de verse madre le hizo dirigir oraciones a Dios para obtener un hijo, no para ser el sostén de su familia, sino para servir a Jesucristo. Sus votos fueron finalmente escuchados. Pero esta alegría fue pronto atravesada por la aprensión de perderlo antes incluso de poseerlo: pues sufrió dolores tan grandes en el parto y cayó en tal debilidad que, a juicio de los médicos, ni la madre ni el niño podían vivir. En este estado, recurrió a la Santísima Virgen e hizo voto de que, si ella y su hijo escapaban de este peligro, iría en peregrinación a Nuestra Señora de Loreto y llevaría allí a su hijo para ofrecérselo. No hubo terminado esta promesa cuando el niño vino al mundo lleno de vida, el 9 de marzo del añ Notre-Dame de Lorette Lugar de peregrinación en Italia donde Olier fue curado. o 1568, bajo el pontificado de san Pío V. Las ceremonias de su bautismo se realizaron el 20 de abril del mismo año, y tuvo por padrino a Guillermo, duque de Mantua.
La marquesa, su madre, puso un cuidado extraordinario en educarlo en el temor de Dios y en inspirarle desde temprano los sentimientos de la piedad cristiana. Él mismo dio, desde la cuna, muestras de una ternura extrema por los pobres; pues, cuando se presentaban algunos ante él, se ponía a llorar amargamente; nunca se le podía apaciguar sino dándoles limosna. Tan pronto como pudo hablar, le enseñaron a pronunciar los santos nombres de Jesús y de María, a hacer la señal de la cruz y a recitar varias oraciones de devoción; lo cual hacía con mucha facilidad. Era tan amable y tenía un aire tan piadoso que a quienes lo llevaban en sus brazos les parecía que sostenían a un ángel, a cuya vista se sentían interiormente animados a la virtud. Tan pronto como pudo caminar, comenzó a retirarse solo, a pequeños rincones, para rezar a Dios con más recogimiento y fuera de los estorbos del mundo. Su virtuosa madre estaba encantada de ver estas inclinaciones de su hijo hacia la piedad. Pero el marqués, su padre, que hubiera preferido verlo con ardor por las armas y los ejercicios de la guerra, lo llevó consigo a Casalmaggiore, donde debía realizarse la revista de las tropas que había levantado para el rey de España, quien estaba en guerra con la ciudad de Túnez, a fin de que, conversando siempre con soldados, pudiera adquirir un carácter guerrero.
Como solo tenía entonces cuatro o cinco años, el mal ejemplo de la gente de guerra hizo alguna impresión en él; retuvo de ellos palabras indecentes sin saber lo que decía; pero habiendo sido reprendido por su tutor, no las profirió más y evitó a quienes las decían. Más tarde, sintió mucha confusión por haber usado esas palabras groseras: considerando esta licencia como uno de los mayores pecados que había cometido en su vida, lo lloraba amargamente y nunca pensaba en ello sino con sentimientos de una perfecta contrición. Los padres y las madres deben, pues, cuidar que sus hijos no conversen sino con personas bien educadas, puesto que la frecuentación de aquellas que son demasiado libres es capaz de corromperlos, por muy buena naturaleza que hayan recibido de Dios.
Conversión y voto de virginidad
A los siete años, Luis se consagra a Dios y más tarde hace un voto de virginidad perpetua en la corte de Florencia.
A la edad de siete años, fue tan prevenido por las luces del cielo, que resolvió desde entonces renunciar al amor del siglo, para consagrarse por entero al amor divino; desde entonces, consideraba este tiempo como el de su conversión. Estando en esta tierna edad, se encontró entre los asistentes al exorcismo de un poseso, que un religioso de gran santidad, de la Orden de San Francisco, había emprendido. Los demonios, al verlo, ya fuera porque juzgasen lo que debía ser un día por lo que ya habían reconocido en él, o porque Dios se sirviera de ellos para hacer brillar aún más el mérito de nuestro Santo, comenzaron a gritar, señalándolo con el dedo: «¿Veis a este niño? Está destinado para el cielo, y se le prepara una gran gloria». Tenía sus devociones regladas como un hombre ya experimentado en la virtud. Decía cada día, de rodillas, los siete Salmos de la penitencia, las horas de Nuestra Señora y otras muchas oraciones que se había prescrito; era tan fiel en cumplir esta práctica, que no se pudo ni siquiera hacer que la interrumpiera durante una fiebre cuartana que le aquejó ocho meses enteros; solo se logró que, cuando su debilidad fuera excesiva, alguien recitara estas oraciones en su presencia. Tampoco se pudo nunca decidirle a usar alfombras cuando se ponía de rodillas.
A los ocho años, su padre lo llevó, junto con Rodolfo, su hermano menor, ante Francisco de Médici, gran duque de Toscana, para que ambos fueran educados en su corte; pero, lejos de dejarse corromper por un aire tan contagioso, Luis continuó siempre allí sus mismos ejercicios espirituales; y, para triunfar más fácilmente de las asechanzas del demonio, de los atractivos del mundo y de su propia concupiscencia, tomó a la santísima Virgen como su abogada, se puso bajo su protección e hizo voto de guardar su virginidad inviolablemente; esto le atrajo tantas gracias que, desde entonces, no sintió ningún movimiento, ni fue atacado por ningún pensamiento contrario a la pureza. Asimismo, por su parte, hacía todo lo posible por evitar las ocasiones; pues nunca miraba a las mujeres fijamente, ni siquiera a la marquesa su madre, ni a la emperatriz María, a cuyo servicio permaneció largo tiempo; y mientras estuvo en la corte, no permitió que las jóvenes pusieran un pie en su habitación. Evitaba también, lo más que podía, encontrarse a solas con ellas o hablarles. Su pudor era tan grande que, cuando se vestía, no se atrevía a mostrar la punta de sus pies descalzos a su ayuda de cámara.
Comenzó a los diez años a llevar una vida más retirada y a confesarse más a menudo, sin preocuparse por sus compañeros que lo llamaban escrupuloso y melancólico, e hizo una confesión general ante el rector del colegio de la Compañía de Jesús, en Florencia, con una exactitud admirable, y con tanto dolor, que lloraba sus pecados como si hubiera sido el mayor criminal del mundo. La iglesia era el lugar al que iba con mayor inclinación. No dejaba de acudir allí por la mañana para oír misa, y por la tarde para asistir a la bendición.
Llamado religioso y renuncia
Luis decide ceder su derecho de primogenitura a su hermano para abrazar el estado eclesiástico a pesar de la oposición de su padre.
Tenía once o doce años cuando dejó Florencia para ir a Mantua con Rodolfo, su hermano, porque el marqués de Castiglione, su padre, habiendo sido nombrado gobernador de Montferrat por el duque del mismo nombre, quiso que sus hijos permanecieran en la corte de su benefactor. Pero allí se volvió tan enfermizo, ya sea por las incomodidades que le sobrevinieron o por las mortificaciones que practicó, que resolvió llevar una vida retirada del comercio y de la conversación de los hombres: lo que le dio el medio de aplicarse a la lectura, particularmente a la de la Vida de los Santos, y de no frecuentar más que las iglesias y los monasterios. Fue entonces cuando tomó la resolución de ceder a su hermano menor lo que le pertenecía por derecho de primogenitura, aunque ya había sido investido de ello por el emperador, para abrazar el estado eclesiástico y ocuparse más libremente de Dios; pues no tuvo en vista los beneficios ni las dignidades que podía esperar, como es bastante ordinario en las personas de calidad; sino que solo consideró la gloria de Jesucristo y su propia perfección, que creía no poder encontrar más que dedicándose al culto de los altares y pisoteando todas las vanidades del siglo.
Sin embargo, el piadoso joven se consumía: estaba considerablemente debilitado, de una delgadez extrema, y su estómago rechazaba los alimentos incluso más ligeros; había caído en un estado de languidez que ponía sus días en peligro. El marqués de Castiglione, al ser advertido, ordenó que sus hijos fueran llevados a su castillo, con la esperanza de que el aire natal y los cuidados maternos de Marta devolvieran la salud a su hijo. De regreso a Castiglione, continuó trabajando cada vez más en la virtud. Se encerraba habitualmente en su habitación para no ser interrumpido en sus oraciones. Sus criados lo vieron a menudo postrado en tierra ante un crucifijo, con los brazos extendidos y elevados al cielo o cruzados sobre el pecho, deshaciéndose en lágrimas y lanzando suspiros capaces de conmover los corazones más endurecidos. Otras veces, lo veían arrebatado en éxtasis e inmóvil como una estatua. Se dedicó particularmente a la lectura del libro del Padre Canisio, de la Compañía de Jesús, donde aprendió a hacer la oración; también encontraba placer en leer las relaciones de las Indias, lo que le encariñó insensiblemente con la sociedad y le hizo formar el designio de entrar en ella para trabajar por la salvación de las almas y la conversión de los idólatras. Los domingos y días de fiesta, después de haber asistido al catecismo, reunía a algunos niños y les explicaba la instrucción que había escuchado; añadía a ello sabios consejos y piadosas exhortaciones.
En aquel tiempo, san C saint Charles Borromée Santo que hizo ejecutar donaciones en favor de los huérfanos. arlos Borromeo, arzobispo de Milán, pasó por Castiglione; nuestro Bienaventurado tuvo la dicha de conversar con él varias veces, con tanto espíritu y edificación, que este gran prelado no podía cansarse de admirar las gracias que Nuestro Señor hacía a este joven. Le exhortó a acercarse a menudo a la santa comunión, y habiendo sabido de él que aún no la había recibido, se la dio de sus propias manos. Desde entonces, nuestro Santo fue siempre tan devoto hacia el santísimo Sacramento, que se deshacía en lágrimas cuando escuchaba la santa misa.
Habiendo recibido de su padre la orden de ir a encontrarlo de Castiglione a Casal, se dirigió allí con diligencia, siempre resuelto a no abandonar el partido de la virtud. En efecto, por sus piadosos ejercicios y por las frecuentes conversaciones que tuvo con los capuchinos y los barnabitas, hizo tales progresos que emprendió dejar por completo el mundo y añadir al voto de virginidad que ya había hecho en Florencia, los de obediencia y pobreza. Pero como solo tenía trece años, mantuvo secreto este designio hasta que tuviera la edad para ejecutarlo; y, mientras tanto, practicó las mismas austeridades y las mismas mortificaciones que los religiosos; ayunaba tres días a la semana, y, en uno de esos días, ayunaba a pan y agua. Por lo demás, comía tan poco que, sin un socorro extraordinario de Dios, no habría podido vivir con el alimento que tomaba; apenas llegaba al valor de una onza. Añadió a esta abstinencia la disciplina hasta la sangre. Al principio, no se la daba más que tres veces a la semana; pero, después, se la dio todos los días, y finalmente tres veces en veinticuatro horas. Deslizaba hábilmente una tabla en su cama para dormir sobre la dureza; y, en lugar de cilicio, ponía sus espuelas entre su camisa para ser pinchado a cada momento. Por la noche, cuando sus criados estaban dormidos, se levantaba secretamente y, aunque en pleno invierno, permanecía en camisa hasta que el frío, apoderándose de todo su cuerpo, lo hacía caer al suelo de debilidad.
Entrada en la Compañía de Jesús
Tras una estancia en la corte de España, Luis recibe una revelación divina que le llama a ingresar en los Jesuitas en Roma.
En el año 1581, el marqués, su padre, lo llevó consigo a España, al servicio de la emperatriz María, hija de Carlos V; no bien hubo llegado, cuando Felipe II lo nombró paje del príncipe Diego, su hijo. Entre los afanes de la corte, no dejó de aprender filosofía, de acercarse a menudo a los Sacramentos y de practicar los mismos ejercicios de piedad que realizaba anteriormente. Cuando se vio a la edad de dieciséis años, juzgó que había llegado el momento de ejecutar el designio que había tomado de hacerse religioso. Pero como aún no había elegido una Congregación en particular, recurrió a la Santísima Virgen, su abogada, y, el día de su Asunción, comulgó en el colegio de los Jesuitas, en Madrid, con una preparación y una devoción extraordinarias, a fin de saber lo que Dios pedía de él. Su oración fue escuchada al instante; pues, mientras hacía su acción de gracias, una voz milagrosa le dijo distintamente «que debía entrar en la Compañía de Jesús; que no tenía más que abrir su corazón a su co nfesor, que era de Compagnie de Jésus Orden religiosa a la que pertenece Pedro Canisio. ella, y que aprendería de él lo que tenía que hacer para el cumplimiento de este designio». Ejecutó en ese mismo momento esta orden del cielo; y, habiendo aprendido que era necesario tener el permiso de su padre, se lo pidió con toda la instancia posible.
Cuando el marqués supo la resolución de su hijo, se sintió vivamente conmovido e intentó, por todos los medios, hacerle cambiar de opinión. Primero empleó las caricias, luego las amenazas; y, viendo que nada era capaz de doblegar su corazón, remitió su decisión a su regreso a Italia, diciendo que no quería que se hiciera religioso en España. Sin embargo, no eran más que artificios para disipar el designio de Luis, difiriendo siempre el momento; pues, cuando estuvo en Italia, le hicieron realizar aún varios viajes hacia príncipes vecinos, para negociar con ellos asuntos importantes y extremadamente espinosos. Los terminó siempre felizmente, y con la prudencia de un hombre consumado en la política. Pero por muy apremiantes que fueran, nunca cesó, durante sus negociaciones, de hacer oraciones, ayunos y mortificaciones, para obtener de Dios que ablandara el corazón de su padre, quien, finalmente, dio su consentimiento y le permitió ir a Roma para entrar en la Compañía. Nuestro Santo renunció primero a sus Estados, en Mantua, con el beneplácito del emperador (porque era un feudo imperial), en favor de Rodolfo, su hermano menor. Cuando se despidió de sus súbditos, que se deshacían en lágrimas por perder a un señor tan bueno, les dirigió estas hermosas palabras: «Es muy difícil que los grandes señores se salven; por mi parte, solo busco mi salvación, y les aconsejo a todos que hagan lo mismo».
Pasando por Loreto, comulgó en aquella santa capilla con una devoción singular, y rogó a Nuestra Señora que continuara siendo su protectora. Tan pronto como estuvo en Roma, visitó las iglesias de la ciudad, besó los pies del papa Sixto V y, finalmente, tras despedirse de algunos carden ales Rome Ciudad de nacimiento de Maximiano. de su casa, entró en el noviciado de la Compañía de Jesús, en San Andrés, el año 1585, sin haber cumplido aún los dieciocho años, el día de santa Catalina, mártir, a quien tomó, por ello, como su patrona el resto de su vida. En la carta que escribió a su padre para despedirse, solo utilizó estas palabras del Salmista: «Olvida a tu pueblo y la casa de tu padre». Y en la que escribió a Rodolfo, su hermano, solo empleó estas palabras del Sabio: «El que teme a Dios hará buenas obras». Al entrar en la celda que le fue asignada para su noviciado, dijo con un transporte de alegría, como si hubiera entrado en un paraíso: «Este es mi descanso para siempre; habitaré en este lugar, porque lo he elegido».
Perfección y virtudes monásticas
Descripción de su vida de novicio marcada por una humildad, una obediencia y una mortificación extremas.
Jamás se vio a un novicio emprender con más fervor la obra de la perfección, ni hacer tan grandes progresos en tan poco tiempo. Superaba a todos los demás, no tanto por la nobleza de su familia, como por el brillo de toda clase de virtudes: era el más modesto, el más sobrio, el más mortificado, el más humilde, el más afable, el más dulce y el más obediente. Tenía la vista tan recogida que, después de tres meses de noviciado, aún no sabía cómo estaban dispuestas las mesas en el refectorio. Un día, le ordenaron ir a buscar un libro al lugar del rector; se vio obligado a preguntar dónde estaba. Habiéndole dado el sacristán el encargo, el Jueves Santo, de permanecer en la capilla para limpiar las velas y los cirios encendidos ante el Santísimo Sacramento, permaneció allí varias horas de rodillas, sin levantar jamás los ojos para contemplar los ornamentos y las riquezas de aquel santo lugar, al no creer que le estuviera permitido tener otros pensamientos que los que concernían a su oficio. Uno se habría persuadido fácilmente de que había perdido por completo el gusto, al verlo comer sin saborear los alimentos y sin examinar si eran buenos o malos. Un día tuvo un gran escrúpulo, pensando haber echado ligeramente los ojos a un lado para ver qué hacía un hermano que estaba sentado a la mesa junto a él; y, al dar cuenta de este escrúpulo al maestro de novicios, le confesó que era la primera vez que eso le sucedía. Sus oídos nunca estaban abiertos a las noticias del mundo, ni a las cosas inútiles. Guardaba un silencio casi continuo y, cuando estaba obligado a hablar, era tan oportuno y con tanta candidez y sencillez, que desterraba de su discurso toda clase de palabras equívocas y de disimulo; solía decir que la duplicidad, el artificio o la fingimiento en el mundo hacían perder la seguridad del comercio humano, pero que, en una comunidad, era un veneno y una peste. Tenía tanto horror a los placeres sensuales que, para no sentir la menor huella de ellos, nunca omitía las austeridades que le estaban permitidas; por más que se le concedieran, siempre deseaba mayores. Se sentía feliz cuando lo enviaban a pedir limosna por las calles de Roma, mal vestido y con el zurrón a la espalda; y como un día le preguntaron si no sentía repugnancia por ello, respondió que no, porque se representaba ante sus ojos a Jesucristo humillado por los pecados de los hombres, y la recompensa eterna que da a quienes se abajan por su amor. También encontraba placer en ir, los días de fiesta, a catequizar a los pobres y a los campesinos, y a visitar los hospitales, donde se dedicaba particularmente a servir a los más infectos y miserables, dando por todas partes ejemplos de su humildad y de su caridad. Estaba tan desprendido de la carne y de la sangre que, al tercer mes de su noviciado, cuando le dieron la noticia de la muerte de su padre, no se sintió más conmovido que si le hubiera sido muy indiferente. Sus condiscípulos le manifestaron su sorpresa. «Les confieso», respondió, «que, si solo considerara la muerte de mi padre, estaría profundamente afligido. Pero, al reconocer que esta muerte viene de la mano de Dios, no puedo entristecerme. ¿Puede uno afligirse por una cosa que sabe que es agradable a su divina Majestad? Todo lo que Dios hace está bien. Le agradezco sobre todo la santa muerte de mi padre. Le ha hecho allí una gran gracia. Me regocijo por la salvación de su alma. Está asegurada, y doy gracias por ello a la divina Majestad». También supo, sin ninguna emoción, que Monseñor de Gonzaga, su tío, había sido creado cardenal; pues, como estaba verdaderamente muerto al mundo, nada era capaz de tocarlo.
Los ejercicios de la vida activa no le impedían aplicarse a la vida contemplativa; pues estaba tan entregado a la oración, que se habría dicho que era toda su ocupación. A este respecto, decía a veces que «quien no fuera hombre de oración nunca llegaría a un alto grado de santidad, ni triunfaría jamás de sí mismo; y que toda la cobardía y la poca mortificación que se ve en las almas religiosas no procedían sino de que se descuidaba la meditación, que es el medio más corto y eficaz para adquirir las virtudes». No hay que asombrarse, pues, de que, estando convencido de estas verdades, pusiera todas sus delicias en hacer la santa oración, y de que tuviera tanto cuidado en mantener sin cesar su espíritu en el recogimiento y la tranquilidad necesarios para este piadoso ejercicio, y de desterrar de él todos los pensamientos que hubieran podido perturbarlo. «El alma que se presenta a la oración», decía, «debe estar absolutamente libre de toda afección y de todo pensamiento ajeno al tema que debe ocuparla; sin eso, no puede estar atenta a lo que quiere meditar, no puede recibir en sí la imagen de Dios en la contemplación». Era tan dueño de su imaginación que confesó un día que, durante el espacio de seis meses, todas sus distracciones no habían durado el tiempo de un Avemaría. «Tengo tanta dificultad», decía, «en distraerme de Dios, como otros dicen tener en recogerse; pues el tiempo que empleo para lograr distraerme es un tiempo de violencia y de gran sufrimiento. Este combate interior es mucho más perjudicial para mi salud que el recogimiento al que estoy acostumbrado y en el cual encuentro la calma y la paz». También tenía mucha devoción durante sus oraciones vocales, particularmente cuando recitaba los salmos; pues era con tanto gusto espiritual y dulzura interior, que no podía ni siquiera pensar en ello ni oír la palabra salmo, sin sentirse todo transportado de alegría. Tenía una singular devoción a meditar sobre la pasión de Nuestro Señor, en la cual no podía pensar, al igual que en los otros misterios de nuestra redención, sin derramar torrentes de lágrimas y sentir ternuras y languideces que no se pueden expresar. Se observa además que tenía un particular afecto a los santos ángeles, y especialmente a aquel a cuya guarda la divina Providencia lo había confiado. Compuso sobre este tema una piadosa meditación, que se ve impresa con otras del R. P. Vicente Bruno, de la Compañía de Jesús, en la vida que compuso de nuestro Santo. Ya hemos dicho una palabra de su devoción hacia el Santísimo Sacramento del altar; pero añadiremos en este lugar que era tan cordial y ferviente, que nunca comulgaba sin sentir una alegría y un gusto admirables por la santa Eucaristía. El día antes de la comunión, no hablaba más que de este augusto misterio; decía cosas tan bellas y conmovedoras, que los sacerdotes trataban de escucharlo sobre esta materia, para excitarse al fervor. Finalmente, no dejaba de visitar varias veces al día este adorable Sacramento, tanto para rendir profundos respetos a Jesucristo, como para tratar familiarmente con Él todo lo que concernía a su perfección.
Estaba entonces tan inclinado a hacer penitencias corporales que, si los superiores no lo hubieran retenido, sin duda habría abreviado mucho sus días, pues el fervor lo llevaba a menudo a mortificaciones que superaban sus fuerzas. Muchos incluso lo culpaban de ello y le hacían escrúpulo, diciendo que se estaba matando a sí mismo; pero él respondía que, después de haber expuesto su deseo a sus superiores, ya no tenía motivo para temer cuando se le concedía lo que pedía; y que, cuando se le negaba lo que deseaba, se contentaba con ofrecer su buena voluntad a Dios. Decía también muy agradablemente a los Padres que le aconsejaban moderar sus austeridades que, puesto que ellos mismos no lo hacían consigo mismos, prefería imitar su ejemplo antes que seguir su consejo; que, siendo un hierro duro y torcido, había venido a la religión como a una fragua, para ser ablandado y enderezado con el martillo de la mortificación y de la penitencia; que el verdadero tiempo para hacerla era el de la juventud, estando el hombre sano y con todas sus fuerzas, en lugar de que, en la vejez, es ordinariamente tan infirme y débil que ya no sabría hacerla. Así, en el artículo de la muerte, después de haber recibido el Viático, declaró, en presencia de varios Padres, que, si tenía algún escrúpulo, no era sino por las penitencias que había omitido y no por las que había practicado, porque las había hecho por obediencia, y no por el movimiento de su propia voluntad. Cuando se le negaba el permiso para hacer alguna austeridad, trataba de suplirlo con otros actos de virtudes, o procurándose dolor mediante posturas penosas y maneras de caminar, de estar de pie o de sentarse, que incomodaban su cuerpo.
Esta gran mortificación exterior estaba acompañada y sostenida por una perfecta mortificación interior de sus pasiones y de sus apetitos. Para lograrlo más fácilmente, examinaba tan cuidadosamente todos los movimientos de su alma que apenas dejaba pasar alguno que fuera contrario a la alta virtud. Sin embargo, cuando se daba cuenta de que había caído en alguna falta, no se entristecía excesivamente; sino que, humillándose ante la majestad de Dios, le pedía perdón de todo corazón, y se levantaba así de sus caídas con una gran resolución de hacerlo mejor que nunca: «Porque», decía, «quien se entristece y se desanima cuando ha caído, demuestra que no se conoce a sí mismo, y que no piensa que está amasado con una tierra que no produce más que cardos y espinas». De ahí viene que se sintiera feliz cuando lo corregían de sus faltas: deseaba incluso que se lo reprendiera en público, y, a fin de llevar a los superiores a hacerlo, se las entregaba por escrito.
Aunque trabajaba en mortificar todas sus pasiones, se aplicó sin embargo particularmente a vencer la del orgullo y los deseos de honor y de estima, que son tan naturales al hombre, y tan delicados en las personas de gran nacimiento: abrazó con tal ardor el estudio de la humildad, que no omitió nada de lo que creyó que podía contribuir a establecerla sólidamente en su corazón; así, esta virtud, que es el firme sostén de todas las demás, echó en él raíces tan profundas que parecía ser el principio que animaba todas sus acciones. Nunca salió de su boca una sola palabra que fuera en su alabanza, y, mediante un industrioso silencio, cubrió siempre lo que se podía alabar en él. Un día, había predicado en el refectorio para edificación de toda la comunidad; como un Padre hablaba de él en su presencia en términos ventajosos, quedó todo confuso y tan afligido por haber oído hablar bien de sí mismo, como otros están contentos de oír publicar sus alabanzas. Para mantenerse en este espíritu de humildad y de aniquilamiento, hizo una recopilación, que se encontró después de su muerte, de los motivos que tiene el hombre para despreciarse y abajarse a sí mismo. En la casa, tanto como fuera, cedía siempre el primer lugar a sus hermanos. Nunca pudo sufrir que, bajo pretexto de sus enfermedades y debilidades, se le dispensara de la vida común, ya fuera para la comida, para su habitación o para sus hábitos. No había oficio, por bajo que fuera, que no deseara con más ardor que los hombres del mundo desean las dignidades y los cargos más honorables. Servía, en ciertos días de la semana, en el refectorio y en la cocina, y recogía allí los restos, que distribuía luego con sus propias manos a los pobres con mucha humildad y caridad.
Esta profunda humildad había producido en su corazón una obediencia tan exacta que su conciencia nunca le reprochó haber faltado a las órdenes de sus superiores, ni siquiera haber sentido repugnancia y movimientos contra lo que le prescribían. La voluntad de ellos era siempre la regla de la suya, y, sin buscar la causa de lo que ordenaban, ni fijarse en si eran sabios o no, nobles o plebeyos, consideraba solo en ellos la autoridad de Dios. Obedecía también con placer a los hermanos que, por su oficio, tenían algún tipo de autoridad sobre él, diciendo que quien obedecía de esta manera estaba asegurado de la recompensa que Dios promete a los obedientes. Esta sumisión tan respetuosa respecto a sus hermanos, lejos de encontrarla penosa, la encontraba dulce y agradable. «Me es más consolador, lo confieso», decía, «obedecer a los superiores subalternos que a los primeros superiores. Si se considerara la obediencia humanamente, uno no podría resolverse sino muy difícilmente a obedecer a un hombre, y con mayor razón a aquel que nos fuera inferior en nacimiento y en saber; pero someterse a un hombre para obedecer a Dios, eso es, al contrario, una gloria y una gran gloria. Nada me parece más bello, porque no hay nada humano».
La obediencia le era tan querida que nunca dudaba en sacrificarlo todo por ella. Un día, mientras doblaba ropa con otros novicios, recordó que aún no había leído algunas páginas de san Bernardo, como solía hacer cada día; pero, en el mismo instante, se dijo: «Podría dejar este trabajo, como ya han hecho algunos otros, puesto que el tiempo que hay que emplear en él no está absolutamente determinado; pero, si lo dejara para ir a leer a san Bernardo, ¿qué me enseñaría esa lectura? Que debo obedecer. ¡Pues bien! debo practicar lo que san Bernardo me enseñaría, y permanecer en esta ocupación por espíritu de obediencia». Y continuó doblando la ropa.
Su celo por la entera observancia de la regla no brilló menos en él que las otras virtudes de las que acabamos de hablar: se dice que la guardó al pie de la letra, y que nunca violó ningún punto, hasta el punto de que, habiéndole pedido su compañero de habitación media hoja de papel para escribir una carta, dudó si podía dársela sin permiso; por eso, saliendo de su celda, fue a pedir ese permiso. Un día, el cardenal de Gonzaga queriendo retenerlo a cenar con él, le respondió que no podía, porque la Regla se lo prohibía; el cardenal quedó tan edificado que, desde entonces, cuando le pedía algo, añadía siempre: «Si no es contra su Regla». El cardenal de la Rovere vino una mañana a hablarle a la sacristía. «Monseñor, no me está permitido hablar», le dijo nuestro Santo. «Dios no quiera que yo lo lleve jamás a infringir la Regla», respondió el cardenal; «pero, siendo el asunto importante, voy a pedir al Padre general que lo dispense del silencio en este momento». Luis se inclinó, sin responder una sílaba, y no conversó con él sino después de haber recibido el permiso del Padre Acquaviva.
En cuanto a la santa pobreza, la amaba con más pasión que los grandes del mundo aman su oro y su plata. Todo su placer era no desear nada y estar despojado de todas las cosas, a fin de poseer solo a Dios. No tenía para adornar su celda ninguna pintura ni figura; sino solo dos imágenes de papel: una de santa Catalina, mártir, a quien había elegido, como hemos dicho, por su patrona, porque había entrado en religión el día de su fiesta; y la otra, de santo Tomás de Aquino. Habiendo escrito una pequeña obra sobre alguna materia de teología, la dio después a su superior; interrogado sobre por qué se la daba cuando necesitaba guardarla, respondió que era porque tenía cierto apego a ese tratado como a una cosa que venía de él. Habiendo entrado en la Compañía, no quiso servirse más del Breviario que tenía en el mundo, porque estaba demasiado ricamente encuadernado. Durante sus estudios, le hicieron presente de una Suma de santo Tomás, que estaba dorada en el corte; pero no tuvo reposo hasta que le permitieron deshacerse de ella para tener un viejo ejemplar. Queriendo los superiores que tuviera una celda para él solo, a causa de su indisposición, hizo de modo que le dieran una estrecha, oscura y baja, bajo una escalera, donde apenas podía estar de pie, y que se parecía más a una tumba para un muerto que a la morada de un ser vivo. Nunca encontraba nada que objetar a sus hábitos, ni a todo lo que le concernía, estimándose feliz cuando le daban lo peor. Estando en casa de su madre, durante el rigor del invierno, nunca se pudo lograr que tomara las cosas que le eran necesarias; sino que envió a pedir al rector de Brescia algún viejo harapo para cubrirse, y costó mucho persuadirlo de recibir de ella algún hábito interior que le dio por limosna, como a un pobre. En casa de Alfonso de Gonzaga, su tío, viendo que lo alojaban en una habitación bien amueblada, exclamó, hablando con su compañero: «¡Dios quiera ayudarnos esta noche, mi querido hermano! ¿A dónde nos han reducido nuestros pecados? ¡Ah! ¡qué mucho mejor estaríamos en nuestras pobres camas!». Era el amor que tenía por la santa pobreza lo que le inspiraba estos bellos sentimientos.
Devoción a los apestados y fallecimiento
Luis muere en Roma tras haber contraído la peste mientras cuidaba a los enfermos, ofreciendo su vida por caridad.
Fue por todas estas virtudes, practicadas en un grado heroico, que nuestro Santo se elevó a la perfección de la caridad, la cual, siendo la reina de las demás, une fuertemente el alma a su soberano bien. En efecto, estaba tan íntimamente unido a Él, que no podía oír hablar de Dios sin sentir en su corazón ternuras y transportes inconcebibles que se reflejaban incluso en su rostro. Estando un día en el refectorio, la lectura que se hizo de un tratado sobre el amor divino lo abrasó de tal manera que no pudo terminar de comer, teniendo el pecho y el rostro encendidos y los ojos bañados en lágrimas. Durante sus estudios, mientras estaba en el recreo, se aseguraba de que siempre se hablara de cosas espirituales; y logró tanto, por su ejemplo y su celo, que esta costumbre, tan loable y necesaria para llegar a la perfección, se mantuvo en la Compañía. Este amor a Dios produjo en él el amor al prójimo hasta tal punto que habría ido muy gustosamente a las Indias para trabajar en la conversión de las almas, si sus superiores se lo hubieran permitido. Solicitaba ser enviado a menudo a los hospitales para servir a los enfermos. Cuando iba, les hacía la cama, les daba de comer, les lavaba los pies y barría su habitación. En la enfermedad de la que murió, y que había contraído asistiendo a los apestados, habiendo oído decir que aquel año se temía que el contagio entrara en Roma, hizo voto, con el permiso del general, de servir allí a los pobres enfermos de peste, si recuperaba la salud.
Este amor al prójimo lo sacó de la soledad religiosa para ir a casa de sus padres, con el fin de apaciguar una gran disputa que había en su familia, entre el marqués de Castiglione, su hermano, y el duque de Mantua, por el feudo de Solferino, que por derecho pertenecía al marqués, pero del cual Horacio de Gonzaga, su tío, había dispuesto, por su testamento, en favor del duque. Se creyó entonces que nunca se vería el fin de este asunto si no se ponía en manos de nuestro Santo: y todos estaban tan persuadidos de su probidad, que no dudaron de que preferiría la justicia a todos los intereses que pudiera tener en ello. Cuando llegó al marquesado de Castiglione, todo el pueblo salió a su encuentro y lo recibió con mil testimonios de respeto; muchos incluso se ponían de rodillas cuando pasaba, honrándolo como a un Santo, y llorando su desgracia de no haber merecido tal señor; su madre, que tenía la costumbre, desde que era niño, de llamarlo su ángel, no lo consideró solo como a su hijo, sino como a una persona enviada del cielo para traer la paz a su familia; en efecto, terminó felizmente esta gran disputa para satisfacción de todas las partes. Era por medio de sus oraciones, más que por las luces de su prudencia, aunque fuera admirable, dado su poco tiempo de vida, que lograba todo lo que emprendía; pues él mismo confesó que nunca había recomendado nada a Dios que no hubiera obtenido un feliz desenlace.
Terminados estos asuntos, y habiéndole revelado Dios, en el colegio de Milán, que pronto lo llamaría a sí, regresó a Roma el año 1591, muy alegre por tan agradable noticia. Habiendo encontrado esta ciudad afligida por la peste, importunó tanto a sus superiores que le permitieron socorrer a los enfermos; pero como su caridad y su fervor lo llevaban a servir particularmente a aquellos que estaban más en peligro y atacados con más violencia, él mismo fue pronto presa del mal. Se alegró extremadamente y dio gracias a Dios por ello, viéndose así cerca de ser liberado de la aburrida prisión de este cuerpo mortal. Es cierto que los remedios que le prescribieron lo aliviaron por un tiempo; pero le quedó una fiebre lenta que duró tres meses, como para darle medio de ver venir con más dulzura y tranquilidad el feliz momento de su muerte. Durante todo ese tiempo sentía un singular placer al oír hablar de Dios y de la gloria de los Santos. Habiéndole hecho conocer Nuestro Señor el día en que saldría de este mundo, cantó el Te Deum en acción de gracias, luego dijo a los asistentes que sería el día de la octava del Santísimo Sacramento. Llegado ese día, los enfermeros, al ver que se encontraba mejor, le dijeron: «No piense en morir hoy, ya que empieza a curarse». Pero él les respondió que el día aún no había pasado, y que moriría por la noche. Al atardecer, habiendo venido a visitarlo el Padre Provincial, le preguntó cómo se encontraba: «Nos vamos», le dijo, «padre mío. —¿Y a dónde?», replicó el superior. —«Al cielo», añadió, «como espero por la misericordia de mi Dios, si mis ofensas pasadas no me lo impiden». Poco antes de morir, deseó tomar una vez más la disciplina, o al menos, porque estaba demasiado débil, que otro se la diera, y suplicó al Padre Provincial que lo dejaran expirar en el suelo. Cuando recibió la bendición y la indulgencia plenaria que Gregorio XIV le enviaba, exclamó: «¡Ay! ¿quién soy yo? para que los Papas se dignen acordarse de mí, mísero gusanillo de tierra, que se va muriendo». Finalmente, invocando el santo nombre de Jesús, entregó su alma a Dios al final del día de la octava del Santísimo Sacramento, que era entonces el 20 de junio, a la edad de veintidós años, tres meses y once días. Fue en el año 1592, y el sexto de su entrada en la Compañía. Después de su muerte, se encontraron sus rodillas llenas de callos, por la gran costumbre que tenía, desde su infancia, de arrodillarse para rezar a Dios. También se encontró sobre su pecho un crucifijo de cobre que siempre había llevado consigo.
Reconocimiento y posteridad
Proceso de canonización, milagros y establecimiento de Luis como patrono de la juventud.
Finalmente, no se debe omitir aquí el ventajoso testimonio que el cardenal Belarmino, quien había sido su confesor y lo había conocido muy particularmente, dio de él. Aseguró, pues, que nuestro Santo nunca había pecado mortalmente; que, desde la edad de siete años, en la que decía haberse convertido a Dios, había llevado una vida tan perfecta y tan mortificada que ni siquiera había sentido los aguijones de la carne; que rezaba sin ninguna distracción; que era un modelo acabado de todas las virtudes, y que había motivos para creer que, al dejar la tierra, había ido a gozar de la felicidad eterna en el cielo. Esto es lo que hacía que este sabio y piadoso cardenal tuviera escrúpulos de rezar a Dios por él, temiendo injuriar a la gracia divina de la cual había reconocido tantas maravillas en su alma.
A menudo se le pinta cerca de él, o en su mano, una disciplina, debido a sus rigores casi excesivos contra sí mismo. A veces se le representa desmayándose a los pies de su confesor, pero sobre todo haciendo su primera comunión de manos de Carlos Borromeo. Como es el patrono de los jóvenes que estudian, se le ha pintado más de una vez rodeado de escolares que lo invocan o a quienes parece instruir en el servicio de Dios. También se le representa portando un lirio, para marcar que conservó su virginidad hasta la muerte.
## CULTO Y RELIQUIAS. — ESCRITOS DE SAN LUIS GONZAGA.
El cuerpo de san Luis Gonzaga fue trasladado a la iglesia de la Anunciación del colegio romano e inhumado en la capilla del Crucifijo. Pronto la multitud acudió a su sepulcro, depositó allí ofrendas y exvotos, proclamándolo Santo, rindiéndole un culto que era imposible detener en sus excesos. No era solo en Roma donde esta devoción se manifestaba: en Florencia, en Milán, en Turín, en Ferrara, sobre todo en Castiglione, en todos los lugares donde había estado, era abiertamente honrado, invocado, y todos aseguraban haber experimentado los efectos de su protección.
En 1598, como se temía por el cuerpo los daños que podían resultar del desbordamiento del Tíber que inundaba la ciudad de Roma, se retiró el ataúd de la bóveda y se examinó con cuidado; estaba en el estado más satisfactorio, pues el agua no lo había alterado. El Padre provincial, después de tomar para sí mismo algunas reliquias, distribuyó otras a todos los Padres que estaban presentes. Luego se pusieron los preciosos restos en una caja menos grande que el ataúd; fue sellada y depositada después en la bóveda, pero colocada lo más alto posible y fijada a la pared, a fin de no estar expuesta a la humedad y que el agua no pudiera alcanzarla en adelante.
El 8 de junio de 1602, el Padre general, después de numerosos y brillantes milagros, creyó deber dar a las santas reliquias de Luis Gonzaga un testimonio de respeto, retirándolas de la sepultura común; ordenó su traslado a la sacristía de la iglesia del colegio, en espera de que la corte romana permitiera rendirles los honores que la devoción pública ya reclamaba. El 1 de julio siguiente, la caja que las contenía fue encerrada en una segunda de plomo, y esta en una tercera de madera, y colocada bajo el escalón del altar de San Sebastián.
En 1604, no se hablaba en Roma más que de los milagros realizados por san Luis Gonzaga. Todos los príncipes y obispos de Italia suplicaban al Papa que procediera a la canonización; y todas las diócesis de Lombardía, adelantándose, acababan de celebrar con pompa el aniversario de la muerte del joven taumaturgo. El 21 de junio del mismo año, la iglesia del colegio de la Compañía de Jesús, en Brescia, estaba adornada como en sus mejores días de fiesta: el retrato de Luis Gonzaga estaba expuesto allí a la veneración pública, y la asistencia fue muy considerable. El obispo, cediendo al entusiasmo general y a su deseo personal, había permitido que el aniversario de la santa muerte de Luis fuera celebrado solemnemente en la iglesia del colegio, y los estudiantes, la nobleza, el clero y el pueblo habían querido encontrar lugar en esta fiesta. El 28 de julio, una solemnidad similar tuvo lugar en Castiglione, en medio de una gran afluencia de fieles que consideraban a san Luis como el ángel tutelar de Castiglione. El 13 de mayo de 1605, las reliquias de nuestro Santo, que habían sido depositadas bajo el escalón del altar de San Sebastián, fueron trasladadas, con la autorización de la Santa Sede, a la capilla de la santísima Virgen, y colocadas en la pared, del lado del Evangelio. En 1605, el cardenal Dietrichstein obtuvo del papa Paulo V que el retrato de Luis Gonzaga fuera expuesto en la iglesia del colegio con el título de Beato, y que se dejara a la gratitud de los fieles la libertad de manifestarse mediante exvotos depositados en la capilla donde se conservaban los preciosos restos del Santo. El mismo año, las ciudades de Florencia, Cremona, Padua y otras celebraban, con la mayor pompa, la fiesta de Luis Gonzaga. En Castiglione, todo el mundo ayunaba la víspera. El 10 de octubre de 1605, el papa Paulo V promulgó un decreto que declaraba a Luis Gonzaga Beato, y ordenaba al mismo tiempo imprimir con este título la vida del joven Santo, escrita por el Padre Cepari.
Se erigió una capilla en Mantua en la catedral, e inaugurada el día de la fiesta de santo Tomás. La devoción a nuestro Beato se extendió con gran rapidez. De todas las partes de Europa se enviaban los más ricos presentes a su sepulcro.
El pueblo de Sasso, situado en la provincia de Sondrio, en Lombardía, obtuvo una reliquia insigne del Santo, y este lugar se convirtió en una peregrinación célebre.
El papa Gregorio XV lo beatificó el 2 de octubre de 1621. Se erigieron en su honor dos capillas en el colegio romano, una en la habitación donde había muerto y otra en la iglesia. La primera dio paso a una iglesia dedicada a san Ignacio, donde, en 1640, su cuerpo fue colocado en una capilla que se había erigido allí en su honor. En 1699, se levantó allí un altar y se trasladaron sus preciosas reliquias. La causa de la canonización, interrumpida por la muerte de Clemente XI, fue retomada por Inocencio XIII y terminada por Benedicto XIII. El 26 de abril de 1726, dio la bula de can onización, Benoît XIII Papa que erigió el Instituto en Orden religiosa en 1725. y la ceremonia se realizó el 31 de diciembre del mismo año, en la basílica del Vaticano.
El 22 de noviembre de 1729, Benedicto XIII nombró a san Luis Gonzaga protector especial de la juventud y concedió una indulgencia plenaria a aquellos que, después de haberse confesado y comulgado, visitaran su altar. El papa Clemente XIII concedió el mismo favor el 21 de noviembre de 1737. En 1762, celebró pontificalmente, en el colegio romano, la misa en el altar del Santo, y declaró este altar privilegiado a perpetuidad en favor de todo sacerdote que celebrara en él. El papa Pío VII concedió varias indulgencias por el rezo de una oración a san Luis Gonzaga. En 1847, el soberano pontífice Pío IX dio para el altar del Santo una casulla de tela de plata, adornada con follaje de oro, y, en 1861, un lirio cuyo tallo de plata dorada se dividía en cinco flores abiertas y tres botones de plata pura.
El Sr. André Coppiardi, arcipreste de Castiglione, donó a la iglesia de Le Forest preciosas reliquias del Santo, acompañando su envío con este dístico:
Militia ossa tut retinet Castilio : Sylva Non desit, elocres tradidit illo sacra.
El traslado de estas reliquias tuvo lugar el 15 de mayo de 1864 en una urna donada por Napoleón III.
En 1858, el papa Pío IX donó a la Compañía de Jesús un escrito de san Luis Gonzaga: era un tratado de teología escolástica. Las obras completas del Santo han sido piadosamente recogidas y publicadas en latín en Ratisbona. Un Padre jesuita las tradujo en Bélgica. En Francia, lo fueron por el Sr. abad Ant. Ricard. París, 1858.
Este relato está extraído de la vida de nuestro Santo, compuesta por el R. P. Virgilio Cepari, de la Compañía de Jesús, según las instrucciones que había recogido de quienes lo habían conocido, y según los procedimientos realizados en diversos lugares para su canonización.
Anexos y entidades vinculadas
Datos estructurados para la exploración: acontecimientos, milagros, citas, lugares, atributos, patronazgos y entidades importantes citadas en el texto.
Acontecimientos clave
- Nacimiento el 9 de marzo de 1568 en Castiglione
- Voto de virginidad a los 8 años en Florencia
- Primera comunión de manos de san Carlos Borromeo
- Renuncia a su derecho de primogenitura y al marquesado
- Ingreso al noviciado de la Compañía de Jesús en Roma en 1585
- Servicio a los apestados en Roma y contagio
Milagros
- Voz milagrosa en Madrid indicándole que ingresara en los Jesuitas
- Curación de su madre durante su nacimiento tras un voto a Loreto
- Numerosos milagros póstumos atestiguados para su canonización
Citas
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Quien descuida ayudar al alma de su prójimo no sabe amar a Dios, puesto que no busca aumentar su gloria.
Máxima de san Luis Gonzaga -
Este es mi lugar de descanso para siempre; aquí habitaré, porque lo he deseado.
Palabras al entrar al noviciado